El 15 de octubre de 1967, festividad de Santa Teresa, una
semana después de que soldados bolivianos ejecutasen en La Higuera al
guerrillero revolucionario argentino Ernesto “Che” Guevara, al otro lado del
Atlántico un jurado compuesto por Ricardo Fernández de la Reguera, Martín de
Riquer, Baltasar Porcel, José Manuel Lara Hernández y Manuel Lombardero
otorgaban durante el transcurso de una elegantísima gala celebrada en el lujoso
hotel Ritz de Barcelona el premio Planeta a Ángel María de Lera por
la novela “Las últimas banderas”, escritor de cincuenta y siete años de edad,
natural de Beides, un pueblecito de la provincia de Guadalajara que actualmente
cuenta con apenas cincuenta habitantes.
He sabido de él y de su obra gracias
a “El día del lobo” (Ed. Espasa), la última novela del gran Antonio Soler, que narra el estallido de la Guerra Civil española en Málaga, la
terrible represión que sufrieron los vecinos de esa ciudad y sobre todo la
tristemente célebre Desbandá, en la
que miles de malagueños, en su mayoría madres, niños y abuelos que huían hacia
Almería de las tropas franquistas fueron masacrados en la carretera por la
aviación fascista italiana, cuyos pilotos, en vuelos rasantes, disparaban a
discreción sus ametralladoras sobre cuerpos indefensos. Palestina en España,
España en Palestina, hace 90 años.
“Las últimas banderas”, igual que “El día del lobo”, es una magnífica
novela. La he podido leer gracias a la colección de premios Planeta que atesora
mi hermana, porque a no ser que se consiga en librerías de viejo, está
descatalogada, al igual que sus otras diecisiete obras de ficción, una
biografía y los cinco ensayos que escribió De Lera a lo largo de sus setenta y
cuatro años.
Al finalizar su lectura, tras deshacerme del nudo en la
garganta y resurgir del fondo oscuro de abatimiento con que miran los hombres
derrotados, me acució la necesidad de confirmar el año de su publicación, porque,
efectivamente, en 1967 las directrices ideológicas del régimen franquista con
respecto a la cultura eran muy claras.
De hecho, solo un año antes Franco había derogado la ley de
censura que durante treinta años persiguió y aniquiló toda obra y autor
contrarios a los preceptos de su santa cruzada. En su substitución, el consejo
de ministros franquista aprobó en marzo de 1966 la célebre ley de Prensa e
Imprenta, obra legislativa cumbre del fundador del Partido Popular, a la sazón
ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, también conocido como
el asesino de Vitoria.
La ley de Fraga, por mucho que presentase algo más de flexibilidad
y cierta permisividad con respecto a la anterior, contemplaba el secuestro de
publicaciones, imponía un depósito previo de toda obra, y preveía sanciones “para quien escriba o publique lo que se
considere contrario a los Principios Fundamentales del Movimiento y el
ordenamiento jurídico general del franquismo.”
A pesar de las apariencias aperturistas, en gran alarde
oximorónico, Fraga Iribarne estableció un sometimiento voluntario (sic) de toda
obra a los censores del Servicio de Orientación Bibliográfica dependiente de su
ministerio que podían aceptarla, rechazarla o modificarla. Si el editor
procedía sin acudir voluntariamente al censor corría el riesgo de ser
denunciado o de que la obra fuera objeto de Secuestro Previo Administrativo. Según
un estudio del profesor Francisco Rojas de la Universidad de Alicante, entre
1966 y 1977 se produjeron setecientas cuarenta y siete denuncias políticas o
morales a obras de diversos géneros y temáticas.
La capacidad de influencia y corrupción en las altas esferas
gubernamentales del dueño de la editorial Planeta, José Manuel Lara, debían ser
muy eficaz. 1967 supuso un punto de inflexión en los premios Planeta. La
editorial hizo una apuesta estratégica firme con la que se jugaba mucho,
convirtiendo su premio no sólo en millonario sino en el mejor dotado de España,
superando el millón de pesetas con el que por entonces premiaba el editor José
Vergés su premio Nadal.
Sin embargo, contra lo que podría parecer previsible, los
premios Planeta no iniciaban esa nueva etapa millonaria con una novela de
costumbres, o de temática amorosa, trepidantemente negra, o entretenidamente
blanca en cuanto a su contenido ideológico, político o moral, sin riesgo a
enfadar a las autoridades censoras. Todo lo contrario. “La últimas banderas”
contenía todos los ingredientes del escándalo político y de no haberse tratado
un producto de la factoría Lara, a buen seguro hubiese sido censurada, o
incluso secuestrada.
Y es que Ángel María De Lera, aunque había publicado ya
algunas novelas de cierto éxito, no sólo no era un personaje allegado al
régimen, o ni siquiera neutro, sino que había luchado en el bando republicano
como comisario de guerra, siendo detenido en 1939 y condenado a muerte. Afortunadamente,
en 1944 obtuvo la libertad provisional y en 1947 fue puesto en libertad.
El hecho o antecedente político más significativo del autor
de “Las últimas banderas” radicaba en la fundación del Partido Sindicalista
junto a un personaje tan histórico y marcadamente revolucionario como fue Ángel
Pestaña, una de las figuras más destacadas del anarcosindicalismo español, al
que le unía una gran amistad. En 1936 De Lera consiguió la única acta de
diputado que obtuvo ese partido, pero le cedió el escaño a su amigo Pestaña.
Por si fuera poco, la novela “La últimas banderas” es un
libro escrito des del punto de vista de un revolucionario, de revolucionarios y
sobre revolucionarios que luchan contra el golpista Franco. Sí, es cierto, es
un libro sobre la derrota, sobre la caída de quienes defendieron con su vida la
legalidad republicana al tiempo que intentaron una revolución obrera en España.
Sin embargo, todos los personajes positivos que aparecen están siempre del lado
republicano o de la revolución. La perversidad emboscada y traicionera del
quintacolumnismo madrileño, y la crueldad de las tropas franquistas en la toma
de las ciudades andaluzas, o de los escuadrones falangistas se hacen más que
patentes.
Quiero decir que el autor adopta durante toda la novela el
código moral e ideológico de los perdedores. Es más, De Lera, que se declaraba
literalmente como anarquista y jacobinista machadiano, escribe su obra en clave
de lo que hoy día llamamos autoficción, ya que el protagonista es el maestro y
comisario de guerra Federico Olivares, su trasunto, y gran parte de sus
vicisitudes novelescas son autobiográficas.
Pero hay más. Fraga Iribarne y todo el establishment
franquista tuvieron que contemplar sin rasgarse las vestiduras y sin
sarpullidos, la cubierta de la primera edición, insisto, publicada en 1967,
compuesta por el nombre del autor, a continuación, el título y debajo sendas
banderas comunista, anarquista y republicana. Lo que se dice un sinDios. De algún modo, Ángel María de Lera estaba obteniendo finalmente un triunfo en su derrota.
Por esa razón, no creo que a los generalotes que formaban
por entonces parte del gobierno y que lucharon en campo de batalla contra el
autor, como Camilo Menéndez Tolosa, Camilo Alonso Vega, José Daniel Lacalle
Larraga y a los almirantes Luis Carrero Blanco y Pedro Nieto Antúnez les
hiciese mucha gracia la novelita de marras, y ya no digo al Secretario General
del Movimiento, José Solís Ruiz.
Esa portada tan edificante permanecería visible en los
escaparates de las librerías durante muchos meses, pues el éxito superó todas
las expectativas, con muchas reimpresiones. Los cincuenta mil ejemplares de la
primera edición se vendieron muy pronto. Según he podido saber gracias a la
tesis doctoral sobre los premios Planeta escrita por Fernando González Ariza,
el dueño de la editorial, José Manuel Lara, afirmó que “me conformaba con no perder, para lo cual bastaba con vender cincuenta
mil ejemplares (un tiraje no acostumbrado). He duplicado de sobra. El autor no
sólo ha cobrado un millón cien mil pesetas sino que le he pagado un millón más,
y la obra seguirá reeditándose y pasará los tres millones de derechos de
autor.” Pocos dudan de que un buen pellizco de los beneficios fue a parar a
los virtuosos billeteros de prebostes franquistas.
Tras conocerse el premio a Ángel María De Lera, el crítico
José Luis Cano escribió que “En ‘Las
últimas banderas’ tenemos un testimonio que expresa simpatía sin veladuras por
el bando republicano. No es quizás la gran novela de la guerra civil del 36 que
aun estamos esperando, pero sí una de las mejores novelas que hemos leído sobre
el tremendo drama.” Yo estoy de acuerdo. Además de estar escrita con mano maestra, la novela es un magnífico
testimonio histórico y humano tanto del inicio como del final de la contienda
porque la narración se plantea desde dos planos temporales diferentes.
Por un lado la sublevación militar, la entrada de las tropas
franquistas en Andalucía y la defensa a ultranza de Madrid, y por otro las
semana últimas, en la que se da cuenta del segundo golpe de Estado que sufre La
República, en esa ocasión de la mano del Coronel Casado, el general Miaja, el
socialista Julián Besteiro, y los anarcosindicalistas Melchor Rodríguez y Cipriano Mera, quienes
traicionan al presidente Juan Negrín y negocian una paz sin condiciones con
Franco a espaldas del gobierno legítimo, lo cual ocasionó la enésima división
en las tropas republicanas, enfrentamientos entre Casadistas y Negrinistas,
fusilamientos recíprocos y la absoluta desmoralización que finalmente desembocaría
como una riada negligente, torpe e inepta, en la caída de Madrid y la derrota
final.
La capacidad del autor para mostrarnos el alma de los
protagonistas provoca en el lector emociones encontradas que coinciden de algún
modo con las de los personajes, porque éste que ahora escribe percibió el peso
doloroso de la derrota, la desolación, la incertidumbre de un futuro en manos
de hombres crueles, capaces de las peores atrocidades para quienes no
comulgaban con su idea de mundo aprisionado en el caciquismo, el dogma, la
superstición y la injustica.
Y también el heroísmo, la disposición para el sacrificio en
aras del ideal de justicia y de igualdad, o los espacios reservados al amor,
que tienen lugar en la oscuridad lúgubre de cuartos invadidos por la suciedad,
la humedad y la cochambre; de bares malolientes, ahogados por el humo de la
picadura que se fuma con gula y del olor a coñac y vino rancio.
Las calles de Madrid en noches de triste penumbra, bajo la
vigilancia acechante de la Quinta Columna, salpicadas en cada calle por
cadáveres reventados que nadie recoge ni reclama. Lejos queda el entusiasmo
confiado y pasionario del No Pasarán.
El denuedo por la supervivencia, por matar el hambre, por
hallar, ni que fuese, una colilla en el suelo y sentir el humo sucio en los
pulmones como el único antídoto vivificador. La preocupación por la familia,
por los hijos, por no encontrar la manera de ponerlos a salvo y evitarles el
sometimiento seguro. Y la decadencia del alma, el hundimiento del espíritu, la
certeza en lo más profundo de las conciencias del fracaso personal y colectivo,
del final del sueño utópico de un mundo justo por el que el mismo Miguel Ángel
de Lera luchó y muchos de sus compañeros dieron la vida.
Quizás el crítico José Luis Cano estuviese en lo cierto, y
“La últimas banderas” sí es una extraordinaria novela, aunque no la gran novela
sobre la Guerra Civil que durante décadas miles de lectores de diferentes
generaciones han esperado. Desde luego, en mi opinión es un libro
imprescindible, no solo desde el punto de vista literario sino histórico y
político. Haría bien el imperio Planeta en devolverle a la vida a través de
alguno de sus casi setenta sellos editoriales, tanto ésta de la que hablo como
algunas otras de las diecisiete que escribió De Lera.
La gran novela sobre la Guerra Civil española se ha escrito
casi un siglo después de aquel desastre y no la ha publicado la editorial
Planeta. Su autor no la vivió. Nació dieciséis años después de la muerte de De
Lera y veinticinco del óbito del tirano. Conoce aquellos años y la dureza de la
posguerra gracias a la transmisión oral y al estudio esforzado de todo tipo de
fuentes.
Aun así, o precisamente por trabajar distanciado de la
desgracia, ha sido capaz como nadie lo ha hecho de plasmar de modo singular,
único y con gran belleza literaria el alma de todo un país sumido en plena
hecatombe, transformando nuestro país en un territorio fantástico donde destaca
como ninguna otra cosa la muerte, el dolor sin sentido, la crueldad, pero
también el heroísmo, el amor y la fraternidad, porque cuando plasmas esas ideas
o esos hechos sobre un telón mágico, la realidad y la verdad se descubren en
toda su plenitud descarnada.
“La península de las casas vacías” de David Uclés (Ed.
Siruela) es la gran novela de la Guerra Civil española que no pudo leer José
Luis Cano, y tampoco Ángel María de Lera, y que hemos ansiado y esperado
varias generaciones de lectores. Se me disculpará el gesto mandón, pero es
imperativo leer ambas, porque en su lectura honoramos a quienes soñaron con lo
mejor para todos nosotros, porque leyéndolas vencemos en la derrota.