viernes, 4 de abril de 2025

Dieciocho

 


Es conocida la anécdota que explicaba Jorge Luis Borges ocurrida el día del funeral de su santa madre, doña Leonor Acevedo Suárez de Borges. Según el escritor argentino, una señora enlacada y estrictamente enlutada se le acercó con parsimonia geriátrica para darle el pésame, y tras la frase de rigor se lamentó “¡Ay que penita Jorgito, qué penita, que se nos murió con noventa y nueve, si de poco no llega a los cien!”. El ínclito Borges, con esa gracia que Dios le dio, le respondió, impertérrito. “No sabía yo, mi doña, que era vos tan aficionada al sistema métrico decimal

Podría yo haber celebrado, junto a la vieja amiga de Doña Leonor, los diez años desde el primer texto publicado en este espacio. Pero prefiero celebrar los dieciocho años desde que publiqué las primeras líneas azuladas, las primeras palabras en boca y pluma de Mariano José de Larra resucitado a su tercera vida, que reencarnó su voz en el siglo XXI buscando a Dolores, por si no se había olvidado de él.

Los dieciocho me ubican en la mayoría de edad, con mi derecho al voto, al alcohol, al tabaco y a conducir. En cuanto a mis deberes, debería respetar las leyes de la sintaxis y de la ortografía, debería cuidar el estilo, debería escoger con cuidado los temas y debería respetar a mis semejantes. No digo que no, pero soy débil y torpe, de modo que espero la indulgencia de quien me lea otros tantos años más.

Por cierto, es preceptivo, en fecha tan señalada, agradecer la paciencia y la fidelidad de todos aquellos que siguen mis letras desde que empecé a publicarlas aquí. No saben hasta qué punto me reconforta sentirme acompañado durante todo este tiempo, saber que tras mis frases torpes hay alguien que me quiere y porque me quiere me lee, y porque me dedica un poco del tiempo de su vida, yo también lo quiero, profundamente, de todo corazón.

Y nada más que decir, excepto que tras esta breve efemérides, reproduzco aquí el momento justo de la reencarnación de una voz que desde que murió por amor, los siglos añorarán, eternamente. Era un día de marzo del año 2007

 

Una voz que resucita entre los muertos

A riesgo de que aquí entren nada más que internautas amantes de lo parapsicológico, me ha dado la gana titular así las líneas inaugurales de este blog, palabreja que, por cierto, no me gusta nada, porque no dice nada: blog es una palabra sin contenido, imposible de referenciar mentalmente con un sentimineto, un sabor, un color, una imagen, un objeto, un recuerdo.

Blog es como la red, que no sabe a nada. La red es insípida. En la red nada es rugoso, o suave, o áspero, o aterciopelado. La red es incolora, diría que transparente, pero es una palabra demasiado generosa. Transparentes son las cosas que gustan: un vestido de lino a contraluz, el velo de una novia, la luz de otoño al atardecer, el papel cebolla, un verso de Ángel, o la respiración de mi amor justo antes de despertar.

La red es silenciosa, como un asesino alevoso de un cuento que pudo escribir Poe, como el autor que mata al autor que lee un cuento de Cortázar sentado cómodamente en un sillón verde, ignorante, el pobre, de que en segundos va a perder el cuello.

En la red no se contine el silencio de los monasterios, o el de una cuna dando de dormir a un bebé. El silencio de la red es cruel y taimado, es el silencio que se porduce antes de recibir la noticia de una muerte por teléfono. Ese es el tipo de silencio de la red.

A estas alturas de blog (inventemos otra palabra para nombrar esto!!) tú, que esperabas encontrar el cuarto secreto de Fátima en estas lineas, habrás visto que nada es lo que parece y que esta voz resucitada entre los muertos es la del pobrecito hablador del siglo XXI que se levanta para deciros que "blog" suena a teclas y huele a plástico quemado; para explicaros todas las semanas como se ven las cosas de este mundo después de un par de siglos de reposo; para contaros que, en lo poco que todavía he visto, nada ha cambiado, excepto yo, que no pienso dejarme llevar de nuevo por la deliciosa sensación de morir de amor delante del espejo en la víspera del día de Navidad, (¿de amor o de desesperación?), ya no recuerdo por qué apreté el gatillo.

jueves, 27 de marzo de 2025

La mochila de un billón de euros

 


Portada y titular a cuatro columnas en La Vanguardia. RTVE, La Sexta, La Cuatro, las cadenas de televisión autonómicas y las grandes emisoras de radio han informado de la mochila mágica de las setenta y dos horas de supervivencia por tierra, mar y redes, en grandes titulares, en prime time, haciendo gala de un despliegue informativo equivalente al 11S.

El País, por ejemplo ha destinado para desarrollar la noticia a tres periodistas, tres, a saber,   Javier Galan, Luis Sevillano y José A. Álvarez para una misma pieza, quienes apoyados por una infografía extraordinaria, explican con todo lujo de detalles cómo debe ser la mochila de los tres días que nos recomienda la Unión Europea.

Podría haber escogido cualquier otro medio de comunicación para detenerme en la noticia, pero creo que es interesante observar los detalles de la información de El País y de la disposición de todos sus elementos. La noticia se sitúa en la sección internacional con lo que el alcance global está asegurado.  En su inicio, en letras de tipo menor,  se lee “Guerra de Rusia en Ucrania”, lo cual nos indica el contexto y ubica al lector a una situación bélica real y presente. A continuación, en una tipografía mayor leemos: 

Agua, comida y medicinas, qué incluir en un kit de emergencia como el que recomienda la UE"

En el subtítulo leemos que “La nueva estrategia de preparación ante la crisis de la Comisión Europea busca que los ciudadanos tengan reservas para subsistir 72 horas sin ayuda externa”, frase, por otra parte,  mal redactada, de carácter ambiguo, pues el lector no sabe si tiene que prepararse para una crisis de la Comisión Europea o es la Comisión Europea la creadora de la estrategia para hacer frente a una crisis que no se concreta, más que en letras pequeñas, en un nivel superior de lectura.

A continuación, una infografía nos muestra todo tipo de artilugios de utilidad para alumbrarnos, limpiarnos el culo, atender a nuestra menstruación, encender fuego, cortar, pegar, empastillarnos, alimentarnos, cocinar, tomar café, y probar nuestra identidad.  Hasta aquí todavía no ha aparecido mochila alguna, ni siquiera el término que la define.

Y ya, entrando en harina, los periodista inician sin pudor la redacción de la  noticia de este periódico de referencia nacional e hispanoamericana con la frase “La Comisión Europea plantea que los hogares europeos deben estar preparados para subsistir 72 horas sin ayuda externa en caso de agresión, desastres naturales, pandemias o ciberataques”, donde el verbo imperativo brilla en todo su esplendor, sin paños calientes, sin atender a su modo condicional de cortesía o posibilidad de elección.

Y siguen Javier, Luis y José A. : “Contar con reservas de agua y comida, materiales para calentarse, medicamentos o baterías son las directrices básicas para afrontar este tipo de crisis, según las guías que los países nórdicos entregan de forma recurrente a su población sobre cómo prepararse para una hipotética emergencia o conflicto. ¿Qué hay que tener en casa según los consejos de Suecia, Noruega o Finlandia, el país con la mayor preparación ciudadana ante estas amenazas del continente?"

Aquí, llegados a este punto,  distinguimos la estrategia narrativa de la autoritas romana citando a  los países más desarrollados, cívicos y previsores de nuestro entorno como referencia,  es decir, el ejemplo de los mejores, que sin ser amenazados por nadie ya educan a su población en el proceloso arte de la supervivencia bélica, no como los palestinos, que se mueren descuartizados por decenas de miles sin haberse puesto nunca, en siglo y medio de genocidio, una triste mochila al hombro

Después el lector, ya ubicado en un escenario de guerra, agradecido de que nuestros gobernantes cuiden de nuestra supervivencia durante tres días con una mochila que tenemos que comprar nosotros, los redactores de El País nos regalan los detalles de la cantidades y de las calidades de todo lo que tenemos acopiar y guardar en casa, en el interior del canapé de la cama, por ejemplo, en caso de que se produzca el estallido de la que sería la tercera guerra mundial, algo, por lo que se ve, probable, pues en caso de que no sea así, nada de todo esto tendría sentido, a no ser que ahora el poder bélico de una mochila será superior al de un escudo antimisiles.

En ese caso, a nuestros soldados que nos les falte, no una mochila, sino varias al mes; así, de ese modo, tendrán muchas más probabilidades de no caer muertos. Yo, en un alarde de patriotismo, cedo la mía al cuerpo de caballería, que es donde hice la mili.

Y sigue el artículo de El País. Nunca se vio despliegue igual. Justo a la mitad de su extensión, cuando ya tienen agarrado por el cuello al lector, Galán, Sevillano y Álvarez nos avisan de que “La UE contempla dar directrices a los Estados miembros para preparar a la población, y que esta pueda afrontar con recursos esos primeros tres días clave, considerados esenciales porque es el plazo que normalmente requieren las autoridades para controlar la situación y ayudar a los grupos más vulnerables.”

Ahora ya me quedo más tranquilo. Si hacemos caso, somos obedientes y capaces de sobrevivir por nosotros mismos durante los tres primeros días de guerra, después todo será coser y cantar. Ya pueden lanzarnos bombas, misiles, drones destructores, bacilos y virus, que tras tres días de supervivencia mochilera, todo controlado  amigos. Es más, incluso podrán ayudar a los grupos más vulnerables, y no como en tiempos de paz, que ni siquiera podían comprarse un piso o tenían que esperar un mes para que les atendiese el médico de familia.

Si estos redactores -que han cumplido estrictamente con las indicaciones de su editor, al que le ha llegado el consejo de publicar semejante bazofia alarmista- si estos tres redactores, decía, nos resultan muy creativos, qué nos perecerá al genio asesor que desde las más altas esferas del poder europeo ha construido semejante trapacería con el fin de generar un estado de opinión gracias al cual podamos meternos sin vaselina el supositorio de cerca de un billón de euros en armas, que es, en realidad, el precio de la mochila, el precio de la futura disolución de la OTAN, del abrazo de Trump con Putin, del poder creciente de China y de la intemperie defensiva ante la que se enfrenta Europa  

 

El artículo completo de El País se puede leer en este enlace

https://elpais.com/internacional/2025-03-26/agua-comida-y-medicinas-que-incluir-en-un-kit-de-emergencia-como-el-que-recomienda-la-ue.html

viernes, 14 de febrero de 2025

Triunfar en la derrota

 


El 15 de octubre de 1967, festividad de Santa Teresa, una semana después de que soldados bolivianos ejecutasen en La Higuera al guerrillero revolucionario argentino Ernesto “Che” Guevara, al otro lado del Atlántico un jurado compuesto por Ricardo Fernández de la Reguera, Martín de Riquer, Baltasar Porcel, José Manuel Lara Hernández y Manuel Lombardero otorgaban durante el transcurso de una elegantísima gala celebrada en el lujoso hotel Ritz de Barcelona el premio Planeta a Ángel María de Lera por la novela “Las últimas banderas”, escritor de cincuenta y siete años de edad, natural de Beides, un pueblecito de la provincia de Guadalajara que actualmente cuenta con apenas cincuenta habitantes.

He sabido de él y de su obra gracias a “El día del lobo” (Ed. Espasa), la última novela del gran Antonio Soler, que narra el estallido de la Guerra Civil española en Málaga, la terrible represión que sufrieron los vecinos de esa ciudad y sobre todo la tristemente célebre Desbandá, en la que miles de malagueños, en su mayoría madres, niños y abuelos que huían hacia Almería de las tropas franquistas fueron masacrados en la carretera por la aviación fascista italiana, cuyos pilotos, en vuelos rasantes, disparaban a discreción sus ametralladoras sobre cuerpos indefensos. Palestina en España, España en Palestina, hace 90 años.

“Las últimas banderas”, igual que “El día del lobo”, es una magnífica novela. La he podido leer gracias a la colección de premios Planeta que atesora mi hermana, porque a no ser que se consiga en librerías de viejo, está descatalogada, al igual que sus otras diecisiete obras de ficción, una biografía y los cinco ensayos que escribió De Lera a lo largo de sus setenta y cuatro años.

Al finalizar su lectura, tras deshacerme del nudo en la garganta y resurgir del fondo oscuro de abatimiento con que miran los hombres derrotados, me acució la necesidad de confirmar el año de su publicación, porque, efectivamente, en 1967 las directrices ideológicas del régimen franquista con respecto a la cultura eran muy claras.

De hecho, solo un año antes Franco había derogado la ley de censura que durante treinta años persiguió y aniquiló toda obra y autor contrarios a los preceptos de su santa cruzada. En su substitución, el consejo de ministros franquista aprobó en marzo de 1966 la célebre ley de Prensa e Imprenta, obra legislativa cumbre del fundador del Partido Popular, a la sazón ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, también conocido como el asesino de Vitoria.

La ley de Fraga, por mucho que presentase algo más de flexibilidad y cierta permisividad con respecto a la anterior, contemplaba el secuestro de publicaciones, imponía un depósito previo de toda obra, y preveía sanciones “para quien escriba o publique lo que se considere contrario a los Principios Fundamentales del Movimiento y el ordenamiento jurídico general del franquismo.”

A pesar de las apariencias aperturistas, en gran alarde oximorónico, Fraga Iribarne estableció un sometimiento voluntario (sic) de toda obra a los censores del Servicio de Orientación Bibliográfica dependiente de su ministerio que podían aceptarla, rechazarla o modificarla. Si el editor procedía sin acudir voluntariamente al censor corría el riesgo de ser denunciado o de que la obra fuera objeto de Secuestro Previo Administrativo. Según un estudio del profesor Francisco Rojas de la Universidad de Alicante, entre 1966 y 1977 se produjeron setecientas cuarenta y siete denuncias políticas o morales a obras de diversos géneros y temáticas.

 La capacidad de influencia y corrupción en las altas esferas gubernamentales del dueño de la editorial Planeta, José Manuel Lara, debían ser muy eficaz. 1967 supuso un punto de inflexión en los premios Planeta. La editorial hizo una apuesta estratégica firme con la que se jugaba mucho, convirtiendo su premio no sólo en millonario sino en el mejor dotado de España, superando el millón de pesetas con el que por entonces premiaba el editor José Vergés su premio Nadal.

Sin embargo, contra lo que podría parecer previsible, los premios Planeta no iniciaban esa nueva etapa millonaria con una novela de costumbres, o de temática amorosa, trepidantemente negra, o entretenidamente blanca en cuanto a su contenido ideológico, político o moral, sin riesgo a enfadar a las autoridades censoras. Todo lo contrario. “La últimas banderas” contenía todos los ingredientes del escándalo político y de no haberse tratado un producto de la factoría Lara, a buen seguro hubiese sido censurada, o incluso secuestrada.

Y es que Ángel María De Lera, aunque había publicado ya algunas novelas de cierto éxito, no sólo no era un personaje allegado al régimen, o ni siquiera neutro, sino que había luchado en el bando republicano como comisario de guerra, siendo detenido en 1939 y condenado a muerte. Afortunadamente, en 1944 obtuvo la libertad provisional y en 1947 fue puesto en libertad.

El hecho o antecedente político más significativo del autor de “Las últimas banderas” radicaba en la fundación del Partido Sindicalista junto a un personaje tan histórico y marcadamente revolucionario como fue Ángel Pestaña, una de las figuras más destacadas del anarcosindicalismo español, al que le unía una gran amistad. En 1936 De Lera consiguió la única acta de diputado que obtuvo ese partido, pero le cedió el escaño a su amigo Pestaña.

Por si fuera poco, la novela “La últimas banderas” es un libro escrito des del punto de vista de un revolucionario, de revolucionarios y sobre revolucionarios que luchan contra el golpista Franco. Sí, es cierto, es un libro sobre la derrota, sobre la caída de quienes defendieron con su vida la legalidad republicana al tiempo que intentaron una revolución obrera en España. Sin embargo, todos los personajes positivos que aparecen están siempre del lado republicano o de la revolución. La perversidad emboscada y traicionera del quintacolumnismo madrileño, y la crueldad de las tropas franquistas en la toma de las ciudades andaluzas, o de los escuadrones falangistas se hacen más que patentes.

Quiero decir que el autor adopta durante toda la novela el código moral e ideológico de los perdedores. Es más, De Lera, que se declaraba literalmente como anarquista y jacobinista machadiano, escribe su obra en clave de lo que hoy día llamamos autoficción, ya que el protagonista es el maestro y comisario de guerra Federico Olivares, su trasunto, y gran parte de sus vicisitudes novelescas son autobiográficas.

Pero hay más.  Fraga Iribarne y todo el establishment franquista tuvieron que contemplar sin rasgarse las vestiduras y sin sarpullidos, la cubierta de la primera edición, insisto, publicada en 1967, compuesta por el nombre del autor, a continuación, el título y debajo sendas banderas comunista, anarquista y republicana. Lo que se dice un sinDios. De algún modo, Ángel María de Lera estaba obteniendo finalmente un triunfo en su derrota.

Por esa razón, no creo que a los generalotes que formaban por entonces parte del gobierno y que lucharon en campo de batalla contra el autor, como Camilo Menéndez Tolosa, Camilo Alonso Vega, José Daniel Lacalle Larraga y a los almirantes Luis Carrero Blanco y Pedro Nieto Antúnez les hiciese mucha gracia la novelita de marras, y ya no digo al Secretario General del Movimiento, José Solís Ruiz.

Esa portada tan edificante permanecería visible en los escaparates de las librerías durante muchos meses, pues el éxito superó todas las expectativas, con muchas reimpresiones. Los cincuenta mil ejemplares de la primera edición se vendieron muy pronto. Según he podido saber gracias a la tesis doctoral sobre los premios Planeta escrita por Fernando González Ariza, el dueño de la editorial, José Manuel Lara, afirmó que “me conformaba con no perder, para lo cual bastaba con vender cincuenta mil ejemplares (un tiraje no acostumbrado). He duplicado de sobra. El autor no sólo ha cobrado un millón cien mil pesetas sino que le he pagado un millón más, y la obra seguirá reeditándose y pasará los tres millones de derechos de autor.” Pocos dudan de que un buen pellizco de los beneficios fue a parar a los virtuosos billeteros de prebostes franquistas.

Tras conocerse el premio a Ángel María De Lera, el crítico José Luis Cano escribió que “En ‘Las últimas banderas’ tenemos un testimonio que expresa simpatía sin veladuras por el bando republicano. No es quizás la gran novela de la guerra civil del 36 que aun estamos esperando, pero sí una de las mejores novelas que hemos leído sobre el tremendo drama.” Yo estoy de acuerdo. Además de estar escrita con mano maestra, la novela es un magnífico testimonio histórico y humano tanto del inicio como del final de la contienda porque la narración se plantea desde dos planos temporales diferentes.

Por un lado la sublevación militar, la entrada de las tropas franquistas en Andalucía y la defensa a ultranza de Madrid, y por otro las semana últimas, en la que se da cuenta del segundo golpe de Estado que sufre La República, en esa ocasión de la mano del Coronel Casado, el general Miaja, el socialista Julián Besteiro, y los anarcosindicalistas  Melchor Rodríguez y Cipriano Mera, quienes traicionan al presidente Juan Negrín y negocian una paz sin condiciones con Franco a espaldas del gobierno legítimo, lo cual ocasionó la enésima división en las tropas republicanas, enfrentamientos entre Casadistas y Negrinistas, fusilamientos recíprocos y la absoluta desmoralización que finalmente desembocaría como una riada negligente, torpe e inepta, en la caída de Madrid y la derrota final.

La capacidad del autor para mostrarnos el alma de los protagonistas provoca en el lector emociones encontradas que coinciden de algún modo con las de los personajes, porque éste que ahora escribe percibió el peso doloroso de la derrota, la desolación, la incertidumbre de un futuro en manos de hombres crueles, capaces de las peores atrocidades para quienes no comulgaban con su idea de mundo aprisionado en el caciquismo, el dogma, la superstición y la injustica.

Y también el heroísmo, la disposición para el sacrificio en aras del ideal de justicia y de igualdad, o los espacios reservados al amor, que tienen lugar en la oscuridad lúgubre de cuartos invadidos por la suciedad, la humedad y la cochambre; de bares malolientes, ahogados por el humo de la picadura que se fuma con gula y del olor a coñac y vino rancio.

Las calles de Madrid en noches de triste penumbra, bajo la vigilancia acechante de la Quinta Columna, salpicadas en cada calle por cadáveres reventados que nadie recoge ni reclama. Lejos queda el entusiasmo confiado y pasionario del No Pasarán.

El denuedo por la supervivencia, por matar el hambre, por hallar, ni que fuese, una colilla en el suelo y sentir el humo sucio en los pulmones como el único antídoto vivificador. La preocupación por la familia, por los hijos, por no encontrar la manera de ponerlos a salvo y evitarles el sometimiento seguro. Y la decadencia del alma, el hundimiento del espíritu, la certeza en lo más profundo de las conciencias del fracaso personal y colectivo, del final del sueño utópico de un mundo justo por el que el mismo Miguel Ángel de Lera luchó y muchos de sus compañeros dieron la vida.

Quizás el crítico José Luis Cano estuviese en lo cierto, y “La últimas banderas” sí es una extraordinaria novela, aunque no la gran novela sobre la Guerra Civil que durante décadas miles de lectores de diferentes generaciones han esperado. Desde luego, en mi opinión es un libro imprescindible, no solo desde el punto de vista literario sino histórico y político. Haría bien el imperio Planeta en devolverle a la vida a través de alguno de sus casi setenta sellos editoriales, tanto ésta de la que hablo como algunas otras de las diecisiete que escribió De Lera.

La gran novela sobre la Guerra Civil española se ha escrito casi un siglo después de aquel desastre y no la ha publicado la editorial Planeta. Su autor no la vivió. Nació dieciséis años después de la muerte de De Lera y veinticinco del óbito del tirano. Conoce aquellos años y la dureza de la posguerra gracias a la transmisión oral y al estudio esforzado de todo tipo de fuentes.

Aun así, o precisamente por trabajar distanciado de la desgracia, ha sido capaz como nadie lo ha hecho de plasmar de modo singular, único y con gran belleza literaria el alma de todo un país sumido en plena hecatombe, transformando nuestro país en un territorio fantástico donde destaca como ninguna otra cosa la muerte, el dolor sin sentido, la crueldad, pero también el heroísmo, el amor y la fraternidad, porque cuando plasmas esas ideas o esos hechos sobre un telón mágico, la realidad y la verdad se descubren en toda su plenitud descarnada.

“La península de las casas vacías” de David Uclés (Ed. Siruela) es la gran novela de la Guerra Civil española que no pudo leer José Luis Cano, y tampoco Ángel María de Lera, y que hemos ansiado y esperado varias generaciones de lectores. Se me disculpará el gesto mandón, pero es imperativo leer ambas, porque en su lectura honoramos a quienes soñaron con lo mejor para todos nosotros, porque leyéndolas vencemos en la derrota.