jueves, 16 de febrero de 2017

Pródigo



Rafael Sánchez Ferlosio  es tan grande que se permite el lujo de renegar de su obra literaria. Reniega de ‘El Jarama’, una obra maestra  de la narrativa contemporánea, eterna, por los siglos de los siglos. 

Abjura también de  “Industrias y Andanzas de Alfanhui”,  un libro prodigioso y de gran belleza; posiblemente, el libro que más se parece a una joya. 

Ferlosio ha explicado en numerosas ocasiones  los motivos por los que desprecia sus propias creaciones. Dice que son, sencillamente, una muestra de la vanidad humana, de su vanidad, y que no le han servido más que para exhibir  un uso estéril del lenguaje. 

Un día de estos quiero hablar de Ferlosio, largo y tendido. Me apetece  explicar y compartir los ratos tan buenos que me ha regalado en sus libros, y todo lo que con él he aprendido. 

Hoy lo utilizo vilmente, de modo bastardo,  para hacer precisamente algo que detesta; algo que, según él, hizo cuando, con poco más de veinte años, compuso Alfanhuí.

Escribir  toda una página en función de una sola palabra, por el simple y estúpido hecho de que le gustaba y no porque el término  aportase algo al contexto del libro. 

He estado soñado toda la noche con pródigo. Todo el mundo decía  pródigo. Hasta los muertos decían pródigo. Y tengo que escribir pródigo porque a fuerza de soñarla, me ha gustado pródigo. A ver si así logro exorcizarla, aunque lo más probable es que  ella acabe conmigo. 

Pródigo número 1

Fue una mañana pródiga en noticias, quizá debido a la fecha. Era miércoles, justo cuando la semana alcanza su máximo apogeo y, como consecuencia  del paso de los días, la realidad se acumula y desborda los cauces.
 

Pródigo número 2

Después de la presentación, el grueso de la crítica fue pródiga en halagos. Hubo, sin embargo, quien arremetió contra el autor;  una minoría despechada, aquellos a quienes jamás les concedió una exclusiva o nunca recibieron las novedades de la editorial en su domicilio. 

Pródigo número 3

El torero prodigó  pases al natural, muchos de ellos mirando al tendido, hasta que la muleta, empapada en púrpura, se hizo incómoda  y el diestro no tuvo más remedio que entrar a matar. Dos orejas y el rabo, vuelta al ruedo,  pródigos pañuelos al viento y el rastro sanguinolento circundando el ruedo. 


Pródigo número 4

El fuego fue tan agresivo que los bomberos hubieron de prodigarse  en denuedos. Las llamas saltaban los tejados, los vecinos huían despavoridos, había animales muertos en cualquier lugar  y ya todo era inútil porque el bosque humeaba carbonizado.