lunes, 23 de marzo de 2015

Amor de l’onh




Esta historia estaba destinada a ser, sin más, una historia de fútbol. Sin embargo, alguna cosa se ha debido  desajustar en mi cabeza que súbitamente ha abierto la puerta a nombres y hechos que nada tienen que ver con éste o ningún otro deporte. El asunto no es dramático pero es grave. Estoy un poco preocupado. De hecho he llegado a aconsejarme a mí  mismo frente al espejo circular del afeitado una visita al psicólogo, pero finalmente he rechazado mi propia recomendación por temor a ser otro. 

Yo tuve una profesora en la Facultad que se llama Victoria Cirlot. Victoria Cirlot es una mujer fascinante. La conciencia propia de su belleza andrógina, concretada en su cuerpo estilizado,  un rostro anguloso y una mirada celeste, le permitía aparecer sobre la tarima del aula como si fuese una diosa. Sus clases eran multitudinarias. El anfiteatro de bancos de madera se llenaba. Incluso se ocupaban los escalones que daban acceso a las bancadas porque a sus clases asistían estudiantes de otras asignaturas y especialidades que querían a toda costa escuchar y ver a la  Cirlot. Algunos intentaban registrar su voz en grabadoras de mano, pero ella no lo permitía. Miraba esos artilugios como un monje medieval asustado ante un catalejo. 

Cada día de clase Victoria Cirlot actuaba de la misma manera. Entraba decidida, se sentaba tras la mesa y se atusaba hacia atrás el cabello, levemente; a continuación levantaba la cabeza y nos miraba a todos como si escrutase algún misterio más allá de la última fila y en unos segundos el aula caía a sus pies en un silencio reverencial. Nos hechizaba a todos con su mirada y con su voz, que desvelaba semana a semana las claves de  las historias de Chretien de Troyes, del Ciclo Artúrico; Lancelot (el Caballero de la Carreta) y Ginebra; juglares y trovadores; los venablos y las lanzas; armaduras, caballerías y torneos; las ponzoñas y los sortilegios; Merlín y Morgana, el amor cortés, en definitiva, el maravilloso mundo  de la ficción y del  amor medieval. 

Victoria jamás llevaba papeles. Jamás leía. Sus clases eran una constante evocación apasionada de su conocimiento. Si por alguna circunstancia alguien bisbiseaba algo, o llegaba a sus oídos el más leve rumor, detenía de inmediato su discurso, contrariada. Entonces permanecía en silencio durante unos segundos y a continuación lanzaba una pregunta. Por supuesto allí no había valiente que respondiese, lo cual la contrariaba aún más. Seguía con su silencio hiriente y pasados unos minutos, hundida el aula en la más absoluta de las congojas, tras un gesto ostensible de desdén y de desprecio, iniciaba nuevamente la sesión. ¡Dios, cómo nos cautivaba esa altivez primorosa!. Un día nos pidió una definición del término Lírica. Yo levanté la mano y respondí. Hubo un silencio valorativo. La tragedia se cernía sobre la concurrencia. Finalmente Victoria ordenó desde su altar docente que todos escribiesen la definición que yo había balbuceado. Aquella tarde me sentía igual que un caballero triunfante explicando mis hazañas a los camaradas de la mesa redonda. Tanto fue la cosa que durante algunos días hice algunos amigos, fugaces amistades, que se interesaban sobre  todo por mis apuntes. 

En una de aquellas sesiones inolvidables, Victoria Cirlot nos habló sobre el amor de l’onh, el amor de lejos. En la Edad Media, los juglares y trovadores componían canciones en las que el poeta o el caballero lloraban la imposibilidad de estar con su amada y se regodeaba y disfrutaba con ello. De alguna manera gozaba con una melancólica sensación de tristeza que cultivaba día a día, que   le sumía en un pesar dulce por no poder alcanzar el objeto de su deseo. Aquel era un ejercicio poético platónico que practicaban los caballeros corteses, en el que el placer estribaba en la no consumación del hecho amoroso, en la delectación de lo imposible. De alguna manera, aquellos caballeros y sus trovadores se avanzaban en unos cuantos siglos  a los románticos, hombres y mujeres embelesados frente al espejo ante su propia figura agonizante debido a un mal de amores que ellos mismos propiciaban. 

El pasado miércoles, miércoles de Champions, decidí ir al bar para ver el encuentro que disputaron Barça y Manchester City. Y allí se produjo ese extraño vínculo mental que me tiene tan preocupado. Como iba solo, me quedé acodado en la barra frente a la pantalla. Preceptivamente, comí mi bocadillo y  bebí mis cervezas, de manera que con el cuerpo ya templado me dispuse a disfrutar del encuentro. Gocé viendo a Messi  en la primera parte. Ese chico es un prodigio de la naturaleza. Cuando juega al fútbol da la sensación de que está escribiendo mentalmente una obra cumbre del arte universal. Juega tan absolutamente concentrado que consigue establecer una conexión sobrenatural entre sus piernas y su mente. Parece que es él quien piensa, describe y ejecuta, no solamente cómo va a jugar el balón que le llega, sino  cómo va a ser el partido. Quiero decir que da la sensación de que es él quien decide de un modo misterioso el transcurrir de cada una de las jugadas que van a tener lugar durante los noventa minutos. Nunca había sentido nada parecido viendo deporte alguno. 

Sin embargo, uno de los atractivos o de los puntos de interés de ese partido se encontraba fuera del terreno juego. Josep Gardiola asistió al estadio  acompañado de su amigo Estiarte. Por supuesto, el realizador encargado de la retransmisión televisiva le reservó una cámara para testimoniar con detalle, al mundo entero, cualquier gesto  del antiguo entrenador de Messi, a quien, en el ecuador de la primera parte, en uno de los lances del juego, le llegó el balón un tanto escorado hacia la derecha del centro del campo. Inmediatamente dos defensas se colocaron a su lado y un tercero un tanto más retrasado. Messi inició la carrera con el balón pegado a sus pies y avanzó hacia el terreno contrario por la banda derecha. Los defensas le persiguieron, pero parecían ejercer más la función de escolta  que de rivales. Finalmente intentaron concretar su amenaza y pretendieron robarle el balón, infructuosamente, porque cuando Leo sale lanzado y en estado de gracia  todavía no ha nacido el hombre  capaz de arrebatárselo. 

Si Messi se lo hubiese propuesto  podría haber seguido y seguido hasta la mismísima portería contraria, repitiendo así la famosa jugada que firmó hace algunas temporadas contra el Getafe, cuando todavía sonreía. Sin embargo hizo lo que solamente pueden hacer los genios. En plena carrera y con la presión de tres contrarios robándole el aliento, fue capaz de levantar la mirada y ver a Rakitic ocupando un hermoso espacio  a la derecha de la portería de Hart. De modo que, súbitamente, Messi detuvo su galopada y en esa acción magistral dejó a su perseguidores un metro más adelantados, espacio suficiente como para que, en cuestión de milésimas de segundo, el argentino pudiese levantar el balón en una rosca zurda, pulcra y perfecta, que le  llegó a Rakitic con precisión inverosímil justo en el lugar donde éste podría batir por primera y única vez al guardameta Inglés con una maravillosa vaselina. 

Guardiola, testigo de excepción de todo lo que ocurrió en el Camp Nou aquella noche, aplaudió el gol, pero inmediatamente después de levantó, alzó el cuello de su jersey hacia la boca y con ésta tapada, algo le gritó a su antiguo pupilo. Se ha especulado mucho al respecto de qué es lo que pudo decir Pep en aquel instante de goce. Y aquí lega el motivo de mi preocupación por mi salud mental.    

Porque mi tesis tiene que ver con el amor, con el amor de l'onh, el amor de lejos que practicaban y cantaban los trovadores y los caballeros medievales; el amor de alguien como Guardiola hacia un hombre como Leo Messi, que conocedor de la imposibilidad de tenerlo de nuevo entre sus filas, gozando de su magia, de su virtuosismo, se  recrea en el sueño de poseerlo con la seguridad de lo improbable   añorando en la distancia la singularidad de su excelencia.

Pep Guardiola aulló su deseo, zafados los labios, consciente siempre de ser observado, meticuloso hasta en esos detalles. "¡Leo,  Ich liebe dich!",  proclamó Pep. Tras esa explosión ardorosa y esa expresión de amor hacia el jugador excelso, se esconde en realidad una cálida  melancolía con la que cada día, allí, en aquellas  tierras lejanas donde habitan los dioses bárbaros, se lamenta y se deleita; un sentimiento muy parecido al que expresó el trovador Jaufré Rudel hace nueve siglos, allá por el año 1145 : “Triste y alegre me separaré cuando vea este amor de lejos, pero no sé cuándo lo veré, pues nuestras tierras están demasiado lejos. ¡Hay demasiados puertos y caminos! Y, por esta razón, no soy adivino...¡Pero todo sea como Dios quiera.*
 
En manos de  Dios pongo yo también el futuro de mi salud mental. 

*"El amor de lejos y el valor de la imagen" Victoria Cirlot. Biblioteca Gonzalo de Berceo

domingo, 15 de marzo de 2015

Marta Ferrusola y "Las flores del mal"


Los versos que he utilizado para escribir esta entrada son del libro  "42 flores del mal", obra del conocido poeta francés Charles Baudelaire, en la edición de la editorial Mondadori. La traducción de esta edición es de Antonio Martínez Sarrión.

 ¡Ah! ¡Qué gran momento hubiese vivido  la Historia de este país si de repente, durante la comparecencia de Marta Ferrusola en la comisión de investigación que intentó averiguar algo sobre los delitos cometidos por ella y  su familia, alguno de los portavoces parlamentarios se hubiese levantado y hubiese declamado, mano al pecho y mirada en blanco!:
¡Máquina ciega y sorda, fecunda de crueldades,
Saludable instrumento, bebedora de sangre!
¿Cómo no te avergüenzas? ¿Todavía no viste
En todos los espejos decrecer tus encantos?
La enormidad del mal en que te crees tan sabia,
¿No te hizo jamás retroceder de espanto
Cuando Naturaleza, como ocultos designios,
De ti puede servirse ¡oh reina del pecado!
-De ti, vil animal-para engendrar un genio?
¡Oh fangosa grandeza!¡Oh Sublime ignominia!"


Yo me hubiese muerto del gusto. Ver y escuchar  a un parlamentario recitando versos de “La cabellera”, uno de los poemas de Charles Baudelaire que compone  Las flores del Mal”, no tendría precio. Lo daría todo. Renunciaría a mi tarjeta de la seguridad social: así, como lo digo. Recitar nada más y nada menos que  ¡”La Flores del mal”! para fiscalizar y sacarle las vergüenzas  a la florista mayor del reino, quien perfumó y llenó de colorido todo evento y espacio oficial en Cataluña, previa facturación, con la que  Doña Ferrusola no hacía más que redondear la fortuna atesorada, fruto de otros negocios oscuros  (mucho más rentables que las flores)  durante casi tres décadas en  el país-empresa que fundó junto a su Don.

Puestos a elucubrar y prostituir a  Baudelaire  en aras de la verdad revelada, me la imagino respondiendo muy resuelta, muy digna, con ese tono halitósico  de monja alférez, harta de ajos tiernos,  amamantada  entre bolas de naftalina, declamando altiva, para su defensa,  un verso de “El balcón“ de la misma obra:

Soy el Ángel guardián, la Musa y la Madonna”.

Con el fin de apaciguar a sus ilustres señorías -que así se llaman entre ellos -y reconducir el debate hacia las formas, la buena educación y el tono que caracteriza la ejemplar política catalana, la portavoz de CiU, Meritxell Borràs, gritaría, muy musicalmente, tal y como se merecen las palabras del poeta maldito, en un ataque de sinceridad  digna de una portada en La vanguardia, el verso de “El vino de los traperos”:


"Estamos aquí “para ahogar el rencor y acunar la indolencia."
A lo cual, el ínclito David (Fernández), el que camina con sandalias literalmente  de  la mano del presidente Mas, respondería desde su digna presidencia, siguiendo el mismo poema con el siguiente verso, es decir, siguiendo los pasos de CiU.
De esos malditos viejos que mueren en silencio
Dios, de remordimiento preso, fabricó un sueño
En este rifirrafe educado y rebosante de seny,  Meritxell Borràs pediría un turno de réplica para cantar el alejandrino de “La voz”:
Y los hechos, a veces, se me antojan patrañas”.
Pero, ¡ay!, nada de esto ocurrió, ni obviamente  va ocurrir. Y si hubiese ocurrido, probablemente  el amantísimo esposo de Doña Marta,  ese gran impostor, innovador del hampa, reyezuelo bananero del parné, al verla por televisión musitaría  en su honor estos tres versos de “La Beatriz”, penúltimo de los poemas del libro de Baudelaire:
A la reina de mi alma de mirada sin par,
que con ellos reía de mi sombría aflicción,
Haciéndoles, de paso, una obscena caricia
A todo esto, Marta  seguiría impávida sentada en su silla del Parlamento, con la arrogancia, la desfachatez, la  actitud y el porte de quien se sabe impune. Y mientras los representantes del pueblo contarían versos con los dedos para poder reprocharse entre ellos sinalefas, asonancias y otras controversias poéticas, ella rumiaría para sus adentros,  en silencio, tres versos más de “La Belleza”:
Los poetas, delante de mis gestos altivos
que parecen copiados de antiguos monumentos
Consumirán sus días en árida labor
Y entonces, aprovechando el paréntesis establecido para poder  acordar  algunas cuestiones de orden en las que suelen  enzarzarse los diputados, nuestra madre, Marta, la florista, la madre de todos los catalanes,  le dedicaría alguno de sus pensamientos poéticos a su hombre, recordando “Bendición”:
¡Ah, que no haya parido un nido de reptiles
Antes de alimentar esta cosa irrisoria!
Puesto que me elegiste entre todas las hembras
Para ser la desdicha de mi triste marido,
Y no podría ahora arrojar a las llamas,
como carta de amor, este pequeño monstruo
Buscan a alguien que quiera causarle algún dolor
Y hacen en él ensayos de su temple feroz
Y así, pasarían  los minutos en  esta singular comparecencia, que por supuesto propiciaría una de las audiencias más multitudinarias de la historia de la televisión nacional de Catalunya, hasta que le llegase  el turno a Joan Mena, representante de IC-EUA, excepcionalmente enfebrecido, quizá  a causa de tanto malditismo; quizá debido a esa fascinación que siempre ha ejercido entre la izquierda el opio, la bohemia y la absenta.
Mena, cual vate contemporáneo, se levantaría de su escaño y bramaría frente a la Ferrusola  el Himno a la Belleza” en  el pico más alto del share televisivo, ese momento excelso  que  los técnicos llaman el minuto de oro:
"Tu mirada infernal y divina
Confusamente vierte crimen y beneficio

¿Del negro abismo emerges o bajas de los astros?
Como un perro, el Destino sigue ciego a tu falda,
Al azar vas sembrando el luto y la alegría
Y todo lo gobiernas sin responder de nada
El Horror, de tus joyas no es la menos hermosa
Y el Crimen, entre todas tus costosas preseas
Danza amorosamente sobre el vientre triunfal


Artur Mas aquel día no estaba en El Parlamento. Estaba viendo el debate en soledad, o quizá acompañado de su inefable escudero Homs. Ambos a dos, en dúo irrepetible, cuando ya la constancia de las fechorías era clara y diáfana -porque mamá ya no sabía por dónde escapar  y el honor, el legado y la obra papá había quedado a los pies de los caballos- entonarían al unísono, arrodillados, embargados de una gran nostalgia, estos versos inolvidables de "Elevación",  como si de una oración  se tratase:

Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras
Levantan hacia el cielo matutino su vuelo
-¡Que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo,
la lengua de las flores y de las cosas mudas!"


Quienes también  seguirían con gran interés la comparecencia por televisión de su administradora general serían las cien familias, los cien apellidos catalanes,  o lo que es lo mismo, el consejo de administración de Cataluña-Pujol-Ferrusola S.L., excelentes clientes de los más exóticos paraísos fiscales.   Muchos de ellos, notoriamente cultivados, amantes de la lírica y de las veladas del Liceo, se arrancarían con “Invitación al viaje” desde sus sillones repujados:


Muebles relucientes
Pulidos por años
Decorarán nuestro cuarto;
Las más raras flores
[…]
Los hondos espejos,
El oriental esplendor,
Todo allí hablará
Su dulce lengua natal”

Todo es allá lujo y calma
Orden, deleite y belleza"
Mientras tanto, Josep Enric Millo del PP y José Mª Espejo de Ciutadans no harían más que memorizar en sus escaños, muy aplicados,  los versos de “La Carroña”. Pero por mucho que repitiesen y repitiesen sus estrofas no hallarían la manera de hincarle el diente al poema.
Por su parte, Oriol Amorós de ERC se hallaría un tanto desorientado, porque aunque se moríría de ganas por levantarse y recitar de cabo a rabo “El albatros”, finalmente no se  decidiría a hacerlo, no fuese que  en un futuro, por mor de una mala interpretación, se le achacase la responsabilidad de una ruptura que llevaría al traste el proceso nacional.
Así, entre poema y poema, verso a verso, golpe a golpe, transcurriría  tan singular sesión, dentro y fuera del Parlamento de Cataluña.
David Fernández, insospechado presidente, tendría a bien poner el broche de oro. Para  finalizar se serviría del hermoso  Canto de otoño

Pronto nos hundiremos en las frías tinieblas


Y yo, que no me perdería ripio, recitaría  "Al lector" para, al menos, expresar mi lamento estéril de ciudadano estafado:

"Tercos en los pecados, laxos en los propósitos,
Con creces nos hacemos pagar lo confesado
Y tornamos alegres al lodoso camino
Creyendo, en viles lágrimas, enjugar nuestras faltas
"


lunes, 9 de marzo de 2015

Los cuentos de Escle


Este texto es el prólogo al libro "Los cuentos de Escle", que muy amablemente me solicitó que escribiese su autora, Ester Solà, enferma de Esclerosis Múltiple
"Los cuentos de Escle" se puede  adquirir en Amazon y, dentro de un par de semanas se podrá encontrar a la venta en las librerías.
El libro también se puede conseguir a  través del web www.megustaescribir.com o escribiendo directamente a la autora Ester Solà a la dirección estersolaster@gmail.com
Vamos a meternos en la piel  de una mujer a quien  un buen día le comunican que su vida ya no será como hasta ahora la había vivido y que, sobre todo, tampoco será como  la había soñado. Vamos a hacer el esfuerzo de asumir el hecho de que, inmediatamente después al nacimiento de un hijo, todavía convaleciente del parto, nuestro cuerpo se revuelve y decide que a partir de ese instante va estar enfermo de manera crónica, y que la enfermedad va ir progresando día a día, imparable, durante años,  de manera paulatina, hasta el punto en el que necesitaremos un vehículo para pasear, para movernos de un lugar a otro de nuestra ciudad; un punto, en definitiva,   en el que no podremos desenvolvernos cotidianamente  igual que  la mayoría de las personas.
¿Difícil, verdad?. Ahora demos un paso más. Una vez que nos hemos puesto en la piel de una persona  a la que el destino ha hechizado con un sortilegio nefasto, ejercitemos nuevamente nuestra empatía y esforcémonos en imaginar cómo afrontar las consecuencias de la desgracia que nos ha tocado en suerte. Por muy potentes que sean nuestros poderes empáticos, pocos de los que han aceptado este reto  lograrán hacerse una idea exacta de lo que supone vivir con Esclerosis Múltiple. Hay que estar muy cerca de la persona que lo padece para entender mínimamente  qué  le sucede a alguien, en su día a día,  cuando el cuerpo no quiere obedecer las órdenes que le transmite el cerebro.
Ester Solà Melgosa padece Esclerosis Múltiple (EM). Según suele explicar ella misma, los neurólogos dictaron que la enfermedad se desencadenó el día en que nació su hija Ariadna, su queridísima y brillante Ariadna. Unos años después del diagnóstico, cuando los síntomas  gradualmente se hacían  ostensibles, decidió que iba a ser escritora. Esa fue su manera de afrontar la realidad. Quería escribir para que usted, y yo, y el máximo número de personas posible, supiesen qué hay detrás de esas dos letras frías que condensan en un brevísimo acrónimo impronunciable, cada minuto de una vida en  los últimos 15 años.
Y se puso manos a la obra. Después de algunos intentos infructuosos,  surgió ese instante mágico, ese momento en el que aparece la idea y ya nada puede detener la creación. ¿Qué mejor modo de divulgar que contar un cuento? ¿Qué mejor modo de  eliminar el  estigma social que se adhiere a una enfermedad y a los que la padecen, que utilizar personajes e historias universales? ¿Hay alguien que no conozca a Pinocho,  a Blancanieves,  o  la Cenicienta?
Millones de personas, a través de la historia, han crecido  con los cuentos de Charles Perrault, de los Hermanos Grimm o de Carlo Collodi. Generación tras generación, sus historias han transmitido que el bien y la bondad siempre acaban triunfando. Las vicisitudes de sus criaturas, a pesar de que todas ellas sufren,  de un modo u otro,  injusticias y contrariedades, finalizan siempre de manera feliz.  Y fueron felices durante el resto de sus vidas” suele ser la última frase de los cuentos.
Ester Solà Melgosa ha escogido algunos y los ha versionado, introduciendo nuevos personajes  que tienen que ver con la enfermedad con la que vive. Como en todo cuento clásico, son personajes buenos y malos, perversos y benéficos, que interactúan con las principales estrellas de la fantasía infantil occidental. De ese modo, surge, por ejemplo, “El hermano de Pinocho”, en mi opinión, la joya de este libro que Ester ha escrito –creo-   con tres objetivos: demostrarse a sí misma  que era capaz de crear. Ofrecer a los lectores adultos la posibilidad de hacer llegar a los más pequeños, con un punto de vista diferente ( sin eufemismos, con naturalidad y sencillez, a través de la imaginación y la fantasía)  qué supone para alguien la llegada de una enfermedad como la Esclerosis Múltiple. Y, finalmente, abrir una vía a la esperanza; el anhelo del remedio y la curación gracias a la investigación y los avances  científicos. No podía ser de otra manera: como en los cuentos clásicos, todo debe terminar bien.
Sin embargo, aunque Ester Solà utilice la fantasía para hablarnos de su enfermedad, hay en el libro un cuento que no lo es. Se titula “El enemigo dentro”. Es el relato descarnado de su epopeya, y por eso  hay que leerlo de otro modo.  Hay que acometer su lectura  sin miedos, con respeto y, por qué no, con curiosidad, porque en él se nos describe paso a paso y sin tapujos la vida real de Ester desde que, hace 15 años, en la habitación del hospital donde convalecía del parto de su hija Ariadna, percibió que un humo negro se colaba bajo el filo de la puerta y permanecía  flotando en la estancia, como  una niebla premonitoria.
Lean este libro a sus hijos y díganles que detrás de cada cuento hay una persona que lucha, que no se rinde, porque nunca ha perdido la esperanza. Enséñenles a vivir la vida intensamente, a no desperdiciar un solo minuto, a valorar cada paso que dan, literalmente. Y sobre todo, si como yo no han sido capaces de meterse en la piel de una persona que vive una vida que jamás imaginó, absolutamente condicionada por los efectos de una enfermedad, utilicen este libro para comprobar y dar fe de que existen personas, igual que su autora, capaces de sobreponerse a los golpes más duros del destino, porque de ellas tenemos mucho que aprender.

lunes, 2 de marzo de 2015

Guerreros de la luz

De nuevo, una vez más, he dejado la política. ¡A mi edad! Me reintegré con ganas, ilusionado, porque todo estaba por hacer. Ni si quiera teníamos  local. Las primeras reuniones las celebrábamos en un bar, pero después de la tercera tuvimos que cambiar, porque el dueño no estaba dispuesto a que calentásemos el asiento durante horas, solamente  con un cortadito en la mesa, a lo sumo dos.

Celebramos la cuarta al lado de la competencia. Fue un buen cambio; jamás nos dijeron nada, y no nos ponían mala cara. Además, allí apareció un compañero nuevo. Era ya mayor, pasada la madurez, cercano a la jubilación. Se presentó diciendo “Hola, buenas tardes. Me llamo  A. Carmona. Soy  anarquista y soy roquero”.

Era un buen tipo. Lucía una barbita de chivo, un triángulo perfecto siempre bien peinado, de color pajizo, que recogía en el vértice  con un cordelito de colores. Todo el conjunto era un entrañable  vestigio de juventud. Vestía  siempre una vieja cazadora de piel marrón que nunca se quitaba. Conducía un SEAT Toledo, de color blanco, de los primeros que salieron, ahora ya medio desvencijado, en el que solía llevar de un lugar a otro a su mujer, una cubana que limpiaba escaleras.

Un día nos explicó que le perseguían, que lo había denunciado al Ayuntamiento pero que no sirvió de nada. Incluso  se habían reído de él.  Parece ser que al pobre  lo arruinaron. El mismo Ayuntamiento le multó porque no respetó las normas urbanísticas en la construcción de tres casas de su propiedad, de manera que en la multa perdió, antes de intentar venderlas, todos sus ahorros invertidos. Decía cada cinco minutos que en cuanto su costilla reuniese un poco de dinero se volvía  a su Andalucía, que en Catalunya no hay más que ladrones y que son de los peores, porque son los que mandan.

A. Carmona se quejaba de que le habían tomado el pelo porque quien de verdad incumplió las normas fue un restaurante anejo a su obra, cuyo propietario es amigo de la alcaldesa. Según contaba, fue el propietario del negocio quien en realidad  estableció la anchura ilegal  de la acera debida a  una ampliación una tanto opaca para la que no había solicitado permiso ninguno, gracias a la cual pudo levantar  una carpa muy vistosa,  lucrativa, ideal para bodas, bautizos y comuniones.

Por eso A. Carmona nos cedía una de esas casas para celebrar nuestras reuniones, que construyó invirtiendo todos sus ahorros; una casa deshabitada, sin muebles, solamente las paredes, el ladrillo y el yeso. En los rincones asomaban, todavía colgando, los tubos coarrugados de color rojo que protegen el cableado, a la espera de  que algún electricista instalase los enchufes.

A pesar de todo, celebramos unas cuantas reuniones en aquel lugar que estaba todavía por hacer. Cada vez que se convocaban  teníamos que llevar cada uno nuestra silla, como  en los cines antiguos de pueblo. A mí me gustaba. Me hacía sentir bien. Pasábamos mucho frío, mucho. Nadie se quitaba el abrigo y todos permanecíamos sentados, encogidos, con las manos enguantadas  metidas en los bolsillos de los abrigos, exhalando vaho o protegiendo la cara y el cuello con una bufanda, bajo la luz exangüe de la  única bombilla viva, alrededor de dos tablas sucias que habían utilizado los albañiles como andamios,  y que cumplían las funciones de mesa gracias a dos caballetes.

En los meses de mi militancia llegamos a ser poco más de una docena  de afiliados, compuesta por  un sindicalista jubilado,  jubilados en general, licenciados en paro, un ingeniero municipal despechado, un guardia urbano con la baja permanente, dos estudiantes de máster, la madre de uno de esos estudiantes, escritora de fines de semana y tertuliana en la radio municipal; una modista que trabajaba para productoras de cine, un graduado medio en farmacia, analfabeto funcional pero que había desarrollado  una gran vocación de político al uso;   un diseñador, y un tipo de mediana edad que llamaba la atención porque lucía una melena extraordinariamente larga y blanca, de un blanco nebuloso, y una barba matusalénica, igualmente blanca,  que le confería una imagen de viejo hippie, de gurú de las montañas o  de ermitaño brahamánico.

Este compañero casi nunca hablaba, y cuando lo hacía siempre decía que no le gustaban los líderes, ni si quiera los que elegía la asamblea. Una noche salíamos todos de la casa y vimos cómo abría con su llave electrónica la puerta de un estupendo Audi TT de color rojo pintalabios. Un compañero le dijo, riendo a carcajadas  “¡Joder, vaya carro que llevamos, eh!”. El otro no dijo nada. Arrancó y desapareció, muy prudente, calle abajo.

Se sucedieron reuniones cada semana y poco a poco, de manera natural, se formaron tres grupitos, cada uno de ellos con diferentes ambiciones secretas, jamás compartidas ni confesadas en público. Unos querían presentarse a toda costa para joder a la actual alcaldesa. Otros querían entrar a gobernar el Ayuntamiento, porque estaban parados, o porque algún familiar lo estaba. Y otros querían trabajar  para transformar y cambiar la sociedad. No sabíamos ni cómo ni por qué, ni siquiera si parte de la población lo necesitaba o aspiraba a ello. La cuestión era transformar. Así lo veía yo. Yo pertenecía al tercer grupo  y abogaba por no presentarnos este año y trabajarnos a fondo el municipio. Por eso los miembros de los otros dos grupitos  entorpecían nuestra estrategia de las maneras más variadas e imaginativas. Perdían las actas de reuniones anteriores en las que ganábamos votaciones; nos negaban el censo de militantes; cambiaban de orden del día, y cosas así.

Uno de mis aliados era precisamente  el de las carcajadas, quien constantemente asentía todas y cada una de mis intervenciones. Él decía que era diseñador y que trabajaba en el mismo negocio que su mujer. Según nos explicaba, él mismo se encargaba de buscar clientes y ella les procuraba el  servicio que contrataban. También tenía el pelo largo, pero no tanto como el gurú y se lo recogía con una coleta. Era un poco mayor que yo, aunque no mucho. Como ya he dicho, reía siempre, con gran escándalo, muy forzado. Creo que todo el mundo se daba cuenta de que sus risas se gestaban  más en su voluntad que en su espontaneidad. Cuando yo hablaba nunca reía. Asentía, solamente asentía.

Una noche fría, una de las más frías, llevé a la reunión  una propuesta muy trabajada. Estuve elaborándola durante toda la semana.  La fotocopié en mi lugar de trabajo, a riesgo de que me sorprendiesen, pero "¡qué diablos!", pensé, "la revolución implica  riesgo".

El día señalado repartí las copias entre mis compañeros y expuse todo el plan. Triunfé. Nadie podía negar que era lo mejor que hasta ahora se había presentado como plan de organizativo y de acción . Al salir, mi alegre y fiel camarada  me cogió del brazo y me llevó unos metros más allá de la puerta, apartándome de todos los demás. (Al finalizaban las reuniones solíamos  permanecer unos minutos a la puerta de la casa, bromeando  y comentando cualquier cosa). Esa noche  me dijo en privado, mientras los dos zapateábamos el asfalto muertos de frío,  que yo era un líder nato, que en su vida había visto una cosa igual, y que ya le había hablado de mi a su mujer, la cual quería, a toda costa, a la mayor urgencia posible, conocerme, ya.

Y así fue. Cursó, via whatsapp, una invitación en toda regla para tomar café  en su casa, porque su mujer estaba delicada de salud y no podía salir. Por supuesto, yo acepté, encantado. No todos los días aparecen admiradores tan apasionados e incondicionales.

Y allí me presenté. Era una gran vivienda, un chalet de tres plantas, rematado por un  tejado de pizarra a dos aguas. Formaba parte de una urbanización a las afueras del pueblo y lindaba con un tupido  bosque de pinos.  El jardín era amplio, pero lo encontré muy dejado. Sobre la mala hierba se podían ver  hierros esparcidos, restos de columpios de plástico, una gran piscina hinchable deshinchada, arrugada sobre el suelo mordido. Me pareció la piel seca de un animal muerto. También vi  unas cajas de madera que podrían haber sido panales, pero que ahora parecían palomares sucios. El muro estaba sin pintar, construido con mahones grises de los que su utilizan para levantar  naves industriales. Palas, rastrillos, una carretilla metálica de una rueda -pinchada-, y herramientas de diferente clase  y  tamaño  ocupaban, esparcidas por toda la superficie, lo que hace algún tiempo, seguramente, fue un hermoso jardín.

Salió a recibirme y alabó mi puntualidad inglesa. La habitación donde nos metimos era muy luminosa y espaciosa, presidida por una gran chimenea en el centro. Alrededor de la chimenea había  dos grandes mesas de escritorio sobre las que reposaban dos ordenadores con sus pantallas. Otra mesa más, separada del resto,  hacía las veces de comedor. Todo estaba patas por hombro, sumido en un gran desorden. Pensé que hacía semanas que nadie limpiaba. “Bonita casa”, le dije. Me contestó que no era suya, que era de alquiler de renta baja. Entonces se abrió la puerta y entró una mujer obesa, de una obesidad mórbida.

Apenas podía caminar. Cada paso que conseguía dar le provocaba un resuello de fuelle. Se acercó a mí y me dio dos besos. Olía a sudor. Toda ella olía a sudor. Apenas tenía pelo. Le caían unas pocas greñas grises y lacias sobre las mejillas  pero su cabello no lograba cubrir la piel del cráneo. Era mucho mayor que él.  Me sonrió y me invitó a sentarme y a tomar un té que cultivaba y recolectaba  ella misma. Mientras tomábamos el té, ambos se hicieron bromas procaces, de un modo muy ostentoso, relacionadas con los pechos de ella y con lo bien que se lo pasaban “haciendo cositas en la cama”. Creo que lo decían para  aleccionarme de que el aspecto y la edad no importan si la llama se mantiene encendida.

Al poco, gracias a uno de los múltiples cambios de tercio en  la conversación,  la mujer cerró muy fuerte los ojos, colocó las manos sobre la mesa y un par de segundos después me miró muy fijamente. Sonrió y me dijo : “Tu eres un ser de luz. Eres como Pablo, un guerrero de la luz. El mundo necesita de vuestra luz y de vuestra fuerza para echar del poder  a esa cuadrilla de delincuentes que nos asola”.  No supe qué decir. Creo que sonreí estúpidamente, o que esbocé una mueca  acobardada, lo contrario que mi compañero, su marido, que soltó otra de sus carcajadas. “¡Te lo dije nena! ¡Pocas veces me equivoco!¡ Es un guerrero de la luz!”.

Permanecí en la casa cerca de dos horas. Durante ese tiempo la mujer, de la que he olvidado  el nombre por completo, me explicó que yo era el último de todos los que formábamos el grupo que había  pasado  por su casa, que estaba expectante porque ya había identificado a tres ángeles de luz más y que, sin duda, después de conocerme a mí, estaba absolutamente convencida de que con nosotros todo iba a cambiar. Sobre todo, gracias a una de las licenciadas en paro que integraban el partido -ni más ni menos que mi enemiga acérrima, parte fundamental del grupito que buscaba trabajo público a  toda costa. En relación a  ella,  la mujer  afirmó que era un ser celestial, una auténtico ángel luminoso y que todos los demás debíamos seguirla. Sin embargo, de repente se puso muy seria;  volvió a cerrar los ojos muy  fuerte y sin abrirlos me dijo que entre todos los miembros del grupo había algunos guerreros de los oscuro, y que con urgencia debíamos de librarnos de ellos, pues de lo contrario contaminarían con su sombra perversa la pureza de nuestra alma y, por tanto, constituirían un verdadero inconveniente para nuestros objetivos revolucionarios y de transformación social.

Asentí, miré el reloj y les dije que tenía que marcharme con urgencia, que se había hecho tarde y me esperaban. Al llegar a mi casa me di una buena ducha. Después me serví un whisky de los caros; creo que fueron cuatro, no estoy seguro, porque me desperté ya por la mañana, tumbado sobre el sofá, escuchando la voz en off de la Teletienda. La decisión estaba tomada. Bajaría al garaje, abriría el maletero y recuperaría la silla de las reuniones para colocarla de nuevo en el comedor de mi casa. Echaré de menos a A. Carmona, anarquista y roquero.

lunes, 23 de febrero de 2015

Un mes después


“Cuando tú vienes airada,
todo lo pasas de claro
                con tu flecha

Jorge Manrique
 
Se marchitan las rosas; la rosa blanca y la rosa roja que rescaté de las cenizas la tarde de tu partida.
Han agotado el aroma y la seda de sus pétalos.

Ahora  son púrpura y cera; vino añejo y nieve antigua.

Llegué  a casa  ebrio, mordí el tallo para acortarlas y  las introduje en un cilindro de cristal. Me pareció un objeto mágico, el espacio infalible de la vida eterna donde se conservaría  siempre el símbolo del cariño  que recibí de tu existencia.

“¡No quiero perderte!”-grité.
Te  he llorado en lágrimas y día a día  derramo mi duelo en silencio.
A veces busco y ambiciono consuelo invocando recuerdos.  Entonces, con la misma brevedad con que nos castiga la vida,  consigo verte sin verte, apenas unos instantes, regalándome  tras la ventana tu saludo de amor.
Porque creo en la memoria, y en la huella evocadora que se hunde en lo vivido. Me dicen, incluso -seguramente con buena intención- que si te guardo aquí  y consigo conservarte dentro de este espacio de piel que cubre mi  pecho, entonces -me dicen-  no habrás desaparecido.
Por eso estaba convencido -ingenuo discípulo de tu bondad- que las flores fúnebres podrían encarnar tu rostro; tu rostro sonriente tras la ventana de cristal luminosa, despidiéndome cada día que llegaba, y te besaba, y escuchaba tu voz, y me decías sin decirlo ¡Cuánto te quiero, hijo!.

lunes, 16 de febrero de 2015

Jerry y Johnny


Yo vi la lágrima, estoy completamente seguro. Se precipitaba, como todas, hacia la boca, y hacia la tierra. Aunque, en honor a la verdad, cualquiera desmontaría mi testimonio, porque  la luz era tenue, azulada, de ese azul que oscurece; el azul que  aniquila las sombras, entre las que suelen moverse, como si fuese de día, los noctámbulos empedernidos, los melómanos exquisitos, los  snobs de trago largo, y toda la fauna  que frecuenta, al fin, garitos donde se interpreta y se escucha jazz.
En favor de mi credibilidad puedo referir que  yo estaba muy cerca, en primera  fila; tan cerca que casi me salpicaba la saliva de Jerry. Jerry  intentaba, infructuosamente, instantes de música. Jerry se batía denodadamente contra sí mismo por  respirar  alguna  una nota a través de su vieja  trompeta de plata, que absorbía en la atmósfera cerrada la tonalidad cobriza del metal oxidado, la misma que confiere el paso del tiempo a todos los instrumentos de viento.
Queríamos un buen sitio donde poder verle cerca, por eso llegamos tan pronto que pudimos  verlo  sentado sobre los escalones de la entrada, junto al contrabajista y el baterista. Aparentemente relajado, fumaba y levantaba ligeramente la cabeza para exhalar  el humo y mirar -o no mirar- a sus compañeros  a través de sus grandes gafas oscuras, bajo el sombrero plano, camuflando la vejez en su atuendo de siempre, y sin embargo un rostro liso,  de piel infantil, rematado en el mentón por una perilla casi inapreciable  que le otorgaba cierto aire de adolescente avejentado, quizás disfrazado con el  barniz de los años que  se va depositando sobre el rostro  en cada  viaje, en cada concierto y en cada una de las  largas noches  que empezaban justo al finalizar cada actuación.
A medida que nos íbamos acercando atenuamos el paso y el tono de voz, hasta quedarnos en absoluto silencio. A unas decenas de metros de ellos, poco antes de verles, caminábamos y hablábamos animadamente  al respecto de si se congregaría mucho público, de si  hay mucha o poca  gente que conoce la música de Jerry. Nos preguntábamos, por ejemplo, si  tocaría como a nosotros nos gustaba, con ese tono brillante de los grandes músicos latinos que han crecido en los iuesey  y que, aunque proceden de la luminosidad  tropical, no se pueden desprender  de la niebla underground, del  sabor sucio del asfalto neoyorquino.
Justo antes de abrir la puerta  estuvimos a punto de detenernos, y saludarle, y decirle que le admirábamos. Pero finalmente entramos sin hacerlo. Solamente fuimos capaces de pronunciar  un tímido saludo que no obtuvo respuesta. Y ahora me arrepiento, porque creí ver cómo Jerry giraba levemente la cabeza, en un gesto quizá de cierta frustración. Seguramente él  hubiese querido que nos hubiésemos detenido un instante, saludarle con la ilusión de dos admiradores y quizá haberle pedido una fotografía con el teléfono móvil. Al fin y al cabo él era Jerry, el gran trompetista.
Se cumplió nuestro deseo y no solamente no tuvimos problemas para encontrar un buen sitio, sino que  fuimos los primeros en entrar. Por eso pudimos sentarnos en primera fila y gozar de la soledad de un lugar que en poco tiempo se abarrotaría y se llenaría de voces, del sonido del hielo y el cristal de los vasos, de ese rumor flexible que se amolda al espacio como una gran tela de goma, cubriendo  con una especie de  licra los cuerpos del público, convirtiéndonos de esa manera  en una masa, en un solo ser.
Desde nuestro asiento podíamos contemplar  un hermoso cuadro; nos sentíamos privilegiados porque  nadie más disfrutaba de aquella visión: el descanso del contrabajo, recostado sobre el suelo ajedrezado, como un fabuloso animal  estirado que  espera dócil y pacientemente  a su dueño. A su derecha, en un extremo del escenario,  la batería, sencilla,  dormida, en completa oscuridad.
Pero si algo exigió por completo de nuestra atención fue la trompeta de Jerry. Nunca sabremos si alguien la dejó sobre el piano de cola de manera premeditada, si fue algo sencillamente casual o si fue el mismo Jerry quien decidió colocarla sobre la tapa negra. Sea como fuere, el destino, la casualidad o un deliberado sentido escenográfico, la cuestión es que la trompeta yacía junto a  un  globo de luz en forma de luna colocado en el extremo de la curva que forma la cola del piano, de manera que la silueta del instrumento de viento absorbía la claridad cerúlea de la lámpara esférica y la proyectaba muy débilmente hacia a fuera, como si emitiese notas de luz, como si no necesitase más que unos cuantos destellos blancos para producir  rumores de notas  a través del metal plateado que la reflejaba.
Era hermoso y al mismo tiempo conmovedor contemplar aquel efecto de claroscuros, de sombras y resplandores que se proyectaban no solo sobre la trompeta de Jerry, sino sobre los demás instrumentos. Era  como si allí, sobre el piano de cola negro, se dirimiese la vida personificada en el metal, que manifiesta su voluntad de sobrevivir frente a  la muerte oscura; como si en el refulgir plateado expresase el deseo de un  último hálito de vida para declarar la belleza y la constatación de su talento y de su arte. Por eso  creo que, de alguna manera,  Jerry  ya estaba  interpretando su música  antes de subir al escenario, como Johnny Carter, la criatura de Julio Cortázar, cuando le decía a Bruno “esta música la he tocado mañana”.
Saqué mi teléfono móvil  y fotografié aquel  hermoso bodegón de naturalezas muertas  que aguardaban el tacto,  los labios y la sabiduría de tres artistas que  en pocos minutos les conferirían el sentido de su existencia y las transformarían  en seres vivos, en parte integrante de sus cuerpos, como si fuesen apéndices extraordinarios, formas de su anatomía exclusivas y esenciales, ya no unidas o fusionadas, sino gestadas  dentro de su propio ser, igual que una uña, que un cabello, el lunar que adorna un rostro, o una lágrima de tristeza que mana y se precipita.
Poco a poco iba llegando la gente. La primera fila se completó enseguida y paulatinamente todo el aforo del local se abarrotó. Jóvenes y no tan jóvenes; matrimonios maduros; solitarios, melómanos, músicos y aficionados; noctámbulos y frecuentadores; tipos transparentes, serios, indiferentes, jugadores de ajedrez, fumadores de pipa,  algún que otro moderno y media docena de fotógrafos que buscaban  los mejores ángulos desde donde retener o detener el tiempo y la luz, otra vez la luz. Me llamó la atención que ninguno de ellos reparase en la escena que yo acabada de guardar para siempre en el teléfono móvil y en mi memoria.
El rumor de hielo, de cristal y de  licra nos iba envolviendo a  todos. Por fin se encendieron  dos focos encarnados y un tipo gordo, calvo, de escandalosas patillas irlandesas, apareció en el escenario. Descolgó el micrófono, le dio tres golpecitos y poco a poco la sala atendió, expectante. Todavía se escuchaba el tintineo de las copas, y alguna carcajada aislada. Alguien hizo shhh . El gordo guiñó un ojo de agradecimiento. A continuación dio amablemente las buenas noches. Inmediatamente aumentó el tono de voz, impostó el timbre y empezó a hablar como su fuese uno de aquellos  excéntricos presentadores de combates de boxeo . Desde luego no era la primera vez que lo hacía.  Con una maestría propia del más experimentado showman, perfiló brevemente la trayectoria de Jerry y de sus acompañantes en el trío. Las últimas palabras las pronunció en el inglés más americano de que fue capaz, casi cantándolas, como si las columpiase en un balancín, acompañándolas de su brazo  extendido  en dirección al lugar donde en un instante aparecerían los músicos . “From New York, just here, for Spain, ¡Jerry! ¡the great Jerry!
Y todos rompimos a aplaudir.
Allí estaba, apenas separado de nosotros por unos pocos centímetros. Si hubiese querido, sin el menor esfuerzo, le hubiese tocado con mi mano. Javier  puso en pie el contrabajo y Marc se sentó tras la batería. Jerry saludó con un hilo de voz, apenas audible, y a continuación tomó de encima del piano su vieja trompeta plateada. Luces de diferentes colores  iluminaban tenuemente a los músicos, de manera que las siluetas de los tres músicos y su expresión  se transformaron sobre el escenario. Parecían seres irreales, una proyección ilusoria. Por mucho que yo estuviese a menos de un  par de metros de ellos, la realidad que discurría sobre las tablas era lejana, casi ficticia, de un extraño  tono azulado.  Por efecto de la luminotecnia, los músicos habían quedado sumergidos, o secuestrados, en una aureola fantástica, como de fábula.
Jerry se acercó nuevamente al micrófono. Al andar parecía que le costase trabajo. Cada paso le ocasionaba dolor, una leve mueca  de súplica, o de fastidio; el gesto de un pesar crónico,  acentuado por el peso de la responsabilidad, de someterse a la observación inmisericorde de centenares de ojos que más allá de la cortina de luz analizaban e interpretaban con atención todo lo que acontecía a su lado del espectáculo. Incluso encorvaba ligeramente la espalda, como si así evitase los efectos de  una  tortura.
Quizá, por todo ello, y a pesar de los focos, la realidad estaba en su lado, y no del nuestro. Porque estoy seguro de que lo que Jerry veía desde el escenario  eran sombras difusas, siluetas expectantes, sin personalidad  ni expresión;  una masa informe arropada por un gran manto   que había acudido para escuchar su música pero que en ese momento se había convertido al mismo tiempo en jurado y verdugo. Instante después de que Jerry pisase el  escenario, los que allí habíamos acudido ya no éramos su público; éramos su sentencia.
Javier empezó con algunos acordes graves. Le siguió la batería, y al poco, sobre esa ola rítmica, Jerry emitió las tres primeras notas, brillantes, y al mismo tiempo añejas, como si fuese un experimentado bañista, ajado por los años,  que moja sus pies en la arena antes de ofrecer su cuerpo al mar. Después de esa tercera nota, el bajo y la percusión continuaron citando al viento, insistentemente, durante toda la velada. Sin embargo,  un tema tras otro, los labios de Jerry no hallaban encaje en la boquilla. Constantemente abría la válvula y desechaba al suelo  la saliva estéril. Lo intentaba de nuevo, una y otra vez, pero del instrumento solamente surgía un soplido mudo; el sonido sucio del  aire humillado que  apenas rozaba el metal de la embocadura. Ni siquiera las cuerdas graves del contrabajo o  las escobillas rasgando la caja del baterista podían camuflarlo. Jerry entonces dejaba la trompeta sobre el suelo, se sentaba sobre un cajón de ritmos y empezaba a tocar siguiendo los compases que le marcaba Javier, mirando hacia la tierra y  hacia sus manos artríticas que aporreaban certeras la piel, como si reconociese en ellas  la fidelidad y la lealtad que le habían negado los pulmones y los labios. Lo que se había anunciado como un concierto en exclusiva del gran trompetista  de jazz se había convertido en un trío para cajón, contrabajo y batería.
No hay ultraje mayor para un trompetista solista  que tener que sentarse para actuar. Mientras Jerry intentaba  infructuosamente  emitir una sencilla nota de su trompeta, a duras penas se mantenía  en pie. Las piernas parecían no responderle. Doblaba las rodillas y se balanceaba a ambos lados. Por eso, a  cada nuevo fracaso en los fraseos, Jerry se sentaba sobre el cajón y parecía, así, no solo desahogar su impotencia, sino tomar un respiro y descansar todo su ser  maltrecho.
Transcurrida casi media hora del concierto, Javier pulsó  los primeros acordes de una versión de “Bésame mucho”. Jerry se levantó, frotó sus labios, escupió su trompeta, y se dispuso a tocar, y una vez más, no nació ni sonó ni se escuchó otra cosa que el mismo murmullo embarrado, el vacío armónico, un silencio exasperante solamente tiznado  por el ruido que produce el aire inútil cuando surge del  cuerpo y choca contra cualquier cosa. A partir de ese instante, algunas personas del público se levantaron y abandonaron el local. Miré hacia atrás y una mueca entre compasiva, afligida y avergonzada se había instalado en  los rostros de la mayor parte de los que asistíamos aquel triste espectáculo de la degradación física de un ser humano, del final, en vivo y en directo de un gran artista.
Nuevamente me acordé de Johnny Carter, el saxofonista de “El Perseguidor”. “Cualquiera puede ser como Johnny, siempre que acepte ser un pobre diablo enfermo y vicioso y sin voluntad y lleno de poesía y de talento”, decía Bruno. Durante unos breves momentos cerré los ojos ( o miré hacia el suelo cerrando los ojos), y recordé  a  Johnny  intentando tocar la canción del Leopardo. Por eso, cuando miré hacia el escenario y escuché a Jerry corrompiendo  una nota por enésima vez,  me pareció que gritaba el lamento de Johnny:  ¡Yo no soy nada más que un pobre caballo amarillo, y nadie, nadie, limpiará las lágrimas de mis ojos !”.
Sin embargo,  las lágrimas no fluyeron de los ojos de Jerry. La lágrima surgió de los ojos de Javier, que seguía y seguía pulsando las cuerdas, sin descanso, porque había que dar un concierto, y había que arropar al maestro, y había que amarle, y quererle, y protegerle, y defenderle,  y no dejarle solo  en la última actuación. Toda una vida rompiendo con  su arte y su talento ese manto  invisible que envuelve los escenarios de medio mundo.  Así es. Yo vi la lágrima. Se precipitaba como todas, hacia la boca y hacia la tierra, por mucho que fuese  una lágrima de profunda tristeza, una lágrima de músico, de muerte y  nostalgia.

Nosotros decidimos quedarnos hasta el final. De vuelta a casa no nos dijimos nada. Ni siquiera conectamos la radio en el coche. Dormí inquieto, sumido en una extraña desolación. Quizás fue porque en aquella madrugada de octubre encontré fría la cama, o por los rumores quebrados, más allá de la ventana, que producían las ramas secas de los árboles.
Fotos: El Pobrecito Hablador del Siglo XXI