viernes, 20 de enero de 2017

Prejuicios y orgullo



Soy un tipo con prejuicios, lo cual me impide disfrutar plenamente de lo bueno que nos ofrece la vida. No sé si este es el precio que hay pagar por mantener los principios, o sencillamente se trata de un más de mis rarezas o estupideces cuyo peso arrastro por la vida igual que una mala imitación desquiciada de Don Quijote, forzando más allá de lo razonable el espíritu crítico y mis ambiciones éticas. Don Quijote, Don Quijote, tal y como lo parió Cervantes, es la criatura más lúcida que conozco.

Yo no leo a Mario Vargas Llosa. Gocé con sus primeras  obras durante mi juventud . ‘Los jefes’, ‘La ciudad y los perros’, ‘Los Cachorros’ con  aquel inolvidable Pichulita Cuéllar, ‘La tía Julia y el escribidor’, ‘Conversaciones en la catedral’, ‘Pantaleón y las visitadoras’… y ya.  Porque  a la que se convirtió en una figura relevante  de las letras y con capacidad para influir  sobre la sociedad, Vargas Llosa abrazó y defendió abiertamente la causa de los poderosos, de aquellos pocos hombres y mujeres que, con el fin de conservar sus privilegios, dañan a las mayorías. Y así hasta hoy. No he vuelto a leer ni una sola de sus obras.

Algo parecido, pero en otro sentido, me ocurre con Jaime Gil de Biedma. Por lo que parece, y a la vista de lo que señala la crítica, es uno de los grandes poetas en español del siglo XX. Jaime Gil de Biedma confesó en sus diarios su afición a mantener relaciones sexuales con niños en Manila. ¿Cómo cribar este hecho de su obra poética, y por tanto lírica, con todo lo que eso conlleva? ¿Cómo puedo atenerme solamente a su creación literaria y olvidarme que, quizás, poco después de escribir los versos más bellos, mancillaba la inocencia y el cuerpo de un  pobre niño que se prostituía para dar de comer a su familia?. Hay  algo en Gil de Biedma que es mentira, y no es este lamentable  hecho del que, por cierto, nunca renegó. Por eso no puedo con él.

Camilo José Cela es otro ejemplo. 'La Colmena', gran novela. 'La Familia de Pascual Duarte', otra obra maestra (obviando sospechas de plagios). Sin embargo,  se me hace del todo imposible acercarme a sus libros, por su historia censora, por su carácter y talante filofascista; por esa impostura maleducada, caciquil y soberbia tan del gusto franquista que le confería cierta semejanza con los tiranuelos gallegos tan bien descritos por  Valle-Inclan. Esa ambición desmedida y descarada; la constante provocación hueca, de eterno enfant terrible consentido;   un estar pantagruélico en el mundo, flatulento y macho, vulgarote, terrorista del buen gusto y de las normas mínimas de la  buena educación.

Y algún escritor más hay así, en esa línea de mis prejuicios. Borges, por ejemplo, prosélito de dictadores latinoamericanos; filósofo metafísico  con piel de cuentista.

En cuanto a  la música, me ocurre algo parecido. En casa no se escucha a Eric Clapton. ¡Qué le vamos a  hacer!. El guitarrista de la mano lenta  se negó a participar en los años setenta de una iniciativa  roquera contra el racismo y contra los supremacista blancos. Clapton llegó a reivindicar públicamente una Gran Bretaña para blancos,  y jamás se retractó de  esas declaraciones. ¡Que te den, Eric.!

Tampoco escucho a Wagner porque me ocurre como a  Woody Allen, me entran ganas de invadir Polonia.

Y me sale sarpullido  cuando emiten por la radio a U2, con el hipócrita de Bono al frente. Ya hace algunos años que se ha revelado la falsedad de su  filantropía, una fachada tras la cual se esconden  su ambición y  grandes intereses de terceros. La huella ecológica  de Bono está calculada en 60 planetas. Es decir,  mientras lidera campañas medioambientales, Bono  necesita  sesenta  Tierras para conservar su nivel de vida. Otro dato más: su fundación ONE destina poco más del  1% a las causas que dice defender de los millones de dólares que recibe. ¿Qué  o quiénes hay detrás de este tipo? ¡Qué te den, Bono!

Con Lluis Llach he llegado a mi Ítaca, la Ítaca del empacho, del empalagamiento y el desconcierto. Este cantautor de la voz cóncava, antiguo trovador de la libertad, amigo de los humildes y portavoz  de las injusticias, no solo descansa apaciblemente sus estreses en The Rino Resort -un complejo turístico de lujo ubicado en Senegal, participado accionarialmente por el humilde Sandro Rosell y frecuentado por las estrellas del F.C. Barcelona- sino que además se sienta en el parlamento catalán en su escaño compartiendo bancada junto a diputados y diputadas cuyo partido patriótico ha estado robando  a los catalanes durante los últimos 25 años. Yo asistí al memorable concierto de Llach en el Camp Nou del 6 de Julio de 1985, y compré y escuché, hasta que se malogró de tanto ponerla,  la doble cassette editada por Ariola . ¡Cuánto ha llovido, querido Lluis!

¡Ah! Mis prejuicios. La razón de los tontos, como decía Voltaire, más difíciles de desintegrar que un átomo, tal y como escribió Einstein. Quizá se trate de  una simple y vulgar cuestión de orgullo; una pose que me reafirma ante los demás;  una postura adolescente, infantiloide, con la que me cierro los ojos para no aceptar la realidad de la vida,  la madurez de otros, que no dudan en traicionar sus principios porque siempre tienen otros a su alcance y una buena coartada con la que justificarse. Sí, debe ser eso, la razón de los tontos.

Sin embargo, yo no me enorgullezco de mis prejuicios, porque lo paso mal, porque me obligan a ver lo que todo el mundo debería ver pero se obstina en obviar, con el consecuente efecto de mi marginación o de mi silencio.

En este mismo espacio he escrito algunas líneas elogiosas sobre el talento de Messi, o de Guardiola. A pesar de todo, de un tiempo a esta parte, me ha crecido  una idea en las tripas –seguramente un prejuicio-  que prevalece sobre todo lo bueno que se pueda decir de estos dos personajes y de sus compañeros.

Llegado el minuto 17 y 14 segundos ( ni uno más, ni uno menos), puntualmente, buena parte de los espectadores que disfrutan en el Camp Nou  de  Messi, Mascherano, Piqué, Neymar y todos los demás, vocean IN – INDEPEN- INDEPENDENCIÁ, así durante unos cuantos segundos, por varias razones. La principal, la que les ha llevado a defender esa  postura legítima a gritos en un campo de fútbol, es que España les roba. Sin embargo, quienes de verdad  les roba, objetivamente, son las personas que forman ese equipo de evasores fiscales, virtuosos del balón, a los que jalean, por los que se levantan haciendo la ola; a los que glorifican y alaban alzando y flexionando los brazos como musulmanes en la hora de la oración; de los que hablan con sus amigos y compañeros más que de sus propios hijos.

Y qué decir de Josep Guardiola, el gran valor social, el ejemplo para todos los catalanes, el prescriptor amante del trabajo que jamás ha madrugado en su vida, pero que nos anima a todos los catalanes a levantarnos pronto y trabajar duro. Pep, el inolvidable Pep, fue  captado por Josep Oliu, el gran capo del Banc de Sabadell, el puto amo de las ruinosas y al mismo tiempo fecundas  cláusulas suelo, para dulcificar una imagen sucia, para convencernos de la fiabilidad de una entidad que, también, roba a los catalanes.

Sí. Prejuicios. Orgullo. Un buen día, no hace mucho, leyendo la prensa, supe que la familia Carceller, propietaria del imperio DAMM  y  una de las grandes marcas patrocinadoras del Barça, había reconocido  ante el juez la evasión de 100 millones de euros en impuestos. Aquel día, muy furioso, escribí un tweet  furibundo en el que les decía a los señores y señoras propietarias de DAMM que si ellos no pagaban impuestos, yo no bebía su cerveza, a pesar de que Estrella Dorada y Voll Damm son las dos cervezas que más me gustan. Incluso abrí el hashtagh #DAMMnosRoba.  Prejuicios. Orgullo.

Fui capaz de sostener mi coherencia y mi boicot particular durante poco menos de una semana, justo el tiempo en el que terminé el pack de 6 cervezas CruzCampo, comprado con ufana dignidad de princesa ofendida, el mismo día que leí la noticia.

En mi descargo tengo que decir que no fue mi culpa. Todo fue culpa del viernes,  de una de esas tardes otoñales de viernes,  tentadoras y pecaminosas.  Al salir del trabajo ya lo había planificado. Llegaría a casa, me aposentaría en el sillón, leería el libro que tenía en danza, escucharía un buen disco y bebería  una cerveza, bien fría, en mi copa especial de cerveza  doble de malta.

El libro: ‘El quadern gris’, de Josep Pla, colaborador y espía de Franco. El disco: ‘Teaser and the firecat’, de Cat Stevens, converso musulmán que apoyó la fatwa contra el escritor Salman Rushdie. La cerveza: una buena y cremosa Voll Damm, por supuesto, no hay otra igual. Y yo en mi sillón, acompañado de mis prejuicios  y de mi orgullo ante la perspectiva de un largo y prometedor fin de semana,  con partido del Barça incluido.  

lunes, 9 de enero de 2017

Ramiro Pinilla, la llama oculta (y 4)


Viene de aquí

Otro vasco heterodoxo, Iñaki Uriarte, explicaba en sus diarios publicados por la editorial Pepitas de Calabaza, que una tarde apacible, mientras leía en su sillón, levantó los ojos  y se topó de repente con las estanterías de su biblioteca repletas de libros. Uriarte cuenta que, súbitamente, sintió un vértigo extraño cuando, al pasear la mirada por los miles de volúmenes que allí reposaban, reparó en que no recordaba prácticamente nada de lo que contenían, a pesar de que los había leído con atención a lo largo de toda su vida.

Los nombres propios de criaturas y de los espacios que habitaron, lo que dijeron, lo que les sucedió; las reflexiones de hombres y mujeres sabios, su visión particular del mundo y de la vida… todo perdido, en los confines inextricables de la mente, en los pozos del olvido, a pesar  de la atención con que los leyó, a pesar del placer con que, página a página, frase a frase, los descubrió en días y noches  de lectura apasionada.
Hace ya más de dos meses que he releído “Verdes valles, colinas rojas” y hace ya casi dos meses que decidí escribir mis impresiones sobre esta gran epopeya literaria porque, un buen día, al recordar a Ramiro Pinilla con unos amigos con los que comparto mi devoción por este autor, me di cuenta de que  había olvidado algo tan importante como el nombre de la playa donde surgió la humanidad.

Ni si quiera era capaz de recordar qué fue de Roque Altube después de sus vivencias en el frente vasco durante la Guerra Civil, o el desenlace del triángulo Asier-Don Manuel- Mercedes; o el final de Moisés y mi antipatía hacia él… No recordaba más que el trazo borroso de algunas líneas argumentales, la silueta difusa de los cuerpos primitivos alrededor del fuego de  Sugarkea; la maldad proverbial de Ella; Camilo y su estirpe bastarda, y hasta alguno de los episodios alrededor del conflicto sobre la propiedad del gran catafalco de la venta de San Baskardo.

Entonces, a medida que he ido escribiendo para no olvidar, he constatado también que, tal y como decía Pinilla, uno descubre al escribir que sabe cosas que no sabía que sabía. Y yo he descubierto, por ejemplo, que nuestra ínfima capacidad de recuerdo en relación a lecturas lejanas y no tan lejanas  nos obliga a desentrañar a través de la imaginación aquello que intuimos entre brumas.

He constatado con mi experiencia lectora  que cuando el tiempo cubre con la amnesia personajes, sucesos y desenlaces, recurrimos a nuestro poder de evocación para rescatarlos del olvido. Entonces se produce algo mágico, nuevamente inexplicable -como casi todo en literatura- y creamos a partir de esa evocación una relectura sin mirada, sin ojos; una relectura que se produce en el lugar donde habitan nuestros recuerdos; una lectura, en definitiva, creativa y reveladora.

Así, de algún modo, espontáneamente  cerramos el círculo, porque  imitamos el proceso creativo de muchos escritores que acuden a sus vivencias pasadas, desenfocando la realidad objetiva de sus experiencias personales para obtener el material poético del que surgirán sus creaciones, mitad ficción mitad realidad vivida.

Y es que, dos meses después de asistir al cementerio junto a   Don Manuel y Anaconda para depositar un ramillete de geranios rojos sobre la tumba de Mercedes, muchos de los episodios  que viví emocionado dentro del universo Pinilla se me aparecen igual que una silueta entre la bruma matinal de Arrigunaga y, sin embargo, preservo con gran viveza, como si yo estuviese viviendo entre las letras que los narran, algunos otros que quedaron grabados en mi memoria después, incluso, de la primera lectura de “Verdes valles, colinas rojas”.

Uno de ellos me lo reservo, porque tengo la intención de releerlo las veces que sean necesarias hasta ver si consigo exprimir todo su significado, toda su carga alegórica, toda su fuerza humorística e histórica; hasta ver si soy capaz de descubrir, escribiendo, cosas que no sabía que sabía.

El otro episodio al que me refiero, en mi opinión, es central en la obra, porque la traspasa casi de principio a fin como una lanza neolítica. Se trata de la llegada a Getxo del rebaño de llamas procedentes de Perú, propiedad de Saturnino Altube; la invasión del rebaño en el caserío Onaidía; su inmediata  aniquilación auspiciada por Camilo Bascardo a manos de las gentes del pueblo; la superviviencia y huida de la llama dominante con la ayuda del entonces jovencísimo Don Manuel y, finalmente, el posterior apareamiento con un burro autóctono que dará a luz a Cristóbal, primer miembro de  una nueva especie híbrida, libre, oculta para siempre en los montes vascos gracias a los Barkardo de Sugarkea.

Humanos y animales unidos en una lucha por la libertad que solamente puede resultar verosímil y efectiva en un ecosistema literario biodiverso como es “Verdes valles, colinas rojas”. 

Creo sinceramente que esta prodigiosa invención contiene toda la esencia de la novela, todo el cargamento metafórico, simbólico y alegórico. Al mismo tiempo, contiene a su creador, Ramiro Pinilla,  nostálgico  imposible de una autenticidad primigenia, soñador de la emancipación humana, víctima desde su más tierna infancia de caducos esencialismos nacionales, cuando jugaba en las playas de Getxo y sus compañeros le hacían ver que él no era de allí, que no era como ellos.

Quizá por eso, tal y como el mismo Pinilla reveló al periodista Enric González, uno de los temas fundamentales de la novela era la defensa de la infancia, encarnada en la figura de Don Manuel “Don Manuel es el nivel más sublime del tema de la defensa de la infancia. Espero escribir algún día sobre el tema de la infancia”, afirmó el escritor en la entrevista publicada por Jot Down.

Manuel, el niño que al crecer se hizo maestro, es quien establece un vínculo  directo con la llama superviviente, quien le ayudará a huir, quien preservará su vida a pesar de las presiones diarias del poderoso Efrén. “Las llamas nos hablaron de libertad (¿ o Libertad con mayúscula?)  y Efrén embistió demencialmente contra ellas porque, ya por entonces, nos consideraba bienes propios y nos negaba todo despertar”, le dice el mismo Don Manuel a su eterno interlocutor Asier.*

Las llamas de "Verdes valles, colinas rojas" son seres salvajemente puros,  y al mismo tiempo se hibridan obviando escrúpulos de impureza; seres indomables, que defienden su libertad con la muerte. Una libertad sin vínculos nacionales, ni siquiera territoriales. Una libertad genuina, legítima por antonomasia. La libertad natural que proporciona el simple y  trascendente hecho de venir al mundo, poblarlo y habitarlo.

Pero para mí, además, la última llama de “Verdes valles, colinas rojas” es la silueta que distingo y distinguiré en un futuro, entre la niebla de la memoria, cuando intente recordar esta obra maestra. Porque la última llama me orienta y me regala sus huellas y su rastro para poder hallar -o a veces tan solo intuir- los caminos narrativos que nacen aquí y allá de la imaginación portentosa del más grande de los escritores vascos de los últimos cien años (sin permiso de Baroja o de Unamuno).

Y, sobre todo,  la última llama es también Ramiro Pinilla,  que permaneció oculta durante años por voluntad propia para preservar su posición ética ante la vida, su rincón de honestidad  frente el oficio de escribir, su fuerza moral frente a la esclavitud económica del negocio editorial y su coraje frente a los abanderados de la patria, talibanes de la raza.

Por eso, gracias a esa maravillosa ambigüedad que  las palabras nos regalan, me gusta decir y creer que Ramiro Pinilla es la llama oculta que ilumina, más allá de la niebla,  la cima de cualquier monte donde arda libremente el fuego  imperecedero de la poesía y de la utopía.


 *(Para saber más sobre las llamas de Saturnino Altube, hay que leer el artículo de Santiago Pérez Isasi, de la Universidade de Lisboa, titulado“Verdes valles, colinas rojas y la identidad vasca plural”, publicado en el libro recopilatorio a cargo de Mercedes Acillona, en la editorial de la Universidad de Deusto, titulado "Ramiro Pinilla: el mundo entero se llama Arrigunaga"Este libro se hace imprescindible para cualquiera que quiera acercarse con pasión y curiosidad lectora a toda la obra de Pinilla)

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Ramiro Pinilla, la llama oculta (3)




 


A Gustavo, Anabel, Javier,  Ernesto, Mercedes... , a todos los autores del libro "El mundo entero se llama Arrigúnaga", a la Biblioteca de Getxo.  Gracias por vuestra generosidad y por abrirme puertas para entender mejor la obra de Ramiro Pinilla.


Sin embargo, apostaría sobre el catafalco de la Venta de San Baskardo todo el dinero que me debe Hacienda a que “Verde valles, colinas rojas” no  se dejaría domar por el cine, porque contiene tal riqueza de temas, matices y lecturas que el reto de enfrentarse a la creación de un guion o de generar imágenes capaces de contener la belleza y la complejidad de su sentido me parece una tarea, si no imposible, sí lo suficientemente ambiciosa como para dejarse la vida en ello. 

Porque “Verdes valles, colinas rojas”  es una novela pura sangre, salvaje, esencialmente libre, primitiva, como el rebaño de llamas de Saturnino Altube. La novela de Pinilla surge de las  profundidades de un pueblo, de la tierra, del mar, acompañando a  los cuarenta y ocho seres que inauguraron el mundo marcando sus huellas sobre la arena de la playa de Arrigúnaga.

Pinilla no se encerró durante diecinueve años  en Walden, su casa de Getxo,  a escribir a bolígrafo más de  tres mil páginas con el objetivo de  dirimir exclusivamente,  dialéctica y narrativamente,  la cuestión nacional frente a los movimientos de clase. Y tampoco para describir únicamente un modo de vida peculiar, un carácter social, cultural y antropológico singular, o  dar cuenta histórica de acontecimientos históricos que llenaron de dolor nuestro país. 

Pinilla se encerró en su Walden de Getxo a escribir “Verdes valles, colinas rojas” porque imaginó alguna posibilidad de  salvación del ser humano frente al progreso irracional e  inmisericorde; porque pretendió que la literatura  liberaría a la especia humana  del dilema que nos aboca a decidir entre las esclavitudes  de los señoríos rurales y la fábrica o la mina. Porque quería cantar a la libertad dando a luz criaturas que creciesen  junto a él,  no como hijos de un dios creador, sino como camaradas a los que acompañar y con los que  reivindicar un primitivismo esencial capaz de ganar, si no la larga guerra de la historia, sí alguna batalla.

Pinilla, siguiendo los pasos de su reverenciado Henry David Thoureau,  soñaba  con  la reconquista del paraíso terrenal; ansiaba la libertad primigenia, el albedrío franco, la emancipación humana, la austeridad autosuficiente y liberadora, a pesar de saber (o quizá precisamente por saber) que  ese ansia se traduce indefectiblemente en frustración. Y esa fue una de las razones por las que se sumergió en la creación de semejante obra. Aunque la lectura de “Verdes valles, colina rojas” tampoco se reduce a eso. 

“Verdes valles, colinas rojas” también es una gran biblia laica, un génesis adánico y cantábrico, donde el mito es ironía, caricatura, humorada y al mismo tiempo el polo opuesto a los hechos indiscutibles, a la historia descarnada,  al intento de  Asier Altube y Manuel Goneaga por comprender objetiva y racionalmente  lo que ocurrió, lo que ocurre,  e incluso de vaticinar lo que ocurrirá. 

Y también memoria. La memoria que nos han intentado birlar. La  memoria histórica que en esta novela juzga y marca sin paños calientes y sin ambages a los buenos y a los malos, le pese a quien le pese, por mucho que en la transición se produjesen reconversiones ideológicas sorprendentes; sin miedo a ser acusado de maniqueísmo; poniendo a cada cual donde le corresponde.

Efectivamente, hubieron buenos y hubieron malos, y en el universo Pinilla no hay espacio para la equidistancia. La dialéctica y la oposición de contarios son la guía. Es verdad que la novela da cuenta de un  pasado casi o pretendidamente bucólico, que  encarna y expresa el punto de vista hipócrita  de Cristina Onaindía. En ocasiones este punto de vista se expresa  de modo más sincero con Roque Altube; a veces es fruto de la manipulación, como es el caso de   Moisés Baskardo, o como tema sociofilosófico del que surgen las contradicciones en las que se revuelve Don Manuel. 

Esa narración mítica y alegórica de los orígenes de un pueblo también nos la  muestra directamente el narrador-autor. Sin embargo, en “Los cuerpos desnudos” o “Las cenizas del hierro” Pinilla no ahorra al lector las angustias, la descripción del dolor, tanto individual como colectivo nacido de otro pasado; el pasado que a través de las décadas de la dictadura y de los años de la incipiente democracia encabalga nuestro presente. Entonces a Pinilla no le tiembla la mano a la hora de señalar a los responsables de ese dolor  y de redimir    a sus víctimas, sea cual sea el momento de la historia en el que se hayan producido.

La honestidad y el  coraje del autor vasco al enfrentarse a esa memoria y de vislumbrar narrativamente su proyección hacia su presente creador es tal que no le queda más remedio que plantear el rencor en su novela, más allá del que motiva a Ella, que no es otro que el rencor hacia la miseria. Porque el rencor  también mueve los pasos y el quehacer de los hombres y de las mujeres de carne y hueso. (No quiero desvelar ningún aspecto de la trama, pero quienes han leído la obra entenderán lo que digo cuando recuerden la inmediata postguerra en Getxo, cuando recuerden a Flora en la playa, y a Kresa, entre otros…)

Llegado a este punto  pensaba que, de algún modo, la novela “Patria” de Fernando Aramburu, conecta con “Verdes valles, colinas rojas" porque contiene la continuidad prospectiva a ese momento trágico que se desata en “Las cenizas del hierro” y que protagonizará la historia del País Vasco veinte años antes de la muerte del dictador  prolongándose amargamente después, hasta hace bien poco. 

Esos años del preludio de ETA que plasma Pinilla al final de su novela muestran la derrota y la humillación del hombre universal que ansía emanciparse, para lo cual se constituye en sus inicios  como una fuerza nacional  liberadora  y termina por convertirse en un  monstruo horrible, cruel e irracional  disfrazado de patriota.

¡Qué grande es la literatura, capaz de enlazar en una espiral de tiempo y espacio, hechos, lugares y personas; capaz de explicar a través de la ficción -como no pueden explicar ni los historiadores ni las hemerotecas- las realidades que fraguan  nuestra existencia.!



lunes, 28 de noviembre de 2016

Todavía hay clases




No hay día en el que la muerte no trabaje. Sin embargo, solamente reconocemos su labor cuando la sufrimos de cerca; en su versión más trágica, cuando se lleva multitudes por delante; cuando  el finado es relevante o cuando se produce luctuosamente y  es noticia en la sección de sucesos.

(Suceso, curiosa palabra, sinónima de acontecimiento, episodio, asunto,  hecho, evento o circunstancia… con la que los periódicos etiquetan la sección en la que informan de los asesinatos cometidos; parece como si de ese modo  se nos quisiese dar a entender -o quién sabe si advertir- que las demás noticias son ficciones, que  no han sucedido, que son una invención de la vida, que en realidad, el suceso, aquello que es,  que de verdad acontece, pertenece en exclusiva a la faceta cainita de la muerte.

Quién sabe. Quizás sea  a la inversa; quizá un suceso, al fin y al cabo, es algo que no tiene la más mínima importancia. ¿Qué es un suceso comparado con  la política nacional e internacional?. ¿Y qué comparado con el procès, o con  la investidura de un presidente? Solamente un ser humano muerto a manos de otro. )

Uno de los  hombres que con más acierto y belleza reflexionó sobre la muerte fue el poeta guerrero Jorge Manrique. De uno u otro modo, el ser humano siempre ha sabido que la muerte nos iguala. Desde que nos atribula la razón sabemos que tanto da el linaje y la riqueza, tanto los metros cuadrados del mausoleo en el que nos entierren, o la blancura del mármol que selle nuestra tumba, porque una vez dentro nadie puede testimoniar el silencio, el  frío y  la oscuridad. Efectivamente, todo eso lo sabíamos, pero fue Manrique quien  mejor nos lo dijo. 

Sin embargo,  durante esta última semana, poco a poco  se me ha ido gestando por dentro, como la lombriz solitaria,  la refutación al poeta jienense, o lo que es lo mismo, la impugnación sumaria sobre la igualdad del ser humano ante la muerte, una de las pocas consideraciones que concita el acuerdo universal. 

Porque ante la muerte, todavía hay clases. No me refiero al modo de morir. En la cama, en la trinchera, asesinado, de repente, amando, durmiendo, comiendo, hablando, cantando o sufriendo. Desnudo o vestido. Limpio o sucio. Hambriento o saciado. Solo o acompañado. Ni siquiera hablo del estado de la conciencia de cada cual,  cuando nos llega el momento y  los demonios de nuestras miserias se nos aparecen para relatarnos nuestras propias vidas.

Quiero decir, de una vez por todas -la de vueltas que estoy dando para decirlo. Ni que le tuviese miedo a la muerte- que no son lo mismo las muertes de Rita Barberà,  de Fidel Castro o de Marcos Ana.  Mejor dicho. Que Rita Barberà,  Fidel Castro y Marcos Ana no son iguales ante la muerte.  Es más. Por motivos más que obvios, no fueron nunca iguales y  la muerte tampoco  conseguirá uniformar su figura y su memoria, en su eternidad de muertos.

Ya sé que a partir de ahora los pocos lectores de este blog se van a dividir entre los que van a seguir leyendo y los que van a volver a Google, en busca de otros aires más políticamente correctos.  Y es que, durante estos últimos días, las redes sociales, las televisiones, las emisoras de radio y los periódicos han dado buena cuenta de las filias y de las fobias ideológicas de cada cual,  enfrentadas a cuenta de las tres defunciones que el destino ha reunido en un puño de tiempo, de tal manera que la semana nos ha dejado exhaustos  de tanto  practicar analógica y digitalmente el lanzamiento de muerto a la cara.

Yo, personalmente, aporté mi humilde grano de arena, porque pronto comprendí que la muerte no nos equipara; porque lo que construimos en vida y el recuerdo que dejamos con nuestro proceder nos caracteriza y nos diferencia.

Por eso escribí  que, a pesar de que Rita Barberà era católica, apostólica romana y  Marcos Ana un  ateo comunista, tengo muy claro quién de los dos se ha ganado el cielo.

Por eso escribí que la Muerte, Rita Barberà y Marcos Ana nos ayudan a entender que no todos somos iguales.

Por eso recordaba a Rita Barberà cuando se mofaba públicamente de la muerte ajena, desde el balcón podrido de su poder.

Por eso escribí que la muerte no nos hace buenos. La muerte no tiene porqué provocarnos un sentimiento de  respeto hacia el difunto. La Muerte no nos dignifica gratuitamente. Nos dignifica ante los demás como premio a lo que uno ha sido en vida, es decir, el recuerdo, que es lo único propio que dejamos tres nuestra existencia. Maquiavelo lo decía mejor: “
A unos la muerte los volverá gloriosos; a otros los dejará en sempiterna infàmia”.


Por eso la muerte nos hace diferentes.
Por eso la muerte es la única justa justícia.

Lo declaró Fidel. La Historia nos absuelve o nos condena. Es decir,  los hechos y nuestro legado son la única prueba admitida para el dictado de nuestra sentencia. Lo demás es carne podrida para tertulianos bien pagados.

martes, 22 de noviembre de 2016

Populismo acústico




Para Andreu, que disfruta conmigo poniendo discos.

Nos la han metido doblada. Nos la han dado con queso. Nos han tangado. ¡Qué se yo! Nos han engañado como los chinos engañan a los europeos, que hasta en eso tenemos que cambiar el dicho. Nos dijeron, mira, oye, sonido limpio, sonido a prueba de frituras, sonido original, de una calidad inigualable, jamás imaginada. Nos dijeron, la música en CD es lo más. Nos dijeron que se acabaron las ralladas, se acabó cambiar la aguja, se acabó  levantarse  del sofá para cambiar  de cara el disco. El sonido digitalizado es lo que mola. 

Después llegó la grabación con el programa Nero y aquello era un no  parar. Venga y venga almacenar música. De los Rolling  ¡lo tengo todo!. De Supertarmp ¡lo tengo todo! De Beethoven ¡Lo tengo todo!. De la Pantoja, ¡hijo, grábame a la Pantoja con eso que han inventado!.  Y cada semana todos corriendo  al bazar chino, a comprar rulos de 50; ¡todos a planchar! ¡ día y noche  planchando!… 

Y en poco tiempo, ¿para qué el CD?. Hay que deshacerse de  todos, igual que en aquellos años ya lejanos, cuando éramos jóvenes  y sin pudor, ni compasión, sin  ningún tipo de respeto hacia nuestros mayores, lanzamos a los contenedores centenares de  cintas de cassete, sin piedad, horas y horas de nuestra primera música a  la basura que arderían en vertederos malolientes junto a nuestros primeros balbuceos.

Pero  valió la pena, porque ahora tengo un universo de música en mi Iphone, en mi Ipod, en un reproductor portátil de MP3, o, mejor que mejor, en el móvi,  tirando de Spotyfy, o en la tele, con Youtube, pinchando la tele al ampli, y menudo sonido,’¡ no veas como peta!.

No te lo crees ni tú. Quienes conservan los vinilos lo saben, aunque no lo reconozcan. Haz la prueba. Abre el armario, rescata un disco, el que quieras,  a ciegas. ¿Recuerdas como había que proceder? Primero observa con detenimiento la carátula. Invierte unos segundos en disfrutar de sus colores, de su diseño. Comprueba si es doble, si se abre como un libro y regodéate en su contenido. Después, extrae el disco de su funda de papel de seda. Sostenlo con el pulgar bajo el orificio y el índice sujetando el borde. Límpialo con delicadeza. Como seguramente habrás extraviado el cepillo limpiador de discos, puedes utilizar un pedacito de fieltro. Ahora dirígete al giradiscos. Levanta la tapa protectora. Dispón el disco sobre el plato con la cara que te interese escuchar hacia arriba, encajando el orificio central con el pequeño pivote metálico, que encontrarás  justo en el centro. 

Llega el momento crucial. Presta mucha atención. A la derecha del plato verás una especie de palanca en forma de ángulo,  en cuyo extremo hay una pestaña estrechita. Es el brazo. En el extremo libre del brazo reside la cápsula, que a su vez contiene una finísima aguja de diamante. Todo ese conjunto es el que va transmitir el contenido sonoro del disco al amplificador, y el amplificador a los altavoces. Si el brazo está embridado, quítale el seguro.  Levanta el brazo son sumo cuidado utilizando el borde de tu dedo pulgar o la yema de tu dedo índice. Desplaza ligeramente el brazo hacia dentro. ¡Magia! El disco está girando. Coloca muy suavemente la aguja sobre los primeros surcos. Sobre todo, no la dejes caer. Déjala que repose sobre el surco como si dejases un bebé recién nacido sobre la cuna ¡Qué momento! Acabas de escuchar el sonido acolchado de  un beso, el aviso dulce y tenue del inicio inminente de la primera canción que, al sonar, levita sobre un eco casi imperceptible, algo así como olas que se escuchan desde más allá de una cumbre, como el gemido marino que emite en lo hondo de su concha la reverberación de las caracolas. 

A partir de entonces ya solamente queda disfrutar de cada una de las canciones y gozar de la infinidad de matices que nos proporcionan; las maderas, los metales, las voces, las cuerdas; todos y cada uno de los instrumentos en su justa proporción, tal y como el autor o los músicos quisieron que se registrasen; y  todos esos  elementos  resonando en el interior de una de una gran cúpula algodonada que acolcha la  sonoridad  regalándonos   un  nivel de  graves sorprendente,  inusitado, que ya no recordábamos,  porque durante los últimos años, bajo la tiranía  del reino digital nos hemos alimentado de lata y de  chapa y hemos renunciado a la ecualización en aras de la comodidad y de la cantidad; en aras de la posesión  compulsiva, para lo cual hemos sacrificado la calidad.  En realidad no nos hemos dado cuenta de que somos víctima del más devastador  populismo acústico. 

Ayer escuchaba Fool’s Overture, de Supertramp -una de los éxitos del  álbum “Even in the quietest moments”,  el del piano nevado, - y mientras giraba el disco y sonaban la ventolera, las campanas del Big Ben y la voz de Winston Churchill, me   detuve a observar las barras luminosas que indican los  distintos niveles sonoros que reproduce el amplificador. Me quedé absorto, como cuando uno se sienta ante el fuego y no puede apartar su vista de la danza de la lumbre.  La traducción visual en la pantalla de la  ecualización deja en los extremos de cada fase el rastro del nivel más alto, como las centellas que surgen desde el extremo de las llamas,  como copos de nieve incandescentes que se difuminan y relevan unos a otros.

Al contrario, ese mismo disco escuchado en CD no reproduce más que un ritmo uniforme en todas las barras. Es el sonido único. Siempre suena igual. Resulta indiferente escuchar a Supertramp o a María Jimenez.  No hay matices. Graves, medios y agudos laten compulsiva y uniformemente de arriba abajo, como un corazón desquiciado, y el resultado es pura lata, la taquicardia  afilada de una serie de sonidos carentes de luz y de color que  llegan al oído igual que  tachuelas de cabeza brillante. 

Sin embargo, así y todo, insistimos en confiar en el sonido digital, porque  parece que nos da lo que queremos; porque nos brinda la ilusión de la posesión infinita; porque es ubicuo; porque nos ofrece un espejismo democrático en el que nos vemos a nosotros mismos la mar de   generosos, compartiendo con amigos y seres queridos de un modo sencillo aquello que creemos que nos gusta; porque seguimos creyendo que es gratis, a pesar de que el precio que pagamos por escuchar música somos nosotros mismos y, sobre todo,  porque hemos asumido de un modo acrítico que la música digital no da  problemas. ¡Bendito sean los problemas y bendita la diversidad de su resolución! ¡Yo abjuro de los salvadores del sonido! ¡Viva la contrarrevolución analógica! ¡A las armas!