lunes, 17 de junio de 2019

Promesas iluminadas



Muy cerca del mar tengo un pequeño jardín. Allí crecen un par de nísperos, un hermoso y tortuoso algarrobo, un granado junto a  una mimosa, un  jazmín azul que en el mes de julio florece rutilante,  y una frondosa buganvilla de flores malvas que compite con un jazmín blanco por el pilar sobre el que se enmarañan. Durante el verano paso allí muy buenos momentos. Por las mañanas se está bien, porque el sol no cae directamente sobre la hierba y  la brisa  del mar nos alivia del calor. 

Hace algún tiempo instalamos una barbacoa en la que algunas  noches prendemos  un buen fuego para poner sobre las brasas unas doradas, o algo de carne, beber cava bien fresquito y charlar despreocupados  contemplando  las polillas y otros insectos revoloteando la lámpara que nos ilumina y nos permite mirarnos  o adivinar entre  los árboles la sombra de los geranios y la silueta de los cactus.

La semana pasada se fundió la lámpara. Nos ha iluminado las noches en el jardín durante años y como cumplía perfectamente su función, nunca me preocupé por ella.  Pero todo llega su fin, y todo, de vez en cuando, requiere un cambio. De manera que me subí a la escalera  y cuando quise desenroscar el tornillo que sujeta la pantalla protectora, enseguida vi que sería imposible, porque estaba totalmente  oxidado y podrido. A causa del salitre, la lluvia y el paso del tiempo, el hierro del tornillo se había  corrompido y fundido con  la bisagra de la puertecilla por la que se accede a la bombilla, y era del todo imposible  renovarla. Es decir, o rompía el cristal -lo cual era una estupidez- o me veía obligado a ser más radical. Tendría que cambiar la lámpara entera. 

La verdad es que soy un manazas, así es que antes de ponerme a la tarea, hago mil consultas e intento  prefigurar  toda la operación en mi cabeza. Internet es un magnífico asistente, mejor que cualquier vecino. (¡Qué necesidad tiene uno de andar pidiendo favores para que encima se le rían a uno a la cara!.) La oferta es variada, sujeta a todo tipo de calidades, precios y clientes. Sin  embargo, llaman la atención algunas marcas que  prometen iluminarte la vida casi como un regalo, sin esfuerzo alguno, gracias a su inventiva y a su gran audacia a la hora de hacerse con los mejores materiales, los mejores diseñadores y los mejores técnicos, todo al mejor precio. Su publicidad es magnífica.

Prometen la luz del sol bajo la tormenta, el frío de la luz lunar para acabar con el bochorno nocturno;  luz mortíferamente eficaz contra los mosquitos; luz tenue y apacible para que usted y yo triunfemos en el amor;  luz cálida en las noches de invierno, y hasta luz custodia con la que nunca, jamás, se atreverán los ladrones a entrar en su propiedad. Pero sobre todo, y ante todo, prometen luz  eterna, una luz que cambiará para siempre el espectro de los colores; garantizan la luz del inicio de otro mundo, con la que veremos otra realidad. Porque la suya es una luz  diferente,  muy superior a la que nos iluminamos los ignorantes, que andamos por la vida con la palmatoria en la mano y cenamos con el quinqué encima de la mesa . 

Sin embargo, lo mejor de ese tipo de  ofertas no reside en sus promesas, y su valor tampoco descansa en la novedad  tecnológica. O ni tan siquiera en sus inigualables prestaciones . El gran atractivo de sus catálogos se asienta en el precio, porque no solamente es el más competitivo, sino que además, si finalmente uno opta por substituir  toda la instalación lumínica del hogar con sus lámparas, gana un viaje a Dinamarca, a todo trapo, con todos los gastos pagados porque, como todo el mundo sabe, “la llum ve del nord”.

Conozco gente que ha comprado ese tipo de  lámparas. Mis vecinos, sin ir más lejos.  Los primeros días de uso se encontraban eufóricos. Incluso vinieron a buscarme a casa para llevarme a su jardín y mostrarme lo rutilante de su iluminación. Estaban realmente emocionados. Lo miraban  todo con una expresión que nunca había visto, una mezcla entre entusiasmo ilusionado y pasmo hipnótico. Pero algo me decía que aquello no podía salir bien. A  pesar de su encomiable recomendación para que comprase el mismo tipo de lámparas, antes de cambiar la mía decidí informarme  un poco y  contrastar exhaustivamente la publicidad de todas esas  marcas milagrosas.

Y he acertado, porque a tenor de los gritos y de las discusiones que me llegan a través de los tabiques y de la valla que separa nuestros jardines, parece ser  que a  los vecinos no les ha ido muy bien. Y es que se han quedado a oscuras. Las lámparas que instalaron han provocado un cortocircuito general, han fundido el magnetotérmico de seguridad y, por lo que oigo, ahora mismo están a oscuras. Van  tirando con linternas de IKEA, que no son danesas, pero casi.

Según parece, debido a la frustración, han entrado en estado de  ira, una rabia irracional porque,  curiosamente, ni por asomo quieren reclamar  a la empresa que les ha vendido semejante filfa, entre otras cosas porque no cuenta con servicio de atención al cliente y ahora, como solución a sus problemas, han decidido reclamar a la compañía eléctrica, a los electricistas que les hicieron en su día la instalación y al mismísimo Ministerio de Industria.

Y bueno, no sé cómo acabará todo.  Ahí están ahora, culpándose acaloradamente  en la más absoluta oscuridad. Yo, por mi parte, finalmente  he decidido  comprar una lámpara modesta, que me dure  unos cuantos años, fácil de instalar , que resista razonablemente  la intemperie y que me permita seguir contemplando el revoloteo de  las polillas, las sombras de los cactus y comer y charlar con mi gente mientras bebo cava fresquito y oigo crepitar el fuego. A Dinamarca ya iré, si es que puedo.

martes, 11 de junio de 2019

Palabras en un libro



No hay persona que no  busque la verdad, su verdad. Aunque no seamos conscientes , desde  el más prosaico y vulgar al de más altas ambiciones, todos aspiramos a ser lo que parecemos y a parecer  lo que somos, a conocer a nuestros semejantes más próximos y a entender a quienes no conocemos. Pero además, aspiramos a  interpretar correctamente la realidad para caminar de un modo más o menos seguro  hacia  donde suponemos que nos aguardan  las respuestas que darán sentido a nuestra vida.

De hecho, las criaturas vulgares y mortales creemos  que nuestra vida  se reduce a madrugar, a cumplir una jornada laboral, a cuidar de los nuestros, a distraernos con nuestras aficiones  y, de vez en cuando, darnos algún capricho. Así día a día,  hasta el momento de nuestra muerte, sin darnos cuenta de que en esa aparente  rutina cotidiana tejida a base de reincidir y de relacionarnos con las mismas personas  se encuentra la verdad. Ya seamos  asesinos a sueldo  o filósofos, soldados o enfermeras,  mecánicos, contables, funcionarios o camareras,  la verdad  nos acompaña a diario. Con atender a nuestro entorno y respirar nos bastaría para hallar nuestra  verdad viva. La  muerte, esa otra verdad,  no podemos ni entenderla ni explicarla.

Se trataría  tan solo de activar los resortes de la conciencia, discriminar el polvo de la paja y discernir al respecto de lo que quisimos ser, de lo que somos y ante todo reconocer los afectos que nos arroparon  y permanecieron siempre a nuestro lado; que nos ayudaron a sufrir, y también a soñar; que nos  mostraron la diferencia entre el bien y el mal, la cara más áspera de la vida, la excepcionalidad del alivio y la felicidad; a utilizar las herramientas de la honradez, la honestidad y la generosidad para  intentar construir personas que se aproximan a cierta manera de dignidad.

Es decir, vivir, y “reconocer lo vulgar como primer gesto de emancipación hacia lo extraordinario”. O eso, al menos,  es lo que nos dice el poeta y novelista  aragonés Manuel Vilas.  La verdad reside básicamente en vivir, en mirar y en reconocer. Sobre eso escribe Vilas  en su última novela “Ordesa”. Afirma  su narrador que “Los hechos son naturaleza, su interpretación es política […] La naturaleza es una forma feroz de la verdad. La política es el orden pactado, está bien, pero no es la verdad […] La verdad es tu padre y tu madre”.

Qué maravillosa y apabullante sencillez. Qué rotundidad. Palabras  que resumen la vida, su vida, la mía, la de mis predecesores y la de los que han venido después de mi. No busque usted más, ni en bibliotecas, ni en facultades, ni en templos, ni en arcas legendarias, porque esas ochos palabras se enraízan en lo más profundo, allí donde solamente han llegado los privilegiados, esos seres capaces de sumergirse y explorar en lo hondo, captar las corrientes que fluyen con sus misterios para después mostrarnos a la luz el misterio revelado en forma poética.

Porque, efectivamente, a pesar de que “Ordesa” se encuadre en lo  novelístico, en realidad es una obra lírica; es el alma y la vivencia del autor ofrecida con generosidad a los lectores; su experiencia  y su mirada hacia dentro, hacia los pliegues sensibles; hacia los recuerdos reblandecidos en ocasiones a base de nostalgias inevitables, incluso de amarguras desconsoladas, desencuentros, momentos e imágenes memorables, ilusionantes y frustraciones lacerantes. En definitiva, y de nuevo, toda su verdad.

Y si esta novela se nos cobija muy adentro del cuerpo es porque Vilas, el gran Vilas, conecta directamente su verdad con la nuestra. Su historia es nuestra historia. La conexión y el vínculo que se produce entre lector y escritor es absoluta, de tal modo que la lectura de la novela nos produce a cada frase, a cada párrafo, la sensación permanente de un déjà vu. Es como si el autor de Barbastro hubiese vivido nuestra propia vida para escribirla pero al mismo tiempo como si nosotros hubiésemos vivido su existencia para contarla. Con “Ordesa” leemos, pero escribimos mientras leemos, aceptando  sin reservas su verdad, desarmados desde el primer instante ante la sinceridad, la sencillez y la profundidad natural con que nos muestra  nuestra propia vicisitud.

Sin embargo,  la dificultad que entraña la construcción de una novela como “Ordesa” sólo es apta para quienes entregan su cuerpo y su alma a la literatura; apta para valientes.  La estructura dispuesta en breves entradas, como si se tratase de un diario, obliga al autor a vaciarse en cada página, a mantener la tensión narrativa, a enviarnos mensajes rotundos, contundentes, ciertos, que nos  impactan y colisionan con nuestra costumbre lectora, en cierto modo acomodada, educada  con el convencionalismo de ficciones más o menos afortunadas que prometen más que ofrecen.

Y es que las criaturas de “Ordesa” no son librescas. Son ciertas. Ya no digo reales. Digo  ciertas, verdaderas, y lo que se dice de ellas o lo que evocan o lo que  vivieron nos interpela en la boca del estómago gracias a un estilo esencial, depurado y  carente de aditivos, fruto de una sincera y -me atrevería a decir- sufrida  reflexión.

Forma y contenido hermanados como pocas obras consiguen para hablarnos, por ejemplo, de la culpa y la pervivencia de la maldad. “Tal vez la culpa sea una forma de permanencia. Tal vez los grandes culpables acaben divisando desde sus culpas una forma de perduración”.

Para recordarnos en una sola frase con vocación de aforismo demoledor que  “quienes mejor mueren son quienes no sabían que estaban vivos”.

Para construir  bellísimas metáforas sinestésicas a cuenta de la nostalgia. ”Porque tus ojos, que en ese instante los recuerdo, eran buenos, y la mala suerte no debería apartarnos nunca a la hora de fijar nuestra mirada en el cielo, rindiendo agradecimientos por haber contemplado los suspiros de todos los hombres encadenados en el aire.”

Y la muerte, siempre presente, como última verdad, tratada con cierta familiaridad, sin dramatismos ni desgarramientos impostados, porque  “es un error pensar que los muertos son algo triste o desalentador o depresivo; no, los muertos son la intemperie del pasado que llega al presente desde un aullido enamorado”.

“Ordesa”  también es la descripción de una época de España y de sus ciudadanos, a quienes trata sin demasiadas contemplaciones, como en esta frase lapidaria, que parece pintada por el mismísmo Goya.  “El último español, cuando todos los españoles estén ya muertos, será feliz”.

Pero  igualmente es una crónica donde surge una mirada global hacia todos los tiempos.  Lo busco ahora entre los muertos y mi mano se llena de ceniza y excrementos y esos son los emblemas y la heráldica de la clase trabajadora universal: cenizas, excrementos y olvido”.

La historia, la memoria, los recuerdos como tiempo vivificador, seminal, constructor. “El pasado nunca se marcha, siempre puede retornar, vuelve, siempre vuelve. Contiene alegría el pasado. Es un huracán el pasado. Lo es todo en la vida de la gente. El pasado es amor también. Vivir obsesionado con el pasado no te deja disfrutar  pero disfrutar del presente si que el peso del pasado acuda con su desolación  a ese presente no es un gozo, sino una alienación. No hay alienación en el pasado

Y así podría rescatar citas de “Ordesa” como las que ahora he copiado; frases, y fragmentos de tal densidad  que generan un poder  de gravitación incontenible, capaz de absorbernos  con su energía poética  y transportarnos a la dimensión de la belleza, de la emoción y del sentimiento.  

Pero creo que “Ordesa”, ante todo, es un canto a la paternidad, en mi opinión, el tema central de esta obra maestra; una paternidad ambivalente, con dos puntos de vista, el  del hijo que ha perdido a sus progenitores  y el  de ese mismo huérfano que ahora es padre de un hijo.

Dar la vida por alguien no está previsto en ningún código de la naturaleza. Es una renuncia voluntaria que desordena el universo. La paternidad y la maternidad son las únicas certezas. Todo lo demás casi no existe

Tampoco quiero llegar a ser alguien distinto de mi padre, me causa terror llegar a tener una identidad propia. Prefiero ser mi padre" 

Cuando eres padre como yo lo soy lo eres de todos los hijos del mundo, no sólo de los tuyos. Así funciona este negocio de la paternidad. Todo lo demás es política

Mi madre solo fue naturaleza, por eso no tenía memoria, solo tenía presente, como la naturaleza”.

Manuel Vilas asume esas  dos perspectivas  y las ubica como dos puntos enfrentados en el tiempo entre los cuales fluyen las nostalgias, los recuerdos y los sueños; los desengaños y los  momentos de felicidad compuestos a base de evocaciones casi fotográficas, una veces iluminadas, otras en penumbra que, aunque funcionan líricamente,  nos invitan  a recordarnos a nosotros mismos. Y Ordesa en el centro, un punto geográfico y al mismo tiempo un espacio mítico, el nexo de unión donde confluyen pasados, presentes y porvenires, donde van a parar las experiencias de una vivencia y tres generaciones.

Por eso, tal y como decía al principio, “Ordesa”, es una poética sobre  la verdad, la del autor, la suya y la mía, tan comunes y vulgares  y al tiempo tan ciertas y extraordinarias.  Porque, tal y como revela el gran Manuel Vilas, “una cosa son las palabras en un libro, y otras las palabras de la vida. Son dos verdades distintas, pero las dos son verdades: la del libro y la de la vida, y juntas fundan una mentira.

miércoles, 5 de junio de 2019

Darwin va al casino


Afirmar que creemos en el azar es invalidarlo.  El azar no necesita  fe, ni acólitos, ni  templos, ni prosélitos. Su naturaleza  es ontológica porque se encuentra en el mismo germen del universo. De hecho el universo es producto del azar. Cuando lo invocamos, sus efectos se diluyen y deja de actuar, de existir,  porque en realidad lo que  hacemos  es  establecer una causa  a algún suceso que nos ha acontecido, la causa del azar, y entonces ya no es lo que realmente es. Por esa razón, comprometerse con el azar o renegar de él es sencillamente inútil. 

Azar y suerte a menudo se vinculan, y en ocasiones se asocian al destino. En apariencia los casinos son grandes espacios donde habita. Los propietarios  de estos lucrativos tinglados han nombrado a la estafa legalizada que dirigen como  juegos de azar. Este afortunado término  dota a las actividades que organizan no sólo de un significado  aparente  asociado a una ingenua e inocente  diversión infantil, sino que además consigue que el señor o señora que se deja allí su dinero crea que lo pierde o que lo gana por obra y gracia de la diosa fortuna, hermana del azar, y que  tras el fieltro verde, la baraja,  el rodar de los dados y la música enlatada de las máquinas tragaperras, no hay nadie, tan solo una racha buena o mala que dicta el anónimo y etéreo  azar.  Y sin embargo,  el único azar que han experimentado es el que todos compartimos; aquel que  ha ido guiando los pasos de su existencia hacia el casino, ese mismo día, a esa hora funesta en la que después de ganar miles de euros gracias a una buena racha, acabó arruinado por obra y gracia del destino que le llevó allí.

Hay quien dice que el carácter es el destino, una manera hermosa de decir que nuestro futuro lo forjamos nosotros con nuestras propias acciones, y que  asumir  o defender el azar  como factótum de  nuestras vidas es poco menos que una excusa para quitarnos de encima la responsabilidad del resultado de lo que hacemos o de lo que dejamos de hacer.

Debe ser debido a la edad, pero yo cada día me acerco un poco más a ese pensamiento. La perspectiva de los años nos revela aciertos y errores en nuestras vidas y nos ayuda a ver  aquella mala época, aquel desgraciado acontecimiento, o nuestros momentos más felices como el resultado de decisiones que tomamos conscientemente, como la consecuencia  ineluctable y lógica de nuestra determinación, de nuestra cobardía, audacia, esfuerzo o atrevimiento. 

Sí, es cierto; no siempre controlamos todos los elementos que giran alrededor de nuestras existencias, de manera que a menudo son las decisiones o las acciones ajenas las que resuelven finalmente una situación o desencadenan esa serie de sucesos que nos hunden en la miseria o nos elevan al OIimpo, y nosotros nos convertimos en una ficha más integrando la hilera de un dominó que se desbarata  pieza a pieza. Porque nuestros movimientos, nuestros actos y nuestras resoluciones también forman parte de la vida de los otros y -vale la pena recordarlo- finalmente somos responsables de nosotros mismos y de los demás.

Es decir, azar y  responsabilidad individual y colectiva  tienen mucho que ver con solidaridad, justicia y equidad, y dado que vivimos en sociedad, esta relación  encadenada nos lleva indefectiblemente a hablar sobre  aquellos que la niegan. Porque hay una parte de nuestra sociedad que le otorga al azar o a los designios divinos tanto sus triunfos como sus derrotas, sus alegrías como sus tristezas, sus llantos y sus risas, su pobreza o su riqueza, su salud o su agonía. Otra parte se inclina más por arrogarse a sí mismo las causas de su ufana existencia y no le otorga a nada ni a nadie la satisfacción de haberse conocido a sí mismo. Estos sujetos suelen resultar ser unos egoístas de campeonato. Vivir en sociedad les ha proporcionado buena parte de su exitoso paso por el mundo y sin embargo  le  niegan a sus miembros el pan y la sal, con el conocido  argumento de “¡los demás que espabilen!”. Para ellos, el azar está a su servicio porque han sido más fuertes, más listos y más audaces, y porque han sabido traducir a sus vidas  el  mensaje de  “La evolución de las especies”. En realidad, estos son los putos amos, los dueños del casino donde todos nos  jugamos a diario  el parné y nuestro  futuro.

Pero  existe otro grupo humano que ha sido capaz de discernir de otro modo y con diferentes resultados  sobre  ese proceso de causa afecto en el que todos estamos involucrados. A pesar de su acuerdo sobre la interrelación  social de responsabilidades recíprocas,  este grupo no es en absoluto homogéneo.  Unos, probablemente debido a interferencias de carácter religioso, creen que todo el mundo es bueno, así, tal cual, y enfocan su pensamiento social con un punto de vista acrítico, repleto de prejuicios, unas veces llamados de clase, y otra, sencillamente, llamados de pura estupidez, de manera que, aunque no lo sepan, su carácter y su estar en el mundo se vincula más de lo que ellos creen al punto de vista de los azarosos-religiosos.

Otros, aunque de algún modo son displicentes con la bobada de la pureza humana, también son conscientes de la realidad de la vida, y a pesar de que sueñan con un Edén maravilloso en el que los leones duermen junto a las gacelas y el consejero delegado de una multinacional  comerá un día en la misma mesa que el último de sus obreros, saben perfectamente que el destino no es más que una trampa y que hay que analizar, conocer, cribar y tomar decisiones para no caer en ella y así emanciparnos del azar, borrando   de los mapas el trayecto que conduce  hacia el casino.

Y dentro de ese segundo grupo, finalmente  tenemos a los llamados utopistas, aquellos cuya conciencia está convencida de que han venido al mundo para cambiarlo por completo. Éstos, aunque reniegan de dioses y fortunas,  azares o destinos,  se creen en posesión de la verdad absoluta, dueños de toda moral, descubridores de la bondad, y no dudarán un instante en masacrar a millones de personas con tal de que, precisamente  las personas (las que  sobrevivan)  sean justas y equitativas, eliminando incluso esa relación recíproca de responsabilidades, de causas y de efectos,  sobre la que está fundamentada la sociedad;  lo cual, bien mirado, y aun conteniendo un alto grado de perversión, no deja de tener su gracia. 

Por cierto.  ¿A qué grupo pertenece usted? ¿Con quién se identifica? ¿Asume la responsabilidad de mojarse, o casi mejor lo echamos a suertes?

lunes, 3 de junio de 2019

Cuñadismo en el Peloponeso




Para Víctor, un gran tipo, con cariño.

A pesar de su mala fama contemporánea, amamantada en los pechos de la rivalidad política, el cuñadismo es una ocupación a reivindicar. De hecho es más que una ocupación, es una opción de vida, un modo de enfrentarla, una manera  humana y solidaria de compartir inquietudes y desahogar mala baba  en un entorno de guerra fría fraternal, atenuada y finalmente apaciguada  por la ingesta colectiva de cerveza. Y es que llegado a un punto de nuestra existencia, todos somos cuñados. El lenguaje, el blues  y  ejercer de cuñados nos diferencia de los animales. ¡Dejémonos de hipocresías! ¡Ser cuñado nos hace muy humanos y mucho humanos! 

Por eso, en coherencia con mis reflexiones, y para que no se diga, una tarde me fui al fútbol con mi cuñado. Un partido, partido, de primera división; para más señas, Barça-Athletic. Yo, culé de patilla, del cinturón rojo barcelonés, y mi cuñado, vasco, de Santurce. Estoy convencido de que, más que mi hermana, nos une lo industrial. 

Nos trasladamos  al Camp Nou en un autocar de la peña barcelonista local. Mi cuñado, obligado por su papel de cuñado, viajó y entró al campo ataviado con la bufanda rojiblanca de los leones. De mí no oyó ni el más tímido de los reproches (ante todo soy  un  librepensador), y tampoco de nuestros compañeros de viaje, culés desde antes del diluvio. Es  más, les gustó el detalle, entre exótico y tierno. Eso sí, yo tenía que marcar diferencias y para conseguirlo me bastó con hablar alzando un poco la voz, impostando mucho mis eles geminadas  y mis aes neutras, de manera que pareciese  que era catalán, catalán, de octava  generación, originario de les Terres de l’Ebre, y que me esforzaba mucho en hablar castellano en deferencia a mi compañero de asiento, el de Santurce, ay va la hostia. 

La última vez que yo visité el camp Nou para ver un partido de fútbol lo hice en compañía de mi padre. Era un Barça-Burgos. Es posible que desde aquel día hayan transcurrido ya más de 40 años. El ínclito Juanito todavía jugaba en el equipo burgalés. Al año siguiente ficharía  por el Real Madrid. Desde entonces sólo me he sentado en  las  graderías de es magnífico estadio con motivo de algún macroconcierto. De manera que para mí, entre cuñadismo fraternal  multicultural  y nostalgias de la infancia,  la tarde tenía algo de especial, y también- a qué negarlo- podría ver jugar a pocos metros de mí a  algunos de los mejores jugadores de la historia en uno de los monumentos futbolísticos  más conocidos del mundo. 

La primera parte estuvo bien. El Barça le endosó tres al Athlétic. Lo explico y nadie me cree, pero yo sufría por mi cuñado. Me sentía un poco culpable, de manera que la cerveza del descanso la pagué yo. Uno es así. Después, en el segundo tiempo, el Athlétic se vino arriba, lo cual me permitió ver a mi querido santurtzarra dar un par de saltos sobre la butaca ante un par de buenas oportunidades que desperdició Aduriz. 

Llegó el final del encuentro con el resultado final de tres a cero. Nos dirigimos de nuevo hacia el autobús comentando tranquilamente el partido. Yo me dejé ir, y además de los tres goles que se llevó con la bufanda, mi sufrido cuñado aguantó estoicamente todo un discurso sobre la trampa del fútbol. Porque es verdad, allí habían jugado una serie de hombres que para el mundo son poco más o menos que  semidioses. Y, bien, a ratos bien, un toque,  otro; de vez en cuando alguien corriendo la banda a gran velocidad, un regate de cierto mérito, algún pase en profundidad encomiable, pero vamos, todo bastante terrenal, un espectáculo bien diferente al que uno está acostumbrado a ver en televisión, donde los jugadores corre, saltan y driblan a cámara lenta, en primerísimos planos, trenzando y construyendo jugadas de ensueño gracias a la realización televisiva y a esos colores muy HD que idealizan el entorno y nos ofrecen una galaxia de superhéroes jugándose la vida en el Peloponeso. 

No sé -le decía a mi cuñado- es como ver jugar a mis compañeros de colegio en el patio, todo bastante vulgar. Unos tipos más bien enclenques, poca cosa como hombres, colocados estratégicamente sobre un rectángulo, tocando y pateando una pelota. Incluso, a pesar de que la entrada del Camp Nou se aproximaba al lleno,  el ambiente de las gradas me pareció de lo más insulso.  Habíamos ocupado localidades en el fondo sur, justo en la gradería superior a la de los famosos Almogávares, y lo que en televisión parece un festival continuo, un incesante jaleo de banderas al viento, apasionado y ruidoso, en la realidad del estadio se convierte en la actividad dominguera de una cuadrilla de amigos ya creciditos  que un domingo más se  ve en la  obligación de ondear sus enseñas y corear los himnos y los salmos de siempre, como si así conjurasen el paso del tiempo. 

Justo finalizado mi mitin llegábamos al autocar. Ocupamos nuestros asientos y mientras esperábamos a los demás miembros de la expedición, escuchamos atentamente durante uno minutos la crónica del partido que sonaba en la radio. Aquellos tipos que hablaban sobre lo que habíamos visto personalmente, en vivo y en directo,  o habían estado en otro lugar, en otro tiempo y en definitiva, en otro partido,  o bien mentían con descaro, premeditadamente, porque nada de lo que decían se acercaba a la realidad de lo sucedido. Efectivamente, exageraban tanto lo acontecido en el campo que ofrecían a su audiencia un relato ficticio y sobredimensionado de la realidad. 

Cruzamos un par de miradas y asentimos sin decir palabra,  y fue aquel un momento mágico, entre cuñados, ese instante crucial,  en que culmina  el cuñadismo trascendiendo  la  cerveza, porque sin más elementos que un hermoso tres a cero, la lógica razonada  y dos pares de ojos, surgió para siempre un nuevo tiempo de concordia  fraternal  y  armoniosa complicidad entre  la margen izquierda de la Ría de Bilbao y el delta  del Besós.