viernes, 19 de septiembre de 2014

El martillo pilón



Y dale que dale con el martillo pilón
Dale a la cabeza una y otra vez, sin parar, hasta aplastarla
Y dale que dale con el martillo pilón
Un día, y otro día, mañana tarde y noche
Dale que dale con el martillo pilón


Hablemos a todas horas, en todo momento de banderas, y de patrias, y de donde he nacido, de dónde he venido y de quién me parió. De la sangre, la raza, los  linajes,  y de nuevo las banderas,  la cuna o la genética y del tiempo que se marchó


Y dale que dale con el martillo pilón


Hablemos a todas horas, en todo momento,  de idiomas, con quién hablo, dónde hablo lo que hablo, qué hablo, de qué hablo, por qué hablo lo que hablo


Y dale que dale con el martillo pilón


Hablemos a todas horas, en todo momento de historia, desde qué punto de la historia, la historia que me conviene, la que te conviene, la historia que no está escrita, la que queremos escribir, leyendas, fábulas y mitos


Y dale que dale con el martillo pilón


Hablemos a todas horas, en todo momento de reyes, de reyes en guerra,  y convirtamos al rey  vencido en un republicano por la gracia de dios


Y dale que dale  con el martillo pilón


Hablemos a todas horas, en todo momento  de la libertad de los pueblos. Siempre en la boca la libertad de los pueblos. Pues ¡ea!, vamos a ello ¿De  qué lado estaremos?  ¿Palestina  o  Israel ? ¿Marruecos o el Sahara?  ¿Y hoy, de qué lado estáis? ¿Cuba o USA?

Y dale que dale con el martillo pilón


Hablemos a todas horas, en todo momento, de decidir lo que quiero decidir, del derecho copulativo a decidir si quiero o no quiero ser, a decidir dónde quiero estar; decidir lo que soy o de dónde soy, pero  lo que quiero, lo que anhelo, lo que necesito, mis derechos transitivos... ¡ay! esos no me los dejan decidir

Y dale que dale con el martillo pilón


Hablemos a todas horas, en todo momento, también del pueblo. En la boca siempre el pueblo. El pueblo convertido en bandera. El pueblo es un idioma, una geografía, una cifra. El pueblo  estúpido  porque al pueblo se  le nombra cuando yo quiero que se le nombre. El pueblo existe cuando yo lo ordeno. El pueblo no sufre, el pueblo no muere, el pueblo  vota cuando yo digo que vote por aquello que yo quiero que vote. Al pueblo me lo paso por los huevos cuando es el pueblo -y no yo- quien  dice  ¡nosotros somos el pueblo.!


Y dale que dale con el martillo pilón
 
Dale a la cabeza una y otra vez, sin parar, hasta aplastarla
Y dale que dale con el martillo pilón.
Un día, y otro día, mañana tarde y noche
Dale que dale con el martillo pilón


(¡Cuándo callarán los golpes de este insoportable  martillo pilón!)

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Tan simple como el agua


He vuelto a casa después del mar y me he encontrado con los cristales de las ventanas del salón  sucios, moteados de gotas de polvo, o de barro. Al salir hace un mes no cerré conveniente la persiana. La dejaría  unos  centímetros  abierta,  probablemente por seguridad, por simular ante posibles delincuentes estivales, amigos de la miseria ajena, que en casa sí que había alguien, que la casa seguía viva, que mucho ojito con intentar apalancar la puerta porque se iban a encontrar alguien que -valiente y protector de lo suyo- les hubiese dado hasta los buenos días.
Siempre  me ha sorprendido  el rastro turbio  que el agua de la lluvia deja en los cristales. No solo supone una molestia, porque un día u otro tiene uno que  limpiarlos, sino, por añadidura,  todo un misterio. Puedo entender que un determinado tipo de precipitación rica en polvos saharianos sedimente sobre todo aquella superficie sobre la que cae, y pinte sobre el capó de nuestros automóviles una especie de  lienzo  impresionista que nos evoca  la realidad venida de lejos, más allá de nuestro sur, como si se tratase de un mensaje en clave, un telegrama atmosférico, metafórico,  que  reclama nuestra atención -a pesar de que no escuchemos- sobre las desigualdades que se producen por el solo hecho de nacer a un lado u otro de un paralelo determinado.
Esa es la única explicación que hallo, porque de todos es sabido que la principal característica que  posee el agua de lluvia es la ausencia de cualquier aditamento; la pureza, la limpieza de cada una de las gotas que se precipita desde del cielo y llena los lagos, los embalses  o vuelve al mar, y discurre por las calles, arrastrando a su paso nuestras huellas en forma de  basura y  desperdicios.
Quien desee comprobar las virtudes del agua de lluvia no tiene más que salir a descubierto en plena tormenta y dejarse empapar. Si al tiempo  que disfruta de la gozosa sensación de un reconfortante renacer también desea comprobar su inocuidad,  deberá recoger un poco en el interior de  un recipiente cualquiera. Tras el chaparrón no hay más que colocarse frente a la ventana y lanzar el contenido contra el cristal.  Mientras respiramos el olor de la tierra, o vemos como se retiran las última nubes negras hacia otros lugares, nos daremos cuenta de que la superficie no solo no se ha ensuciado, sino que, allí donde ha chocado el agua, la luz del día se refleja con tal solidez que la ventana  nos devuelve nítidamente el pasmo  de nuestro rostro sorprendido como si en lugar de  estar ante una ventana estuviésemos ante un espejo.
Ya pueden  venir científicos y apóstoles de lo empírico a explicarme el fenómeno. No les va resultar nada fácil hacerme entender  por qué  en ausencia de cornisa  o de cualquier otro elemento arquitectónico que pueda provocar la percusión de las gotas de lluvia contra el cristal, éste, tras mi ausencia veraniega,  ha aparecido jaspeado por diminutas marcas circulares en su mayor parte, otras en forma de lágrima, y las menos  totalmente irregulares, pero todas ellas con la particularidad de lucir  un ligero rastro amarronado en su contorno, lo cual les confiere un carácter de boñiga de campo, minúscula defecación  y en el mejor de los casos, el indicio de un estornudo imposible.
Dada la amplitud de la ventana del salón no resulta demasiado difícil imaginar una estrecha faja punteada de lado a lado de la zona inferior del cristal con innumerables huellas que podrían ser, en un mundo de insectos, los cráteres provocados por un bombardeo mortal, un campo minado, descubierto y desactivado a tiempo por el enemigo, o el paisaje desolado de un planeta destruido.
Sin embargo, ante la imposibilidad de dar con una explicación convincente,  mucho me temo que nada de eso tiene más sentido que el afán por extraer del misterio  un par de frases presuntuosas, por lo demás, exentas de toda lógica y vacías de contenido. De modo que, a falta de razones y vencido por el enigma,  lo mejor es dejarse de especulaciones y borrar para siempre la señal de mi ausencia durante la que los días de agosto han traído hacia mi ventana vientos, agua  y barros;  los  vestigios de un escándalo,  los restos miserables de una degradación, o sencillamente -tan simple como el agua- la evidencia de la realidad obcecada que cada año vuelve y salpica  el cristal con la única finalidad de disolver  espejismos.

lunes, 4 de agosto de 2014

Vocaciones


De ser otro hubiese querido ser ángel del infierno; recorrer carreteras  enfundado en cuero sucio; hacer del camino el mundo; rodar, fumar y beber, quizás amar, solamente durante unas horas, y convertir el amor en cuerpo. Partir cada día con la certeza de haber dejado un recuerdo imborrable en alguien que  esperará en vano; que ya espera desde  el mismo instante de mi partida  mientras ve tras una cortina opaca cómo me voy haciendo pequeño en busca del horizonte encarnado.
De ser otro hubiese  querido ser poeta; recorrer sueños despierto; transformar  la palabra en verdad, o al revés; escribir, fumar y beber, quizás amar, solamente durante unas horas y convertir el cuerpo en amor. Enclaustrarme cada día en mi cuarto con la certeza de haber dejado un recuerdo imborrable en alguien que leerá en vano; que ya espera desde el último verso la encarnación de la palabra mientras tecleo el punto y final  y pienso en las críticas o en otro libro.
De ser otro hubiese querido ser reportero; recorrer calles, ciudades  y alcantarillas; hacer de la noticia denuncia; investigar, fumar y beber, quizás amar, solamente durante unas horas, y  convertir la  fuente en amor. Partir cada día con la certeza de haber dejado un recuerdo imborrable en alguien que se creía  inmune en vano; que ya espera en el quiosco el fin de sus fechorías mientras doblo la esquina y  suena otra vez en mi  teléfono una nueva llamada anónima.
De ser otro hubiese querido ser maestro; recorrer aulas y pueblos; enseñar, fumar y beber, quizás amar, solamente durante  unas horas, y convertir en  amor  la maternidad. Partir cada curso con la certeza  de haber dejado en alguien un recuerdo imborrable que ansía crecer desde el mismo instante de mi partida,  mientras escucho a lo lejos el eco blanco de otro campanario  y un griterío que vuela  hacia mí en alas  de vencejo.
De ser otro hubiese querido ser yo; recorrer el tiempo; vivir, fumar y beber, y por fin amar, solamente, durante todas las horas y convertir tu  amor en  mi vida. Partir hacia la muerte con la certeza de haber dejado en ti un recuerdo imborrable desde donde  bebo en vano  las lágrimas que me añoran y atestiguan transparentes  que finalmente hallé   mi vocación.

lunes, 28 de julio de 2014

Uno de los nuestros


El pasado sábado leía  la noticia que constataba de una vez por todas  lo que muchos ya intuíamos, y otros tantos sabían:  la naturaleza  mafiosa de Jordi Pujol, de CiU y de su proyecto nacional de país. Tras cerrar el periódico le dije al camarero que el cortado me lo cobrase sin IVA. Se lo dije en catalán, por si de ese modo mi petición resultaba más convincente, pero no coló. El camarero estuvo muy fino y me contestó que si me lo cobraba sin IVA, él se llevaba el 4%.
Jordi Pujol, ese hombre, esa nación. Fundador de CDC, CiU e ideólogo del nacionalismo catalán contemporáneo; encarnación de la  santísima trinidad del catalanismo; arquitecto moral y político del proyecto nacional catalanista; modelo cristiano, ético, moral, humano y político a seguir durante lustros para gran parte de la población;  origen indiscutible del actual proceso soberanista; faro y timón; imagen y semejanza  de lo peorcito de la burguesía y de la payesía catalana. Jordi Pujol,quien durante  décadas ha  impartido a diestro y siniestro, frente a  la mismísima Historia, lecciones de moralidad y patriotismo, escribía lo siguiente  el año 1976  en las páginas 65, 67 y 68 de  su libro “La inmigració, problema i esperança de Catalunya. Editorial Nova Terra. Barcelona:
“… el hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) es, generalmente, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido un poco amplio de comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España. Ya lo he dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia su propia perplejidad, destruiría Catalunya. E introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad.
El año en que Jordi Pujol publicó estas palabras, Carmen tenía 11 años. Hacía 5 que había llegado a Catalunya,  junto a su familia, procedente de un pueblecito de El Temple  granadino. Con el dinero que el padre pudo reunir durante los cuatro años que trabajó  en Alemania, la familia pudo ubicarse en un piso  del Instituto Nacional de la Vivienda, en vecindad con  otras tantas familias de trabajadores andaluces.
Carmen se educó en los llamados Colegios Nacionales. Fue una alumna aplicada. Ella, igual que la mayoría de sus compañeras, aguantaban pacientemente y sin inmutarse las innumerables discriminaciones de las que eran objeto por parte de algunos de sus profesores  y de compañeras nativas. El censo del pueblo donde fue a recalar estaba compuesto en su mayor parte por población autóctona. Allí no solo no estaba prohibido hablar la lengua propia de Catalunya, sino que se enseñaba en el colegio. De hecho, el hijo  del alcalde franquista, al morir el dictador, se reconvirtió a la nueva democracia y encontró en CiU la organización idónea desde donde continuar con su labor política y medrar con sus negocios sin cambiar de idioma.
Un 23 de abril de finales de los 70  Carmen redactó la mejor redacción del concurso de literatura convocado por el colegio. La redacción fue premiada, pero la muchacha que recibió el premio y que apareció como la autora del trabajo que escribió Carmen  era otra ,  hija del pueblo, perteneciente a una larga estirpe catalana de amplia tradición caciquil cuyo cabeza de familia acabaría por detentar durante  ocho años algunas concejalías con CiU.
En aquellos años de transición, un día  Carmen fue invitada a una fiesta de cumpleaños en casa de una niña catalana. La mamá anfitriona la presentó a las mamás de las otras niñas diciendo que era andalussa, pero que era 'bona nena'.
Llegada a la edad de recibir por primera vez el sacramento de la Eucaristía, Carmen asistía semanalmente  a la catequesis obligatoria después de la cual tomaría la primera comunión. El mossen, un tipo de barriga pantagruélica y de rancio abolengo catalán, se enfadaba si alguna niña erraba en las respuestas a las preguntas sobre el catecismo. Cuando el cura estaba especialmente motivado y quería ser efectivo con su apostolado,  amenazaba a las niñas con enviarlas a la ceremonia de primera comunión especial para castellanoparlantes si la semana siguiente no se sabían todas las preguntas.
A pesar de todo, Carmen fue formándose y creciendo. Al cumplir los 16 años tuvo su primer trabajo. Lavaba cabezas en una peluquería a las señoronas que la despreciaban por su origen  y compaginaba el trabajo con los estudios de Formación Profesional en la especialidad de administrativa. Al poco, fue contratada por el propietario del horno del pueblo de 'tota la vida', donde despachaba pan hasta la tarde. Cuando acababa su turno asistía al Instituto para cursar el bachillerato y el COU en horario nocturno. Pasaron los años y Carmen siguió trabajando en varias empresas y al mismo tiempo formándose, hasta que consiguió licenciarse en la universidad. Un año después  obtuvo un postgrado y finalmente un máster. Ahora, a  sus 49 años,  esta andaluza  desarrolla un trabajo de cierta responsabilidad en una empresa multinacional ubicada en Catalunya. Desde que cumplió su  edad laboral, Carmen nunca ha estado en paro; siempre ha pagado sus impuestos; nunca le ha robado nada a nadie. Lo que tiene lo tiene, única y exclusivamente, gracias a su esfuerzo.
Las historias de  Carmen  y de Jordi Pujol son paralelas. Mientras ella y sus padres trabajaban con denuedo, honradamente, por forjarse un futuro, cumpliendo religiosamente con sus obligaciones  ciudadanas, el creador del proyecto nacional catalán   iniciaba la reconstrucción de su Catalunya, inspirada,  como en las mejores leyendas filofascistas, en un instante de iluminación místico y, de paso, sentaba las bases para acumular una gran fortuna producto del latrocinio, de la rapiña, del robo colectivo, propios de la más asquerosa delincuencia  de la que, a día de hoy, todavía no conocemos el verdadero alcance.
El catalanismo que diseñó Pujol  y su herramienta de ejecución -Convergencia Democràtica de Catalunya- están fundamentados en el texto que aquí referencio. No podía ser de otra manera. El proyecto nacional catalanista  de  Jordi Pujol y CiU  están regados  con   aguas fecales que manan de la codicia, de  la xenofobia, del racismo y  del fascismo  más  pestilentes,  y a menudo sus orígenes se remontan a algunos de los elementos  más reaccionarios del franquismo. De este texto de 1976 -que hoy día firmarían en la intimidad la mayor parte de dirigentes, votantes  y militantes de CiU y de ERC- solamente hay que permutar el gentilicio del inmigrante y escribir gitanos o judíos  en lugar de andaluces  para vislumbrar entre las palabras, muy nítidamente, el rostro de los peores monstruos de la historia europea del siglo XX.
El de Jordi Pujol y toda su casta es  un pensamiento similar al de Sabino Arana, o al de Primo de Rivera,  que en Catalunya  arraigó en la burguesía y en la payesía  desde los tiempos de Valentí Almirall, del Dr. Robert y Enric Prat de la Riba para neutralizar el incontenible movimiento obrero que estuvo a punto de hacerles perder sus privilegios de clase. No hay más repasar algunas de las glosas de Eugeni d’Ors. (Vale la pena echarle un vistazo a algunos libros  del historiador Joan Lluis Marfany para conocer a fondo las raíces profundamente racistas del nacionalismo catalán. Por ejemplo “La cultura del catalanisme. El nacionalisme català en els seus inicis, Ed. Empúries, Barcelona, 1995.)
Sin embargo, la Historia  a veces se alía con la vertiente más poética de la justicia y nos revela que los grandes hombres, aquellos que imparten desde sus trajes  barrigudos cortados a medida lecciones de patriotismo, moralidad y ciudadanía, no son más que unos vulgares chorizos que han utilizado del modo más torticero que se pueda llegar a imaginar todos los elementos que construyen el sentimiento  identitario de un pueblo.
Ante este lodazal humano, político y social en el que nos ha revolcado  Jordi Pujol y su nacionalismo,  ERC  se mantiene equidistante, como no podía ser de otro modo.  De hecho, Alfred Bosch ha declarado que la infamia que se ha dado a conocer  recientemente no tiene porqué influir en los pactos de gobierno ni en el proyecto común hacia la independencia.  A pesar de que ERC es un partido fundado en 1931 y  que cuenta con más solera que el tinglado mafioso que  pergeñó Pujol a partir del año 1978, su ideología y su esencia es  a día de hoy hija política de CiU. Y es que ERC es  heredera  de ese nacionalismo rancio, racista y pernicioso que castiga con la discriminación a quien no pague su 4%  o a quien no  gemine la “L” adecuadamente y que, a costa de la clase  trabajadora,   ha engordado el bolsillo  a un centenar de familias,  amén de al propio Pujol, valedores de grandes privilegios a lo largo de todos estos  años de democracia.
No en vano, uno de los padres fundadores de ERC, Heribert Barrera, al que ningún dirigente de este partido desautorizó, decía hace apenas 13  años  que  el coeficiente intelectual de los negros de los Estados Unidos es inferior al de los blancos”, o también que "Si no hemos llegado a integrar a los inmigrantes del sur de España cuando nos encontrábamos en una proporción de uno a uno, ¿cómo podemos esperar que, con una proporción de dos o tres contra uno, podremos integrar una gente más alejada de nosotros en cuanto a cultura, religión o  patrimonio genético…? [!!].  Hay una dimisión ante lo que parece inevitable o una cobardía por miedo a ser acusado de racista o poco progresista que ha silenciado unas verdades que a mi me parecen indiscutibles. (…) si continúa viniendo gente de fuera, desde el punto de vista de la identidad catalana, no habrá nada que hacer  (Qué pensa Heribert Barrera, d’Enric Vila. Deria Editors. Barcelona. 2001)
Por eso,   a pesar de aparentar ser un partido progresista y de izquierdas,  la mierda de Pujol y de su familia de delincuentes  parece no importar a ERC, perquè, al cap i a la fi, Pujol es de casa nostra. Porque al fin y al cabo Pujol es de aquí. Per què Pujol  es un dels nostres. Porque Pujol es uno de los nuestros.

De modo que con toda la ira, acritud y la mala leche que pueda llegar a reunir, grito ahíto, como si fuese un  disparo, que me cago en la familia Pujol, me cago en la Catalunya de CiU, me cago en toda su estirpe, me cago en ERC, me cago en el proceso independentista y me cago en la puta codicia que lo cagó y que los cagó a todos ellos. Estos tipejos no son catalanes. Estos tipejos son, en palabras del propio Pujol, la  "muestra de menor valor social y espiritual" de Catalunya, y de cualquier otro lugar donde hubiesen nacido.

jueves, 24 de julio de 2014

Apostasía de la lectura



Asunción leía tranquilamente en el comedor de su casa. Llamaron a la puerta. Se levantó intrigada, abrió y bajo el dintel apareció un hombre joven, guapo, de barba exquisita, luciendo una inmejorable sonrisa. Asunción, halagada por la visita, le invitó a pasar sin poder disimular su  alborozo, aunque lo expresó de un modo comedido, de esa manera en que pretendemos  aparentar entereza para no transmitir la más mínima sospecha de  felicidad vertiginosa, la  que surge instantáneamente del deseo en un momento inesperado.

Sin darse cuenta,  Asunción se había dirigido a la entrada con el libro en la mano derecha  y de un modo espontáneo, con la habilidad de una lectora experimentada, había introducido  el dedo corazón entre las páginas en las que la lectura se había  visto interrumpida.

Entró el galán y quedaron los dos de pie, frente a frente, en el centro de la estancia, mirándose  con cierto arrobo, hasta que él se decidió a hablar y le dijo “ Espero no haberte molestado. Pasaba por aquí y no pude resistir la tentación de subir a verte”. Ella escondió sutilmente el rostro, amagó una sonrisa, y se ruborizó. Después, dirigió la mirada hacia el libro que aprisionaba  el corazón entre sus páginas. Lo levantó levemente y mirándolo con simpático desdén, como si alguien le hubiese puesto ese objeto en la mano sin ella quererlo,  respondió. “No, qué va, no me molestas, si no hacía nada, solamente estaba leyendo”.

viernes, 18 de julio de 2014

Conspiración



Este texto es subversivo y por lo tanto peligroso. Hace unas semanas, mientras exprimía unas naranjas después de la ducha matinal, escuchaba “La Grange” , una canción de ZZ Top. “La Grange" pertenece a  ese tipo de rock&roll  confederado, machista  y auténtico que tanto me gusta. Siempre que suena me veo a mi mismo conduciendo una Harley  y follándome  a  todo lo que se menea en  moteles  baratos. ¡Cuántas veces no habré escuchado “La Grange”, más o menos a la misma hora  de la mañana, y cuántas veces  habré maldecido por no tener el carnet de conducir motos!. 

Pero ZZ Top  ya no es para mí, exclusivamente, una banda de Rock. Después de aquella mañana, ZZ Top ha marcado en mi vida un antes y un después. Me di cuenta de todo gracias a esa lucidez  privada que late de madrugada poco después de sonar el despertador; ese momento del día en el que,  por el hecho de ponernos a  caminar, creemos  que ya estamos despiertos, aunque la realidad es bien distinta: respiramos y ejecutamos actos cotidianos y rutinarios en un estado de semisonambulismo que  procesa nuestros pensamientos entre la inconsciencia y la realidad, entre los sueños  y la verdad. Es un estado que desaprovechamos a diario de un modo  incomprensible porque nos permite afrontar la realidad y nuestros razonamientos  utilizando  la audacia y el atrevimiento del que solamente somos capaces en los sueños. Viene a ser algo así como asistir con lucidez, durante unos minutos, a la existencia de nuestro superyó, todavía limpio y ajeno a  las  impurezas con que nos  amedrentan  los condicionantes de todo tipo y que acaban por  imponerse justo después de que nos hayamos puesto los calzoncillos, momento a partir del cual ya estamos dispuestos y predispuestos a resistir estoicamente todo tipo de humillaciones en pos de la paz social y de nuestra despensa. 

Sonó el último acorde de “La Grange”. El locutor dio la hora y a continuación, tras animar a la audiencia, anunció feliz  una nueva canción: 'Black Betty', de  Ram Jam. Yo escuchaba y bebía al mismo tiempo el zumo fresco. Oía  potentes las voces, las  guitarras y la batería, que recibía igual que una oración matinal, sin matices, como una salmodia  latosa   infiltrada  a esa hora temprana  en mi casa aprovechando  mi gusto por ese tipo de música.

Finalizó 'Black Betty',  emitieron el boletín de noticias y tras unos minutos de publicidad empezaron a sonar, una tras otra, entre secciones, frases y distracciones variadas, exactamente las mismas canciones que suenan indefectiblemente, todos los días del año, ya llueva, nieve, abrase o se pierda el mundo entre nieblas espesas.

En un principio no di mayor importancia a mi observación. Tan solo pensé en cambiar de emisora, de modo que así lo hice, pero como  ya albergaba cierta alarma  y se había inoculado en mi cabecita loca el germen de   la obsesión, dediqué las madrugadas siguientes al análisis exhaustivo del dial y de la programación matinal, de modo que estuve rastreando todas y cada una de las frecuencias de la FM  y todos y cada  uno de los programas despertador sin excepción. Los resultados  que arrojaron mi misión  son inquietantes. Dada una emisora determinada  y el público a que se dirige, sus responsables eligen un estilo de música determinado. Dentro de cada estilo diferenciado, todos los días de la semana de todos los meses del año suenan, en todas las emisoras nacionales, exactamente las mismas canciones. Nunca se producen variaciones. Ni el más leve cambio, ninguna novedad, ningún tema extraño al inventario. A veces, incluso, algunas de ellas suenan a la misma hora de la mañana con una puntualidad que  resulta un tanto  perturbadora. 

He sabido por boca de estudiosos y expertos que a los niños les  gusta ver una misma película una y diez veces; que les encanta que papá o mamá les repitan hasta el hartazgo el mismo cuento noche tras noche. Parece ser que este fenómeno se produce por una razón. La reiteración argumental ofrece a los más pequeños seguridad en sí mismos y seguridad en el futuro. Escuchar siempre la misma historia les mece en la certidumbre; les  blinda en las fantasías reiteradas  de los cuentos  un hipotético  dominio sobre el mundo que les rodea. ¡Santa  y bendita ingenuidad!

Sin embargo, crecemos y parece que no aprendemos a zafarnos de los engaños, a descubrir  las trampas y  a desvelar  los placebos. Y es que las conclusiones a las que he llegado después de realizar mi estudio no pueden resultar más  alarmantes.  La repetición sistemática  de la programación musical en las emisoras que emiten programas despertadores  no es más que una de las  acciones integradas  dentro de la estrategia conspiradora más peligrosa y dañina que nunca, nadie,  haya conocido hasta la fecha,  destinada a un único fin: convencernos desde las primeras horas del día -justo cuando nuestra conciencia despierta de nuevo a la realidad- de que nada cambia; de que  siempre, ahora, y ayer, y mañana, todo va seguir igual; de que no hay posibilidad alguna de novedad, progreso o transformación.

No me resulta difícil imaginar una madrugada cualquiera, exprimiendo tres o cuatro naranjas y escuchando por sorpresa una de las sinfonías de Mozart, a Rocío Jurado, o a Mecano en el mismo programa en la que escucho a diario “La Grange”. Seguramente, cambiaría de emisora. Después encontraría en el dial  otra de mi gusto, pero  volvería a encontrarme con otra sorpresa, y cambiaría de nuevo, y así cada mañana, de cada uno de mis días, hasta que mi superyó, presente en ese estado de precaria lucidez seminosámbula, tomaría las riendas de mi vida lanzándome a la calle sin ni siquiera ponerme la ropa interior. De esa manera -no me cabe ninguna duda- daría comienzo una nueva era.