lunes, 9 de julio de 2018

Trigo



Miro los campos que camino al atardecer y al amanecer, cuando la luz es occipital y conecta la realidad con los recuerdos del día o de la noche, descubriendo los colores y las formas, el perfil de las montañas azuladas, el canto nítido de los vencejos sobrevolando el silencio, la tonalidad precisa del  olor puro de la mañana y  el aroma a yerba, y a la tierra del crepúsculo silencioso, del alba recién parida, que clausuran y alientan la vida entre soles encarnados y lunas blancas.


Es verano y el sol ya ha tostado el trigo. Hace unos meses, estas amplias extensiones de campos cultivados que ahora atravieso eran de un verde infinito, interrumpido por las  lindes recosidas de robles, encinas y álamos, refugio y emboscada del cárabo que acecha.


Me gusta el trigo. La espiga del trigo, la hoja del trigo, el tallo esbelto y flexible del trigo, el grano minúsculo,  la mies dorada, el pan, el alimento, la fertilidad, el esfuerzo del hombre por ganarse la confianza y la generosidad de la tierra.


El trigo es la historia milenaria de la huella humana. El trigo es lucha, codicia y revolución.


El trigo se cimbrea en olas de espigas que crecen aunadas. Es difícil no caer a la tentación de posar la mano sobre las  que alcanzamos al borde del camino y sentir la caricia de sus aristas, o imaginar que al hacerlo uno tiene el poder del viento, o de los dioses, y que en ese gesto de sencillez poderosa se transmite  la danza ondulante de todo el campo que sobrevuela nuestro recuerdo cuando nace la luz o expira el día.


El trigo se siembra.
El trigo se  ahíja y se encaña.
El trigo se siega.
El trigo se sufre
              se acarrea,
               y se trilla.
              El trigo se avienta.
              El trigo se huele, se muele y se hornea.
El trigo me acuna
sobre aquellos campos azules,
bajo aquel sol de la infancia

jueves, 28 de junio de 2018

IKEA: la luz viene del Norte


Todos vamos a IKEA  atraídos por el precio de sus productos, por el atractivo de los diseños, porque  sus muebles ofrecen, además,  el sueño de una vida  asalmonada,  escandinava, muy nórdica. ¡La luz viene del Norte! decían los modernistas catalanes fascinados con Ibsen.

Quizás también tiene algo que ver su publicidad, certera, eficaz, aspiracional  y  emocional; una  invitación  a la panacea  aséptica de una familia limpia, feliz, caucásica, divertida, joven,  autosuficiente,  que convive en harmonía  dentro del recinto de la república independiente de su casa, diferente a todas las demás. 

En IKEA  compramos  individualismo y exclusividad, aunque en casa   nos  sentemos en el mismo sofá, bebamos en el mismo vaso  y nos alumbremos con las mismas velas que nuestros vecinos.  Incluso nos hace gracia ir a cenar casa de los amigos, de la familia, y descubrir una alfombra igual a la nuestra, una lámpara de la misma gama, el botecito del cepillo de dientes en el cuarto de baño igual al nuestro, los vasos copa balón del gintónic, la cortina, y hasta la mesa y las sillas de comedor… y sentirnos y reconocernos de ese modo congéneres  gracias a IKEA,  sin perder un ápice de la misma ilusión de peculiaridad.

Podríamos negar, por tanto,  que IKEA  es tan sólo un espacio comercial, un negocio exitoso de muebles y complementos para el hogar porque,  en rigor,  IKEA es nuestro hogar, es nuestro barrio, es nuestra ciudad entera. Nos llevamos masivamente  IKEA a casa y vivimos en un entorno según las sugerencias de la marca multinacional sueca. Es decir,  IKEA ya no es una tienda. IKEA es la vida. Es la piel colectiva que  cubre las paredes y los suelos de nuestras casas  y convierte bloques enteros de  nichos construidos a base  de hormigón y ladrillos en  lugares donde vivir; los  lugares que nos pertenecen,  donde nos sentimos a salvo, donde no tenemos que responder a nadie de lo que hagamos y donde desarrollamos nuestra intimidad. 

Resulta  asombroso, pero tanto es así que incluso me atrevo a afirmar que el modelo  IKEA y lo que  representa, muestra y otorga significación a las sociedades occidentales capitalistas, demócratas en las formas y suaves y amigables en la apariencia, pero  perversas e injustas entre bambalinas, en los cerebros de quienes aportan su talento para conseguir vender mucho, más y mejor a costa de generar mentira, desigualdad y explotación  en la trastienda.

Y es que  IKEA es un símbolo contemporáneo,  una  sinécdoque social que revela  una ilusión colectiva, una mentira extraordinaria en la que creemos  porque es más agradable y menos conflictivo disfrutar del  “democratic  design ”  que intentar descubrir el serrín aglomerado con el que se  fabrican las vidas que nunca tendremos. 

Ayer fui a IKEA. Es archiconocido que uno sabe cuándo entra en IKEA, pero nunca cuándo sale, ni siquiera cómo sale. Llegando ya casi  al final del recorrido, en la sección de muebles para jardín me dio un apretón. Busqué los servicios en todas direcciones. Incluso cometí la ilegalidad de volver hacia atrás, pero no los encontraba. Misión imposible. La gente me miraba raro, porque caminaba en otro sentido, de modo que, agobiado, retomé el buen camino,  y seguí de nuevo la flecha. Y cuando ya había decidido agacharme detrás de un gran ficus para aliviarme, vi la salvación, los lavabos.  IKEA es tan democrática que el cuarto de baño es el mismo para los clientes que para los trabajadores (quizás les llamen operarios, o colaboradores)

Entré en el habitáculo destinado al retrete y cerré con el pestillo. Al poco  entraron al lavabo dos personas, dos jóvenes obreros de IKEA que decidieron regalarse unos minutos de descanso y que, por lo que deduje al hilo de su conversación,  no se conocían.

-          ¡Qué, tío!¿Cómo va? -preguntó uno de ellos.

-          ¡Hasta la polla! ¡Estoy hasta la polla!- respondió el otro, fastidiado.

-          ¿Dónde estás?

-          En el parking. Todo el puto día en el parking, colocando carros…

-          Joder, colega. Vaya mierda. Yo ando en operaciones

-          ¿Operaciones? ¿Y qué coño es eso?

-          Recoger la tienda . Ya sabes. Le llaman así.

-          Esto es una mierda, tío. Toda la puta vida estudiando para acabar en esta mierda

-          Pues sí tío, ya ves, una puta mierda… ¿Y tú que tienes?

-          Yo tengo un grado medio, de mecánica. ¿Y tú?

-          ¡Ya ves! Yo tengo dos. Uno en informática y otro de chispas

-          ¡Menuda mierda! ¡Tanto estudiar, tanto estudiar para acabar con 20 años   recogiendo  la mierda de otros!

-          A ver si nos sale algo mejor, tío, pero de momento es lo que hay.

-          Eso. Bueno, tronco, yo me abro, que el encargao ya estará preguntando por mi

-          Venga, tío, que vaya bien.

Y salieron. 

Tienen 20 años. Precisamente por no estudiar han conseguido una titulación académica de lo más básica. Trabajan en una multinacional de “lo que sea” por el sueldo mínimo,  pero las aspiraciones profesionales de estos dos muchachos y la  imagen que de ellos mismos tienen están desvirtuadas y deformadas. Probablemente, tanto en casa como en el instituto  les han dicho que todo es maravilloso, que  tienen una profesión muy valorada, que el mercado laboral se los va a rifar, que  como ellos no hay nadie, y que tienen por delante un futuro muy prometedor en el que nunca les va a faltar de nada, porque para eso han estudiado…un grado medio, o dos.

Pero la realidad es otra. La realidad es IKEA, un sueño en el que entras ilusionado pero que al poco se convierte en una  pesadilla  laberíntica  de  diseños y escenarios artificiales, con olor a velas  aromáticas, iluminado por la luz del Norte, en la que todo el mundo camina en  la misma dirección,  hacia un único lugar, la única salida donde las aspiraciones y las mentiras  se convierten  en dinero, en  facturas, y por tanto en  frustraciones, en una vida igual de injusta para todos. 

Esos dos muchachos, cada día,  cuando finalizan su jornada laboral,  vuelven a sus casas, cenan sobre una mesa IKEA,  comen con cubiertos IKEA,  se encierran en su habitación IKEA a dormir  en una cama IKEA, entre muebles IKEA, y  en el silencio de sus  noches siguen soñando con un futuro  maravilloso de diseño democrático en la república independiente de su casa. Como tú, y como yo, ni más ni menos.

jueves, 21 de junio de 2018

Jugando a las cartas con el barón Ashler



Los grandes barcos de vapor que surcaban el río Mississippi  a mediados del siglo XIX fueron el principal centro difusor del póquer, un juego de naipes de origen multicultural (oriental,  francés y británico)  cuyos principales lances son la apuesta y el farol. Gracias al cine y a la literatura y a la colonización  cultural norteamericana, todos hemos visto en un momento u otro de nuestras vidas, partidas  de póquer en los saloones del lejano Oeste, en esos mismos barcos, en los casinos de Las Vegas, y en antros y tugurios  de muy diversa estofa. 

De manera que, sepamos o no  jugar al póquer, cualquiera puede tener claras dos o tres cosas. Con cierto sentido de la oportunidad  y buenas cartas es difícil perder una mano. Siempre se descubre al tramposo; el que hace trampas sale mal parado; es necesario saber administrar los fondos con los que uno cuenta para apostar; una retirada a tiempo es una victoria; y, finalmente, hay que saber gestionar el farol. 

El faroleo o la astucia como estrategia habitual no es aconsejable. Y menos en ciertos casos, como por ejemplo cuando uno juega contra el que ha escrito las reglas del juego, contra el  propietario de la baraja, del garito, o  del casino. De cualquier modo, el momento idóneo para un farol es aquel que no espera el adversario. Es decir, cuando después de unas manos afortunadas, con buenas cartas, el contrincante constata que estás en racha y que hoy  es tu día, pero en un instante ves que la tendencia puede cambiar porque empieza a llegarte a la mano la basurilla de la baraja, y no ligas nada, ni una triste pareja de doses,  y observas en tu oponente una chispa de ilusión tras unas horas ruinosas, debida, quizá, a un vulgar trío que intenta disimular  y que se delata con un tic, una gota de sudor en la patilla, fumar con ansia, beber dos tragos seguidos… Y tú con tu triste pareja, pero con unos antecedentes inmediatos repletos de ases, fulls y escaleras, y con una gran disposición de líquido con la que ir, pujar y ver… 

Entonces es el momento, poco a poco, dólar a dólar, él solito va ir  entrando en tu redil con su pobre y esperanzador trío de cincos que se van a batir el cobre  con tu nada, solo con tu mentira, con tu seguridad, con tu pasado reciente y tu disposición altiva, serena, sutilmente amenazadora, hasta que llegado el momento, cuando ya se vea ganador, subirá de manera significativa la apuesta, y entonces tú debes posar tu mano sobre todo tu dinero, arrastrarlo despacio hacia el centro de la mesa y mirándole muy fijamente a los ojos, decir aquello de, ¡subo diez mil! Y el otro no tiene diez mil, se mira el reloj y recuerda que lo compró en el bazar Chino, y aunque fuese de oro… no va, se arruga, porque tiene en la memoria tus ases, tus fulls, tus escaleras de color, y se retira, derrotado, impotente, sin llegar a saber nunca si perdió contra cartas ridículas  o si realmente había ases entre tus dedos. 

Es decir, para farolear es fundamental  una faltriquera bien provista. Por el contrario, si lo único que puedes apostar para ganar no es tuyo y te enfrentas a un jugador experimentado y  consistente, es muy probable que pierdas y que tengas que salir por piernas de la partida y que, además,  se difunda tu fama de insolvente, mentiroso y tahúr barato, y a partir de entonces solo puedas jugarte en partidas de provincias  el café, la copa y el Farias. 

Vivir una buena temporada en los Estados Unidos de América y además ser una reconocida experta en la teoría de juegos, puede ayudarte a entender estas nociones básicas de póquer, como es el caso de la economista y exconsellera d’Ensenyament de la Generalitat de Catalunya,  Clara Ponsatí, que trabajó durante años en diversas universidades norteamericanas.

Sin embargo, a pesar de todo, y a la vista de los acontecimientos,  parece que Ponsatí era una persona demasiado ocupada como para andar leyendo una manual de naipes y mucho menos sentarse a una mesa tapizada de verde, encenderse un puro y echar unas manitas. Anduvo demasiado atareada en difundir las excelencias del capitalismo más salvaje desde las universidades americanas en las que ejerció la docencia y la investigación. O quizás la mantuvo absorta la dirección del españolísimo Instituto de Análisis Económico del CSIC hasta poco antes del inicio del procès; o quizás la mantuvieron enfrascada sus protestas ante el Estado debido a su cese como profesora visitante de la españolísima y muy monárquica Cátedra Príncipe de Asturias en la Universidad de George Town, contra el que interpuso la correspondiente denuncia, porque ambicionaba fundar una república catalana sin renunciar al sueldo monárquico que cobraba  procedente de las arcas invasoras de su país, cuyos fondos se obtienen de los impuestos que pagan los españoles “esas bestias carroñeras, víboras, hienas” que juegan al mus, al guiñote y al subastao.

Sea como fuere, Clara Ponsatí,  durante los últimos días de esta primavera mediterránea, nos ha regalado momentos que pasaran a la historia del póquer y de los hombres, o bien porque los olvidaremos pronto, o bien porque quedaran registrados en las últimas páginas dentro del capítulo de la desvergüenza. 

Cuando escuché a  Ponsatí afirmar con todo descaro y tranquilidad de espíritu que todo el mundo sabía que jugaban un partida al póquer y que iban de farol*,  pensé en las personas próximas a mí que durante estos últimos seis años han confiado ciegamente en  las consignas de los líderes políticos, que les aseguraban que otros territorios de España les robaba 16.000 millones de euros al año; que una Catalunya independiente  establecería de manera inmediata una pensión mínima en 1.200 € al mes para todos sus jubilados;  que la independencia sería pacífica, negociada y reconocida ipso facto por España, la Unión Europea y toda la comunidad internacional; que el referéndum del 1 de Octubre era legal y nos interpelaba a todos, y que sus resultados se transformarían en un mandato democrático en virtud del cual se proclamaría la república catalana como nuevo estado miembro de la Unión Europea; y, sobre todo,  que los catalanes son mucho mejores que los españoles; que Catalunya no progresa y no está al nivel de los países escandinavos por culpa de España y que la sangre de las personas que sufrieron la violencia de la policía ese mismo 1 de Octubre eran la semilla de la que germinaría, como amapola entre el trigo, la independencia de Catalunya.

No puede haber ninguna duda. Ponsatí y los líderes independentistas jugaron una partida de póquer a sabiendas de que no tenían  cartas; que tenían enfrente a un todopoderoso oponente que contaba con toda la infraestructura del Casino (con mayúscula), con un vigoroso y enérgico servicio de seguridad que salvaguardaría las reglas del juego, garantía de su credibilidad antes los demás jugadores.

Lo único con lo que contaban Ponsatí y los suyos para sacar adelante la partida era la voluntad  y la ilusión de cientos de miles de personas, a las que mantuvieron movilizados a través de medios de comunicación afines y subvencionados,  gracias a la manipulación sistematizada, a la exaltación de los sentimientos identirarios más primarios, y a la difusión diaria de mentiras y falsas promesas. No tenían nada más. Y nada menos. 

Nada es unívoco en los políticos. Sus acciones y sus declaraciones contienen siempre un segundo sentido, otra lectura, la astucia del camuflaje, el maquillaje con que se esconde su doble identidad de Barón Ashler. A veces la ambigüedad de sus palabras  es premeditada, porque resulta rentable, o porque es útil para cubrir la retirada. Otras, la equivalencia entre lo que dicen y lo que hacen es más que dudosa y,  en ocasiones, es el subconsciente quien juega en su contra, porque desvela en el mejor de los casos sus contradicciones, y en el peor, el material del que están construidos los cimientos de su ideología. En las democracias occidentales, todo esto forma parte del juego de la política, y quien entra en él tiene que asumirlo y salir llorado de casa. Pero hay un abismo entre esas prácticas y utilizar descaradamente  como valor de apuesta la piel y las espaldas de las personas que confían en ti, a sabiendas de que la partida está perdida de antemano; la misma distancia que hay entre la honradez y la bellaquería, el juego limpio y la trampa fullera. 

Quizás Ponsatí y los suyos debieron haber pensado  en otro tipo de juego más próximo, cercano y conocido para desafiar al Estado, como por ejemplo el mus, el guiñote, el subastao  o la botifarra.  El inconveniente es que todos se juegan con baraja española: oros, copas, espadas y bastos; sota, caballo y rey. Quizá ese sea el motivo por el que la exconsellera tirase de subsconsciente,  y a  la hora de establecer una imagen ilustrativa de lo que en realidad ha supuesto el procés, escogió la baraja francesa y no la española. 

Si después de un tiempo prudencial de balance y reflexión les apetece echar la segunda mano del desquite, le aconsejo a la Sra. Ponsatí  y a los suyos que reconsideren la elección de la baraja y  del juego. Que nos les duelan prendas por jugar con la baraja española, porque tal y como hoy día la conocemos, fue diseñada a mediados del siglo XIX por el catalán Augusto Ríus, cuyas primera planchas se grabaron en su Barcelona natal. Hasta entonces, la baraja española se imprimía según tres patrones, el castellano, el gaditano, y ¡oh sorpresa!, el catalán. 

De manera que lo más provecho sería dejar a un lado los prejuicios y practicar cada día  un poco el mus, otro juego de postura, envite y farol que a buen seguro les encantará. Se juega con la baraja de Cataluña, la baraja española. Si les sirve de estímulo, sus colegas del PNV son unos virtuosos. Hablen y practiquen con ellos. Ustedes, como buenos pardillos, a  lo sumo  ganarán o perderán unos cuantos amarracos. Aunque  en realidad nadie pierde y todos ganamos, porque mantenemos a salvo la integridad física de sus seguidores, la legitimidad de sus ideas y la honestidad de sus representantes. 

*En catalán, la voz 'farol' es incorrecta, es un barbarismo. Pueden ustedes decir farola, catxa, bluf o faró.
De nada; no hay porqué darlas

viernes, 15 de junio de 2018

Por los pelos



Muy poca gente sabe que soy un genio de la pintura. Mi secreto, más que una vocación precoz, radica en la práctica bien temprana, pues me inicié siendo apenas un jovencito. A lo largo de los años he desarrollado tal destreza en la utilización de todo tipo de técnicas, que mi última obra roza la perfección. Y no es que lo diga yo. Lo dicen familiares y amigos pues, en coherencia con mi carácter discreto y humilde y mi rechazo a cualquier forma de comercialización del arte,  el disfrute de  mi obra se reduce a mi círculo más íntimo. 

El reto no era nada sencillo. Se trataba de intervenir en un espacio previamente pintado con colores fríos e intensos. La pareja que lo habitó anteriormente probablemente sufría de un pánico estrambótico al vacío y quizás por ese motivo pintó el comedor de un fucsia brillante, el dormitorio de morado y las dos habitaciones restantes  con un estucado veneciano de tonos verdosos, imitando el mármol. Todos los techos eran beige, un beige desierto. 

No es difícil imaginar la dimensión del desafío ante el que me encontraba. Sin embargo, gracias a mi pericia, al control absoluto del rodillo perfilador y de todos los procedimientos pictóricos de brocha gorda, las paredes del piso en el que ahora vivo son lo más parecido a un lienzo virgen, porque he conseguido eliminar para siempre los vestigios de su historia barroca. 

En cuanto al otro tipo de pintura, la que se vende, la que genera fama y dinero,  la que se enmarca, se cuelga y se expone, debo confesar que soy un absoluto desastre. En este ámbito mi gran triunfo consiste en un dibujo pintado con lápices Alpino que perpetré por encargo del colegio, hace ya demasiados años, y que los hermanos de La Salle valoraron tan positivamente que decidieron exponerlo en las paredes del pasillo junto con los mejores. El tema era la Semana Santa, la pasión,  muerte y resurrección de Jesucristo; un tema clásico que ha regalado grandes alegrías a la historia del arte. 

Mamá había comprado una Biblia para jóvenes profusamente ilustrada. Me impactó la doble página con la ilustración que representaba a Jesús arrastrando la Cruz entre la muchedumbre, camino del Calvario, y decidí copiarla. Tras varios intentos fallidos, casi estuve a punto de rendirme, pero algo había que hacer, porque la obra contaba para nota. De manera que se me ocurrió un recurso cinematográfico, sólo al alcance de mi talento: encuadrar exclusivamente  la parte inferior de la escena, que era la más fácil de copiar. Gracias a esta ingeniosa solución, únicamente tenía que mostrar y reproducir  una multitud de pies alineados, túnicas de colores, piernas, espadas y lanzas de soldados romanos y, en el centro, los extremos del travesaño y del madero vertical que compone la cruz, más la parte inferior de la sotana blanca del nazareno. Y a triunfar. 

Después de esta experiencia artística, nunca, jamás he pintado o dibujado nada que se parezca o sugiera, ni siquiera mirándolo de  lejos, a nada. Cuando intento esbozar una figura antropomórfica no llego más allá del monigote con el que se juega al ahorcado. A lo sumo, soy capaz de perfilar un rostro humano utilizando el viejo truco del seis y el cuatro. Después le planto tres pelos en la coronilla y así doy a la luz a un Filemón muy particular, con nariz griega. 

Ayer supe que los tres pelos no eran un recurso mío en exclusiva, y tampoco del gran Ibáñez. Me lo explicó el guía que me tocó en suerte en la visita que hice a la fundación Joan Miró de Barcelona, gracias al cual he podido entender las claves y los secretos de este pintor catalán universal. En cualquier obra de Miró, allí donde veamos tres trazos verticales juntos es que son  pelos, y como son pelos significa  que lo que hay debajo, a un lado o al otro, es un hombre, o su representación. Si por el contrario vemos la forma más o menos perfilada de una almendra y tres pelos a cada lado de sus curvas es que estamos ante una vagina, una mujer, o su representación. 

Miró empezó a pintar como yo, bien jovencito, pero los paisajes de su Montroig natal o los retratos  de su primera época cosecharon malas críticas. Como tantos otros genios, después de pasar una larga enfermedad, vio la luz, y decidió que dedicaría toda su vida a la pintura. De modo que en 1919 se trasladó a París y allí contactó con lo mejorcito de la vanguardia europea, y se dio cuenta de que lo importante no era pintar bien, ni siquiera pintar. Lo importante era crear un relato suficientemente intelectual, alegórico, simbólico y sugerente que sostuviese la obra pictórica. Es decir, colocar artefactos pseudoartísticos y sus preceptivas digresiones místicas, filosóficas o estéticas  a personas influyentes y adineradas con el suficiente poder como para que su opinión se amplifique a los cuatro vientos y permita al artista construir una marca propia personal universal, gracias a la cual, pueda ser reconocido, requerido, convocado, expuesto y bien pagado, muy bien pagado. Y a fe que lo consiguió. 

Según nos explicaba el guía, Miró siempre expresó públicamente su rechazo a la mercantilización del arte. Debe ser ese el motivo por el cual uno de bancos más poderosos del país y de Europa se identifique con un logotipo de su creación o que,  gracias a la cuenta de resultados que generaba su obra, pudo encargar y pagar al gran arquitecto Josep Lluís Sert la construcción en un lugar privilegiado de la montaña de Montjuïc (Barcelona), su propio museo en el que exponer lo más significativo de su propia obra. En este templo mironiano se encuentran las esencias del pintor. 

No voy a ocupar mucho espacio explicando las sensaciones que me asaltaron durante todo el recorrido, al menos, no tanto espacio como ocupa, por ejemplo, el famoso tríptico “La esperanza del condenado a muerte”, ubicado en la sala central del museo, llamada la capilla, y compuesto por tres enormes lienzos de 267x351  pintados en acrílico. La obra, de una simpleza  vergonzosa, pintada muy probablemente en poco más de media hora,  está datada en 1974 y según ha explicado siempre el autor, la dedicó al malogrado Salvador Puig Antich, el último ajusticiado por Franco a garrote vil. 

Sin embargo, y según el propio Miró, los tres lienzos fueron el resultado de dos años de trabajo (¡!), de manera que, en el caso de que ese dato sea cierto, debemos concluir que Miró pintó las  tres telas mucho antes de que detuviesen al joven anarquista, y después, al finalizarlas (Oh! casualidad, el mismo día de la ejecución de Puig Antich! ) las bautizó con el título que hoy conocemos.

Y la verdad, no me sorprende, porque este es  el común denominador de la mayor parte de su obra, su descarado sentido del oportunismo y una ausencia de honestidad intelectual y artística difícilmente comparables, que se ríe de nosotros, tristes mortales semianalfabetos, cuando nos acercamos a sus creaciones e intentamos descifrar sin conseguirlo las motivaciones pseudomísticas de un artista valorado y admirado en el mundo entero. 

Pero en la visita a la Fundación hay un momento que supera con creces todo lo que uno puede llegar a experimentar contemplando arte. Se trata de un lienzo totalmente blanco manchado en el extremo inferior derecho con un leve brochazo de color azul. “Poesía y silencio”, se llama. Para explicar el sentido y la significación de este cuadro, Miró decía que “El silencio es una negación de ruido, pero resulta que el menor ruido, en el silencio, se hace enorme”. ¡No me digan que no es fascinante! Con semejante verborrea publicitaria  e ingenio para la argumentación, solamente es necesario un apellido célebre para  llenar el mundo de mamarrachadas con la que además  ganarse estupendamente la vida. 

Justificación por justificación, prefiero la que se desprende de la  anécdota que explica el guía del museo. Yo creo que la explica siempre para apaciguar a los visitantes y transformar su mueca escéptica en una sonrisa amable. Según nos explicó, un niño se plantó frente al lienzo y al verlo dijo que se trataba de otro niño con sombrero azul en un campo nevado. Ese niño prometía. Probablemente ya tenga algún cuadro expuesto en la colección permanente del  MOMA. 

Mi sobrino el mayor se ha comprado un piso. Dentro de unos pocos días firmará la hipoteca y, ahora sí,  ya podremos decir que es todo un hombre. Le he ofrecido mi talento, mi experiencia y mi inspiración para pintar las paredes y el techo de su futura vivienda. Le voy a proponer colores calientes, pero suaves, atenuados,  contrastados con el blanco inmaculado del techo. Todo dependerá del estado de las paredes. En cualquier caso, pienso ser muy creativo. Quiero que mi sobrino tenga lo mejor, que se sienta a gusto con su compañera en su nuevo hogar y que, de vez en cuando, pueda dejar volar la imaginación. Por eso, cuando lo tenga todo sellado y la pintura luzca en todo su esplendor, voy a trazar una línea irregular con un rotulador negro de punta supergruesa sobre la diagonal de la pared principal del comedor y le voy a proponer que les diga a sus amigos cuando les visiten que el salón se llama, “Salón Miró”. Van a quedar como una pareja muy leída y además revalorizarán significativamente la vivienda casi de manera inmediata. ¡Estoy impaciente por coger el rodillo!.