viernes, 17 de abril de 2015

Elegía



Para Carmen, César y el pequeño Jon, que me acompañaron
Para MªJesús y Víctor que se quedaron en casa cocinando pastelitos de naranja y chocolate
Para Leonor y Consuelo, que compartieron conmigo el calor del fuego de la gloria


Buscaba la gran sabina fosilizada. También trilobites, estromatolitos, eucariotas y procariotas. No sabía lo que eran, y tampoco cómo se llamaban, pero cuando dije que saldría en busca del gran árbol de piedra me dibujaron sus formas y me escribieron sus nombres. 

Tardé en llegar al yacimiento unas dos horas. El paseo fue legendario. Creo que lo recordaré mientras viva. Solamente se oían mis pasos sobre el sendero  que cruzaba un inmenso campo verde, humedecido todavía por las últimas nieves ya derretidas.  Era de  una infinidad tan imponente que  cuando perdimos el pueblo de vista me detuve y grité con todas mis fuerzas, para que mi voz humana se expendiese hasta las mismas laderas de la sierra azulada, todavía coronada de blanco.

A medida que avanzaba iba dejando atrás árboles que viven en soledad,  separados los unos de los otros  como si hubiesen tenido la voluntad de crecer y vivir así, igual que ermitaños en medio de la vasta pradera. A veces me demoraba y hacía una alto en el camino, porque amo los árboles  sin hojas, sobre todo si son como los que me encontraba, antiguos, inmemoriales,  germinados muchísimos años  antes a mi concepción,  mostrando toda la hermosura de su larga vida en sus ramas vacías, en la belleza  irregular de sus formas que parecen querer imitar seres extraños aún por descubrir. 

El cielo era primaveral, empedrado por nubes voluminosas, redondas y hermosas, blancas y grises, igual que las que dibujábamos cuando éramos  niños. El sol lucía y desaparecía al capricho de ellas y a veces caían algunas gotas, pero esos conatos de lluvia nunca llegaban a materializarse. Cuando parecía que quería arreciar, me detenía y, entonces, en medio del silencio del viento frío de la sierra, podía escuchar nítidamente cada  gota caer sobre el camino, sobre la hierba y sobre alguna peña que salpicaba el campo infinito. 

Finalmente llegué al destino. Efectivamente, allí yacía el gran árbol de piedra, tendido en el fondo de un leve foso, prisionero de los siglos y de  una cárcel fabricada por los hombres a base de barrotes oxidados de encofrado que al mismo tiempo sostenían un tejado metálico. Como la luz llegaba hasta el árbol a través de las barras, su líneas se dibujaban todo a lo largo del tronco y  conferían al fósil gigante  todo el aspecto de un reo. De hecho, para poder verlo bien había que aplastar el rostro contra los hierros, de manera que, a pesar de que me encontraba en medio de un gran espacio libre, en realidad  parecía que yo era el preso.

Allí estuve unos minutos, observando aquel gigante del tiempo. Circundé la jaula unas cuantas veces, me senté a contemplar, y a pensar, y entonces me acometió un vértigo extraño, la sensación vívida de un caída hacia el vacío ignoto de  lo antaño, hacia el lugar y la edad de donde todos surgimos, el espacio perdido de nuestra filiación colectiva, el punto de encuentro donde comparten barro  el origen y el fin.

Una leve racha de viento ahuyentó mi ensoñación y entonces recordé mi segunda misión. Si no quería que me sorprendiese la noche, inmediatamente tenía que empezar a buscar  pequeños fósiles.  Próximo a la fosa donde descansa el árbol, fluye un hilo de agua, un pequeño arroyuelo de aguas limpias y frías. Los expertos aconsejan escrutar en las orillas, porque parece ser que es el lugar donde en mayor número se encuentran.

Saltaba de un lado a otro del arroyo, siempre mirando hacia abajo, discriminando piedras, desencajándolas del suelo y limpiando la parte inferior de  insectos que viven en ellas, eliminando el barro y  la humedad del tiempo. Una tras otra las lanzaba al agua, interrumpiendo y modificando su curso, disfrutando del sonido del chapoteo al caer. A veces creía haber logrado algún hallazgo, pero no era más que una confusión, pura especulación de formas, la ilusa alegría del explorador bisoño al confundir pequeñas marcas en las rocas y en las piedras, que no eran más que cicatrices de la erosión con vocación frustrada de espiral o de espiga,  de la vida extinta de pequeños artrópodos prehistóricos que probablemente merodearían las oquedades del árbol cuando todavía regalaba sombras sobre los pastos.

Las nubes empezaban a convertirse en una amenaza. Poco a poco se unían y se compactaban en grandes masas  grises y negras.  El sol declinaba y el cielo se oscurecía, de modo que decidí volver. Desandando el camino tuve que abrigarme porque el viento soplaba del Norte; un viento frío procedente del pulmón helado de la sierra que estaba dejando a mi espalda y que de algún modo me custodiaba, me vigilaba o quién sabe si me  empujaba hacia el lugar de los hombres, donde hay casas, calles  y luces; donde el fuego calienta  los hogares y el humo del roble  brota de las chimeneas.

En un par de horas, cuando ya caía la noche, divisé los primeros tejados y la ermita sobre la colina, y pude escuchar el eco de las campanas de la torre tocando a vísperas. Fue entonces cuando reparé que al día siguiente, en el mediodía del domingo,  le daríamos descanso; que reposaría para siempre en el lugar donde le gustaba estar, junto a las gentes con las que reía, y que de algún modo compartiría la misma tierra bajo el mismo cielo de abril que el árbol de piedra, en la libertad de mis recuerdos, donde no hay cárceles en las que proteger a la muerte.

martes, 14 de abril de 2015

14 de abril

Posiblemente se trate de una sensación mía, quizá muy particular, pero recordar a todos aquellos que lucharon y murieron por la democracia, por el futuro de sus hijos en un país nuevo, libre  y próspero, creo que me hace mejor persona.

¡Viva la República!

jueves, 9 de abril de 2015

La navaja


Fue en Septiembre. El periodista y yo nos explicábamos una cuantas banalidades sobre el calor de Agosto, las vacaciones y el fastidio de la vuelta al trabajo. Me dijo que era autónomo,  y que cobraba por pieza. Había vuelto antes que nadie  para adelantarse a otros compañeros  y poder atrapar así los primeros temas. Sin embargo, pasada la primera quincena, se arrepintió, porque la ciudad seguía  semidesierta y la realidad continuaba ausente. 

Menos mal que  a pocas manzanas de allí -me decía-, a la salida del único bar de la noche,  en la madrugada de ayer dos tipos discutieron. Uno de ellos tiró de navaja y  dejó al otro tendido en la cera, sobre un mortal charco de sangre. 

Esa navaja me  salva el mes- recuerdo que me dijo.

martes, 31 de marzo de 2015

La mierda y las moscas


Dos millones y medio de personas, mayores de edad, y en pleno uso de sus facultades, han votado en Andalucía a dos partidos políticos que durante años -tanto en esa región como en el resto de España- han cometido robo, prevaricación, tráfico de influencias, usurpación de bienes públicos, falsedad documental, financiación ilegal, clientelismo y, a la vista de los resultados, lo que te rondaré, morena.
Dos millones y medio de andaluces y andaluzas, mayores de edad, y en pleno uso de sus facultades, han regalado su confianza, a sabiendas,  a dos organizaciones políticas  que han delinquido repetida e insistentemente, desde la base hasta sus más altas instancias, haciendo de la corrupción su modo de gestión habitual, a costa del erario público y del dinero ajeno.
Dos millones y medio de andaluces y andaluzas, en pleno uso de sus facultades, conocedoras de las más retorcidas, sofisticadas e imaginativas prácticas criminales, cometidas justo hasta antes de ayer por aquellos a  los que han votado al amparo del aforamiento y de la honorabilidad que otorga la representación de la soberanía popular, han vuelto a introducir  en la sacrosanta urna de la democracia una papeleta de voto ilustrada con el logotipo de esas mismas dos organizaciones políticas que, repetida e insistentemente, y a la luz del día, defienden los intereses de quienes les están pagando a día de hoy suculentas comisiones, y de quienes, en el futuro, recibirán  jugosas nóminas por sentarse en los sillones de los consejos de administración de las empresas más poderosas.
Dos millones y medio de andaluces y andaluzas, en pleno uso de su facultades, después de padecer y asistir durante la última legislatura a uno de los periodos de la historia de nuestro país en el que el latrocinio,  la mentira, la miseria, el paro y la desesperación, promovidos y propiciados por el gobierno de los dos partidos políticos mayoritarios, han vuelto a decidir democráticamente, en libertad, en paz, sin condicionante alguno, que quienes ocupen las mayor parte de los escaños del parlamento que legislará su futuro y el de sus hijos serán precisamente esos dos mismos partidos que permiten que les echen de sus casas, que les roben camas de sus hospitales, que despidan a sus maestros, que no puedan encender la calefacción, que tengan que pasar medio año fuera de sus casas malviviendo en habitaciones de servicio a base de latas de conserva, sirviendo cerveza y gambas a la plancha en las costas catalana y mallorquina a los alemanes que nos exigen austeridad.
Muy  probablemente, dentro de muy pocos meses, casi tres millones  de catalanes, en pleno uso de su facultades, votarán a partidos políticos que, igual que Andalucía, han hecho del estupro, del envilecimiento y del saqueo práctica habitual tanto en Cataluña como en el resto de España, alguno de ellos, al amparo de una lengua, una bandera, obteniendo provecho del sentimiento identitario,  mientras legislan a golpe de decreto para destruir camas hospitalarias, cerrar ambulatorios, despedir a maestros, cerrar colegios, robar el sueldo a los funcionarios, y poner en bandeja de plata a las grandes corporaciones empresariales y sus familiares y amigos el suculento bocado de todo aquello que compone el estado del bienestar, el patrimonio de su país, al que tanto dicen amar.
Y muy probablemente, cualquier día del mes de noviembre de este mismo año, asistiremos impertérritos  al asombroso y patético espectáculo que consistirá en  ver como  algo más de diez millones de españoles y españolas  se vestirán, cambiarán sus zapatillas de andar por casa por sus zapatos, saldrán a la calle, pasearán ufanos hasta su colegio electoral, y en un acto incomprensible, de sumisión, miedo y cobardía,  introducirán en la urna de la soberanía popular el mismo voto que durante años y años ha permitido el crimen organizado a su costa y la impunidad de quienes desde los atriles, las plazas y la tertulias les piden su confianza, nuevamente, mientras engordan y hacen engordar el peso de inimaginables cuentas bancarias a salvo de cualquier contingencia.
Votemos sin demora,  moscas compatriotas: el futuro nos aguarda.

lunes, 23 de marzo de 2015

Amor de l’onh




Esta historia estaba destinada a ser, sin más, una historia de fútbol. Sin embargo, alguna cosa se ha debido  desajustar en mi cabeza que súbitamente ha abierto la puerta a nombres y hechos que nada tienen que ver con éste o ningún otro deporte. El asunto no es dramático pero es grave. Estoy un poco preocupado. De hecho he llegado a aconsejarme a mí  mismo frente al espejo circular del afeitado una visita al psicólogo, pero finalmente he rechazado mi propia recomendación por temor a ser otro. 

Yo tuve una profesora en la Facultad que se llama Victoria Cirlot. Victoria Cirlot es una mujer fascinante. La conciencia propia de su belleza andrógina, concretada en su cuerpo estilizado,  un rostro anguloso y una mirada celeste, le permitía aparecer sobre la tarima del aula como si fuese una diosa. Sus clases eran multitudinarias. El anfiteatro de bancos de madera se llenaba. Incluso se ocupaban los escalones que daban acceso a las bancadas porque a sus clases asistían estudiantes de otras asignaturas y especialidades que querían a toda costa escuchar y ver a la  Cirlot. Algunos intentaban registrar su voz en grabadoras de mano, pero ella no lo permitía. Miraba esos artilugios como un monje medieval asustado ante un catalejo. 

Cada día de clase Victoria Cirlot actuaba de la misma manera. Entraba decidida, se sentaba tras la mesa y se atusaba hacia atrás el cabello, levemente; a continuación levantaba la cabeza y nos miraba a todos como si escrutase algún misterio más allá de la última fila y en unos segundos el aula caía a sus pies en un silencio reverencial. Nos hechizaba a todos con su mirada y con su voz, que desvelaba semana a semana las claves de  las historias de Chretien de Troyes, del Ciclo Artúrico; Lancelot (el Caballero de la Carreta) y Ginebra; juglares y trovadores; los venablos y las lanzas; armaduras, caballerías y torneos; las ponzoñas y los sortilegios; Merlín y Morgana, el amor cortés, en definitiva, el maravilloso mundo  de la ficción y del  amor medieval. 

Victoria jamás llevaba papeles. Jamás leía. Sus clases eran una constante evocación apasionada de su conocimiento. Si por alguna circunstancia alguien bisbiseaba algo, o llegaba a sus oídos el más leve rumor, detenía de inmediato su discurso, contrariada. Entonces permanecía en silencio durante unos segundos y a continuación lanzaba una pregunta. Por supuesto allí no había valiente que respondiese, lo cual la contrariaba aún más. Seguía con su silencio hiriente y pasados unos minutos, hundida el aula en la más absoluta de las congojas, tras un gesto ostensible de desdén y de desprecio, iniciaba nuevamente la sesión. ¡Dios, cómo nos cautivaba esa altivez primorosa!. Un día nos pidió una definición del término Lírica. Yo levanté la mano y respondí. Hubo un silencio valorativo. La tragedia se cernía sobre la concurrencia. Finalmente Victoria ordenó desde su altar docente que todos escribiesen la definición que yo había balbuceado. Aquella tarde me sentía igual que un caballero triunfante explicando mis hazañas a los camaradas de la mesa redonda. Tanto fue la cosa que durante algunos días hice algunos amigos, fugaces amistades, que se interesaban sobre  todo por mis apuntes. 

En una de aquellas sesiones inolvidables, Victoria Cirlot nos habló sobre el amor de l’onh, el amor de lejos. En la Edad Media, los juglares y trovadores componían canciones en las que el poeta o el caballero lloraban la imposibilidad de estar con su amada y se regodeaba y disfrutaba con ello. De alguna manera gozaba con una melancólica sensación de tristeza que cultivaba día a día, que   le sumía en un pesar dulce por no poder alcanzar el objeto de su deseo. Aquel era un ejercicio poético platónico que practicaban los caballeros corteses, en el que el placer estribaba en la no consumación del hecho amoroso, en la delectación de lo imposible. De alguna manera, aquellos caballeros y sus trovadores se avanzaban en unos cuantos siglos  a los románticos, hombres y mujeres embelesados frente al espejo ante su propia figura agonizante debido a un mal de amores que ellos mismos propiciaban. 

El pasado miércoles, miércoles de Champions, decidí ir al bar para ver el encuentro que disputaron Barça y Manchester City. Y allí se produjo ese extraño vínculo mental que me tiene tan preocupado. Como iba solo, me quedé acodado en la barra frente a la pantalla. Preceptivamente, comí mi bocadillo y  bebí mis cervezas, de manera que con el cuerpo ya templado me dispuse a disfrutar del encuentro. Gocé viendo a Messi  en la primera parte. Ese chico es un prodigio de la naturaleza. Cuando juega al fútbol da la sensación de que está escribiendo mentalmente una obra cumbre del arte universal. Juega tan absolutamente concentrado que consigue establecer una conexión sobrenatural entre sus piernas y su mente. Parece que es él quien piensa, describe y ejecuta, no solamente cómo va a jugar el balón que le llega, sino  cómo va a ser el partido. Quiero decir que da la sensación de que es él quien decide de un modo misterioso el transcurrir de cada una de las jugadas que van a tener lugar durante los noventa minutos. Nunca había sentido nada parecido viendo deporte alguno. 

Sin embargo, uno de los atractivos o de los puntos de interés de ese partido se encontraba fuera del terreno juego. Josep Gardiola asistió al estadio  acompañado de su amigo Estiarte. Por supuesto, el realizador encargado de la retransmisión televisiva le reservó una cámara para testimoniar con detalle, al mundo entero, cualquier gesto  del antiguo entrenador de Messi, a quien, en el ecuador de la primera parte, en uno de los lances del juego, le llegó el balón un tanto escorado hacia la derecha del centro del campo. Inmediatamente dos defensas se colocaron a su lado y un tercero un tanto más retrasado. Messi inició la carrera con el balón pegado a sus pies y avanzó hacia el terreno contrario por la banda derecha. Los defensas le persiguieron, pero parecían ejercer más la función de escolta  que de rivales. Finalmente intentaron concretar su amenaza y pretendieron robarle el balón, infructuosamente, porque cuando Leo sale lanzado y en estado de gracia  todavía no ha nacido el hombre  capaz de arrebatárselo. 

Si Messi se lo hubiese propuesto  podría haber seguido y seguido hasta la mismísima portería contraria, repitiendo así la famosa jugada que firmó hace algunas temporadas contra el Getafe, cuando todavía sonreía. Sin embargo hizo lo que solamente pueden hacer los genios. En plena carrera y con la presión de tres contrarios robándole el aliento, fue capaz de levantar la mirada y ver a Rakitic ocupando un hermoso espacio  a la derecha de la portería de Hart. De modo que, súbitamente, Messi detuvo su galopada y en esa acción magistral dejó a su perseguidores un metro más adelantados, espacio suficiente como para que, en cuestión de milésimas de segundo, el argentino pudiese levantar el balón en una rosca zurda, pulcra y perfecta, que le  llegó a Rakitic con precisión inverosímil justo en el lugar donde éste podría batir por primera y única vez al guardameta Inglés con una maravillosa vaselina. 

Guardiola, testigo de excepción de todo lo que ocurrió en el Camp Nou aquella noche, aplaudió el gol, pero inmediatamente después de levantó, alzó el cuello de su jersey hacia la boca y con ésta tapada, algo le gritó a su antiguo pupilo. Se ha especulado mucho al respecto de qué es lo que pudo decir Pep en aquel instante de goce. Y aquí lega el motivo de mi preocupación por mi salud mental.    

Porque mi tesis tiene que ver con el amor, con el amor de l'onh, el amor de lejos que practicaban y cantaban los trovadores y los caballeros medievales; el amor de alguien como Guardiola hacia un hombre como Leo Messi, que conocedor de la imposibilidad de tenerlo de nuevo entre sus filas, gozando de su magia, de su virtuosismo, se  recrea en el sueño de poseerlo con la seguridad de lo improbable   añorando en la distancia la singularidad de su excelencia.

Pep Guardiola aulló su deseo, zafados los labios, consciente siempre de ser observado, meticuloso hasta en esos detalles. "¡Leo,  Ich liebe dich!",  proclamó Pep. Tras esa explosión ardorosa y esa expresión de amor hacia el jugador excelso, se esconde en realidad una cálida  melancolía con la que cada día, allí, en aquellas  tierras lejanas donde habitan los dioses bárbaros, se lamenta y se deleita; un sentimiento muy parecido al que expresó el trovador Jaufré Rudel hace nueve siglos, allá por el año 1145 : “Triste y alegre me separaré cuando vea este amor de lejos, pero no sé cuándo lo veré, pues nuestras tierras están demasiado lejos. ¡Hay demasiados puertos y caminos! Y, por esta razón, no soy adivino...¡Pero todo sea como Dios quiera.*
 
En manos de  Dios pongo yo también el futuro de mi salud mental. 

*"El amor de lejos y el valor de la imagen" Victoria Cirlot. Biblioteca Gonzalo de Berceo

domingo, 15 de marzo de 2015

Marta Ferrusola y "Las flores del mal"


Los versos que he utilizado para escribir esta entrada son del libro  "42 flores del mal", obra del conocido poeta francés Charles Baudelaire, en la edición de la editorial Mondadori. La traducción de esta edición es de Antonio Martínez Sarrión.

 ¡Ah! ¡Qué gran momento hubiese vivido  la Historia de este país si de repente, durante la comparecencia de Marta Ferrusola en la comisión de investigación que intentó averiguar algo sobre los delitos cometidos por ella y  su familia, alguno de los portavoces parlamentarios se hubiese levantado y hubiese declamado, mano al pecho y mirada en blanco!:
¡Máquina ciega y sorda, fecunda de crueldades,
Saludable instrumento, bebedora de sangre!
¿Cómo no te avergüenzas? ¿Todavía no viste
En todos los espejos decrecer tus encantos?
La enormidad del mal en que te crees tan sabia,
¿No te hizo jamás retroceder de espanto
Cuando Naturaleza, como ocultos designios,
De ti puede servirse ¡oh reina del pecado!
-De ti, vil animal-para engendrar un genio?
¡Oh fangosa grandeza!¡Oh Sublime ignominia!"


Yo me hubiese muerto del gusto. Ver y escuchar  a un parlamentario recitando versos de “La cabellera”, uno de los poemas de Charles Baudelaire que compone  Las flores del Mal”, no tendría precio. Lo daría todo. Renunciaría a mi tarjeta de la seguridad social: así, como lo digo. Recitar nada más y nada menos que  ¡”La Flores del mal”! para fiscalizar y sacarle las vergüenzas  a la florista mayor del reino, quien perfumó y llenó de colorido todo evento y espacio oficial en Cataluña, previa facturación, con la que  Doña Ferrusola no hacía más que redondear la fortuna atesorada, fruto de otros negocios oscuros  (mucho más rentables que las flores)  durante casi tres décadas en  el país-empresa que fundó junto a su Don.

Puestos a elucubrar y prostituir a  Baudelaire  en aras de la verdad revelada, me la imagino respondiendo muy resuelta, muy digna, con ese tono halitósico  de monja alférez, harta de ajos tiernos,  amamantada  entre bolas de naftalina, declamando altiva, para su defensa,  un verso de “El balcón“ de la misma obra:

Soy el Ángel guardián, la Musa y la Madonna”.

Con el fin de apaciguar a sus ilustres señorías -que así se llaman entre ellos -y reconducir el debate hacia las formas, la buena educación y el tono que caracteriza la ejemplar política catalana, la portavoz de CiU, Meritxell Borràs, gritaría, muy musicalmente, tal y como se merecen las palabras del poeta maldito, en un ataque de sinceridad  digna de una portada en La vanguardia, el verso de “El vino de los traperos”:


"Estamos aquí “para ahogar el rencor y acunar la indolencia."
A lo cual, el ínclito David (Fernández), el que camina con sandalias literalmente  de  la mano del presidente Mas, respondería desde su digna presidencia, siguiendo el mismo poema con el siguiente verso, es decir, siguiendo los pasos de CiU.
De esos malditos viejos que mueren en silencio
Dios, de remordimiento preso, fabricó un sueño
En este rifirrafe educado y rebosante de seny,  Meritxell Borràs pediría un turno de réplica para cantar el alejandrino de “La voz”:
Y los hechos, a veces, se me antojan patrañas”.
Pero, ¡ay!, nada de esto ocurrió, ni obviamente  va ocurrir. Y si hubiese ocurrido, probablemente  el amantísimo esposo de Doña Marta,  ese gran impostor, innovador del hampa, reyezuelo bananero del parné, al verla por televisión musitaría  en su honor estos tres versos de “La Beatriz”, penúltimo de los poemas del libro de Baudelaire:
A la reina de mi alma de mirada sin par,
que con ellos reía de mi sombría aflicción,
Haciéndoles, de paso, una obscena caricia
A todo esto, Marta  seguiría impávida sentada en su silla del Parlamento, con la arrogancia, la desfachatez, la  actitud y el porte de quien se sabe impune. Y mientras los representantes del pueblo contarían versos con los dedos para poder reprocharse entre ellos sinalefas, asonancias y otras controversias poéticas, ella rumiaría para sus adentros,  en silencio, tres versos más de “La Belleza”:
Los poetas, delante de mis gestos altivos
que parecen copiados de antiguos monumentos
Consumirán sus días en árida labor
Y entonces, aprovechando el paréntesis establecido para poder  acordar  algunas cuestiones de orden en las que suelen  enzarzarse los diputados, nuestra madre, Marta, la florista, la madre de todos los catalanes,  le dedicaría alguno de sus pensamientos poéticos a su hombre, recordando “Bendición”:
¡Ah, que no haya parido un nido de reptiles
Antes de alimentar esta cosa irrisoria!
Puesto que me elegiste entre todas las hembras
Para ser la desdicha de mi triste marido,
Y no podría ahora arrojar a las llamas,
como carta de amor, este pequeño monstruo
Buscan a alguien que quiera causarle algún dolor
Y hacen en él ensayos de su temple feroz
Y así, pasarían  los minutos en  esta singular comparecencia, que por supuesto propiciaría una de las audiencias más multitudinarias de la historia de la televisión nacional de Catalunya, hasta que le llegase  el turno a Joan Mena, representante de IC-EUA, excepcionalmente enfebrecido, quizá  a causa de tanto malditismo; quizá debido a esa fascinación que siempre ha ejercido entre la izquierda el opio, la bohemia y la absenta.
Mena, cual vate contemporáneo, se levantaría de su escaño y bramaría frente a la Ferrusola  el Himno a la Belleza” en  el pico más alto del share televisivo, ese momento excelso  que  los técnicos llaman el minuto de oro:
"Tu mirada infernal y divina
Confusamente vierte crimen y beneficio

¿Del negro abismo emerges o bajas de los astros?
Como un perro, el Destino sigue ciego a tu falda,
Al azar vas sembrando el luto y la alegría
Y todo lo gobiernas sin responder de nada
El Horror, de tus joyas no es la menos hermosa
Y el Crimen, entre todas tus costosas preseas
Danza amorosamente sobre el vientre triunfal


Artur Mas aquel día no estaba en El Parlamento. Estaba viendo el debate en soledad, o quizá acompañado de su inefable escudero Homs. Ambos a dos, en dúo irrepetible, cuando ya la constancia de las fechorías era clara y diáfana -porque mamá ya no sabía por dónde escapar  y el honor, el legado y la obra papá había quedado a los pies de los caballos- entonarían al unísono, arrodillados, embargados de una gran nostalgia, estos versos inolvidables de "Elevación",  como si de una oración  se tratase:

Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras
Levantan hacia el cielo matutino su vuelo
-¡Que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo,
la lengua de las flores y de las cosas mudas!"


Quienes también  seguirían con gran interés la comparecencia por televisión de su administradora general serían las cien familias, los cien apellidos catalanes,  o lo que es lo mismo, el consejo de administración de Cataluña-Pujol-Ferrusola S.L., excelentes clientes de los más exóticos paraísos fiscales.   Muchos de ellos, notoriamente cultivados, amantes de la lírica y de las veladas del Liceo, se arrancarían con “Invitación al viaje” desde sus sillones repujados:


Muebles relucientes
Pulidos por años
Decorarán nuestro cuarto;
Las más raras flores
[…]
Los hondos espejos,
El oriental esplendor,
Todo allí hablará
Su dulce lengua natal”

Todo es allá lujo y calma
Orden, deleite y belleza"
Mientras tanto, Josep Enric Millo del PP y José Mª Espejo de Ciutadans no harían más que memorizar en sus escaños, muy aplicados,  los versos de “La Carroña”. Pero por mucho que repitiesen y repitiesen sus estrofas no hallarían la manera de hincarle el diente al poema.
Por su parte, Oriol Amorós de ERC se hallaría un tanto desorientado, porque aunque se moríría de ganas por levantarse y recitar de cabo a rabo “El albatros”, finalmente no se  decidiría a hacerlo, no fuese que  en un futuro, por mor de una mala interpretación, se le achacase la responsabilidad de una ruptura que llevaría al traste el proceso nacional.
Así, entre poema y poema, verso a verso, golpe a golpe, transcurriría  tan singular sesión, dentro y fuera del Parlamento de Cataluña.
David Fernández, insospechado presidente, tendría a bien poner el broche de oro. Para  finalizar se serviría del hermoso  Canto de otoño

Pronto nos hundiremos en las frías tinieblas


Y yo, que no me perdería ripio, recitaría  "Al lector" para, al menos, expresar mi lamento estéril de ciudadano estafado:

"Tercos en los pecados, laxos en los propósitos,
Con creces nos hacemos pagar lo confesado
Y tornamos alegres al lodoso camino
Creyendo, en viles lágrimas, enjugar nuestras faltas
"