jueves, 29 de octubre de 2020

Ser o no ser idiota

Durante un exitoso programa de televisión en el que un nutrido grupo de  hombres y mujeres presuntamente célebres juegan y compiten por ver quién cocina mejor, un joven actor le preguntó a una conocida diva de la canción “¿Qué eso del Ibex 35 del que tanto hablan? ¿Para qué sirve? ¡Bah!, seguro que eso no sirve para nada!”

A la curiosidad del actor -en apariencia,  de  origen social humilde-  la diva, de clase alta y un nivel cultural presumiblemente superior, no supo dar respuesta, ni siquiera  breve, concisa o sintética; no supo definir sin pedantería y sin ofender el desconocimiento imperdonable de su interlocutor qué es el Ibex 35 con palabras como por ejemplo “Mira, majo, el Ibex 35 son los que mandan” o “El Ibex 35 es quien tiene el dinero en España”, o “El Ibex 35 es el grupo de las empresas de los más ricos de España”

La anécdota televisiva  revela  la más absoluta y transversal ausencia  de interés por las cuestiones más básicas relacionadas con la actualidad social, económica y política; con la realidad del país donde viven tanto ellos como cada uno de los miembros de sus familias; con la identidad de los agentes que más influyen en el devenir de sus vidas, independientemente de su nivel cultural o de la extracción social a la que pertenezcan.

En mi opinión, la ignorancia, el desinterés, el desdén y hasta el desprecio vulgar y rampante de  mucha gente  hacia  las cuestiones fundamentales de lo que ocurre  en el propio país convierte en quien lo ostenta en idiota, tal y como nombraban los griegos clásicos  a quien se desvinculaba de las cuestiones colectivas que afectaban a la polis.  No espero tesis doctorales, análisis sesudos o una dedicación obsesiva hacia los asuntos que nos conciernen a todos, entre otras cosas porque ni yo soy capaz de realizarlos ni deseo que  toda mi vida gire alrededor de ellos. Es de esperar tan sólo lo mínimo, aunque lo mínimo se obceca en interpretar a Godot.

Con llamar idiota a quien limita y discrimina  de ese modo sus intereses no gano nada, ni siquiera un desahogo. Entre otras cosas porque esa  idiotez  influye  en mi vida y en la de los míos  tan directamente o más que las decisiones que toman las personas que forman los consejos de administración de las empresas del Ibex 35. Y por tanto, al describir o nombrar con un vocablo del  griego clásico a esas personas, ni evito que continúen en el cultivo arrogante de su ignorancia, ni que los poderosos continúen exprimiendo a mi país o explotando a mis compatriotas.

Es más, probablemente me ganaré su antipatía y la de otros conciudadanos que, igualmente,  perseveran también en no invertir ni medio segundo por conocer quién, cómo, cuándo  y dónde  manejan su vida  debido a la pereza  o a un proceso de nefasta displicencia gracias ,o a consecuencia de la cual,  llegan al convencimiento  de que en todo momento son los propietarios de sus decisiones y que los únicos que pueden influir en el devenir de  sus existencias y las de los suyos  son sus santos y sus dioses, o  familiares,  vecinos, compañeros de trabajo y todo tipo de personas cercanas a las que suelen culpar de sus dificultades o directamente de sus fracasos, porque de los éxitos ellos y solamente ellos son los responsables.

Y es que esta actitud, a medio camino entre la soberbia del sabelotodo y la indolencia de la que hace ostentación quien deprecia lo que ignora, no sólo afecta a quien las ejerce, sino que produce consecuencias de afectación colectiva. Aunque parezca paradójico, a menudo esas personas, cientos de miles de personas, millones de personas, siempre que surge la ocasión ayudan a propios y ajenos, son honestos y honrados, pagan sus impuestos, respetan las leyes, derrochan simpatía, empatizan con la desgracia de otros y comparten con alegría su dicha; son amantísimos cónyuges y padres preocupados por la educación y el futuro de sus hijos; trabajan duro y son amigos de sus amigos; incluso son educados en las formas y, cada cual a su modo, respeta los valores morales de alcance universal que nos muestran la diferencia entre el bien y el mal… Es decir, es gente normal, que hace todo lo que puede por sacar su vida adelante con cierta dignidad.

Los estrategas de marqueting político y de las grandes corporaciones empresariales les conocen muy bien porque quien es capaz de seducir a este formidable grupo de población probablemente obtendrá el poder. Sin entrar en disquisiciones y diferencias entre lo que para los sociólogos, politólogos y los filósofos es el poder, podríamos acordar que es la capacidad o la habilidad que tiene una persona o grupo de personas para conseguir que otros hagan lo que aquéllos quieren. Podríamos acordar que poder es control. Quien ordena espera obtener obediencia a través de simples o sofisticados mecanismos de control, sean o no legítimos.

El más complejo y refinado mecanismo de control gracias al cual hacemos lo que quien lo diseña quiere que hagamos es aquel cuyas acciones y órdenes pasan tan desapercibidas como el camaleón ante el saltamontes, que en un instante del que jamás es consciente, es atrapado por la súbita lengua mortal y finalmente engullido. Como el azúcar en los diabéticos, o la sal en los hipertensos sin diagnóstico. Como el magma latente de Pompeya, que una mañana apacible surgió furioso destruyendo las vidas y los enseres de un pueblo orgulloso de su civilización, dejando para la historia un yacimiento de humildad. Como un nido de cucarachas, o una colonia de ratas. O como la mismísima radioactividad, quizás la metáfora máxima de los mecanismos de control a los que nos someten para conseguir de nosotros nuestra ignorancia, nuestro desinterés, la aquiescencia o incluso nuestro apoyo concreto, individual y consciente sin que en ningún momento notemos que se nos ha caído el pelo, que ya no podemos comer porque también hemos perdido los dientes, que sangramos a diario, hemorragias de dignidad entre escamas de piel fluyendo hacia el sumidero de la ducha, cada mañana, sin que no distingamos más que la espuma del jabón mezclada con el agua tibia en un turbio torbellino de cabellos fallecidos.

Sin embargo, a pesar de todo, somos culpables, sin paliativos. No valen los paños calientes.  El discursito victimista es de sobras conocido y el victimismo solo lleva a la claudicación y a la derrota. Yo no sabía, a mí me engañaron, yo, tan buena gente, cómo iba a pensar que… Qué sabré yo de esas cosas, eso es para los políticos, el día que vaya a votar ya pensaré a quién, pues oye, no lo parecía, como son todos iguales lo mismo da uno que otro, total, solo hacen que robar, solo miran para ellos, vete tu a saber qué hay detrás de todo ese asunto, si es que no te puedes fiar, a mí que no me calienten la cabeza, para problemas los míos, esos qué sabrán, a mí lo que gustan son los zascas, el barullo, la pelea, pues lo que dice ese es lo que yo he dicho siempre,  yo para qué voy a leer, para qué buscar, para qué me voy a preguntar si lo veo clarísimo, si es que lo dicen en todos los lados, porque vamos a ver, toda la vida ha sido así  y así será toda la vida, pues fulana o fulano mira que es guapa, lo bien vestido y lo bien peinado que va y qué clarito habla, pero qué ha dicho, ay, no sé, pero qué bien habla, y qué voz, oye, qué voz, pero qué dice con esa voz, y yo que sé, si yo no entiendo, pero oye,  qué bien habla, me tiene enamorada, esa chica vale mucho, mucho...

Efectivamente, millones de buenas personas se expresan de este modo al referirse a las que gobiernan o se ocupan de los asuntos que nos conciernen a todos, pero que suelen resolverse en favor de unos pocos, algunos de los cuales sientan sus colmadas posaderas sobre la piel noble de los sillones del Ibex35, esa cosa ignorada, de gran eficacia, inclemente cruel  y precisa como la lengua del camaleón, inexorable como la hipertensión, inquietantemente discreta como una madriguera de ratas,  letal y definitiva como una fuga radiactiva que expande su veneno hipnótico, paralizando o abduciendo nuestras voluntades.

En Europa, afortunadamente, la escolarización es obligatoria hasta los dieciséis años. Durante décadas, y gracias a la movilización de millones de buenas personas conscientes, los estados y los gobiernos  se han ocupado de la formación de cada nueva generación con el fin de garantizar el progreso y un futuro de paz y bienestar. De este modo, Europa ha abolido el analfabetismo y, más allá del aprendizaje básico, los hombres y mujeres que vivimos en los países europeos somos competentes para discriminar informaciones o, si me apuran, para hallar el modo de separar el polvo de la paja, ni que sea a niveles muy básicos, y vislumbrar un gramo de verdad o desenmascarar las falsedades entre el aluvión de información que nos aborda a diario.

Es cierto, la sofisticación de los mecanismos de control  de quienes detentan o ambicionan el poder adquiere tal grado  de refinamiento que  logran sus objetivos a pesar de toda la atención y de toda la vigilancia que podamos invertir en evitarlo. Por otro lado, tampoco es menos cierto que las circunstancias económicas y sociales, el entorno, la priorización en atender las necesidades básicas de los sectores de población menos favorecidos  determinan fatalmente su disposición a reflexionar, a analizar mínimamente lo que ocurre más allá de su inmediato día a día -tan duro como incierto- o a conocer e identificar a los agentes que han provocado, al menos en parte, la situación de vulnerabilidad en la que viven.

Aun así, sostengo que  -incluso admitiendo que a una parte nada despreciable de la población le resulta imposible por el imperativo de la pura subsistencia- amplias capas sociales  están en disposición de examinar de vez en cuando, un ratito al año y dedicando cierto interés, la realidad social, económica, cultural y política de nuestro país, incluso del mundo globalizado.

Del mismo modo que como consumidores observamos, comparamos, probamos y exigimos la calidad de aquello que nos venden y empleamos toda nuestra capacidad analítica o hacemos valer nuestro derecho si no quedamos satisfechos; del mismo modo que al ver o leer la publicidad de una marca, de un objeto o de cualquier otra cosa susceptible de comercio somos plenamente conscientes de que los que nos están contando tiene más visos de fantasía que de realidad, cuánto más valioso resultaría multiplicar esa voluntad consciente y responsable de interrogación crítica y certificadora hacia los mensajes que interpelan a nuestra confianza a través  de rostros pretendidamente afables envueltos de retóricas de cambio, de futuro y de bienestar que provocan ilusión, esperanza y  entusiasmo; a través del miedo, ofreciendo información pertinentemente  falseada, elaborando la perversa narrativa de los enemigos que nos acechan, provocándonos rabia, ira, desconcierto, consiguiendo invocar a  nuestros peores instintos; o por el contrario, a través de la emisión o publicación incesante de productos audiovisuales vacuos, bazofia televisiva, referentes  humanos perniciosos, de nula virtud y abundante atocinamiento  que nunca pondríamos delante de nuestros hijos ( o sí), parásitos sociales que se ganan la vida a costa del embrutecimiento ajeno; y, cómo no, a través de la exaltación posmoderna del gladiador en el circo televisado de los estadios, que ocupa las tres cuartas partes en la mente de sus seguidores con sus habilidades atléticas y la indecencia de su riqueza, exorcizando así la frustración diaria mediante el desahogo  y el fanatismo.

Nada de lo que he dicho es nuevo. Es tan conocido que incluso me avergüenza haberlo escrito. Estoy convencido de que hasta el último de la clase es consciente de  ello. A pesar de todo, millones de buenas personas  se lanzan a la calle siguiendo la consigna de quienes durante décadas esquilmaron el patrimonio colectivo, lo que es de todos, a sabiendas de que siguen a unos ladrones. A pesar de todo, millones de buenas personas regalan la confianza en las urnas a una organización política que ha sido sentenciada como organización criminal, a sabiendas. A pesar de todo, millones de buenas personas se dejan embaucar por un grupo de malas personas que miente de manera sistemática,  atizando el  miedo y el  odio, ofreciendo un horizonte antiguo, colmado de dolor, horror y pesadillas  a sabiendas de que lo que prometen es perverso, instigador de la vieja oscuridad.

En el huevo no germina la serpiente. La serpiente se gesta en la pereza. Es más, ni siquiera hay serpiente. De la pereza, de la desidia, de una soberbia asentada en la ignorancia, del deseo firme y cerril de continuar siendo ignorantes se alimenta el poder, y por eso sus mecanismos de control son cada día más eficaces.

Desde hace décadas, las mal llamadas clases medias de las sociedades occidentales enfocan su interés, casi en  exclusiva, en la integridad física y en la  economía, en la posesión de bienes, en escalar posiciones  de bienestar basado en la simple y llana ambición material. A lo sumo, por no resultar demasiado materialista, las buenas personas aspiramos a vivir experiencias imposibles, inexistentes,  a través de  referentes humanos artificiales que ofrece  de mil maneras diferentes  el panóptico publicitario, unas veces de modo subliminal, en ocasiones camuflada de cultura y otras de manera muy directa. Todos tenemos derecho a  una vida de ensueño, porque nos lo merecemos.

Es decir, el  verbo que más y mejor nos define es tener, a los sumo soñar, hoy, sinónimo  de aspirar. Hemos abandonado en el desván de las antiguallas,  olvidado en un rincón, al verbo ser igual que a aquel célebre trineo que  acabó en el fuego. Nos hemos desprendido del verbo ser a fuerza de creer en su incapacidad para significar (mera patraña gramatical) y hemos alojado   nuestros afanes materiales en un delirio  de anhelos que no son más que  espejismos. Los  ingenieros de los mecanismos de control únicamente utilizan el verbo ser  para enfrentarnos, para señalar enemigos imposibles, o para postular a sus tributarios de la política como salvadores del mundo: Yo soy el único que te dará lo que quieres tener, soy el único que conseguirá tus sueños, los otros son quienes pretenden impedirlo.

¿Y qué hacer? Pues ni más ni menos que ser. Reivindicar nuestra presencia en la vida como sujetos conscientes de los acontecimientos que nos involucran, sujetos críticos que se atreven a saber, hombres y mujeres despiertos, razonablemente racionales; personas corresponsables que custodian el interés público; buenas personas que miran hacia el futuro con los pies en la tierra, desdeñosas con los ensueños y prudentes en las ambiciones, ejemplos para sus hijos y sus conciudadanos. No es necesario convertirnos en  héroes, ni siquiera en valientes y sacrificados revolucionarios. Basta con extender nuestra  existencia diaria  honradamente y proteger a los nuestros con un sencillo interrogante, con el escepticismo activo, eludiendo la adulación y el canto de la sirena que acecha tras el poder y  siempre en corresponsabilidad con la colectividad. Sinceramente, no me parece tan difícil.

De hecho, hay problemas más difíciles y complicados, al menos a la vista de la última entrega del programa de televisión en el que la diva de la canción no supo responder al actor qué diablos es el Ibex35. Y es que una conocidísima política conservadora, machucha, dicharachera y campechana, que ha ejercido el poder y ha ocupado responsabilidades públicas durante casi cuarenta años, debía calcular el número de langostinos que tenía que pelar para preparar siete raciones de ocho unidades cada una. Preguntó a pleno pulmón  y volvió a preguntar el resultado de multiplicar ocho por siete, pero al ver que todos los demás miembros del equipo se encontraban ocupados elaborando sus recetas y nadie le regalaba la solución , optó por una técnica ancestral, contar con los platos en lugar de con los dedos para resolver la complejísima multiplicación. La reina del Candy Crush no se sabe la tabla del siete. De verdad, en serio lo digo, estoy convencido de que no es tan difícil decidir entre ser o no ser un idiota.


miércoles, 21 de octubre de 2020

Todos los nombres



Para María Jesús y César

Que Fernando de Pessoa fue afortunado lo sabe todo el mundo. Creo que es de las pocas personas capaz de rebautizarse tantas veces como hiciese falta -más de setenta, si no estoy mal informado- evitando así un vicio ibérico, a saber, dejar en manos de prójimos graciosos, ocurrentes o malintencionados apelativos y motes de las más variadas equivalencias metafóricas.

Pessoa, además, tenía cierta habilidad para escoger sus heterónimos y siempre quedaba bien. No en vano era un gran poeta. Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Alberto Caeiro o Bernardo Soares nos sugieren personalidades atractivas, interesantes, no exentas de cierto misterio, nombres y apellidos de existencias fascinantes, tristes o desbocadas, pero en cualquier caso nombres a los que no cuesta vincular con temperamentos propios de una vida de libro.

El primer heterónimo que recuerde con el que otros me señalaban, o me requerían, o sencillamente intentaban insultarme fue orejón. Para empezar a vivir, no estaba mal. Al fin y al cabo me describía, aunque solo fuese en parte. Yo tendría poco más a o menos siete u ocho años de vida.

A decir verdad, compartía el certero apelativo  fisiológico con mi hermano, que también exhibió, exhibe y exhibirá hasta el final de los tiempos  unos fenomenales pabellones auditivos. De hecho, éramos conocidos por los hermanos orejones, algo así como los Dalton, pero a lo grande. El niño que fue líder del colegio, y que  ahora reparte butano, solía preguntar en el patio ¿Qué  es el viento? Y los demás, a coro, respondían, ¡las orejas de los X en movimiento! (donde X es nuestro apellido)

Ya en las puertas de la adolescencia, alguien del equipo de baloncesto en el que yo jugaba  intentó, sin demasiada fortuna, rebautizarme.  Son tiempos, los de la pubertad, en la que uno pasa a ser lo que le cuelga, tanto en forma como en tamaño. Son tiempos de sinécdoque. El caso es que mis medidas no llamaban la atención. Por eso me libré del apodo “Pichí” que le fue adjudicado a un compañero en honor al pajarito de Heidi, o de “el Pepsicola”, asignado por aclamación a otro, por la equivalencia con la forma y el tamaño de la célebre botella.

Ya lo decía mi padre, en la vida lo mejor es mantenerse en un discreto término medio. Pero ¡ay! mi vello púbico era tímido, apenas una sombra incipiente sobre la raíz de mi pene. Así que alguien gritó en las duchas, después de un entrenamiento ¡está calvo! ¡calvo! ¡es el calvo! Todavía me pregunto por qué no cuajó aquel alias con todos los visos de éxito  porque, entre los machos,  los remoquetes basados en los genitales suelen triunfar. Quizás alguien en el vestuario, poseedor de  alguna otra extravagancia genésica, me salvó la vida y yo no lo recuerde, y por eso ahora nadie me conoce como el calvo.

Después, hasta la mili, atravesé la vida con mi nombre completo y mi apellido. No es algo de lo que me enorgullezca, o que me apene. Sencillamente fue así. Quiero decir que no me hubiese importado mucho que me hubiesen llamado “Irvin Magic Johnson”, “Starsky” o “Hutch”, pero no. Sólo era yo para todo el mundo. Recuerdo que un amigo, a la sazón,  interpretó en el teatro del colegio  a Jesucristo Superstar, y durante un tiempo era conocido como “Dios”. Eso es un sobrenombre, y lo demás tonterías.

No se sintió igual el pobre que representó a Judas. Vivió un auténtico calvario. Tanto se había metido en el papel  que una vez finalizadas todas las representaciones,  durante meses,  se dormía observando apesadumbrado la soga colgada en el techo de su habitación, de manera que afortunadamente saltaron todas las alarmas y para que se curase de su complejo de traidor, el profesor que  montaba las obras le ofreció el papel de  Perón, en “Evita”, otra Ópera Rock de éxito.

Nunca lo superó. Y no es de extrañar. Perón por aquí, Perón por allá; en la calle, en clase, en los entrenamientos... Ahora vive en una terrible desorientación ideológica; tanto es así que  en época de elecciones lo pasa fatal. Efectivamente, arrastrar a pulso el peso de según qué heterónimos puede marcarte de por vida, para siempre.

Algo más tarde, con mis problemas púbicos ya resueltos y mi autoestima más o menos equilibrada, me llevaron a la mili, al llamado servicio militar obligatorio, cuestión que aclaro por si hay alguien que desconozca que el Estado, durante un año, en plena democracia, secuestraba a sus jóvenes y los mantenía acuartelados en régimen castrense, con los derechos civiles cancelados. (Y todavía hay quien en Cataluña me habla hoy de represión.)

Aquella fue una época prolífica en cuanto a diversidad y riqueza de nombramientos, designaciones, apelativos, motes y sobrenombres. Incluso me llegaron a requerir con un número, el 656. No se me olvidará nunca. Siempre que veo en el mapa Vitoria-Gasteiz o bien oigo nombrar esta ciudad, por la razón que sea, escucho voces cazallosas o apacharanadas gritando ¡656!¡Presente! ¡Servicio de cocina, el 656! ¡Presente!¡Limpieza de tigres, el 656! ¡Presente!Y así.

A los tres meses  juré bandera  y me destinaron al Regimiento Acorazado de Montaña España 11, un campamento militar muy próximo al actual yacimiento de Atapuerca, en Burgos. Allí, en el frío intenso de aquella sierra, yo era el Polaco, el Polan o el Polanski , según el grado de alcoholemia, drogadicción o camaradería cuartelera que mi procedencia  inspirase a mis compañeros. También fui el Majorette, o el Plumas,  que era como nos llamaban a los cinco o seis pringaos  a los que nos disfrazaban de lanceros bengalíes, con casco de hierro emplumado, correas,  sable, botas de montar espueladas y calzadas sobre unas ridículas mallas azules. Ataviados de semejante guisa desfilábamos por el centro de las principales avenidas de la ciudad del Cid realizando florituras con el fusil, o bien permanecíamos de plantón en las escaleras de la Capitanía General empuñando una larguísima alabarda abanderada y  taconeando enérgicamente ante la presencia de los gerifaltes que asistían a los actos solemnes que  allí se celebraban.

Al licenciarme, ya hecho todo un hombre, decidí dejarme el pelo largo y como no trabajaba, ni estudiaba, ni siquiera diseñaba, en casa optaron por llamarme “este”, eso sí, con mucho cariño. Aquella nueva identidad se extendió cerca de un año. La aproveché para elaborar una conciencia interior muy adjetivada, demostrativa de mis cualidades,  de mis virtudes y de mis ambiciones, con las que soñaba a menudo tendido en la cama durante largos periodos matinales, o acodado sobre las barras de los bares más comprensivos hacia una economía exhausta, casi de subsistencia, basada en la sisa sistemática de las vueltas de la compra del pan, única actividad de cierta utilidad y relevancia que yo era capaz de realizar por aquel entonces.

Finalmente encontré trabajo. Mejor dicho, trabajos, porque uno tras otro se encadenaron una serie ocupaciones mal pagadas, sucias, duras, madrugadoras y alienantes, casi diría que insanas, en las que pasé a llamarme ¡Oye!. Entre ese y oye prefería el primero, porque no  ordenaba, sencillamente señalaba de modo preciso y objetivo un bulto, una presencia quizás molesta o  de poca utilidad a la que se mantiene con vida y se alimenta gracias a esa extraña y redentora conmiseración familiar que nos obliga con la tribu por el único motivo de no traicionar un vínculo de sangre, o sencillamente también por vergüenza.

Por el contrario, el ¡oye! sin paliativos, sin más, no permite ni la más mínima alegría, ni deja margen a interpretaciones benévolas, porque es un clamor imperativo de rotundidad bisilábica que exige toda tu atención, que decreta un futuro inmediato de lucro ajeno gracias a la fuerza bruta, a la insalubridad o a la repetición persistente de un gesto mecánico, bajo la irrespetuosa vigilancia de una cifra, o del capataz de turno, entrenado y remunerado para la explotación de sus iguales.

Mariano será mi último y mucho me temo que definitivo rebautizo. Fue Ana, mi profesora de Romanticismo en la Facultad, la primera en  dirigirse  a mí de ese modo hace ahora trece años, cuando empecé escribiendo en este espacio bajo un pseudónimo prestado, el de mi admirado Larra. De hecho, nací osadamente, sin la más mínima vergüenza,  con la vocación ingenua e imposible  de darle voz al escritor en su hipotética segunda vida, para hablar de esto y de aquello, de lo que me venga en gana. Desde entonces han transcurrido trece años, ¡trece años ya! ¡y mi Dolores todavía en paradero desconocido!

Sin embargo, si de algún modo al nombrarme siento cierto orgullo, y sobre todo un profundo  sentimiento de pertenencia, un vínculo estrecho con el camino que ha recorrido mi sangre y con la memoria cobijada bajo los cielos azules, es al escuchar cómo me requieren, me llaman, me piden, me recuerdan, o incluso me increpan con  el mote “Chisco”.

Así apodaron a mi padre, en algún momento ya olvidado de su juventud. A pesar de las múltiples versiones que he conocido para explicar su origen, nunca sabré con exactitud por qué se lo asignaron, quién fue el creativo al que se le ocurrió, cuál fue el motivo, el lugar, o la circunstancia mágica, originaria en la que ejerciendo esa unanimidad que sólo se da en los pueblos, a partir de ese instante concreto la gente olvidó su nombre de pila y ya por siempre fue conocido como Chisco. Y por extensión, yo mismo.

A lo largo de toda mi vida, desde que nací, al volver a la vía muerta cubierta de yerba, a la estación ruinosa, al árbol legendario, a la torre románica de la iglesia, a la fuente ferruginosa, a los campos umbríos,  a la antigua e inquietante  necrópolis excavada en la roca, o al viejo cementerio cercado con piedra donde enterramos la urna con sus cenizas, en mi alma se adentra el aroma a humo de roble mezclado con romero y  estepa y escucho allá donde vaya, en cualquier lugar donde encuentre un congénere, el único  heterónimo que ha jalonado toda mi vida. ¡Chisco! No necesito más.

viernes, 9 de octubre de 2020

Una radiografía de la censura

 


A pesar de que se gusta llamar así mismo escritor y periodista, Josep Maria Benet Ferran, más conocido como Tatxo Benet, es un empresario catalán de éxito, propietario de una de las cien fortunas españolas, con un patrimonio próximo a los 300 millones euros, obtenido gracias al negocio de la comunicación audiovisual y del deporte.

Tatxo Benet inició estudios de derecho y de periodismo sin finalizar ninguno porque muy  pronto se dio cuenta de que su vocación era el dinero, a pesar de que recientemente haya declarado al diari “Ara”, que “necesito muy poco para ser feliz.”

Por eso, quizás, porque necesita muy poco para ser feliz, Tatxo Benet es copropietario de “Mediapro” junto al ínclito magnate del entertainment ibérico Jaume Roures, una empresa del ámbito de la comunicación, muy presente en España pero también  en otros cuarenta y seis  países, que factura cerca de dos mil millones de euros al año.

Tatxo Benet forma parte de esa nueva beautiful people catalana procesista que se ha enriquecido de lo público y ha medrado orbitando alrededor de la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals y TV3 con la constancia de la Luna, sobre todo, gracias al suculento negocio que hay detrás de los derechos audiovisuales del fútbol,  del F.C Barcelona, aunque también de la política, porque desde hace varias temporadas produce “Preguntes Freqüents”, uno de los programas favoritos de los nacionalistas catalanes en los que  Raholas y demás pesebristas de la mafia postpujolista aparecen recitando sus monólogos políticos, extraordinariamente  bien pagados.

Tatxo Benet hace con el dinero que genera su empresa y con el de mis impuestos lo que quiere, faltaría más. A lo largo de su trayectoria empresarial, este Charles Foster Kane leridano, emulando al protagonista del clásico de Orson Wells, se ha hecho con una colección de obras de arte  cuyo denominador común es la censura, es decir, que han sido eliminadas de catálogos, retiradas de galerías, de salas de exposiciones, de museos, de ferias de arte debido a prohibiciones, protestas o a la influencia de asociaciones, de personas individuales, o de gobiernos, tanto democráticos como dictatoriales. De este modo, Tatxo Benet se reivindica como defensor a ultranza de la libertad de expresión y de activista contra la censura.

Desde el pasado 26 de septiembre la sala de exposiciones “La Panera” de la ciudad de Lérida acoge la muestra “Censored”, que  reúne  buena parte de las obras de arte que ha ido recopilando el empresario catalán. Yo estuve ayer, y no me arrepiento. Es realmente interesante observar cómo los motivos de censura hacia la libre expresión del hombre, ya sea artística o de cualquier otro tipo, no han cambiado mucho a lo largo de la Historia: la religión, la disidencia o la denuncia política, los derechos humanos y el sexo. 

Así, de memoria, y sin recordar a sus autores, podemos ver un cristo crucificado sobre un avión de combate norteamericano; un Francisco Franco uniformado, de inquietante realismo, a tamaño natural, en el interior de una nevera expendedora de Coca-Cola. Videos que muestran manifestaciones anticapitalistas reprimidas por la policía; imágenes perturbadoras que reflejan el estado del alma de un artista desahuciado por el SIDA;  señoras lamiendo golosa y sensualmente alimentos  fálicos;  una señora, obesa mórbida, tendida desnuda sobre un banco, respirando con dificultad ante el escaparate de un MacDonalds mientras un operario limpia el logotipo de la marca  estampado sobre el cristal.

En “Censored “he visto a Sadam Hussein en calzoncillos, tan real que perturba, maniatado a la espalda y con la soga al cuello en el interior de una gran pecera, en recuerdo de sus víctimas, a las que arrojaba vivas a los tiburones de la misma guisa; un cristo revelado y difuminado bajo sangre, semen y orina; Emiliano Zapata cabalgando hecho una auténtica reinona;  una virgen inmaculada masturbándose; un águila disecada, denunciada por ICONA en Arco; un cristo pintado con los colores de McDonalds; la palabra PEDERASTA compuesta por decenas de hostias consagradas que comulgó el artista durante meses; el famoso trío sodomita arrodillado sobre cascos militares compuesto por un perro, una sindicalista boliviana y un hombre a cuatro patas con verduras en la boca cuyo rostro presenta un asombroso parecido con el rey emérito; decenas de alfombras para el rezo musulmán sobre las que parecen  orar otros tantos pares de zapatos de tacón. También pude ver  las célebres fotografías de Robert  Mapplethorpe con escenas sadomasoquistas muy explícitas, no aptas ( o sí) para novicias, o una serie de dibujos de Picasso representando escenas sexuales en las que la vulva y el pene son los grandes, grandes protagonistas. Y así

En nuestra sociedad, el resultado de un debate moral sobre la censura parece no albergar demasiadas dudas. Desde un punto de vista racional, quien reprime o prohíbe la expresión libre de las personas queda en muy mal lugar. Parece, o así lo creemos,  que en Occidente ese debate está superado y ni tan siquiera debería generar controversia. De hecho,  las leyes de las llamadas democracias occidentales amparan la libertad de expresión, tanto artística como en cualquier otro ámbitos de la vida, a pesar de que varias de esas piezas artísticas a las que me he referido han sido censuradas en nuestro país y en países de nuestro entorno.

Yo, personalmente, no me he sentido ni agraviado ni especialmente escandalizado por ninguna de las obras de arte (¿) de la colección de Tatxo Benet  expuestas estos días en La Panera. Sí que me he sentido interpelado por alguna de ellas, o bien por mis creencias, por mi ideología o porque jamás había sido capaz de enfocar determinados temas con puntos de vista tan exageradamente  radicales. De manera que, en honor a la verdad, me resulta incomprensible el intento de amordazar la voz del artista, entre otras cosas porque la mayor parte de las veces el censor, en su afán por aniquilar la ofensa, preservar su honor, amparar valores morales privativos, retener el poder o silenciar delitos de los que ha sido partícipe,  consigue todo lo contrario, la celebridad inesperada para el autor y una aureola de rebeldía, compromiso y valentía que, desde el momento mismo de la censura, le acompañará mientras viva, independientemente de la calidad del resto de su obra pasada y futura.

Sin embargo, entre la cincuentena de representaciones que expone La Panera, hay una que pone a prueba la rotundidad de mi defensa a la libertad de expresión artística, sin límites de ningún tipo. No hablo de los legales. Creo que la cuestión legal con relación a la expresión artística se resuelve con un único artículo, “queda terminantemente prohibido prohibir.”

Se trata de la fotografía que el artista navarro Clemente Bernard realizó en el Hospital de San Sebastián durante la comparecencia ante los medios de comunicación del equipo médico que intentó, en vano, salvar la vida al concejal del Partido Popular en Ermua Miguel Ángel Blanco, salvajemente asesinado por ETA. Ese día Bernard logró fotografiar nítidamente la radiografía del cráneo de la víctima del atentado terrorista que mostraron los médicos a los periodistas  en la que se puede distinguir los orificios de entrada y de salida de la bala con la que Francisco Javier Gaztelu, alias Txapote, lo asesinó. La foto de la radiografía debería de haber formado parte de la exposición colectiva del año 2007 en el museo Guggenheim de Bilbao titulada  “Cada uno a su gusto”,  en la que Clemente Bernard participó junto con otros artistas de diferentes disciplinas con una serie de fotografías bajo el título de “Basque Chroniques”. Ese puñado de  imágenes mostraban desde diferentes perspectivas las consecuencias derivadas de la actividad terrorista de ETA y de su entorno abertzale.

NI qué decir tiene que fue una exposición controvertida. El PP y la Asociación de Víctimas del Terrorismo pidieron su cancelación o la retirada de todas cada una de las fotografías de Bernard, en las que a los terroristas eran tratados como militantes o aparecían destacados dirigentes de la lucha antiterrorista en gesto poco amable, como no podía ser de otra manera. Según informaron los periódicos por esas fechas, el propio fotógrafo solicitó el permiso de la familia Blanco para exponer la radiografía, y ésta se negó. Sin embargo, tanto el director del museo, Juan Ignacio Vidarte, y la comisaria de la exposición Rosa Martínez, negaron haber admitido nunca en su catálogo la polémica foto, que finalmente no se mostró.

Opino que un objeto elaborado o manipulado por una persona no se convierte en arte por el mero hecho de que se cobije o se muestre en un museo o en una galería, del mismo modo que un juez no es justo, ni ecuánime, ni su proceder se ajusta a derecho por el mero hecho de dictar sentencias o tomar decisiones en un juzgado. Pero ese es otro debate.

El asunto que me invita a la reflexión es hasta qué punto reside en nuestra mirada -como declaró Vidarte en rueda de prensa- la disfunción moral, el escándalo, la  polémica, el agravio o la ofensa, y no en la mente o en la intención del creador, que al parecer, y a la luz de las declaraciones del director del museo,  tan solo es depositario involuntario  de una revelación que se materializa y se exhibe inocentemente, de la que en absoluto se hace responsable, a no ser que algún coleccionista se la pague bien.

Necesito dilucidar si ante cualquier tipo de expresión artística debe o no prevalecer el reconocimiento de los límites implícitos de otros. Y si es así, ¿Sería posible, entonces, el arte? ¿Podríamos leer hoy “Las flores del mal” de Baudelaire, gozar con las majas de Goya o estremecernos con el Gernika de Picasso? Quizás nuestros límites morales tengan algo que ver con nuestras ideologías. Por eso somos condescendientes o participamos y compartimos el significado crítico de obras de arte realizadas por creadores que de un modo u otro confluyen con nuestro punto de la realidad y del mundo, y a la inversa.

Es la tolerancia hacia las ideas del otro, la educación en la amplitud de miras y la cultura la que nos debe permitir aceptar la expresión artística de quienes no ven la realidad como a nosotros nos gustaría que la vieran. En eso consiste la libertad y así deberíamos proceder en condiciones de normalidad social, es decir, en una sociedad garantista que fomenta y protege la libre expresión ante todo tipo de acontecimientos o ideas, asumiendo que en el encontronazo  que a veces se produce entre la legitimidad de la libre manifestación artística y la legitimidad del derecho al respeto de valores religiosos o ideológicos, siempre  debe prevalecer la primera.

Desgraciadamente, y pese a que lo obviamos, la mayor parte del mundo no vive en libertad. De hecho, los españoles hace unas pocas décadas que disfrutamos del régimen de libertades que permiten, por ejemplo, el enriquecimiento fabuloso de Tatxo Benet o  la exhibición pública y gratuita de su colección, aunque utilizando esa misma libertad se afana en difundir a diario,  en sus medios de  comunicación,  la idea de que España es un estado represor y dictatorial, algo así como la Turquía de “El expreso de media noche.”

Quiero decir que, sea donde sea, cuando en momentos concretos de la historia o a lo largo del tiempo se producen  hechos que atentan contra la dignidad de las personas, contra los derechos humanos, contra valores morales ampliamente reconocidos por todos, entonces el artista se debe al compromiso con el vulnerable, con el sometido, con el humillado y debe actuar desde el arte y la cultura para descubrir y denunciar la opresión,  el abuso de poder, la hipocresía, la doble moral,  todo tipo de tiranía, sean política o religiosa, ideológica o económica que cercenen en todo o en parte la dignidad y los derechos de las personas.

Al ver la fotografía de la radiografía del cráneo de Miguel Ángel Blanco  realizada por Clemente Bernard, exhibida sin pudor  en un lugar destinado al arte, yo no he podido dejar de posicionarme junto a  la familia, solidarizarme con su dolor profanado, expuesto inútilmente a la contemplación diletante de gente que, como yo, ocupa durante una mañana sus momentos de ocio, de esparcimiento, de ensanchamiento espiritual,  de pacífica y placentera  entrega al paso de las horas que la víctima e involuntario protagonista del objeto expuesto ya no tiene.

Y es que, en el mejor de los casos, quien observa la radiografía del cráneo asesinado de Miguel Ángel Blanco retira de inmediato la mirada; al conocer su origen se pregunta desconcertado qué hace esto aquí, y en su interior crece un propósito  oscuro, una  violenta empatía espontánea que le ubica en el lugar del otro y que al mismo tiempo le grita al artista qué coño has hecho, qué te has creído, gánate tu celebridad con el sufrimiento de los tuyos y deja la memoria de mis muertos y de  nuestros sufrimientos en paz.

Si algún día Clemente Bernard lee  estas palabras mías debe saber que mi alma  censura su oportunismo; debe saber también que no le debo nada, que  mi reacción de ningún modo engrosa el volumen de  su vanidad porque  ningún valor le concedo a su audacia, quizás único mérito de su foto, tan dudoso como su osadía;  que no ha sido usted, ni su objeto ni su mecenas quienes han provocado mi indignación, porque la dignidad humana y quienes la ultrajan  son tan antiguos como el hombre. La decisión de exhibir un cráneo cobardemente inmolado en el centro de un lugar tan significativamente castigado por el odio y la violencia, presentarlo como objeto artístico y construir alrededor de él una coartada interpretativa no es más que una prueba de soberbia, engreimiento vacuo y petulancia egocentrista.

CODA:
Tatxo Benet ha adquirido recientemente la librería barcelonesa Ona Llibres. Esta librería tiene la particularidad de que solamente vende libros escritos en catalán. No conozco ninguna librería del mundo que censure o se niegue a vender libros escritos en una de las lenguas propias de su territorio. El pasado 25 de junio el periódico “El triangle” informaba de que Ona Llibres había retirado de su catálogo el libro “Una forta abraçada”, escrito en catalán y publicado por la Editorial ‘Rosa dels vents’ en el que el expresidente del F.C. Barcelona Sandro Rosell  narra su  paso por la cárcel y explica su versión sobre  las circunstancias que rodearon el caso por el que fue imputado y finalmente absuelto. El libro de Rosell  se ha vendido muy bien y se puede encontrar en cualquier librería de Catalunya. Sin embargo, según informa “El triangle”,Tatxo Benet decidió censurarlo y no venderlo en su establecimiento debido a su conocida enemistad con Rosell a cuenta de la lucha por los derechos audiovisuales del Barça.

Curiosamente, el mismo día que “El triangle” publicó la noticia, la librería Ona Llibres recuperó para el catálogo en su página web el libro de Sandro Rosell. Se da la circunstancia de que por las mismas fechas,  TV3  censuró un reportaje sobre el mismo Sandro Rosell eliminando cualquier referencia a Mediapro y a sus propietarios Jaume Roures y Tatxo Benet, productores de algunos de los programas más exitosos de la cadena de televisión autonómica dirigida  por Vicent Sanchís.

jueves, 24 de septiembre de 2020

Dioses y océanos

 (Mi homenaje particular a Benito Pérez Galdós)

 

Más que escribir, en realidad  alimento charcos. Por eso, quien se aproxima a mis frases se pone perdido  de agua sucia, agua sucia  de lluvia, agua estancada en cualquier leve depresión del asfalto alimentada después del aguacero por baba y orina canina, mixtura de genuino carácter urbano  sobre la que brincan con infatigable algarabía los niños y niñas del barrio, ávidos de experiencia acuática, en una costumbre infantil, vestigio, quizás, de nuestro pasado anfibio.

Nadie tiene que recordármelo. Sé que mis palabras unidas no dan más que para nutrir charcas de aguacero que, al paso de unas pocas horas, gracias al asombroso fenómeno de la evaporación,  se transforman en pequeños lodazales entre los que quedan atrapados pedazos de envoltorio, colillas desmenuzadas y unas pocas hojas secas desprendidas de los árboles arrastradas por el viento en los últimos instantes de la tormenta.

De manera que mi futuro no se diferenciará mucho de mi pasado porque estoy condenado a imitar el chubasco súbito e inesperado, a dejar aquí y allá intrascendentes atascaderos de agua turbia que todo el mundo esquiva en el camino de sus trajines y que, en el mejor de los casos, sacian la  lengua viscosa de los perros o substituyen por unos instantes el monótono vaivén de un columpio.

Por eso antes y después de empantanar palabras, leo, a todas horas leo. Leo con gusto y anhelo y al tiempo me torturo con la lectura, una actividad sádica que me eleva a las nubes para dejarme caer, desplomado, como piedra helada de granizo, cuando al cerrar el libro vuelvo en mí y aflora, igual que la impertinencia de  una pérdida de agua en las cañerías, la trivialidad de mis charcos, la conciencia de mis torpezas.

Leo cuentos cortos, que son como rieras, arroyos de breve eslora, en los que se alimentan aves y croan las ranas; torrentes tortuosos de corto alcance que en determinados casos adquieren una intensidad  dramática envidiada por afluentes  y hasta por afamados ríos, en apariencia de mayor profundidad y calado.

Leo novelas que en realidad son ríos, interminables caminos de caudales eternos y profundidad insondable a los que confluyen criaturas míticas que  viven  sus existencias en espacios inolvidables señalándonos bajo los puentes, o a cada meandro,  nuestra propia naturaleza y un devenir ineludible que se consuma en el mar.

A veces, en muy pocas ocasiones, me he atrevido a leer novelas extrañas, sólo aptas para valientes, novelas que son fiordos de aguas heladas, oscuras, surgidas entre los más insólitos paisajes, en lugares recónditos de difícil acceso  a los que únicamente llegan aventureros, amigos de lo desconocido. En sus aguas heladas solamente se zambullen los más osados. No es fácil salir de ellas disimulando el aspaviento, el acto reflejo de quien no ha entendido nada.

Escribo charcos, leo arroyos, ríos y fiordos, pero donde de verdad quiero estar es en el gran océano. Partir al atardecer, navegar en la noche, orientarme con las estrellas, observar el resurgimiento del sol, del día, y perderme en una inmensidad  de vidas, de historias terribles, amores apasionados, muertes injustas, hombres y mujeres batallando sus existencias en  la furia de la galerna, con el viento en popa, resistiendo tentaciones y apaciguando desasosiegos  en la quietud perturbadora de la calma chicha. Son las novelas oceánicas. Sus creadores no son seres de este mundo. Quiero decir que no son humanos. Nadie capaz de escribir “Guerra y Paz”, “Ana Karerina”, "La Cartuja de Parma",  o “Los miserables” puede ser humano.

No, no hay seres humanos con la clarividencia, la constancia, el talento, la inteligencia y el peso creativo necesario como para engendrar de la nada, igual que un dios, un océano como “Fortunata y Jacinta.” No hay humano capacitado para escribir en  el transcurso de dos años las veinte primeras novelas de “Los episodios nacionales” más “Gloria”, más “La Desheredada”, más  “ Marianela” y  más “La Familia de Leon Roch”. Y todo bajo la luz del quinqué, a pleno pulmón, sin más útiles que papel, pluma y tintero.

No, no es humano. El gran océano, las profundidades abisales de sus aguas, la extensión inabarcable de su horizonte son producto de naturalezas desbordantes, prodigiosas, tocadas con el carisma de la divinidad. Es por eso que la experiencia del gran océano transforma a quien la vive, imprime carácter , provoca hacia cualquier otra acumulación de agua un desdeñoso relativismo y  -atención- desesperados estados de postración lectora a causa de una melancólica nostalgia que nos hunde en profunda depresión.

Los demás hacemos lo que buenamente podemos. En mi caso, espero la tormenta de verano o bien unos pocos días de lluvia para abrevar a los perros y, a lo sumo, permitir a los niños que salpiquen de agua sucia a todo aquel que intenta esquivar mis charcos.