lunes, 22 de mayo de 2017

La preposición del carpintero



Mantengo una lucha particular y sin cuartel contra la preposición 'para'. Siempre me ha recordado a la policía municipal, o a una erección nocturna. Aparece siempre que no la necesito, y cuando más requiero de su presencia, se esconde, se inhibe  y rehúye sus responsabilidades. 

La historia de mi archienemiga está íntimamente ligada a mí. Vendría a ser como la relación del profesor James  Moriarty con Sherlock  Holmes, la de Felipe González con José Mª Aznar, o la de Don Francisco de Quevedo con Don Luis de Góngora.   Ambos nos necesitamos de tal manera que la pervivencia de nuestra existencia es un objetivo recíproco en el que nos va la vida.

De ahí que nos conozcamos muy bien y que sepa de mi desprecio, o del poco apego que siento por ella. En venganza, hace valer su poder, tomándose libertades que nadie le ha dado, de manera que aprovecha cualquier descuido con tal de plantarse sobre el papel, delante del cursor, en el hilo de tinta de la estilográfica; o mejor todavía,  directamente en mi mente, que es donde acecha el más mínimo despiste, emboscada en el calor de la fiebre redactora, cuando nada ni nadie me puede detener, en esos momentos de trastorno transitorio en los que el mundo desaparece y a uno le da la sensación de estar reconstruyendo los mares y la tierra, el cielo y el infierno, o incluso de estar creando desde la nada al mismísimo hombre. 

Es entonces cuando se filtra entre las grietas de la semántica y de la obediencia gramatical, colocando su vocal doblada detrás de la oclusiva sorda y de la líquida vibrante, una y otra vez, persistentemenre, ofreciéndome así un servicio vacío, exento de valor, pero en apariencia muy efectivo porque a priori, cuando la escribo, todo parece que fluya, y enlazo frases y frases sin fin, y de modo inconsciente caigo en la vieja  trampa de la complacencia al ver que soy capaz de escribir y escribir, de subordinar primorosamente sin aparentes dificultades, dotando a la historia de una pretendida unidad narrativa que a las primeras de cambio se revela en tiempo perdido, y en el mejor de los casos, en párrafos infantiloides, cacofónicos, carentes de estilo, que no dicen nada ni  van a ningún lado. 

Mi obsesión  ha llegado a tal extremo que he estado tentado a acudir a un psiquiatra, no vaya a ser que esté sacando las cosas de quicio. Porque, quizás, aquello que a mí me parece feo no sea más que el  fruto de una percepción subjetiva. Por eso, antes de pedir cita, y  con el fin de asegurar mis argumentos, me he puesto a investigar.

Lo primero que he hecho es revisar unos cuantos textos clásicos. Efectivamente, el uso que de ella hacen los más grandes escritores que en el mundo han sido  se limita a la  unión de  frases en un enunciado, discretamente, sin ostentaciones, como utiliza  el carpintero las bisagras. Lo importante es la puerta, el espacio que se abre y se cierra; lo importante son  las personas que entran y que salen; o aquellos  a los que se les niega el paso ; o los que permanecen encerrados debido a una decisión arbitraria, o por resultar peligrosos...

Es decir, lo importante es la historia, lo que sucede, lo que discurre.  La bisagra, sencillamente,  une la puerta con la jamba  y se mantiene siempre en un segundo plano, ejerciendo fiel y efectivamente su función. La bisagra es la preposición de un carpintero. Debe estar bien colocada y, a ser posible, no se tiene que ver. 

Entonces, ¿A qué es debido mi uso recurrente y excesivo de la ya nombrada preposición? Se me ocurren algunas explicaciones. Mi mediocridad y  la ausencia absoluta de talento son las más plausibles, aunque es posible que dentro de mí se camuflen motivos freudianos que sería conveniente analizar, o cuando menos apuntar.  Por ejemplo, mi necesidad enfermiza del otro, de la existencia de un destinatario que le dé sentido a lo que pienso y a lo que hago; la exigencia de hallar  un sentido a mis acciones; la persistencia del paso del tiempo como una especie de tortura que me indica el límite y  arbitra mi medianía; mi empeño en imaginar los lugares que nunca veré; la estupidez de pensar, a veces, que todo  en la vida tiene que tener un sentido; y finalmente, la trampa de la vanidad con la que siempre, a menudo, pontifico desde mi yo,  estableciendo la rotundidad exaltada de mis opiniones. 

Y ya, porque una cosa es intentar limar y confesar públicamente mi incompetencia gramatical y otra muy distinta es desnudarme ante mi archienemiga,  a la que, hasta aquí,  le he negado el placer de aparecer y de nombrarla más que  en una sola ocasión. Que se dé con un canto en los dientes, que me he comportado mejor que Susana Díaz con Pedro Sánchez durante la pasada noche electoral. Será que nunca se han querido, ni para bien, ni para mal.

martes, 9 de mayo de 2017

Eros y Fobos



El miedo  y el amor no solamente mueven el mundo, sino que a menudo aparecen como un  mismo ser, igual que  siameses unidos por la espalda. Entre uno y otro no hay paradoja posible. Viven en perfecta simbiosis.  Ambos se complementan  y se nutren del mismo alimento.  Por eso, la tarde en  que me enamoré  se me instaló en el alma un miedo desconocido y eterno, frente al que no hay solución, porque  es directamente proporcional al amor que siento. 

Padres y madres se convierten en personas diferentes a las que eran antes de traer un hijo al mundo,  porque desde el momento en que lo son, el miedo les abduce  y un temor irracional  y  salvaje, propio de bestias,  que jamás resuelven, conduce toda su existencia, por mucho que establezcan alrededor de su vástagos un muro de prevenciones  inútiles. Cuanto más quieren a sus hijos, más miedos acumulan. 

Sin embargo, quienes más saben sobre el miedo y el amor no son los padres, ni las madres, ni los amantes apasionados, ni siquiera los obispos, y tampoco los mineros, los soldados  o los toreros. Quienes más saben del amor y del miedo  son los poetas  y los  políticos. Los primeros porque, mientras  escriben  en la fiebre  inspirada, padecen a diario sobre sus espaldas el peso acechante  del fracaso, aunque, una vez finalizada la obra, colocada en los escaparates, suelen quererse a ellos mismos más que a sus propias madres, quienes viendo la orientación precoz  de sus vidas hacia la nada, acaban sus días muertas de miedo, porque  temen que sus hijos nunca se conviertan en hombres o mujeres de provecho. Es lo que se conoce como la espiral del pánico. 

Los políticos  aprenden,  el mismo día que dejan de ser personas,  que lo esencial para el éxito de su carrera es azuzar  entre sus semejantes  dos emociones primarias, que son  el miedo  y la esperanza.  ¿Y el amor? El amor es la herramienta. Reside en el aspecto de sus rostros y en la apariencia de sus gestos. El amor en política es un traje obligatorio; es la palabra necesaria;   es, por ejemplo, el abrazo y el beso a un niño en el momento apropiado, con el que expresan en una  formidable  elipsis  su  querencia por  todos y cada uno de los habitantes de la tierra, a quienes les tiene que llegar  tan solo un mensaje. “Nadie  os va a amar tanto como yo. Es más, cuidaos  de  aquél o de aquélla, porque no os ama, os odia. Pero no os preocupéis, porque yo que tanto os quiero,  sacrifico mi familia, mi trabajo y  mi proyecto de vida para poder neutralizar las consecuencias de su odio  y, además,  conseguiré  todo lo que habéis soñado, para vosotros y para vuestros hijos. Porque…¡¡Dios!!  ¡¡Os quiero  tanto!!”. 

De manera que el miedo  y el amor son los protagonistas indiscutibles de la Historia. Durante este siglo podemos constatar  esta certeza a diario. Tanto es así que durante  las últimas semanas,  la utilización exhaustiva  y masiva de todos sus significantes ha generado, esta vez sí, no pocas paradojas colectivas, que yo, hombre de mente simple, no alcanzo a entender. Estos últimos días  MIEDO  es una de las palabras que más han aparecido en los medios de comunicación de masas. Miedo a Le Pen y miedo a Trump. Tan solo tres sílabas que han  tomado con gran efectividad el relevo  a otros dos  fantasmas apocalípticos  contemporáneos, a saber, el Brexit y Grecia. 

Porque resulta altamente interesante un fenómeno extraordinariamente singular, o cuando menos curioso.  En apariencia, los  hombres y mujeres que pueblan los Estados Unidos de América, y los de medio mundo, vivimos un perpetuo estado de  pavor; vivimos la experiencia diaria del espanto  gracias a una especie de sentencia olímpica que nos ha condenado a una canguelo cotidiano en aras de un resultado electoral,  a través del cual un hombre determinado dirige  los destinos de su país, el más poderoso.

La cosa es que este tipo gobierna el mundo porque ha expresado mejor que nadie el amor hacia su gente. De manera que, desde el pasado 20 de enero,  la mayoría de  estadounidenses  en realidad están encantados de la vida. Sonríen al levantarse; se dirigen al trabajo entusiasmados y confiados, porque el país en el que viven ahora está al cuidado de aquel que más les ama, de aquel que despejará para siempre sus miedos e incertidumbres; de aquel que mejor les ha sabido expresar  esperanza para sus vidas. Así que, ¿de qué tenemos miedo?  ¿A qué tanto grito y tanto recelo? 

El pasado domingo 7 de mayo, a eso de las diez de la noche, escuché muy nítidamente desde el comedor de mi casa el rumor del suspiro unánime  de alivio que emitimos casi al unísono centenares de millones de europeos porque Marine Le Pen, la mujer fascista que había llegado a la final electoral francesa,  finalmente no había ganado las elecciones presidenciales,  y había quedado muy por detrás de su contrincante, un joven guapetón, primo  de nuestro Albert Rivera.

A la vista de las semanas previas al desenlace electoral francés, el desasosiego , la inquietud y la inseguridad que producía Le Pen entre los franceses y el resto de ciudadanos y ciudadanas europeas,  invitaba a  pensar que, quizás, lo mejor hubiese sido inhabilitarla, o ilegalizar el partido que dirige , antes que someternos,  no ya las consecuencias nefastas de su hipotética victoria, sino a ese sinvivir que nos ha ocasionado un nerviosismo colectivo procedente de las más altas instancias demócrata-financieras,  día y noche, desde tierra, mar y twitter. 

Quiero decir que, igual que Trump,  esta mujer ha sabido identificar  y compartir  miedos  con un número nada despreciables de hombres y mujeres libres, y además, ha sabido oxigenar sus expectativas con esperanza; y todo, ataviada  con el camuflaje eficaz de un amor próximo mucho más convincente que el de  muchos de sus contrincantes de la primera vuelta. 

Entonces. ¿A qué tanto  temblor? ¿A qué le temían los franceses?¿No se trata de elegir libremente a quien más nos quiere,  a quien mejor pensamos que  nos librará de nuestros miedos?  “Europa respira con  alivio”, rezaba la portada de 'El Periódico'  el día después. Lo correcto y preciso hubiese sido titular “Europa, excepto diez millones de franceses, respira aliviada”. 

¿Somos tan estúpidamente demócratas  que permitimos la candidatura del mismísimo  diablo?  ¿Quién teme realmente al diablo? ¿Quién es el diablo? ¿Quién maneja los hilos del miedo? ¿Dónde encontrar  amor? ¿"Y la europea"?.  Yo no hallo respuestas. La mayoría de mis  compatriotas no creen que quien más les quiera sea quien yo creo que más nos quiere. Es más, están mayoritariamente  convencidos  del amor que les profesa quien les roba a manos llenas. Y no parece que la cosa vaya a cambiar, porque a quien temen  es, precisamente, a quien más les quiere, aunque, a la vista de los resultados,  es quien peor expresa el amor.  Eso sí,  tienen más miedo a Le Pen y a Trump que los propios americanos y  franceses.

En casos así, cuando las preguntas se quedan sin respuesta y, desorientados, seguimos a la búsqueda de soluciones,  no hay nada como echar mano de los grandes optimistas, como por ejemplo Franz Kafka, quien  decía que  “es una vieja costumbre mía  no permitir que las impresiones duras, dolorosas o alegres se dispersen benéficamente por todo mi ser en cuanto han alcanzado su pureza suprema, sino enturbiarlas y ahuyentarlas  con impresiones nuevas, imprevistas y débiles. No es mala intención de causarme daño a mí mismo, sino debilidad para soportar la pureza de esa impresión”. 

A ver si me aplico el cuento.

viernes, 5 de mayo de 2017

En la calle Mayor



Nací en Montcada i Reixac,  junto  a las vías del tren,  y crecí  en los primeros doscientos metros de la calle Mayor, andando cada día los pasos  del camino que separan  la desembocadura del  río Ripoll  del Ayuntamiento,  un recorrido que realizaba cuatro veces  al día para ir y venir de casa al colegio y del colegio a casa. 

Si pudiese hacer una fotografía diacrónica  de mi  paso a través de ese  trayecto  se parecería mucho a esa célebre ilustración en la que se pueden distinguir en un  sencillo golpe de vista  las  fases de la  evolución humana.  

En mi particular progresión hasta convertirme en homo erectus, habría que colocar un telón detrás de mis siluetas ascendentes  en el que se pudiesen  distinguir  medio centenar de comercios, la mayoría  ya extintos; una peluquería de caballeros señalada  con su preceptivo cilindro giratorio de colores; la plaza con su quiosco de prensa y su entrañable quiosquera, a la que mamá compraba  los míticos fascículos de la editorial Bruguera “Joyas literarias juveniles” ; Can Plats i Olles,  la vieja tienda cajón de sastre  de pueblo, superviviente de la globalización, donde  me dejaba  la pírrica  paga semanal para comprar cromos de fútbol, canicas y las chucherías de rigor. Y, cómo no, sobresaliendo y dando forma a ese particular  perfil urbano,  la torre de la iglesia, construida poco después de la Guerra Civil,  con un horripilante estilo art decò hormigonado,  fea  y gris, aspirante frustrada a pináculo gótico. 

Ayer, un día cualquiera de mayo, ubicado  en ese mismo lugar  pero  en la pendiente opuesta  del tiempo humano, me ocurrió algo  mágico. Me había sentado a tomar un café en la terraza de “La Oficina”,  junto a la  torre de la iglesia, el  bar en el que hace ya demasiados años  aprendí  que para tomar cerveza había que saber ir al baño. Saludé a José Luis, el camarero, quien a pesar del color blanco de mi pelo no tardó demasiado en reconocerme. Tras las preguntas y los tópicos de  rigor, me dispuse a dedicar un buen rato a leer en la calle que me vio crecer la fascinante biografía de Franz Kafka, escrita con primor por Reiner Stach.

Yo leo igual que comen las gallinas; inclino la cabeza para picotear frases  y de vez en cuando  la levanto  para deglutirlas y digerirlas. En uno de esos impases la vi salir de la panadería  que desde siempre está aneja  a “La Oficina”. Era la señorita Mª Carmen Carril, la maestra que me enseñó a leer y a escribir; aquella mujer joven,  hermosa y elegante que con delicadeza, sabiduría y mucha paciencia  me mostró  por vez primera vez  el misterioso poder que poseen las letras  para nombrar y dotar de realidad a las cosas; para producir acciones; para aprender y conocer, o  para imaginar aquello que no existe pero que nos gustaría que existiese; incluso para salvarnos del hundimiento, para exorcizar demonios y luchar contra lo que nos ocasiona dolor. 

Hacía ya casi medio siglo que transitaba  aquella misma  calle, a diario,  para llegar al colegio y  sentarme frente a la señorita Mª Carmen a garabatear con esfuerzo mis primeras letras y  titubear  las primeras palabras leídas. Durante años seguí  caminando el mismo  recorrido, aprendiendo de  otros maestros en las mismas  aulas de la misma escuela. Sin embargo,  ayer era el día señalado por el destino; ayer que leía en el mismo espacio en el que crecí; ayer que leía mientras pasaba frente a mí la persona que me enseñó a leer, tenía que  haber sido agradecido y justo . Tenía que haberme levantado de la silla, acercarme a ella y decirle. “Señorita Mª Carmen, usted ha sido una de las personas más importantes de mi vida. Quiero que lo sepa.”  

Sin embargo fui un necio. La dejé pasar sin decirle  nada. Se alejó calle Mayor abajo, con una barra de pan bajo el brazo,  caminando del mismo modo como yo la recordaba, erguida, mirando al frente, como si en esa prestancia digna,  ya encanecida,  mostrase a todo  con el que se cruzaba el orgullo de haberles enseñado las letras con las que nombrar las cosas del mundo, las palabras con las que intentamos  revelar las imágenes de nuestros recuerdos cuando ya nada es como era y los espacios que nos vieron crecer han dejado de pertenecernos.

martes, 25 de abril de 2017

Ni crimen ni castigo



El tipo que colocó tres artefactos explosivos -tres-  al paso del autobús en el que viajaban los jugadores del  Borusia de Dortmund  era  germano-ruso. Se llamaba Sergei,  y de haber vivido Dostoievski  tendría muchas posibilidades de  protagonizar  alguna de sus novelas. 

A Sergei, Dios o Alá le traían al pairo. No quería ganarse el paraíso, ni gozar en su eternidad de  unas  cuantas huríes. Tampoco tenía ínfulas revolucionarias, ni soñaba con transformar la sociedad a base de bombas.  Sergei lo hizo todo por  dinero.

Para ello trazó un plan perfecto. Modificaría el valor de las acciones del club  alemán y, de ese modo, se convertiría en millonario a través de  una inversión a la baja que pudo realizar gracias a un préstamo bancario. Es decir, Sergei  aprovechó al máximo las oportunidades que nos brinda a todos  el libre mercado y el capitalismo, sin escatimar medios, con fe ciega en su proyecto,  que es el modus operandi  de los emprendedores de raza. 

La prensa internacional se ha apresurado a decir que alguien que actúa de ese modo no tiene que estar muy bien de la cabeza. También dicen los medios de persuasión de medio mundo que Sergei era un tipo sin escrúpulos. Tanto es así que, después de colocar los artefactos,  se sentó tranquilamente en el restaurante del hotel, se comió un filete vuelta y vuelta, se bebió media botella de vino tinto, y aguardó confiado y tranquilo a escuchar las tres  explosiones, mientras digería la carne de ternera  sangrante  y  se  frotaba las manos pensando en  qué haría al día siguiente con todo el dinero que iba a ganar, gracias a unos cuantos muertos o heridos. 

Como consecuencia de su atentado terrorista financiero, el bueno de Sergei pasará una temporada a la sombra, y todos tan contentos y aliviados, por varios motivos. Primero porque hemos  encerrado  a buen recaudo a un loco  que durante un  tiempo no podrá hacer daño. Segundo porque a pesar de las sospechas iniciales, el atentado no era yihadista, lo cual mitiga  la sensación de horror, inseguridad y de intimidación que nos atenaza, con la que  vivimos durante estos últimos años gracias a las decisiones particularmente  afortunadas de tipos tales como José Mª Aznar, George W. Busch, Tony Blair o Donald Ransfield. Y tercero, porque reforzamos  unánime y colectivamente la creencia de  que  nuestra sociedad occidental, salvaguardia de la moral más exigente y avanzada, es capaz de poner en su lugar y apartar de sus miembros  a quienes intentan pervertir las reglas para  lucrarse a costa del sufrimiento de los demás. 

Sin embargo, a pesar de todo, yo a Sergei le daría un premio. Es más, yo quiero convertirme  en su agente. Quiero animarle a que escriba un libro, y  organizarle después una gira para impartir conferencias en las principales ciudades europeas, en los mejores auditorios, en las universidades y, sobre todo, en los colegios. 

Porque Sergei es ejemplar. Es un mina. Personifica como pocos la  materia con la que está construída la base de nuestro sistema, los cimientos sobre los que se asienta nuestra sociedad.  Sergei, en realidad,  es la muestra paradigmática del régimen de relaciones sociales y económicas en el que vivimos y, con su acción,  lo ha expresado mejor que cualquiera de los héroes contemporáneos  a los que admiramos y sobre los que se asientan los valores con los que convivimos, tales como Christine LaGarde,  Donald Trump,  Larry Fink, Rodrigo Rato, Isidre Fainé, Mario Draghi, Borja Prado,  la familia Pujol, Ana Patricia Botín, Franciso Reynés (Paco para los amigos), Florentino Pérez,  Pablo Isla, José Ignacio Galán, Jordi Gual,  Josep Oliu, y un largo etcétera de prohombres y algunas mujeres que han sacado le mejor de cada uno de nosotros para gloria y grandeza del capitalismo. 

Y es que Sergei no es ni más ni menos que un discípulo aventajado de Hayek, Friedman y Shumpeter, los tres mosqueteros  del libre mercado, oráculos infalibles  de la fe en la libertad individual  para acumular riqueza; azote de izquierdosos; inquisidores máximos  contra el control del Estado para la protección de las personas. 

Sergei ha puesto a la práctica, en cada uno de sus movimientos, exactamente  lo mismo que hizo hace pocas semanas  Donald Trump.  A saber, lanzar  unos cuanto misiles con el resultado de unos cuantos  muertos, con el objetivo de revalorizar las acciones de la empresa fabricante de los misiles, participada accionarialmente por el presidente de la nación más libre del mundo.  Después se comió un filete poco hecho, bien regado, con un buen vino californiano.

Lo mismo, o parecido,  que hace a diario  Borja Prado: ganar dinero, mucho dinero,  gracias  a la especulación y al precio al que vende la energía, a costa del bienestar de las personas.  Después de cada buena operación, o del cierre contable del mes,  se come un buen filete, poco hecho, bien regado con un exclusivo Ribera del Duero, el vino de los Papas.

Igual que Pablo Isla,  que gana dinero, mucho dinero, a costa de las condiciones de semiesclavitud en las que trabajan miles de personas  en países asiáticos y africanos, o de degradar su medioambiente de sus pueblos hasta destruir por completo su fuente de riqueza secular. Y después  se come un filete, poco hecho, con un vaso de  agua, porque en los negocios hay que mantener la cabeza fría. 

Lo mismo que Jordi Gual, o que  Josep Oliu, que se enriquecen cada año más, siempre más,  gracias, entre otras cosas, al  blanqueo de dinero procedente del narcotráfico, de la  prostitución y  del  tráfico de armas, o a invertir los ahorros de la gente trabajadora  en empresas armamentistas  cuyos directivos se enriquecen  a su vez con las guerras y la muerte de inocentes. Y después se comen un filete, bien regado, con un buen Borgoña. ¡Ah! ¡Es la banca! 

De manera que, como podemos  ver, Sergei, el hombre que colocó tres bombas  al paso  del autobús en el que viajaba nuestro compatriota Marc Bartra para especular y enriquecerse, no es otra cosa que un héroe con todas las de la ley, al que habría que  equiparar sin ningún género de  dudas  a  estos personajes, ponderando debidamente su ingenio, creatividad , riesgo y perseverancia, que como todo el mundo sabe, son los  valores básicos  de todo negocio que se precie, es decir, que enriquezca. 

Por eso es bueno que cunda su ejemplo y que, como dijo Esperanza Aguirre, nos dejemos ya de mamandurrias. Ni educar en el emprendimiento  de empresas,  ni hostias santas.  Aquí lo que cuenta es ganar dinero, sin cortapisas , sin leyes ni complejos.  Si para ello hay que llevarse por delante la vida de las personas, pues se hace. Ahí tienen, como ejemplo para la Historia,  al general Augusto Pinochet, prosélito  descomplejado de los tres mosqueteros del libremercado, amigo íntimo de Margaret Thatcher, otra de las grandes figuras de nuestra Historia contemporánea, de cuyo pensamiento -estoy seguro- tomó buena nota nuestro querido Sergei. 

Sergei  podría haber compartido perfectamente pupitre en cualquier afamada escuela de negocios (tipo ESADE)   con Martin Shikrelli.  Shikrelli  es otro héroe contemporáneo, uno de las mejores ejemplares  que ha dado el libre mercado. Es el hombre que compró la patente de un fármaco contra el SIDA y aumentó su precio un 5.000% para enriquecerse extraordinariamente, haciendo que una pastilla que salva la vida a miles de personas, pasase  de costar 13,5€ a 750 € , condenándolas  así  a la muerte segura. El diario “La Vanguardia” le dio el premio al hombre más avaricioso del mundo. En el titular  de la noticia, el Conde de Godó  no escribió  “más criminal”, ni “más inmoral”, ni “más delincuente”, ni “más hijo de puta”. Escribió “más avaricioso”, lo cual  equipara  a este  asesino de cuello blanco  al clásico amigo de la cuadrilla que nunca paga una ronda; a nuestro vecino que no saca el coche por no gastar neumático;  a nuestro frutero, que no nos fía, o a lo sumo a Ebenezer Scrooge, al tío Gilito o a Mr. Burns. Pero no a un delincuente, claro. 

Por todo ello, vistas sus cualidades, la falta de escrúpulos, la ambición desmedida, la ausencia absoluta de empatía y  su inusitada audacia, voy a organizarle  la vida a Sergei para posicionarle entre los grandes  activistas de la sociedad de libre mercado,  de la libre empresa, o del libre comercio, como se decía antiguamente. Su trayectoria le avala  y los riesgos que ha tomado bien lo merecen. Además, como no ha pecado porque se ha limitado a hacer lo que tantos otros a los que admiramos, no necesita arrepentirse de nada. Lo siento por Dostoievski. Se ha quedado sin personaje.