jueves, 24 de julio de 2014

Apostasía de la lectura



Asunción leía tranquilamente en el comedor de su casa. Llamaron a la puerta. Se levantó intrigada, abrió y bajo el dintel apareció un hombre joven, guapo, de barba exquisita, luciendo una inmejorable sonrisa. Asunción, alagada por la visita, le invitó a pasar sin poder disimular su  alborozo, aunque lo expresó de un modo comedido, de esa manera en que pretendemos  aparentar entereza para no transmitir la más mínima sospecha de  felicidad vertiginosa, la  que surge instantáneamente del deseo en un momento inesperado.

Sin darse cuenta,  Asunción se había dirigido a la entrada con el libro en la mano derecha  y de un modo espontáneo, con la habilidad de una lectora experimentada, había introducido  el dedo corazón entre las páginas en las que la lectura se había  visto interrumpida.

Entró el galán y quedaron los dos de pie, frente a frente, en el centro de la estancia, mirándose  con cierto arrobo, hasta que él se decidió a hablar y le dijo “ Espero no haberte molestado. Pasaba por aquí y no pude resistir la tentación de subir a verte”. Ella escondió sutilmente el rostro, amagó una sonrisa, y se ruborizó. Después, dirigió la mirada hacia el libro que aprisionaba  el corazón entre sus páginas. Lo levantó levemente y mirándolo con simpático desdén, como si alguien le hubiese puesto ese objeto en la mano sin ella quererlo,  respondió. “No, qué va, no me molestas, si no hacía nada, solamente estaba leyendo”.

viernes, 18 de julio de 2014

Conspiración



Este texto es subversivo y por lo tanto peligroso. Hace unas semanas, mientras exprimía unas naranjas después de la ducha matinal, escuchaba “La Grange” , una canción de ZZ Top. “La Grange" pertenece a  ese tipo de rock&roll  confederado, machista  y auténtico que tanto me gusta. Siempre que suena me veo a mi mismo conduciendo una Harley  y follándome  a  todo lo que se menea en  moteles  baratos. ¡Cuántas veces no habré escuchado “La Grange”, más o menos a la misma hora  de la mañana, y cuántas veces  habré maldecido por no tener el carnet de conducir motos!. 

Pero ZZ Top  ya no es para mí, exclusivamente, una banda de Rock. Después de aquella mañana, ZZ Top ha marcado en mi vida un antes y un después. Me di cuenta de todo gracias a esa lucidez  privada que late de madrugada poco después de sonar el despertador; ese momento del día en el que,  por el hecho de ponernos a  caminar, creemos  que ya estamos despiertos, aunque la realidad es bien distinta: respiramos y ejecutamos actos cotidianos y rutinarios en un estado de semisonambulismo que  procesa nuestros pensamientos entre la inconsciencia y la realidad, entre los sueños  y la verdad. Es un estado que desaprovechamos a diario de un modo  incomprensible porque nos permite afrontar la realidad y nuestros razonamientos  utilizando  la audacia y el atrevimiento del que solamente somos capaces en los sueños. Viene a ser algo así como asistir con lucidez, durante unos minutos, a la existencia de nuestro superyó, todavía limpio y ajeno a  las  impurezas con que nos  amedrentan  los condicionantes de todo tipo y que acaban por  imponerse justo después de que nos hayamos puesto los calzoncillos, momento a partir del cual ya estamos dispuestos y predispuestos a resistir estoicamente todo tipo de humillaciones en pos de la paz social y de nuestra despensa. 

Sonó el último acorde de “La Grange”. El locutor dio la hora y a continuación, tras animar a la audiencia, anunció feliz  una nueva canción: 'Black Betty', de  Ram Jam. Yo escuchaba y bebía al mismo tiempo el zumo fresco. Oía  potentes las voces, las  guitarras y la batería, que recibía igual que una oración matinal, sin matices, como una salmodia  latosa   infiltrada  a esa hora temprana  en mi casa aprovechando  mi gusto por ese tipo de música.

Finalizó 'Black Betty',  emitieron el boletín de noticias y tras unos minutos de publicidad empezaron a sonar, una tras otra, entre secciones, frases y distracciones variadas, exactamente las mismas canciones que suenan indefectiblemente, todos los días del año, ya llueva, nieve, abrase o se pierda el mundo entre nieblas espesas.

En un principio no di mayor importancia a mi observación. Tan solo pensé en cambiar de emisora, de modo que así lo hice, pero como  ya albergaba cierta alarma  y se había inoculado en mi cabecita loca el germen de   la obsesión, dediqué las madrugadas siguientes al análisis exhaustivo del dial y de la programación matinal, de modo que estuve rastreando todas y cada una de las frecuencias de la FM  y todos y cada  uno de los programas despertador sin excepción. Los resultados  que arrojaron mi misión  son inquietantes. Dada una emisora determinada  y el público a que se dirige, sus responsables eligen un estilo de música determinado. Dentro de cada estilo diferenciado, todos los días de la semana de todos los meses del año suenan, en todas las emisoras nacionales, exactamente las mismas canciones. Nunca se producen variaciones. Ni el más leve cambio, ninguna novedad, ningún tema extraño al inventario. A veces, incluso, algunas de ellas suenan a la misma hora de la mañana con una puntualidad que  resulta un tanto  perturbadora. 

He sabido por boca de estudiosos y expertos que a los niños les  gusta ver una misma película una y diez veces; que les encanta que papá o mamá les repitan hasta el hartazgo el mismo cuento noche tras noche. Parece ser que este fenómeno se produce por una razón. La reiteración argumental ofrece a los más pequeños seguridad en sí mismos y seguridad en el futuro. Escuchar siempre la misma historia les mece en la certidumbre; les  blinda en las fantasías reiteradas  de los cuentos  un hipotético  dominio sobre el mundo que les rodea. ¡Santa  y bendita ingenuidad!

Sin embargo, crecemos y parece que no aprendemos a zafarnos de los engaños, a descubrir  las trampas y  a desvelar  los placebos. Y es que las conclusiones a las que he llegado después de realizar mi estudio no pueden resultar más  alarmantes.  La repetición sistemática  de la programación musical en las emisoras que emiten programas despertadores  no es más que una de las  acciones integradas  dentro de la estrategia conspiradora más peligrosa y dañina que nunca, nadie,  haya conocido hasta la fecha,  destinada a un único fin: convencernos desde las primeras horas del día -justo cuando nuestra conciencia despierta de nuevo a la realidad- de que nada cambia; de que  siempre, ahora, y ayer, y mañana, todo va seguir igual; de que no hay posibilidad alguna de novedad, progreso o transformación.

No me resulta difícil imaginar una madrugada cualquiera, exprimiendo tres o cuatro naranjas y escuchando por sorpresa una de las sinfonías de Mozart, a Rocío Jurado, o a Mecano en el mismo programa en la que escucho a diario “La Grange”. Seguramente, cambiaría de emisora. Después encontraría en el dial  otra de mi gusto, pero  volvería a encontrarme con otra sorpresa, y cambiaría de nuevo, y así cada mañana, de cada uno de mis días, hasta que mi superyó, presente en ese estado de precaria lucidez seminosámbula, tomaría las riendas de mi vida lanzándome a la calle sin ni siquiera ponerme la ropa interior. De esa manera -no me cabe ninguna duda- daría comienzo una nueva era.

jueves, 10 de julio de 2014

Dos páginas más ( Fragmento del diario de un hijo de puta)


Tengo 58 años y me masturbo tres veces al día, dos de ellas con éxito. Suelo beber, no fumo y de vez en cuando me voy de putas. A las putas les desagrada el aliento a tabaco. Nunca lo dicen, porque son muy sufridas, pero yo sé que es una de las cosas que más le jode, más que chuparla. Lo sé por mi madre, que cuando  llegaba a casa siempre lo decía, en voz baja, como hablando consigo misma, mientras contaba sobre la mesa del comedor la recaudación del día. Era como un susurro rítmico de pensamientos que ascendía y descendía de  tono, según se aproximaba a una nueva centena. A ella le servía para no perder la cuenta y de paso se desahogaba de los inconvenientes de la profesión. A menudo, al levantarse para ir a guardar el dinero, daba la salmodia por concluida con un final operístico, elevando un poco más el tono, y solía decir “¡Con lo barato que es un chicle, coño!”.
Me gustaría ir más veces de putas, pero el sueldo no da para más. Además, desde que murió mamá,  cada día siento más nostalgia. No sé si debe ser la edad, o si  esos traumas de los que hablan los psicólogos se agudizan o aparecen con el paso de los años. La cosa es que, de un tiempo a esta parte, no hay día que me acueste con una fulana que en un momento u otro de la faena no vea a mi madre. Y así es imposible, porque es como si me la estuviese follando a ella. Me ocurre siempre, tanto si se la meto por delante como si se la meto por detrás. Quiero decir que no tiene nada que ver con la cara, con el parecido de los rostros, el olor, y todo eso. Es ponerme, escuchar los primeros gemidos fingidos y ya la estoy viendo, cantando, tendiendo la ropa, meneando con la cuchara de palo el potaje dentro de la olla o hablando con la vecina. Y claro, me vengo abajo. Un día intenté pensar en otra cosa, en el dinero que había pagado, pero no sirvió de mucho porque entonces la sensación edípica (creo que la llaman así por un tipo antiguo que se llamaba Edipo y que se encachifollló  de su vieja) aumenta y no puedo quitarme de la cabeza a mamá contando y recontando billetes de 10 euros  entre rumores sobre el tapete blanco de la mesa que le bordó la abuela a punto de cruz.
Por eso ya casi no salgo. Me quedo en casa, leo a Proust y me hago pajas. Proust es un autor de lo más caliente. Nunca lo hubiese imaginado. Empecé a leerlo porque me dijeron que iba muy bien para curarse de los recuerdos, de la melancolía -o de la nostalgia, que no sé si es lo mismo- y que tenía un rollo un poco raro con su madre, o con su abuela, pero menuda sorpresa que me he llevado con Proust. ¡Qué tío! En una escena se corre encima de los pantalones solamente porque le roza una niñata bien. Después, con el paso de los años,  aprende a contenerse y ya es un no parar. Se convierte en todo un maestro, porque llega  un momento, cuando ya es un joven burgués la mar de apuesto, que se tira a todas las tías que van de vacaciones a la costa, a un pueblo que está muy bien, muy animado y que se llama Balbec y que debe ser como ahora Lloret de Mar o Sitges. No deja a una virgen.
Bueno, no sé si es Proust, u otro que se inventa Proust. No como yo ahora, que soy yo mismo, porque a mí, eso de inventar, no me va, y menos para escribir. Las cosas son como son y uno es como es. Si quieres ser otro, pues te esperas a carnaval, o te haces un perfil falso en Facebook, y juegas a ser una mujer cuando eres un hombre, y a ligar con tortis o con otros tíos,  o  a ser policía cuando resulta que eres un puto mafioso ruso. ¡Ja! Eso estaría bien.
Pero a lo que iba. La verdad es que en las novelas de Proust, vírgenes  no hay muchas. Son todas unas expertas. Los aristócratas y la gente pija siempre ha follado más y mejor que el pueblo.  Y es lógico. Tienen más tiempo para todo. Y también más gusto. A ver si va a ser lo mismo la linda Odette, o Albertine que mi madre, por muy madre mía que sea.   Además no se están de nada. Son de buen comer. Le dan a todo, carne y pescado, caracoles y ostras, como le decía Toni Curtis a Sir Lawrence Oliver en Espartaco, o al revés, ya no me acuerdo bien. Parece que los ricachones franceses se aprenden desde jovencitos la famosa lección de  polvo que no echas polvo que se  pierde para siempre. Por eso son franceses, y ricos.
Buena película Espartaco, la antigua, la de Kubrik. Un poco bruto. No tan cultivado como Proust y sus amiguetes del faubourg Saint Germain. De hecho es un zoquete analfabeto, pero como se enamora de una esclava muy fina, pues poco a poco se va cultivando y se convierte en el líder que el pueblo necesita para liberarse de la tiranía de las cadenas y conquistar la libertad. Algo así como Pablo Iglesias, pero en el Imperio Romano y sin novia.  Acaba fatal, como ocurre siempre con los héroes de la Historia.
Cuando me canso de leer -agotado de descifrar sujetos y predicados entre bosques de aposiciones- me  tomo un whisky apoyado en la barandilla del balcón y me entretengo en ver pasar a la gente. Siempre me fijo más en las mujeres. Ahora en verano van todas muy justitas de ropa y no hay mujer que me parezca fea. Unos días me pajeo pensando en las gordas, otros en las maduritas, Me da igual la raza, la religión o su condición social. Todas  tienen algo que me la pone dura, excepto las jóvenes, que  ya han dejado de ponerme. No es que no las encuentre apetitosas, porque hay algunas que están muy ricas, pero soy incapaz de hallar en ellas  ese detalle que me levanta, y me anima, y que tienen todas las otras. Qué se yo, una axila carnosa, un culo fofo y temblón, unas braguitas mal puestas, un par de pechos veteranos, esa barriga consolidada, bajo la camiseta ajustada, marcando un amplio ombligo, que es como una señal, un imán torbellino, el lugar desde donde uno empezaría a lamer, mirando hacia arriba, el rostro expectante y sereno, los pezones grandes y rosados,  y después deslizarse  entre dos columnas jónicas agarrado a dos enormes nalgas mientras te abrevas y saboreas las mieles de los años y escuchas el sollozo avezado del placer.
Hay noches en que me encuentro inapetente, no he leo ni una sola página y me  enclaustro en el sofá.  El sofá no es un lugar donde uno se recuesta. El sofá es una tumba de la que  es muy difícil salir, a no ser que conozcas los secretos de la voluntad. El sofá te encierra como en una prisión y te hunde en la miseria. Por eso yo, a menudo, me masturbo en el sofá, al menos un par de veces por semana. A mí me funciona. Es un modo efectivo de bendecirlo y de evitar así las consecuencias de su maldición. Después de correrme me levanto y me doy una buena ducha y ya estoy como nuevo para acometer otro par de centenares de páginas. En algún momento, incluso, me entran ganas de escribir, como ahora, pero enseguida me viene el recuerdo de mi madre, el olor  a guisos  de aquel piso, el rastro de perfume que dejaba cuando salía,  y entonces me bloqueo, y no salgo de los  mismos  temas.  He llegado a pensar, y a creer muy seriamente,  que cuando escribo me viene a suceder lo mismo que cuando voy de putas. Por eso muy pocas veces paso de las dos páginas. Tengo un buen puñado de escritos que ocupan dos páginas. Los tengo guardados en decenas de carpetas azules de cartón. Juntos formarían tantos libros como casi todos los que escribió Marcel Proust. Todo esto indica una sola cosa: que debería revisar mis hábitos sexuales. No sé si estaré a tiempo. A veces ya es demasiado tarde.

viernes, 4 de julio de 2014

Más allá del límite




(A mi hermano, a modo de abrazo, con amor)

Más allá del límite del camino hay nuevos lugares. Más allá de la silueta  azul de las viejas colinas  se precipitan hacia el valle ríos bravos de agua virgen. Al final de la vaguada, serpenteando los meandros, estoy seguro de que encontraría un mar que ahora ni siquiera soy capaz de imaginar: Sereno e impetuoso, dócil e indómito, gris  y cobalto, de brisas venéreas y galernas trágicas, oculto entre nieblas perturbadoras, resucitado en la luz del sol. 

Un jilguero se ha posado sobre una espiga verde y me asombra ver su habilidad para mantenerse,  balancearse, jugar sin partir el tallo frágil, igual que si se recrease sobre un columpio de viento. Al verme, se fija en mí,  un solo instante; gira el pico desdeñoso, desconfiado, y parte hacia el aire, en busca de otra espiga. Otros vuelan en bandadas, a su alrededor, y giran y giran agitados  sobre el mismo lugar, llamando inútilmente su atención. 

Una culebra se cruza a mi paso en un breve zigzag. Ha dejado sobre el polvo de la vereda su huella sinuosa. Surgió del trigal como una centella carnosa, y se internó apresurada en el zarzal, entre arbustos, encinas jóvenes y flores de hierba. Dos conejos brincan y rebotan. Se detienen momentáneamente, respingan las orejas y desaparecen raudos  tras la ginesta amarilla. Por ahí deben tener su madriguera. 

Un caballo pasta solo en el prado. Ni se inmuta. Sigue rastreando el pasto, ensimismado, ahuyentando con su cola rubia, descuidadamente, alguna mosca osada. A veces levanta la testuz, sacude las crines, detiene sus  ojos  tristes sobre el vallado y vuelve a inclinarse hacia la hierba, en un gesto adictivo  con el que parece evadirse de una incurable melancolía. 

Hay nubes adornando el cielo alto, blancas como hueso de quijada. Son orondas y muy voluminosas. No pueden disimular su afán de protagonismo. Si el viento no lo impide, amenazan  con su presencia perpetua. Pero el viento soplará, estoy seguro. El hálito de aire que cimbrea la mies arreciará y las rasgará  hasta transformarlas en líneas inofensivas, por más que alguien crea que se han  convertido en cuchillos o espadas. Es la trampa del atardecer, que invita a especular con apocalipsis en llamas. 

Un perro ladra. Guarda el establo de la granja que veo a lo lejos. Husmear, otear extraños,  esa es su tarea diaria, que cumple a rajatabla.  Sin embargo, reparo en que no le ladra a mi presencia, todavía demasiado distante. En realidad aúlla el eco lejano  del desafío de un rastro de tiza que atraviesa el cielo, y pienso en la felicidad de vivir en un lugar donde los perros todavía  ladran a los aviones. 

Camino y sigo el camino, sin pausa, hacia el punto de origen. Esta noche, aquí, cuando la oscuridad  enmascare el paraje y ya nadie transite, se lamentará el cárabo bobo y el cuervo negro graznará dormido sus pesadillas, hasta que el alba emerja más allá del límite y yo vuelva a caminar por estos campos, con la esperanza cierta de encontrar nuevas palabras.

lunes, 30 de junio de 2014

El punto de no retorno



En tierra se le teme y se  respeta. Ingenieros, pilotos y controladores aéreos lo conocen bien. Un piloto novato, durante sus primeras 100 horas de vuelo, no puede conciliar el sueño pensando en él. Se trata, ni más ni menos, que del punto de no retorno, ese momento crítico en que la aeronave ha alcanzado tal velocidad para emprender el vuelo que no existe ya modo humano ni técnico de detenerla, de modo que el avión despega y se eleva en busca del cielo, o se queda en tierra dramática y catastróficamente esparciendo a su alrededor fuego y ruina,  su fracaso y los destinos de centenares de vidas. 

Yo le tengo un miedo pavoroso a volar. Si viajo junto a mi amor, le provoco tales moratones en las manos que la señal queda como un recuerdo durante semanas. Si viajo solo, no me queda más remedio que cerrar muy fuerte los ojos, apretar el hierro de los reposabrazos hasta casi fundirlos y esperar a escuchar la vocecita del comandante comunicando a la torre de control que todo ha ido bien. En cada vuelo, hay dos o tres personas que expresan su miedo más o menos igual que yo. El resto del pasaje simula confiar plenamente en la operación, pero yo creo que  en realidad, en su interior, albergan el mismo terror, porque si no, no se entiende el silencio expectante y sepulcral que ocupa el interior de la aeronave durante esos diez o quince minutos críticos, solamente roto por el llanto del bebé correspondiente, un grito que a mí, particularmente, muchas veces me suena como una nefasta premonición.

Sin embargo, visto de otro modo, ese silencio tenso de un inicio repleto de incertidumbres, contiene en realidad las expectativas de una vida, los sueños y también el dibujo del trayecto completo  perfectamente planificado por inteligencias ajenas. Porque antes de saber que el verdadero momento crítico de un vuelo era el despegue, yo, a lo que le temía de verdad era al aterrizaje. De alguna manera despegar es el equivalente a nacer y tomar tierra viene a ser como la muerte, el final del trayecto, la ineludible llegada al destino. Por eso, quizá, dicen los ingenieros -con esa suficiencia orgullosa y soberbia que les caracteriza- que al aterrizaje no hay que temerle. Dicen que el piloto lo único que tiene que hacer es encajar perfectamente el morro en la pista y dejarse llevar, provocar la pérdida  y aceptar serenamente la tierra, el final; precipitarse hacia el suelo desde el cielo  y discurrir definitivamente a través de la pista hasta que el motor se detenga y pisemos un nuevo territorio, lo desconocido, antes incluso de que nos dé tiempo a rememorar algún detalle de la singladura. 

El punto de no retorno no es un concepto exclusivamente aeronáutico. Creo, más bien, que los sabios ingenieros lo tomaron de la vida y después se hicieron con la propiedad del significado, siguiendo la costumbre a la que les obliga su profesión. De hecho, el punto de no retorno tiene mucho que ver con el ámbito laboral. Cuando después de años de dedicación en una empresa viene al amo y te dice que ha seguido atentamente tu trayectoria, que conoce perfectamente tus virtudes, tu dinamismo, creatividad, pasión y dedicación, de tal manera que ha pensado en ti para ser su director, su hombre de confianza para una nueva etapa, para afrontar los retos que nos traen los nuevos tiempos, y vas  y, con ese desparpajo que te caracteriza le dices que no, que gracias por los piropos, y por pensar en mi, pero creo que el puesto me queda grande y  que, además,  tal y como estoy, estoy bien, la mar de a gusto, entonces uno, aunque crea que ha actuado bien, en conciencia, que ha quedado como un hombre al que hay que admirar por rechazar honradamente una oportunidad por la que muchos matarían, lo que en realidad  ha  provocado es un punto de no retorno. Porque lo que antes eran un dechado de virtudes ahora, a partir del momento justo de la negativa, se va a convertir en un saco informe repleto de  los peores defectos que cualquier profesional pueda acopiar y, ya nunca, jamás, volverás a ser un buen colaborador digno de la confianza de tus amos.

Y también al contrario. Cuando se abre una oportunidad de progresar en la empresa y uno cree que en justicia esa oportunidad le pertenece, y compite en buena lid con otras personas que creen igualmente merecer el puesto, pero por razones ajenas al proceso de selección, al concurso, a la competición, uno pierde, uno no se queda como estaba, porque aunque conserve su puesto de trabajo y las mismas responsabilidades o funciones y todo parezca seguir igual que antes de la competición, el hecho de perder  ha provocado, efectivamente, un punto de no retorno, un cambio profundo en las relaciones y en las percepciones imposible de detener o de neutralizar del que no sacaremos más que desprecios, órdenes y rebenques y, en el mejor de los casos, a lo sumo, cierta conmiseración paternal. 

La vida misma, nuestra existencia, el breve espacio de tiempo en el que se desenvuelve nuestra presencia en la tierra está jalonada de puntos de no retorno. De hecho, los provoca cada decisión que tomamos en la que se han dirimido dos disyuntivas, borrando, bloqueando  o eliminando para siempre un camino a favor de otro sin que lleguemos a saber nunca si aquello que en su momento despreciamos en pos de la posibilidad ganadora no hubiese sido mejor opción, o nos hubiese llevado a lugares que ahora son sumamente apetecibles pero a los que ya nunca llegaremos por mucho que nos haya ido razonablemente bien. Y es que el punto de no retorno no solamente nos habla de la renuncia, o de decisiones. El punto de no retorno nos habla también de nuestra completa e incurable inconformidad, de nuestra permanente insatisfacción que nos lleva a añorar algo que nunca sucedió pero que a menudo imaginamos como la hipótesis que nunca debimos obviar porque, tras ella, estamos seguros de que se hubiesen producido innumerables acontecimientos felices, una vida completa y realizada,  por mucho que nuestro presente sea el mejor que nunca hubiésemos llegado a imaginar.

El punto de no retorno es también colectivo; no solo nos atañe y nos condiciona como seres individuales. Hay grandes momentos de la Historia que así lo confirman, y no me refiero a coronaciones, edictos, asonadas o ni siquiera revoluciones. Hablo de  esos momentos anónimos, que ya nadie podrá documentar en el que el hombre ha dado pasos definitivos hacia una dirección determinada que han condicionado toda nuestra existencia de bestias sociales de pretenciosa y pretendida inteligencia.

Decía el glorioso narrador de “En busca del tiempo perdido” que “el pasado no sólo no es tan fugaz, sino que, además, permanece en su lugar” y que “estamos dispuestos a creer que las condiciones actuales de un estado de cosas son las únicas posibles”.  No creo que las palabras de Proust conduzcan al pesimismo. Sencillamente nos ayudan a asumir nuestro pasado, repleto de decisiones que en realidad son puntos de no retorno, de las que forzosamente debemos aprender porque, tal y como afirma nuevamente mi admirado narrador “a veces el futuro vive en nosotros sin que lo sepamos y nuestras palabras, que creen mentir, designan una realidad próxima”.