viernes, 13 de abril de 2018

Ladrones de Repúblicas



Tiempo aproximado de lectura 6 minutos

Todos tenemos nuestros secretos, ideas que no queremos compartir, pecados que no podemos confesar, acciones de las que nos hemos  arrepentido  pero que nadie conoce y hacemos todo lo posible por ocultar. A veces forman parte de nuestro patrimonio porque un secreto en la recámara mantiene a raya a nuestros enemigos.
La confidencia neutraliza el secreto,  provoca tanto  la pérdida  de su naturaleza como  la efectividad  futura de la sorpresa.

Una confidencia, además, nos deja al descubierto. De ahí que, cuando revelamos en un  momento de debilidad  a quien  profesamos una inquebrantable confianza aquello que tanto tiempo fue  de nuestra propiedad exclusiva, tenemos que ser conscientes de que esa misma persona con la que compartimos lo desconocido mantiene y cuida relaciones de confianzas  similares -o quién sabe si más estrechas- con otros, y que esa confidencia que hicimos una noche, al calor de una copa, se convierte en  un barco de papel discurriendo a través de  un torrente, navegando en  un río de deslealtades y traiciones que fluye sin control, cuyo origen paradójicamente se halla en el manantial virgen de una pretendida amistad inquebrantable.

Igual que la vida, los secretos son barcos de papel que van a dar a la mar, que es la evidencia, donde se diluyen y mueren.

Mantener un secreto nos obliga a mentir. Secreto y mentira son sustantivos simbióticos, viven y perviven  recíprocamente. Sin embargo, los castizos saben que se coge antes a un mentiroso que a un cojo y que la cárcel es uno de los lugares con mayor densidad de secretos  por metro cuadrado. Todo el mundo es inocente gracias a la reserva numantina con que cada cual se cuida de no revelar la verdad de lo ocurrido antes de que las evidencias les condujesen ante el juez; evidencias que pueden convertirse en falsedades si disponemos de una buen abogado que nos ayude a camuflar convenientemente nuestro secreto. De hecho, podríamos afirmar  que la acción de la justicia está íntimamente relacionada con el descubrimiento de secretos.

La historia es otro  espacio donde existe una gran proliferación de secretos. Por eso, los poderosos, quienes heredan el botín resultante de  las victorias en las batallas y las guerras, suelen  traficar  con manipulaciones mientras encubren, ocultan y amortajan la verdad de lo sucedido durante años;  incógnitas, hechos y personas  que se entierran en las cunetas o se custodian en los impenetrables archivos de la amnesia con el fin de seguir detentando el poder o encubrir la verdadera naturaleza y origen de quienes lo ejercen.

Uno de los secretos mejor guardados por el nacional catalanismo y su actual movimiento independentista es precisamente  su origen ideológico y su relación con los personajes  y las organizaciones más tenebrosas de nuestra historia reciente. Gracias a la democracia y a la mentira colectivamente aceptada  de una transición ejemplar,  miles de personas que trabajaron activamente para el franquismo, que se enriquecieron a su sombra y que de una u otra manera se beneficiaron del régimen -apoyando por activa o por pasiva  la represión social que sufrieron los trabajadores  y  los campesinos de todo el país- se reconvirtieron en demócratas de toda la vida militando en  Alianza Popular (ahora PP)  o la Unión del Centro Democrático (UCD).

En Cataluña, esa limpieza de cutis y la liposucción fascista  a la que se sometieron los catalanes franquistas (Cataluña fue una de las regiones que más voluntarios aportó al ejército de Franco)  fue llevada a cabo en los quirófanos de cirugía plástica de Convergencia i Unió (CiU) y Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). De hecho, los líderes que dirigen hoy día el proceso independentista son hijos políticos de los herederos del franquismo, la burguesía barcelonesa y sobre todo de la Cataluña interior postcarlista, beneficiarios  a su vez de Cambó y la Lliga regionalista, quien financió generosamente el glorioso alzamiento nacional que acabó con la legítima  II República Española.

De hecho, podríamos remontarnos a los años 30 para comprobar que el nacional catalanismo se asienta en el poder industrial y financiero, y que su origen y principal objetivo era  neutralizar el gran poder de las organizaciones obreras anarquistas, comunistas y socialistas que pusieron contra las cuerdas al sistema de explotación laboral caciquil y por tanto a los grandes potentados que esclavizaban y se enriquecían de modo inmisericorde gracias a salarios de miseria a los inmigrantes andaluces, castellanos, murcianos y extremeños.  Ese es el verdadero motivo del surgimiento del sentimiento nacional catalán. En España, hasta el siglo XIX  no hubo nunca sentimiento nacional patriótico.

Y es que, tal  y como demuestra con profusión documental Joan Lluis Marfany en su último libro “Nacionalisme español i catalanitat”, el nacionalismo español es un invento de los mismos catalanes potentados que sufragaron la Renaixença  para que el pueblo se  enfrentase  con convicción contra la invasión francesa y no perder así su influencia económica ni su mercado, que era  eminentemente español. Según demuestra Marfany,  Manuel Milà i Fontanals y otros prohombres de la burguesía catalana fueron los creadores del sentimiento nacional español basado en la voluntad de los industriales catalanes en crear una industria nacional española que justificase las políticas proteccionistas y fomentase el intercambio comercial con otras zonas de España.

Pujol, Alavedra, Prenafeta, Millet, Montull, Puigdemont, Mas, Junqueras, Mundó, Serret,  Pujol, Trull,  Artadi, Mas- Collell, Puig, Rigau, Gordó, Baiget, Boí,  y ese largo etcétera de políticos nacional catalanistas que han ganado elecciones con las  mismas trampas que el PP -gracias a la financiación ilegal- pasan hoy día como los líderes represaliados de un movimiento revolucionario de liberación nacional. Esta clase político-mafiosa es una eslabón más de  la cadena de transmisión que lucha por la hegemonía económica en el mercado español utilizando los mismos valores y estableciendo los mismos objetivos políticos  que hace un siglo propiciaron sendas declaraciones falsas de independencia, un Estatut de Autonomía, la neutralización del movimiento obrero catalán y ,en cierta medida, el golpe de Estado del general Franco que desembocó en la guerra civil.

Es decir, que los que hoy rezan en público oraciones por una República son los mismos que antaño la hicieron caer, o gobernaron y se enriquecieron  gracias a los 40 años de Franco. Son la banda rival de la mafia del PP que lucha como en las calles de Chicago por un territorio utilizando las armas de las banderas y de la identidad nacional, más eficaces  que el fusil Thompson.

Alguien podrá decir que toda esta revelación no es más que una elucubración sin fundamento. Sin embargo, es posible que se sorprendan cuando sepan que el origen de la bandera estelada es un partido llamado “Nosaltres sols” (Nosotros solos) fundado por Josep Dencás, fundador a su vez de ERC, quien el mismo día de la proclamación de l’Estat català huyó hacia la Italia fascista literalmente escurriéndose entre el alcantarillado de Barcelona. Dencás trabajó para la CEDA de Gil Robles, gritó un ¡Viva España! en Radio Barcelona como nunca se había oído y, efectivamente, fundó “Nosaltres sols” partido de influencias fascistas cuyo símbolo era la actual bandera de la estrella enmarcada en un triángulo.

En 1934, con la revolución obrera en Barcelona y ante la inseguridad de la burguesía industrial catalana, Companys proclama la independencia de Cataluña dentro de la Republica Federal Española, con el único objetivo de defender los intereses de los empresarios y  neutralizar el acceso al poder de los partidos revolucionarios. Esa situación político-social  evoca o recuerda  la huida de Mas en helicóptero a la puertas del Parlament y las porras de Felip Puig y Los Mossos con las que se desalojó violentamente  a la muchedumbre indignada el  15M. Estos hechos marcan en el calendario de la historia el inicio del llamado procès independentista contemporáneo. (El afeitado del Estatut del president Montilla no es más que una coartada).

Por eso es falso que CiU (Pdecat o JxCat) y ERC representen a una burguesía más progresista que  la que representa el PP. De hecho, el famoso plan de estabilización de Franco de 1959 -letal para la economía castellana, andaluza o extremeña  y muy beneficioso para la burguesía catalana- fue desarrollado por Joan Sardà Dexeus, economista de la órbita de ERC que había trabajado con Companys. Este plan dictó  que el 25% de la inversión del Instituto Nacional de Industria franquista  fuese a parar Barcelona y al mismo tiempo el empobrecimiento de los campesinos o habitantes de media España  que se convirtieron en mano de obra dócil y barata de los industriales catalanes. De manera que algún día habría que hablar de balanzas demográficas, tal y como  pide el historiador de la Universidad Complutense de Madrid,  José M. Faraldo.

Otro de los grandes secretos que los partidos nacional catalanistas se encargan de salvaguardar es el papel de sus padres políticos durante la guerra civil española. Suelen poner por delante de todo su relato victimista el fusilamiento de Companys para simbolizar el sufrimiento  catalán durante la guerra civil y la dictadura de Franco. La realidad es que el ejército franquista, y después su régimen represor, aniquilaron en combate y asesinaron en la postguerra  a decenas de miles de  trabajadores y trabajadoras comunistas, socialistas, anarquista y que muy pocos nacional catalanistas sufrieron la represión de la postguerra. No en vano, el Tercio de Montserrat a las órdenes de Franco se nutrió de la clase media acomodada catalana, la base electoral del nacional catalanismo, que huyó en desbandada hacia la zona sublevada a los pocos días del golpe porque  en primera instancia no triunfó en Barcelona.

Es significativo también que la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre franquista  emitiese billetes de 500 pesetas con el rostro del poeta Jacint Verdaguer (símblo del catalanismo)  o sellos con el rostro de Josep Pla, sin duda alguna el mejor prosista en  lengua catalana.ç

Tampoco se recuerda y por tanto se silencia que  antes de la proclamación de la II República Española, el General Primo de Rivera estableció su dictadura gracias, entre otras cosas, al apoyo del nacional catalanismo, temeroso ante el grave conflicto  social que enfrentaba  abiertamente a trabajadores y empresarios en Barcelona. Puig i Cadalfach, dirigente de la Lliga, llegó a afirmar que Creíamos que Primo de Rivera resolvería el problema del orden público y le apoyamos”. Jonoy, la família Güell, el mismo Puig i Cadafalch y  Cambó financiaron al General golpista. Dos días antes del golpe, el propio Puig i Cadafalch y otros líderes participaron en un acto público gritando vivas a Catalunya y Euskadi  libres para engañar a sus bases.

Y así...

En los pueblos catalanes nos conocemos todos y todos hemos visto alcaldes franquistas ganar las elecciones militando en CiU. Donde yo vivo, el primer alcalde democrático también  militaba en CiU y era  hijo del  anterior franquista. Ya en democracia, se hizo con una fortuna gracias a las comisiones a cambio de destrozar  urbanísticamente el pueblo, de tal manera que, una vez desalojado del poder, huyó  a Andorra. Pasados diez años sus delitos prescribieron. Hoy día se pasea ufano colgando carteles en las paredes o lazos de plástico amarillos  a favor de los políticos catalanes presos o en favor de la República catalana. Su hija es una técnica liberada del PEDeCat. En mi pueblo, el núcleo duro de la organización de los actos independentistas está formado por aquellos que jamás habían salido a la calle para solidarizarse con ninguna causa; solamente  el día de ir a votar Pujol  y los domingos y fiestas de guardar, a misa. Recogen el chiringuito de la ANC cada sábado con su Audi Q8.

La historia reciente de Catalunya nos arroja nombres y apellidos franquistas reconvertidos convenientemente en nacional catalanistas  y ahora en independentistas. El alcalde de Badalona de 1954 a 1961, Santiago March, fue requeté en la guerra civil, presidente de Falange, medalla al mérito en 1957 impuesta por  Franco, integrante en  las lista de Jordi Pujol en la primeras elecciones. Josep Mª Coll i Majó fue alcalde franquista de Sant Celoni y  fundador de Omnium Cultural, diputado por CiU. Miguel Montaña i Carrera fue el alcalde franquista de Lérida y procurador en las Cortes franquistas, diputado por CiU en 1984, año en que Puigdemont empezó a militar y dos años antes de que Artur Mas se integrase en CDC de la mano del convicto y confeso Lluis Prenafeta.  Enric Olivé, alcalde franquista de Tarragona, diputado por UD y medalla de Oro de la Generalitat en 1994. Josep Aragonés, alcalde franquista en Pineda de Mar; su Nieto es dirigente de ERC. Josep Gomis, alcalde franquista de Montblanc, procurador de las cortes con Franco, diputado por CiU y delegado del gobierno catalán en Madrid. Etc.  Así, en cada pueblo y en cada ciudad de Cataluña.

Esta es la realidad  del origen y la naturaleza del movimiento independentista catalán. Una iniciativa política que, como en los años 20 y 30 del pasado siglo, cumple el objetivo de reorientar las inquietudes  y la indignación de las clases populares hacia sentimientos identitarios  a través de la mentira, el engaño, la manipulación y la acción decidida de determinados medios de comunicación -públicos y subvencionados- que señalan,  frente a las aspiraciones  de bienestar de la gente, como su enemigo  identificable  a España  y sus ciudadanos,  autores y causantes  de todas sus desgracias. Todo con la complicidad de la izquierda catalana “pagafantas” y los sindicatos, que asumen sin ningún rubor el discurso etnicista, supremacistas y  victimista nacional catalanista y que se han dejado robar  en mi nombre y en el de tantos otros que sufrimos actualmente de  orfandad política e ideológica,  la significación, la historia y las potencialidad política de la palabra República en España.

Los herederos políticos  de quienes la  fusilaron en Cataluña ahora se la apropian con el objetivo de mantener sus privilegios a costa de la ilusión de la gente, que no se esfuerza en desentrañar algunos secretos porque, tal y como escribe Javier Marías en “Berta Isla”, “el pueblo siempre es inocente. Con el pueblo, que a menudo es vil, cobarde e insensato, nunca se atreven los políticos a criticarlo […] Invariablemente lo ensalzan. Se ha erigido en intocable y hace las veces de los monarcas despóticos y absolutistas. Como ellos posee la prerrogativa  de la veleidad impune. No responde de lo que vota  ni de quién elige, de lo que apoya, calla, otorga, impone y aclama. Yo no tenía ni idea. A mí me manipularon, me indujeron, me engañaron y me desviaron. Qué sabía yo, pobre ingenuo. […] “
Memoria eterna en el 14 de abril por  los que  defendieron con su vida y su sufrimiento  la legalidad democrática de la II República Española. Su sangre y su valentía son  ejemplo y semilla. ¡Viva la República!

jueves, 5 de abril de 2018

Política bautismal






(tiempo de lectura aproximado, 5 minutos )

Nuestro nombre dice poco de nosotros y al mismo tiempo nos identifica. Nuestro nombre es nuestro rostro frente a un espejo porque lo escuchamos y nos reconocemos. Sin embargo, por mucho que me hubiesen bautizado ‘Gabriel’ habría escrito las mismas insulsas palabras que he sido de capaz de escribir hasta la fecha o, a lo sumo, el acta de la asamblea anual de mi comunidad de vecinos. 

Deberíamos  darles la  razón  a los gurús del marketing  cuando dicen que todo lo que somos conforma nuestra marca personal. Nuestra estatura y nuestro peso; el  timbre de voz; el grado de blancura dental; el peinado; el  modo de vestir; el garbo al  caminar; la mesura o desmesura de los gestos, o incluso  la armonía o la arritmia espasmódica al bailar...

Para estos profetas del capital  nuestras acciones no tienen la más mínima importancia mientras sepamos preservar nuestra marca, sea  o no consecuente y coherente  con nuestros actos realizados o con los que tenemos previsto perpetrar.  El hábito hace al monje. Lo demás son majaderías morales para pobres ingenuos. 

A pesar de que nos reconozcamos en él, nuestro  nombre es una imposición  fruto del santoral arbitrario, de la herencia de una saga que se pierde en el tiempo, o del grado de mala hostia, estulticia, alcohol , drogas en sangre y mal gusto que poseyó a nuestros progenitores en el momento de nuestra  inscripción registral. Lo demás depende de nuestras decisiones, de nuestra soberana voluntad, o de la voluntad de otros con suficiente poder de influencia  como para provocar nuestra cándida y rentabilísima  imitación. 

Invertimos  toda una vida intentando encajar  nuestro carácter y nuestro aspecto  al nombre de pila para  formar un todo armonioso y coherente con  el que  presentarnos con cierta solvencia en las múltiples situaciones que nos exige vivir en sociedad.  De manera que hoy día, si  te llamas Ecesidio, Prisciliano, Sinforosa o Celsa,  es muy  difícil triunfar, por ejemplo,  en el sector de  las nuevas tecnologías o en el showbusiness,  por  muchos softwares o castings que estos cuatro pobres ciudadanos hayan mamado, a no ser que uno se gaste una ingente cantidad de dinero en colocar su nombre para conseguir que todo el mundo lo perciba como algo consustancial y necesario, tal y como hace a diario ‘El Corte Inglés’ o ‘Coca Cola’, que pasan por ser dos de las marcas mas valiosas y que contienen  las palabras  menos comerciales del planeta;  tan comerciales como puede serlo Sinforosa. 

Desde que la publicidad y los gabinetes de comunicación  se  apoderaron de  la política, esta fenomenología no le es ajena. Más bien todo lo contrario. Hace décadas, los grupos de personas que fundaban un partido político lo bautizaban en función de su ideología, y no engañaban a nadie. Así por ejemplo, los miembros de un partido comunista eran comunistas, y trabajan políticamente por una sociedad comunista. Coherencia equivalente mostraban  socialistas, anarquistas, liberales, monárquicos,  conservadores, republicanos,  fascistas, falangistas, nacionalsocialista, etc… Con la llegada de la postmodernidad, muchos de estos ismos se evacuaron, igual que vino rancio,  por los sumideros de la historia. Gracias a la acción del contrincante,  o por méritos propios, (lo que hoy llaman la zona oscura del  background)  se impregnaron de valores muy poco recomendables como para acudir con garantías a una cita electoral en un sistema democrático occidental bajo su original término bautismal. 

De modo y manera  que los partidos políticos que hoy nos piden la confianza para distribuir nuestros impuestos, garantizar nuestro futuro, cuidar de nuestro bienestar, y legislar las normas que configuran un modelo determinado de convivencia y de sociedad, se han puesto en manos de gabinetes de comunicación y relaciones públicas que piensan  única y exclusivamente en vender, es decir, en captar nuestra atención y nuestra voluntad para que votemos a los partidos que les han contratado sin atender a  ninguna otra apreciación. Todo vale. Y como  se trata de vender, lo primera que hay que decidir es el nombre, la marca, cómo presentarse en sociedad, qué color definirá a su cliente, qué palabras son las sustantivas y diferenciales para obtener un lugar propio y bien definido en el mercado electoral. 

En España, el resultado  de este proceso es un gran espacio de intersección en el que todos los grandes partidos estatales aportan con sus siglas una absoluta disparidad entre el concepto ideológico que las define y la realidad de sus acciones políticas. Es decir, que sus nombres mienten más que  los líderes que los representan, con lo cual obtenemos una extraña y sarcástica coherencia. 

Así, por ejemplo, uno de los más hábiles ha sido el Partido Popular (PP) Utiliza en su nombre un sencillo adjetivo que apela a la gran masa de votantes. Nos llama a usted  y a mí, que vivimos en los pueblos de España, que trabajamos y pagamos impuestos y cuidamos a los nuestros.  Un adjetivo familiar, próximo,  que se ha hecho con la ambicionada transversalidad electoral y con el que se puede identificar todo el mundo. PP es un nombre de éxito. Gobierna para un porcentaje privilegiado y muy reducido de personas (de las cuales muchas de ellas ni se molestan en ir a votar) gracias al voto popular de millones de personas que han visto cómo sus dirigentes roban a manos llenas, recuperan gestos, costumbres y actitudes propias del franquismo, ondean con beligerancia y chulería legionaria la bandera de la patria y legislan en contra de los intereses de quienes les votan. Son populares gobernando para los privilegiados. Y al paso que vamos, por muchos años. 

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) es de los pocos que mantiene su nombre histórico. Su tarjeta de presentación son tres atributos. De estos tres, el único  sincero es el último. Hace ya tanto tiempo que no es socialista que la S se han convertido en  la consonante muleta  que encontramos en palabras incómodas de pronunciar, tales como como psicología, psicofonía, psiquiatría o pseudo.  Lo único que hay de obrero en este partido es buena parte de su militancia, que desde el apoyo de a la dictadura de Primo de Rivera ha aguantado y aguanta traiciones al ideario de sus fundadores con la falsa coartada de la vocación de gobierno, la responsabilidad de Estado y blablabla.  Boyer, Solbes, Solchaga, González,  Bono, Rubalcaba… son ejemplos del gusto por lo caro, por el lujo; personajes altivos, representantes aventajados del neoliberalismo más recalcitrante. Este partido, gracias a su nombre, desclasó a los trabajadores españoles que confiaron en él  y enterró en una fosa común  las ilusiones de medio país cuando todo estaba por hacer. Aun así, unos cuantos millones de españoles todavía compran el color rojo de su rosa, y el falso socialismo obrero de su nombre. Es lo que se llama una marca longeva, de pusilánime clientela fiel. Una última cuestión ¿Por qué muchos evitan pronunciar la P de partido cuando nombran al PSOE y le llaman SOE? 

Izquierda Unida (IU) no es el nombre y el apellido de un partido. Es una frase, una súplica   clamorosa,  una  ambición nunca conseguida, un sueño histórico, la panacea de generaciones y generaciones de políticos que desde la revolución francesa aspiraron a una unanimidad de criterios, de estrategias y de objetivos entre  todas y cada una de las facciones que surgían de un mismo tronco ideológico, que pretendió y todavía pretende transformar la sociedad. Por eso, este nombre, lejos de definir ni siquiera un objetivo, o una utopía, delata  una nefasta y crónica carencia. Tras ese adjetivo que apela al acuerdo, al consenso o a la unanimidad, aparece burlona la realidad atrabiliaria del enfrentamiento entre iguales, del sectarismo, del  quítate tu para que me ponga yo. Esa es una de las razones por las que a esta federación de partidos, que intentan camuflar con su nombre su origen y naturaleza comunista, no venda  tan bien como los dos anteriores. Es cierto que el nombre es  tan tramposo como el del PP o el del PSOE, pero una cosa es mentir y otra muy distinta promover y difundir en el seno de tu organización, con las puertas abiertas, la algarabía y el desbarajuste de un constante rifirrafe  para después presentar a esa misma organización como Unida. En su favor podríamos decir que, en comparación a los partidos anteriores, cuando tiene oportunidad de gobernar cumple en mayor grado sus compromisos con los votantes a quienes solicita la confianza. 

Emulsionando el rojo y el amarillo  se obtiene el color naranja con que se presenta Ciudadanos (C's); un color secundario llamado a protagonizar nuestra historia durante los próximos años si no ocurre algo o alguien no lo remedia. Este partido nació en pelotas con la virtud de un buen bautismo, al más puro estilo evangelista. Igual que el PP, su nombre nos apela a todos sin definir qué tipo de ideología transporta en el maletín. Por eso las expectativas de venta son altísimas, porque el segmento de su voto es transversal. Además, se ha hecho con la escritura de  propiedad  de la palabra que mejor identifica una democracia occidental, cuyo origen se remonta a la antigua Grecia. Aristóteles ya la define. Y es que, a lo largo de la historia, el término ciudadano ha expresado  la facultad de los individuos de una sociedad para gobernarse a través de las leyes que ellos mismos han establecido y corresponsabilizarse  colectivamente de sus destinos. Cuando apuestas por un nombre así hay que ser extremadamente escrupuloso y ejemplar, y procurar evitar el divorcio entre las palabras y los hechos. Por lo que parece, el Rivera que nos ha tocado en suerte este siglo no está  por la labor, y a pesar de que ya hace ya tiempo que descubrimos la lata bajo el falso baño de oro  -su naturaleza filofascista y neocon-  millones de ciudadanos españoles les van a votar.  Al menos  eso es lo que augura insistentemente el grupo PRISA. 

El 15M nos trajo a los enviados de la nueva política; un grupo de profesores universitarios de ascendencia filocomunista que pretendían asaltar los cielos al rebufo de un estallido  de  indignación masiva. Leyeron “La educación sentimental” de Flaubert y se organizaron en Círculos, emulando a la Comuna de París. Al poco,  se organizaron como partido político capitalizando lo que ocurrió en las plazas de España y se  presentaron a las elecciones con el nombre de Podemos, a pelo, sin  un triste signo de admiración con el que enfatizar su deseo. Porque el verbo en primera persona del plural que  nombra el partido de Pablo de Iglesias  en realidad es una frase unicelular plagiada del Yes We Can Obamiano, con la diferencia de que Barak Obama tenía todas las garantías para ganar y la victoria de San Pablo y los suyos era menos probable. Esta es una cuestión crucial, porque si Podemos no alcanzaba el poder no hacía honor a su nombre. El resultado electoral estaba  íntimamente ligado a su denominación y, desgraciadamente,  los hechos la desmintieron, de manera que  dadas las circunstancias,  la marca se va al garete. Porque, efectivamente, no pudieron, y el partido de la nueva política se convirtió en otra fuerza parlamentaria al uso, que ahora vive sus contradicciones y sus carencias organizativas como vivo yo mis almorranas, en silencio. Por cierto ¿Alguien recuerda ya los Círculos? ¡Qué lejos queda todo! 

Tan lejos como el día de mi bautismo. Fui yo quien escogió mi propio nombre, hace ahora 11 años y cada día que pasa, con cada pieza que escribo,  lo deshonro y lo refuto, igual que estos cinco  partidos políticos.

(En una próxima entrega intentaré desmentir el significado de los nombres de otras fuerzas políticas, sobre todo las llamadas nacionalistas, soberanistas, territoriales, o como quiera que se llamen, tan cargados de mentiras como los estatales.)

martes, 20 de marzo de 2018

Ya me lo decían mis padres


Un buen día te encuentras  en casa, todos a la vez y sin avisar, a Platón, Aristóteles, Kant, Rousseau, Goethe, Weber, Nietzsche, P. Berger, Tocqueville, Bonhoeffer, Jung, Freud, Horkheimer,  Ortega y Gasset, Bergson, Hegel, Durkheim, Arendt  y un largo etcétera  que completaría una lista de invitados  formada por  los nombres más brillantes del pensamiento occidental. 

Quien les  abre la puerta es un  servidor, alguien apabullado por las contradicciones, acostumbrado a llevarle la contraria a todo el mundo y a perder a diario la poca credibilidad sembrada el día anterior, porque suelo practicar el desconcertante ejercicio de pensar ayer A, y hoy decir B.

Esto es lo que les  suele ocurrir a quienes, como yo, no saben pensar metódicamente. Miramos a nuestro  alrededor,  buscamos respuestas  que alumbren un atisbo de verdad al respecto de nuestra naturaleza, de la sociedad en la que vivimos,  y terminamos perdiéndonos en un laberinto de reflexiones inconsistentes, sin saber siquiera si nos hemos movido del punto de partida o nos encontramos ante una trampa sin salida.

Quizá ese sea uno de los motivos por los que casi siempre he leído ficción, porque en las novelas también hallo verdades  como puños y no es demasiado difícil identificarse con  modelos o prototipos humanos que  viven, trabajan, aman, luchan  y mueren igual que yo.

Por eso, aunque parezca paradójico, leer buena literatura me proporciona conocimiento,  placer estético  y al mismo tiempo inseguridad, porque el dios creador de esas  criaturas noveladas me lleva de un lado a otro de mis principios, no sé si buenos o malos, perjudiciales o beneficiosos para mí y para mis semejantes, pero en cualquier caso, mis principios; aquellos que adquirí sin darme cuenta  con el ejemplo de mis padres: honradez, bondad, generosidad, solidaridad, justicia, sinceridad  y esfuerzo.

Papá y mamá son dos personas de origen humilde,  la consecuencia personificada de determinadas circunstancias históricas marcadas por un régimen tiránico y despótico que impuso el miedo como principal herramienta de gobierno y de control político y social;  que sumió en la miseria y la explotación  a buena parte de la población durante décadas, desarraigándola de su  tierra natal. Sacar adelante una familia en esas condiciones y proporcionar  un futuro a unos hijos supone toda una heroicidad. Si además sus descendientes  se indignan antes las injusticias y educan en esos mismos valores a los suyos, el resultado de su paso por el mundo no es que resulte inmejorable, es que es  ejemplar.

Papá y mamá jamás leyeron a Aristóteles, a Kant o a Nietzsche. Es más, ni siquiera sabían de su existencia.  A lo sumo oirían alguna que otra vez sus nombres cuando mis hermanos y yo recitábamos de memoria, sin saber lo que decíamos, por ejemplo, los fundamentos de la "Crítica de la razón pura",  transcritos y descontextualizados  sin clemencia en el manual al uso del bachillerato que teníamos el deber de  vomitar el día del examen. De manera que para mí,  esos pensadores no eran más que nombres tortuosos, en el sentido literal de la palabra, y ahora sé que en ningún caso me podían enseñar más de lo que mis padres me enseñaron.

Papá murió hace tres años  y no hay día que no piense en lo injusto de su muerte, que no recuerde su presencia, su aspecto, su voz y su bonhomía. Mamá, afortunadamente, vive su vejez con buena salud. Disfruta viendo crecer a  sus nietos y de vez en cuando, en las reuniones familiares,  nos regala sonriente alguna nostalgia de su pueblo natal. Es en esas comidas o cenas  donde, en ocasiones -en contadas ocasiones-  sus hijos reconocemos  públicamente  su legado de valores,  su ejemplaridad. Entonces mamá nos mira y sin pronunciar una sola palabra nos pide con un gesto casi imperceptible que recordemos las decenas de veces que predijo que algún día diríamos lo que en ese momento de espontánea confesión familiar estamos reconociendo.

De manera que,  inconscientemente, a pesar de nuestra racanería para las revelaciones comprometedoras, mis hermanos y yo en realidad constatamos que  somos imitadores de una experiencia ejemplar  que nos ha permitido caminar por la vida intentando no hacer daño a nadie,  practicando el respeto a los demás, y procurando aportar con el trabajo y la honradez nuestro grano de arena a la sociedad. No es que nos hayamos ganado nuestro derecho a la beatificación, una calle con nuestro nombre, o a un busto esculpido y expuesto en la plaza del pueblo. Quien más y quien menos ha dejado de pagar las multas, ha  hecho trampas al mus  o ha robado un libro  en el Corte Inglés. Quiero decir que nuestra honestidad normal, exenta de inciensos y santidad, secularizada, practicada por hombres y mujeres corrientes, es la clave para que convivamos con cierta armonía en una sociedad democrática.

Todo esto que explico lo he experimentado,  y  lo vivo, pero no lo sabía. Mi mamá y mi papá también lo vivieron, aunque también lo desconocían, por razones diferentes a las mías, porque a pesar de que el ejemplo de quienes gobernaban era el no-ejemplo, la corrupción,  el miedo y la opresión, ellos hallaron el modo de criar a sus vástagos en unos valores que nada tenían que ver con lo que la tiranía proponía. La razón probable  es que mis abuelos también lo vivieron, aunque tampoco lo sabían.

Es decir,  una amplia red  de influencia se extiende en mi estirpe  que ha provocado, generación tras generación, la imitación de la experiencia ejemplar  y  la emulación espontánea vital de unas costumbres morales practicadas por individuos con los que comparto mis genes,  cuya consecuencia final  es la  armonía social, siempre y cuando otras muchas redes  similares confluyan, se crucen y se multipliquen a lo largo del tiempo en espacios geográficos concretos. 

Yo  ahora lo sé  porque resultó ser  Javier Gomá Lanzón quien invitó a mi casa a esa recua excelsa de sabios. Lo conocí por azar después de traicionar por enésima vez  la ejemplaridad de papá y mamá.

Una mañana de sábado robé en la cafetería el suplemento cultural de La Vanguardia y allí estaba: Javier Gomá Lanzón, autor de “Tetralogía de la ejemplaridad”. Tardé solamente  tres días en obtener los cuatro volúmenes y casi dos meses en leer con mucho esfuerzo “Imitación y experiencia”, “Aquiles en el gineceo”, Ejemplaridad pública” y “Necesario pero imposible”, publicados en edición de bolsillo por la editorial Taurus. 

No voy a cometer la insensatez de redactar una recensión de la obra. Ni siquiera una aproximación, y mucho menos una reseña crítica. Me tiemblan las piernas solo de pensarlo. Cualquiera puede entender que abrir la puerta un buen día y ver con pasmo como entran en tu casa, uno tras otro, los grandes filósofos de la historia occidental, provoca  vértigos y  sudor al constatar en un instante fatal que no tienes nada en la despensa con qué agasajarles, que no hay hielo en el congelador y que la bodega de la esquina ya está cerrada. 

Pero para eso está Gomá, que entra el último  tranquila y sosegadamente, cerrando la puerta con delicadeza,  para obtener de ellos  todo lo que sea de provecho sin que se ofendan, aunque en ocasiones se enfrente a sus ideas sin demasiadas contemplaciones.

Porque Javier Gomá construye su teoría de la ejemplaridad sobre la base  de una pléyade de filósofos que elaboraron su pensamiento desde la Grecia  arcaica hasta nuestros tiempos, analizando, criticando y extrayendo de todos ellos  aquello que le resulta útil para construir  un sistema inédito de pensamiento que ofrezca a la humanidad una posibilidad rigurosa de convivencia. Su crítica fundamental se dirige hacia  el egotismo adolescente romántico y postmoderno; es inflexible con las ansias desmedidas  por resultar diferentes, que convierte en copias exactas a quienes dedican sus esfuerzos por intentarlo. Reivindica la aceptación de nuestra mortalidad y la finitud de todo lo que existe; no desprecia la vulgaridad y propone transformarla con el ejemplo; cree en una individualidad consorciada,  corresponsable con una colectividad secularizada; anima a la participación social  del individuo; cifra la esperanza en el legado de la experiencia  de cada cual  y se lamenta de la inexistencia de un más allá, necesario pero imposible; propone al héroe Aquiles como metáfora de la transformación desde una adolescencia estética hacia la madurez ética,  y al profeta resucitado Jesús de Galilea como modelo de ejemplaridad perfecta. Insiste una y otra vez  en la propuesta de una doble especialización con la que llegar a ser realmente individuales: casa y trabajo, corazón y oficio.Y sobre todo y ante todo, proclama a los cuatro vientos, sin complejos, la estructura ejemplar del ser: todos somos ejemplos de algo y para alguien. 

Si intentase leer este largo párrafo a papá y a mamá probablemente me escucharían pacientes por no hacerme un feo, aunque no entendiesen nada. Sin embargo, estoy seguro de que ellos saben sobre todo esto bastante más de lo que pueda llegar a leer, porque lo han practicado durante toda su vida. Por mi parte, solamente lo intento, y espero que cuando muera, gracias al ejemplo de mi experiencia y de mi paso por el mundo, alguien llegue a ser una buena persona y un buen ciudadano, y de ese modo yo pueda merecer una modesta  y esperanzadora  mortalidad.

miércoles, 14 de febrero de 2018

San Valentín desencadenado



Me cité  con un amigo porque necesitaba desahogarse, o consolarse, o quizá pensó que yo podría, por fin,  ofrecerle alguna solución. Los problemas  de amor tienen siempre mal pronóstico. Al final, cada cual se busca la vida como puede y suele ocurrir que  cuando intentamos hallar remedio a lo irremediable no hacemos más que hollar la rueda sobre el barro y hundirnos. 

Pero es difícil decirle a alguien a quien aprecias, angustiado y herido por  el desamor,  mira, escucha, si no te quiere no te quiere y no te va a querer nunca, así es que asúmelo y a otra cosa. De manera que escogemos la cafetería más concurrida, le invitamos a café y junto al ventanal que da a la calle, mientras él o ella miran embobados  los coches pasar,  empezamos a asesorarle  con consejos que un día nos dieron a nosotros y no obtuvieron más resultado que el desengaño, el dolor y la desilusión.

Sin embargo, en este caso concreto los hechos no sucedieron como suelen suceder. Sospechosamente, se presentó con gran energía, ufano, mostrando cierta voluntad de aparentar seguridad y entereza, nada que ver con alguien a quien acaban de abandonar,  nada que ver con alguien que ve cómo la persona con quien había imaginado toda una vida juntos, emancipados, no sólo se niega a compartir su destino sino que además le desprecia. 

A priori, yo tenía primero la obligación de escucharle, más que nada para poder hacerme una idea de la situación real y después ofrecerle mi apoyo y mis consejos que, como todos los consejos que se dan en estas situaciones, suelen resultar inútiles. Pero, qué se yo, hay que darlos.

¡Y ya lo creo que le escuché!. Estuvo hablándome durante dos horas largas. En la mesa ya no cabían más tazas de café y salimos un par de veces a fumar a la calle, con un frío de mil demonios  que no parecía hacer mella en él, porque fumaba compulsivamente, gesticulando,  arguyendo y fundamentando incesantemente sus consideraciones, mirándome muy fijamente a los ojos, a veces dirigiéndose al cielo, como buscando del altísimo la voz definitiva que le ungiese de una razón incontestable. 

Yo no veía en él a un hombre roto, afligido, torturado por la pena inconsolable de la desafección, atormentado por la impotencia de no encontrar la manera de recuperar a su amor. Más bien lo contrario. Su actitud era altiva. Cada una de sus palabras expresaba una seguridad en sí mismo un tanto extraña para alguien a quien han dado calabazas. Decía de sí mismo  que era lo mejor que nadie podía encontrar. Sus virtudes, sus orígenes,  su sabiduría y el resultado de su experiencia le posicionaban como el compañero ideal, ante el que nadie en su sano juicio puede resistirse y ante el que nadie podría llegarle a la suela de los zapatos, porque no va encontrar a nadie como yo, eso que se lo vaya quitando de la cabeza. 

Quizás fue por esas razones por las que en ningún momento percibí en su mirada o en su expresión pesadumbre, angustia o inquietud, el dibujo delator de los gestos que imprimen en nuestro semblante los efectos devastadores del desamor. Al contrario. Incluso en algún momento llegué a alarmarme porque pensé que mi amigo había  entrado en la espiral peligrosa de la irrealidad, ese proceso a través del cual uno redime los defectos propios en base a una acción combinada de excesiva autoestima, sueños de grandeza  y desprecio por lo ajeno. 

Y, para qué engañarnos,  algo de eso advertí. Quizás no había razón alguna para la alarma, y solamente  trataba de construir con su obcecación irracional  un arma con la que  protegerse  emocionalmente de la tristeza y del dolor, de una realidad adversa. Tanto era así que finalmente interrumpí  su discurso y le pregunté a bocajarro ¿Pero tú la quieres?  Me respondió arrugando las cejas, como diciendo,  ¡Y eso qué más da!  

Él supo en seguida que yo había traducido correctamente su gesto y, efectivamente, acabó por constatar mis sospechas. La aclaración que le había pedido le desconcertó porque en realidad, la cuestión de fondo no era qué podía hacer él por recuperarla a ella. Para mi amigo, la cuestión importante era que ella tenía la obligación de quererle, porque era más guapo, más listo, más inteligente; porque quien había tenido la gran fortuna de conocerle y no apreciaba  todo lo que podía ofrecerle en un futuro es que era tonta. 

Claro, llegados a este punto  de nuestro encuentro yo preví que la conversación se acercaba a su fin. De hecho, hacía ya unos minutos que me había arrepentido de no haberle dado una buena excusa para no presentarme  a la cita. Le aconsejé como buenamente supe sobre la necesidad de decidir entre dos únicas alternativas: o bien aceptaba que lo suyo era imposible y recomponía su vida estableciendo otros horizontes,   o bien la seducía, para lo cual le aconsejaba que no renunciase a su identidad, pero sí  un poco de humildad.

Y efectivamente, sucedió que lo que hacía unos segundos había pronosticado.  Se levantó súbitamente de la mesa con cierto ademán de perplejidad,  contrariado, como si yo no hubiese entendido nada de lo que él me había explicado. Se enfundó el abrigo, me dijo que los cafés corrían de mi cuenta y antes de darse media vuelta y salir definitivamente por la puerta se acercó a mí y me susurró  “Eres como ella, como todos los demás, un botifler”. No le he vuelto a ver.