miércoles, 3 de septiembre de 2014

Tan simple como el agua


He vuelto a casa después del mar y me he encontrado con los cristales de las ventanas del salón  sucios, moteados de gotas de polvo, o de barro. Al salir hace un mes no cerré conveniente la persiana. La dejaría  unos  centímetros  abierta,  probablemente por seguridad, por simular ante posibles delincuentes estivales, amigos de la miseria ajena, que en casa sí que había alguien, que la casa seguía viva, que mucho ojito con intentar apalancar la puerta porque se iban a encontrar alguien que -valiente y protector de lo suyo- les hubiese dado hasta los buenos días.
Siempre  me ha sorprendido  el rastro turbio  que el agua de la lluvia deja en los cristales. No solo supone una molestia, porque un día u otro tiene uno que  limpiarlos, sino, por añadidura,  todo un misterio. Puedo entender que un determinado tipo de precipitación rica en polvos saharianos sedimente sobre todo aquella superficie sobre la que cae, y pinte sobre el capó de nuestros automóviles una especie de  lienzo  impresionista que nos evoca  la realidad venida de lejos, más allá de nuestro sur, como si se tratase de un mensaje en clave, un telegrama atmosférico, metafórico,  que  reclama nuestra atención -a pesar de que no escuchemos- sobre las desigualdades que se producen por el solo hecho de nacer a un lado u otro de un paralelo determinado.
Esa es la única explicación que hallo, porque de todos es sabido que la principal característica que  posee el agua de lluvia es la ausencia de cualquier aditamento; la pureza, la limpieza de cada una de las gotas que se precipita desde del cielo y llena los lagos, los embalses  o vuelve al mar, y discurre por las calles, arrastrando a su paso nuestras huellas en forma de  basura y  desperdicios.
Quien desee comprobar las virtudes del agua de lluvia no tiene más que salir a descubierto en plena tormenta y dejarse empapar. Si al tiempo  que disfruta de la gozosa sensación de un reconfortante renacer también desea comprobar su inocuidad,  deberá recoger un poco en el interior de  un recipiente cualquiera. Tras el chaparrón no hay más que colocarse frente a la ventana y lanzar el contenido contra el cristal.  Mientras respiramos el olor de la tierra, o vemos como se retiran las última nubes negras hacia otros lugares, nos daremos cuenta de que la superficie no solo no se ha ensuciado, sino que, allí donde ha chocado el agua, la luz del día se refleja con tal solidez que la ventana  nos devuelve nítidamente el pasmo  de nuestro rostro sorprendido como si en lugar de  estar ante una ventana estuviésemos ante un espejo.
Ya pueden  venir científicos y apóstoles de lo empírico a explicarme el fenómeno. No les va resultar nada fácil hacerme entender  por qué  en ausencia de cornisa  o de cualquier otro elemento arquitectónico que pueda provocar la percusión de las gotas de lluvia contra el cristal, éste, tras mi ausencia veraniega,  ha aparecido jaspeado por diminutas marcas circulares en su mayor parte, otras en forma de lágrima, y las menos  totalmente irregulares, pero todas ellas con la particularidad de lucir  un ligero rastro amarronado en su contorno, lo cual les confiere un carácter de boñiga de campo, minúscula defecación  y en el mejor de los casos, el indicio de un estornudo imposible.
Dada la amplitud de la ventana del salón no resulta demasiado difícil imaginar una estrecha faja punteada de lado a lado de la zona inferior del cristal con innumerables huellas que podrían ser, en un mundo de insectos, los cráteres provocados por un bombardeo mortal, un campo minado, descubierto y desactivado a tiempo por el enemigo, o el paisaje desolado de un planeta destruido.
Sin embargo, ante la imposibilidad de dar con una explicación convincente,  mucho me temo que nada de eso tiene más sentido que el afán por extraer del misterio  un par de frases presuntuosas, por lo demás, exentas de toda lógica y vacías de contenido. De modo que, a falta de razones y vencido por el enigma,  lo mejor es dejarse de especulaciones y borrar para siempre la señal de mi ausencia durante la que los días de agosto han traído hacia mi ventana vientos, agua  y barros;  los  vestigios de un escándalo,  los restos miserables de una degradación, o sencillamente -tan simple como el agua- la evidencia de la realidad obcecada que cada año vuelve y salpica  el cristal con la única finalidad de disolver  espejismos.

lunes, 4 de agosto de 2014

Vocaciones


De ser otro hubiese querido ser ángel del infierno; recorrer carreteras  enfundado en cuero sucio; hacer del camino el mundo; rodar, fumar y beber, quizás amar, solamente durante unas horas, y convertir el amor en cuerpo. Partir cada día con la certeza de haber dejado un recuerdo imborrable en alguien que  esperará en vano; que ya espera desde  el mismo instante de mi partida  mientras ve tras una cortina opaca cómo me voy haciendo pequeño en busca del horizonte encarnado.
De ser otro hubiese  querido ser poeta; recorrer sueños despierto; transformar  la palabra en verdad, o al revés; escribir, fumar y beber, quizás amar, solamente durante unas horas y convertir el cuerpo en amor. Enclaustrarme cada día en mi cuarto con la certeza de haber dejado un recuerdo imborrable en alguien que leerá en vano; que ya espera desde el último verso la encarnación de la palabra mientras tecleo el punto y final  y pienso en las críticas o en otro libro.
De ser otro hubiese querido ser reportero; recorrer calles, ciudades  y alcantarillas; hacer de la noticia denuncia; investigar, fumar y beber, quizás amar, solamente durante unas horas, y  convertir la  fuente en amor. Partir cada día con la certeza de haber dejado un recuerdo imborrable en alguien que se creía  inmune en vano; que ya espera en el quiosco el fin de sus fechorías mientras doblo la esquina y  suena otra vez en mi  teléfono una nueva llamada anónima.
De ser otro hubiese querido ser maestro; recorrer aulas y pueblos; enseñar, fumar y beber, quizás amar, solamente durante  unas horas, y convertir en  amor  la maternidad. Partir cada curso con la certeza  de haber dejado en alguien un recuerdo imborrable que ansía crecer desde el mismo instante de mi partida,  mientras escucho a lo lejos el eco blanco de otro campanario  y un griterío que vuela  hacia mí en alas  de vencejo.
De ser otro hubiese querido ser yo; recorrer el tiempo; vivir, fumar y beber, y por fin amar, solamente, durante todas las horas y convertir tu  amor en  mi vida. Partir hacia la muerte con la certeza de haber dejado en ti un recuerdo imborrable desde donde  bebo en vano  las lágrimas que me añoran y atestiguan transparentes  que finalmente hallé   mi vocación.

lunes, 28 de julio de 2014

Uno de los nuestros


El pasado sábado leía  la noticia que constataba de una vez por todas  lo que muchos ya intuíamos, y otros tantos sabían:  la naturaleza  mafiosa de Jordi Pujol, de CiU y de su proyecto nacional de país. Tras cerrar el periódico le dije al camarero que el cortado me lo cobrase sin IVA. Se lo dije en catalán, por si de ese modo mi petición resultaba más convincente, pero no coló. El camarero estuvo muy fino y me contestó que si me lo cobraba sin IVA, él se llevaba el 4%.
Jordi Pujol, ese hombre, esa nación. Fundador de CDC, CiU e ideólogo del nacionalismo catalán contemporáneo; encarnación de la  santísima trinidad del catalanismo; arquitecto moral y político del proyecto nacional catalanista; modelo cristiano, ético, moral, humano y político a seguir durante lustros para gran parte de la población;  origen indiscutible del actual proceso soberanista; faro y timón; imagen y semejanza  de lo peorcito de la burguesía y de la payesía catalana. Jordi Pujol,quien durante  décadas ha  impartido a diestro y siniestro, frente a  la mismísima Historia, lecciones de moralidad y patriotismo, escribía lo siguiente  el año 1976  en las páginas 65, 67 y 68 de  su libro “La inmigració, problema i esperança de Catalunya. Editorial Nova Terra. Barcelona:
“… el hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) es, generalmente, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido un poco amplio de comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España. Ya lo he dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia su propia perplejidad, destruiría Catalunya. E introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad.
El año en que Jordi Pujol publicó estas palabras, Carmen tenía 11 años. Hacía 5 que había llegado a Catalunya,  junto a su familia, procedente de un pueblecito de El Temple  granadino. Con el dinero que el padre pudo reunir durante los cuatro años que trabajó  en Alemania, la familia pudo ubicarse en un piso  del Instituto Nacional de la Vivienda, en vecindad con  otras tantas familias de trabajadores andaluces.
Carmen se educó en los llamados Colegios Nacionales. Fue una alumna aplicada. Ella, igual que la mayoría de sus compañeras, aguantaban pacientemente y sin inmutarse las innumerables discriminaciones de las que eran objeto por parte de algunos de sus profesores  y de compañeras nativas. El censo del pueblo donde fue a recalar estaba compuesto en su mayor parte por población autóctona. Allí no solo no estaba prohibido hablar la lengua propia de Catalunya, sino que se enseñaba en el colegio. De hecho, el hijo  del alcalde franquista, al morir el dictador, se reconvirtió a la nueva democracia y encontró en CiU la organización idónea desde donde continuar con su labor política y medrar con sus negocios sin cambiar de idioma.
Un 23 de abril de finales de los 70  Carmen redactó la mejor redacción del concurso de literatura convocado por el colegio. La redacción fue premiada, pero la muchacha que recibió el premio y que apareció como la autora del trabajo que escribió Carmen  era otra ,  hija del pueblo, perteneciente a una larga estirpe catalana de amplia tradición caciquil cuyo cabeza de familia acabaría por detentar durante  ocho años algunas concejalías con CiU.
En aquellos años de transición, un día  Carmen fue invitada a una fiesta de cumpleaños en casa de una niña catalana. La mamá anfitriona la presentó a las mamás de las otras niñas diciendo que era andalussa, pero que era 'bona nena'.
Llegada a la edad de recibir por primera vez el sacramento de la Eucaristía, Carmen asistía semanalmente  a la catequesis obligatoria después de la cual tomaría la primera comunión. El mossen, un tipo de barriga pantagruélica y de rancio abolengo catalán, se enfadaba si alguna niña erraba en las respuestas a las preguntas sobre el catecismo. Cuando el cura estaba especialmente motivado y quería ser efectivo con su apostolado,  amenazaba a las niñas con enviarlas a la ceremonia de primera comunión especial para castellanoparlantes si la semana siguiente no se sabían todas las preguntas.
A pesar de todo, Carmen fue formándose y creciendo. Al cumplir los 16 años tuvo su primer trabajo. Lavaba cabezas en una peluquería a las señoronas que la despreciaban por su origen  y compaginaba el trabajo con los estudios de Formación Profesional en la especialidad de administrativa. Al poco, fue contratada por el propietario del horno del pueblo de 'tota la vida', donde despachaba pan hasta la tarde. Cuando acababa su turno asistía al Instituto para cursar el bachillerato y el COU en horario nocturno. Pasaron los años y Carmen siguió trabajando en varias empresas y al mismo tiempo formándose, hasta que consiguió licenciarse en la universidad. Un año después  obtuvo un postgrado y finalmente un máster. Ahora, a  sus 49 años,  esta andaluza  desarrolla un trabajo de cierta responsabilidad en una empresa multinacional ubicada en Catalunya. Desde que cumplió su  edad laboral, Carmen nunca ha estado en paro; siempre ha pagado sus impuestos; nunca le ha robado nada a nadie. Lo que tiene lo tiene, única y exclusivamente, gracias a su esfuerzo.
Las historias de  Carmen  y de Jordi Pujol son paralelas. Mientras ella y sus padres trabajaban con denuedo, honradamente, por forjarse un futuro, cumpliendo religiosamente con sus obligaciones  ciudadanas, el creador del proyecto nacional catalán   iniciaba la reconstrucción de su Catalunya, inspirada,  como en las mejores leyendas filofascistas, en un instante de iluminación místico y, de paso, sentaba las bases para acumular una gran fortuna producto del latrocinio, de la rapiña, del robo colectivo, propios de la más asquerosa delincuencia  de la que, a día de hoy, todavía no conocemos el verdadero alcance.
El catalanismo que diseñó Pujol  y su herramienta de ejecución -Convergencia Democràtica de Catalunya- están fundamentados en el texto que aquí referencio. No podía ser de otra manera. El proyecto nacional catalanista  de  Jordi Pujol y CiU  están regados  con   aguas fecales que manan de la codicia, de  la xenofobia, del racismo y  del fascismo  más  pestilentes,  y a menudo sus orígenes se remontan a algunos de los elementos  más reaccionarios del franquismo. De este texto de 1976 -que hoy día firmarían en la intimidad la mayor parte de dirigentes, votantes  y militantes de CiU y de ERC- solamente hay que permutar el gentilicio del inmigrante y escribir gitanos o judíos  en lugar de andaluces  para vislumbrar entre las palabras, muy nítidamente, el rostro de los peores monstruos de la historia europea del siglo XX.
El de Jordi Pujol y toda su casta es  un pensamiento similar al de Sabino Arana, o al de Primo de Rivera,  que en Catalunya  arraigó en la burguesía y en la payesía  desde los tiempos de Valentí Almirall, del Dr. Robert y Enric Prat de la Riba para neutralizar el incontenible movimiento obrero que estuvo a punto de hacerles perder sus privilegios de clase. No hay más repasar algunas de las glosas de Eugeni d’Ors. (Vale la pena echarle un vistazo a algunos libros  del historiador Joan Lluis Marfany para conocer a fondo las raíces profundamente racistas del nacionalismo catalán. Por ejemplo “La cultura del catalanisme. El nacionalisme català en els seus inicis, Ed. Empúries, Barcelona, 1995.)
Sin embargo, la Historia  a veces se alía con la vertiente más poética de la justicia y nos revela que los grandes hombres, aquellos que imparten desde sus trajes  barrigudos cortados a medida lecciones de patriotismo, moralidad y ciudadanía, no son más que unos vulgares chorizos que han utilizado del modo más torticero que se pueda llegar a imaginar todos los elementos que construyen el sentimiento  identitario de un pueblo.
Ante este lodazal humano, político y social en el que nos ha revolcado  Jordi Pujol y su nacionalismo,  ERC  se mantiene equidistante, como no podía ser de otro modo.  De hecho, Alfred Bosch ha declarado que la infamia que se ha dado a conocer  recientemente no tiene porqué influir en los pactos de gobierno ni en el proyecto común hacia la independencia.  A pesar de que ERC es un partido fundado en 1931 y  que cuenta con más solera que el tinglado mafioso que  pergeñó Pujol a partir del año 1978, su ideología y su esencia es  a día de hoy hija política de CiU. Y es que ERC es  heredera  de ese nacionalismo rancio, racista y pernicioso que castiga con la discriminación a quien no pague su 4%  o a quien no  gemine la “L” adecuadamente y que, a costa de la clase  trabajadora,   ha engordado el bolsillo  a un centenar de familias,  amén de al propio Pujol, valedores de grandes privilegios a lo largo de todos estos  años de democracia.
No en vano, uno de los padres fundadores de ERC, Heribert Barrera, al que ningún dirigente de este partido desautorizó, decía hace apenas 13  años  que  el coeficiente intelectual de los negros de los Estados Unidos es inferior al de los blancos”, o también que "Si no hemos llegado a integrar a los inmigrantes del sur de España cuando nos encontrábamos en una proporción de uno a uno, ¿cómo podemos esperar que, con una proporción de dos o tres contra uno, podremos integrar una gente más alejada de nosotros en cuanto a cultura, religión o  patrimonio genético…? [!!].  Hay una dimisión ante lo que parece inevitable o una cobardía por miedo a ser acusado de racista o poco progresista que ha silenciado unas verdades que a mi me parecen indiscutibles. (…) si continúa viniendo gente de fuera, desde el punto de vista de la identidad catalana, no habrá nada que hacer  (Qué pensa Heribert Barrera, d’Enric Vila. Deria Editors. Barcelona. 2001)
Por eso,   a pesar de aparentar ser un partido progresista y de izquierdas,  la mierda de Pujol y de su familia de delincuentes  parece no importar a ERC, perquè, al cap i a la fi, Pujol es de casa nostra. Porque al fin y al cabo Pujol es de aquí. Per què Pujol  es un dels nostres. Porque Pujol es uno de los nuestros.

De modo que con toda la ira, acritud y la mala leche que pueda llegar a reunir, grito ahíto, como si fuese un  disparo, que me cago en la familia Pujol, me cago en la Catalunya de CiU, me cago en toda su estirpe, me cago en ERC, me cago en el proceso independentista y me cago en la puta codicia que lo cagó y que los cagó a todos ellos. Estos tipejos no son catalanes. Estos tipejos son, en palabras del propio Pujol, la  "muestra de menor valor social y espiritual" de Catalunya, y de cualquier otro lugar donde hubiesen nacido.

jueves, 24 de julio de 2014

Apostasía de la lectura



Asunción leía tranquilamente en el comedor de su casa. Llamaron a la puerta. Se levantó intrigada, abrió y bajo el dintel apareció un hombre joven, guapo, de barba exquisita, luciendo una inmejorable sonrisa. Asunción, halagada por la visita, le invitó a pasar sin poder disimular su  alborozo, aunque lo expresó de un modo comedido, de esa manera en que pretendemos  aparentar entereza para no transmitir la más mínima sospecha de  felicidad vertiginosa, la  que surge instantáneamente del deseo en un momento inesperado.

Sin darse cuenta,  Asunción se había dirigido a la entrada con el libro en la mano derecha  y de un modo espontáneo, con la habilidad de una lectora experimentada, había introducido  el dedo corazón entre las páginas en las que la lectura se había  visto interrumpida.

Entró el galán y quedaron los dos de pie, frente a frente, en el centro de la estancia, mirándose  con cierto arrobo, hasta que él se decidió a hablar y le dijo “ Espero no haberte molestado. Pasaba por aquí y no pude resistir la tentación de subir a verte”. Ella escondió sutilmente el rostro, amagó una sonrisa, y se ruborizó. Después, dirigió la mirada hacia el libro que aprisionaba  el corazón entre sus páginas. Lo levantó levemente y mirándolo con simpático desdén, como si alguien le hubiese puesto ese objeto en la mano sin ella quererlo,  respondió. “No, qué va, no me molestas, si no hacía nada, solamente estaba leyendo”.

viernes, 18 de julio de 2014

Conspiración



Este texto es subversivo y por lo tanto peligroso. Hace unas semanas, mientras exprimía unas naranjas después de la ducha matinal, escuchaba “La Grange” , una canción de ZZ Top. “La Grange" pertenece a  ese tipo de rock&roll  confederado, machista  y auténtico que tanto me gusta. Siempre que suena me veo a mi mismo conduciendo una Harley  y follándome  a  todo lo que se menea en  moteles  baratos. ¡Cuántas veces no habré escuchado “La Grange”, más o menos a la misma hora  de la mañana, y cuántas veces  habré maldecido por no tener el carnet de conducir motos!. 

Pero ZZ Top  ya no es para mí, exclusivamente, una banda de Rock. Después de aquella mañana, ZZ Top ha marcado en mi vida un antes y un después. Me di cuenta de todo gracias a esa lucidez  privada que late de madrugada poco después de sonar el despertador; ese momento del día en el que,  por el hecho de ponernos a  caminar, creemos  que ya estamos despiertos, aunque la realidad es bien distinta: respiramos y ejecutamos actos cotidianos y rutinarios en un estado de semisonambulismo que  procesa nuestros pensamientos entre la inconsciencia y la realidad, entre los sueños  y la verdad. Es un estado que desaprovechamos a diario de un modo  incomprensible porque nos permite afrontar la realidad y nuestros razonamientos  utilizando  la audacia y el atrevimiento del que solamente somos capaces en los sueños. Viene a ser algo así como asistir con lucidez, durante unos minutos, a la existencia de nuestro superyó, todavía limpio y ajeno a  las  impurezas con que nos  amedrentan  los condicionantes de todo tipo y que acaban por  imponerse justo después de que nos hayamos puesto los calzoncillos, momento a partir del cual ya estamos dispuestos y predispuestos a resistir estoicamente todo tipo de humillaciones en pos de la paz social y de nuestra despensa. 

Sonó el último acorde de “La Grange”. El locutor dio la hora y a continuación, tras animar a la audiencia, anunció feliz  una nueva canción: 'Black Betty', de  Ram Jam. Yo escuchaba y bebía al mismo tiempo el zumo fresco. Oía  potentes las voces, las  guitarras y la batería, que recibía igual que una oración matinal, sin matices, como una salmodia  latosa   infiltrada  a esa hora temprana  en mi casa aprovechando  mi gusto por ese tipo de música.

Finalizó 'Black Betty',  emitieron el boletín de noticias y tras unos minutos de publicidad empezaron a sonar, una tras otra, entre secciones, frases y distracciones variadas, exactamente las mismas canciones que suenan indefectiblemente, todos los días del año, ya llueva, nieve, abrase o se pierda el mundo entre nieblas espesas.

En un principio no di mayor importancia a mi observación. Tan solo pensé en cambiar de emisora, de modo que así lo hice, pero como  ya albergaba cierta alarma  y se había inoculado en mi cabecita loca el germen de   la obsesión, dediqué las madrugadas siguientes al análisis exhaustivo del dial y de la programación matinal, de modo que estuve rastreando todas y cada una de las frecuencias de la FM  y todos y cada  uno de los programas despertador sin excepción. Los resultados  que arrojaron mi misión  son inquietantes. Dada una emisora determinada  y el público a que se dirige, sus responsables eligen un estilo de música determinado. Dentro de cada estilo diferenciado, todos los días de la semana de todos los meses del año suenan, en todas las emisoras nacionales, exactamente las mismas canciones. Nunca se producen variaciones. Ni el más leve cambio, ninguna novedad, ningún tema extraño al inventario. A veces, incluso, algunas de ellas suenan a la misma hora de la mañana con una puntualidad que  resulta un tanto  perturbadora. 

He sabido por boca de estudiosos y expertos que a los niños les  gusta ver una misma película una y diez veces; que les encanta que papá o mamá les repitan hasta el hartazgo el mismo cuento noche tras noche. Parece ser que este fenómeno se produce por una razón. La reiteración argumental ofrece a los más pequeños seguridad en sí mismos y seguridad en el futuro. Escuchar siempre la misma historia les mece en la certidumbre; les  blinda en las fantasías reiteradas  de los cuentos  un hipotético  dominio sobre el mundo que les rodea. ¡Santa  y bendita ingenuidad!

Sin embargo, crecemos y parece que no aprendemos a zafarnos de los engaños, a descubrir  las trampas y  a desvelar  los placebos. Y es que las conclusiones a las que he llegado después de realizar mi estudio no pueden resultar más  alarmantes.  La repetición sistemática  de la programación musical en las emisoras que emiten programas despertadores  no es más que una de las  acciones integradas  dentro de la estrategia conspiradora más peligrosa y dañina que nunca, nadie,  haya conocido hasta la fecha,  destinada a un único fin: convencernos desde las primeras horas del día -justo cuando nuestra conciencia despierta de nuevo a la realidad- de que nada cambia; de que  siempre, ahora, y ayer, y mañana, todo va seguir igual; de que no hay posibilidad alguna de novedad, progreso o transformación.

No me resulta difícil imaginar una madrugada cualquiera, exprimiendo tres o cuatro naranjas y escuchando por sorpresa una de las sinfonías de Mozart, a Rocío Jurado, o a Mecano en el mismo programa en la que escucho a diario “La Grange”. Seguramente, cambiaría de emisora. Después encontraría en el dial  otra de mi gusto, pero  volvería a encontrarme con otra sorpresa, y cambiaría de nuevo, y así cada mañana, de cada uno de mis días, hasta que mi superyó, presente en ese estado de precaria lucidez seminosámbula, tomaría las riendas de mi vida lanzándome a la calle sin ni siquiera ponerme la ropa interior. De esa manera -no me cabe ninguna duda- daría comienzo una nueva era.

jueves, 10 de julio de 2014

Dos páginas más ( Fragmento del diario de un hijo de puta)


Tengo 58 años y me masturbo tres veces al día, dos de ellas con éxito. Suelo beber, no fumo y de vez en cuando me voy de putas. A las putas les desagrada el aliento a tabaco. Nunca lo dicen, porque son muy sufridas, pero yo sé que es una de las cosas que más le jode, más que chuparla. Lo sé por mi madre, que cuando  llegaba a casa siempre lo decía, en voz baja, como hablando consigo misma, mientras contaba sobre la mesa del comedor la recaudación del día. Era como un susurro rítmico de pensamientos que ascendía y descendía de  tono, según se aproximaba a una nueva centena. A ella le servía para no perder la cuenta y de paso se desahogaba de los inconvenientes de la profesión. A menudo, al levantarse para ir a guardar el dinero, daba la salmodia por concluida con un final operístico, elevando un poco más el tono, y solía decir “¡Con lo barato que es un chicle, coño!”.
Me gustaría ir más veces de putas, pero el sueldo no da para más. Además, desde que murió mamá,  cada día siento más nostalgia. No sé si debe ser la edad, o si  esos traumas de los que hablan los psicólogos se agudizan o aparecen con el paso de los años. La cosa es que, de un tiempo a esta parte, no hay día que me acueste con una fulana que en un momento u otro de la faena no vea a mi madre. Y así es imposible, porque es como si me la estuviese follando a ella. Me ocurre siempre, tanto si se la meto por delante como si se la meto por detrás. Quiero decir que no tiene nada que ver con la cara, con el parecido de los rostros, el olor, y todo eso. Es ponerme, escuchar los primeros gemidos fingidos y ya la estoy viendo, cantando, tendiendo la ropa, meneando con la cuchara de palo el potaje dentro de la olla o hablando con la vecina. Y claro, me vengo abajo. Un día intenté pensar en otra cosa, en el dinero que había pagado, pero no sirvió de mucho porque entonces la sensación edípica (creo que la llaman así por un tipo antiguo que se llamaba Edipo y que se encachifollló  de su vieja) aumenta y no puedo quitarme de la cabeza a mamá contando y recontando billetes de 10 euros  entre rumores sobre el tapete blanco de la mesa que le bordó la abuela a punto de cruz.
Por eso ya casi no salgo. Me quedo en casa, leo a Proust y me hago pajas. Proust es un autor de lo más caliente. Nunca lo hubiese imaginado. Empecé a leerlo porque me dijeron que iba muy bien para curarse de los recuerdos, de la melancolía -o de la nostalgia, que no sé si es lo mismo- y que tenía un rollo un poco raro con su madre, o con su abuela, pero menuda sorpresa que me he llevado con Proust. ¡Qué tío! En una escena se corre encima de los pantalones solamente porque le roza una niñata bien. Después, con el paso de los años,  aprende a contenerse y ya es un no parar. Se convierte en todo un maestro, porque llega  un momento, cuando ya es un joven burgués la mar de apuesto, que se tira a todas las tías que van de vacaciones a la costa, a un pueblo que está muy bien, muy animado y que se llama Balbec y que debe ser como ahora Lloret de Mar o Sitges. No deja a una virgen.
Bueno, no sé si es Proust, u otro que se inventa Proust. No como yo ahora, que soy yo mismo, porque a mí, eso de inventar, no me va, y menos para escribir. Las cosas son como son y uno es como es. Si quieres ser otro, pues te esperas a carnaval, o te haces un perfil falso en Facebook, y juegas a ser una mujer cuando eres un hombre, y a ligar con tortis o con otros tíos,  o  a ser policía cuando resulta que eres un puto mafioso ruso. ¡Ja! Eso estaría bien.
Pero a lo que iba. La verdad es que en las novelas de Proust, vírgenes  no hay muchas. Son todas unas expertas. Los aristócratas y la gente pija siempre ha follado más y mejor que el pueblo.  Y es lógico. Tienen más tiempo para todo. Y también más gusto. A ver si va a ser lo mismo la linda Odette, o Albertine que mi madre, por muy madre mía que sea.   Además no se están de nada. Son de buen comer. Le dan a todo, carne y pescado, caracoles y ostras, como le decía Toni Curtis a Sir Lawrence Oliver en Espartaco, o al revés, ya no me acuerdo bien. Parece que los ricachones franceses se aprenden desde jovencitos la famosa lección de  polvo que no echas polvo que se  pierde para siempre. Por eso son franceses, y ricos.
Buena película Espartaco, la antigua, la de Kubrik. Un poco bruto. No tan cultivado como Proust y sus amiguetes del faubourg Saint Germain. De hecho es un zoquete analfabeto, pero como se enamora de una esclava muy fina, pues poco a poco se va cultivando y se convierte en el líder que el pueblo necesita para liberarse de la tiranía de las cadenas y conquistar la libertad. Algo así como Pablo Iglesias, pero en el Imperio Romano y sin novia.  Acaba fatal, como ocurre siempre con los héroes de la Historia.
Cuando me canso de leer -agotado de descifrar sujetos y predicados entre bosques de aposiciones- me  tomo un whisky apoyado en la barandilla del balcón y me entretengo en ver pasar a la gente. Siempre me fijo más en las mujeres. Ahora en verano van todas muy justitas de ropa y no hay mujer que me parezca fea. Unos días me pajeo pensando en las gordas, otros en las maduritas, Me da igual la raza, la religión o su condición social. Todas  tienen algo que me la pone dura, excepto las jóvenes, que  ya han dejado de ponerme. No es que no las encuentre apetitosas, porque hay algunas que están muy ricas, pero soy incapaz de hallar en ellas  ese detalle que me levanta, y me anima, y que tienen todas las otras. Qué se yo, una axila carnosa, un culo fofo y temblón, unas braguitas mal puestas, un par de pechos veteranos, esa barriga consolidada, bajo la camiseta ajustada, marcando un amplio ombligo, que es como una señal, un imán torbellino, el lugar desde donde uno empezaría a lamer, mirando hacia arriba, el rostro expectante y sereno, los pezones grandes y rosados,  y después deslizarse  entre dos columnas jónicas agarrado a dos enormes nalgas mientras te abrevas y saboreas las mieles de los años y escuchas el sollozo avezado del placer.
Hay noches en que me encuentro inapetente, no he leo ni una sola página y me  enclaustro en el sofá.  El sofá no es un lugar donde uno se recuesta. El sofá es una tumba de la que  es muy difícil salir, a no ser que conozcas los secretos de la voluntad. El sofá te encierra como en una prisión y te hunde en la miseria. Por eso yo, a menudo, me masturbo en el sofá, al menos un par de veces por semana. A mí me funciona. Es un modo efectivo de bendecirlo y de evitar así las consecuencias de su maldición. Después de correrme me levanto y me doy una buena ducha y ya estoy como nuevo para acometer otro par de centenares de páginas. En algún momento, incluso, me entran ganas de escribir, como ahora, pero enseguida me viene el recuerdo de mi madre, el olor  a guisos  de aquel piso, el rastro de perfume que dejaba cuando salía,  y entonces me bloqueo, y no salgo de los  mismos  temas.  He llegado a pensar, y a creer muy seriamente,  que cuando escribo me viene a suceder lo mismo que cuando voy de putas. Por eso muy pocas veces paso de las dos páginas. Tengo un buen puñado de escritos que ocupan dos páginas. Los tengo guardados en decenas de carpetas azules de cartón. Juntos formarían tantos libros como casi todos los que escribió Marcel Proust. Todo esto indica una sola cosa: que debería revisar mis hábitos sexuales. No sé si estaré a tiempo. A veces ya es demasiado tarde.

viernes, 4 de julio de 2014

Más allá del límite




(A mi hermano, a modo de abrazo, con amor)

Más allá del límite del camino hay nuevos lugares. Más allá de la silueta  azul de las viejas colinas  se precipitan hacia el valle ríos bravos de agua virgen. Al final de la vaguada, serpenteando los meandros, estoy seguro de que encontraría un mar que ahora ni siquiera soy capaz de imaginar: Sereno e impetuoso, dócil e indómito, gris  y cobalto, de brisas venéreas y galernas trágicas, oculto entre nieblas perturbadoras, resucitado en la luz del sol. 

Un jilguero se ha posado sobre una espiga verde y me asombra ver su habilidad para mantenerse,  balancearse, jugar sin partir el tallo frágil, igual que si se recrease sobre un columpio de viento. Al verme, se fija en mí,  un solo instante; gira el pico desdeñoso, desconfiado, y parte hacia el aire, en busca de otra espiga. Otros vuelan en bandadas, a su alrededor, y giran y giran agitados  sobre el mismo lugar, llamando inútilmente su atención. 

Una culebra se cruza a mi paso en un breve zigzag. Ha dejado sobre el polvo de la vereda su huella sinuosa. Surgió del trigal como una centella carnosa, y se internó apresurada en el zarzal, entre arbustos, encinas jóvenes y flores de hierba. Dos conejos brincan y rebotan. Se detienen momentáneamente, respingan las orejas y desaparecen raudos  tras la ginesta amarilla. Por ahí deben tener su madriguera. 

Un caballo pasta solo en el prado. Ni se inmuta. Sigue rastreando el pasto, ensimismado, ahuyentando con su cola rubia, descuidadamente, alguna mosca osada. A veces levanta la testuz, sacude las crines, detiene sus  ojos  tristes sobre el vallado y vuelve a inclinarse hacia la hierba, en un gesto adictivo  con el que parece evadirse de una incurable melancolía. 

Hay nubes adornando el cielo alto, blancas como hueso de quijada. Son orondas y muy voluminosas. No pueden disimular su afán de protagonismo. Si el viento no lo impide, amenazan  con su presencia perpetua. Pero el viento soplará, estoy seguro. El hálito de aire que cimbrea la mies arreciará y las rasgará  hasta transformarlas en líneas inofensivas, por más que alguien crea que se han  convertido en cuchillos o espadas. Es la trampa del atardecer, que invita a especular con apocalipsis en llamas. 

Un perro ladra. Guarda el establo de la granja que veo a lo lejos. Husmear, otear extraños,  esa es su tarea diaria, que cumple a rajatabla.  Sin embargo, reparo en que no le ladra a mi presencia, todavía demasiado distante. En realidad aúlla el eco lejano  del desafío de un rastro de tiza que atraviesa el cielo, y pienso en la felicidad de vivir en un lugar donde los perros todavía  ladran a los aviones. 

Camino y sigo el camino, sin pausa, hacia el punto de origen. Esta noche, aquí, cuando la oscuridad  enmascare el paraje y ya nadie transite, se lamentará el cárabo bobo y el cuervo negro graznará dormido sus pesadillas, hasta que el alba emerja más allá del límite y yo vuelva a caminar por estos campos, con la esperanza cierta de encontrar nuevas palabras.