miércoles 1 de febrero de 2012

El mito y la furia (IX)


(Viene de aquí)


En El Arenal ocurrió de todo, menos lo que yo esperaba, o deseaba, o preveía. Estuve muy cerca de estrenarme en la noche de San Juan. Nos metimos todos, en tropel, en una discoteca. Serían más o menos, las cuatro de la madrugada. Harto de bailar, de mirar, de beber, de acercarme a feas y a guapas y de no captar la atención de unas ni de otras, opté por sentarme a fumar en una butaca. Sonaba Police, y después Christopher Cross, y después los Dire Straits, y a continuación Pino D'Angio y también los llena-pistas Trio y su Da, Da, Da.

Sorprendentemente, cuando ya empezaba a dudar seriamente sobre mi orientación sexual y la de todas las allí presentes, a los cinco minutos de sentarme se me acercó una muchacha alta, de pelo largo y creo que negro. No estoy seguro, porque a causa de los focos y de los efectos de luminotecnia, a veces parecía verde, otras fucsia y a ratos rojo. Sí que recuerdo perfectamente sus ojos, grandes, oscuros, profusamente pintados, con sombras exageradas, y también que era muy guapa; era, lo que llamábamos una tía buena. Me dijo que me había visto bailar y que le enseñase a hacer un paso que le había gustado. Le pregunté cual. Ella se dio la vuelta y empezó a contonearse de espaldas, rozando su cuerpo con el mío. A mí me parecía que yo no había bailado así en la vida, sin embargo balbucí que lo hacía muy bien y que si practicaba podría llegar a hacerlo igual que yo.

De repente se detuvo, se colocó frente a mí, muy cerca, me rodeó con sus brazos y sin mediar palabra me dio el beso más húmedo que hasta la fecha nadie me había dado. El pelo, suave y largo como un velo, le olía a una mezcla de pachuli y Winston. Me empujó levemente con la mano izquierda en el hombro y caí a la butaca e inmediatamente se sentó sobre mí a horcajadas. Vestía un camiseta de tirantes muy fina, de amplio escote y color indefinido, y una de aquellas faldas blancas ibicencas -el último vestigio de la moda hippy que languidecía- de manera que al sentarse sobre mí pude percibir inmediatamente, en todo su esplendor, la suavidad y la blandura más íntima de aquella musa aparecida como por clemencia divina en la noche insular, porque percibía su sexo sobre el mío como si la tela de mis vaqueros se hubiese unido a mi piel o en realidad fuese mi piel.

El roce, la certeza de saber lo que lo originaba y el peso completo de aquel hermoso cuerpo sobre mí me producía una impaciencia extrema, un placer intenso, reventón, una sensación que en aquel instante no sabía si era más próxima al gusto o estaba más cerca del dolor. A causa de la erección casi insoportable que experimenté tuve la necesidad imperiosa de recolocarme el pene introduciendo subrepticiamente la mano entre el slip hasta dejarlo en la posición vertical que me exigía, a pocos milímetros de asomar desbocado entre mi ombligo y los pantalones. Ella se percató de la maniobra y sonrió débilmente. Me cogió la cara, se abalanzó sobre mi boca y estuvo besándome casi un cuarto de hora sin parar. A veces, yo le tocaba las tetas, y mientras las lenguas iban i venían igual que anguilas dentro de bolsas llenas de agua, yo respiraba por la nariz los gemidos atrapados.

A los diez minutos nos tomamos un respiro y ella me pidió un cigarrillo. Fumamos los dos. Nos dijimos los nombres. Al saber el mío rompió a reír. “Tu y yo poblaremos el mundo querido Adan, y mancillaremos el paraíso prohibido”. Ninguna de mis amigas jamás me había hablado así. Al percatarse de que a consecuencia de su frase me había quedado medio alelado, rió de nuevo, pero esta vez un tanto desdeñosa, con cierto tonito de desprecio. “Es que yo me llamo Eva” y a mi entonces no se me ocurrió más que un ¡ah! y después otro ¡ah! y una carcajada forzada, espasmódica, casi más próxima a un quejido de vergüenza que a la risa. Mientras, ella devoraba el cigarrillo en largas caladas, que expelía sonoramente cerrando los ojos y levantando la cabeza hacia las luces de la discoteca. Eva -según me dijo- también hacía el viaje de fin de curso. Venía de Valencia. Con una voz demasiado rasgada para su edad me estuvo explicando que era hija de L.S., famoso industrial secuestrado por ETA un año antes, fundador y dueño de una famosa fábrica de helados. Yo, tan proclive a la mitomanía, a la admiración de la celebridad, fuese cual fuese su motivo, en esa ocasión no me sentí en absoluto impresionado. Lo que de verdad me tenía impresionado era su maestría para el beso largo, para el auténtico y genuino beso de fondo, y la habilidad para, en el momento del beso, cubrir los rostros de ambos con su larga cabellera camaleónica, y con el aroma fuerte de su cuerpo, un mezcla salvaje de sudor dulce, tabaco rubio americano y colonia silvestre que provocaba un efecto de aislamiento, de espacio reservado y opaco en el que ni la luz ni las miradas de nadie podían entrar: Adan y Eva, solos, en la estridencia loca de un lugar donde se hacinaban cientos de jóvenes, al ritmo del Da, Da, Da.

Cuando terminamos nuestros cigarrillos me dispuse de nuevo a besarla. Pero justo en ese momento apareció por aquel rincón aparentemente discreto de la discoteca una amiga, la famosa amiga inoportuna que pululaba por todas las discotecas del país. Se acercó a ella sin saludarme, le dijo algo al oído y la bella y rica heredera del bombón helado descabalgó. Ya de pie me dijo que, si yo quería, nos veíamos dentro de una media hora en la playa del balneario 8, justo al lado de los patines y de las barcas. “Claro”, le respondí con tono de rompebragas experto. Aquel lugar no estaba demasiado lejos, de manera que así quedamos. Eva me lanzó un beso con la mano y me guiñó. Yo me despedí diciendo “hasta ahora” saludando con la mano abierta, como quien se despide de su tía.

No me lo podía creer. Si Eva me había citado en la playa, de madrugada, después de la sesión de morreos y magreos que habíamos tenido, es que tenía intención de llegar conmigo hasta el final. Aquella era la noche, aquel era mi momento; yo, Adan, comería por vez primera el fruto del árbol prohibido, saborearía las mieles del placer, experimentaría los misteriosos efectos que producen los interiores insondables del cuerpo de una mujer. Así que un par de minutos después, una vez repuesto de la agitación, salí de aquel lugar en dirección a mi cita, directo a mi encuentro con Eva. Allí esperé paciente más de media hora, fumando apoyado contra el tobogán de un patín. Ya no había luna. Faltaba muy poco para el amanecer. Miraba el reloj y miraba hacia el mar. Me hubiese gustado pensar que la oscuridad del mar inmenso me recordaba los ojos de Eva, pero no se me ocurrió, se me ocurre ahora. Cuadrillas de estudiantes borrachos cantaban y gritaban como energúmenos corriendo y mojándose los unos a los otros. A mi espalda, a tres patines de distancia, dos parejas follaban tumbadas sobre la arena al abrigo de las embarcaciones. Frente a mí, sentados en la orilla de la playa, dos tipos fumaban casi sin moverse. Fumaban y miraban hacia dentro del mar. Uno de ellos se levantó, tiró la colilla en una parábola perfecta, cogió una piedra y la lanzó al agua. Aquel estilo me era familiar. También me era familiar su silueta, la complexión de su sombra. ¡Claro que sí! ¡Aquel no era otro que Tito, el mismísimo Tito Gálvez! Y el que estaba con él no podía ser otro que El Largo, Pepe El largo. Me acerqué y les llamé por su nombre. “¡Coño, Pepe, mira quién aparece, si es Adan!. ¿Qué haces aquí? “, me preguntó Tito. “ Pues mira, aguantando el plantón que me han dado”, respondí. “¡Ja!. ¿Has oído Pepe?. ¡Qué pringao!”. “Si, qué pringao”, respondió El Largo, casi sin ganas. “¿Y vosotros?¿Lleváis mucho tiempo aquí?” les pregunté. “Yo poco más de una hora, pero este más. Ya se ha hecho dos pajas. Por lo menos llevará aquí casi hora y media” espetó Tito. “¡Sí señor!. Nosotros también hemos pringao; pringaos a base de bien. ¡Qué jodida valenciana. Con los buena que estaba.!”, añadió Pepe mientras se frotaba la entrepierna.“ Sí, buena, buena, lo que se dice buena de verdad. En mi vida he visto una tía así” dije yo.

Des del final de la madrugada llegaron dos olas a la arena, casi sin fuerza, sin apenas espuma, y durante ese espacio de tiempo nadie dijo nada. Entonces nos miramos los tres y nos pusimos a reír a carcajadas.


Estuvimos en la playa fumando sin parar hasta que despuntó el día. Cuando se acabaron los cigarrillos nos levantamos y nos fuimos al hotel. Cada diez pasos, Pepe carraspeaba, escupía y evocaba en voz alta a nuestra sirena colectiva con expresivos epítetos. Tito y yo no decíamos nada; bastante teníamos con arrastrar por el paseo interminable nuestras gónadas en silencio. Cuando llegamos ya servían el desayuno. Subí directamente a la habitación y me masturbé husmeando como un perro el rastro del aroma transpirado de Eva. Después me quedé dormido. Estuve durmiendo todo el día. No recuerdo si soñé.

(Continuará)

miércoles 25 de enero de 2012

El mito y la furia (VIII)



(Viene de aquí)

S
in embargo, cuando todavía era un joven despierto, a la búsqueda de emociones y en pos de la revelación de los mitos que me ofrecían una vida prometedora, resultaba ser un especimen no demasiado feo. Pero de eso hace ya tantos años que esta aseveración carece de toda credibilidad; de la autoridad suficiente como para que ni siquiera yo mismo la tenga en consideración, fundamentalmente por dos razones: porque la memoria miente más que habla y porque un cuerpo joven, rebosante de energía, con el futuro por estrenar, es siempre atractivo si se exhibe junto a otro que ronda el medio siglo cuyo presente transcurre entre las arrugas de la piel de su vientre, torpe, lento y tedioso, varado igual que un cetáceo suicida en el recuerdo diario de frustraciones pasadas, en el desaliento de la derrota, sufriendo panza arriba las convulsiones provocadas por la obsesión enfermiza de creer haber sido la víctima de un fabuloso engaño.


Tampoco es que fuese un Adonis. Digamos que la juventud y la ausencia de barba, sumadas a una estatura algo más alta que la media me posicionaba en el mercado prematrimonial dentro de un segmento ventajoso. Además el peso, la anchura de espaldas y un trasero respingón me ayudaban a abrir el abanico de posibilidades para experimentar y vivir holgadamente, sin demasiados agobios ni complejos, los primeros encuentro sexuales, los primeros roces, besos, morreos, chupetones, magreos, revolcones, pajas, bailes, sueños, felaciones y -claro- fracasos, sustos, chascos y frustraciones.


Los días en los que empezaba a parecerme a un hombre estudiaba el célebre BUP en un colegio de los hermanos de La Salle. Aunque siempre había algún hijo de puta (dónde no), aquellos tipos eran bien intencionados. Un día sí y otro también, nos sorprendían en los lavabos, en los vestuarios, o al abrigo de la fachada posterior del colegio, pegados a las tetas de la primera compañera de clase que nos mirase sin intención de pedir los apuntes, tocándonos y magreándonos a discreción, con tal afición, rapidez y fruición que aquellos instantes de placer urgente, de manoseos y lengüetazos inexpertos nos parecían los únicos y los últimos que pudiésemos disfrutar en la vida.


No obstante, además de ser de lo más natural, esos escarceos suponían una especie de curso preparatorio, un programa de prácticas espontáneas, autodidactas, diseñadas por el puro instinto, por el recuerdo de alguna película, o por el consejo de algún colega aventajado, encaminadas a hacer un buen papel en el anhelado y mítico viaje de fin de curso que inexorablemente se hacía durante la última quincena de junio al Arenal de Palma de Mallorca, la Isla de Gomorra nacional para bachilleres vírgenes, el paraíso.


De manera que a la vista del panorama, acuciados por el aroma de nuestros cuerpos, que convertían las aulas en un vertedero hormonal, y ante el desconcierto continuo y diario de los hermanos (poco acostumbrados a torear cursos mixtos), en la primera semana del mes de mayo -el mes de la virgen- decidieron organizar tres cursos intensivos de educación sexual en un alarde de progresía y de osadía sin parangón.


Aunque las clases eran de chicos y chicas, en esos cursos fuimos segregados. Yo creo que lo hicieron así porque nuestros queridos hermanos quizá no hubiesen soportado el pudor al escuchar según qué consejos, qué prácticas o qué avisos en presencia de sus alumnas. Cada una de las tres jornadas de educación sexual que recibimos estaba destinada a un tema: el sexo desde el punto de vista de la religión católica; el uso de los métodos anticonceptivos y, la última de ellas, la que se nos quedó grabada durante mucho tiempo en la memoria, las enfermedades venéreas o de transmisión sexual. Es decir, que nos dijeron que hacerse pajas era desperdiciar el bien que Dios nos dio, una especie de derroche productivo sin fin ni objetivo. (Todos esperábamos que nos dijesen algo sobre quedarnos ciegos, calvos y raquíticos; algo así como que nos iban a salir golondrinos en las axilas, que es lo que se venía diciendo hasta entonces. Pero aquellos tipos ya eran de otra hornada y se limitaron a filosofar sobre la función del sexo como un don divino, como actividad reproductiva con un componente ineludible de compromiso matrimonial for ever and ever.)


También nos enseñaron cómo era un condón, cómo era un diafragma y las instrucciones de colocación. Por supuesto no nos lo enseñaron de verdad. Bastante hacían con mostrarnos ejemplos en una pantalla, a través de diapositivas que se sucedían una tras otra dentro de un carro circular, y que producían un sonido mecánico y acompasado, casi rítmico, de entrada y de salida, gobernado por la voluntad del hermano Juan desde el mando a distancia. Aquel sonido era lo único que se oía en la sala; a veces se mezclaba con algún carraspeo, con alguna risilla tonta, y con la luz amarilla y caliente que surgía de la máquina hacia la sábana blanca igual que el haz inquisidor de la linterna en el cine.


Pero si en algo insistían los ponentes del curso era en la abstinencia y en guardarnos para el matrimonio. Ahora bien, no les faltaba un mínimo sentido común porque, según nos dijeron, lo más importante era que, aun a sabiendas de actuar en contra de los preceptos cristianos, si la debilidad de la carne nos llevaba a la fornicación y de ningún moco podíamos renunciar a un buen polvo, deberíamos hacer lo posible por evitar dar un disgusto a nuestros padres y tirar nuestra vida por la borda a las primeras de cambio. Amén.


Con todo, si algo nos impresionó de verdad del curso intensivo, si algo nos dejó huella, fue la tercera jornada de la programación. Una tras otra, el médico invitado para la causa nos comentaba con voz firme y clara decenas de fotografías que mostraban con todo tipo de detalles los estragos que producían la sífilis, el chancro, los herpes, la gonorrea, los granulomas y hasta las ladillas. Huesos descoyuntados, pollas purulentas, lenguas llagadas, vaginas semipodridas, ingles en carne viva… todo aderezado con un toque cultural porque, entre pústula y pústula, aparecían en pantalla, por ejemplo, los retratos de Colón, Napoleón, Lenin, Nietzsche, Van Gogh, Churchill… el club histórico de la sífilis, una escogida recua de personajes célebres que supuestamente padecieron alguna modalidad de enfermedad venérea . “Si personas de este nivel intelectual cayeron en el error, imaginaos lo que os puede pasar a vosotros, que vais por el mundo medio empanados”, se atrevió a decir el hermano Juan. “Así es”, asintió lacónico el médico.


Ahí quedaba eso, como enseñanza, como recuerdo, un mes antes de embarcar hacia Palma de Mallorca. Todo bien encajado en la sesera, como un equipaje de mano que no era necesario facturar pero equivalente al peso de un gran contenedor. Yo por entonces, ya había leído unas cuantas novelas, y algunos versos, y aunque me masturbaba en el cuarto de baño más que un mandril, tenía idealizado lo que en cuadrilla llamábamos a gritos y entre grandes carcajadas, follar.

Para mi, en la intimidad de mis pensamientos, follar era un hecho trascendente y fundamental en la vida de un hombre; follar en realidad era una mezcla de amor, caricias expertas, piel, y gemidos, un momento tocado por lo místico, un espacio acotado y aislado para la desnudez de la carne y para el placer, íntimo, singular, en el que el universo físico debería de desaparecer; el instante de elevación supremo, de goce sin límites que me transportaría a mí y a la afortunada que yo tuviese a bien elegir, a la frontera última y remota de los sentidos, a la noche inabarcable, a una calidez desconocida, indefinible, sumergida en humedades sedosas, en la que cada vez que ella y yo llegásemos al éxtasis se produciría al mismo tiempo el fin del mundo conocido y el inicio de un mundo nuevo.Yo esperaba eso de la primera vez, y creí que en El Arenal lo encontraría.

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miércoles 18 de enero de 2012

Un silencio de siglos


Hace unos cuantos meses decidí no participar de la actualidad; me dije a mi mismo que la actualidad que me interesaba era la que pasaba por mi imaginación, por mi cabeza, por las venas de mi sangre y los conductos de mis fluidos.

Mi abuela decía que la cabra tira al monte, que es una manera muy clara y bien concisa de definir el determinismo, esa fatalidad gracias a la cual uno no puede librarse de la tiranía de su naturaleza.

Ayer escuché en directo el momento justo en que el juez Baltasar Garzón se despoja de la toga de magistrado, se levanta del escaño del estrado donde se sientan los letrados, camina unos cuantos metros y se sitúa sobre el banquillo de los acusados.

Cuando el juez se encaminaba hacia su destino, la redactora que narraba por la radio ese momento de ignominia histórica de la justicia dejó de hablar y durante breves instantes se produjo un silencio de siglos que me permitió oír el sonido de los pasos de Baltasar Garzón dirigiéndose hacia el lugar donde se han sentado miles de criminales y algunos inocentes.

Después, el juez que juzga al juez le preguntó su nombre, le preguntó la edad y le ordenó que se sentase. A continuación, uno de los abogados que ha asesorado durante los años de la rapiña a los encausados de la trama Gürtel para mejor robar, esconder, blanquear, y evadir el producto de su botín, inició el interrogatorio en representación de la acusación particular con preguntas dirigidas al hombre que le persiguió en nombre de la justicia y del pueblo español.

Y aunque esto que explico ya lo sabe todo el mundo y forma parte de lo más escrito y leído hoy en Internet, no por eso ha dejado de ocurrir. Así es que como la cabra tira al monte, yo no he podido sustraerme al oprobio porque yo también estoy ahí, en ese banco, sentado como un criminal, juzgado por un criminal y encausado por criminales. De manera que me cago en la Justicia, me cago en las leyes, en sus legisladores y en este país que protege al forajido y aniquila a sus garantes.

lunes 16 de enero de 2012

Miserere hostiae Fraga



Tu carne ya se pudre debajo de la tierra. Tu aportación biológica al ciclo de la vida es un tributo del que no participa tu conciencia, ajeno a tu santa voluntad, que acontece gracias a la terquedad de la vida, a las leyes naturales que organizan el universo y contra las que no puede ni tu soberbia, ni tu maldad, ni tus dictados.

Ni si quiera
podrá evitar que los gusanos descompongan tus vísceras la inteligencia maquiavélica con la que naciste, cuyo ejercicio te rindió cargos, gloria, vanidad y poder para decidir sobre el momento de la muerte ajena, sobre el destino de hombres y mujeres, sobre sus libertades y anhelos de justicia… el ínclito creyente, el cristiano ejemplar, Manuel Fraga Iribarne.

Hoy, la memoria de tus víctimas canta y se regocija porque, por fin, te has muerto y así el mundo es ahora un lugar mejor para sus descendientes.

miércoles 11 de enero de 2012

El mito y la furia (VII)

(Viene de aquí)

Decidí seguir. Siempre hay que seguir, no queda otra. O sí, porque hay alternativas que generalmente solemos despreciar gracias a la idea pregonada una y mil veces que nos convence de lo valiente y lo honrado que es escoger la opción más difícil. Nos han persuadido de que el esfuerzo nos mejora, nos fortalece, muscula nuestra moral y nos proporciona, más tarde o más temprano, la recompensa redentora. Y entonces, nuestras dudas, las flaquezas, los sinsabores y la piel que hemos ido dejando por el camino fertiliza la tierra y todo cobra sentido porque a la postre resulta que somos mejores. Así, en general, dicho a las bravas: que somos mejores. Creo que la frase-sin el artículo neutro de por medio- se refiere a ser mejores personas, aunque también puede ser, en términos consultores, que se refiriera a ser más profesionales, más competitivos, más productivos, más rentables. Y creo que también podría indicar tener más dinero, lo que en estos tiempos se ha venido en llamar mejorar la calidad de vida, aumentar el poder adquisitivo o permeabilizar a la inversa nuestra posición en la pirámide social.

Sin embargo, pocas veces uno de estos frutos del árbol del sacrificio madura en la misma rama. Yo quise explicárselo a mi hijo, pero no entendió nada. Quiero decir que intenté explicarle que para llegar a ser mejores hay alternativas al sacrificio, al trabajo duro y a la pura, simple y llana honestidad del pobre. Pero no entendió nada.

Mi hijo nació al poco de que yo empezase a estudiar en la universidad. No era el momento adecuado, pero había que seguir, siempre hay que seguir, y más cuando un futuro propio y al mismo tiempo ajeno irrumpe en tu vida, casi sin permiso, y hay que ocuparse de él, a todas horas.

Mi hijo creció, y a la que pudo, se largó de casa. Ahora, a veces, pienso en él, aunque no demasiado, porque me debilita. Pensar en mi hijo, en las causas de nuestro desencuentro, en lo que hice bien ó mal, en lo que dejé de hacer por él, o en lo que él dejó de hacer por mí, me resta la fuerza que ahora necesito.

Desapareció después de dar un portazo y de que yo le dejase las marcas de mis uñas en el cuello. A mí me dejó un bonito recuerdo en el pómulo izquierdo. Me lanzó su puño joven, impetuoso. Yo intenté esquivarlo y al moverme hacia atrás el escarabajo de plata que lucía en el corazón me rasgó la piel de la cara y la sangre de su sangre fluyó por ella. Todavía recuerdo el escozor que sufrí durante semanas. La herida cicatrizó bien pero cuando el sol me da mucho tiempo seguido, emerge hacia la piel desde nuestra intrahistoria, como si fuese el trazo corto, apenas esbozado, del carmín rosado de un pintalabios; una señal leve, transparente, casi imperceptible, nacida del vértice del ojo izquierdo que va a morir en el punto donde se inicia la pendiente del pómulo. Así es como ocurre. Así es como sé que cuando el sol ilumina mi cara durante unos cuantos minutos él se acuerda de mí.

Por supuesto, el suceso me costó el divorcio. No ha nacido todavía el Nerón que desmienta y pueda hacer nada contra el mito de la maternidad. Pero no quiero seguir hablando de mis fracasos como padre. Ya irá saliendo toda la mierda. Cada cosa a su tiempo. Antes de poner en la picota otro mito aparentemente invencible, el de la paternidad, tengo el deber de destrozar algunos más. El deber de confesar, o mejor, de examinar mi conciencia y de hacer públicas unas cuantas mentiras a través de mis decepciones; desmentir, desbaratar los grande mitos que hasta ahora han sustentando mi vida. Ya casi me da igual que esta catarsis sea colectiva, que a ella se sumen otros, o que el riesgo que tomo y la valentía que invierto en poner mis desengaños a secar sirva a mis semejantes. Yo sé lo que tengo que hacer, y lo hago exclusivamente por mí. Estos capítulos, la narración y la descripción de todos y cada uno de los hundimientos que he experimentado es solamente el primer paso, el encofrado sobre el que levantaré el plan para redimirme y tomarme cumplida venganza y preparar meticulosamente todo lo necesario para que nada falle en los días venideros de la furia.

“Riman los sueños y los mitos, con los pasos del hombre sobre la Tierra” escribió León Felipe. “Y más allá y más arriba de la Tierra. Nos lleva una música encendida que hay que aprender a escuchar para moverse sin miedo en las tinieblas y dar a la vida el ritmo luminoso del poema”, sentenció el poeta. Pero ¿Qué hacer cuando llegados a la mitad del camino no hay rima, los sueños se han desmochado y una sombra desvela la mentira del mito asonante?. Que ya no hay música, ni fuego, ni poema, ni sueños. Entonces queda solamente la evidencia mendaz de un futuro empaquetado y enlazado con nuestros colores favoritos, para que no cunda la sospecha y sigamos, porque siempre hay que seguir.

Dicho lo cual, creo que ha llegado la hora de darme a conocer. Que no cunda el pánico. No soy el primero ni seré el último de la historia humana que muestra, disponga o utiliza dos caras. Los ha habido célebres y también anónimos. Millares. Digo esto porque a partir de ahora va a asomar otro registro, otra- digamos- manera de decir o de contar, de explicar, de pensar y de actuar utilizando un grupo semántico un poco más adecuado a lo que está por llegar. Lo cual no significa que renuncie a la calma, a la paz de los sentidos, al sosiego de la memoria adormilada. Una y otra forma nacen de la misma lucidez, de un mismo ser, pero ambas pertenecen a futuros antagónicos.


De modo que aunque este no sea mi nombre, podéis llamarme Adan, un cuarentón avanzado al que le cuelga la grasa a babor y a estribor. A fuerza de mirar a los ojos de la gente para constatar mi propia presencia, de reclamar la reciprocidad reconfortante de una mirada que me redima del paso del tiempo, de los mitos, de la fealdad y de la actualidad, me he llevado demasiadas veces un par de hostias. Qué tontos somos, qué feos y qué tontos somos, coño, y qué viejos nos hemos hecho. No hay nadie que se salve: viejos como momias, más feos que Picio y tontos del culo. Juventud, belleza y futuro han pasado a ser para un servidor un recuerdo vago, difícil de cotejar; un estado lejano en el que ocurrieron sucesos en primicia. Más allá de eso, nadie que se cruce conmigo en la vida con procesos de regeneración celular, constantes vitales entre 12 y 8, coeficiente crítico de inteligencia notable, dos cojones para quejarse y una frecuencia sexual superior a la unidad semanal, posee corporalidad, personalidad, futuro, nombre y presencia sobre la tierra.


Por eso, a estas alturas de la vida, ya he renunciado a navegar contra corriente y asumo mi condición, mi clase y el sentido de esta vida, una sucesión degenerativa de procesos biológicos con fugas de energía que se transforma pero cómo y de qué manera y a dónde va a parar. La vida, como un puto banco cántabro. Ahí tenemos a Indalecio Bot, tan seguro de sí mismo, feo igual que yo, como un pulpo en salsa, pero más viejo, y ¡cómo le miran al pasar!.

La vida de Bot –los íntimos le llaman In- es otra vida. Ya no depende de si tienes cuarenta, o cincuenta, o de si se te descuelga la papada, o no se te pone dura. Porque cuando tienes tu apellido en el diccionario del Word, con todas las letras bien puestas, has llegado a lo más, estás en la cima. Desde allí ves el mundo trajinar su supervivencia; ves a tus congéneres pasarlas putas para superar las pruebas que tú mismo diseñas. Porque eres el amo, y haces y deshaces y aquí no chista ni Dios.

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miércoles 4 de enero de 2012

Carta a uno de los reyes




Majestad. Soy consciente de que a partir de ahora y para siempre deberé llamarles así, majestades, con la fórmula a la que todo plebeyo está obligado. Sin embargo, en honor a los buenos momentos compartidos, permítanme que sea sincero y les confiese que me sentía más cómodo llamándoles papá y mamá, tal y como me pidió que hiciese el primer día que entré en palacio. Aquella mañana radiante, en hora próxima al mediodía, me acerqué a usted con paso firme, seguro de mí mismo, plenamente consciente de lo que hacía. Su hija me aconsejó que no temiese, que fuese como soy, sin dobleces ni gestos impostados, de manera que al atravesar las puertas de salón caminé confiado media docena de pasos y me planté frente a usted, Señor, y estreché su mano, y C le dijo este es el hombre con el que quiero casarme.

A un paso de su majestad, nos observaba mamá (o mejor, su esposa) con atención mal disimulada. Parecía tranquila, pero un pequeño detalle en el que reparé delataba nerviosismo contenido. Tenía la mano izquierda completamente cerrada. Ese puño excelso aprisionaba o escondía su dedo pulgar pretendiendo concentrar toda la fuerza de autoconvicción con la que poder certificar que lo que en aquel momento estaba teniendo lugar era lo adecuado, lo que más convenía al futuro de su hija y de su familia. Yo, muy dispuesto, siempre erguido y con la dignidad correspondiente a la confianza que me otorgaban, me acerqué a ella decidido, cerré lo justo el ángulo de mi cintura, tomé su mano derecha y la besé levemente. Para ser sincero debo decir que, además de frío, percibí un perfume extraño, antiguo, un olor como de armario vacío o a dentadura postiza.

Espero que esta carta quede en su escritorio y no salga jamás de allí, Majestad, porque nada me apenaría más que su hija y mamá la leyesen. De hecho, preferiría que la destruyese. Si he tomado la decisión de escribirle no es por recordar o por compartir la memoria de esos inicios más que prometedores. Es que ha llegado el momento de la verdad, el momento de ser sinceros. Desde el primer día que me abrieron las puertas de su casa pude comprobar en primera persona que la fama de su hospitalidad y su campechanía no eran bulos difundidos que formaban parte de la campaña permanente de persuasión dirigida a sus súbditos. Por eso, gracias a los consejos y a la complicidad de C y a los signos de confianza y de fraternidad sincera de que fui objeto por parte de toda la familia, en pocos días anduve por su regio hogar como Pedro por su casa, si es que me permite la expresión que tuvo a bien utilizar conmigo el nefasto día en el que llegamos a las manos. Si recuerda, Señor, aquel día me mandó llamar. Yo hacía unas semanas que había llegado de Washington. Necesitaba atar y desatar unos cuantos cabos y mi presencia en la ciudad condal era más que necesaria, imprescindible.

No sé cómo le llegó a usted la noticia, o sí, qué estupidez. Yo estaba en mi casa de Barcelona recuperándome del jet lag y C, que estas cosas del cambio horario las lleva mejor que yo, enviaba en aquel momento unos e-mails a Palma y a Valencia. Quien llamó en nombre de usted fue Rafael. En ese instante yo me estaba acordonando el albornoz y me enjuaga el pelo con la toalla, así que fue ella quien cogió el teléfono. De hecho, entré en el despacho de esa guisa, mojando la moqueta, y enseguida me di cuenta de que la cosa tomaba un rumbo preocupante porque vi en C una palidez extraña, como la que sufren los cleptómanos principiantes a los que sorprenden en el Corte Inglés. Me ha gritado- me dijo-. Rafael me ha gritado y me ha dicho que vayas inmediatamente a palacio. El helicóptero te espera en la terraza del hotel, en el de siempre.

Y en un par de horas ya estaba allí, frente a usted, Señor. No sé si vale la pena que le recuerde también aquel encuentro. No me lo esperaba, la verdad. Su actitud, sus formas, su manera de dirigirse a mi resultó verdaderamente decepcionante. Cogerme de las solapas, zarandearme, llamarme advenedizo de mierda…. Todo, podría haberle aguantado todo. Eso y mucho más: te has paseado por España como Pedro por tu casa, alardeando de algo que no eres. Te dije que no te movieras de los u ese a, imbécil, que plantases allí tu culo y no lo levantases en algunos años, que yo y mamá proveeríamos, que no tendríais que preocuparos por nada, pero que no aparecieseis por aquí en años-añadió usted-. Y yo impasible, me limitaba a aguantar el chaparrón viendo como se manchaba el escudo de su batín con los restos de la espuma de su boca.

Al poco, si hace memoria, se calmó. Rafael le ayudó a sentarse y con un gesto de su mano me indicó que yo hiciese lo propio. Usted quizá no lo recuerde, o quizá sí, aunque sé que lo va a negar, pero a continuación, mientras recuperaba el resuello y se limpiaba la boca con su pañuelo bordado, musitó hay que ser estúpido, tonto del culo, toda una vida haciendo lo mismo y estos no aprenderán nunca, lo quieren todo en cuatro días. Después aumentó el tono de voz y compungido, o aparentemente compungido, me dijo que lo que más le dolía es que hubiese hecho de su hija una golfa. Y ya no pude más, Majestad. Usted lo entenderá, Señor. Todo lo que sé lo he aprendido en su casa, pero si algo se me ha quedado grabado a fuego como un tatuaje sobre el hombro es que lo único que tenemos es el honor. Por eso me levanté y con la apariencia de querer arrodillarme ante su persona para que Rafael no sospechase, me acerqué a usted, levanté el puño de mi brazo lanzador y le propiné el puñetazo cuyo recuerdo ha lucido durante todo este tiempo.

Los tiempos cambian papá, hay que moverse rápido, se lo dice un deportista. Sé que ahora estoy solo, y que me la tiene jurada, pero cuento con fondos más que suficientes para vivir tres vidas, holgadamente, a costa de nuestros súbditos que tanto nos quieren. El otro día una señora decía en la radio que no aguantaba que los políticos roben, pero que a nosotros, con tal de engrandecer el país, nos lo perdonaba todo. Estoy por dejarme atrapar para que me juzguen públicamente, y conmigo a toda tu real casta, y de paso, ponemos a prueba a toda la maquinaria de persuasión que trabaja a tu servicio, pero no les vamos a dar ese gusto, no nos vamos a arriesgar más de lo conveniente, ¿Verdad, papá?. Tus nietos te quieren, eres un abuelito entrañable, tu hija te echa de menos, y yo, bueno, ya sabes, yo soy tu hijo, tu hijo político.

Espero verte pronto, Señor. Será señal de que las aguas empiezan a encauzarse. Y no me guardes rencor, yo así lo hago. A buen seguro, celebraremos las próximas navidades toda la familia unida, de nuevo, como debe ser.

Tuyo afectísimo

PD: Destruye esta carta, por favor. No me gustaría por nada del mundo que mamá leyese lo que pienso al respecto de la colonia que utiliza.

miércoles 28 de diciembre de 2011

El mito y la furia (VI)


(Viene de aquí)


Yo, por entonces, había cumplido los 25, estaba casado y hacía unos meses que había firmado una preciosa y linda hipoteca al 17% de interés fijo. Me levantaba a las seis de la mañana. Tomaba café con las legañas todavía pegadas a los ojos en un tugurio ahuecado entre los portales de dos bloques de pisos con vistas a las vías del tren, que se construyeron bajo la protección de la empresa de pinturas y barnices en la que años atrás recibí mi bautismo laboral, uno de los lugares más peligrosos de la comarca, pues en su interior se almacenaban y se fabricaban toneladas de disolvente tan sólo a diez metros de donde purgaban las maldades de sus anteriores vidas cerca de diez mil almas. En aquel local miserable de mostrador pegajoso, una buena recua de parroquianos impenitentes bebía licores de destilación sospechosa y se envenenaba dentro de una nube densa de humo amarillo.

Acompañaba cada mañana a mis camaradas de ruta dentro de aquella cueva sucia en su desayuno a base de coñac de cocinar, aguardiente clandestino y cigarrillos de tabaco negro. Después entrábamos en el almacén de la factoría por una pequeña portezuela metálica de color verde que se encontraba justo al doblar la esquina según salíamos de la tabernucha. Los primeros días, al entrar por aquella puerta, me sentía especial, porque casi nadie de la empresa podía utilizar aquel acceso. Solamente lo utilizábamos la decena de camioneros que hacíamos el reparto diario y los comerciales, siempre tan altivos y perfumados. Por eso, durante las primeras jornadas, me sentí como un Hermes de los colores, el Dios audaz y veloz que portaba a los hombres los matices del mundo, el azul del cielo, el verde del campo; el héroe eterno cuya misión consistía ni más ni menos que en la de salvar a la humanidad de la grisura de sus existencias.

De nuevo, no tardé mucho en despertar de semejante memez. Solamente fueron necesarias unas cuantas toneladas de pintura cargadas y descargadas a mano, en los más variados recipientes: botes que iban de un octavo de kilo a los 40 kilos, unidos y retractilados en paquetes de 6, 8 o 10; cajas de pintura en polvo de 30 kilos y grandes bidones de 200 ó 250 kilogramos de pintura que descargábamos en las grandes factorías de automóviles de la provincia y que aprendí a mover apalancándolos con la rodilla y con el pie para después hacerlos rodar sobre el borde del culo manejándolos desde la tapa como si fuese una ruleta.

Después de haber cargado una media de diez toneladas de pintura por camión, cada cual subía al que le habían asignado para pasar en su interior el resto del día por la carretera y dejar a la puerta del cliente lo que indicaba el alabarán, de manera que en una jornada normal podía manipular con las manos entre 6 y ocho toneladas de pintura y conducir unos cacharros que carecían de asistencia en el volante durante más de 400 kilómetros. Yo he sido siempre de natural pacífico pero si el destino me tiene reservada una pelea a brazo partido, aquella época hubiese sido para mí la más oportuna.

Por aquel trabajo cobraba cada mes 40.000 pesetas. El patrón- al que hoy en día llamaríamos emprendedor- se hacía cargo del coste de la comida que teníamos que hacer en restaurantes de carretera; nos costeaba incluso la copa y el puro y esa hora larga de sabores fuertes, tabaco recio y calorcito interno me redimía del dolor de brazos, de riñones y de piernas.

Y es que cuando dejaba el camión aculado en el muelle de carga, preparado para la jornada siguiente, estaba tan cansado que había días en que los brazos se me levantaban solos hasta ponerse en cruz y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para poder llevarlos pegados a los costados de manera natural. (Solamente he vivido una sensación semejante durante el servicio militar. Fue un sábado. No tenía un chavo en el bolsillo y no podía salir a ningún sitio. Unos amigos madrileños me invitaron a su camareta. Allí estuve todo el día a base de música de su movida, hachís, vinacho cuartelero y latillas de calamares. Cuando nos mandaron a formar al toque de retreta no podía estarme quieto; me balanceaba como un tentetieso y había perdido la sensibilidad en el brazo izquierdo, que se empeñaba en independizarse del cuerpo. Un compañero de la fila de atrás intentaba sujetarme agarrándome de las cinchas, pero no resultó. Me cayeron 3 días de arresto que no cumplí porque el sargento estaba todavía peor que yo y jamás volvió a recordar aquella retreta.)

Al salir por la puerta grande de la fábrica me despedía de mis compañeros. Ellos se iban durante un par de horas a tomar cerveza y a jugarse unos duros a la garrafina, en el “Asturias”, un bar próximo y algo más adecentado que el de las madrugadas, donde alternaba a diario la gente del barrio, trabajadores inmigrantes procedentes de los cuatro puntos cardinales. Yo no podía ir con ellos. No podía entretenerme. Tenía que llegar rápidamente a casa, ducharme, coger la cartera, el primer tren a Barcelona y nada más salir de la estación de de Passeig de Gràcia correr por las calles del ensanche hasta llegar a la facultad. Recuerdo que el primero de los que después se convertirían en innumerables e insufribles días que hice esa ruta estuve seriamente en apuros, a punto de provocar un par de accidentes graves, porque para poder llegar con tiempo a la primera clase de mi vida universitaria superé con mucho, en lugares peligrosos, el límite de velocidad, de la prudencia, y de la profesionalidad que siempre nos reclamaba el patrón.

Sin embargo, no podía ser de otra manera. ¡Cómo no iba a jugarme la vida! ¡Cómo iba a perderme un solo minuto de uno de los momentos más esperados de mi vida! ¡Cómo no robarle tiempo al trabajo, tiempo ajeno, para dárselo a un sueño propio!. Había imaginado horas incontables ese momento; había dibujado el instante preciso del día en que mi persona, consciente y despierta, atenta a todo lo que me deparase aquel momento, atravesaría el dintel que separaba la vulgaridad del conocimiento, la ignorancia del saber, la monotonía de la pasión; el dintel del templo de la sabiduría donde sus sumos sacerdotes dirigían por la senda de la inteligencia a quien estuviese dispuesto a seguirles para alumbrar las verdades que solamente con ellos y allí, entre los muros de aquel hermoso edificio de viejas piedras grises, se podían encontrar.

Así es que durante los primeros días de clase, al despedirme de mis compañeros de trabajo en la puerta grande de la fábrica, yo me sentía bien, y hasta algo superior a ellos, e incluso algunas veces admirado. Estaba orgulloso de ser un obrero estudiante, dueño y soberano de su vida, que -a excepción del banco de turno- no le debía nada a nadie, y que se labraba un futuro mejor con esfuerzo y sacrificio. Y creo que eso era lo que para sus adentros pensaban mis compañeros cuando yo echaba a correr hacia casa en busca de la cartera y de mis libros y ellos caminaban hacia el bar, a jugar al dominó, a beber un par de cervezas y a discutir del fútbol, o de política, o de cualquier tema que les permitiese sentirse como iguales, miembros de un mismo grupo al que pertenecían y que les daba algo más de sentido a sus vidas.

Pero no pasó mucho tiempo desde mi primera clase en la universidad cuando un buen día me sorprendí sintiendo envidia de mis compañeros. Aquella tarde, de repente, ya no tenía ganas de correr hacia casa en busca de los libros, ya no quería escuchar hora tras hora lo que una cuadrilla de bustos parlantes leía sobre el entarimado, parapetados tras el altar, sin ganas, con gestos de desdén y de fastidio, palabras y palabras, y más palabras sin más sentido que el que les otorgaba el lugar donde se dictaban y el tiempo que hacía que alguien las había escrito en aquellas páginas amarillas, cuarteadas, casi a punto de deshacerse por la acidez . Ya no quería compartir los bancos de las aulas con colegas de clase que se limitaban a apuntar lo que aquellos remedos de profesores dictaban; que no preguntaban, que no exigían un poco de decencia, que no pedían un tanto así de profesionalidad docente, que me esquivaban si en los descansos les hablaba de este o de aquel libro, de este o de aquel autor. Lo que de verdad quería hacer era irme con mis compañeros de trabajo a echar una partida, fumarme media docena de cigarrillos, beberme un par de botellines, y discutir a gritos, carcajearme a discreción, y contarles, en el fragor de la tercera ronda, qué es la Universidad.