domingo, 3 de marzo de 2019

Una de juicios


Es difícil proponer mejor plan para una tarde de domingo invernal  que ver en casa  una película de juicios saboreando un gintonic. ¿Cómo resistirse a ‘Philadelphia’, ‘Erin Brokovich’, ‘La caja de música’, ‘Las dos caras de la verdad’ o ‘Algunos hombres buenos’, por citar algunas? ¿O también  a clásicas, como la grandísima ‘Doce hombres sin piedad’, ‘El juicio de Nuremberg’, ‘Matar a un ruiseñor’ y ‘Anatomía de un asesinato’?.

Ya en los lejanos años dorados de Hollywood el cine norteamericano convirtió la responsabilidad de impartir justicia en un género muy prolífico, rico en grandes obras. Gracias a centenares de películas hemos podido construir una imagen más o menos idealizada de un proceso judicial que se aproximaría a la realidad, a la realidad de los Estados Unidos de América.

Ambiciosos fiscales, abogados audaces coronados de los más sagrados principios; jueces severos, corruptos, racistas o ecuánimes; grandes alegatos de silencio valorativo y unánime aplauso emocionado; jurados populares en debate eterno que dirimen culpabilidades o inocencias; los chicos de la prensa al acecho en  el pórtico de la audiencia; inocentes sentenciados; malvados absueltos… y un corolario de prototipos, actitudes y escenarios que conforman la legislación cinematográfica del género americano de las leyes.

Propongo “Testigo de cargo” de Billy Wylder como la cima del género; una obra maestra  protagonizada por el inmenso Charles Laughton ejerciendo de abogado de la defensa de un Tyron Power interpretando a Leonard Vole, el acusado de asesinato; la inquietante  Marlene Dietrich y Elsa Lanchester interpretando a Miss Plimsoll, la inefable y entrañable enfermera.

La obra se estrenó  hace ya  más de sesenta años, de manera que si explico el desenlace no incurro en delito de espoiler. No en vano  la productora incluía la siguiente frase al inicio de la `proyección: “por favor, al salir del cine, no le cuente a nadie el final”. Y es que cuando el juicio concluye con la absolución del procesado, un hecho inesperado desvela que, en realidad, efectivamente, Leonard Vole asesinó a la viuda. Y ahora, acúsenme si lo desean.

Gracias a Hollywood conocemos a la perfección la escenografía de la justicia norteamericana, pero el común de los mortales no tenemos ni idea de cómo actúa la justicia en nuestro país.  De hecho, la imagen que podemos construir la inmensa mayoría de los españoles de un juicio ibérico es más bien gris, envuelta en naftalina, carente del atractivo, del dinamismo y del glamur que ha proyectado la industria norteamericana del cine en medio mundo.

Lo poco que la industria del cine española ha trabajado el género judicial tampoco nos ayuda. Repasando de memoria me viene al vuelo la serie ‘Turno de oficio’, de Antonio Mercero, que dio a conocer al gran Juan Echanove como el novato  Pedete lúcido y  Juan Luis Galiardo interpretando a El chepa, el veterano abogado descreído. Durante los años 80 también se emitió ‘Anillos de Oro’, de Pedro Masó, con Imanol Arias y  Ana Diosdado. Y ya. No hay más.

El género judicial en la cinematografía española es un auténtico erial, o quizás mi ignorancia no da para más. A lo sumo, estas dos series, y un  curioso programa de televisión que se emitió en 1989 llamado “Tribunal popular” en el que remedando un juicio, Javier Nart y Ricardo Fernandez Deu se repartían los papeles de fiscal y abogado para ayudar a decidir al juez -a la sazón el periodista Javier Foz-  la razón sobre conflictos entre dos personas reales que consentían exponerlos en público por el bien del espectáculo televisivo. 

Sin embargo, ni las dos series de ficción, ni este primer intento de telebasura pública ofrecían al espectador la realidad de un juicio español, su componente escenográfico de teatralidad, los procedimientos, el lenguaje, la gestualidad,  la atmósfera, los duelos  argumentales, las protestas vehementes ¡Protesto, señoría!, el testimonio nervioso de los acusados, testigos que mienten, que destrozan una estrategia,  una prueba en el último instante… qué sé yo, todo aquello que los EE.UU nos han ofrecido prolijamente y de lo que carecemos en nuestro país. Pero he aquí, señores del jurado, que tras décadas de hambre, famélicos los españoles de ficción judicial,  un acontecimiento extraordinario ha venido  a resarcirnos.

Durante las dos últimas semanas, y probablemente a lo largo de los próximos dos meses, el mundo entero sigue en directo, sin cortes, sin censura, con todo lujo de detalles, uno de los procesos judiciales más importantes de nuestra historia. Ni el Lute, ni el cruel Arropiero, ni Matesa, Los Ángeles de San Rafael, Rumasa, la trama Gürtel, o el caso más reciente de los pobres hermanos Bretón, o  ni  siquiera el atentado del 11M  habían levantado tanta expectación como el juicio a los dirigentes independentistas catalanes que se celebra en el Tribunal Supremo, y que puede seguirse en TVE, en algunas televisiones autonómicas y en streaming  a través de diferentes medios de comunicación. Además, si alguien desea repasar alguna de las sesiones o no las ha podido ver en directo, puede hacerlo on line a través de YouTube.

Yo estoy aprovechando la oportunidad e intento estar al día de lo que acontece en la sala del Supremo; un salón solemne, de añeja nobleza mobiliaria, tapizado de fieltro púrpura y forrado de  maderas decimonónicas, en cuya presidencia se sientan sobre viejos tronos dorados sus señorías, los miembros del tribunal sobre el que pesa en sus negras togas la responsabilidad de impartir justicia. 

A un lado y otro del tribunal se sientan los abogados de la defensa, la fiscalía, los abogados del estado y los fascistas de Vox Boys. Todos ellos parapetados y entarimados, de manera que sus intervenciones se realizan después de solicitar la venia y, por supuesto, sentados. Nadie se levanta con gesto de suficiencia, mirando seductoramente al público; nadie acoda el brazo en la barra del banquillo  encarándose al acusado, o al testigo, dirigiéndose al tribunal mientras dispara con audacia la pregunta clave que les  compromete seriamente en  flagrante contradicción. Nada de eso.

En el centro de la sala, cuatro bancos, cuatro, sobre los que se sientan los 12 políticos  independentistas catalanes acusados de rebelión, sedición, malversación y desobediencia, sin rastro en sus rostros  de aquella mediática y deficitaria huelga de hambre con la que  se alimentaron unos y otros. Más bien al contrario, aparentemente ufanos, en algunos momentos jactanciosos, esgrimiendo ante todo el mundo un orgullo casi suntuoso, como si el fondo político de  sus almas produjese un proceso químico-biológico que les indujese a mostrar la verdad iluminada de la democracia, reprimida por las fuerzas perversas del mal, convencidos de que su impostura, su causa y su media sonrisa de mártires visionarios están cambiando la historia.

Uno tras otro van circulando por la mesa de la verdad.  Y uno tras otro confiesan que mintieron a la gente.  No están en una tribuna parlamentaria. No hablan a los militantes de su partido o a sus votantes en un teatro abarrotado. No declararan ante las cámaras o los micrófonos de medios afines. Han jurado sinceridad, aunque el Estado opresor les permite mentir, incluso no responder, pero todos ellos necesitan ser veraces para no seguir en prisión, y cuentan lo que ocurrió, y lo que ocurrió es que mintieron, que estafaron a sus votantes, o si lo prefieren, a su pueblo.

El apócrifo Oriol  Güell i Puig  ya lo dijo en un memorable artículo publicado en  CTXT  hace un par de meses titulado “La hora de la verdad”, de imprescindible lectura:

El gran problema añadido es que el independentismo tampoco parece interesado en subrayar esta verdad. Un sector que bordea el extremo, formado por personas que no se juegan nada personal, desea mantener la ficción procesista  para recoger los frutos de su gran mentira. En su defensa de que existió un intento real de conseguir la independencia por vías ilegales (lo que dado el rechazo mayoritario a la independencia unilateral en Cataluña solo podía desembocar en violencia) coinciden con un sector del Estado, que parece haber decidido que (para desactivar lo que consideran una amenaza grave que sigue latente) lo va a creer si los autores lo afirman. Ambos sectores, con la ayuda de los medios que sustentan sus posiciones, van a estar muy interesados en que algunas verdades palidezcan.

Y no hay más preguntas, señoría.

Tan sólo añadir un par de cuestiones, con la venia:  el  juez Marchena podría interpretarse a sí mismo en una hipotética película de jueces y abogados a la española. A los aficionados al género, este hombre nos está dando grandes alegrías, participando en el proceso  con solvencia, permitiéndose jugosas intervenciones irónicas, llamando al orden a las partes, en ocasiones con una mezcla imposible de guasa sutil y castiza.

Y es que la fiscalía y la abogacía del Estado están resultando tan impredecibles  y  atolondradas que nos recuerdan a esos fiscales cinematográficos,  ambiciosos, oportunistas, mercenarios de la justicia que, tan ocupados como están por su carrera, olvidan argumentos, procedimientos y pruebas para acabar haciendo el ridículo, a no ser que su aturdimiento sea el resultado  de las más altas indicaciones dictadas por las más poderosos designios de Estado y en realidad vendan su trayectoria por un retiro dorado, anticipado, en la lejanía de un paraíso  fiscal, valga la redundancia.

Pero no me tome muy en serio, señoría: solamente son conjeturas. Todos las hacemos, todos especulamos sobre el final, la sentencia, las declaraciones de los próximos testigos, la incidencia de la campaña electoral en el juicio. ¿Aparecerá por sorpresa  una carta desconocida? ¿Algún testigo de cargo? ¿Veremos a Junqueras de President de la Generalitat?  ¿Quién mató realmente a la viuda?

No me diga, señoría, que Oriol Junqueras no exhibe  cierto parecido a Charles Laughton. No me digan, señores del jurado, que ustedes no creían en la inocencia de Leonard Vole; no me digan que no se jugarían su prestigio por la de los acusados. No me digan que no son capaces de imaginarles libres y, al día siguiente de la sentencia, en cualquier plaza catalana, llamar de nuevo a la desobediencia para explicar a las masas enfervorecidas los detalles de su jugada maestra, el sacrificio patriótico del encierro fecundo  en la cárcel del enemigo, y proclamar al poco, nueva y unilateralmente, la independencia de Catalunya, y vuelta a empezar.

Pero el juicio no es una película, ni siquiera es historia, porque es presente y es imposible el pronóstico de un desenlace. O sí. ¡ Aquí me gustaría ver a mí a Pedete lúcido!


viernes, 22 de febrero de 2019

El amigo del comercio (1)

Pablo Iglesias y el filósofo Antonio Escohotado se encontraron hace un par de años en el programa  de Público TV ‘La Tuerka’. Mantuvieron durante una hora un debate interesantísimo, muy recomendable, de los que hacen época. Por entonces, Iglesias y Montero no se habían comprado todavía un chalet digno de Boyer y Presley en  la Moraleja  pero Escohotado venía de consumar años antes su viaje de vuelta desde el comunismo libertario  hacia posturas neoliberales próximas a Shumpeter, Hayek y Friedman, los tres economistas del apocalipsis de cuyo pensamiento se sirvieron dictadores como Pinochet, o políticos como Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Hacía mucho tiempo que yo no había oído hablar de Antonio Escohotado. Lo conocía,  como tanta  gente, porque había publicado hacía mas de 30 años su mundialmente célebre “Historia general de las drogas”. Sabía de su indomable postura libertaria, de su valentía, independencia, honestidad y rigor intelectual, pero como a veces dice él de sí mismo, para mí Antonio Escohotado era  “el de las drogas”.

Por eso, al ver el debate entre el filósofo y el político me llevé una gran sorpresa. Iglesias suele invitar a La Tuerka a  intelectuales, políticos o artistas afines, de un modo u otro, al ideario del partido morado. Sin embargo, casi desde el minuto uno, Escohotado lanzó con gran contundencia  y habilidad una potente carga de profundidad que apuntaba con saña hacia el edificio ideológico del comunismo y de la izquierda clásica y contemporánea para derruirlo sin dejar más que los cascotes. Iglesias, que no es manco, defendió bien su posición, de modo que ambos ofrecieron, a quien le interese la política y el pensamiento, sesenta minutos antológicos, de los que nunca se olvidan.

Fue entonces cuando supe de “Los enemigos del comercio”,  un trabajo titánico en el que Antonio Escohotado ha invertido más diez años. Hace poco más de dos salió a la calle  el tercer y último  tomo. A raíz de su publicación,  la actividad pública de Escohotado  es casi diría que frenética. Afortunadamente para todos, cuando no concede una entrevista participa en  una conferencia y cuando no escribe un tweet. El propio Escohotado ha abierto cuenta en la red social, igual que su hijo, fundador de la editorial La Emboscadura, que se dedica  a resucitar toda la obra del filósofo. De manera que su misión apostólica predicando el neoliberalismo está siendo tanto o más efectiva que el proselitismo de los ebionitas, grupo  sectario judeocristiano del primer siglo de nuestra era gracias al cual, según el filósofo madrileño, la doctrina   de  Jesucristo ocuparía a la postre todas y cada una de las etapas de la historia occidental, dejando a su paso un rastro de miseria, pobreza, dolor y muerte.

Yo he finalizado hace pocos días la lectura de ese primer volumen, “Una historia moral de la propiedad antes de Marx”. Lo he disfrutado mucho. Como su autor, es sumamente estimulante porque me ha ofrecido  una sugestiva dosis de historia, en muchos casos desconocida  para mí, y porque me ha obligado a detenerme, a releer,  a reflexionar y  a anotar mucho; me ha inducido  a ejercitar la comparación, la dialéctica, y me ha invitado a olvidarme de los prejuicios, a colgar en el perchero de la entrada mi sacrosanta coherencia política  y mis credos, pero sobre todo, porque me provoca, porque interpela mi comodidad ideológica  y desafía sin remilgos mis apriorismos. Tanto es así que ya he encargado el segundo volumen. Sí, quiero más.

Sin embargo, desde mi ignorancia y el respeto que profeso al profesor Escohotado,  tengo la necesidad de expresar  unas cuantas consideraciones o reproches a  este primer volumen, y no sé si a toda la obra, porque mucho me temo que es el resultado de lo contrario a lo que suele alardear su autor, quien proclama orgulloso que no trabaja con apriorismos, sino que  estudia, y a la luz de los resultados de la  investigación que realiza, se ve obligado a cambiar de postura intelectual, y no a la inversa, como solemos hacer todos, que a menudo buscamos en la lectura o en el conocimiento refrendar nuestras creencias  y certezas.

Y es que desde las primeras  páginas del libro en las que Antonio Escohotado traza la historia moral de la propiedad en la antigua Grecia  y Roma,  podemos advertir sin demasiado esfuerzo cómo el pensador encauza la voluntad del lector hacia  su molino, realizando juicios de valor que, siendo legítimos,  conforman  una estratagemas ya clásica, consistente en  vincular  anacrónicamente el adjetivo comunista a toda aquella  actividad antigua, ya sea religiosa, social, cívica o política, que proponga el desprendimiento de la propiedad, la distribución aleatoria  e indiscriminada  de la riqueza y en último término, la consecución de la más miserable pobreza.

Escohotado  establece  ese vínculo durante todo el libro, de modo que página a página, capítulo a capítulo, actúa como una nube que vierte un  fino orvallo sobre cada uno de los capítulos  que calan sobre el lector gracias  a  una asociación de ideas básicas  y  adulterada con el fin de marcar negativamente  el comunismo y al mismo tiempo provocar en quien lee un rechazo maniqueo, obligándole  a escoger entre el bando de los locos sectarios  propiciadores de la miseria y el de  los grandes hombres, dinámicos e inteligentes, artífices del progreso y del bienestar social. Hablando de maniqueísmo, y dicho sea de paso,  afirmar que Mani era comunista se me antoja  tan riguroso como decir que Jesús de Nazaret fue el primer hippie.

Un ensayo carente del punto de vista personal no deja de ser un manual. Un ensayo debe ser entrañable, con entraña; debe contener víscera y bilis, es decir, el posicionamiento del autor con respecto a lo que ensaya. En ese sentido Escohotado no defrauda en absoluto, pero contraviene su proclama  y desmiente página a página la intención de llegar a la conclusión virgen, limpio de polvo y paja. Se delecta con la creación de la letra de cambio, la bolsa, la especulación bursátil, la idea contemporánea de banco, la usura de los prestamistas que desemboca en el crédito, el enriquecimiento gracias a la financiación de guerras interminables, el secuestro financiero de los estados a manos de banqueros, en fin, todas y cada una de las actividades de la economía de libre mercado que, según el autor, son las que nos han traído la prosperidad y el progreso gracias a las cuales vivimos hoy la mar de contentos.

Es curioso como en ese trabajo de investigación exhaustivo en el que nos muestra el friso de la historia político-económica de Occidente hasta poco antes de la aparición de Marx, no le dedique una sola palabra al colonialismo, a los millones y millones de personas que en el mejor de los casos fueron reducidas a mercancía en otros continentes, o aniquiladas masivamente, despojadas de sus tierras que atesoraban la materia prima con la que esos grandes emprendedores y campeones de la libertad construyeron fortunas, monopolios e  imperios, y en definitiva el capitalismo tal y como hay lo entendemos.

Es curioso cómo Escohotado reduce la Revolución Francesa a la orgía sanguinolenta que fue, pero  obviando o restando importancia al sufrimiento y el hambre que padecían los franceses y revisando la imagen del rey Sol, de quien llega a decir por boca del historiador Simon Schama , que era un hombre de buenas intenciones.

Y es que investigar la historia es decidir; decidir con qué hechos nos quedamos; decidir qué fuentes utilizamos; decidir cómo organizamos el material que hallamos y de qué manera le damos forma. El resultado de nuestras decisiones, por tanto, no es inocente y  revela nuestros apriorismos y, en definitiva,  el objetivo final de nuestro trabajo, que avistamos en el horizonte de antemano, y que  en este caso no es otro que magnificar la economía de libre mercado y presentarla como la panacea que nos ha regalado prosperidad, progreso y libertad decretando una sentencia sumarísima a toda alternativa, ya sea comunista, ebionita, cristiana o espartana.

De algún modo, Antonio Escohotado plantea su primer tomo de  “Los enemigos del comercio” como el asiento contable de un comerciante. En la columna del haber introduce toda actividad o iniciativa humana que haya generado ganancias y fortunas  sin una valoración moral de los métodos, y si la hay, siempre es positiva. En la del debe escribe los apuntes contables de los años oscuros, los grupos de sectarios fanáticos, el cristianismo primitivo de la pobreza, sangrientos revolucionarios iluminados, y por supuesto, el comunismo, que utiliza como concepto ubicuo para adjetivar avant la lettre, sin rubor, toda actividad demente, criminal o sencillamente vana: algo muy parecido a la peste.

La cuenta final de resultados es una obra interesantísima desde el punto de vista historicista, y una burbuja en el aspecto moral que, en mi modesta opinión, pincha a poco que conozcamos los grandes acontecimientos de la historia y enfrentemos a lo que el autor nos explica lo que no nos cuenta, pero sabemos. Por eso, conociendo el pasado de Escohotado, no dejo de preguntarme de dónde y cómo nace el apriorismo del que surge la necesidad de enfrascarse en esta obra. Misterio

Continuará 

miércoles, 6 de febrero de 2019

El péndulo de los sueños


Jornadas laborales estajanovistas, la hora exageradamente temprana de un vuelo, noches de juerga  hasta el amanecer, una enfermedad, o sencillamente nuestro propio ritmo circadiano nos produce sueño. Si no dormimos, nuestra salud se resiente.

Afirman los expertos que cuando dormimos soñamos, siempre, indefectiblemente. Otra cosa es que no recordemos lo que hemos soñado. Según Freud, padecemos amnesia de los sueños porque éstos son producidos por  nuestro subconsciente, ese espacio oscuro de nuestra alma que nunca damos a conocer porque nuestra naturaleza, nuestro instinto y nuestra voluntad racional está sometida a la dictadura de una educación represiva  y de las convenciones culturales y sociales. 

Cuando recordamos los sueños nos gusta compartirlos, porque son extraños, de ahí que la literatura y el arte acudan a menudo a las fuentes de lo onírico. Nos vemos a nosotros mismos en situaciones inauditas, inconexas, anacrónicas, en fantasiosos espacios inexistentes, conversando o protagonizando sucesos improbables junto a personas que no hemos visto en nuestra vida, que están muertas, o a las que conocemos muy superficialmente. Si el sueño es maligno y dentro de él sufrimos, entonces decimos que hemos tenido una pesadilla. Es tal el realismo con que experimentamos algunos sueños que los antiguos los interpretaban como premoniciones, o profecías de cumplimiento cierto. 

Nuestros padres  romanos utilizaban el verbo somniare para señalar  el delirio, o en el mejor de los casos, la imaginación. También, por supuesto, el somnus, o la acción necesaria y vivificantemente  reparadora  del dormir. De ahí surge  toda una familia léxico semántica que forma sustantivos como sopor, soporífero, ensoñación, sonámbulo o somnífero y si vamos a los diccionarios, casi todas la definiciones relacionan el verbo soñar con la representación mental de lo irreal. 

La vía griega del término parte de la raíz indoeuropea swep y por eso  los helenos construyen hypnos, origen de toda una serie de palabras relacionadas con la hipnosis, ese estado de inconsciencia semejante al sueño que se logra mediante sugestión y que  tiene como objetivo la sumisión de la voluntad de la persona para que realice todo aquello que le dicte quien se lo ha provocado. 

De manera que tenemos dos formas de soñar: por una lado la que nos ofrece descanso, conversación y filones de creatividad, y por otro la que nos mantiene sonámbulos, caminando hacia ningún sitio, delirantes, ensoñados, igual que si estuviésemos hipnotizados y obedeciésemos sin rechistar la gravedad de la voz seductora que nos mantiene inconscientes, alejados de la realidad, mientras añadimos ceros, de seis en seis,  en cuentas de resultados ajenas, a costa de nuestra existencia frustrada. 

Sin embargo, estoy convencido que si acopiamos valentía, quizás podamos llegar a  despertar. Para lo cual, lo primero que tenemos que hacer es discernir  sobre el gran mantra de la época, que en su múltiples modalidades nos grita o nos susurra imperativo, cara a cara, péndulo en mano ¡Cumple tus sueños! ¡No hay nada imposible! ¡Soñar es gratis! ¡Sueña! ¿Quién te lo impide?, porque  sin pensarlo, nos apresuramos a imaginar el coche de nuestra vida, una tumbona en el Caribe o  la casa de Pablo Iglesias, o exigimos furibundos y enrabiados la independencia de Cataluña, el regreso a una España Grande y Libre, que el Alcoyano gane la Champions  o, en el límite de nuestros deseos, la adquisición de todos aquellos bienes a los que nuestros sueños tienen derecho. 

La publicidad se ha apropiado de nuestras vidas  del mismo modo que se ha apropiado de nuestras aspiraciones. Y como la publicidad no es más que una estrategia humana destinada a vender productos o servicios elaborados por humanos, podemos concluir que, tras décadas de intensa experiencia publicitaria, finalmente hemos conseguido instalarnos en el centro de un bucle donde giramos centrifugados hasta alcanzar la mitosis celular,  transformándonos en extraños  seres duales  que comerciamos con ambiciones inalcanzables, al tiempo que invertimos la energía que no disponemos en satisfacerlas, abocándonos a todos hacia un abismo de desengaños y frustraciones en el que nos despeñamos. 

No solo no somos conscientes de vivir en ese bucle perverso del consumo y de los sueños rotos, sino que aplicamos la misma estrategia para convivir y construir el entramado social que de modo colectivo proyecta modelos de convivencia actuales y horizontes de expectativas futuros. Y es que la política, la actividad que debe encauzar nuestra aspiraciones colectivas, ha acogido con pasión y gran energía creativa  los mismos métodos de seducción que utiliza ahora cualquier pequeña empresa para vender  y facturar cuanto más mejor.

Imitando el modelo norteamericano, los partidos políticos se han puesto en manos de mercenarios de las relaciones públicas y la comunicación que un día hacen alcalde a Xavier García Albiol o secretario general del PP vasco a Carlos Iturgaiz,  y a la semana siguiente secretario general del PSOE y presidente del gobierno a Pedro Sánchez, como el afamado spindoctor Iván Redondo, artífice de la campaña de xenofobia y racismo que llevó al PP a gobernar a Badalona y al mismo tiempo, dibujante del perfil de Sánchez como el Kennedy peninsular. Y todo sin despeinarse. 

Pero más allá de ejemplos concretos y de la anécdota, lo realmente inquietante  es que, efectivamente, como misteriosos gurús de las esperanzas viables, el aspirante al poder se sienta antes nosotros y oscila el péndulo de izquierda a derecha mientras nos obsequia el oído con promesas y utopías a las que tenemos derecho por el simple hecho de haber nacido, y nos despierta con una última frase con la que  nos señala al causante de nuestras desgracias, aquellas personas y aquellas organizaciones contra las que tenemos que  luchar porque son el impedimento para que nuestros sueños se cumplan. 

Y así, gracias a  las persistente e infalibles  publicidades empresariales y políticas hemos llegado al convencimiento de que el nacimiento y nuestra mera existencia sobre la tierra  nos deberían  haber proporcionado el trabajo que merecemos, el sueldo que merecemos,  la casa que merecemos, el barrio que merecemos, el país que merecemos, el mundo que merecemos, y hasta el político que merecemos. ¡Querer es poder! Nos dicen. ¡Somos imparables! Nos dicen. ¡Cumple tus sueños! como una obligación, en imperativo, la imposición de anhelar o de vivir  irrealidades que  ni quiera vemos cuando dormimos. 

De modo que a  pesar de que vivimos a diario sus consecuencias, la realidad ya no cuenta,  y el trabajo, el esfuerzo y las incontables dificultades  que la hacen  posible ha perdido todo valor. No queremos la verdad, y por tanto, no nos queremos a nosotros mismos  tal y como somos. Hemos instalado nuestra cotidianidad en el autoengaño, porque aunque nos paguen cada mes 1000 euros de mierda por una jornada draconiana, nos autoconvencemos  de que es una situación temporal inmerecida, independientemente de que hayamos hecho algo  para evitarlo, y entonces nos ponemos en manos de mercaderes  de sueños que nos ofrecen en cómodos plazos la ilusión futura de una vida de ensueño, porque yo lo valgo. 

Así, las apetencias que circulan en nuestra sangre son de tal densidad  que hemos tenido que evacuar nuestras ambiciones personales ya que, aunque a menudo  las circunstancias las condenan y se hace imposible su realización, son reales porque son propias y singulares; son proyectos y anhelos que nacen, viven y mueren con nosotros. 

De esta manera, condenando al sumidero  nuestras quimeras intransferibles,  le damos rienda suelta a los deseos impuestos por ajenos a través del engaño de la publicidad,  construyendo día a día una sociedad altamente peligrosa, porque sus ciudadanos conforman una masa explosiva de frustrados dispuestos a todo con tal de acceder a lo inaccesible.  

Y hablando de sueños, el mío  es muy prosaico. Consiste en ser escritor. Pero como todos los sueños, tengo la certeza de que no se cumplirá, no por nada, sino porque se necesita un coraje y una valentía que yo no poseo. 

Aun así, de tanto en tanto, con el único objetivo de satisfacer mi vanidad, emborrono cuatro páginas que vuelco aquí, y por eso tengo a mi lado el Diccionario Ideológico Casares, un magnífico  invento lexicográfico, realmente  útil, porque   permite rastrear todo el campo semántico de una palabra o grupo de palabras. Yo manejo la edición de 1959. (La última actualización es de 2013). Por eso, cuando he buscado “Sueño”, me ha sorprendido que  entre las más de 200 palabras relacionadas con esta idea no hay ninguna conectada a ambición, aspiración o deseo. Todo es sopor y siesta, noche y descanso; irrealidad y ensoñación.

Tengo que hacerme con la nueva edición  y comprobar si la RALE ha incorporado la ilusión y el anhelo. Lo que está claro es que a finales de los 50, en España, sueño era descanso, y a lo sumo evasión. Y como dijo el sabio, ahí lo dejo. Ya es medianoche y estoy cansado.¡A dormir!

viernes, 25 de enero de 2019

El hijo del factor




A mi abuelo Felipe y a mi abuela Celsa, in memoriam.

El olvido es el polvo sucio que desprenden los escombros de nuestra memoria. Los vientos  del abandono y de la amnesia lo revuelven en vorágines calinosas y nos abocan a un erial de vigencias estériles y cuarteadas. Cuando eso ocurre es como si nuestra vida se desarrollase sobre un pedazo de  tierra empobrecida y seca donde no sobreviven ni los alacranes. Por eso, el presente suele construirse sobre ruinas. 

Sin embargo, la ruina nos ayuda a reconstruir  los recuerdos, y nos cobija, y nos abriga y nos ofrece consuelo; nos permite al menos  restaurar  una  imagen  de aquello que ocurrió, lugares donde hubo vida, donde  palpitó  en la noche del cárabo y la estrella polar el sueño profundo de una familia. 

Si contamos con una mínima posibilidad de conservar la huella desdibujada  de aquellos pasos perdidos, podemos permitirnos  un momento de reposo para reponernos y seguir adelante  con  nuestro  presente acuestas,  hacia el futuro de nuestro olvido, porque nosotros, los que hoy olvidamos, algún día también seremos polvo, derribo y vestigio. 

Existe un lugar donde yo restauro mi origen; un lugar hundido, asolado por el tiempo y la dejadez  que ha sembrado la tozudez de su permanencia a la vera de un río, junto a hileras de chopos esbeltos y  barbechos perennes.  Igual que  el guerrillero  herido de muerte que se niega a caer para exhibir valeroso ante su verdugo  el orgullo de su resistencia, entre la ruina  y  el discurrir del agua y los raíles oxidados de un ferrocarril que ya no circula, se  sostienen todavía en pie las paredes  de una vieja estación propiedad antigua de aquella lejana y desaparecida compañía “Santander-Mediterráneo” 

En la  estación  muerta  que  persevera  en mostrar los restos de su existencia, vivió mi padre. Llegó con mis abuelos y mi tía  hace  más de medio siglo, cuando el humo del carbón anunciaba la llegada del tren más allá del horizonte, en la lejanía  donde se intuían los destinos de los  caminos que muy pronto sucumbirán a la misma suerte que los rieles, porque en muy pocos años ya no llevarán a nadie a ninguna parte. 

Allí, mi padre vio a diario a su padre  dar salida  a los trenes con su banderín, su silbato y su gorra de plato roja de visera acharolada; trenes arrastrados por aquellas locomotoras negras, fragorosas y humeantes, que ahora, a lo sumo, ubicamos en espacios de fantasía, como si fuesen una invención del cine, o la creación virtual de artistas extraordinariamente imaginativos.

Sin embargo, mientras aquellos trenes circularon y la estación se mantuvo habitada, la vida era de  ida y vuelta, con parada obligada en el pueblo, y recibía y despedía  a diario toneladas de  troncos rectísimos de pino continental que se talaban en los bosques de la sierra y  todo tipo de mercancías;  gentes de otros lugares con noticias y rumorologías ajenas, vecinos que volvían, estudiantes , tunantes, comerciantes,  viajantes, amores clandestinos

Durante los últimos años de su funcionamiento, el tren decía adiós  a  familiares y amigos que marchaban, que abandonaban aquel lugar sin futuro  para convertirse en cautivos de sus destinos, mano de obra barata con la que un puñado de avaros se enriquecieron allí, a lo lejos, en las grandes ciudades, y unos cuantos capitostes y políticos bien vestidos, firmaron sin contemplaciones la defunción de la línea y la sentencia del pueblo, argumentando una inviabilidad económica que ellos mismos propiciaron. El progreso,  o así lo llaman. 

Yo fui testigo de los últimos años de vida en la estación, cuando ya solamente acogía la parada de un solo tren diario, porque la despoblación era un hecho  y no había nada que llevar o que traer. Lo veía humear desde lo alto de la muela, enfilando la larga recta desde el horizonte, al atardecer del verano, mientras fumaba  mis primeros cigarrillos clandestinos. El humo oscuro de la locomotora se confundía con el cielo encarnado que se extendía sobre la gigantesca roca de Carazo. Entonces no lo sabía, pero ahora estoy convencido de que  la negra columna de humo disolviéndose hacia el crepúsculo  no era más que un signo premonitorio, o la definitiva constatación del final de una vida. 

Años después, convertido en un joven  fumador empedernido, la estación ya se encontraba abandonada, sin tren, sin pasajeros y sin  mercancías. Entonces solíamos bajar allí en los atardeceres, toda la cuadrilla, a dar buena cuenta de las manzanas silvestres que  brotaban sin dueño. Nos sentábamos en el suelo de cara a la vía, apoyados a las paredes  y entre risas y bromas pasábamos  las horas, hasta que oscurecía, y aunque nadie lo decía, creo que en el fondo sabíamos que  ocupábamos con nuestras palabras y nuestras voces un espacio que enmudeció  para siempre, donde hoy solamente se escucha el viento del norte cimbreando los chopos. 

Sin embargo, a pesar de que lo sabía,  ni en mi infancia ni años más tarde relacioné  la estación con la juventud de  mi padre -el hijo del factor- ni pensé nunca que allí, bajo el mismo tejado que ahora se desmorona,  probablemente les confesaría  a mi abuelo Felipe y a mi abuela Celsa  el nombre de mi madre,  la casa al borde  de la carretera donde vivía, y el día que habían decidido casarse. De algún modo, bajo el hermoso tejado de la estación, tuvo lugar un capítulo del prólogo de mi existencia. 

Cada año me acerco a su ruina. La contemplo con pena y nostalgia, pero  también con rabia, con arrebatos privados de misantropía que no quiero compartir, porque no puedo  culpar a nadie de desidia,  negligencia,  o  abandono. En realidad, el pecado es colectivo y todos somos cómplices de desamparo. Sin embargo, una vez asumido el ocaso, a mí me queda el consuelo de la ruina, porque con los restos de sus paredes le planto  cara al olvido construyendo recuerdos que no he vivido. Así, de ese modo, mantengo la ilusión  de  cimentar la herencia de un tiempo futuro.