martes, 18 de febrero de 2020

Inventario de la desolación


Un colchón desnudo sobre la cama. La pelota deshinchada abandonada en el patio. Una colilla flotando sobre el último sorbo. Una escombrera junto a un campo de trigo verde. Los restos de una hoguera. Una mujer tumbada en postura fetal sobre el colchón desnudo. El olor de un bar de madrugada. Un campo de fútbol de tierra. El esqueleto de una barca varada en la playa. Los cartones deshabitados de un cajero automático. Una estantería desvencijada. Un borracho ondeando una bandera. Una puerta agotada. La postguerra. El tañido de las campanas a muerto.  El costillar de un caballo famélico. Un libro deslomado. La viuda de un guardia civil. Un plato desportillado. Los ojos de una vaca enferma. Un solar encharcado. El rechinar de una cancela. Cualquier museo. Un manojo de llaves oxidadas. Un torero viejo. La garita desierta del vigilante. La sombra de un faro. El Cortijo del Fraile. Un cochecito de bebé abandonado junto al contenedor de basura.  Un vagón de metro. Un hombre en la ventisca.  El vientre embutido de un torero viejo. Una nevera nueva. Un parque solar en la noche. El hedor de un matadero cancelado. Versos tachados. Un paso subterráneo. Un pintor ciego. Las aspas detenidas del molino. Un campo cuarteado. Una sartén mugrienta. Belchite viejo. La vacilación  del neón. El entierro de Mozart. La madre enajenada frente al tiovivo solitario. El pedregal de un cauce seco. La dentadura postiza en un vaso.  El cristal quebrado de una ventana. El alma de un ciego en Granada.  Una vía muerta. La diva anciana frente al espejo. Una jaula.  El viento sin árboles. Enero en las calles de un pueblo costero. La carta de ajuste. El áurea del retrato que colgaba en la pared. La tiza en el suelo de un aula vacía. La mirada de Edward Hopper. Un actor tras la función. Una persiana destartalada. Una mujer violada. Un tintero mugroso. Una muñeca desnuda. Un nicho vacante.  Cebollas podridas. El sendero sin huellas. Un soldado. La sala de espera de la estación. Un disco olvidado. La memoria.  Los posos del vino. El páramo envuelto en la niebla. Un pueblo sin biblioteca. Una guitarra sin cuerdas. La luz concluyente del día. Y mis días sin ti.

jueves, 13 de febrero de 2020

La tinta de los valientes



Los tinteros son esos pozos profundos donde duermen plácidamente  la siesta  nuestras incógnitas a salvo de molestias  o interpelaciones; son  esos pequeños  recipientes oscuros dentro de los cuales se pudre  nuestra curiosidad procrastinada. 

Creo que sabemos menos de lo que  podríamos saber porque evacuamos en el fondo de los tinteros  nuestras dudas, de tal manera que, llegado el día en que, debido al efecto simple del principio de Arquímedes, el tintero rebose y derrame sin ningún control  su contenido sobre la mesa, nuestra plumilla colisionará contra  una  masa densa y compacta, producto de la emulsión del  tiempo y de la pereza con que relegamos  aquellos enigmas, inquietudes o interrogantes que podríamos haber resuelto pero que, igual que un  Oblomov contemporáneo, dejamos para otro día. 

Y lo peor es que, llegado ese día, ya no podremos escribir, o lo que es lo mismo, ya no podremos pensar, porque el hábito de la reflexión, ese  extraño y valioso fluido que circula libre a través de las ramblas de  nuestra mente atendiendo a nuestras  intuiciones, incertidumbres o sospechas, un mal día se transformará en una gran lengua de lodo, tan espesa, tan consistente, que ya nada podrá devolverle su esencia líquida original. 

Porque siempre llevamos un tintero a cuestas. Cada cual el suyo, exclusivo, único e irrepetible. Incluso en sueños  nuestro tintero rubio, castaño, albino o alopécico sigue ahí, agitando su contenido  durante las horas de la noche. Más de un artista se hizo célebre zambulléndose  en el suyo  propio, sin tomar ningún tipo  de precauciones, en las extrañas tintas de los sueños, donde se precipitan, en ocasiones, las  perplejidades  sin resolver y  los deseos insatisfechos. 

Yo acostumbro a soñar despierto. Mis ambiciones y mis inquietudes deben ser tan prosaicas que mi inconsciente me ha negado la memoria de mis sueños. O quizá es que mi superyó, ése otro que se arroga mi representatividad agazapado en los silencios de las madrugadas, conoce mejor que nadie mi  perezosa  costumbre postergadora,  que mantiene  en una  espera casi eterna, por ejemplo, las páginas inmaculadas de mis libretas, a las que a diario niego con la demora  ideas, historias,  imágenes y  reflexiones que me asaltan a toda hora y en cualquier lugar. “Después, cuando encuentre un momento, lo escribo”. Así  las despacho, y así se corrompen, olvidadas,  en el fondo del tintero. 

Debo reconocer, en mi descargo, que no todo es responsabilidad de mi diligencia. Existe  diferentes motivos, que agravan, si cabe, la ausencia de compromiso hacia mí mismo y uno de ellos no es otro que la cobardía, ese “miedo o falta de valor ante situaciones difíciles, peligrosas o desafíos complejos que conllevan cierto riesgo” según definición canónica de los diccionarios. 

Los cobardes tenemos muy mala prensa, y  más, si cabe, si nos reconocemos como tales sin habernos enfrentado  jamás a una situación peligrosa, más allá de prescindir de la gaseosa que debería acompañar al vino en el bar del polígono. Aun así, puedo asegurar que mi cobardía es la principal causa de la solidificación progresiva que padece mi tintero. Es una cobardía extraña y singular, porque no conozco a nadie que se tema a sí mismo. Por favor, si algún lector de  estas líneas se arruga antes sus propias ideas,  tiembla enfebrecido  ante una reflexión, o busca refugio  en los lugares más insospechados cuando le asalta una duda, haga el favor de desvelar su existencia bajo mi solemne promesa de no revelar su identidad. Tan solo necesito saberme acompañado en mi cotidianidad pusilánime. 

Porque mi miedo es dual, diverso y congénito. No le temo a la idea porque suponga un riesgo, ni para mi vida ni para la de nadie. El temor, digamos, se extiende hacia el futuro, en el calendario, porque viaja de incógnito, a través de los días, igual que un transeúnte indocumentado, hasta posarse sobre algún día concreto de la semana o del mes siguiente en el que, confiado y ufano ante la perspectiva de reconocer mis letras,  abro de nuevo mis libretas y lo único que reconozco son estupideces, cursiladas y vaguedades; criaturas insustanciales, esto es, sin sustancia; una pose asentada sobre cierta habilidad gramatical, producto fabril de la redundancia profesional que se acrecienta con el tiempo y engorda  mis aires de grandeza. 

Y claro, reconocerse así, de este modo, produce un pavor insufrible, y es fundamento más que  consistente como para que a lo largo de mi vida haya atesorado en los cajones de mi escritorio un buen número de  frascos cegados de tinta agostada, convertidos ya para siempre en una decepcionante colección de vasos canopos, en los que se acecinan al mismo tiempo mi dignidad, mi amor propio y mi vocación. De manera que, ante esta realidad, difícilmente alterable, solamente  hallo consuelo en la tinta de los valientes… Y podría seguir, pero no me atrevo.

jueves, 30 de enero de 2020

El perfil bueno de Julio Iglesias



La Historia, según Walter Benjamin,  es ese ángel de fealdad inquietante que pintó Paul  Klee y que el pensador alemán colgó en la pared de su habitación porque  le sugería una  criatura huyendo de algo horrible, aterrorizada ante semejante horror.

Angelus novus  se caracteriza por un  rostro de grandes ojos que mira fijamente hacia el pasado, en el que tuvieron lugar tal número de catástrofes que han llegado a formar una gran montaña de ruinas a sus pies,  producto del movimiento de sus alas. El ángel –pobre diablo- desearía detenerlas, pero no puede porque desde el  paraíso del que procede sopla  el incontenible  huracán  del progreso que le empuja inexorablemente hacia el futuro generando esa monumental escombrera, tan alta,  que llega al cielo.

Como vemos, Benjamin no era precisamente un pensador optimista. Su alegoría es tan terrible como el rostro del ángel.  Entiendo que el contexto histórico de guerras  y muerte masiva en el que escribió le influyó poderosamente. Sin embargo,  afirmar que la humanidad debe pagar el precio de la muerte, del dolor y de la destrucción para progresar, contiene algo del cristianismo o del islamismo más recalcitrantes, que ofrecen el paraíso después del martirio,  o si se me apura, de algunos de los personajes de Dostoievski, que necesitan vivir en el  infierno para ganarse la redención y  el consuelo.

De cualquier modo, sea como fuere,  en mi opinión, la metáfora del ángel de la Historia contiene una gran belleza, precisamente porque es trágica, de un dramatismo sobrecogedor; porque a pesar de que su voluntad es la contraria, el ángel no puede dejar de extender sus alas y agitarlas, dejando tras de sí infamias, atrocidades y devastación. De ahí su rostro desfigurado en una espeluznante mueca que expresa en toda su esencia el calvario y la desdicha de su cometido. Parece rogar a su creador: “¡Señor, aparta de mi este cáliz, o destrúyeme!”.

Yo no voy a dar a nadie ni lecciones de Historia ni de  filosofía de la Historia, entre otras cosas porque estoy seguro de que  mi admirado ángel volaría sin pensárselo desde Oriente Próximo -que allí es donde probablemente se halla estos días- hasta el mismo portal de mi casa para acabar conmigo y con mi ignorancia.  Pero como mi atrevimiento no respeta  la más mínima compostura, no me resisto a  decir que los protagonistas del pasado jamás pensaron en sus vicisitudes cotidianas como objeto de interés prospectivo.

Quiero decir que a pesar de que creamos  que  la Historia es la recolección, evocación  e interpretación de sucesos y acontecimientos fundamentada en documentos, imágenes o testimonios que acaecieron a nuestros antecesores,  los protagonistas de ese pretérito jamás vivieron sintiéndose futuros objetos de estudio, a excepción, claro está, de todos aquellos megalómanos que en el ejercicio de su actividad artística, científica, empresarial, política o militar, actuaron frente al espejo con la finalidad de  alimentar sus vanidades presentes y póstumas.

Y es que la posteridad  para la mayoría de los mortales  a lo sumo resultó ser la inscripción grabada en una lápida que sus allegados leerían durante un par de generaciones, no para recodar los momentos de su existencia, sino  el día y el año en los que recibió tierra.

Es decir, que la Historia, en realidad, es una construcción humana del  presente, con mirada de presente, creada e interpretada por hombres del presente. Al ser esto así, nada de lo que un sujeto experimentó el año pasado o hace siglos es susceptible de considerarse  Historia, porque su vivencia surge siempre en la inmediatez de sus pasos sobre el tiempo de manera intransferible, sin conciencia de huella en el porvenir. De modo que por mucho que se empeñen las cátedras universitarias  o Tito Livio, el pasado no reside en la Historia. Ésta es una mera abstracción sumarísima gracias a la cual fabricamos el recipiente en el que apretujar  sin ninguna clemencia ni sensibilidad las vidas de los miles de millones de seres humanos que en el mundo han sido.

Y si el pasado no reside en la Historia, ¿Dónde encontramos a nuestros padres muertos? ¿Dónde las señales que dejó su experiencia? En las tumbas, en las cenizas que se diluyeron sobre las olas del mar o que durante breves segundos se dejaron llevar por el viento hasta precipitarse sobre la piedra, sobre la tierra mojada de lluvia.

El pasado es vida muerta, existencia extinguida, experiencia exhausta, y tan solo tenemos posibilidad de evocarlo  con la transmisión de la voz y la palabra  a través de los siglos y de la memoria. En la Historia no hay memoria, ni la memoria puede ser de ningún modo histórica.

De hecho, la  célebre expresión, lejos de parecer un vulgar pleonasmo es un oxímoron radical, producto, una vez más, de malos entendidos, lugares comunes y ante todo, la consecuencia de pretender birlar a la gente su horas de vida para poder retractilarla y cargarla como fardos de borra sobre plataformas  ideológicas y académicas. Así, una vez transformada en mercancía, es susceptible de transportarse a través del tiempo, lista para su posterior consumo, según los criterios del mercado, de la actualidad y de algunas voluntades perversas.

La memoria es la vida dentro del alma. La memoria es aquel que recibe de boca de alguien la narración de sus antepasados con el compromiso de transmitirla a sus descendientes en una cadena solidaria que en la misma acción transmisora vela por su pervivencia.  La memoria se vincula a lo privado, a la biografía de los próximos. La memoria es la subsistencia de nuestros seres queridos, de nuestros amigos que dejaron el camino, y también supervivencia  de los desconocidos a los que adeudamos un homenaje y nuestro reconocimiento por recordarnos con su sacrificio quiénes fueron o son nuestros enemigos.

Si eso es la memoria, entonces la memoria  es la Historia. Estos días se conmemora la liberación de Auschwitz y Mathausen.  Cualquiera que desee saber cómo se sufría, se sobrevivía y finalmente se moría allí debería leer los libros de Primo Levi. Los libros de Primo Levi son Historia porque son memoria transmitida. Pero para poder abarcar la Historia de la mayor barbarie humana de la que tenemos noticia, para descifrar la verdad  del sinsentido, del dolor y del horror de ese sacrificio en el tiempo, deberíamos leer  con los ojos del alma un libro escrito por cada uno de los seis millones de mujeres, hombres y niños  que fueron deshumanizados, sometidos y  asesinados en campos de exterminio nazis.

Esa lectura de seis millones de libros sería la Historia.

Desde un tiempo a esta parte, determinados personajes de demostrada mediocridad,  a quienes de un modo insensato les hemos regalado la responsabilidad sobre nuestros destinos, pretenden hacernos creer que  la Historia es una criatura binaria, una competición, un dilema shakesperiano, un boleto de la lotería, un partido de fútbol,  una escritura notarial que permite a su dueño ostentarla como si fuese de  su propiedad. La Historia  vendría a ser un ente de doble rostro que cuenta con dos perfiles muy definidos; algo así como la cara de Julio Iglesias, que exige siempre a los realizadores de televisión planos de su perfil bueno.

“Nosotros estamos del lado bueno de la Historia”; “Ellos han escogido el lado malo de la Historia”, afirman sin sonrojarse algunos contendientes de la cosa política nacionalista española y catalana.  Siglos y siglos de  enseñanzas  han resultado inútiles para aprender que, a pesar de rezar y albergar la certeza de que en el  campo de batalla Dios nos protegerá y nos facilitará  la victoria, mira tú por donde  el enemigo también reza…  al  mismo Dios. Así es que, para estos tipos, la Historia ni siquiera es objeto de  disyuntiva, sino de soborno, o en el mejor de los casos, de seducción.

En un alarde de ejemplar  arrogancia  traducen  la Historia como el cumplimiento de sus objetivos políticos, de tal manera que  nosotros, los ciudadanos, quedamos reducidos a  peones o actores pasivos de sus decisiones y sus ambiciones, en contraposición a los objetivos políticos del contrario, que utilizará para su cumplimiento la acción, la confianza y la esperanza de otros tantos cientos de miles de ciudadanos a través de un mensaje igualmente sectario, con la promesa para ellos, sus hijos, y  los hijos de sus hijos, de colocarles, efectivamente,  en el lado bueno de la Historia.

Me van a llamar alarmista, o alguna cosa peor, pero plantear en estos términos los ideales políticos y el modelo de sociedad, de convivencia y de progreso con el que se identifican miles de ciudadanos, supone tanto como conformar las condiciones meteorológicas adecuadas con las que se forme el viento huracanado  que agitará las alas del pobre ángel de Paul Klee, aumentando así  el tamaño de la ciclópea montaña de escombros.

Después vendrán los historiadores, escribirán la crónica de lo que sucedió, las voces de los muertos enmudecerán y ni el miedo ni la impotencia de quienes vivimos los hechos tendrán un lugar en sus libros ciegos, porque nunca les interesamos nosotros, nunca les interesó la memoria.

miércoles, 22 de enero de 2020

La tarde que Leo Messi quiso dejar el fútbol



En el momento de  vestimos no se oye absolutamente nada. El silencio se rompe únicamente con el abrir y cerrar de las taquillas,  el golpeteo de los tacos sobre la madera,  nuestra respiración, que se acelera produciendo sonoros bufidos, algún carraspeo nervioso y breves accesos de tos mientras nos atamos las botas y nos enfundamos la camiseta. Pero nosotros no decimos nada. En esa suerte de ritual gladiador, permanecemos en un escrupuloso silencio,  en el que sólo hablan, por así decirlo, nuestro organismo y las armaduras. 

Después sí. Porque al poco, cuando  todos estamos a punto, entra el Míster, como siempre, tan  bien trajeado, tan elegante, hecho un pincel, escoltado por su séquito, y ejecuta como nadie  dos sonoras palmadas  que restallan sobre  el baldosín blanco. A continuación  -porque siempre es así-  escuchamos sus arengas, la retórica del combate, las apelaciones a nuestro pundonor, a la fuerza, a nuestros atributos masculinos, a la necesidad perentoria  de la victoria, a despellejarnos si es necesario sobre la hierba, a pasar por encima del rival sin clemencia, etcétera etcétera etcétera, hasta que llegado el momento nos ordena que recordemos, “¡Recuerden!”, dando por sentado que  la memoria es objeto de obediencia;  “recuerden jugar con la cabeza, utilizando la  inteligencia”, dando por sentado que  conjugar la testosterona desbocada y las capacidades intelectuales  es  algo razonable y posible, a la vista, por otro lado, de las doctas potencialidades a las que se dirige. 

Pero, en fin, tengo la sensación que, al menos en apariencia, sus palabras encuentran  eco en la audiencia, porque a pesar de que las hemos escuchado tantas veces como semanas tiene el año durante años, todo el equipo, los casi veinte hombres jóvenes convocados, respondemos unánimemente con vítores, gritos, interjecciones de remoto origen neandertal y variadas expresiones de ánimo, trufadas de los  mejores juramentos  genitales,  mientras ejecutamos saltos y palmadas, o  chocamos las manos como signo de compenetración y de compromiso colectivo, de inquebrantable solidaridad.   Algunos, incluso, quizás por exhibir el alto grado de  conciencia del deber, colisionan sus pectorales en brincos de carácter animal, tal y como pugnan por una hembra dos  ciervos en la berrea. 

Ya salimos al pasillo. ¡Cada día se hace más largo! Medio centenar de pasos que cubrimos en rigurosa  fila india, uno detrás de otro. No me gustaría estar en el lugar del portero, que abre la formación. Dicen que los porteros albergan  ideas  extrañas, que son especiales, que su posición solitaria cubriendo  la portería condiciona su personalidad porque, mientras nosotros  jugamos en terreno contrario, son testigos mudos de los acontecimientos, y porque el peso de la responsabilidad  que conlleva ser el último baluarte de nuestra meta les produce cierto desasosiego, que combaten a fuerza de rarezas y supersticiones. Sin embargo, yo creo que lo que  imprime ese carácter diferenciado es el lugar de vanguardia en la aproximación progresiva y lenta a través del túnel interminable mientras caminamos hacia la cancha. 

Yo no lo soportaría. Mi estatura, tirando más bien a enana, y mi posición en la fila, me libran de encontrarme cara a cara con el futuro, porque a medida que nos acercamos a ese resplandor halógeno de reflejos verdosos  me llegan los ecos de un fragor, del clamor colectivo del público convertido en una sola voz, en un solo grito que de paso en paso se va agigantando hasta transformarse en algo así como un enjambre amenazante  que se introduce muy adentro, en mis entrañas y llega a intimidarme de tal manera que en ocasiones he estado a punto de dar media vuelta hacia el vestuario. 

Que nadie se equivoque. No me achico  ante las grandes citas, esos encuentros clásicos, o las  finales en las que nos jugamos, más allá del resultado, formar parte de la historia. No, no me amedrenta el enfrentamiento. Se trata de una clase de miedo escénico similar al que explican los actores o los cantantes; o al que sienten los filósofos y los poetas en su lecho de muerte, quienes tras invertir toda una vida evocándola, se encuentran por fin en la tesitura de enfrentarse a  ella. Algo así. 

Superado ese momento ya solo queda pisar la hierba, recibir sobre las espaldas, como si fuese  la ola de un tsunami, el griterío atronador de los aficionados  y, mientras efectúo las primeras zancadas al trote, aguardo unos segundos a que las pupilas se acostumbren a la luminosidad que un primer instante me ciega, igual que  el sospechoso amedrentado ante  el flexo luminoso en la sala de interrogatorios conminándole  a la verdad. De algún modo, así me siento al pisar el césped, víctima de una expectación irracional que exige con su presencia la demostración diaria de mi autenticidad, de mi esencia, de mi talento,  de aquello para lo que he sido llamado. 

Porque, aunque me conoce todo el mundo, en el momento de paroxismo idólatra en el  que decenas de miles de voces corean insistentemente  las dos sílabas de mi apellido, en realidad me están inquiriendo ¿Eres tú, verdad? ¿Eres el de siempre, verdad? ¿Esta noche has dormido bien, verdad? ¿No habrás copulado, verdad? ¿Sabes que te debes a nosotros, verdad? ¿Harás que  olvidemos nuestra vida de mierda con tu juego, verdad?¿Sigues en forma, verdad?   ¡¡Meeessiiiii! ¡Meeessiiii! 

De manera que ahora que estamos en el centro del terreno de juego saludando a nuestro querido público, apabullado por un vocerío que es pura exigencia,  me siento reo de mi propia vida y víctima de mis habilidades.  Arte. Llegan a decir que los cuatro trucos que soy capaz de ejecutar con un esférico es arte. Que soy una especie de arquitecto del deporte rey, porque veo espacios donde otros ven hierba y  porque trazo diagonales inauditas. Que diseño la jugada en el futuro y que coloco la esfera donde nadie podría hacerlo. Que tengo imán en los pies. O mejor, que en lugar de pies tengo manos, y que cuando muera deberían amputar la pierna izquierda de mi cadáver, introducirla en un frasco lleno de  formol y exhibirla en un museo, como si fuera el cerebro de Lenin. Arte, dicen. Arte. 

Entre tanto, copio y repito el rito semanal, y propinando las primeras patadas al balón antes de que dé comienzo el encuentro,  llego por vez primera  a una conclusión que hace ya algunos meses barrunto, pero  me resistía reconocer. Me he cansado de tantísima tontería. Si esta gente que me aclama y que hoy espera de mí un desahogo a sus anodinas existencias, supiera que lo que vengo haciendo desde niño  no me cuesta ningún esfuerzo, probablemente se decepcionaría, o incluso me insultaría, o quizás llegarían a despreciarme, y en uno o dos días me encontraría multitudes de personas ante las puertas del estadio exigiendo explicaciones, impidiendo el paso de mi automóvil ante el agravio de  conocer lo que ellos juzgarían como un fraude. 

Y les entiendo, porque a la mayor parte de las personas les cuesta mucho trabajo adquirir las destrezas  que les permita realizar sus trabajos con cierta soltura, para así poder ganarse el favor de sus superiores y sentirse triunfadores en la vida. Pero, lo siento. Esto se tiene que acabar. Como dicen acá, que cada palo aguante su vela. Yo, por mi parte, he llegado al límite. Que busquen a otro héroe. Tengo que detener este sinsentido  cuanto antes. Ya se acerca el árbitro al centro, y ya corre Gerard a participar del sorteo. Ayer le dije que hoy le cedería la capitanía. Ni siquiera me preguntó por qué. Solamente cogió el brazalete y expresó un  lacónico  gracias. Allá va, raudo y ufano. A buen seguro, hoy ya es  una de las noticias del partido. El míster también se habrá sorprendido. Efectivamente, allí está, al pie del banquillo, observándolo todo atentamente con gesto censor. 

Cara o cruz, campo o saque. Vuela la moneda y antes de que caiga sobre la palma del colegiado recuerdo que en realidad mi decisión se  fue fraguando ayer. Me costó conciliar el sueño. Me levanté de madrugada, calenté agua y mientras surgían las primeras burbujas del hervor vi al niño que fui pateando un balón, corriendo, driblando  sin la menor dificultad, goleando un domingo tras otro  ante la admiración de la concurrencia del barrio, o  de la cancha, allá, en el Buenos Aires  de mi infancia. A mis compañeros les costaba dios, ayuda y horas de entrenamiento dominar los fundamentos del fútbol, pero lo que yo era capaz de hacer no era fruto del trabajo. Era algo espontáneo y  natural, una facultad innata. Había nacido con un don y me fue dado practicarlo. Un día se presentó  Carles, y bueno, el cuento de la servilleta y el bar ya es harto conocido. 

No sé quién ha ganado el sorteo pero, por lo que veo, seguimos en nuestro terreno y seremos los encargados de iniciar el encuentro. Tengo que dirigirme al centro, ahora, de inmediato.  Me hallo entre las dos semicircunferencias. Camino sin prisas, cabizbajo. El árbitro ya ha plantado el balón. No veo más que mis botas pisando el césped y el agua hirviendo.  Durante una de esas cenas de postín a las que tengo que asistir me sentaron junto a un grupo de escritores, intelectuales y pensadores a los que les pirra el fútbol.  Son esa clase de tipos que forman parte de la primera división de las letras y que tienen la facultad de transformar once contra once tras una pelota en una tragedia griega. Uno de ellos explicó la historia de un  portero. Jugaba a mediados del  siglo pasado en la Real Sociedad de San Sebastián. Recuerdo su apellido porque pensé que debía sonar muy bien cuando un locutor enumerase la alineación. Chillida. Eduardo Chillida, creo. Parece ser que sufrió una grave lesión y eso le marcó el destino. Se dedicó al arte. Se hizo escultor. Su obra es conocida y admirada en todo el mundo. El virtuoso, el mago, el genio del espacio, le llamaban. 

Creo que voy llegando al centro. Intuyo la línea blanca que parte en dos el terreno de juego, pero a pesar de que escucho nítidamente los agudos pitidos del árbitro requiriéndome  acelerar el paso, decido arrodillarme con la escusa de anudarme las botas. Pocos años después de que el portero de la Real  iniciase su carrera artística, detuvo en seco su actividad: creía que lo que hacía era demasiado fácil y que nada que fuese cómodo o sencillo de ejecutar podía tener valor. Así es que un buen día decidió atarse la mano derecha a la espalda (él era diestro) y trabajar únicamente con la izquierda. "Rarezas de porteros", recuerdo que zanjó  aquel tipo tan ilustrado mientras apuraba su whisky y los demás reían. “Sí, probablemente,  rarezas de portero”, pienso yo ahora que me ato el cordón de la  bota derecha, me incorporo, alzo la mirada hacia el centro del campo y súbitamente cambio de dirección hacia el banquillo, mejor dicho, hacia el túnel de vestuarios. 

Poco a poco percibo cómo, de manera espontánea, mi caminar se acelera. No soy yo, es alguien nuevo dentro de mí que ya se muestra impaciente por  empezar a trabajar, a trabajar de verdad. Advierto un progresivo enmudecimiento del estadio. Un rumor verdaderamente inquietante sustituye a los cánticos  de aliento.  Ya no ondean las banderas. Me resigno una vez más a ser el objeto  de miles de miradas que siguen expectantes, probablemente preocupadas, a causa de mis evoluciones. Mi amigo Luis me detiene y me pregunta si me encuentro bien. Le miro y levanto ante él el dedo pulgar. Todo  el estadio lo ha visto, pero el público sigue asistiendo a la escena con gran expectación, porque no conoce todavía ni el motivo de mi actuación ni el desenlace de lo que acontece. Me veo como un actor del futuro. De hecho  los futbolistas no somos más que actores interpretando un futuro.

Llego a la altura del banquillo y tal y como era previsible, antes de que pueda entrar al túnel de vestuarios,  el Míster se interpone en mi camino, me coge del brazo y me interroga preocupado.  Se han aproximado a nosotros periodistas con sus micrófonos, fotógrafos con sus cámaras, amén de  tres o cuatro cámaras de televisión. Nos han rodeado. El cuarto árbitro se abre hueco y pregunta qué sucede. El míster replica, “sí Leo,¿Qué coño te ocurre?” Nunca, en toda mi carrera de futbolista, nadie  me había hablado así. Respiro hondo, retengo  toda la tensión y  procuro acopiar toda la calma, la lucidez y la serenidad  de que soy capaz, porque soy consciente de que en unos instantes voy a realizar la jugada  más importante de mi vida. Las burbujas van aumentando de tamaño. Cada segundo que pasa son más numerosas.  El agua está a punto de romper a hervir. Míster, quiero ser portero, quiero defender una  portería.  Me marcho. Mañana empiezo a entrenar.  No me mire así. Sé que ni tengo estatura ni he nacido para ello, y que si pretendo ser el mejor  deberé entrenar duro. Esto de ahora es demasiado fácil. Siempre fue demasiado fácil. 

En un par de gestos me deshice de todos y mi pequeño cuerpo se sumergió en la penumbra del  túnel. Sin duda, el mejor dribling de mi carrera.  De camino al vestuario me volví y escuché de nuevo, como si tuviese lugar en un espacio ajeno a  mí , un zumbido de insectos, el fragor familiar de las voces humanas alzándose por encima de las graderías del estadio como si se tratase de un solo clamor.  Y pensé, ilusionado, que de ahora en adelante debería  aprender a concienciarme en ocupar el primer puesto en la formación al salir al terreno de juego, en actuar como el zapador que desactiva los miedos  y rompe  la barrera que separa  nuestra cotidianidad mortal del escenario donde  representamos el porvenir. No me  va  a resultar nada fácil, y por ello estoy ilusionado, impaciente, cien por cien motivado. Y es que,  a partir de hoy, da comienzo mi carrera de portero. “¡En la portería Messi, Leo Messi!”.Sonará bien en la voz de los locutores.