jueves, 11 de diciembre de 2014

Salieri encadenado



La línea parpadea junto a la flecha, insistentemente. 

Sin embargo, más allá del pálpito, todo sigue igual, un inmenso espacio puro, inabarcable, que hace tan solo unos instantes se extendía ante mí como la promesa de un mundo por construir. 


¡Ah!. ¡La falsa profecía de la palabra inédita! ¡El augurio gramatical de la belleza, la invocación a la revelación frustrada.!


A pesar del tiempo, y de la espera;  a pesar de la  fe  y de las horas frente a los libros, no debo ser digno del don que a otros les fue dado. 

¿En qué campo se oxida mi única armadura? ¿Dónde yace la voluntad de  rebelarme contra Dios y contra los hombres?
 

jueves, 4 de diciembre de 2014

Mariana de Marco



Hace unos minutos que he comido opíparamente. También he bebido sin complejos y ahora, en la  terraza del restaurant, estoy tomando café, una copa de whisky  y fumándome una faria, como un señor. Para  acabar de dibujar  este paraíso diré que es viernes y que he aprovechado del fin de semana para empezar a leer  la última novela policíaca de Jose Mª Guelbenzu, “Nunca ayudes a una extraña”. 

El camarero ha sido tanto o más rácano a la hora de escanciar el whisky  que el estatuto de los trabajadores con nuestros días de asueto semanal, de modo que he tenido que pedir otro. Poco a poco un calorcito la mar de agradable me va cubriendo por dentro. Cuando uno ayuda a digerir los alimentos  con los llamados espiritosos es como si nuestro cuerpo fuese una cama hecha del revés. Es decir, la manta por dentro, en contacto con nuestro organismo y la sábana por fuera a la intemperie, sobre la piel.

Hace la tira de años, al llegar el invierno,  hacer la cama era de las tareas más engorrosas y que me más pereza me producían de todas las que tenía asignadas en casa, porque había que disponer, en riguroso orden,  tres piezas, una sobre la otra: la sábana arropadora, la manta fina, y la manta gruesa. Después había que remeterlas por las esquinas inferiores del colchón, pasar constantemente de un lado a otro de la cama, y finalmente colocar cuidadosamente la colcha, que con sumo mimo se remetía, a su vez, bajo la almohada, de manera que todo el conjunto debía de  parecer  una pieza única, bien estirada, sin arrugas ni pliegues, desde los pies hasta el cabezal. La cosa es que estoy  tan a gusto como si  dentro de mí tuviese un par de mantas, gracias a la agradable sensación de calor corporal que procura un buen whisky escocés, tres cuartos de  tinto  del Priorato y la pierna de cordero que me he metido entre pecho y espalda.

La tarde va declinando lentamente. El solecito que hasta hace unos minutos enrojecía mi cara va desapareciendo tras los árboles del bosquecillo que protege la masía. Por eso, durante un breve instante, he dejado de leer, para ponerme la sábana (la chaqueta) y enredarme  la bufanda alrededor del cuello. En ese momento he recordado que en poco más de una hora deberé dejar el libro; he recordado que tenía una cita, una reunión. Soy el representante local de un grupo político de reciente creación  y hoy, esta misma tarde, tengo que acudir sin falta a negociar con otros grupos la fundación de una coalición ciudadana para desalojar de sus poltronas a los viejos políticos de siempre. ¡Mierda! ¡Maldita sea!¡Maldita sea el compromiso! ¡Maldita sea la casta y maldito sea yo, por tonto, bobo y mediopensionista! Si quiero exprimir estos instantes  no me queda más remedio que relajarme y aprovechar el tiempo que me queda hasta la reunión.

En “Nunca ayudes a una extraña” todo ocurre durante el mes de julio, en G, inicial que el autor utiliza para nombrar una ciudad de la costa cantábrica, que tiene toda la pinta de ser Gijón. En los alrededores de la zona de copas de G, una mujer es violada. Javier Goitia, un periodista de investigación que se encuentra de vacaciones forzosas  en la ciudad, es testigo del hecho y sin pensárselo dos veces se lanza contra el violador, Paco Llorente, un tipo con “ la maldad del débil, la saña del inestable,[y] el recelo desafiante del cobarde”.

Agresor y periodista se enzarzan en una pelea. Mientras tanto llega la policía, pero la agredida ha desaparecido y ambos, Goitia y el presunto  violador, son detenidos. A partir de aquí se desencadena la trama, en la que se ven involucradas tres de las familias más influyentes de la ciudad; tres familias con los secretos propios de los poderosos de provincias, que hacen valer de toda su influencia para mantener debajo de la alfombra sus respectivas mierdas y mantener a raya a sus ovejas negras. Uno de los narradores, el propio Goitia, los describe como “gente de dinero, acostumbrada a ser reconocida, con un sólido sentido del linaje territorial y una prestancia moralista de las que dictan y consideran las costumbres como cosa propia reflejada en el resto de la población bienpensante, reflejo que les devolvía en forma de homenaje el conjunto de la clase media provinciana”.

La encargada de desembrollar  todo el asunto es la juez Mariana de Marco, la protagonista de toda la serie policiaca de Guelbenzu. Mariana de  Marco es un pedazo de mujer, una señora hembra de cuarenta y tantos, soltera vocacional, independiente, culta, audaz, sumamente inteligente, que tiene obnubilada a media ciudad y a la que le importa un bledo el qué dirán. Mariana es un personaje extraordinariamente atractivo. De hecho, creo que es uno de los puntos fuertes de esta novela. Al lector -al menos a mí- le ocurre lo que a Goitia, que cae rendido a sus pies desde el principio, antes incluso de haber cruzado con ella ni media palabra, antes de tenerla frente a frente. Sin embargo de Marco no es de esas mujeres enamoradizas. Al contrario, es exigente, requiere de  partenairs a su altura, capaces de ponerla en aprietos, de no arrugarse ante los envites, o al menos, que no babeen ante ella y que mantengan el tipo en el cuerpo a cuerpo  dialéctico.

Mariana de Marco siente, además, una extraña atracción por las dificultades, hacia el lado oscuro de la vida. Por eso, otro de los narradores de la novela, el omnisciente, dice de ella que “la verdadera atracción era el peligro, el puro peligro, la atracción al peligro, que había estado a punto de causarle o le había causado tantos problemas. No era la morbosa atracción por lo maligno que creía haberla conducido a relaciones un tanto peligrosas, porque lo que le preocupó siempre fue que en el origen mismo del deseo anidara un componente de culpa e inevitabilidad que le hiciera pensar en una parte de su mente en la que se alojase un enemigo inexpugnable, una suerte de virus que podría acabar dominándola y destruyéndola”. Es decir, que no estamos ante una heroína de novela negra al uso, sino ante una mujer de rompe y rasga, dura de pelar, que jamás  renuncia a tomar la iniciativa en cualquier orden de la vida,  tremendamente segura de sí misma y, además celosa de su independencia, amante del jazz, de los hombres  sin pretensiones matrimoniales  y del whisky.

Mucho de lo que sabemos de la juez se lo debemos a su amiga Julia, de vacaciones en Brasil, a la que escribe  e-mails. En esos mensajes Mariana se muestra sin tapujos, espontánea, como una mujer cercana, a través de las confidencias que le hace a su amiga, que  confirman de otro modo el carácter de la heroína. En este sentido, las tres voces narrativas que nos explican los hechos y nos hablan de los personajes confieren a la novela un carácter multifocal, que recuerda en cierto modo la técnica que utilizaba uno de los precursores del género, el gran Wilkie Collins.

Guelbenzu se detiene algunas veces en describirnos a la juez en la intimidad de  su casa, en deliciosos ejercicios de vouyerismo narrativo en los que el lector -y creo que también el mismo autor- pueden espiar a su señoría sin temor a ser descubiertos, sola, con sus pensamientos, su desavillé doméstico, extraordinariamente femenino,   y en algún momento,  incluso su desnudez solitaria mecida por el compás de un saxo meloso mientras fuma un cigarrillo y desentraña  pruebas o  se  estremece debido a sus conclusiones sobre la naturaleza humana. Mientras leo pasajes en los que se va construyendo el perfil de la juez, la imagino con un halo andrógino, un áurea de masculinidad sutil,  casi imperceptible, que ayuda a  abundar en su atractivo femenino. Sospecho que, en muchos aspectos, Guelbenzu  desliza  destellos de sí mismo  en su creación y se me ocurre que uno de los logros que alcanza a través de esa tensión amorosa es, precisamente, conseguir en otro plano, en un plano paratextual, más allá del objeto y de las letras, el establecimiento de una relación autor-lector encarnada, respectivamente en Mariana y Goitia, porque sin duda, el punto de vista del periodista  dirige y condiciona el de quien lee.

Pero no voy  hacer psicoanálisis de café. Prefiero hablar de whisky. El mío ya hace algunos minutos que se ha ido al carajo. Si pido un tercero será el primer paso para traicionar por primera vez a mis compañeros de partido. Podría decirles que no pude acudir a la reunión porque que me vi involucrado en el asalto a una pobre mujer, que después me detuvieron, que además conocí a la mujer de vida, que  mira por donde era la juez que se encargaba del caso, que estaba buena a rabiar y que qué queréis que os diga, que la vida son cuatro días y ya os lo montareis. Pero yo no soy así. Y además, y sobre todo, nadie me iba a creer, e iba a perder el poco prestigio que me queda, de modo que he cerrado el libro, he apurado el agüilla insípida que quedaba en el vaso  y, qué remedio, me voy a la reunión.
 
…......



Son muy majetes estos tíos. Alguno hay que apunta maneras de trepa, que no sabe ni quién fue La Pasionaria, pero dice de él mismo que  es más rojo que el mango de una hoz. En general parece que llegaremos a un acuerdo. Otra cosa será la negociación de la lista. Ahí  habrá más que palabras. Ha habido un momento que me he puesto de pie, y muy solemnemente les he soltado,”¡compañeros, compañeras, programa, programa, programa!”.Creo que me han entendido. Después la cosa ha empezado a desvariar, y han salido las batallitas, los cotilleos, los líos de la actual alcaldesa… y les he dejado. Les he dicho que tenía un compromiso y he salido corriendo hacia casa, a encontrarme de nuevo con mi juez de Marco.

Mientras vuelvo a casa pienso en qué hubiese dicho Goitia en la reunión política a la que he asistido. Incorruptible, insobornable, a prueba de prebendas, sueños de grandeza y ambiciones triunfadoras, Goitia es un tipo de los que ya no quedan, que vive en una misantropía discreta, sin ostentación,  a fuerza de haber visto mucha mierda y, sin embargo, se empecina en seguir un camino solitario de valores enterrados, a lo largo del cual recibirá una y otra vez los peores golpes de la vida: la  traición  y la derrota. Goitia se agarra a los pocos amigos que le quedan y a  una voluntad de hierro por desvelar y hacer prevalecer la verdad. 

Goitia les hubiese dicho: “Mirad, la mayoría de los que estáis aquí sois solamente sinceros a medias con vosotros mismos. Es verdad que queréis hacer cosas por el pueblo pero no es menos cierto que lo que os mueve es la vanidad y una misteriosa  presunción que os empuja a creer en que, efectivamente, lo vais a saber hacer mejor que los que están ahora.” Y se hubiese quedado tan tranquilo, con media docena de personas más en su círculo de conocidos  a las que ya nunca se podrá dirigir para pedirles un favor, o ni siquiera con las que nunca tomará una simple caña. Por eso, la tensión sexual que organiza Guelbenzu entre Gotia y de Marco resulta  tan efectiva y tan estimulante para el lector, porque con estos dos caracteres de armas tomar, el  autor puede  estirar del hilo tanto como quiera.

Ya estoy en casa. Ni si quiera voy  a guardar la chaqueta en el armario. Llego con la boca seca de tanto repetir ¡programa, programa, programa! Así es que ahora sí, ahora me pongo el tercer whisky, con dos hielos, y me  ambiento un poco, para estar en consonancia con los gustos de mi amada Mariana. Pongo música de Chet Baker, uno de sus favoritos. Tenía previsto ver a  Anguita en la Sexta, pero creo que no va a poder ser, y eso que escuchar a Anguita vendría a ser como escuchar a Goitia, pero sin vicios, lo cual me ayuda a decidirme por seguir la lectura. 

Cierro la última página. Es poco más de la media noche, y me doy cuenta ahora de  que, probablemente, hace algunos minutos que la trompeta y la voz suave de Chet dejó de sonar, pero no había reparado en ello. La última parte de la novela me ha  absorbido por completo, porque, como en toda buena obra de género, esa es la fase en que  los caminos empiezan a cruzarse y uno no puede permitirse el lujo de perder detalle. Me levanto y decido rematar la faena con un cuarto whisky. Esta vez me lo pongo de la botella buena. Salgo al balcón.

Hace frío. Sin embargo, yo sigo abrigado por dentro, como las camas de mi infancia, pero a la inversa. Miro las luces que surgen de las ventanas  del bloque de pisos que hay frente al que vivo  y  no me cuesta demasiado trabajo creer que en el interior de alguna de esas viviendas, ahora, en  este preciso instante, Mariana de Marco se estremece pensando en  la tragedia  que asoló la vida completa de Concepción Ares hasta su muerte. No sé porqué, pero antes de irme a la cama, mientras me introduzco bajo el edredón nórdico, pienso que la novela de Guelbenzu es como aquellas camas de los inviernos de  antaño, una pieza única, bien estirada, sin arrugas ni pliegues, desde los pies hasta el cabezal. Antes de caer profundamente dormido me prometo a mí mismo que un día de estos dejaré de beber.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Usufructo



Esperaba cada día, a la misma hora, en la misma esquina. Esperaba verla caminar apresurada, entre los demás transeúntes, sin que reparase en mi presencia. Quería saber cómo era desde fuera, distanciada  de las horas cotidianas, como si fuese una mujer ajena a mi vida. Por eso escogí  un lugar de la ciudad que nunca frecuentaba, para  confirmar de algún modo que, de encontrarla desconocida, volvería a enamorarme. Ayer la vi. Caminaba despacio, pausadamente, sin conciencia del tiempo, del brazo de un tipo, y misteriosamente me poseyó nuevamente  aquella codicia original de  tenerla.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Omnívoro



Le explicaba al juez mi obsesión por hallar en las nubes formas de animales. Le decía que me lo enseñó papá;  que pasábamos tardes enteras  tumbados  sobre la hierba descubriendo vacas, ovejas, caballos y a veces peces y todo tipo de aves. ¡Cuánto los he llegado a amar! Pero fue en vano. Su señoría no lo consideró un atenuante y argumentó, muy serio, que las familias reclamaban justicia y mirándome con cierto asco, o incluso miedo, añadió finalmente que era su deber apartar de las calles semejante depravación de la especie humana.

lunes, 10 de noviembre de 2014

90 60 90



En mis tiempos  mozos el valor sensual y sexual de una mujer se traducía en una proporción mítica. Es cierto que a la hora de la verdad  había que conformarse con lo que más a mano teníamos, y la gran mayoría dibujábamos a la mujer de nuestros sueños en la soledad del lavabo según ese canon métrico  de belleza.

Una mujer con 90 centímetros de contorno pectoral, 60 centímetros para rodear la  cintura y  otros 90 centímetros  de culo era una señora mujer. Lo demás, pues bueno, tampoco estaba mal. Si de carita era mona, también valía, y si no tenía demasiados remilgos a la hora de compartir unos revolcones, su cotización y fama aumentaban. De hecho, a menudo, las que se acercaban  a las medidas perfectas, o no salían de su casa más que para ir a clase, o si salían, lo hacían con chicos más mayores, de modo que a nosotros no nos quedaba otra solución que  asumir la realidad, disfrutar con lo que había y explorar en soledad futuros  virtuales  encerrados  con pestillo.

Hoy esa mágica proporción de la que entonces se podría haber llamado la  mujer de  Vitruvio carece de valor. Aquel ideal de belleza ha dejado paso al raquitismo, a la ausencia de curva y de volumen. La adaptación de aquellas medidas de mi adolescencia a nuestro presente  pasaría por la aplicación de las matemáticas. Al ser múltiplo de 3 sería tan fácil como dividir cada uno de los valores entre ese mismo número y obtendríamos una ben plantada del siglo XXI que luciría ante nuestra admiración incontenible sus 30 20 30.

Esa debe ser, y no otra, la explicación a través de la cual el porcentaje de  votantes  del llamado proceso de participación sobre la independencia de Catalunya (30%) se haya calificado urbe et orbi como un éxito sin precedentes, y de que nadie, o muy pocas personas con un mínimo de inteligencia y de voluntad de objetividad, haya sido capaz de decir, sin ambages, que en cualquier país democrático, todo lo que no supere el 50% de votantes se puede considerar un rotundo fracaso. Solamente hay que echar un vistazo a la hemeroteca para ver las reacciones y los análisis después de las elecciones al Parlamento Europeo, paradigma de  lo que es una convocatoria electoral fracasada.

Hoy día es difícil camuflar la realidad. Otra cosa es negarla, o querer creer en lo que nos dicen y no hacer el mínimo esfuerzo por desvelar  y conocer la verdad. Según datos que maneja el diari El Punt Avui -que como todo el mundo sabe es españolista, de la rama joseantoniana- el censo de la comarca donde vivo (una de las más pobladas de Catalunya) arroja un total de 647.889 personas, sin contar jóvenes entre 16 y 18 años, ni ciudadanos europeos residentes durante un año, ni ciudadanos extracomunitarios residentes desde hace 3 años, que también tenían derecho a votar.

Del total de posibles votantes registrados en  este censo -mucho más amplio de haber sido actualizada la cifra en función de la ley de consultas- han votado 258.815 personas, de las cuales han marcado Sí, Sí 199.433 personas. Por tanto,  podemos concluir, sin temor al error, que la participación en el proceso roza el 30% y que el porcentaje de catalanes de mi comarca que desea la independencia de Catalunya no llega ni al 20%.

De cualquier manera, o quizá por todo ello, hoy hay que ser comprensivos con Artur Mas, Oriol Junqueras y demás agentes de la manipulación nacional. Si ustedes ven o les asalta la más mínima sospecha de  que  frecuentan a menudo el lavabo y tardan en salir, no les agobien. Si después, al salir, les da por explicarles una batallita con una de  90 60 90, sean considerados y díganles muy discretamente, sin que nadie les oiga, que todavía llevan enganchados un pedacito de papel blanco entre el índice y el pulgar. No sean malos y apiádense un poco porque, al fin y al cabo, todos hemos pasado por eso.