lunes, 2 de marzo de 2015

Guerreros de la luz

De nuevo, una vez más, he dejado la política. ¡A mi edad! Me reintegré con ganas, ilusionado, porque todo estaba por hacer. Ni si quiera teníamos  local. Las primeras reuniones las celebrábamos en un bar, pero después de la tercera tuvimos que cambiar, porque el dueño no estaba dispuesto a que calentásemos el asiento durante horas, solamente  con un cortadito en la mesa, a lo sumo dos.

La cuarta la celebramos al lado de la competencia. Fue un buen cambio; jamás nos dijeron nada, y no nos ponían mala cara. Además, allí apareció un compañero nuevo. Era ya mayor, pasada la madurez, cercano a la jubilación. Se presentó diciendo “Hola, buenas tardes. Me llamo  A. Carmona. Soy  anarquista y soy roquero”.

Era un buen tipo. Lucía una barbita de chivo, un triángulo perfecto siempre bien peinado, de color pajizo, que recogía en el vértice  con un cordelito de colores. Todo el conjunto era un entrañable  vestigio de juventud. Vestía  siempre una vieja cazadora de piel marrón que nunca se quitaba. Conducía un SEAT Toledo, de color blanco, de los primeros que salieron, ahora ya medio desvencijado, en el que solía llevar de un lugar a otro a su mujer, una cubana que limpiaba escaleras.

Un día nos explicó que le perseguían, que lo había denunciado al Ayuntamiento pero que no sirvió de nada. Incluso  se habían reído de él.  Parece ser que al pobre  lo arruinaron. El mismo Ayuntamiento le multó porque no respetó las normas urbanísticas en la construcción de tres casas de su propiedad, de manera que en la multa perdió, antes de intentar venderlas, todos sus ahorros invertidos. Decía cada cinco minutos que en cuanto su costilla reuniese un poco de dinero se volvía  a su Andalucía, que en Catalunya no hay más que ladrones y que son de los peores, porque son los que mandan.

A. Carmona se quejaba de que le habían tomado el pelo porque quien de verdad incumplió las normas fue un restaurante anejo a su obra, cuyo propietario es amigo de la alcaldesa. Según contaba, fue el propietario del negocio quien en realidad  estableció la anchura ilegal  de la acera debida a  una ampliación una tanto opaca para la que no había solicitado permiso ninguno, gracias a la cual pudo levantar  una carpa muy vistosa,  lucrativa, ideal para bodas, bautizos y comuniones.

Por eso A. Carmona nos cedía una de esas casas para celebrar nuestras reuniones, que construyó invirtiendo todos sus ahorros; una casa deshabitada, sin muebles, solamente las paredes, el ladrillo y el yeso. En los rincones asomaban, todavía colgando, los tubos coarrugados de color rojo que protegen el cableado, a la espera de  que algún electricista instalase los enchufes.

A pesar de todo, celebramos unas cuantas reuniones en aquel lugar que estaba todavía por hacer. Cada vez que se convocaban  teníamos que llevar cada uno nuestra silla, como  en los cines antiguos de pueblo. A mí me gustaba. Me hacía sentir bien. Pasábamos mucho frío, mucho. Nadie se quitaba el abrigo y todos permanecíamos sentados, encogidos, con las manos enguantadas  metidas en los bolsillos de los abrigos, exhalando vaho o protegiendo la cara y el cuello con una bufanda, bajo la luz exangüe de la  única bombilla viva, alrededor de dos tablas sucias que habían utilizado los albañiles como andamios,  y que cumplían las funciones de mesa gracias a dos caballetes.

En los meses de mi militancia llegamos a ser poco más de una docena  de afiliados, compuesta por  un sindicalista jubilado,  jubilados en general, licenciados en paro, un ingeniero municipal despechado, un guardia urbano con la baja permanente, dos estudiantes de máster, la madre de uno de esos estudiantes, escritora de fines de semana y tertuliana en la radio municipal; una modista que trabajaba para productoras de cine, un graduado medio en farmacia, analfabeto funcional pero que había desarrollado  una gran vocación de político al uso;   un diseñador, y un tipo de mediana edad que llamaba la atención porque lucía una melena extraordinariamente larga y blanca, de un blanco nebuloso, y una barba matusalénica, igualmente blanca,  que le confería una imagen de viejo hippie, de gurú de las montañas o  de ermitaño brahamánico.

Este compañero casi nunca hablaba, y cuando lo hacía siempre decía que no le gustaban los líderes, ni si quiera los que elegía la asamblea. Una noche salíamos todos de la casa y vimos cómo abría con su llave electrónica la puerta de un estupendo Audi TT de color rojo pintalabios. Un compañero le dijo, riendo a carcajadas  “¡Joder, vaya carro que llevamos, eh!”. El otro no dijo nada. Arrancó y desapareció, muy prudente, calle abajo.

Se sucedieron reuniones cada semana y poco a poco, de manera natural, se formaron tres grupitos, cada uno de ellos con diferentes ambiciones secretas, jamás compartidas ni confesadas en público. Unos querían presentarse a toda costa para joder a la actual alcaldesa. Otros querían entrar a gobernar el Ayuntamiento, porque estaban parados, o porque algún familiar lo estaba. Y otros querían trabajar  para transformar y cambiar la sociedad. No sabíamos ni cómo ni por qué, ni siquiera si parte de la población lo necesitaba o aspiraba a ello. La cuestión era transformar. Así lo veía yo. Yo pertenecía al tercer grupo  y abogaba por no presentarnos este año y trabajarnos a fondo el municipio. Por eso los miembros de los otros dos grupitos  entorpecían nuestra estrategia de las maneras más variadas e imaginativas. Perdían las actas de reuniones anteriores en las que ganábamos votaciones; nos negaban el censo de militantes; cambiaban de orden del día, y cosas así.

Uno de mis aliados era precisamente  el de las carcajadas, quien constantemente asentía todas y cada una de mis intervenciones. Él decía que era diseñador y que trabajaba en el mismo negocio que su mujer. Según nos explicaba, él mismo se encargaba de buscar clientes y ella les procuraba el  servicio que contrataban. También tenía el pelo largo, pero no tanto como el gurú y se lo recogía con una coleta. Era un poco mayor que yo, aunque no mucho. Como ya he dicho, reía siempre, con gran escándalo, muy forzado. Creo que todo el mundo se daba cuenta de que sus risas se gestaban  más en su voluntad que en su espontaneidad. Cuando yo hablaba nunca reía. Asentía, solamente asentía.

Una noche fría, una de las más frías, llevé a la reunión  una propuesta muy trabajada. Estuve elaborándola durante toda la semana.  La fotocopié en mi lugar de trabajo, a riesgo de que me sorprendiesen, pero "¡qué diablos!", pensé, "la revolución implica  riesgo".

El día señalado repartí las copias entre mis compañeros y expuse todo el plan. Triunfé. Nadie podía negar que era lo mejor que hasta ahora se había presentado como plan de organizativo y de acción . Al salir, mi alegre y fiel camarada  me cogió del brazo y me llevó unos metros más allá de la puerta, apartándome de todos los demás. (Al finalizaban las reuniones solíamos  permanecer unos minutos a la puerta de la casa, bromeando  y comentando cualquier cosa). Esa noche  me dijo en privado, mientras los dos zapateábamos el asfalto muertos de frío,  que yo era un líder nato, que en su vida había visto una cosa igual, y que ya le había hablado de mi a su mujer, la cual quería, a toda costa, a la mayor urgencia posible, conocerme, ya.

Y así fue. Cursó, via whatsapp, una invitación en toda regla para tomar café  en su casa, porque su mujer estaba delicada de salud y no podía salir. Por supuesto, yo acepté, encantado. No todos los días aparecen admiradores tan apasionados e incondicionales.

Y allí me presenté. Era una gran vivienda, un chalet de tres plantas, rematado por un  tejado de pizarra a dos aguas. Formaba parte de una urbanización a las afueras del pueblo y lindaba con un tupido  bosque de pinos.  El jardín era amplio, pero lo encontré muy dejado. Sobre la mala hierba se podían ver  hierros esparcidos, restos de columpios de plástico, una gran piscina hinchable deshinchada, arrugada sobre el suelo mordido. Me pareció la piel seca de un animal muerto. También vi  unas cajas de madera que podrían haber sido panales, pero que ahora parecían palomares sucios. El muro estaba sin pintar, construido con mahones grises de los que su utilizan para levantar  naves industriales. Palas, rastrillos, una carretilla metálica de una rueda -pinchada-, y herramientas de diferente clase  y  tamaño  ocupaban, esparcidas por toda la superficie, lo que hace algún tiempo, seguramente, fue un hermoso jardín.

Salió a recibirme y alabó mi puntualidad inglesa. La habitación donde nos metimos era muy luminosa y espaciosa, presidida por una gran chimenea en el centro. Alrededor de la chimenea había  dos grandes mesas de escritorio sobre las que reposaban dos ordenadores con sus pantallas. Otra mesa más, separada del resto,  hacía las veces de comedor. Todo estaba patas por hombro, sumido en un gran desorden. Pensé que hacía semanas que nadie limpiaba. “Bonita casa”, le dije. Me contestó que no era suya, que era de alquiler de renta baja. Entonces se abrió la puerta y entró una mujer obesa, de una obesidad mórbida.

Apenas podía caminar. Cada paso que conseguía dar le provocaba un resuello de fuelle. Se acercó a mí y me dio dos besos. Olía a sudor. Toda ella olía a sudor. Apenas tenía pelo. Le caían unas pocas greñas grises y lacias sobre las mejillas  pero su cabello no lograba cubrir la piel del cráneo. Era mucho mayor que él.  Me sonrió y me invitó a sentarme y a tomar un té que cultivaba y recolectaba  ella misma. Mientras tomábamos el té, ambos se hicieron bromas procaces, de un modo muy ostentoso, relacionadas con los pechos de ella y con lo bien que se lo pasaban “haciendo cositas en la cama”. Creo que lo decían para  aleccionarme de que el aspecto y la edad no importan si la llama se mantiene encendida.

Al poco, gracias a uno de los múltiples cambios de tercio en  la conversación,  la mujer cerró muy fuerte los ojos, colocó las manos sobre la mesa y un par de segundos después me miró muy fijamente. Sonrió y me dijo : “Tu eres un ser de luz. Eres como Pablo, un guerrero de la luz. El mundo necesita de vuestra luz y de vuestra fuerza para echar del poder  a esa cuadrilla de delincuentes que nos asola”.  No supe qué decir. Creo que sonreí estúpidamente, o que esbocé una mueca  acobardada, lo contrario que mi compañero, su marido, que soltó otra de sus carcajadas. “¡Te lo dije nena! ¡Pocas veces me equivoco!¡ Es un guerrero de la luz!”.

Permanecí en la casa cerca de dos horas. Durante ese tiempo la mujer, de la que he olvidado  el nombre por completo, me explicó que yo era el último de todos los que formábamos el grupo que había  pasado  por su casa, que estaba expectante porque ya había identificado a tres ángeles de luz más y que, sin duda, después de conocerme a mí, estaba absolutamente convencida de que con nosotros todo iba a cambiar. Sobre todo, gracias a una de las licenciadas en paro que integraban el partido -ni más ni menos que mi enemiga acérrima, parte fundamental del grupito que buscaba trabajo público a  toda costa. En relación a  ella,  la mujer  afirmó que era un ser celestial, una auténtico ángel luminoso y que todos los demás debíamos seguirla. Sin embargo, de repente se puso muy seria;  volvió a cerrar los ojos muy  fuerte y sin abrirlos me dijo que entre todos los miembros del grupo había algunos guerreros de los oscuro, y que con urgencia debíamos de librarnos de ellos, pues de lo contrario contaminarían con su sombra perversa la pureza de nuestra alma y, por tanto, constituirían un verdadero inconveniente para nuestros objetivos revolucionarios y de transformación social.

Asentí, miré el reloj y les dije que tenía que marcharme con urgencia, que se había hecho tarde y me esperaban. Al llegar a mi casa me di una buena ducha. Después me serví un whisky de los caros; creo que fueron cuatro, no estoy seguro, porque me desperté ya por la mañana, tumbado sobre el sofá, escuchando la voz en off de la Teletienda. La decisión estaba tomada. Bajaría al garaje, abriría el maletero y recuperaría la silla de las reuniones para colocarla de nuevo en el comedor de mi casa. Echaré de menos a A. Carmona, anarquista y roquero.

lunes, 23 de febrero de 2015

Un mes después


“Cuando tú vienes airada,
todo lo pasas de claro
                con tu flecha

Jorge Manrique
 
Se marchitan las rosas; la rosa blanca y la rosa roja que rescaté de las cenizas la tarde de tu partida.
Han agotado el aroma y la seda de sus pétalos.

Ahora  son púrpura y cera; vino añejo y nieve antigua.

Llegué  a casa  ebrio, mordí el tallo para acortarlas y  las introduje en un cilindro de cristal. Me pareció un objeto mágico, el espacio infalible de la vida eterna donde se conservaría  siempre el símbolo del cariño  que recibí de tu existencia.

“¡No quiero perderte!”-grité.
Te  he llorado en lágrimas y día a día  derramo mi duelo en silencio.
A veces busco y ambiciono consuelo invocando recuerdos.  Entonces, con la misma brevedad con que nos castiga la vida,  consigo verte sin verte, apenas unos instantes, regalándome  tras la ventana tu saludo de amor.
Porque creo en la memoria, y en la huella evocadora que se hunde en lo vivido. Me dicen, incluso -seguramente con buena intención- que si te guardo aquí  y consigo conservarte dentro de este espacio de piel que cubre mi  pecho, entonces -me dicen-  no habrás desaparecido.
Por eso estaba convencido -ingenuo discípulo de tu bondad- que las flores fúnebres podrían encarnar tu rostro; tu rostro sonriente tras la ventana de cristal luminosa, despidiéndome cada día que llegaba, y te besaba, y escuchaba tu voz, y me decías sin decirlo ¡Cuánto te quiero, hijo!.

lunes, 16 de febrero de 2015

Jerry y Johnny


Yo vi la lágrima, estoy completamente seguro. Se precipitaba, como todas, hacia la boca, y hacia la tierra. Aunque, en honor a la verdad, cualquiera desmontaría mi testimonio, porque  la luz era tenue, azulada, de ese azul que oscurece; el azul que  aniquila las sombras, entre las que suelen moverse, como si fuese de día, los noctámbulos empedernidos, los melómanos exquisitos, los  snobs de trago largo, y toda la fauna  que frecuenta, al fin, garitos donde se interpreta y se escucha jazz.
En favor de mi credibilidad puedo referir que  yo estaba muy cerca, en primera  fila; tan cerca que casi me salpicaba la saliva de Jerry. Jerry  intentaba, infructuosamente, instantes de música. Jerry se batía denodadamente contra sí mismo por  respirar  alguna  una nota a través de su vieja  trompeta de plata, que absorbía en la atmósfera cerrada la tonalidad cobriza del metal oxidado, la misma que confiere el paso del tiempo a todos los instrumentos de viento.
Queríamos un buen sitio donde poder verle cerca, por eso llegamos tan pronto que pudimos  verlo  sentado sobre los escalones de la entrada, junto al contrabajista y el baterista. Aparentemente relajado, fumaba y levantaba ligeramente la cabeza para exhalar  el humo y mirar -o no mirar- a sus compañeros  a través de sus grandes gafas oscuras, bajo el sombrero plano, camuflando la vejez en su atuendo de siempre, y sin embargo un rostro liso,  de piel infantil, rematado en el mentón por una perilla casi inapreciable  que le otorgaba cierto aire de adolescente avejentado, quizás disfrazado con el  barniz de los años que  se va depositando sobre el rostro  en cada  viaje, en cada concierto y en cada una de las  largas noches  que empezaban justo al finalizar cada actuación.
A medida que nos íbamos acercando atenuamos el paso y el tono de voz, hasta quedarnos en absoluto silencio. Unas decenas de metros de ellos, poco antes de vislumbrarlos, caminábamos y hablábamos animadamente  al respecto de si se congregaría mucho público, de si  hay mucha o poca  gente que conoce la música de Jerry. Nos preguntábamos, por ejemplo, si  tocaría como a nosotros nos gustaba, con ese tono brillante de los grandes músicos latinos que han crecido en los iuesey  y que, aunque proceden de la luminosidad  tropical, no se pueden desprender  de la niebla underground, del  sabor sucio del asfalto neoyorquino.
Justo antes de abrir la puerta  estuvimos a punto de detenernos, y saludarle, y decirle que le admirábamos. Pero finalmente entramos sin hacerlo. Solamente fuimos capaces de pronunciar  un tímido saludo que no obtuvo respuesta. Y ahora me arrepiento, porque creí ver cómo Jerry giraba levemente la cabeza, en un gesto quizá de cierta frustración. Seguramente él  hubiese querido que nos hubiésemos detenido un instante, saludarle con la ilusión de dos admiradores y quizá haberle pedido una fotografía con el teléfono móvil. Al fin y al cabo él era Jerry, el gran trompetista.
Se cumplió nuestro deseo y no solamente no tuvimos problemas para encontrar un buen sitio, sino que  fuimos los primeros en entrar. Por eso pudimos sentarnos en primera fila y gozar de la soledad de un lugar que en poco tiempo se abarrotaría y se llenaría de voces, del sonido del hielo y el cristal de los vasos, de ese rumor flexible que se amolda al espacio como una gran tela de goma, cubriendo  con una especie de  licra los cuerpos del público, convirtiéndonos de esa manera  en una masa, en un solo ser.
Desde nuestro asiento podíamos contemplar  un hermoso cuadro; nos sentíamos privilegiados porque  nadie más disfrutaba de aquella visión: el descanso del contrabajo, recostado sobre el suelo ajedrezado, como un fabuloso animal  estirado que  espera dócil y pacientemente  a su dueño. A su derecha, en un extremo del escenario,  la batería, sencilla,  dormida, en completa oscuridad.
Pero si algo exigió por completo de nuestra atención fue la trompeta de Jerry. Nunca sabremos si alguien la dejó sobre el piano de cola de manera premeditada, si fue algo sencillamente casual o si fue el mismo Jerry quien decidió colocarla sobre la tapa negra. Sea como fuere, el destino, la casualidad o un deliberado sentido escenográfico, la cuestión es que la trompeta yacía junto a  un  globo de luz en forma de luna colocado en el extremo de la curva que forma la cola del piano, de manera que la silueta del instrumento de viento absorbía la claridad cerúlea de la lámpara esférica y la proyectaba muy débilmente hacia a fuera, como si emitiese notas de luz, como si no necesitase más que unos cuantos destellos blancos para producir  rumores de notas  a través del metal plateado que la reflejaba.
Era hermoso y al mismo tiempo conmovedor contemplar aquel efecto de claroscuros, de sombras y resplandores que se proyectaban no solo sobre la trompeta de Jerry, sino sobre los demás instrumentos. Era  como si allí, sobre el piano de cola negro, se dirimiese la vida personificada en el metal, que manifiesta su voluntad de sobrevivir frente a  la muerte oscura; como si en el refulgir plateado expresase el deseo de un  último hálito de vida para declarar la belleza y la constatación de su talento y de su arte. Por eso  creo que, de alguna manera,  Jerry  ya estaba  interpretando su música  antes de subir al escenario, como Johnny Carter, la criatura de Julio Cortázar, cuando le decía a Bruno “esta música la he tocado mañana”.
Saqué mi teléfono móvil  y fotografié aquel  hermoso bodegón de naturalezas muertas  que aguardaban el tacto,  los labios y la sabiduría de tres artistas que  en pocos minutos les conferirían el sentido de su existencia y las transformarían  en seres vivos, en parte integrante de sus cuerpos, como si fuesen apéndices extraordinarios, formas de su anatomía exclusivas y esenciales, ya no unidas o fusionadas, sino gestadas  dentro de su propio ser, igual que una uña, que un cabello, el lunar que adorna un rostro, o una lágrima de tristeza que mana y se precipita.
Poco a poco iba llegando la gente. La primera fila se completó enseguida y paulatinamente todo el aforo del local se abarrotó. Jóvenes y no tan jóvenes; matrimonios maduros; solitarios, melómanos, músicos y aficionados; noctámbulos y frecuentadores; tipos transparentes, serios, indiferentes, jugadores de ajedrez, fumadores de pipa,  algún que otro moderno y media docena de fotógrafos que buscaban  los mejores ángulos desde donde retener o detener el tiempo y la luz, otra vez la luz. Me llamó la atención que ninguno de ellos reparase en la escena que yo acabada de guardar para siempre en el teléfono móvil y en mi memoria.
El rumor de hielo, de cristal y de  licra nos iba envolviendo a  todos. Por fin se encendieron  dos focos encarnados y un tipo gordo, calvo, de escandalosas patillas irlandesas, apareció en el escenario. Descolgó el micrófono, le dio tres golpecitos y poco a poco la sala atendió, expectante. Todavía se escuchaba el tintineo de las copas, y alguna carcajada aislada. Alguien hizo shhh . El gordo guiñó un ojo de agradecimiento. A continuación dio amablemente las buenas noches. Inmediatamente aumentó el tono de voz, impostó el timbre y empezó a hablar como su fuese uno de aquellos  excéntricos presentadores de combates de boxeo . Desde luego no era la primera vez que lo hacía.  Con una maestría propia del más experimentado showman, perfiló brevemente la trayectoria de Jerry y de sus acompañantes en el trío. Las últimas palabras las pronunció en el inglés más americano de que fue capaz, casi cantándolas, como si las columpiase en un balancín, acompañándolas de su brazo  extendido  en dirección al lugar donde en un instante aparecerían los músicos . “From New York, just here, for Spain, ¡Jerry! ¡the great Jerry!
Y todos rompimos a aplaudir.
Allí estaba, apenas separado de nosotros por unos pocos centímetros. Si hubiese querido, sin el menor esfuerzo, le hubiese tocado con mi mano. Javier  puso en pie el contrabajo y Marc se sentó tras la batería. Jerry saludó con un hilo de voz, apenas audible, y a continuación tomó de encima del piano su vieja trompeta plateada. Luces de diferentes colores  iluminaban tenuemente a los músicos, de manera que las siluetas de los tres músicos y su expresión  se transformaron sobre el escenario. Parecían seres irreales, una proyección ilusoria. Por mucho que yo estuviese a menos de un  par de metros de ellos, la realidad que discurría sobre las tablas era lejana, casi ficticia, de un extraño  tono azulado.  Por efecto de la luminotecnia, los músicos habían quedado sumergidos, o secuestrados, en una aureola fantástica, como de fábula.
Jerry se acercó nuevamente al micrófono. Al andar parecía que le costase trabajo. Cada paso le ocasionaba dolor, una leve mueca  de súplica, o de fastidio; el gesto de un pesar crónico,  acentuado por el peso de la responsabilidad, de someterse a la observación inmisericorde de centenares de ojos que más allá de la cortina de luz analizaban e interpretaban con atención todo lo que acontecía a su lado del espectáculo. Incluso encorvaba ligeramente la espalda, como si así evitase los efectos de  una  tortura.
Quizá, por todo ello, y a pesar de los focos, la realidad estaba en su lado, y no del nuestro. Porque estoy seguro de que lo que Jerry veía desde el escenario  eran sombras difusas, siluetas expectantes, sin personalidad  ni expresión;  una masa informe arropada por un gran manto   que había acudido para escuchar su música pero que en ese momento se había convertido al mismo tiempo en jurado y verdugo. Instante después de que Jerry pisase el  escenario, los que allí habíamos acudido ya no éramos su público; éramos su sentencia.
Javier empezó con algunos acordes graves. Le siguió la batería, y al poco, sobre esa ola rítmica, Jerry emitió las tres primeras notas, brillantes, y al mismo tiempo añejas, como si fuese un experimentado bañista, ajado por los años,  que moja sus pies en la arena antes de ofrecer su cuerpo al mar. Después de esa tercera nota, el bajo y la percusión continuaron citando al viento, insistentemente, durante toda la velada. Sin embargo,  un tema tras otro, los labios de Jerry no hallaban encaje en la boquilla. Constantemente abría la válvula y desechaba al suelo  la saliva estéril. Lo intentaba de nuevo, una y otra vez, pero del instrumento solamente surgía un soplido mudo; el sonido sucio del  aire humillado que  apenas rozaba el metal de la embocadura. Ni siquiera las cuerdas graves del contrabajo o  las escobillas rasgando la caja del baterista podían camuflarlo. Jerry entonces dejaba la trompeta sobre el suelo, se sentaba sobre un cajón de ritmos y empezaba a tocar siguiendo los compases que le marcaba Javier, mirando hacia la tierra y  hacia sus manos artríticas que aporreaban certeras la piel, como si reconociese en ellas  la fidelidad y la lealtad que le habían negado los pulmones y los labios. Lo que se había anunciado como un concierto en exclusiva del gran trompetista  de jazz se había convertido en un trío para cajón, contrabajo y batería.
No hay ultraje mayor para un trompetista solista  que tener que sentarse para actuar. Mientras Jerry intentaba  infructuosamente  emitir una sencilla nota de su trompeta, a duras penas se mantenía  en pie. Las piernas parecían no responderle. Doblaba las rodillas y se balanceaba a ambos lados. Por eso, a  cada nuevo fracaso en los fraseos, Jerry se sentaba sobre el cajón y parecía, así, no solo desahogar su impotencia, sino tomar un respiro y descansar todo su ser  maltrecho.
Transcurrida casi media hora del concierto, Javier pulsó  los primeros acordes de una versión de “Bésame mucho”. Jerry se levantó, frotó sus labios, escupió su trompeta, y se dispuso a tocar, y una vez más, no nació ni sonó ni se escuchó otra cosa que el mismo murmullo embarrado, el vacío armónico, un silencio exasperante solamente tiznado  por el ruido que produce el aire inútil cuando surge del  cuerpo y choca contra cualquier cosa. A partir de ese instante, algunas personas del público se levantaron y abandonaron el local. Miré hacia atrás y una mueca entre compasiva, afligida y avergonzada se había instalado en  los rostros de la mayor parte de los que asistíamos aquel triste espectáculo de la degradación física de un ser humano, del final, en vivo y en directo de un gran artista.
Nuevamente me acordé de Johnny Carter, el saxofonista de “El Perseguidor”. “Cualquiera puede ser como Johnny, siempre que acepte ser un pobre diablo enfermo y vicioso y sin voluntad y lleno de poesía y de talento”, decía Bruno. Durante unos breves momentos cerré los ojos ( o miré hacia el suelo cerrando los ojos), y recordé  a  Johnny  intentando tocar la canción del Leopardo. Por eso, cuando miré hacia el escenario y escuché a Jerry corrompiendo  una nota por enésima vez,  me pareció que gritaba el lamento de Johnny:  ¡Yo no soy nada más que un pobre caballo amarillo, y nadie, nadie, limpiará las lágrimas de mis ojos !”.
Sin embargo,  las lágrimas no fluyeron de los ojos de Jerry. La lágrima surgió de los ojos de Javier, que seguía y seguía pulsando las cuerdas, sin descanso, porque había que dar un concierto, y había que arropar al maestro, y había que amarle, y quererle, y protegerle, y defenderle,  y no dejarle solo  en la última actuación. Toda una vida rompiendo con  su arte y su talento ese manto  invisible que envuelve los escenarios de medio mundo.  Así es. Yo vi la lágrima. Se precipitaba como todas, hacia la boca y hacia la tierra, por mucho que fuese  una lágrima de profunda tristeza, una lágrima de músico, de muerte y  nostalgia.

Nosotros decidimos quedarnos hasta el final. De vuelta a casa no nos dijimos nada. Ni siquiera conectamos la radio en el coche. Dormí inquieto, sumido en una extraña desolación. Quizás fue porque en aquella madrugada de octubre encontré fría la cama, o por los rumores quebrados, más allá de la ventana, que producían las ramas secas de los árboles.
Fotos: El Pobrecito Hablador del Siglo XXI

lunes, 9 de febrero de 2015

Innovación

La semana pasada asistí a una jornada protagonizada por la innovación. Un centro tecnlógico catalán reunió a los alcaldes y alcaldesas de 5 poblaciones que han merecido una prestigiosa etiqueta ministerial con la que se les distingue por su labor en pro del perfeccionamiento y la mejora dentro de sus municipios. 

Los alcaldes y alcaldesas, a su vez, se hicieron acompañar de cinco empresas, con las que ejemplificaban y provaban su merecida mención. En total participaron  25 empresarios innovadores junto a 5 alcaldes ejemplares, dinamizados por una conocida presentadora de televisión, rubia, guapa e inteligente.

La cosa no tuvo desperdicio. Hubo innovación para parar un tren. Un empresario joven, elegantemente vestido, peinado como Aznar en sus buenos tiempos,  salió a la palestra y dijo que no estaba casado (c a s a d o ) porque cada día dormía con su idea, porque era lo que realmente le ponía, aunque, eso sí,  "mi empresa es mismamente [sic] como una mujer, porque hay que controlarla mucho, pero  no se deja dominar".

A mi lado se  habían sentado dos mujeres jóvenes muy bien vestidas, con traje  caro,  pero mal calzadas. Me acordé del bueno de Hannibal Lecter cuando recibe la primera visita de la meritoria Clarice Starling  en lo más oscuro de la cárcel del estado.

Las dos ejecutivas estuvieron riéndole gracia al empresario durantes unos minutos. Incluso vi en las pantallas de sus tabletas cómo twiteaban el chascarrillo.

Después de algunas intervenciones más, le llegó el turno a un empresario que hablaba con un ostensible e identificable acento argentino. Era ya veterano. Lucía un simpático y característico  bigote de morsa rubio y  aunque representaba a una gran multinacional de aceites lubricantes, su estilo era desenfadado, sin corbata, aderezado de americana de pana y camisa a cuadros. El viejo gaucho tomó la palabra y se escusó por no poder hablar catalán. "El catalán es como mi mujer: la amo, la adoro, pero no la domino". 

Mis dos compañeras de butaca no pudieron contener las carcajadas. Ahora se doblaban literalmente, una y otra vez, sobre el asiento, como si alguien les hubiese atado una goma a la cabeza y tirase de ella. La carcajada, por otra parte, fue generalizada, igual que la que se produjo a continuación del requiebro anterior que pronunció el joven emprendedor.

Después de explicar su proyecto innovador con un seductor acento porteño, el viejo empresario argentino confesó al auditorio que mantenía una enconada lucha con el alcalde de la localidad donde se ubicaba la compañía,  porque necesitaban unas hectáreas más para poder hacer realidad su sueño. Sin embargo, el Ayuntamiento en cuestión se resistía a recalificarlas y a cedérselas. El alcalde, presente en el escenario, sonrió con la llamada sonrisa del teleférico, que no es otra que la que esbozan los pasajeros que viajan en él  mientras el habitáculo se  descuelga de los cables con intención de precipitarse hacia el vacío.

Algunas intervenciones más dieron por concluída la primera parte del programa. Sin duda, por lo que pude escuchar en los corros que se formaron en la sala contigua a la que salimos a relajarnos, el emprendedor argentino y el joven talentoso catalán  fueron  los triunfadores de la mañana. Entre cafés, dulces y zumos, no se habló de otra cosa, es decir, de mujeres, esposas, innovación y control.

lunes, 19 de enero de 2015

Vidas antiguas


Fue hace mucho tiempo, tanto, que cuando hallamos el cántaro  no se distinguía el color de la arcilla con que fue torneado.
Al rescatarlo  oímos un tintineo  que  lo golpeaba por dentro.
Durante algún instante, si el movimiento que hacíamos no era muy brusco, parecía que algo o alguien lo arañaba por dentro, como si rasgase con sus uñas las concavidades de sus paredes internas.
Por eso, intrigados como estábamos y una vez limpio de toda  la tierra adherida, me apresuré a mirar a través de la boca oscura.
Antes de que retirase mi vista, decepcionado por no encontrar más que la humedad del tiempo,  me acertó en los ojos  un guiño de luz  que intentaba señalarme una existencia  desde el  fondo antiguo de barro.
Entre todos intentamos extraerla,  pero cualquier intento resultaba en vano.
Nos veíamos obligados a manipular el objeto con extremo cuidado y no podíamos pensar en métodos probablemente más eficaces.
Sin embargo, a pesar de toda nuestra exquisita delicadeza, una  torpeza, o quién sabe si un designio, provocó la caída y, finalmente, el cántaro  se quebró.
Entre esquirlas y cascajos, la llave de cobre oxidada y vieja nos miró con su único ojo, tendida sobre nuestras huellas humanas.  Sin entender muy bien mis propias razones, me empeñé en creer que estaba  agradecida.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Salieri encadenado



La línea parpadea junto a la flecha, insistentemente. 

Sin embargo, más allá del pálpito, todo sigue igual, un inmenso espacio puro, inabarcable, que hace tan solo unos instantes se extendía ante mí como la promesa de un mundo por construir. 


¡Ah!. ¡La falsa profecía de la palabra inédita! ¡El augurio gramatical de la belleza, la invocación a la revelación frustrada.!


A pesar del tiempo, y de la espera;  a pesar de la  fe  y de las horas frente a los libros, no debo ser digno del don que a otros les fue dado. 

¿En qué campo se oxida mi única armadura? ¿Dónde yace la voluntad de  rebelarme contra Dios y contra los hombres?
 

jueves, 4 de diciembre de 2014

Mariana de Marco



Hace unos minutos que he comido opíparamente. También he bebido sin complejos y ahora, en la  terraza del restaurant, estoy tomando café, una copa de whisky  y fumándome una faria, como un señor. Para  acabar de dibujar  este paraíso diré que es viernes y que he aprovechado del fin de semana para empezar a leer  la última novela policíaca de Jose Mª Guelbenzu, “Nunca ayudes a una extraña”. 

El camarero ha sido tanto o más rácano a la hora de escanciar el whisky  que el estatuto de los trabajadores con nuestros días de asueto semanal, de modo que he tenido que pedir otro. Poco a poco un calorcito la mar de agradable me va cubriendo por dentro. Cuando uno ayuda a digerir los alimentos  con los llamados espiritosos es como si nuestro cuerpo fuese una cama hecha del revés. Es decir, la manta por dentro, en contacto con nuestro organismo y la sábana por fuera a la intemperie, sobre la piel.

Hace la tira de años, al llegar el invierno,  hacer la cama era de las tareas más engorrosas y que me más pereza me producían de todas las que tenía asignadas en casa, porque había que disponer, en riguroso orden,  tres piezas, una sobre la otra: la sábana arropadora, la manta fina, y la manta gruesa. Después había que remeterlas por las esquinas inferiores del colchón, pasar constantemente de un lado a otro de la cama, y finalmente colocar cuidadosamente la colcha, que con sumo mimo se remetía, a su vez, bajo la almohada, de manera que todo el conjunto debía de  parecer  una pieza única, bien estirada, sin arrugas ni pliegues, desde los pies hasta el cabezal. La cosa es que estoy  tan a gusto como si  dentro de mí tuviese un par de mantas, gracias a la agradable sensación de calor corporal que procura un buen whisky escocés, tres cuartos de  tinto  del Priorato y la pierna de cordero que me he metido entre pecho y espalda.

La tarde va declinando lentamente. El solecito que hasta hace unos minutos enrojecía mi cara va desapareciendo tras los árboles del bosquecillo que protege la masía. Por eso, durante un breve instante, he dejado de leer, para ponerme la sábana (la chaqueta) y enredarme  la bufanda alrededor del cuello. En ese momento he recordado que en poco más de una hora deberé dejar el libro; he recordado que tenía una cita, una reunión. Soy el representante local de un grupo político de reciente creación  y hoy, esta misma tarde, tengo que acudir sin falta a negociar con otros grupos la fundación de una coalición ciudadana para desalojar de sus poltronas a los viejos políticos de siempre. ¡Mierda! ¡Maldita sea!¡Maldita sea el compromiso! ¡Maldita sea la casta y maldito sea yo, por tonto, bobo y mediopensionista! Si quiero exprimir estos instantes  no me queda más remedio que relajarme y aprovechar el tiempo que me queda hasta la reunión.

En “Nunca ayudes a una extraña” todo ocurre durante el mes de julio, en G, inicial que el autor utiliza para nombrar una ciudad de la costa cantábrica, que tiene toda la pinta de ser Gijón. En los alrededores de la zona de copas de G, una mujer es violada. Javier Goitia, un periodista de investigación que se encuentra de vacaciones forzosas  en la ciudad, es testigo del hecho y sin pensárselo dos veces se lanza contra el violador, Paco Llorente, un tipo con “ la maldad del débil, la saña del inestable,[y] el recelo desafiante del cobarde”.

Agresor y periodista se enzarzan en una pelea. Mientras tanto llega la policía, pero la agredida ha desaparecido y ambos, Goitia y el presunto  violador, son detenidos. A partir de aquí se desencadena la trama, en la que se ven involucradas tres de las familias más influyentes de la ciudad; tres familias con los secretos propios de los poderosos de provincias, que hacen valer de toda su influencia para mantener debajo de la alfombra sus respectivas mierdas y mantener a raya a sus ovejas negras. Uno de los narradores, el propio Goitia, los describe como “gente de dinero, acostumbrada a ser reconocida, con un sólido sentido del linaje territorial y una prestancia moralista de las que dictan y consideran las costumbres como cosa propia reflejada en el resto de la población bienpensante, reflejo que les devolvía en forma de homenaje el conjunto de la clase media provinciana”.

La encargada de desembrollar  todo el asunto es la juez Mariana de Marco, la protagonista de toda la serie policiaca de Guelbenzu. Mariana de  Marco es un pedazo de mujer, una señora hembra de cuarenta y tantos, soltera vocacional, independiente, culta, audaz, sumamente inteligente, que tiene obnubilada a media ciudad y a la que le importa un bledo el qué dirán. Mariana es un personaje extraordinariamente atractivo. De hecho, creo que es uno de los puntos fuertes de esta novela. Al lector -al menos a mí- le ocurre lo que a Goitia, que cae rendido a sus pies desde el principio, antes incluso de haber cruzado con ella ni media palabra, antes de tenerla frente a frente. Sin embargo de Marco no es de esas mujeres enamoradizas. Al contrario, es exigente, requiere de  partenairs a su altura, capaces de ponerla en aprietos, de no arrugarse ante los envites, o al menos, que no babeen ante ella y que mantengan el tipo en el cuerpo a cuerpo  dialéctico.

Mariana de Marco siente, además, una extraña atracción por las dificultades, hacia el lado oscuro de la vida. Por eso, otro de los narradores de la novela, el omnisciente, dice de ella que “la verdadera atracción era el peligro, el puro peligro, la atracción al peligro, que había estado a punto de causarle o le había causado tantos problemas. No era la morbosa atracción por lo maligno que creía haberla conducido a relaciones un tanto peligrosas, porque lo que le preocupó siempre fue que en el origen mismo del deseo anidara un componente de culpa e inevitabilidad que le hiciera pensar en una parte de su mente en la que se alojase un enemigo inexpugnable, una suerte de virus que podría acabar dominándola y destruyéndola”. Es decir, que no estamos ante una heroína de novela negra al uso, sino ante una mujer de rompe y rasga, dura de pelar, que jamás  renuncia a tomar la iniciativa en cualquier orden de la vida,  tremendamente segura de sí misma y, además celosa de su independencia, amante del jazz, de los hombres  sin pretensiones matrimoniales  y del whisky.

Mucho de lo que sabemos de la juez se lo debemos a su amiga Julia, de vacaciones en Brasil, a la que escribe  e-mails. En esos mensajes Mariana se muestra sin tapujos, espontánea, como una mujer cercana, a través de las confidencias que le hace a su amiga, que  confirman de otro modo el carácter de la heroína. En este sentido, las tres voces narrativas que nos explican los hechos y nos hablan de los personajes confieren a la novela un carácter multifocal, que recuerda en cierto modo la técnica que utilizaba uno de los precursores del género, el gran Wilkie Collins.

Guelbenzu se detiene algunas veces en describirnos a la juez en la intimidad de  su casa, en deliciosos ejercicios de vouyerismo narrativo en los que el lector -y creo que también el mismo autor- pueden espiar a su señoría sin temor a ser descubiertos, sola, con sus pensamientos, su desavillé doméstico, extraordinariamente femenino,   y en algún momento,  incluso su desnudez solitaria mecida por el compás de un saxo meloso mientras fuma un cigarrillo y desentraña  pruebas o  se  estremece debido a sus conclusiones sobre la naturaleza humana. Mientras leo pasajes en los que se va construyendo el perfil de la juez, la imagino con un halo andrógino, un áurea de masculinidad sutil,  casi imperceptible, que ayuda a  abundar en su atractivo femenino. Sospecho que, en muchos aspectos, Guelbenzu  desliza  destellos de sí mismo  en su creación y se me ocurre que uno de los logros que alcanza a través de esa tensión amorosa es, precisamente, conseguir en otro plano, en un plano paratextual, más allá del objeto y de las letras, el establecimiento de una relación autor-lector encarnada, respectivamente en Mariana y Goitia, porque sin duda, el punto de vista del periodista  dirige y condiciona el de quien lee.

Pero no voy  hacer psicoanálisis de café. Prefiero hablar de whisky. El mío ya hace algunos minutos que se ha ido al carajo. Si pido un tercero será el primer paso para traicionar por primera vez a mis compañeros de partido. Podría decirles que no pude acudir a la reunión porque me vi involucrado en el asalto a una pobre mujer, que después me detuvieron, que además conocí a la mujer de vida, que  mira por donde era la juez que se encargaba del caso, que estaba buena a rabiar y que qué queréis que os diga, que la vida son cuatro días y ya os lo montareis. Pero yo no soy así. Y además, y sobre todo, nadie me iba a creer, e iba a perder el poco prestigio que me queda, de modo que he cerrado el libro, he apurado el agüilla insípida que quedaba en el vaso  y, qué remedio, me voy a la reunión.
 
…......



Son muy majetes estos tíos. Alguno hay que apunta maneras de trepa, que no sabe ni quién fue La Pasionaria, pero dice de él mismo que  es más rojo que el mango de una hoz. En general parece que llegaremos a un acuerdo. Otra cosa será la negociación de la lista. Ahí  habrá más que palabras. Ha habido un momento que me he puesto de pie, y muy solemnemente les he soltado,”¡compañeros, compañeras, programa, programa, programa!”.Creo que me han entendido. Después la cosa ha empezado a desvariar, y han salido las batallitas, los cotilleos, los líos de la actual alcaldesa… y les he dejado. Les he dicho que tenía un compromiso y he salido corriendo hacia casa, a encontrarme de nuevo con mi juez de Marco.

Mientras vuelvo a casa pienso en qué hubiese dicho Goitia en la reunión política a la que he asistido. Incorruptible, insobornable, a prueba de prebendas, sueños de grandeza y ambiciones triunfadoras, Goitia es un tipo de los que ya no quedan, que vive en una misantropía discreta, sin ostentación,  a fuerza de haber visto mucha mierda y, sin embargo, se empecina en seguir un camino solitario de valores enterrados, a lo largo del cual recibirá una y otra vez los peores golpes de la vida: la  traición  y la derrota. Goitia se agarra a los pocos amigos que le quedan y a  una voluntad de hierro por desvelar y hacer prevalecer la verdad. 

Goitia les hubiese dicho: “Mirad, la mayoría de los que estáis aquí sois solamente sinceros a medias con vosotros mismos. Es verdad que queréis hacer cosas por el pueblo pero no es menos cierto que lo que os mueve es la vanidad y una misteriosa  presunción que os empuja a creer en que, efectivamente, lo vais a saber hacer mejor que los que están ahora.” Y se hubiese quedado tan tranquilo, con media docena de personas más en su círculo de conocidos  a las que ya nunca se podrá dirigir para pedirles un favor, o ni siquiera con las que nunca tomará una simple caña. Por eso, la tensión sexual que organiza Guelbenzu entre Gotia y de Marco resulta  tan efectiva y tan estimulante para el lector, porque con estos dos caracteres de armas tomar, el  autor puede  estirar del hilo tanto como quiera.

Ya estoy en casa. Ni si quiera voy  a guardar la chaqueta en el armario. Llego con la boca seca de tanto repetir ¡programa, programa, programa! Así es que ahora sí, ahora me pongo el tercer whisky, con dos hielos, y me  ambiento un poco, para estar en consonancia con los gustos de mi amada Mariana. Pongo música de Chet Baker, uno de sus favoritos. Tenía previsto ver a  Anguita en la Sexta, pero creo que no va a poder ser, y eso que escuchar a Anguita vendría a ser como escuchar a Goitia, pero sin vicios, lo cual me ayuda a decidirme por seguir la lectura. 

Cierro la última página. Es poco más de la media noche, y me doy cuenta ahora de  que, probablemente, hace algunos minutos que la trompeta y la voz suave de Chet dejó de sonar, pero no había reparado en ello. La última parte de la novela me ha  absorbido por completo, porque, como en toda buena obra de género, esa es la fase en que  los caminos empiezan a cruzarse y uno no puede permitirse el lujo de perder detalle. Me levanto y decido rematar la faena con un cuarto whisky. Esta vez me lo pongo de la botella buena. Salgo al balcón.

Hace frío. Sin embargo, yo sigo abrigado por dentro, como las camas de mi infancia, pero a la inversa. Miro las luces que surgen de las ventanas  del bloque de pisos que hay frente al que vivo  y  no me cuesta demasiado trabajo creer que en el interior de alguna de esas viviendas, ahora, en  este preciso instante, Mariana de Marco se estremece pensando en  la tragedia  que asoló la vida completa de Concepción Ares hasta su muerte. No sé porqué, pero antes de irme a la cama, mientras me introduzco bajo el edredón nórdico, pienso que la novela de Guelbenzu es como aquellas camas de los inviernos de  antaño, una pieza única, bien estirada, sin arrugas ni pliegues, desde los pies hasta el cabezal. Antes de caer profundamente dormido me prometo a mí mismo que un día de estos dejaré de beber.