jueves, 23 de octubre de 2014

Eternamente




Maestro, hoy lloro tu ausencia. 
Tus criaturas y el mundo que habitan siempre irán conmigo
Eternamente Ramiro Pinilla. 




jueves, 9 de octubre de 2014

Leer a Proust con Vila-Matas (II)


Porque finalmente todo se desencadenó gracias a  una de esas extrañas decisiones que tomamos sin más, sin ser  conscientes de su trascendencia. Lo que me libró de  la ansiedad que me producía no poder explicar mi experiencia lectora de “En busca del tiempo perdido”  fue el azar concretado en algo insustancial, cotidiano, algo que prácticamente hago cada día, como abrir un periódico o salir un momento al balcón para ver como transcurren unos minutos de vida allí afuera, en la calle.
Las horas que suelo dedicar a escribir pasaban estériles semana a semana. Me levantaba continuamente; una mosca que volase me distraía por completo; abría la nevera y la volvía a cerrar porque en realidad no me apetecía nada; emborronaba estrellas de cinco puntas y las convertía en cruces gamadas; cambiaba el disco; me rizaba el flequillo; limpiaba la mesa de mis huellas digitales con mis propios dedos y me reía de mí mismo durante un buen rato ante tal estupidez. Entonces decidía que cambiaba de tema, que ya no escribiría sobre Proust, y peroraba  acerca de eliminar mis huellas con las mismas huellas … en fin, toda ese serie de memeces y sinsentidos que hacemos los que pretendemos escribir, a sabiendas de que no vamos hacer otra cosa más que el ridículo.
En esa tesitura me encontraba cuando una de esas tardes del demonio decidí invertir mi tiempo en navegar por internet, visitando los lugares que frecuento, hasta que le llegó el turno a la página web de  Enrique Vila-Matas.
Enrique Vila-Matas posiblemente sea al mismo tiempo el escritor y  la persona más alejada de Marcel Proust que nadie pueda llegar a encontrar. Hace unos años, en vísperas de Sant Jordi, Vila-Matas visitó mi ciudad natal y mantuvo en público una charla con el crítico y también escritor Juan Antonio Massoliver Rodenas. Por entonces yo ya había leído “El mal de Montano”,  “Doctor  Pasavento”, “París no se acaba nunca”,” Lejos de Veracruz” y “Suicidios Ejemplares”, y ya me había percatado de que si alguna cosa no era susceptible de convertirse en materia literaria para Vila-Matas esa cosa era la memoria o los recuerdos, materia novelesca muy recurrente en la obra  de una gran mayoría de autores.
Por eso mismo quería yo meter el dedo en la llaga y aprovechar que el Maestro visitaba mi ciudad para preguntarle directamente sobre el asunto. Me respondió a la defensiva; le noté un tanto preocupado porque quizá pensó que estaba allí para reventarle el acto, pero como volví a preguntarle de otra forma, con toda la asertividad de que fui capaz, finalmente me dio la respuesta que ya le había oído dar otras veces: “mi infancia fue muy aburrida, muy vulgar y no recuerdo gran cosa  porque en mi casa no sucedía nunca nada digno de evocación”.  Entonces todavía no se había publicado ese mamotreto tan útil y fascinante titulado  “Ideas”, del historiador Peter Watson. De haberlo tenido a mano, podría haberle contestado, a la manera vilamatiana, con una cita de esas que te dejan en el sito: “La escritura [querido maestro] la escritura es un sistema de memoria artificial”.
Pocos días  después  di con su primera antología personal de cuentos que publicó Anagrama en la colección Compactos y me hice con ella porque el título me llamó la atención: “Recuerdos inventados”.  Efectivamente, es poco probable que lo que se cuenta en ese libro esté basado en la memoria real del autor. Dudo mucho que Vila-Matas mantuviese conversaciones  tan hilarantes y absurdas con su padre  como las que se pueden leer en el cuento “El paseo repentino”.
Por eso,  todavía hoy no deja de asombrarme, o de sorprenderme -y casi de inquietarme- que la aparición azarosa y  virtual de Enrique Vila-Matas haya supuesto a la postre el salvavidas  de mi ineptitud. Curiosamente, gracias a Vila-Matas -el escritor de la no memoria- puedo  escribir sobre la experiencia personal  lectora  de la obra del autor paradigmático de los recuerdos, o del tiempo perdido, cuyas criaturas cobran vida para desvelar  verdades eternas gracias, precisamente, a  la literatura.
Ese  salvavidas no fue otro que “Los escritores de antes (Bolaño en Blanes 1996-199)”, texto que debería leer todo aquel que crea que leer o escribir son, sencillamente,  meros entretenimientos, o una manera como cualquier otra de ganarse la vida.

“Los escritores de antes” (¡oh, casualidad!) es una evocación que compone Vila-Matas para traer al presente los momentos  que vivió junto a Roberto Bolaño cuando todavía no era conocido y no había editorial que quisiese publicarle nada. Recuerdos y  memoria  al servicio de un tema que, como no podía ser de otra manera en Vila-Matas, es la literatura misma. “¡Pero si esto es más proustiano que la mismísima magdalena!, exclamé mientras lo leía.
Tuve que detener la lectura durante unos segundos para  sosegarme y analizar con calma mi descubrimiento. Llegué a la conclusión de que estaba ante un texto proustiano metaliterario y me hizo mucha gracia  porque en cada párrafo encontraba algo que me recordaba a Proust y que me introducía en un divertido y sugerente juego de evocaciones contrapuestas, de recuerdos propios que habitaban  el interior de  recuerdos ajenos que al final formaban parte de una misma cosa, por mucho que estuviesen alejados en el tiempo y en el espacio. Era -qué sé yo- como estar al mismo tiempo ante Proust y Vila-Matas y ninguno de los dos se pudiesen ver, pero yo les veía a los dos, y yo  les podía explicar a cada uno lo que el otro decía.
Enrique Vila-Matas escribe en “Los escritores de antes”  que  La poesía (la verdadera poesía) es así: se deja presentir, se anuncia en el aire, como los terremotos que según dicen presienten algunos animales especialmente aptos para tal propósito”. Vila Matas continúa  hablando de  ese tipo de escritor que jamás olvida que la literatura, por encima de todo, es un oficio peligroso; alguien que no solo es valiente y no pacta ni un ápice con la vulgaridad reinante, sino que muestra una contundente autenticidad y que une vida y literatura con una naturalidad absoluta […] Tipos obstinados, muy obstinados, que saben ya que todo es falso y que, además, todo absolutamente se acabó”.
Después,  reafirmándose en sus palabras anteriores, el creador del Doctor Pasavento  afirma rotundo que “no es pecado ni error alguno mezclar vida y literatura, y encima es algo que se puede ensamblar con una naturalidad asombrosa”.
“¡Claro!” empecé a exclamar a gritos en el pasillo “!Claro, eso es, eso es. Ahí está Proust. Ese es Proust! ¿De quién está hablando sino de Proust”. Recuerdo (yo también recuerdo) que mientras leía la obra del autor francés, en algún momento descansaba y  entraba en You Tube y veía el excelente documental  dramatizado que produjo hace ya unos cuantos años el canal Arte de la televisión francesa. El parecido del actor que  encarna a Marcel Proust en esta producción  es tan  asombroso que inquieta. Verlo es como viajar en el tiempo y experimentar la sensación de  estar con él; una sensación mágica, producto, seguramente, de leer durante horas y horas sus palabras con admiración y esfuerzo y, en un instante, estar dentro de  su habitación viéndole escribir metido en la cama, entre  papeles, con el tintero sobre las rodillas, sin más luz que una palmatoria, totalmente absorto en las imágenes que discurrían en su mente y que transformaba en literatura enfebrecido por la pasión y el asma.
Gracias a  este documental uno puede hacerse una idea de hasta qué punto Marcel Proust había comprometido  su vida por la literatura; hasta qué punto vida y literatura eran para él, de manera natural, algo intrínseco al mismo hecho de existir. Tanto fue así que los últimos días de su vida supusieron toda una tortura, más allá de la creciente dificultad que tenía para respirar, porque lo que realmente le angustiaba era no poder finalizar su obra, no poder escribir con sus propias manos 'FIN' para cerrar una de las más grandes obras que haya podido escribir nadie. A los pocos días de dar por finalizada “En busca del tiempo perdido” Marcel Proust murió y no pudo  ver publicado el último tomo “El tiempo recobrado”.
Proust era un tipo que podría haber vivido de rentas, sin hacer absolutamente nada,durante toda su vida.  También podría haber dedicado su tiempo y su bienestar  a escribir como divertimento, por pura vanidad, para pavonearse entre lo más exquisito de la alta sociedad francesa que tan bien conocía. Sin embargo, escogió otro camino, el camino del  gladiador del que nos hablaba Bolaño, que sale a la arena a sabiendas de que va a perder, porque entre otras razones, no le queda más remedio que hacerlo, y porque en ese acto suicida paradójicamente le va la vida.
Proust decide  meter la cabeza en lo oscuro y saltar al vacío“, como dice Vila-Matas al respecto de los escritores, escritores: los clásicos, aquellos  a los que define  Jules Renard (citado por el mismo Vila-Matas) como  "los que aún no hacían de la literatura un oficio"

En mi opinión -auspiciada sin duda por Don Enrique- Marcel Proust  trasciende incluso  una dedicación monástica o romántica, porque invierte su último aliento en completar la misión que le ha sido dada; porque su voluntad de vivir se extingue con el final de su obra.
Continuará

viernes, 3 de octubre de 2014

Leer a Proust con Vila-Matas (I)




Escribir podría ser algo así como tener la capacidad de  hallar el lugar exacto donde horadar para que  ese pequeño orificio  se transforme en el manantial del que brotará durante siglos toda el agua contenida misteriosamente en algún lugar invisible, subterráneo,  y que, por supuesto, acabará por formar un río que alimentará el mar. Es decir, el acto de la creación literaria se concentraría  en un único momento, espontáneo y maravilloso que nos empuja a derramar una cantidad ingente de energía acumulada durante mucho  tiempo, quizá toda una vida.

Eso es lo que me ha ocurrido con este texto, con la salvedad de que lo que diga y como lo diga no posee  suficiente entidad- digamos caudal- como para  desembocar en océano alguno porque la  poca cantidad de  agua que de él pueda fluir tiene muchas probabilidades de perderse en alguna barrancada o  de encharcarse en los recovecos de algún valle, entre matojos.



A mediados de Agosto finalicé la lectura de “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust. Desde entonces, la necesidad de explicar la experiencia que he vivido leyendo las siete novelas  que componen esta obra ha sido tan intensa que  creía que me provocaba el célebre y temido  bloqueo, del que además  ya nunca podría librarme. 

Casi llegué al convencimiento  de  que entre la inquietud por hallar el mejor modo de escribir sobre Proust y el estado en el que se encuentra mi red neuronal ante la machacona insistencia  -casi de tortura china- con el monotema catalán, nunca jamás podría ponerme frente al teclado con un mínimo de dignidad.


De manera que día a día, desde el ya lejano Agosto,  las  ideas, imágenes, evocaciones y sensaciones relacionadas con la lectura de la obra de Proust se iban acumulando y temía que con el paso de tiempo se diluyesen en nada, y que finalmente cobraría triste fama  por convertirme en el primer espécimen  que pone contra las cuerdas la teoría de la transformación de la energía.


En un momento de desesperación había pensado en empezar con un par de frases  que estampé en  la última página del último volumen, “El tiempo recobrado”,  a modo de celebración  íntima,    pero lo descarté. (Desde que Francisco Casavella escribió que lo peor de lo peor es iniciar cualquier texto con una cita, no he vuelto a hacerlo, porque en lo que concierne a mí, lo que decía  Casavella va a misa.)


Las poco más de  cuatro palabras con las que celebré el final de mi singladura proustiana dicen así: 

El 20 de agosto del año dos mil catorce finalicé la lectura de ‘En busca del tiempo perdido’. El día estaba nublado. Lo primero que vi cuando levanté la vista fue un arco de piedra rojiza enmarcando  el mar y algún barco cerca del horizonte. Marcel Proust vivirá dentro de mí  siempre, a pesar de que alguna de sus criaturas se pierda en el tiempo.
Firmado en Altafulla (Tarragona), el día 20 de agosto de 2014
” 


Trancurrían las semanas  y las figuras de Albertine, del Barón de Charlus, de Morel, de los Duques de Guermantes, Swann, Odette, Gilberte, y el largo etcétera de criaturas maravillosas y despreciables de las que nos da cuenta la inolvidable voz del narrador, se iban difuminando en mi memoria hasta perder la carnalidad que de ellos había formado mi imaginación mientras leía. 

Lo mismo me  ocurría con los espacios en los que estos personajes desarrollaban lo peor y lo mejor que  se puede llegar a hacer en la vida. Grandes y lujosos salones, océanos y playas, balnearios, bulevares, caminos y senderos, arquitecturas, alcobas, tienduchas, cuarteles y hasta sórdidos  tugurios donde se  citaba  la doble moral aristócrata van filtrando sus geografías, su mobiliario y sus aromas entre los resquicios de mi memoria hasta que  ya no quedan más que percepciones, cierta noción de lo que Proust escribió, luces filtradas que emborronan  contornos  hasta convertirlos en simples y confusas sensaciones a las que no me queda más remedio que acudir  si persevero en mi empeño. 

Acudí a la desesperada a mi libreta donde, mientras leo, anoto párrafos, frase e ideas. La última oportunidad. Quizá el lugar desde el que  poder resucitar  cientos de horas de placer, momentos de fascinada y a menudo esforzada lectura.  De todos modos, yo sabía que dentro de mí habitaba todo ese tiempo, todos los escenarios, con los hombres y mujeres que los poblaron, y estaba convencido de que  en lo hondo de mis certidumbres, todo eso no se malograría. Quizá ya nunca podría volver a verlos con la nitidez de aquellos instantes antes de cerrar la última página frente al arco que enmarcaba el mar. Sin embargo, algo permanecía; algo diferente más allá de la concreción de las palabras. Me quedaba la experiencia.


Por fortuna, al abrir mi libreta buscando ese primer hilo de agua leí  que   “el pasado no sólo es tan fugaz, sino que, además, permanece en su lugar”. De manera  que decidí apaciguar mi ansiedad y en aquel mismo momento me exoneré  a  mí  mismo de la obligación que me había impuesto; porque después de tantos y tantos días devanándome la sesera en  busca del motivo que me permitiese dar rienda suelta a la  necesidad de escribir sobre la obra de Proust, esa necesidad se convirtió en imposición, casi en una responsabilidad conmigo mismo, un compromiso del que no me podría zafar, so pena de no poder escribir ya, nunca, una sola línea  más. 

Hasta que un buen día, trasteando en internet, visité, una vez más, la página web de Enrique Vila-Matas.


viernes, 19 de septiembre de 2014

El martillo pilón



Y dale que dale con el martillo pilón
Dale a la cabeza una y otra vez, sin parar, hasta aplastarla
Y dale que dale con el martillo pilón
Un día, y otro día, mañana tarde y noche
Dale que dale con el martillo pilón


Hablemos a todas horas, en todo momento de banderas, y de patrias, y de donde he nacido, de dónde he venido y de quién me parió. De la sangre, la raza, los  linajes,  y de nuevo las banderas,  la cuna o la genética y del tiempo que se marchó


Y dale que dale con el martillo pilón


Hablemos a todas horas, en todo momento,  de idiomas, con quién hablo, dónde hablo lo que hablo, qué hablo, de qué hablo, por qué hablo lo que hablo


Y dale que dale con el martillo pilón


Hablemos a todas horas, en todo momento de historia, desde qué punto de la historia, la historia que me conviene, la que te conviene, la historia que no está escrita, la que queremos escribir, leyendas, fábulas y mitos


Y dale que dale con el martillo pilón


Hablemos a todas horas, en todo momento de reyes, de reyes en guerra,  y convirtamos al rey  vencido en un republicano por la gracia de dios


Y dale que dale  con el martillo pilón


Hablemos a todas horas, en todo momento  de la libertad de los pueblos. Siempre en la boca la libertad de los pueblos. Pues ¡ea!, vamos a ello ¿De  qué lado estaremos?  ¿Palestina  o  Israel ? ¿Marruecos o el Sahara?  ¿Y hoy, de qué lado estáis? ¿Cuba o USA?

Y dale que dale con el martillo pilón


Hablemos a todas horas, en todo momento, de decidir lo que quiero decidir, del derecho copulativo a decidir si quiero o no quiero ser, a decidir dónde quiero estar; decidir lo que soy o de dónde soy, pero  lo que quiero, lo que anhelo, lo que necesito, mis derechos transitivos... ¡ay! esos no me los dejan decidir

Y dale que dale con el martillo pilón


Hablemos a todas horas, en todo momento, también del pueblo. En la boca siempre el pueblo. El pueblo convertido en bandera. El pueblo es un idioma, una geografía, una cifra. El pueblo  estúpido  porque al pueblo se  le nombra cuando yo quiero que se le nombre. El pueblo existe cuando yo lo ordeno. El pueblo no sufre, el pueblo no muere, el pueblo  vota cuando yo digo que vote por aquello que yo quiero que vote. Al pueblo me lo paso por los huevos cuando es el pueblo -y no yo- quien  dice  ¡nosotros somos el pueblo.!


Y dale que dale con el martillo pilón
 
Dale a la cabeza una y otra vez, sin parar, hasta aplastarla
Y dale que dale con el martillo pilón.
Un día, y otro día, mañana tarde y noche
Dale que dale con el martillo pilón


(¡Cuándo callarán los golpes de este insoportable  martillo pilón!)

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Tan simple como el agua


He vuelto a casa después del mar y me he encontrado con los cristales de las ventanas del salón  sucios, moteados de gotas de polvo, o de barro. Al salir hace un mes no cerré conveniente la persiana. La dejaría  unos  centímetros  abierta,  probablemente por seguridad, por simular ante posibles delincuentes estivales, amigos de la miseria ajena, que en casa sí que había alguien, que la casa seguía viva, que mucho ojito con intentar apalancar la puerta porque se iban a encontrar alguien que -valiente y protector de lo suyo- les hubiese dado hasta los buenos días.
Siempre  me ha sorprendido  el rastro turbio  que el agua de la lluvia deja en los cristales. No solo supone una molestia, porque un día u otro tiene uno que  limpiarlos, sino, por añadidura,  todo un misterio. Puedo entender que un determinado tipo de precipitación rica en polvos saharianos sedimente sobre todo aquella superficie sobre la que cae, y pinte sobre el capó de nuestros automóviles una especie de  lienzo  impresionista que nos evoca  la realidad venida de lejos, más allá de nuestro sur, como si se tratase de un mensaje en clave, un telegrama atmosférico, metafórico,  que  reclama nuestra atención -a pesar de que no escuchemos- sobre las desigualdades que se producen por el solo hecho de nacer a un lado u otro de un paralelo determinado.
Esa es la única explicación que hallo, porque de todos es sabido que la principal característica que  posee el agua de lluvia es la ausencia de cualquier aditamento; la pureza, la limpieza de cada una de las gotas que se precipita desde del cielo y llena los lagos, los embalses  o vuelve al mar, y discurre por las calles, arrastrando a su paso nuestras huellas en forma de  basura y  desperdicios.
Quien desee comprobar las virtudes del agua de lluvia no tiene más que salir a descubierto en plena tormenta y dejarse empapar. Si al tiempo  que disfruta de la gozosa sensación de un reconfortante renacer también desea comprobar su inocuidad,  deberá recoger un poco en el interior de  un recipiente cualquiera. Tras el chaparrón no hay más que colocarse frente a la ventana y lanzar el contenido contra el cristal.  Mientras respiramos el olor de la tierra, o vemos como se retiran las última nubes negras hacia otros lugares, nos daremos cuenta de que la superficie no solo no se ha ensuciado, sino que, allí donde ha chocado el agua, la luz del día se refleja con tal solidez que la ventana  nos devuelve nítidamente el pasmo  de nuestro rostro sorprendido como si en lugar de  estar ante una ventana estuviésemos ante un espejo.
Ya pueden  venir científicos y apóstoles de lo empírico a explicarme el fenómeno. No les va resultar nada fácil hacerme entender  por qué  en ausencia de cornisa  o de cualquier otro elemento arquitectónico que pueda provocar la percusión de las gotas de lluvia contra el cristal, éste, tras mi ausencia veraniega,  ha aparecido jaspeado por diminutas marcas circulares en su mayor parte, otras en forma de lágrima, y las menos  totalmente irregulares, pero todas ellas con la particularidad de lucir  un ligero rastro amarronado en su contorno, lo cual les confiere un carácter de boñiga de campo, minúscula defecación  y en el mejor de los casos, el indicio de un estornudo imposible.
Dada la amplitud de la ventana del salón no resulta demasiado difícil imaginar una estrecha faja punteada de lado a lado de la zona inferior del cristal con innumerables huellas que podrían ser, en un mundo de insectos, los cráteres provocados por un bombardeo mortal, un campo minado, descubierto y desactivado a tiempo por el enemigo, o el paisaje desolado de un planeta destruido.
Sin embargo, ante la imposibilidad de dar con una explicación convincente,  mucho me temo que nada de eso tiene más sentido que el afán por extraer del misterio  un par de frases presuntuosas, por lo demás, exentas de toda lógica y vacías de contenido. De modo que, a falta de razones y vencido por el enigma,  lo mejor es dejarse de especulaciones y borrar para siempre la señal de mi ausencia durante la que los días de agosto han traído hacia mi ventana vientos, agua  y barros;  los  vestigios de un escándalo,  los restos miserables de una degradación, o sencillamente -tan simple como el agua- la evidencia de la realidad obcecada que cada año vuelve y salpica  el cristal con la única finalidad de disolver  espejismos.

lunes, 4 de agosto de 2014

Vocaciones


De ser otro hubiese querido ser ángel del infierno; recorrer carreteras  enfundado en cuero sucio; hacer del camino el mundo; rodar, fumar y beber, quizás amar, solamente durante unas horas, y convertir el amor en cuerpo. Partir cada día con la certeza de haber dejado un recuerdo imborrable en alguien que  esperará en vano; que ya espera desde  el mismo instante de mi partida  mientras ve tras una cortina opaca cómo me voy haciendo pequeño en busca del horizonte encarnado.
De ser otro hubiese  querido ser poeta; recorrer sueños despierto; transformar  la palabra en verdad, o al revés; escribir, fumar y beber, quizás amar, solamente durante unas horas y convertir el cuerpo en amor. Enclaustrarme cada día en mi cuarto con la certeza de haber dejado un recuerdo imborrable en alguien que leerá en vano; que ya espera desde el último verso la encarnación de la palabra mientras tecleo el punto y final  y pienso en las críticas o en otro libro.
De ser otro hubiese querido ser reportero; recorrer calles, ciudades  y alcantarillas; hacer de la noticia denuncia; investigar, fumar y beber, quizás amar, solamente durante unas horas, y  convertir la  fuente en amor. Partir cada día con la certeza de haber dejado un recuerdo imborrable en alguien que se creía  inmune en vano; que ya espera en el quiosco el fin de sus fechorías mientras doblo la esquina y  suena otra vez en mi  teléfono una nueva llamada anónima.
De ser otro hubiese querido ser maestro; recorrer aulas y pueblos; enseñar, fumar y beber, quizás amar, solamente durante  unas horas, y convertir en  amor  la maternidad. Partir cada curso con la certeza  de haber dejado en alguien un recuerdo imborrable que ansía crecer desde el mismo instante de mi partida,  mientras escucho a lo lejos el eco blanco de otro campanario  y un griterío que vuela  hacia mí en alas  de vencejo.
De ser otro hubiese querido ser yo; recorrer el tiempo; vivir, fumar y beber, y por fin amar, solamente, durante todas las horas y convertir tu  amor en  mi vida. Partir hacia la muerte con la certeza de haber dejado en ti un recuerdo imborrable desde donde  bebo en vano  las lágrimas que me añoran y atestiguan transparentes  que finalmente hallé   mi vocación.

lunes, 28 de julio de 2014

Uno de los nuestros


El pasado sábado leía  la noticia que constataba de una vez por todas  lo que muchos ya intuíamos, y otros tantos sabían:  la naturaleza  mafiosa de Jordi Pujol, de CiU y de su proyecto nacional de país. Tras cerrar el periódico le dije al camarero que el cortado me lo cobrase sin IVA. Se lo dije en catalán, por si de ese modo mi petición resultaba más convincente, pero no coló. El camarero estuvo muy fino y me contestó que si me lo cobraba sin IVA, él se llevaba el 4%.
Jordi Pujol, ese hombre, esa nación. Fundador de CDC, CiU e ideólogo del nacionalismo catalán contemporáneo; encarnación de la  santísima trinidad del catalanismo; arquitecto moral y político del proyecto nacional catalanista; modelo cristiano, ético, moral, humano y político a seguir durante lustros para gran parte de la población;  origen indiscutible del actual proceso soberanista; faro y timón; imagen y semejanza  de lo peorcito de la burguesía y de la payesía catalana. Jordi Pujol,quien durante  décadas ha  impartido a diestro y siniestro, frente a  la mismísima Historia, lecciones de moralidad y patriotismo, escribía lo siguiente  el año 1976  en las páginas 65, 67 y 68 de  su libro “La inmigració, problema i esperança de Catalunya. Editorial Nova Terra. Barcelona:
“… el hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) es, generalmente, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido un poco amplio de comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España. Ya lo he dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia su propia perplejidad, destruiría Catalunya. E introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad.
El año en que Jordi Pujol publicó estas palabras, Carmen tenía 11 años. Hacía 5 que había llegado a Catalunya,  junto a su familia, procedente de un pueblecito de El Temple  granadino. Con el dinero que el padre pudo reunir durante los cuatro años que trabajó  en Alemania, la familia pudo ubicarse en un piso  del Instituto Nacional de la Vivienda, en vecindad con  otras tantas familias de trabajadores andaluces.
Carmen se educó en los llamados Colegios Nacionales. Fue una alumna aplicada. Ella, igual que la mayoría de sus compañeras, aguantaban pacientemente y sin inmutarse las innumerables discriminaciones de las que eran objeto por parte de algunos de sus profesores  y de compañeras nativas. El censo del pueblo donde fue a recalar estaba compuesto en su mayor parte por población autóctona. Allí no solo no estaba prohibido hablar la lengua propia de Catalunya, sino que se enseñaba en el colegio. De hecho, el hijo  del alcalde franquista, al morir el dictador, se reconvirtió a la nueva democracia y encontró en CiU la organización idónea desde donde continuar con su labor política y medrar con sus negocios sin cambiar de idioma.
Un 23 de abril de finales de los 70  Carmen redactó la mejor redacción del concurso de literatura convocado por el colegio. La redacción fue premiada, pero la muchacha que recibió el premio y que apareció como la autora del trabajo que escribió Carmen  era otra ,  hija del pueblo, perteneciente a una larga estirpe catalana de amplia tradición caciquil cuyo cabeza de familia acabaría por detentar durante  ocho años algunas concejalías con CiU.
En aquellos años de transición, un día  Carmen fue invitada a una fiesta de cumpleaños en casa de una niña catalana. La mamá anfitriona la presentó a las mamás de las otras niñas diciendo que era andalussa, pero que era 'bona nena'.
Llegada a la edad de recibir por primera vez el sacramento de la Eucaristía, Carmen asistía semanalmente  a la catequesis obligatoria después de la cual tomaría la primera comunión. El mossen, un tipo de barriga pantagruélica y de rancio abolengo catalán, se enfadaba si alguna niña erraba en las respuestas a las preguntas sobre el catecismo. Cuando el cura estaba especialmente motivado y quería ser efectivo con su apostolado,  amenazaba a las niñas con enviarlas a la ceremonia de primera comunión especial para castellanoparlantes si la semana siguiente no se sabían todas las preguntas.
A pesar de todo, Carmen fue formándose y creciendo. Al cumplir los 16 años tuvo su primer trabajo. Lavaba cabezas en una peluquería a las señoronas que la despreciaban por su origen  y compaginaba el trabajo con los estudios de Formación Profesional en la especialidad de administrativa. Al poco, fue contratada por el propietario del horno del pueblo de 'tota la vida', donde despachaba pan hasta la tarde. Cuando acababa su turno asistía al Instituto para cursar el bachillerato y el COU en horario nocturno. Pasaron los años y Carmen siguió trabajando en varias empresas y al mismo tiempo formándose, hasta que consiguió licenciarse en la universidad. Un año después  obtuvo un postgrado y finalmente un máster. Ahora, a  sus 49 años,  esta andaluza  desarrolla un trabajo de cierta responsabilidad en una empresa multinacional ubicada en Catalunya. Desde que cumplió su  edad laboral, Carmen nunca ha estado en paro; siempre ha pagado sus impuestos; nunca le ha robado nada a nadie. Lo que tiene lo tiene, única y exclusivamente, gracias a su esfuerzo.
Las historias de  Carmen  y de Jordi Pujol son paralelas. Mientras ella y sus padres trabajaban con denuedo, honradamente, por forjarse un futuro, cumpliendo religiosamente con sus obligaciones  ciudadanas, el creador del proyecto nacional catalán   iniciaba la reconstrucción de su Catalunya, inspirada,  como en las mejores leyendas filofascistas, en un instante de iluminación místico y, de paso, sentaba las bases para acumular una gran fortuna producto del latrocinio, de la rapiña, del robo colectivo, propios de la más asquerosa delincuencia  de la que, a día de hoy, todavía no conocemos el verdadero alcance.
El catalanismo que diseñó Pujol  y su herramienta de ejecución -Convergencia Democràtica de Catalunya- están fundamentados en el texto que aquí referencio. No podía ser de otra manera. El proyecto nacional catalanista  de  Jordi Pujol y CiU  están regados  con   aguas fecales que manan de la codicia, de  la xenofobia, del racismo y  del fascismo  más  pestilentes,  y a menudo sus orígenes se remontan a algunos de los elementos  más reaccionarios del franquismo. De este texto de 1976 -que hoy día firmarían en la intimidad la mayor parte de dirigentes, votantes  y militantes de CiU y de ERC- solamente hay que permutar el gentilicio del inmigrante y escribir gitanos o judíos  en lugar de andaluces  para vislumbrar entre las palabras, muy nítidamente, el rostro de los peores monstruos de la historia europea del siglo XX.
El de Jordi Pujol y toda su casta es  un pensamiento similar al de Sabino Arana, o al de Primo de Rivera,  que en Catalunya  arraigó en la burguesía y en la payesía  desde los tiempos de Valentí Almirall, del Dr. Robert y Enric Prat de la Riba para neutralizar el incontenible movimiento obrero que estuvo a punto de hacerles perder sus privilegios de clase. No hay más repasar algunas de las glosas de Eugeni d’Ors. (Vale la pena echarle un vistazo a algunos libros  del historiador Joan Lluis Marfany para conocer a fondo las raíces profundamente racistas del nacionalismo catalán. Por ejemplo “La cultura del catalanisme. El nacionalisme català en els seus inicis, Ed. Empúries, Barcelona, 1995.)
Sin embargo, la Historia  a veces se alía con la vertiente más poética de la justicia y nos revela que los grandes hombres, aquellos que imparten desde sus trajes  barrigudos cortados a medida lecciones de patriotismo, moralidad y ciudadanía, no son más que unos vulgares chorizos que han utilizado del modo más torticero que se pueda llegar a imaginar todos los elementos que construyen el sentimiento  identitario de un pueblo.
Ante este lodazal humano, político y social en el que nos ha revolcado  Jordi Pujol y su nacionalismo,  ERC  se mantiene equidistante, como no podía ser de otro modo.  De hecho, Alfred Bosch ha declarado que la infamia que se ha dado a conocer  recientemente no tiene porqué influir en los pactos de gobierno ni en el proyecto común hacia la independencia.  A pesar de que ERC es un partido fundado en 1931 y  que cuenta con más solera que el tinglado mafioso que  pergeñó Pujol a partir del año 1978, su ideología y su esencia es  a día de hoy hija política de CiU. Y es que ERC es  heredera  de ese nacionalismo rancio, racista y pernicioso que castiga con la discriminación a quien no pague su 4%  o a quien no  gemine la “L” adecuadamente y que, a costa de la clase  trabajadora,   ha engordado el bolsillo  a un centenar de familias,  amén de al propio Pujol, valedores de grandes privilegios a lo largo de todos estos  años de democracia.
No en vano, uno de los padres fundadores de ERC, Heribert Barrera, al que ningún dirigente de este partido desautorizó, decía hace apenas 13  años  que  el coeficiente intelectual de los negros de los Estados Unidos es inferior al de los blancos”, o también que "Si no hemos llegado a integrar a los inmigrantes del sur de España cuando nos encontrábamos en una proporción de uno a uno, ¿cómo podemos esperar que, con una proporción de dos o tres contra uno, podremos integrar una gente más alejada de nosotros en cuanto a cultura, religión o  patrimonio genético…? [!!].  Hay una dimisión ante lo que parece inevitable o una cobardía por miedo a ser acusado de racista o poco progresista que ha silenciado unas verdades que a mi me parecen indiscutibles. (…) si continúa viniendo gente de fuera, desde el punto de vista de la identidad catalana, no habrá nada que hacer  (Qué pensa Heribert Barrera, d’Enric Vila. Deria Editors. Barcelona. 2001)
Por eso,   a pesar de aparentar ser un partido progresista y de izquierdas,  la mierda de Pujol y de su familia de delincuentes  parece no importar a ERC, perquè, al cap i a la fi, Pujol es de casa nostra. Porque al fin y al cabo Pujol es de aquí. Per què Pujol  es un dels nostres. Porque Pujol es uno de los nuestros.

De modo que con toda la ira, acritud y la mala leche que pueda llegar a reunir, grito ahíto, como si fuese un  disparo, que me cago en la familia Pujol, me cago en la Catalunya de CiU, me cago en toda su estirpe, me cago en ERC, me cago en el proceso independentista y me cago en la puta codicia que lo cagó y que los cagó a todos ellos. Estos tipejos no son catalanes. Estos tipejos son, en palabras del propio Pujol, la  "muestra de menor valor social y espiritual" de Catalunya, y de cualquier otro lugar donde hubiesen nacido.