lunes, 1 de febrero de 2016

Secuaces



Hoy me arriesgo a imprecaciones, irritaciones,  y algún que otro insulto. Años de educación en una democracia que echó raíces bajo el sol decadente de la postmodernidad nos han adocenado en la corrección de la política y en la política de lo correcto. Pero, miren ustedes, yo ya estoy harto, y quiero llamar a las cosas por su nombre. Alguien dijo que para ganar las ideas antes había que recuperar el lenguaje, y de algún modo es lo que yo pretendo. 

Los recursos y el dinero con el que tiene que funcionar nuestro país  surgen de nuestras aportaciones solidarias  y se convierten en bien común  gracias a la confianza colectiva custodiada por las instituciones. Nosotros, el pueblo -usted, yo y nuestros vecinos-  otorgamos plenos poderes a una serie de personas que con su visión particular y racionalizada del mundo, es decir, con su ideología, se organizan en un partido político. Al ganar unas elecciones,  esas personas tienen la responsabilidad de  gestionar, distribuir y de invertir nuestros dinero colectivo. Por eso vamos a votar, para decidir qué visión del mundo es la que tiene que predominar durante un periodo concreto de tiempo. Quien gana las elecciones hace las leyes y por tanto está en disposición de influir en nuestras  vidas de manera determinante.

Cuando los señores y las señoras que forman parte del partido político que mejor se identifica con nuestra propia visión del mundo  pierden las elecciones, no queda más remedio que aceptar el resultado de la mayoría, porque han sido otros señores y otras señoras los que ha conseguido ganarse la confianza de más ciudadanos.  De modo que durante unos cuantos años, el mundo, nuestro mundo, nuestro país, caminará hacia el modelo que los ganadores decidan, con decisiones que no solamente influirán muy directamente en la vida de quienes les han votado, sino también en la vida de quienes no les han votado.

Hasta aquí bien ¿no? Somos todos muy demócratas. Consentimos y aceptamos y además glorificamos este sistema a todas horas, porque, con todas las imperfecciones que se quieran, este parece el mejor de los sistemas para organizarnos en sociedad y generar bienestar común en paz y armonía.

Pero ocurre que un buen día,  de repente, todos  los hombres y mujeres que viven, trabajan y cotizan en este país, nos enteramos de que un par de organizaciones criminales con apariencia de partidos políticos han dejado durante los últimos años a España y Cataluña al borde de la quiebra. Estas estructuras de cariz netamente mafioso llamadas a efectos comerciales y publicitarios Partido Popular y Convergencia i Unió (ahora Junts pel Sí y Democràcia i Llibertat) han esquilmado las arcas del Estado en connivencia con la ambición de un buen puñado de empresarios y con la avaricia archiconocida de los poderes financieros. 

No hay nadie en España y en Cataluña (NADIE; cuando digo NADIE, estoy absolutamente seguro de que es NADIE) que no sepa que el Partido Popular y que Junts pel Sí , desde sus cúpulas, desde sus respectivas direcciones, han planificado, propiciado, estimulado, organizado y ejecutado el robo  del dinero que, fruto de nuestro esfuerzo, aportamos solidariamente a la caja común  para que el país funcione; para que mi amor,  mis hijos, mis padres,  mis sobrinos, mis hermanos, mis amigos y mis nietos puedan acceder a la educación, a la sanidad, a las pensiones, y a una cobertura social que nos cubra en caso de que las cosas se tuerzan.

Pues bien. A pesar de que todos los españoles y catalanes sabemos que tanto el Partido Popular como Junts pel Sí hoy en día no son más que  organizaciones delictivas,convictas y confesas, casi siete millones y medio de hombres y de mujeres han vuelto a votar al PP y casi un millón seiscientos mil hombres y mujeres votaron a Junts pel Sí  en las últimas elecciones generales y autonómicas. 

Por tanto, no tengo por más que declarar y definir  a esos más de ocho millones de ciudadanos como cómplices necesarios de la actividad delictiva de esas dos organizaciones mafiosas. En consecuencia, a partir de ahora son mis enemigos, con todo lo que esa palabra significa.

Quiero decir, por si quedaba alguna duda, que esos más de ocho millones de personas no son mis antagonistas, mis rivales o personas con una ideología que no es la mía a  las que, en aras del llamado juego democrático, deba respeto. Esos más de ocho millones de personas son  copartícipes, secuaces, sicarios o coautores necesarios de dos organizaciones criminales con aspecto de partidos políticos.

Gracias a sus votos, los delincuentes se van a perpetuar en sus cargos  y, en consecuencia, van a quedar impunes, o van cumplir condenas de lujo. Y, lo que es peor, van a  seguir robándome,  a mí, a mis hijos, a mis padres,  a mis sobrinos,  a mis hermanos, a mis amigos, a mis nietos, a mis vecinos, a mis compañeros de trabajo, a la gente que más quiero.

No vivo en un país democrático. Vivo en un país de mierda. Convivo codo con codo, a diario, con una mayoría de personas que otorgan y renuevan su confianza a delincuentes organizados para que dirijan mi vida, a sabiendas de que lo son. 

A ellos dirijo toda la fuerza de mi desprecio y toda mi capacidad de odiar. 

CODA:
Se ha producido una divertida casualidadun par de días después de escribir esta entrada, la revista El Jueves dedica su portada al mismo tema del que he hablado.
La comparto, con permiso de sus autores y de El Jueves, Igor y Juanjo Cuerda. ¡Muchas gracias!
 

martes, 26 de enero de 2016

Asambleas en las nubes



Los estorninos son unos pájaros fascinantes. Solos, de uno en uno, apenas son visibles -diminutos, anónimos- pero cuando vuelan en bandadas se adueñan  del  cielo gracias a una asombrosa capacidad de unanimidad colectiva para la reacción súbita; una necesidad  vital, aparentemente  arbitraria,  que les induce a  dibujar en el aire las formas más caprichosas, plásticas y sugerentes que se puedan contemplar.


Los ornitólogos no han hallado el motivo biológico por el cual estos pequeños seres se ponen de acuerdo para organizarse en abigarradas nubes danzantes que, por su dimensión y espectacularidad, en algunos lugares del mundo consiguen arrebatar el protagonismo a la belleza de la luz crepuscular. 

Los físicos, esos seres extraños que  viven entre nosotros y que ven en una parábola de Messi coordenadas,  asíntotas y  tangentes, se han aproximado al fenómeno con algo más de éxito. Parece ser que la sincronización  perfecta  de movimientos repentinos, esa inteligencia comunal que permite a estos pajarillos moverse de ese modo tan sorprendente  sin entorpecerse  recíprocamente el vuelo, se debe  a la existencia en la bandada de líderes espontáneos capaces de detectar algún tipo de amenaza. Cuando algún individuo cree identificar el  peligro, cambia radicalmente el ángulo de vuelo, y esa decisión se propaga como si el eco de su acción provocase una interacción en toda la asamblea. Nadie sabe cómo y de qué manera interactúa cada congénere con su vecino. Sin embargo, existe una transmisión de información que el grupo detecta, traduce y resuelve en milésimas de segundo.

Es decir, que a lo largo del largo viaje migratorio de una bandada de estorninos surgen tantos líderes como presuntas alarmas, y tantos cambios en la dirección de vuelo como caudillos de efímero gobierno. Ante tal estrategia el resultado se antoja desastroso pero, gracias a ello, finalmente la mayor parte de sus miembros llega a su destino.

Lo realmente sorprendente de este  insólito  sistema de organización y defensa colectiva  es que  su belleza es deudora de su eficacia, su plasticidad  es producto de su anarquía, y el origen de su valor estético  surge de la más pura y efectiva acracia asamblearia. Aquí no hay líderes que valgan. Todo movimiento individual es susceptible  de ser seguido por la colectividad y en ese aparente gregarismo reside la supervivencia de la  especie , y también  el gozo y la admiración que provoca en la mirada humana. 

La verdad es que me he contagiado del movimiento casi espasmódico y presuntamente desgobernado  de los estorninos, porque al iniciar la redacción de esta entrada pretendía hablar de otro tema. Pero ahora veo que las letras se han ido organizando ellas solas, alarmadas quizá ante el rumbo que yo había previsto, lo cual ha dado como resultado una nube sobrecargada de signos y frases,  emancipada de  todo gobierno,  que dentro de unos segundos danzará sobre el espacio virtual, dirigida paradójicamente por todas y cada una de  sus palabras y por ninguna  de ellas.  Es la panacea de todo escritor. Saber a donde uno quiere ir. Para llegar no queda más remedio que volar y volar,  escribir y escribir,  sin más regla que la confianza en el instinto y en las capacidades de vuelo adquiridas en el nacimiento, o  después de haber padecido unos cuantos aterrizajes forzosos.  Porque... ¿Existe entre la especie humana algún comportamiento  semejante al de los estorninos? (La CUP no vale. Estamos ante un presupuesto de liderazgo genérico, espontáneo y fugaz, que lleva a sus congéneres a un  destino unánime)

Recuerdo que hace un par de años asistí a un experimento muy  particular. En él participaron trescientos estudiantes del último curso de la ESO. El científico que lo organizó compró trescientas pequeñas linternas  en un bazar chino, que repartió a cada uno de los estudiantes. Frente a la platea donde se encontraban sentados, se  instalaron dos cámaras de circuito cerrado de televisión que registraban todo lo que allí acontecía. A ambos lados del escenario se instalaron dos grandes pantallas y frente a ellas dos proyectores, de manera que los asistentes podían observar en todo momento lo que ellos mismos hacían. 

Apareció el físico en escena. Sorprendentemente, su aspecto era el de  un tipo normal; incluso resultaba simpático. Nos habló de los estorninos, de las luciérnagas, de cómo esos bichos nocturnos  son capaces de sincronizar la frecuencia de su luz  a metros de distancia, sin decirse ni mu. Nos habló también de los aplausos; de cómo, de manera espontánea, el aplauso caótico de una muchedumbre enfervorecida de repente puede llegar a convertirse  en una sonora  palmada única, masiva y colectiva. Y finalmente llegó el momento esperado. A su orden se apagaron las luces; cada uno de los estudiantes tomó la linterna en sus manos y después de  su señal, todos los allí presentes  levantaron la mano,  encendiéndola y apagándola arbitrariamente. 


Unos segundos después ya podíamos ver en las dos pantallas que un nutrido grupo de estudiantes se había puesto de acuerdo para encender y apagar su linterna al mismo tiempo, sin decirse nada entre ellos y, antes de que transcurriese un minuto, la mayor parte de la sala ya se había convertido en una gran lámpara  compuesta por pequeñas bombillas de linterna,  que se encendía y se apagaba rítmicamente al unísono, de un modo totalmente sincronizado. Nadie supo jamás qué estudiante de los allí presentes fue aquel  cuya cadencia de encendido y apagado contagió la de todos los demás. Sin embargo, era un hecho incontrovertible  que  la voluntad arbitraria de trescientas personas había confluido espontánemente hacia una  misma solución.

Todo acabó con una sonora interjección admirativa y el aplauso unánime y desordenado del respetable que, como por arte de magia, se transformó en una ovación única, simultánea y cadenciosa. Ante el éxito de su experimento, al físico no le quedó más remedio que doblar el espinazo para saludar y, aprovechando su  momento de gloria, consciente de que tenía al público rendido a sus pies,  encendió  una última y definitiva  frase, y dijo: “amigos míos…el caos es el orden”. Después nos fuimos a comer.


miércoles, 20 de enero de 2016

La virtud mediocre




Los franceses están cansados de virtudes mediocres
Albert Camus en el periódico “Combat”, 27/06/1945

Están por todas partes. Me he dado cuenta hace unos días. De alguna manera me ha ocurrido lo que nos ocurre cuando nuestro matrimonio se queda embarazado, o nuestras hijas se quedan embarazadas, que a cada paso que damos en la calle vemos vientres hinchados de futuro y nos preguntamos, por ejemplo,  si ese ser que palpita en útero ajeno algún día conocerá a nuestro vástago; si nuestra criatura cruzará su destino con aquella que ha de nacer en unos meses y que ahora espera protegida bajo la piel dilatada de su madre, en el lado opuesto de la calle, junto al semáforo rojo,  mientras come algo y masticando siente igual que yo la patadita súbita que me recuerda que recuerde las incertidumbres que no desvelan ni resuelven la imagen gris de una ecografía ni una amniocentesis, ni ninguna otra prueba médica certificadora de la buena salud del no nacido. 

Yo, al menos las veo por todos lados. Me sucede desde poco antes de las últimas citas electorales.  Las veo y las recuerdo. Por ejemplo, cuando hacía deporte a diario y competía con otros por tener más, por ser mejor precisamente porque eras capaz de tener más. Qué otra cosa es si no el deporte de equipo en el que disputas un balón, defiendes un espacio y el objetivo es invadir el espacio del enemigo. Si las pisabas debido a la velocidad excesiva de la carrera, a un mal cálculo en las posibilidades de equilibrio, a un análisis poco realista del espacio; o  debido  sencillamente al empujón grosero del contrincante, la leyes dictaban que perdías el balón. Entonces eran los otros los que tenían una nueva posibilidad de tener más y por tanto una nueva oportunidad de ser mejor. 

También las veo en el cielo, al atardecer. Acostumbro a mirar al cielo. No quiero olvidarme del cielo. Cuando el sol roza el horizonte que me ha tocado en suerte, el tráfico aéreo convierte el ocaso en todo un espectáculo porque decenas de ellas trazan sobre  el azul  efímero rasgos arbitrarios del boceto de una obra que cada día se intenta construir a sí misma y que está predestinada a la disolución casi instantánea desde el mismo momento en que el motor del avión lanza como un pincel su chorro de humo al aire. Pensar así me produce cierto placer, una especie de gozo estético, pero también me desasosiega porque siendo objetivo, en realidad lo que sucede es que centenares de almas sobrevuelan mi cabeza embutidas dentro de un artefacto metálico, con rumbo desconocido, gracias a la combustión de queroseno que deja la huella encarnada a su paso por el crepúsculo. 

Especulando sobre ellas -presentes a todas horas, en la televisión, en la radio, en la prensa escrita, en las redes sociales, en cualquier espacio ya sea geográfico, mediático, analógico o digital- voy a parar nuevamente a los recuerdos, a mis años escolares. Eran realmente temidas. El futuro inmediato de cada cual dependía ni más ni menos que  de la densidad de ellas por cada párrafo, por cada cálculo o por cada respuesta dada. Cuantas más, peor; cuantas menos, mejor. Había a quien le daba igual y hacía las cosas de cualquier manera, sin preparase, quizá porque sus ambiciones o sus sueños no pasaban precisamente por la pureza de sus ejercicios, por el folio sin mácula o por la solución exacta. De algún modo sabían que la profusión de esos trazos enérgicos,  siempre encarnados, lanzados sobre la hoja con cierta animosidad enfermiza que  gritaban de un modo casi obsceno un reproche contra la pereza, la torpeza y la imbecilidad, en realidad les estaba liberando de la tortura de seguir en el colegio porque lo que de verdad deseaban era ganarse el primer sueldo y tener el bolsillo lleno de pasta. Nadie, que ellos conociesen, se había hecho rico estudiando. Así al menos se lo había  dicho papá. 

También las veo sobre el asfalto, en calles comerciales, delimitando el espacio donde encaja el vehículo que puedes estacionar allí durante diez o quince minutos; el tiempo justo para comprar una barra de pan, un poco de vino y volver a casa, preparar la cena, y cenando observar cómo la gota que resbala lentamente por el cuello abajo de la botella se convierte también en un delgada línea encarnada que nos complace ver porque nos invita a la conversación sosegada,  al descanso y  al calor del hogar. 

Las veo en las cubiertas de los libros, en forma de faja acharolada, como si fuese una pancarta publicitaria que me anuncia la maestría, singularidad y el ingenio del autor del libro que jamás compraré. O en los hospitales, marcando un itinerario determinado que traslada al paciente a través de pasillos infinitos  hacia la esperanza de un diagnóstico  benigno o quién sabe si hacia el desasosiego de una sospecha fundada, hacia otra realidad de su existencia. Y por supuesto en las pantallas, en los periódicos, igual que dientes dentro  de fauces voraces, ilustrando gráficamente la obscenidad de los beneficios que los  corsarios del  IBEX 35 se embolsan a diario a costa del sufrimiento de los demás… 

Pero sobre todo las oigo, y no quiero oírlas más. Las oigo de boca de  tipos que para explicar lo que nos ofrecen no saben más que repetir lugares comunes porque en realidad no tienen nada que ofrecernos; de individuos que a fuerza de conspirar han conseguido la celebridad; de fulanos que al entrar en casa dejan la chaqueta sobre la silla porque temen que al abrir el armario caigan y se amontonen a sus pies todos los muertos acumulados durante años de vileza, ambiciones y podredumbre; hombres y mujeres -actores sobreactuados de un espectáculo lamentable-  cuyo objetivo en la vida consiste en engordar cada día su vanidad y, si es posible, su cuenta corriente, utilizando para ello el único recurso de que disponen, la virtud de su mediocridad.
  
¡Basta ya de líneas rojas!  ¡Basta ya de gritar, como quien declama un salmo,  la sacralidad de sus líneas rojas! ¡Basta ya de tirarse a la cara, como si fuesen piedras, sus putas líneas rojas! ¡Dejen de decir ‘líneas rojas’, por el amor de dios! Pinten la suya propia justo en bajo el dintel de su portal y no la traspasen; quédense en casa y déjenos a todos en paz, de una vez por todas.  Pero antes vayan y salgan, dibujen una única y última línea roja contra esas diecisiete empresas españolas que amasan fortunas y que jamás han declarado sus beneficios a nuestra Hacienda. Entonces habrán servido a sus patrias y a sus banderas, pródigas en líneas rojas, tan valiosas como el rastro menstrual de una compresa.

miércoles, 13 de enero de 2016

Tampoco hay consuelo para la buena muerte



Quería empezar escribiendo que ayer pensaba en la pasada noche de fin de año, pero no me convence la idea, porque  intuyo que un inicio así, tan lejos de la actualidad, tan descolgado en el pretérito, no puede deparar más que algún que otro recuerdo, y lo que yo quiero es olvidarme para siempre de dos mil quince, de sus mentiras, de sus mediocridades, de sus traiciones y de sus ausencias, sobre todo de las ausencias, porque dentro de nada llegará el día en el que la madrugada me invadirá con la primera  conmemoración de una muerte que presumí imposible;  porque el consuelo de una buena muerte no evita un profundo vacío que se ha instalado a lo largo de los días,  furtivamente,  dentro, en algún rincón  de mi cuerpo  todavía sin identificar y que me ha provocado un peso  triste que arrastro desde hace algunos meses, sin llegar a  comprender  qué diablos es lo que me está ocurriendo.


Por eso, cuando subrepticiamente  me conquista  el dolor de la privación de tener a alguien a quien necesitaba ver durante todos los días de mi vida y  percibo una carga de desasosiego sobre el alma que nunca antes había soportado, lo único que ambiciono es la soledad de mi nostalgia, degustar lejos de los hombres  el sabor amargo de mi pesadumbre y salvar esta pena solitaria en una mirada azul al cielo de invierno, donde  poder vislumbrar recuerdos de infancia y crear sobre el vacío del aire la presencia añorada, la figura de aquel a quien creía eterno.