miércoles, 14 de febrero de 2018

San Valentín desencadenado



Me cité  con un amigo porque necesitaba desahogarse, o consolarse, o quizá pensó que yo podría, por fin,  ofrecerle alguna solución. Los problemas  de amor tienen siempre mal pronóstico. Al final, cada cual se busca la vida como puede y suele ocurrir que  cuando intentamos hallar remedio a lo irremediable no hacemos más que hollar la rueda sobre el barro y hundirnos. 

Pero es difícil decirle a alguien a quien aprecias, angustiado y herido por  el desamor,  mira, escucha, si no te quiere no te quiere y no te va a querer nunca, así es que asúmelo y a otra cosa. De manera que escogemos la cafetería más concurrida, le invitamos a café y junto al ventanal que da a la calle, mientras él o ella miran embobados  los coches pasar,  empezamos a asesorarle  con consejos que un día nos dieron a nosotros y no obtuvieron más resultado que el desengaño, el dolor y la desilusión.

Sin embargo, en este caso concreto los hechos no sucedieron como suelen suceder. Sospechosamente, se presentó con gran energía, ufano, mostrando cierta voluntad de aparentar seguridad y entereza, nada que ver con alguien a quien acaban de abandonar,  nada que ver con alguien que ve cómo la persona con quien había imaginado toda una vida juntos, emancipados, no sólo se niega a compartir su destino sino que además le desprecia. 

A priori, yo tenía primero la obligación de escucharle, más que nada para poder hacerme una idea de la situación real y después ofrecerle mi apoyo y mis consejos que, como todos los consejos que se dan en estas situaciones, suelen resultar inútiles. Pero, qué se yo, hay que darlos.

¡Y ya lo creo que le escuché!. Estuvo hablándome durante dos horas largas. En la mesa ya no cabían más tazas de café y salimos un par de veces a fumar a la calle, con un frío de mil demonios  que no parecía hacer mella en él, porque fumaba compulsivamente, gesticulando,  arguyendo y fundamentando incesantemente sus consideraciones, mirándome muy fijamente a los ojos, a veces dirigiéndose al cielo, como buscando del altísimo la voz definitiva que le ungiese de una razón incontestable. 

Yo no veía en él a un hombre roto, afligido, torturado por la pena inconsolable de la desafección, atormentado por la impotencia de no encontrar la manera de recuperar a su amor. Más bien lo contrario. Su actitud era altiva. Cada una de sus palabras expresaba una seguridad en sí mismo un tanto extraña para alguien a quien han dado calabazas. Decía de sí mismo  que era lo mejor que nadie podía encontrar. Sus virtudes, sus orígenes,  su sabiduría y el resultado de su experiencia le posicionaban como el compañero ideal, ante el que nadie en su sano juicio puede resistirse y ante el que nadie podría llegarle a la suela de los zapatos, porque no va encontrar a nadie como yo, eso que se lo vaya quitando de la cabeza. 

Quizás fue por esas razones por las que en ningún momento percibí en su mirada o en su expresión pesadumbre, angustia o inquietud, el dibujo delator de los gestos que imprimen en nuestro semblante los efectos devastadores del desamor. Al contrario. Incluso en algún momento llegué a alarmarme porque pensé que mi amigo había  entrado en la espiral peligrosa de la irrealidad, ese proceso a través del cual uno redime los defectos propios en base a una acción combinada de excesiva autoestima, sueños de grandeza  y desprecio por lo ajeno. 

Y, para qué engañarnos,  algo de eso advertí. Quizás no había razón alguna para la alarma, y solamente  trataba de construir con su obcecación irracional  un arma con la que  protegerse  emocionalmente de la tristeza y del dolor, de una realidad adversa. Tanto era así que finalmente interrumpí  su discurso y le pregunté a bocajarro ¿Pero tú la quieres?  Me respondió arrugando las cejas, como diciendo,  ¡Y eso qué más da!  

Él supo en seguida que yo había traducido correctamente su gesto y, efectivamente, acabó por constatar mis sospechas. La aclaración que le había pedido le desconcertó porque en realidad, la cuestión de fondo no era qué podía hacer él por recuperarla a ella. Para mi amigo, la cuestión importante era que ella tenía la obligación de quererle, porque era más guapo, más listo, más inteligente; porque quien había tenido la gran fortuna de conocerle y no apreciaba  todo lo que podía ofrecerle en un futuro es que era tonta. 

Claro, llegados a este punto  de nuestro encuentro yo preví que la conversación se acercaba a su fin. De hecho, hacía ya unos minutos que me había arrepentido de no haberle dado una buena excusa para no presentarme  a la cita. Le aconsejé como buenamente supe sobre la necesidad de decidir entre dos únicas alternativas: o bien aceptaba que lo suyo era imposible y recomponía su vida estableciendo otros horizontes,   o bien la seducía, para lo cual le aconsejaba que no renunciase a su identidad, pero sí  un poco de humildad.

Y efectivamente, sucedió que lo que hacía unos segundos había pronosticado.  Se levantó súbitamente de la mesa con cierto ademán de perplejidad,  contrariado, como si yo no hubiese entendido nada de lo que él me había explicado. Se enfundó el abrigo, me dijo que los cafés corrían de mi cuenta y antes de darse media vuelta y salir definitivamente por la puerta se acercó a mí y me susurró  “Eres como ella, como todos los demás, un botifler”. No le he vuelto a ver.

lunes, 12 de febrero de 2018

Un invierno de otros tiempos



Cuando el sol ilumina la lluvia se produce el arcoíris. Para observarlo hay que mirar hacia el horizonte. Las leyes de la física así lo dictan. Si la física no fuese gobernada por sus leyes, yo elegiría ver el arcoíris más de cerca, asomado a  la ventana, mientras me fumo un cigarrillo enriquecido y veo a un palmo de mis narices el detalle de la luz descomponiéndose en colores, atravesando libremente cada gota de agua sin la necesidad de construir un semicírculo perfecto, tal y como establece la ley de la descomposición refractiva a lo largo de su articulado. 

Entonces, si yo fuese capaz de desobedecer la ley,   en el aire de las calles mojadas flotarían infinitos alfileres de color que se precipitarían incesantes al asfalto, o sobre  los paraguas transeúntes, salpicando en sus cúpulas negras, minúsculas chiribitas pigmentadas.  Si fuese así, en el momento del chubasco psicodélico, la ciudad se transformaría en un paraíso hippie invadido por miles de centellas caleidoscópicas y las gentes no dudaríamos ni un instante en  aparcar nuestros deberes para disfrutar durante unos minutos de semejante espectáculo.

Alguna vez he imaginado que me convierto en un superhéroe sin trabajo y que en una noche de orvallo puedo volar igual que Batman. Imagino que sobrevuelo los tejados y las azoteas de la ciudad a altas horas, bajo el agua, en un momento en que hasta los delincuentes duermen, de manera que,  libre de obligaciones,  me dedico a buscar contra el reflejo de la lluvia en las farolas avenidas flotantes de colores, un bulevar de ensueño coronado por las líneas horizontales del arcoíris que dibujan en el aire la curvatura de las calles sinuosas. 

Sin embargo, la realidad es la que es, y por más que fumemos o soñemos  jamás podremos caminar bajo el arco formidable que construyen  la luz y  la  lluvia. Yo estoy seguro de que cada gota de lluvia iluminada por el sol contiene los siete colores de Newton, pero no lo puedo ver, ni tocar, porque cuando el agua cae sobre mi mano, la luz se evapora  y solo puedo ver transparentadas las arrugas de mi piel encarnada.

Ayer nevó. No suele nevar por aquí. Para colmo de la excepción, nevaba y al mismo tiempo lucía el sol. Frágiles copos de nieve se precipitaban sobre el suelo frío de un modo misterioso, porque no había nubes en el cielo. Nadie sabía si el viento del norte había transportado la nieve desde las montañas o si tras el cielo azul se escondía el nublado  negro que la precipitaba. 

Había quien decía que eso era un mal presagio, que cuando nieva sin nubes significa que algo no anda bien. Todo era muy extraño, pero así ocurrió. Yo busqué un resquicio de horizonte entre los bloques de viviendas, más allá de los límites de la calle, y oteé perseverante el arcoíris. Al fin y al cabo, me dije, la nieve no es más que agua y si el sol atraviesa sus copos, en algún lugar evacuará la luz de su descomposición.

Nada. El resultado fue nada. Finalmente se nubló y al ocupar el cielo las nubes negras, dejó de nevar. Al poco, el frío se recrudeció y el orvallo helado e insistente sumió a la ciudad en un invierno gris durante días. Parecía un invierno de otros tiempos.

lunes, 5 de febrero de 2018

Besiversario




"Y el beso se hizo carne, y habitó entre nosotros" Juan 1:14 (bis)

Siento contradecir a nihilistas, punkis epígonos  y demás impostores de la nada,  pero sólo el futuro es real. 

Es verdad: lo que quedó atrás ocurrió,  pero ha extraviado su materialidad.   

Quizá solamente podamos percibir  la consecuencia de su acontecer, que reclama presencia hoy y jura promesa mañana.

Porque  el  consuelo de la historia es  el vestigio de su protagonismo, la  impronta grabada del tiempo que pervive más allá de lo que le fue reservado  gracias a  la trascendencia  de sus actos.

Y es que el recuerdo no  alivia. Es más, la memoria y las imágenes que alimentan nuestra  nostalgia  no consiguen más que hurgar  en la impotencia de una restauración  y constatar la caducidad  de  lo  acaecido, la imposibilidad de una reencarnación de los espacios, las palabras y los gestos de aquellos días gloriosos; el sabor,  el aroma y el tacto conjugados en la ternura de un primer beso.

Uno persiste, invoca y evoca; ruega una vuelta al ayer, la restitución  de la materia, el viaje  milagroso que le transfiera a los lugares donde sucedieron aquellos segundos cruciales para comprobar que nada ha cambiado. 

Y es cierto, nada ha cambiado, excepto que los árboles son más frondosos y más viejos, la piedra es más oscura y el invierno ya no respira  la niebla que velaba los bancos.

Así que quedan pocas opciones.

Una es hallar el verbo que insinúe la levedad exquisita de aquel instante, fundador de tanta  vicisitud.

Otra es confiar en el futuro como única posibilidad creadora, encomendar y disponer en el altar de lo porvenir nuestras ilusiones y nuestro amor, el único lugar donde día tras día se reproduce con plenas garantías el milagro restablecido de nuestro primer beso.

miércoles, 24 de enero de 2018

Tragicomedia del verbo en el atril


El silencio no es la ausencia de sonido.  Yo puedo caminar en invierno sobre la hojarasca de un hayedo, alejado de toda presencia humana,  y escuchar bajo mis pies el chasquido de las hojas muertas, silbar el viento frío entre los árboles  desnudos, crujir despojadas  las  ramas  o percibir  el escarceo  súbito  de pequeñas alimañas entre los vestigios blancos  de la última nevada. Y sin embargo, puedo afirmar  no solamente  que  he vivido toda esa experiencia  en el más absoluto silencio, sino que fui a ese bosque porque es precisamente allí, gracias a todos sus sonidos,  donde reside  el  silencio.

 Yo puedo llegar a casa después del trabajo, abrir la puerta, despojarme de la ropa, escuchar  las cañerías, la voz de un niño más allá del balcón, el claxon apresurado de un coche, los pasos del vecino en el piso superior, el ladrido de un perro,  y la melodía del disco que he puesto y que suena  como antídoto eficaz contra las inclemencias de un día  de mierda, y sin embargo jurar que he vivido todos esos momentos en un categórico silencio. Es más, a veces, si la jornada  ha resultado especialmente  desagradable, me aposento en el sofá, me coloco los auriculares, subo el volumen y entones ya no hay ruido que pueda entrometerse  en mi silencio  sinfónico.

Enfrentarse  al rugido de una fiera, al disparo de un asesino, al martilleo de una máquina, al llanto inconsolable del dolor o al estrépito de  una explosión en realidad es enfrentarse  al silencio.

De hecho, puedo estar en muchos lugares y circunstancias en los que se produzcan todo tipo de ruidos, ecos y estruendos  y tener la certeza de  vivir el silencio, porque estoy convencido  de que no es otra cosa que la ausencia de palabras, la extraña  virtud humana consistente en no decir ni mú. Allí donde única y exclusivamente se producen murmullos mecánicos, runrunes urbanos, resonancias naturales o incluso barullos,  bullicios y alborotos,  producto de la conjunción grosera  de miles de voces humanas que hablan o gritan al unísono aniquilando  toda significación, incluso allí hay silencio.

Sin embargo, cuando  leo escucho voces muy bien  definidas, esclavas de quienes las emiten, voces singulares y concretas. Entonces  se rompe el silencio. Cuando mentalmente, sin pronunciarlas,  digo una tras otra  cada una de las palabras que alguien enlazó en  frases  hasta formar un libro,  entonces queda cancelada  la afasia y resuenan dentro de mí, y a mi alrededor, nuevas realidades que exigen protagonismo y reivindican con voz enérgica su lugar en el mundo. Todo dependerá  de su disposición, de su capacidad sugestiva o evocadora, y también, cómo no, del momento en que yo me encuentre. En el caso de que se diesen las condiciones más favorables, un solo párrafo puede resultar tan atronador  como la erupción súbita de un volcán. Si alguno de los elementos fallase, quizá su efecto no pasaría de un desdeñoso bostezo.

Quiero decir -o más bien insistir-  que lo único que puede romper el silencio es la palabra porque es creadora y consecuente, responsable  tanto de nuestras historias particulares como de la historia del mundo. Sin palabras no hay realidad y sin realidad no hay sonido. El bramido del  fragor de la galerna o el  clamor del viento huracanado solamente adquieren su naturaleza sonora cuando alguien escribe o declama con todas sus letras  el fragor de la galerna y el clamor del viento huracanado. Mientras tanto, no son más que fenómenos relativamente atmosféricos, habituales, de interés para científicos y pescadores o para surfistas y demás  mamíferos marinos.

En este sentido  debo advertir que aquí nada tiene que hacer la pragmática y mucho menos la física. A no ser que crean que pueden aprender algo, huyan de estas  líneas científicos, dialécticos, materialistas históricos y  sacerdotes de la lógica. Si lo desean, permanezcan los insensatos. Una persona muda es tan capaz de destruir el silencio como el  más locuaz  locutor de radio. Una persona sorda puede percibir tanto ruido como un recién nacido en el momento justo e irrepetible de venir al mundo.  Tan solo necesitan de sus manos, de una serie de gestos dibujados en el aire, porque sin necesidad de la sacrosanta  y sobrevalorada vibración pueden llegar a construir tal ingente cantidad de realidades que ni la más escandalosa campana  catedralicia podría emularles.

Efectivamente, exceptuando la especie humana, ningún ser en la tierra necesita del sonido para saber qué es el silencio. Y más. No hay ser en todo el planeta que necesite a un semejante para que le defina o le enseñe a definir  lo que ve o lo que come, porque le da exactamente igual. Los sonidos que emiten  son afásicos y agramaticales, no contienen ni forma ni significado alguno;  sirven para lanzar una alarma, para atemorizar a depredadores enemigos o para competir en mejores condiciones por el emparejamiento más ventajoso para la especie.

Es por eso que el mundo animal y natural, sin contabilizar al homínido, es absolutamente silencioso, no aspira a nada, vive sin ambiciones, porque refugiado en ese silencio virtuoso es incapaz de generar y compartir ideas, de explicar a sus congéneres sus puntos de vista, en definitiva, de propiciar cambios significativos en sus entornos y en sus existencias. Tanto es así que, aunque nos parezca mentira, los animales no saben qué es la historia; ni siquiera se marcan un objetivo en la vida. ¡Bendito silencio!

Esto que acabo de escribir lo explica mucho mejor que yo el filósofo inglés  John Gray en “El silencio de los animales”, libro que leí ya hace unos cuantos años y que recomiendo muy encarecidamente (atención porque si se lee sin precauciones o sin prejuicios puede llegar a cambiarte la vida)  No hace tanto tiempo que me bailan en mi  pequeño cerebro de homínido una serie de  hechos que ocurrieron recientemente  muy cerca del lugar donde yo vivo y que me inocularon como un veneno estas reflexiones que ahora intento desgranar, expresar y comprender.

Parece que han pasado años pero en realidad  todo sucedió hace  tres meses,  el mismo tiempo que necesita una serpiente  para incubar en silencio a sus pequeños. Un hombre sano, bien parecido y de sonrisa astuta, se convirtió durante unos pocos minutos, y en dos ocasiones,  en el centro del mundo humano, amenazando con su protagonismo incluso al eterno silencio del mundo animal. Su  ascensión de la escalinata abalaustrada de mármol  probablemente  constituyó  el trayecto ascendente más difundido y mejor iluminado de la historia. Sin embargo, a pesar de la enorme expectación que conscientemente  generó,  aparentemente sus piernas permanecían  firmes y su rostro comunicaba gran serenidad, sin perder un mínimo rasgo de sagacidad en su sonrisa.

Algunos minutos después de su entrada en el lugar de los hechos, tal y como estaba previsto,  se situó ante el atril, frente a  la mirada vigilante, inquisitorial o ilusionada de un grupo de escogidos congéneres que se habían reunido en uno de los lugares donde más ruido se produce. Llegaba el momento. Medio planeta homínido veía  a través de los medios de comunicación, en vivo y en directo,  las hojas posarse sobre el facistol; unos pocos gramos de papel blanco en el que él (o alguien de su confianza)  había  escrito cuidadosamente  unos cuantos centenares de palabras muy bien escogidas, con tal potencia sonora que debían retumbar en medio planeta tal y como ocurriría si la totalidad de la población china saltase al unísono.

Efectivamente, el grado de expectación era singular e inédito,  un estado de histeria colectiva insólito que provocó en todos los hogares del país el más inquietante  de los silencios,  solamente equiparables a unos contados momentos sonoros de la historia, como por ejemplo el instante anterior al Big Bang, esa milésima  cósmica anterior incluso al tiempo en el que, sin mediar discursos de nadie, se produjo el universo.

Yo miraba aquel hombre hablando  y no lo podía creer;  me sigue resultando  inconcebible que unas cuantas palabras pronunciadas  por una sola persona - alguien que hace unos pocos meses no era absolutamente nadie- tengan tanto  poder, el poder del futuro, el poder de la obediencia, el poder de la formación de nuevas realidades, de la generación de  conflictos, de la ilusión, de la rabia, la decepción, el miedo, la incertidumbre, la esperanza, la frustración… el poder inexorable e inverosímil  de prorrumpir  con un par de  verbos  y dos o tres   sustantivos  el silencio en el que dormita con un ojo siempre abierto el célebre ángel de la historia. Casi el mismo número de verbos y sustantivos que utilizó a los pocos segundos para renunciar a ese poder  y permitir a la horrenda criatura que pintó Paul  Klee seguir disfrutando de su siesta.

Pocos días después, todavía con el recuerdo muy presente de aquellas horas magníficas, volvió a suceder algo parecido. En esta ocasión nuestro hombre, llamado a las más altas tareas señaladas por el destino, apareció entre el dintel  gótico de un hermoso claustro, dispuesto nuevamente  a utilizar el poder revelador de sus  palabras con el fin de iluminar nuestra  vida  porque, partiendo  de nuestro silencio conmovedor -muy parecido al de los animales- con su verbo creador  sería capaz de engendrar una nueva  sustantividad  sonora.

Sinceramente, yo acabé exhausto. No podía más. Ya podía anunciar cuantas comparecencias considerase necesarias, que mi atención, mi inquietud y mi expectación la había perdido por completo y para siempre. Y es que después de la kermesse,  llegué a la conclusión de que aquel señor ufano, de mirada pícara y cabello ralo no era más que un aprendiz de brujo, el discípulo copión de Aldus Dumbledore, incapaz de encender un sencillo fósforo sin la ayuda de una cerilla.

Llegados a este punto necesitaba un descanso, de manera que decidí salir en busca de un poco de silencio. Quería pasear sobre la hojarasca de un hayedo, alejado de toda presencia humana, y escuchar bajo mis pies el chasquido de las hojas muertas, silbar el viento frío entre los árboles desnudos, crujir despojadas las ramas o percibir el escarceo súbito de pequeñas alimañas entre el vestigio blanco de la última nevada. Quería sentir por unos instantes la vida ligera, la existencia liviana desprendida de palabras, de sonidos, privada de su inexorable poder revelador que nos indica un fin. Entonces recordé al hombre astuto ante el atril, y de vuelta a casa me puse a escribir.

martes, 16 de enero de 2018

Inmarcesibles y atrabiliarios (Una lectura de “Miseria, grandeza y agonía del PCE, 1939-1985”)


Tiempo de lectura aproximado (7 minutos)
Los antiguos romanos creían que la causa de la melancolía no era otra que  el progresivo ennegrecimiento de la bilis.  Es decir, que todo aquel que sufría de  tristeza inconsolable, permanente y profunda, todo ciudadano o esclavo que arrastraba su cuerpo por el mundo como alma en pena,  vivía sus días con doliente amargura gracias a la secreción biliar de una  hiel oscura y sombría que llamaban  atra bilis.
 Con el paso del tiempo, gracias a la exotérica historia de las palabras,   la unión de esos  términos latinos  acabó por designar a las personas de carácter violento que lo arreglan todo a base de gritos, golpes  y salidas de tono. Son los llamados  atrabiliarios, miembros de una tribu  imperecedera cuyos orígenes ibéricos -y por ende europeos - se remontan a los años remotos en los que el hombre habitaba Atapuerca  en compañía de las más insólitas alimañas.
 De hecho, el equipo de arqueólogos dirigido por los doctores  Arsuaga y Carbonell  tuvo la oportunidad de mostrar al mundo entero algún que otro trauma craneal,  probablemente uno de los primeros resultados de la acción atrabiliaria de marca  ibérica que, sin duda,  dejaría su huella indeleble en el genoma hispano,  por  los siglos los siglos, entre todas las generaciones de hombres y mujeres nacidos en la Península. Prueba de ello es, por ejemplo, el célebre cuadro de  Goya titulado “Duelo a garrotazos” en el que el pintor aragonés  retrató en plena acción a dos de los descendientes  de  aquellos primeros atrabiliarios  patrios.
 Por todo ello, soy de los que piensa que más allá de la historia del poder político en España y de la sucesión de colonizaciones, invasiones, dinastías, tiranías y partidos políticos que han tenido la oportunidad de gobernarnos, el gen atrabiliario, oscuro y  de infaustas consecuencias, ha marcado nuestro destino a partir del mismo día que nos erguimos  en aquel rincón remoto del neolítico.
 Sin embargo, en honor a la verdad,  he de decir que no hace mucho que he llegado a esta conclusión. Exactamente, poco más o menos, un par de días,  el tiempo que ha trascurrido desde que finalicé la lectura  de  “Miseria, grandeza y agonía del PCE, 1939-1985”, obra del periodista y escritor Gregorio Morán reeditada recientemente por la editorial Akal.
 A pesar de que Gregorio Morán  es un autor consolidado, de prolífica y extensa trayectoria, yo lo descubrí en 2014 a raíz del escándalo que supuso la censura a la que sometió la editorial Planeta a su anterior obra “El cura y los mandarines, historia no oficial del bosque de los Letrados”, un recorrido crítico a través de la historia de nuestra cultura que abarca desde el año 1962 hasta prácticamente finales del siglo XX.
 Morán rompió con el editor Lara y  publicó el libro con la mencionada editorial  Akal  denunciando  públicamente a la editorial  Planeta durante la presentación del libro que celebró  en compañía de su amigo, el novelista y a la sazón ínclito pregonero barcelonés,  Javier Pérez-Andújar.  El  acto fue grabado íntegramente en video y  ardió como reguero de pólvora en las redes sociales porque Morán daba cuenta detallada de los motivos de la censura que apuntaban directamente a  la dirección de la Real Academia Española de la Lengua. Gracias a todo ello supe de sus “Sabatinas intempestivas”, que escribía semanalmente cada sábado en el diario La Vanguardia,  hasta que hace unos meses Moran fue despedido via fax  a raíz de un artículo que se negó a modificar  por órdenes del director Marius Carol en el que, una vez más, repartía estopa a la clase política catalana. Yo, por mi parte, he despedido de mi casa al Conde de Godó  y  ahora  leo las Sabatinas  en “Crónica global.
 El caso es que, desde que leí “El cura y los mandarines…”  y sus artículos en prensa ,semana tras semana,  la figura de este escritor asturiano afincado desde hace ya décadas en Barcelona vino a resultarme de lo más fascinante porque forma parte de  una  especie en extinción; ese tipo de periodistas  que  no se casa con nadie,  honesto,  incisivo, independiente, valiente, riguroso y extraordinariamente trabajador, que encuentra  información  donde nadie la busca, que la ofrece con una voz inconfundible sin renunciar nunca  a su particular – y a menudo controvertido-  punto de vista , todo aderezado de un chorro generoso de buenos adjetivos,  nada de sidra de su Asturias natal; siempre licor del fuerte, del que quema  al entrar en la garganta y calienta el ánimo.
 Morán, en mi modesta opinión,  desciende  de la estirpe de los Torres Villarroel, de los Larra, los Sawa,  los D’Ors, los Gaziel (su admirado Gaziel ), y de los Pla. Porque Gregorio Morán es sobre todo un cronista de nuestro tiempo. El núcleo duro de su obra constituye un  friso de la España contemporánea,  compuesto  por cerca de una  docena de libros que se hacen imprescindibles para observarnos a nosotros mismos sin dejar mediar a la complacencia, partiendo de figuras o instituciones claves de nuestra historia que actúan como centro de un universo histórico, social, político y cultural  en el que orbitan una buena cantidad de personajes y  personajillos que en algún momento pintaron algo, o creyeron  que pintaban algo.
 La pluma de Morán es látigo de nacionalistas, espejo de oportunistas, inventario de arribistas  y penitencia de sinvergüenzas. Gozo con su estilo, con sus incisiones certeras y arriesgadas; con una valentía que en más de una ocasión probablemente desearía haber atenuado, pues no en vano  ha pagado por ella con despidos, enemistades, y amenazas, aunque  nadie, que yo sepa, se ha atrevido a demandarle.
 De hecho, nadie le dijo ni mú cuando en 1984 vio la luz la primera edición de  “Miseria, grandeza y agonía del PCE, 1939-1985” publicada entonces por la editorial Planeta. Ni si quiera sus dos principales protagonistas -el mismísimo Santiago Carrillo, o la sacrosanta Dolores Ibarruri, La Pasionaria- dijeron esta boca es mía, a pesar de que  el libro de Morán hace trizas la trayectoria política y humana de ambos. Porque cuando nadie dice nada después de la revelación de la ingente  cantidad de tropelías, traiciones, nepotismos, servilismos, deslealtades, confabulaciones, personalismos, ambiciones, mediocridades y hasta crímenes que tuvieron  lugar  en el seno de la que fue la  organización política más importante de  España desde la Guerra Civil  hasta la transición, es que lo que se cuenta es verdad, aunque ya no le importe a nadie, o a casi nadie.
 El día 30 de Octubre del año pasado, en pleno marasmo independentista catalán, Gregorio Morán presentó en la Librería Laie de Barcelona -acompañado de su amigo  Javier Pérez-Andújar- la segunda edición de este mismo libro, ahora a cargo de la editorial Akal.  El periodista asturiano explicó que cuando Planeta lanzó la primera edición en 1984 el libro fue un sonoro y rotundo fracaso de ventas;  tan solo apareció una reseña perdida en algún periódico.  A los pocos meses de su publicación, “El Corte Inglés” vendía casi la totalidad de la edición a veinte duros la unidad.  Y es que, aquel  año de ‘La movida’  el PCE estaba ya tan muerto que  los entresijos de su historia no interesaron a nadie, a pesar de que ofrecía documentación y material inédito, altamente sensible,  procedente de los archivos del partido que un amigo le ofreció metidos en unas cuantas cajas de cartón durante la mudanza de la sede madrileña. Esa documentación (actas, transcripciones,  incluso  grabaciones que registraban  o daban fe de las reuniones de la dirección del PCE )  constituyen  el metol, la sal y el acelerador reveladores de la grandeza y heroicidad  de sus militantes y de la miseria de buena parte de sus dirigentes a lo largo de toda su historia.
 No sé si lo he mencionado. Gregorio Morán fue militante del PCE hasta poco después del  día de su legalización, de modo que tuvo que  mantenerse en la clandestinidad buena parte de su juventud y vivió en primera persona los riesgos y las esperanzas de la única organización política española que se enfrentó seriamente y constantemente  a Franco durante los 40 años de dictadura. Aquel 30 de octubre en la librería Laie no tuve el valor de preguntarle qué le ocurre a alguien cuando accede a las cloacas de una organización en la que  ha crecido, con la que ha comprometido la seguridad de su vida y  sobre la que reposaban sus  ideales y anhelos. ¿Qué tipo de mecanismos se mueven en su interior? ¿En qué estado sale uno de tan traumática labor?  ¿Qué queda de uno tras el trabajo minucioso de comprobación y redacción de los hechos que solamente un preponderante sentido de la honestidad ética y profesional  puede obligarte a hacer públicos? ¿Se siente uno un traidor de sí mismo? ¿Y de sus antiguos compañeros? ¿Prevalece o debe prevalecer  ante todo  la búsqueda de la verdad y así,  de ese modo,  mitigamos nuestras  contradicciones?.
 Para llegar a hacerse una idea de esto que estoy diciendo no hay más que  opción que leer el libro, mientras recodamos siempre, a cada página, que  Morán se jugó la vida por el PCE y por la libertad de los españoles.  Esa páginas esenciales de nuestra historia  colectiva  nos ayudan a comprendernos y a respondernos a los  porqués  sobre  tantas y tantas cuestiones  suscitadas  durante la vida del dictador, y también  en los primeros años de nuestra democracia que, en buena medida,  explican o terminaron por bosquejar nuestro presente.
 Si  tuviésemos que reducir o sintetizar  todo ese ingente trabajo me quedaría con dos adjetivos muy queridos por el autor, que utiliza con gran frecuencia, no solo en esta obra, sino en otras que he tenido la oportunidad de disfrutar. Dos adjetivos que en mi opinión nos definen a todos como sociedad, o al menos delatan nuestros peores rasgos colectivos y responden a cierta apatía melancólica  en la que nos revolcamos  para no acometer y enfrentar con energía e inteligencia nuestro futuro juntos: España es un país atrabiliario y los españoles que en el mundo han sido nos consideramos inmarcesibles.
 Los españoles  queremos  arreglarlo todo a voces, de malos modos, como si estuviésemos siempre acodados en la taberna, borrachos, sin otra cosa que hacer que joder al prójimo. La imprecación es nuestro recurso y no escuchamos. Tanto es así  que hemos llegado a considerar buen político el que mejor y más incisivamente carga contra el contrincante, sin importarnos si lo que dice es cierto o falso, o al menos productivo. Por otro lado, cualquiera que haya militado en un partido político sabe por propia experiencia que las reuniones internas se resuelven, frecuentemente, a garrotazos,  con vencedores y vencidos por KO técnico, y no con el consenso o con el acuerdo sensato de todos.
 Pero es que,  además, gracias a no se qué argumentos o causas,  nos creemos herederos de una especie de raza  imperecedera más lista, más sabia, más fuerte y más guapa que las demás, que se perpetúa y que camina hacia un destino rutilante, en una certidumbre de eternidad,  sin más esfuerzo que el hecho de haber nacido aquí. Hemos gestado durante siglos la ilusión hidalga de merecer lo que tenemos por una simple cuestión hereditaria, de manera que  esa conciencia de poseer una naturaleza divina nos debilita, nos sume en la apatía, en la holgazanería y en el mejor de los casos promueve un sentido de la  astucia con la que intentamos resolver de un plumazo problemas que requieren inteligencia, esfuerzo y colaboración.
 Por eso,  creo que ” Miseria, grandeza y agonía del PCE” no solamente nos explica las vicisitudes menos conocidas, más heroicas y  más abyectas  del partido que más y mejor combatió a Franco, sino que nos explica a nosotros mismos, seres atrabiliarios, aspirantes a lo inmarcesible, como los dos paisanos que Goya pintó y que ya para siempre creerán que resuelven  sus problemas a garrotazos.
 Hay que leer a Gregorio Morán

PD: Durante la presentación en Barcelona del 30 de octubre de 2017, Gregorio Morán dijo que la figura de Felipe González era realmente interesante, y que merecía una biografía. ¿Se habrá puesto manos a la obra ?