viernes, 20 de octubre de 2017

Frankenstein en Cataluña



Durante estos días extraños de octubre,  en los que los ricos y los niños pijos  ocupan  las calles  enarbolando banderas nacionales, y en los que,  al caer la noche, imitando a los burgueses chilenos contra Salvador Allende, aporrean cacerolas desde sus balcones, el azar y no cualquier otro motivo  ha propiciado  que caiga en mis manos  la historia de Víctor  Frankenstein,  escrita por  Mary Shelley hace casi dos siglos.

Aquí dejo una serie de frases y fragmentos  extraídos de la célebre  novela  que la autora romántica  escribió con un extraordinario sentido de la  clarividencia, pensando -estoy seguro- en nuestra Cataluña presente.

Está por aclarar si Mary Shelley  tomaba algún tipo de estimulantes  o  realmente poseía un poder profético comparable al de Nostradamus.
 


“¿Cómo terminará todo esto? Me formulo sin cesar esta pregunta”



“Su elocuencia cautiva y convence hasta el punto de que me es imposible escucharle”



“¡Desconfíe de él! Es elocuente y persuasivo. No se fíe de sus palabras”



“Mi poder no ha concluido todavía. Mis fuerzas están intactas. Seguidme”



“Si hubiera imaginado lo que el monstruo pretendía realizar, me hubiese resignado a salir para siempre de mi patria.”



“No hables con nadie de lo que te digo, ni siquiera con simples alusiones. Sé que cumplirás lo que te pido”



“A veces rogaba que me ayudaran a aniquilar al monstruo que había creado”



“Ciertamente vos sois mi creador pero ahora yo soy vuestro dueño ¡Obedeced!”



“Ahora el monstruo estaba allí, exigiéndome que llegara hasta el fin en el cumplimiento de lo que había prometido”



“Deseaba llegar al final con una impaciencia en la que se mezclaban presentimientos oscuros y siniestros”



“Temía la venganza del monstruo si le decepcionaba”



“De acuerdo, te concederé lo que me pides, pero has de jurar que abandonarás para siempre el continente europeo”



“¿Cómo conseguirás resistir el aislamiento, tú que estás anhelando conseguir la simpatía y el amor humanos?”



“Si no pueden sentir amor por mí, ¡allá ellos!, sentirán miedo.”



“Los sentimientos de los humanos se levantan como un muro e impiden un acuerdo.”



“¿Crear un nuevo ser como tú y permitir que ambos, con vuestra inaudita maldad, sembréis la desolación?”



“Concededme la felicidad y seré virtuoso.”



“¿Por qué lo falso puede parecerse tanto a lo cierto que impida siempre asegurar una felicidad duradera?”



“Evoqué las etapas que precedieron a la creación del engendro”



“Llena tu corazón de paz y de cariño para ayudarnos a curar nuestras heridas en vez de enconarlas todavía más”



“Tenía la sensación de que, cuando me entregaba a mis odiosas manipulaciones, mis ojos salían de sus órbitas.”



“Los antiguos maestros de esta ciencia prometían lo imposible sin conseguir nada.”



“Se me proponía trocar los sueños de infinita grandeza por realidades de mediocre valor”



“Deseaba convertirse en uno de aquellos hombres cuyos nombres son perpetuados por la historia”



“Debe ser un hombre muy notable para mostrarse, en su actual decaimiento, tan amable y atractivo. “



“Prisioneros de los hielos, no pudimos seguir tras las huellas de aquel hombre”



“Podría sentirme satisfecho si a lo largo del viaje no sufriéramos más graves percances. “

miércoles, 18 de octubre de 2017

Carrer del Lloro






Para mi amigo Andrés

En mi imaginación hay un gran espacio destinado exclusivamente a fabricar mitos. Suelo introducir ahí la realidad para  reelaborarla a capricho, de manera que todo tipo de personas o acontecimientos se presentan transformados ante mis ojos desprovistos de sus detalles y  matices esenciales,  sin conservar prácticamente nada de su aspecto original. 

Pero me da igual. No puedo evitarlo. En ocasiones, ante la previsible entrada en mi cerebro de nuevas figuras o eventualidades, he intentado luchar contra la idealización o demonización con toda la fuerza de mi razón pero, o no dispongo de una fuerza lo suficientemente vigorosa, o mi caudal racional se halla prácticamente seco.

La cuestión es, que con la edad, y lejos de asentar tanto la percepción de la realidad como mi madurez intelectual,  esa superficie mental se ha ampliado de tal manera que, a estas alturas de mi vida, el lugar destinado al discernimiento, la sensatez o la objetividad es tan pequeño como el tiempo que tardo en divinizar o denigrar a alguien. 

Uno de los temas que más frecuentemente aparecen en mi espacio mental hegemónico es el malditismo. Soy capaz de convertir en héroes universales a escritores, pintores, músicos, actores, escultores y  artistas de todo pelaje, siempre y cuando su obra me guste y fueran suicidas desesperados, drogadictos impenitentes, alcohólicos cirróticos, locos de atar, pobres de solemnidad, víctimas de injusticias, derrotados revolucionarios, solitarios incomprendidos, misántropos deleznables o bohemios indigentes. 

Del mismo modo,  lanzo al estercolero, sin posibilidad de remisión, a todo aquel artista que vista camisas con gemelos,  que exprese abiertamente posiciones políticas conservadoras, que aparezca en las revistas del corazón, que viva en mansiones de lujo, que disponga de chófer, que no beba vino y, por lo general, que disfrute de la comodidad y del bienestar que proporciona la fama, independientemente de la calidad de sus obras y de si esa fama es merecida o no. 

Soy consciente de que durante mucho tiempo me he ofrecido como diana fácil de campañas publicitarias; víctima propiciatoria de fajas satinadas; consumidor, en definitiva, de toda obra artística cuyo agente, editorial o marchante haya trabajado una imagen convenientemente derrotada del autor. ¡Qué le vamos a hacer! Uno es quien es, uno es como es, y las batallas contra la propia naturaleza suelen resultar fracasos cruentos y dramáticos. 

Sin embargo, ahora ya no quedan malditos. Ahora publican, exponen o estrenan jóvenes apuestos, de buena presencia, tocados con las gafas de rigor, convenientemente aderezado su rostro de patillas variadas; jóvenes que madrugan para practicar running, cuidan su piel con cremas, toman yogur a media tarde, beben infusiones, y se acuestan antes de la media noche justo después de ver el último capítulo de Juego de Tronos. De modo que la mayor parte de mis mitomanías resultan negativas porque  se orientan a esa segunda especie de artistas, es decir, los divos globales y superventas, la alta nobleza del mercado internacional de la cultura. 

Quizá, el último de mis malditos sea Roberto Bolaño, a quien he leído con pasión, placer y a veces con no pocas dificultades. Desde que di con “Los detectives salvajes” uno tras otro he gozado de  todos sus libros. Dejé de leerlos al finalizar la lectura de 2666.  No confío en la autoría de todo lo que esta editorial ha publicado después con el nombre del genio chileno. 

La historia de Roberto Bolaño es de sobras conocida. El escritor chileno se mantuvo siempre fiel a su vocación, superando límites humanos más allá de lo aconsejable. Para Bolaño, la vida era escribir y leer y el proceso de creación  una misión, una batalla contra él mismo, un enfrentamiento a vida o muerte con la realidad menos amable. Para Bolaño escribir era -según él mismo afirmaba- “Saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso. Correr por el borde del  precipicio: a un lado el abismo sin fondo y al otro lado las caras que uno quiere, las sonrientes caras que uno quiere, y los libros, y los amigos, y la comida”.

Cuando alguien ofrece su alma a la poesía con semejante valentía yo no puedo permanecer indiferente. Es superior a mis fuerzas.  Inmediatamente se agita mi corazón, se dilatan mis ojos, el espacio en el que se elaboran mis mitos abre sus puertas y ya nada puede desalojar de mi imaginación al hombre encerrado, enfebrecido, luchando contra el lenguaje, contra los miedos, el cansancio, la frustración y el demonio de la  inseguridad que aguarda a todo poeta enfrentado a la creación, si es preciso, vertiendo su sangre. 

La pasada semana  visité Blanes, una populosa localidad costera al norte de Barcelona. Como es sabido, Bolaño recaló aquí a mediados de los ochenta. El Ayuntamiento puso en marcha  hace unos pocos años la Ruta Roberto Bolaño, una iniciativa que me ha permitido vivir algunos momentos inolvidables.

La Ruta Bolaño  consta de diecisiete puntos correspondientes a lugares de la ciudad que, de un modo u otro, se relacionan con la vida del escritor. Yo estuve en tres de esos lugares. Estuve a las puertas de su casa, en el número 13 del carrer Ample, y tomé whisky en el antiguo “Hogar del productor” (actualmente reconvertido en restaurante), un lugar donde en la década prodigiosa  bebían vino y jugaban al dominó y a las cartas los trabajadores andaluces de la SARFA, una empresa textil ya desaparecida. Allí, en las mismas mesas, junto al mar, Roberto Bolaño leía, tomaba notas y bebía hasta no poder más junto con algunos amigos que perdió a causa de la heroína. 

Y estuve, cómo no, en el número 17 del carrer del Lloro, al que ni siquiera se le debería llamar callejón, porque se trata de  un angosto pasaje, tan estrecho, que extendiendo los brazos uno puede tocar con la punta de los dedos las fachadas de los edificios que lo conforman a uno y otro lado, manchadas de grafitis sin gusto, en las que hieden bolsas de basura  y orines humanos y caninos. 

Y es que el carrer del Lloro no tiene nada de atractivo. Es horrendo. En sus escasos cincuenta metros de longitud coinciden trastiendas, aparatos de aire acondicionado, extractores de humos, salidas de emergencia y algún que otro portal de  viviendas humildes y oscuras que conservan todavía en su ventanas los alambres de tender la ropa. Casi al final de la callejuela se ubica la puerta de entrada al número 17, junto a la que el Ayuntamiento ha instalado el monolito informativo que lo identifica como “Estudio de l’autor”, descrito  eufemísticamente como “un espacio de dimensiones reducidas,  austero y sin teléfono, donde encontró la calma necesaria para crear su universo literario”. 

Allí, en medio de  aquella angostura urbana, uno no tiene más que dar un breve vistazo alrededor para concluir que esa descripción dulcifica hasta la exageración las condiciones en las que Bolaño escribió lo mejor de su obra. Yo podía imaginar perfectamente al escritor encerrado días completos en su  pequeño cubículo, sin más muebles que la mesa, la silla, un somier con su colchón, y un par de estanterías, escribiendo extasiado bajo la luz pobre de la bombilla desnuda mientras bebía sin cesar whisky barato y fumaba compulsivamente sus cigarrillos, dejándose día a día la salud y media vida.

Y es que –estoy convencido de ello-  ese  “saber meter la cabeza en lo oscuro” al que se refería el escritor cuando definía la vocación literaria procede de su propia realidad cotidiana, de la multitud de días sin horas vinculados indefectiblemente al cuartucho que vio nacer a Arturo Belano y Ulises Lima, donde, más allá de la electricidad, la única luz que alumbraba la estancia no era precisamente la luz del día. 

Permanecí en la puerta un buen rato, hasta que llegaron dos señoras gruesas que sostenían con dificultad el peso de la bolsa de la compra. No me miraron bien. De algún modo me hacían saber que no les apetecía tener allí a un extraño husmeando junto a la entrada de su casa. Especulé con la idea de  que, quizás, aquellas dos mujeres se cruzarían con Bolaño en el portal; tuve la tentación de  preguntarles pero rápidamente entraron y se apresuraron a cerrar. Por el contrario, en aquel momento, la puerta que da entrada a mi factoría de mitos quedó abierta  y toda esa experiencia que viví en el carrer del Lloro se introdujo como un torrente para agrandar en mi espacio mental -si cabe- la figura  de uno de los escritores más originales, valientes y honestos que ha dado la literatura latinoamericana.

Al salir del callejón decidí dar un paseo hacia  El Hogar del Productor. Allí me senté y bebí whisky frente al mar, hasta  que se puso el sol.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Huérfano



Me he quedado sin padre recientemente. Todavía echo en falta  su saludo sonriente  tras la ventana de la casa donde nací, feliz de ver llegar a su hijo. 

Papá nació dos años después de la proclamación de  la II República, vivió en su más tierna infancia la III Guerra Civil Española y creció y maduró en plena la dictadura, durante una de las etapas más oscuras que ha vivido este país. Junto a mamá, le tocó sacar adelante una familia de tres hijos  en un país mísero, gris y triste en el que había que emigrar y dejar la tierra natal para poder labrarse un futuro.  

Llegaron con lo puesto a Catalunya el año 1961. Desde ese momento, papá trabajó horadamente en la misma empresa durante más de 30años, tirando como podía con un sueldo exiguo. En las dos últimas décadas de su vida laboral, en las postrimerías del franquismo, vivió  huelgas y  militó clandestinamente en CC.OO y aunque no era  muy activo políticamente sabía perfectamente cuál era su lugar en el mundo, quién era y quiénes eran sus compañeros, aquellos con los que compartía inquietudes  e incertidumbres. 

Es decir, de algún modo, papá tenía conciencia de clase y se sentía arropado por organizaciones que defendían sus intereses, los intereses y los derechos de los trabajadores frente a la gran burguesía catalana, frente a los patronos, aquella burguesía xenófoba, racista y explotadora, heredera de la Lliga Regionalista de Cambó,  que acabó con el movimiento obrero catalán y con la II República,  y  que tras la muerte de Franco se reconvirtió convenientemente a la democracia,  organizada en partidos de corte neoliberal como Convergencia Democrática de Catalunya y Unió Democrática de Catalunya. Papá no sabía quién era Cambó; no le hacía falta, porque sabía  perfectamente  quiénes eran. 

Estos días me acuerdo especialmente  de papá porque  esas mismas  organizaciones políticas y sindicales que  arropaban y ayudaron a miles de trabajadores como él, que defendían sus derechos  y que les hacían sentirse un poco más dignos, ahora van de la mano de aquellos que les explotaban,  y  toman las calles de las ciudades catalanes en defensa y en nombre de  unos símbolos y de  una patria  que  les despreció y a la que no le deben nada, porque todo lo ganaron con su esfuerzo y su trabajo, honradamente. 

Yo he confiado hasta ahora mi voto, y en ocasiones mi tiempo, a esas organizaciones llamadas de izquierdas, como CC.OO, UGT, CGT, Iniciativa per Catalunya, En Comú Podem, Podem, PCC, EUA, IC etc. Sin embargo, ante los acontecimientos que vivimos, sus líderes han optado por escuchar la llamada de los patriotas que nos explotan, y se han apresurado a convocarnos, serviles y acomplejados, a participar en batallas ajenas,  bajo banderas nacionales,  con la coartada de la defensa de la democracia y de las instituciones catalanas, que han utilizado siempre, para su conveniencia, los partidos políticos que se han dedicado a legislar en contra de los intereses de los trabajadores y trabajadoras los últimos 40 años, y más allá. 

Tanto es así, que han secundado una huelga nacionalista  convocada por la patronal, en la que, por supuesto, no se le ha descontado ni medio euro a nadie que haya participado. Es  tan descomunal y descarada la estafa, que no les han puesto ni un pero a los que no han dudado en llamar  ‘caja de resistencia’ a la cuestación popular con destino al pago de la multa impuesta a Artur  Mas, un delincuente social, enemigo de los trabajadores, que robó lo que pudo, impunemente.

Por eso, hoy, cuando vaya a ver a mi madre y un día más añore  la sonrisa de  papá mirando feliz la llegada de  su hijo, me sentiré dos veces huérfano. 

Tengo miedo. No quiero estar aquí.

lunes, 2 de octubre de 2017

Tiempos de sinécdoque



Ya no soy yo, uno, indivisible, singular, con mis huellas dactilares, el mapa de mi retina, el timbre de mi voz, mi alma mortal. 

Ya, finalmente, todos somos uno, bien empaquetados,  menudillos envueltos en papel de estraza,  formando una masa informe moldeada a su antojo que ahora sangra. 

Unos forman  el pueblo de Cataluña, otros la comunidad de los traidores.

Dos inmensas alforjas balanceándose sobre el lomo de un gran borrico. 

Tiempos de sinécdoque.

Hoy 300 bomberos son Los Bomberos
Hoy 50 tractores son Los Agricultores
Hoy 200 estudiantes son Los Estudiantes
Hoy 500 maestros son La Comunidad Educativa
Hoy 15 colegios son Los Colegios
Hoy 2 millones de personas votando son Los Catalanes
Hoy 2 partidos políticos son Los Catalanes
Hoy 4 millones de abstenciones son Los Traidores
Hoy 5 partidos políticos son Los Renegados
 

Hoy, aquí y allí, el partido es la nación.

“¡¡¡Roma no paga a traidores!!!”, gritó  Mireia Boya. Mireia representa a unos 5.000 catalanes y su partido a unos 300.000.

Dice Mireia que también me representa a mí, porque soy trabajador y catalán. Yo no se lo he pedido. Pero ella insiste, y dice que sí, que me representa. 

Tiempos de sinécdoque, tiempos de silencio.

Aquí estoy, Mireia Boya. Mírame bien a los ojos.

Cuando pierdas la memoria me plantaré frente a ti y te recordaré que un día me señalaste y me amenazaste.

No sabes nada de  mí, ni mi nombre, ni el color de mis ojos, ni la ambición de mis ilusiones, ni mi compromiso con la justicia y con los derechos humanos,  con los débiles frente a los poderosos.

Pero un día te subiste a una caja de cervezas y gritaste frente a los tuyos que si yo no estaba contigo, traicionaba a mi pueblo. Un dictamen sumarísimo.  

Dime, ¿Quién eres, Mireia?

Tiempos de sinécdoque.

Ya tienes tu sangre. Ya tienes tu patria. Hoy ya puedes exhibir la represión de las bestias, hoy ya puedes decir con la dignidad de las princesas ofendidas ¡Mirad! ¡Esta es la sangre de mi pueblo!

Tiempos de silencio. 

Objetivo cumplido.