martes, 25 de abril de 2017

Ni crimen ni castigo



El tipo que colocó tres artefactos explosivos -tres-  al paso del autobús en el que viajaban los jugadores del  Borusia de Dortmund  era  germano-ruso. Se llamaba Sergei,  y de haber vivido Dostoievski  tendría muchas posibilidades de  protagonizar  alguna de sus novelas. 

A Sergei, Dios o Alá le traían al pairo. No quería ganarse el paraíso, ni gozar en su eternidad de  unas  cuantas huríes. Tampoco tenía ínfulas revolucionarias, ni soñaba con transformar la sociedad a base de bombas.  Sergei lo hizo todo por  dinero.

Para ello trazó un plan perfecto. Modificaría el valor de las acciones del club  alemán y, de ese modo, se convertiría en millonario a través de  una inversión a la baja que pudo realizar gracias a un préstamo bancario. Es decir, Sergei  aprovechó al máximo las oportunidades que nos brinda a todos  el libre mercado y el capitalismo, sin escatimar medios, con fe ciega en su proyecto,  que es el modus operandi  de los emprendedores de raza. 

La prensa internacional se ha apresurado a decir que alguien que actúa de ese modo no tiene que estar muy bien de la cabeza. También dicen los medios de persuasión de medio mundo que Sergei era un tipo sin escrúpulos. Tanto es así que, después de colocar los artefactos,  se sentó tranquilamente en el restaurante del hotel, se comió un filete vuelta y vuelta, se bebió media botella de vino tinto, y aguardó confiado y tranquilo a escuchar las tres  explosiones, mientras digería la carne de ternera  sangrante  y  se  frotaba las manos pensando en  qué haría al día siguiente con todo el dinero que iba a ganar, gracias a unos cuantos muertos o heridos. 

Como consecuencia de su atentado terrorista financiero, el bueno de Sergei pasará una temporada a la sombra, y todos tan contentos y aliviados, por varios motivos. Primero porque hemos  encerrado  a buen recaudo a un loco  que durante un  tiempo no podrá hacer daño. Segundo porque a pesar de las sospechas iniciales, el atentado no era yihadista, lo cual mitiga  la sensación de horror, inseguridad y de intimidación que nos atenaza, con la que  vivimos durante estos últimos años gracias a las decisiones particularmente  afortunadas de tipos tales como José Mª Aznar, George W. Busch, Tony Blair o Donald Ransfield. Y tercero, porque reforzamos  unánime y colectivamente la creencia de  que  nuestra sociedad occidental, salvaguardia de la moral más exigente y avanzada, es capaz de poner en su lugar y apartar de sus miembros  a quienes intentan pervertir las reglas para  lucrarse a costa del sufrimiento de los demás. 

Sin embargo, a pesar de todo, yo a Sergei le daría un premio. Es más, yo quiero convertirme  en su agente. Quiero animarle a que escriba un libro, y  organizarle después una gira para impartir conferencias en las principales ciudades europeas, en los mejores auditorios, en las universidades y, sobre todo, en los colegios. 

Porque Sergei es ejemplar. Es un mina. Personifica como pocos la  materia con la que está construída la base de nuestro sistema, los cimientos sobre los que se asienta nuestra sociedad.  Sergei, en realidad,  es la muestra paradigmática del régimen de relaciones sociales y económicas en el que vivimos y, con su acción,  lo ha expresado mejor que cualquiera de los héroes contemporáneos  a los que admiramos y sobre los que se asientan los valores con los que convivimos, tales como Christine LaGarde,  Donald Trump,  Larry Fink, Rodrigo Rato, Isidre Fainé, Mario Draghi, Borja Prado,  la familia Pujol, Ana Patricia Botín, Franciso Reynés (Paco para los amigos), Florentino Pérez,  Pablo Isla, José Ignacio Galán, Jordi Gual,  Josep Oliu, y un largo etcétera de prohombres y algunas mujeres que han sacado le mejor de cada uno de nosotros para gloria y grandeza del capitalismo. 

Y es que Sergei no es ni más ni menos que un discípulo aventajado de Hayek, Friedman y Shumpeter, los tres mosqueteros  del libre mercado, oráculos infalibles  de la fe en la libertad individual  para acumular riqueza; azote de izquierdosos; inquisidores máximos  contra el control del Estado para la protección de las personas. 

Sergei ha puesto a la práctica, en cada uno de sus movimientos, exactamente  lo mismo que hizo hace pocas semanas  Donald Trump.  A saber, lanzar  unos cuanto misiles con el resultado de unos cuantos  muertos, con el objetivo de revalorizar las acciones de la empresa fabricante de los misiles, participada accionarialmente por el presidente de la nación más libre del mundo.  Después se comió un filete poco hecho, bien regado, con un buen vino californiano.

Lo mismo, o parecido,  que hace a diario  Borja Prado: ganar dinero, mucho dinero,  gracias  a la especulación y al precio al que vende la energía, a costa del bienestar de las personas.  Después de cada buena operación, o del cierre contable del mes,  se come un buen filete, poco hecho, bien regado con un exclusivo Ribera del Duero, el vino de los Papas.

Igual que Pablo Isla,  que gana dinero, mucho dinero, a costa de las condiciones de semiesclavitud en las que trabajan miles de personas  en países asiáticos y africanos, o de degradar su medioambiente de sus pueblos hasta destruir por completo su fuente de riqueza secular. Y después  se come un filete, poco hecho, con un vaso de  agua, porque en los negocios hay que mantener la cabeza fría. 

Lo mismo que Jordi Gual, o que  Josep Oliu, que se enriquecen cada año más, siempre más,  gracias, entre otras cosas, al  blanqueo de dinero procedente del narcotráfico, de la  prostitución y  del  tráfico de armas, o a invertir los ahorros de la gente trabajadora  en empresas armamentistas  cuyos directivos se enriquecen  a su vez con las guerras y la muerte de inocentes. Y después se comen un filete, bien regado, con un buen Borgoña. ¡Ah! ¡Es la banca! 

De manera que, como podemos  ver, Sergei, el hombre que colocó tres bombas  al paso  del autobús en el que viajaba nuestro compatriota Marc Bartra para especular y enriquecerse, no es otra cosa que un héroe con todas las de la ley, al que habría que  equiparar sin ningún género de  dudas  a  estos personajes, ponderando debidamente su ingenio, creatividad , riesgo y perseverancia, que como todo el mundo sabe, son los  valores básicos  de todo negocio que se precie, es decir, que enriquezca. 

Por eso es bueno que cunda su ejemplo y que, como dijo Esperanza Aguirre, nos dejemos ya de mamandurrias. Ni educar en el emprendimiento  de empresas,  ni hostias santas.  Aquí lo que cuenta es ganar dinero, sin cortapisas , sin leyes ni complejos.  Si para ello hay que llevarse por delante la vida de las personas, pues se hace. Ahí tienen, como ejemplo para la Historia,  al general Augusto Pinochet, prosélito  descomplejado de los tres mosqueteros del libremercado, amigo íntimo de Margaret Thatcher, otra de las grandes figuras de nuestra Historia contemporánea, de cuyo pensamiento -estoy seguro- tomó buena nota nuestro querido Sergei. 

Sergei  podría haber compartido perfectamente pupitre en cualquier afamada escuela de negocios (tipo ESADE)   con Martin Shikrelli.  Shikrelli  es otro héroe contemporáneo, uno de las mejores ejemplares  que ha dado el libre mercado. Es el hombre que compró la patente de un fármaco contra el SIDA y aumentó su precio un 5.000% para enriquecerse extraordinariamente, haciendo que una pastilla que salva la vida a miles de personas, pasase  de costar 13,5€ a 750 € , condenándolas  así  a la muerte segura. El diario “La Vanguardia” le dio el premio al hombre más avaricioso del mundo. En el titular  de la noticia, el Conde de Godó  no escribió  “más criminal”, ni “más inmoral”, ni “más delincuente”, ni “más hijo de puta”. Escribió “más avaricioso”, lo cual  equipara  a este  asesino de cuello blanco  al clásico amigo de la cuadrilla que nunca paga una ronda; a nuestro vecino que no saca el coche por no gastar neumático;  a nuestro frutero, que no nos fía, o a lo sumo a Ebenezer Scrooge, al tío Gilito o a Mr. Burns. Pero no a un delincuente, claro. 

Por todo ello, vistas sus cualidades, la falta de escrúpulos, la ambición desmedida, la ausencia absoluta de empatía y  su inusitada audacia, voy a organizarle  la vida a Sergei para posicionarle entre los grandes  activistas de la sociedad de libre mercado,  de la libre empresa, o del libre comercio, como se decía antiguamente. Su trayectoria le avala  y los riesgos que ha tomado bien lo merecen. Además, como no ha pecado porque se ha limitado a hacer lo que tantos otros a los que admiramos, no necesita arrepentirse de nada. Lo siento por Dostoievski. Se ha quedado sin personaje.

sábado, 22 de abril de 2017

La derecha de Kafka




Salí con toda la ilusión a dar todo lo que tenía. Había estado preparándome concienzudamente, porque era consciente de que  no iba a resultar nada sencillo  y de  que no habría ni tiempo ni  oportunidades para la improvisación.

Incluso me  aislé de todo y de todos, recluido en mi madriguera durante los días previos, con el fin de concentrar toda la energía  de mi organismo hacia un solo objetivo: pasar al otro lado, siempre pasar al otro lado, una y otra vez pasar al otro lado; devolver cada uno de los golpes y pasar al otro lado, con la precisión de un cirujano y la fuerza de un titán.

Además, estudié  exhaustivamente a mi oponente. Conocía a la perfección todos sus movimientos,  la fuerza de sus ataques, los lugares preferidos  sobre el espacio.  Llegué a memorizar cada uno de sus gestos, sobre todo los imperceptibles, aquellos mínimos detalles  que delataban su cansancio, la más inapreciable pérdida de concentración y la merma  de la confianza en sí mismo.

Sin embargo, a pesar de seguir escrupulosamente un plan perfectamente diseñado para la consecución de mis propósitos, algo falló; algo con lo que no conté, imposible de predecir.

Una y otra vez mis lanzamientos se estrellaban. La fuerza de mi brazo derecho no era suficiente  y  las pocas veces en las que lograba cargar el golpe con toda la intensidad de que era capaz, la trayectoria resultaba  imprecisa y me quedaba de este lado, siempre de este lado, mirando como un estúpido hacia el horizonte, buscando respuestas más allá de la línea, sin hallar más que el resultado de mi impotencia, sin encontrar más que  el producto de una inoperancia que se me antojaba injusta, porque me había preparado, porque había invertido los últimos años de mi vida en aprender.

De hecho, vivía exclusivamente por y para esa ocasión, porque era muy consciente de que  solo contaría con una única posibilidad. A pesar de todo,  exhausto por la lucha y desolado ante el fracaso,  consumé la decepción y decidí sentarme y asumir  mi incapacidad. Entre dos personas me auparon en volandas y, finalmente, fui desalojado.

miércoles, 5 de abril de 2017

Soberbia


A pesar de nuestra arrogancia, a pesar de las conclusiones o las meras especulaciones que leemos en innumerables estudios profusamente documentados, el punto culminante de progreso en la historia de la humanidad, a partir del cual todo ha devenido en una incontenible decadencia, fue el día en el que uno de nuestros ancestros silueteó una figura antropomórfica sobre las paredes de la caverna, sin  pretender ni sospechar que aquella imagen suya, creada en unos pocos minutos tras la penumbra primitiva del fuego, permanecería allí estampada durante miles y miles de años, muda, ausente de público y, por tanto, vacía de significado.
A partir de esa noche -porque yo estoy convencido que ocurrió en la noche- todo fue de mal en peor. Nuestra inteligencia experimentó un cambio radical en su funcionalidad y el hombre, al verse  representado, bípedo y armado, puesto en pie ante su destino, tomó conciencia de su lugar en el mundo, porque ninguna otra de las  criaturas con las que convivía era capaz de semejante hazaña. De manera que, en lo profundo de aquella oscuridad ignota, al calor de una hoguera instigadora, alcanzamos el hito más importante de toda nuestra existencia colectiva y fue entonces cuando llegamos a la conclusión de la incontestable superioridad de nuestra especie.
De hecho, aquella silueta humana era lenguaje avant la lettre, porque comunicaba a los hombres y mujeres que la contemplaban su diferencia en relación a todo los que les rodeaba, y  les hablaba con gran elocuencia y efectividad de todas sus capacidades. De algún modo, aquella simple figura desveló más misterios, abrió más interrogantes, respondió más preguntas, construyó más conciencias, abrió más caminos  y contuvo más información que todos los miles de  millones y millones de libros que en el mundo han sido.
Pudo suceder que días antes de producirse la hecatombe, aquel mismo macho, o aquella misma hembra que dibujó sobre la roca de una cueva la primera imagen impresa de un hombre,  viese reflejado su rostro sobre el río mientras bebía, mientras observaba los peces antes de lanzar el rudimentario arpón y se viese  sacudida por una  terrible turbación, miedo, estupefacción; una conmoción inexplicable solamente expresada con un gesto al que siguió, probablemente, una onomatopeya. Sin embargo, aquel rostro reflejado en el arroyo que se desdibujaba y recomponía inexplicablemente al capricho del agua, carecía de valor, porque tan solo  se trataba de un hecho indescifrable, fortuito, en el que no concursaban ni el pensamiento, ni la habilidad, ni  la voluntad humana.
Nunca, nadie, desde aquel misterioso instante, ha sido capaz de igualar semejante proeza; nunca nadie ha influido de un modo tan decisivo en el devenir de la humanidad. Hoy, decenas de miles de años después, miramos esas pictografías desde nuestra infalible y sabia civilización con los aires de  superioridad condescendiente del adulto que recompensa con un beso a un niño después de ver cómo ha dibujado a papá y a mamá.
Y la verdad es que no acabamos de entender que a partir de aquel instante irrepetible, único y determinante, no hemos hecho otra cosa que vivir durante siglos y siglos la fantasía de un progreso, el sueño de la evolución, la quimera frágil de un desarrollo que nos ha aportado un supuesto bienestar, quizá conocimiento, la posibilidad de crear y de disfrutar de la belleza y también, y sobre todo, la superpoblación de la especie, convertidos en un virus maligno dentro de una célula contaminada ya sin remisión.
Hemos alcanzado las estrellas; estamos muy cerca de poner el pie en otro planeta; vivimos más de ochenta años y viviremos todavía más; hemos dado con el secreto de la vida y ahora somos capaces de manipularla;  hemos creado máquinas inteligentes que piensan y actúan con más efectividad que muchos de nosotros; somos capaces de sobrevivir y de llegar a los lugares más remotos de la Tierra en apenas unas horas… Nada de esto hubiese sido posible sin aquel maldito primer dibujo grabado sobre la pared.
Aquellos hombres y aquellas mujeres de inteligencia extraordinaria que tomaron conciencia de sí mismos a través del lenguaje incipiente de los símbolos, eran cazadores, seres libres, esclavos solamente de su fragilidad, subyugados por la imposibilidad de protegerse del frío en la intemperie; sometidos por su inferioridad física frente a todo lo que les rodeaba. Hombres y mujeres libres, porque no se vieron obligados a vender ni su habilidad, ni su capacidad de resistencia, ni su fuerza de trabajo a nadie; porque no habían arraigado en ningún territorio y no tenían necesidad de defender propiedad ninguna, tan solo la pieza que habían cazado.

Pero aquella criatura que no caminaba como las demás  apareció una noche representada sobre la roca y entonces adquirió la identidad, la conciencia de su poder, la posibilidad de explicarse a sí mismo más allá de los hechos, independiente a los hechos; adquirió la facultad de generar consecuencias sin moverse del sitio; de crear el verbo y divorciarlo de la acción, para mentir, medrar, conseguir alianzas, señalar enemigos...
Los que lo vieron asistieron, pues, a la inauguración de una Historia ya demasiado larga en la que todavía no hemos osado impugnar aquel gesto de soberbia inteligencia. Por eso, quizás, aquella muestra excepcional de talento, al fin y al cabo no supuso más que el episodio más desdichado de nuestra existencia sobre la Tierra. Todo lo demás fue llegando solo, mera cuestión de tiempo.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Los pasos perdidos de Castrillo de la Reina ( y 2)


Viene de aquí

Los méritos del cura párroco Joseph de Langa para hacer fortuna en Castrillo de la Reina durante buena parte del siglo XVIII no fueron destacables. Solamente tenía que ejercer su ministerio con cierta autoridad, hacer valer la ley, dictada por la Santa Madre Iglesia, y rentabilizar económicamente los múltiples engaños con que los curas atemorizaban a los feligreses para  sojuzgarles y someterles.

Eso fue así en Castrillo y en toda la península ibérica durante la etapa objeto del estudio de Luis González. Casi cuatro siglos después, las cosas no han cambiado mucho, aunque ahora la Iglesia actúa de un modo más sofisticado, a través, por ejemplo, de las vergonzosas inmatriculaciones con las que los obispados de media España siguen aumentando su escandaloso patrimonio inmobiliario, robando literalmente edificios y terrenos al amparo de la ley, propiedad de otras personas o instituciones.

De hecho, hay una lectura de “Castrillo de la Reina en la Edad Moderna” que va más allá de la película de hechos y datos circunscritos estrictamente al territorio de este pequeño pueblo castellano, porque si abrimos el foco podemos hacernos una idea bastante aproximada de cómo era la vida en la mayor parte de pueblos de la España del Renacimiento tardío, del Barroco y de la Ilustración partiendo de las revelaciones de  Luis Miguel González.

Mezclo premeditadamente la terminología artística con la histórica, pues quien lea este libro verá que las gentes de Castrillo de la Reina y de la mayor parte de los pueblos españoles, hasta bien entrada la segunda mitad del siglo pasado, dispusieron de  poco tiempo para las artes y para cultivar  otra cosa que no fuese cereal, forraje y hortalizas.  Los grandes acontecimientos históricos y las etiquetas que señalan grandes extensiones de tiempo pueden llegar a describirnos colectivamente, pero a menudo la historiografía se olvida o prescinde del estudio y de la descripción de lo cotidiano en épocas extensas en las que discurrieron las horas, los días y los años de nuestros antepasados.

Y es que a través de la historia de Castrillo escrita por Luis González podemos constatar que el campo y la sierra eran realmente duros y que las condiciones de vida de sus habitantes no podían ser más que de subsistencia. La falta de salubridad y de la más mínima higiene en los hogares y en las calles eran causa segura de grandes  mortandades. Las epidemias eran habituales. Mujeres y hombres trabajaban de sol a sol, o de hielo a hielo, en las circunstancias más adversas que podamos imaginar, y buena parte del fruto de su trabajo iba a parar a los grandes señores y a las autoridades eclesiásticas.

Aun así, tal y como atestiguan los documentos que aporta Luis en su libro, las gentes de Castrillo supieron buscar alternativas al trabajo estrictamente agrícola y muchos salieron a los caminos con sus carretas para transportar todo tipo de enseres de ciudad en ciudad. Malos carreteros no debieron ser porque gracias a su buen hacer y al número de vecinos que llevaban a cabo esa actividad, la corona ordenó la exención de levas en épocas de guerra para los varones castrillenses debido a su importancia estratégica en la intendencia.

Otra de las joyas de este libro que vale la pena destacar es el gusto de su autor por el léxico no ya moribundo, sino muerto y enterrado. Luis  rescata por puro placer -quizás para leerlas despacio, nombrarlas y escuchar cómo suenan- un sinfín de vocablos pertenecientes a la cotidianidad de sus antepasados; palabras que se perdieron en el tiempo junto con los objetos o las acciones que señalaban, definían y a los que dotaban de significado. Luis se las ha  robado a la oscuridad  para extenderlas con mimo bajo la luz de nuestro siglo y dejar que brillen, igual que  extraños diamantes formados en épocas pasadas. Titos, guijas, rangos, arcaceles y bretones; cojudada; igüedos e igüedas; dispunte, muesca, mena, ramisaco, hendía y aguzo; yantar, urción, martiniega y honsadera…Pronunciar en nuestro Siglo XXI palabras como estas, rescatadas del olvido por Luis González, me produce una sensación extraña, muy sugerente, entre nostálgica y esotérica,  porque no puedo olvidar  que se utilizaban espontáneamente con mucha frecuencia sobre el mismo suelo que pisamos ahora, mucho tiempo antes de que naciesen nuestros abuelos, y mucho tiempo antes de que viniesen al mundo los abuelos de nuestros abuelos.

De algún modo, decir, hablar, brotar de la garganta esos fonemas que ya no nombran nada, es invocar la época y los lugares donde fueron pronunciados y transportar sobre el aire hasta un presente tecnificado animales, ropajes, instrumentos, herramientas, frutos de la tierra y todo tipo  de objetos dotados de un primitivismo secular, en una especie de práctica metafísica inútil, pero extraordinariamente placentera.

Luis también  nos regala en su libro un buen puñado de anécdotas liberadas de los archivos; anécdotas que tienen que ver con las relaciones humanas, con el devenir diario y común de los habitantes de Castrillo que defendían con uñas y dientes las pocas posesiones que tenían; que se traicionaban y se querían; que caían en desgracia ante una ley inclemente e injusta; que eran solidarios, que festejaban, que bebían y amaban, que cometían errores y pagaban por ellos con el exilio… Vidas, en definitiva, sometidas, con escaso margen para el goce, porque la necesidad siempre acuciaba y los privilegios de unos pocos subyugaban. Nada nuevo bajo el sol.

Y así llegamos a uno de los momentos culminantes, aquello por lo que un autor da por buenos el trabajo, el esfuerzo y el tiempo invertidos. Luis revela en el corazón de su libro la fuerza y el orgullo de un pueblo; la defensa a ultranza de sus derechos ante los poderosos; la unión de los vecinos para rebelarse contra a la injusticia; la solidez de su conciencia en la verdad de su causa y la constancia organizada a través de generaciones en la defensa  de unos derechos adquiridos, incluso a riesgo de perder la vida.

Al llegar a esos capítulos, muchos lectores entenderán, por ejemplo el origen de esa rivalidad histórica entre Salas de los Infantes ( el pueblo vecino) y Castrillo de la Reina, afortunadamente ya relegada a mera anécdota recurrente, reducida a motivo de bromas y chanzas en el bar.

Sin embargo, en mi opinión, lo más valioso de esta obra no lo encontramos en los innumerables documentos que el autor aporta, a través de los cuales reconstruye tres siglos de vida en Castrillo de la Reina. Tampoco es la ventana que Luis abre al lector a través de la cual puede vislumbrar la vida en la mayor parte de los pueblos de España durante la Edad Moderna. En mi opinión, lo más valioso se halla en una humilde y breve nota integrada en la relación de fuentes documentales que el autor ha consultado, ubicada en un apartado humilde, a las afueras del libro, que muy pocos leen. Humilde no significa inofensivo. Humilde puede ser al mismo tiempo  valiente, audaz y comprometido.

No fue premeditado. Probablemente actuó de oficio el azar. Al finalizar la lectura de la obra de Luis empecé a leer “Los pasos perdidos” de Alejo Carpentier, una novela excepcionalmente bella en la que el narrador en primera persona nos lleva de la mano en un viaje inolvidable hacia las profundidades del tiempo. Al cerrar la última página de la novela entendí, por ejemplo, que sumergirnos en el pasado hasta llegar a olvidar el presente puede cambiarnos la vida, porque el enfoque de todo lo que uno vive junto a sus contemporáneos se ve forzosamente condicionado por hechos anteriores, protagonizados por personas que en absoluto nos son ajenas.  Al mismo tiempo, esa vivencia intensa de la Historia nos proyecta hacia el futuro porque, efectivamente, nos ha cambiado, y ya nada será como estaba previsto que fuese.

Por tanto, si no respetamos el pasado, si no viajamos de vez en cuando a visitar a nuestros ancestros, si no contamos con el material y la voluntad necesarias con las que poder realizar ese viaje, nuestro futuro está hipotecado y nuestro presente se anuncia mudo, insustancial, ausente de forma y de sentido.

La nota escrita en las afueras del libro de Luis dice así:

El Ayuntamiento de Castrillo de la Reina fue pasto de las llamas en el año de 1976, como consecuencia del incendio que sufrió en la madrugada del día de San Blas, cebándose la fatalidad con la villa, aún más si cabe, durante los días siguientes al siniestro, cuando después del vaciado del edificio se depositaron en “La lindera” los restos de bienes muebles y la documentación del archivo municipal, solo dañada parcialmente, para proceder a su destrucción total en una hoguera – como si la otra no hubiese sido ya suficiente-. La tímida reivindicación de algún vecino no impidió el expurgo total. La Historia de un pueblo quedaba reducida a cenizas.

Lo dicho: humilde, valiente y comprometido, como aquellos castrillenses de la Edad Moderna, que defendieron con su vida los derechos adquiridos en el pasado.


"Castrillo de la Reina en la Edad Moderna"
Luis Miguel González González
Editorial DoSSoles
Burgos, 2016


 

martes, 21 de marzo de 2017

Diez años



Durante el velatorio de doña Leonor Acevedo -fallecida el 8 de julio de 1975 a la edad de 99 años- una señorona bonaerense se acercó al recién huérfano Jorge Luis Borges para presentarle sus condolencias. Después de expresarle lo mucho que lo sentía, añadió, ostensiblemente acongojada “¡Qué lástima, la pobre Leonor, por muy poquitito no cumplió los 100”, a lo que escritor respondió. ¡”Vaya, señora! ¡Mami nunca me dijo que usted era tan amante del sistema  decimal!” 

Esta anécdota -no sé si apócrifa o cierta- es muy útil para ilustrar el gusto o la fijación que tenemos por la redondez de los números, o por la conmemoración de toda índole cuando algo o alguien cumple una determinada cantidad de tiempo en su historia, siempre, claro está, que esa cantidad de tiempo sea equivalente a una cifra múltiplo de diez.  

También sucede con el número 5. De hecho el 5 es un número que confiere, más si cabe, una categoría superior a la celebración de aniversarios y acontecimientos. Así, por ejemplo, las efemérides relacionadas con el periodo que da cuenta de la permanente unión  a una persona en matrimonio, ostentan siempre el número 5. Plata, oro y platino. Ese es el orden equivalente a los veinticinco, cincuenta o setenta y cinco años de consorcio. 

Lo mismo ocurre con los aniversarios institucionales, patrios o históricos; empresariales, deportivos o artísticos… El cinco, su curva, esa forma barriguda y cardenalicia, jactanciosa y petulante, le asigna una función de significado pomposo y les otorga la grandilocuencia y el mérito justo  de la conmemoración por todo lo alto. Recuerdo los fastos del quinto centenario del descubrimiento, momento en el que el 5 expresó hasta el paroxismo su preminencia conmemorativa. 

Y esto es así; nadie lo cuestiona, a pesar de que  ni ese gusto por lo decimal ni la preponderancia del cinco  en los hábitos celebratorios hablen de la cualidad de los años que han trascurrido hasta la fecha señalada. Porque uno puede conmemorar 25 años casado  junto a un ser despreciable y haber vivido en ellos las peores experiencias imaginables. Una empresa puede haber cumplido 75 años de actividad, dejando tras de sí un rastro trágico de explotación humana y degradación medioambiental. Un país puede celebrar cinco siglos de existencia, pero no camuflar la iniquidad, el genocidio y la esclavitud con la que sometió a millones de hombres y mujeres por el bien del imperio a lo largo de esos quinientos años. 

Quizás nuestra fijación por el diez provenga del conocimiento pitagórico, para quien esa cifra  era la totalidad, lo completo, un número nuevo surgido de la unión del cero  y de la unidad, capaz de reproducirse infinitamente.Yo  he conocido estos detalles numerológicos hoy, después de recordar que el próximo día 26 de Marzo este blog cumple sus primeros diez años y, después de decidir si valía la pena pregonarlo y celebrarlo, aunque mi primera intención era escribir sobre ello sin conocer las causas de nuestra fijación por el sistema decimal. En este sentido, quizá, aquella señorona bonaerense conocía el insondable  secreto pitagórico de la multiplicación infinita que encierra el número diez, de ahí que se sintiese apenada porque su amiga Doña Leonor no hubiese cumplido los cien ya que, de ese modo, en virtud de los superpoderes decimales, podría haber seguido visitándola en su apartamento de la Calle Maipú durante otro buen puñado de años. 

Por mi parte se me antoja que, tratándose de celebraciones, es más sugerente acudir a los números bíblicos, como el seis o el humilde siete, ya olvidados por las multitudes. O a los números de la Cábala, los llamados arcanos mayores, que van del 1 al 22 y  que nos pueden regalar  un significado diferente en cualquier momento de nuestra existencia.

Así,  por ejemplo, según la sabiduría hebrea, el 4 es la materia, la tierra, el fuego;  el 13 es la muerte, la transmutación; el 19 el sexo y la potencia y el 22 es mi número, el regreso. Porque ahí empezó todo, con el regreso de una voz que volvía de los muertos, para vivir las vidas que quise vivir, pero que no existían. 

Sin embargo, a pesar de mi identificación con el número 22, no me puedo permitir la desvergüenza de  esperar doce años más para agradecer la paciencia que todos vosotros tenéis conmigo; para agradeceros a todos los que de vez en cuando pasáis por aquí, a los que seguís  fielmente  mis obsesiones, mis inquietudes, mis frustraciones,  mis filias y mis fobias, y sobre todo, a los que soportáis estoicamente las vanidades de mi insoportable pedantería.

Por todo ello, solamente aspiro a ofreceros alguna frase y alguna historia con la que poder justificar las 469 entradas que he redactado durante  estos últimos diez años de mi tercera vida, para que al menos, en todo ese espacio de tiempo, halléis un rastro insignificante de honestidad y una pizca de humilde literatura.

¡Un abrazo fuerte a todos!

lunes, 13 de marzo de 2017

La patria va al chino



La capacidad del capitalismo para asimilar todo tipo de tendencias, objetos o ideas en beneficio del negocio  es ilimitada. El capitalismo incluso ha sido capaz de reconvertir las figuras icónicas de su sistema  enemigo  en una interesante  fuente  de  ingresos. 

Mao, el Che, la hoz y el martillo, la estrella  roja, las siglas que nombraban el país de los soviets, la A mayúscula rodeada de un círculo, y hasta la ínclita papada del mismísimo Brezhnev han funcionado y funcionan durante la postmodernidad como reclamos publicitarios, libres de propiedad intelectual, y por tanto son de uso discrecional.  

Los iconos y símbolos del socialismo y del ideal libertario  se han transformado, desde hace ya un par de décadas, en signos  cuyo significante es el contrario  a su propia naturaleza. Han cambiado de campo semántico. Se han vaciado de toda su esencia ideológica. La rebeldía que pregonan tiene que ver con una insurrección de libremercado, con la moda y el consumo. Sirven para dar cobertura a pretendidas  identidades rebeldes, auspiciadas por un simple y llano afán de lucro. 

El valor de la mirada del Ernesto 'Che' Guevara hacia la utopía que captó el fotógrafo Alberto Korda ya ni siquiera es político,  sociológico o ideológico, sino el  de las ventas que propician.  Debido a  no se sabe bien qué tipo de extraños vínculos, El Che y el recuerdo de su rostro  ha pasado de simbolizar la esperanza  en un ideal de justicia, a ser  compañera de José Monge, Camarón de la Isla, en colgantes de oro macizo; a decorar el parachoques trasero de los coches a modo de pegatina, o formando parte del estampado de unas zapatillas deportivas. 

Esas imágenes  cargadas de valor  histórico -años antes de su vaciado semántico, anteriormente a su banalización y posterior transformación comercial- desempeñaban de algún modo,  en su contexto  original, el cometido de  una bandera, pero con una salvedad: no representaban ni expresaban la pertenencia o el amor hacia esa organización tramposa de la Historia que conocemos como nación. Reflejaban la idea contraria, la idea de la emancipación de los pueblos, la idea de la unión universal de los hombres y mujeres del mundo en pos de la libertad y de la justicia social. 

En estos tiempos de ínfulas identitarias y de pasión desaforada  por los símbolos colectivos más emocionales,  uno se siente apabullado ante la estupidez y la  irracionalidad de las  demostraciones colectivas e individuales  de  amor  irredento  que propician las banderas a uno  y otro lado. 

Parece como si durante la mayor parte del pasado siglo, en  España no hubiésemos  ingerido suficientes  dosis  de  bandera, como para que ahora tengamos que  transformar los balcones en mástiles permanentes de nuestro sentido patrio, señal inequívoca de nuestra voluntad identitaria y de nuestro apoyo a la causa. ( ¡Cuánta nostalgia de balcones con sábanas al viento secándose bajo la luz del sol! )

Después de la peor de las dictaduras nacionalistas que se vivieron en Europa,  ahora  mantenemos  izada la bandera nacional más grande del continente en la plaza que lleva otro  nombre  icónico, símbolo ya eterno de nuestra capacidad para la invasión de territorios ajenos. Por no hablar de la relación de la religión católica con las banderas. Nadie parece darse cuenta, y si lo perciben, les debe parecer bien:  estamos viviendo un nuevo auge nacionalcatólico  con el apoyo entusiasta de muchos millones de españoles y catalanes. 

No hay iglesia que se  precie de serlo que no  engalane  sus torres, sus  altares y sus santos con rutilantes banderas rojas y gualdas, (con ocho o con tres barras, tanto da ). La bandera es la protagonista en las procesiones de  Semana Santa. En las iglesias se cantan himnos a las banderas. No hay obispado que  no oficie puntualmente la misa solemne en honor a la patria y su santo patrón  ¡Pero cuánto y de qué manera  les ha  gustado siempre a los próceres de la Iglesia enarbolar banderas y apropiarse o promover  los sentimientos  de identidad  nacional de la gente! ¡Ah, la Iglesia! ¡Qué tíos más listos! ¡Siempre junto a la patria! ¡Nunca con la gente!

Las banderas  protagonizan  también los deportes. ¡Pobre del deportista que no enarbole la preceptiva bandera cuando obtiene un triunfo, o  pobre de aquel que dé la vuelta de honor con la enseña equivocada!.  Al fútbol, por supuesto, es necesario llevar  la bandera, aunque el ochenta por ciento de  las plantillas  sea originario de otros países... 

Las  flores  hay que atarlas  con cinta de bandera. Las etiquetas de los regalos tienen  que lucir una bandera.  Las mesas de cualquier acto público hay que cubrirlas con la bandera. El balcón de la presidencia de una corrida de toros tiene que estar bien ataviado de su correspondiente bandera.  Las calles de cualquier pueblo en  fiesta mayor deben estar obligadamente ornamentadas con cientos de pequeñas banderas. A los conciertos de rock hay que llevar la bandera. El cantante del momento no tiene más que blandir  una  bandera en sus actuaciones para meterse al público en el bolsillo. La bandera es la protagonista en Sant Jordi, el día del libro y del amor.  

Como diría el bueno de  Rubianes,  estoy hasta los huevos de la banderas, me cago en las banderas, en  las putas banderas; que se metan las banderas por el culo, que se limpien los mocos con las banderas, que se limpien las ladillas de los  cojones con las banderas y que tiren la de una puta vez las banderas a tomar por el culo. ¡Joder, ya, con las banderas! 

Sin embargo, a pesar de todo este resurgimiento del estandarte, del sentimiento nacional y del camino de necedad  compartida que hace ya tiempo que transitamos, todavía albergo alguna esperanza para que algo cambie. Porque del mismo modo que el capitalismo  ha asimilado y  ha neutralizado globalmente  la simbología  revolucionaria, lo mismo ha hecho con algunas banderas que no son sospechosas ni de radicalismos anticapitalistas ni de vínculos libertarios. Más bien todo lo contrario. Y no  podría ser de otro modo.

Porque ¿Quién no ha lucido en el  calor del verano unas auténticas chanclas brasileras? ¿Quién de los que les gusta navegar no luce la bandera noruega en su ropa de marca?¿Quién no ha ido alguna vez a IKEA y ha salido con una bandera sueca como regalo promocional?  ¿Quién  no ha presumido alguna vez en su vida, con  la celebérrima Union Jack integrada en  alguna prenda de ropa, en la funda de su teléfono móvil, o una carpeta de apuntes? ¿Y la vieja bandera confederada,   que ostentan con orgullo  los moteros y roqueros  de medio planeta, reclamo también de hamburgueserías y restaurantes , sin que les importe a clientes o motoristas sus orígenes racista y kukluxkanesko? 

En este sentido, si hay  que poner un ejemplo, en justicia, habría  que colocar en  primer lugar la bandera de los Estados Unidos de América. Posiblemente  no haya  país con un sentido  patriótico más acentuado  entre sus ciudadanos. Al mismo tiempo,  posiblemente  no  exista  bandera que más usos comerciales pueda haber generado. Cualquier objeto susceptible de venta puede lucir  la popularísima Stars and Stripes.  Es decir:  todo. Y cualquier objeto que la incorpore adquiere,  por sí mismo,  los valores más atractivos de la cultura estadounidense. Es  el paradigma de la estrategia  de colonialismo  cultural más eficaz jamás conocido.

El más español entre los españoles o el más catalán entre los catalanes lucen o  han lucido  ufanos, en algún momento de sus vidas, sin  reparo alguno, esa bandera , obviando  que ese hecho les convierte y constata su pertenencia al imperio y les hace menos españoles y menos catalanes de lo que ellos creen ser. 

Quizá, por eso, al advertir el poder patriótico que contiene la funcionalidad comercial de las banderas, aquí , en Cataluña y en España, no nos hemos  parado en barras, y hemos hecho nuestros pinitos.  Los periódicos regalan banderas; los coches lucen banderas; hay  zapatillas, albornoces, camisetas, gorros, tazas, cazos, sartenes, calcetines, bragas, calzoncillos, suéteres, camisas, corbatas, pijamas, abrelatas con las banderas patrias  amarillas y rojas.  

Sacacorchos, pañuelos y preservativos; juegos del parchís y de la oca; botiquines de primeros auxilios a los que se les han borrado  la cruz creyendo que era la bandera suiza y han sido  repintados  con las preceptivas bandas rojigualdas... Tanto es así que los bazares orientales que proliferan por toda nuestra geografía han hecho el agosto vendiendo banderas de nuestras patrias  fabricadas en China, lo cual debería figurar en algún nuevo  libro de los records de la estupidez colectiva. 

Mucho me temo, sin embargo,  que estamos todavía  muy lejos de  normalizar la ostentación de  nuestras banderas de tal manera que permita a quien las luzca  obviar todo significado patriótico o de pertenencia al espacio geopolítico que representan, y que  esa  liposucción  de grasa identitaria  ayude a  transformarlas en mero capricho comercial o de consumo.

En nuestro mundo del pensamiento único y del capital ese  sería el mejor uso al que debería aspirar una bandera. La prueba sociológica irrefutable para comprobar esa normalización,  consistiría en fabricar y poner a la venta escobillas para el limpiar el retrete y rollos de  papel higiénico seductoramente  ilustrados con los colores de nuestras banderas.  Soy consciente de que todavía estamos lejos de conseguirlo, porque los norteamericanos todavía no se han atrevido. El día en que eso suceda, el mundo será un poco mejor. Mientras tanto, seguiré  mirando hacia el horizonte que vislumbró el Che.