lunes, 27 de agosto de 2012

La maldición de Josep Pla (y 3)


La verdad, una vez vacunado y debidamente inmunizado contra la maldición de Josep Pla, no es que me queden muchas ganas de cumplir con mi compromiso público de la entrada anterior . De hecho, no escribir esta última entrada dedicada a “El quadern gris” supondría un homenaje a su autor, porque contradiría mis deseos de hace tan solo unos días. Supondría también una traición parecida a las que perpetró el genial empordanés, sobre todo para conmigo mismo. Aunque bien mirado, y en justicia, lo único que nunca traicionó Pla fue su compromiso con la literatura, con las letras. Su cuerpo y su alma, a falta de otros placeres, a falta de una garantía de salvación eterna, a falta de amor y del perdón de los pecados, juraron fidelidad y dedicación exclusiva, hasta más allá de la muerte, para con el solitario y esforzado arte/oficio de escribir.

Hasta el punto de que, siendo apenas un mocoso, tal y como se desvela en su obra más conocida, diseñó su vida en función del cumplimiento de su ambición, de sus objetivos; una estrategia con la que bien temprano empezó a cosechar éxitos y que a la postre le resultaría tan efectiva y eficaz que le reportó un hueco en el Parnaso.

Mi nariz de perro perdiguero, que nunca ha salido de la caseta del jardín, me dice que fue el mismísimo Eugeni d’Ors quien le inspiró la manera de pergeñar su carrera; un Eugeni d’Ors de quien, por cierto, reniega en las primeras páginas de “El quadern gris”, pues no era de su gusto la artificiosidad artística de sus piezas periodísticas. No obstante, al año siguiente, Xènius será para Pla la luz que ilumine el camino. En 1919 Pla escribe sobre d’Ors: “ És un home cada dia dominat per la seva màscara- una màscara aparentment accesible; de fet diabòlicament hermética.” (És un hombre cada dia dominado por su máscara- una máscara aparentemente accesible; de hecho diabólicamente hermética). Pla, que las cogía al vuelo sentado en los sillones de las tertulias del Ateneo, observaba a distancia prudencial la gran admiración que todo el mundo profesaba a Eugeni d’Ors y, viéndolo, aspiraba a ganarse la vida como él, escribiendo, a ser convenientemente honorado, y de paso, a  vivir como un rey. Así es que, una tarde del otoño barcelonés decidió que, a imagen y semejanza del benplentat, dibujaría para sí su propio personaje y llevaría a cabo el siguiente plan, comprendido en siete fases:

-Fase 1: Aprender a escribir, siguiendo los consejos de Alexandre Plana.
-Fase 2: Introducirse en los círculos de influencia de la burguesía barcelonesa.
-Fase 3: No desatender jamás los deseos de los poderosos y no contradecir nunca a los opinadores, voceros, articulistas y artistas bendecidos por el poder.
-Fase 4: Hacer a diario acto de fe de pertenencia a la burguesía más conservadora y reaccionaria, disimulando extremos y vehemencias cuando las circunstancias así lo exijan. En paralelo, y en consecuencia, ostentar siempre que sea menester, beligerancia indudable contra cualquier movimiento, ideología, o actividad susceptible de conculcar el orden burgués establecido.
-Fase 5: Diferenciarse. Crear una marca propia que ofrezca lo que nadie ha ofrecido. Para lo cual será necesario el diseño de un personaje perfectamente identificable cuya silueta sea alumbrada por un áurea diametralmente opuesta a la luz de sofisticación con la que se iluminó Eugeni d’Ors.
-Fase 6: Alejarse siempre y en todo lugar de los pobres. Mantener para con esa lacra social una distancia de seguridad. Siempre que se respete esa distancia, a veces, si conviene, se puede hablar de ellos.
-Fase 7: Cultivar hasta la extenuación un estilo propio, una literatura de alta calidad, con el fin de "conseguir alguna forma de belleza", buena vida, honores, querencias y la inmortalidad, y, por qué no, para que el respetable remilgado, con reparos y prejuicios éticos o ideológicos obvie el contenido y las consecuencias originadas instantes después de que se  pongan en práctica la media docena de preceptos anteriores, y termine así el lector por convertir en aceite su obra literaria por encima del agua de sus perversidades.

Dicho lo cual, y con el objetivo de dotar de cierto rigor esta insostenible hipótesis, nada mejor que utilizar su misma obra para consignar lo que algunos, ya entonces, en los primeros años de su andadura, pensaban sobre él: “Josep Mª de Sagarra m’ha dit a mi mateix que jo soc un home fals” (Josep Mª de Sagarra me ha dicho a mi mismo que yo soy un hombre falso).



Y claro: después de 15 días de lectura apasionada, de arrastrar como si fuese un Sísifo el pesado volumen de “El quadern gris” a través de los bares más cutres de la Costa Dorada, de invertir media Moleskine (al precio que van) y de restallar mi látigo ignorante durante casi 20 folios a doble espacio… después de todo eso, alguien dirá, y con razón, que algo habrá en lo dicho de exageración premeditada, juicio sumarísimo, o lectura desviada, porque de literatura bien poco he escrito.

Alguna cosa sí he dicho, pero debe de haber tanto y tan bueno al respecto que me produce vértigo y pudor ponerme a hacer crítica en el más academicista sentido de la palabra, o ni tan siquiera simular que puedo aportar algo nuevo, diferente y con el mínimo rigor. Se me ha ocurrido que podría transcribir algunas citas, reproducir, por ejemplo, las lecciones de literatura, sus reflexiones alrededor del hecho literario, una brevísima antología de sus más bellas y certeras descripciones, comentar alguna historia narrada con mano maestra, o podría, incluso, hablar largamente de Roldós, el pianista del cine de Palafrugell, un personaje que me ha robado el corazón, compañero de Pla -silencioso, melancólico, transparente- en algunos de su paseos, que muere pobre, solo y olvidado, y al que le tengo prometido en mis sueños de autor el intento de una novela épica, de las que hace algunos años echaba de menos Mendoza.

Y podría -igual que los mil títulos potenciales que hubiesen encabezado estos tres capítulos- podría haber escogido mil temas diferentes, porque es asombrosa la riqueza de este filón literario que permanece ya eternamente a cielo abierto, sin protección, al capricho y la intemperie de los vientos.

Como yo voy por libre, y no le debo nada a nadie, y escribo y pienso y leo por placer, por la necesidad de escribir, de leer y de pensar, y además, nací sin vergüenza y hace mucho tiempo que me deshice del sentido del ridículo, quiero decir aquí, en mi casa, bajo las estrellas del cielo Mediterráneo, que leyendo a Pla me he acordado mucho de Juan Marsé, cuando, el día 23 de junio de 1918 describe el ambiente de la verbena de Sant Joan en Palamós. Y que  no pude quitarme de la cabeza a Marsé cada vez que leía descripciones en las que la luz era la protagonista; y que se me vinieron a la memoria “Últimas tardes con Teresa”, “La oscura historia de la prima Montse”, y “Ronda del Guinardó” cuando leí en “El quadern gris”, este pequeño párrafo sobre Barcelona:



“Hi havia llums crispades, llums mòrbides, llums molt tristes, llums que es veía que tenien una alegría fictícia…i moltes clases de llums que floten, incertes i foses per la meva memoria d’aquells dies morts” (Había luces crispadas, luces mórbidas, luces muy tristes, luces que se veía que tenían una alegría ficticia… y muchas clases de luces que flotan, inciertas y fundidas por mi memoria de aquellos días muertos)

Estoy convencido que tamaña barbaridad solo puede ser achacada a los efectos secundarios del antídoto. Consultaré a mi hechicero



VOCABULARIO BÁSICO DE “EL QUADERN GRIS”
(Sin orden ni concierto -lo contrario a como cuidaba la Senyora Maria su casa- tal y como llegan a mi cabeza, todavía convaleciente)



Cafarnaüm (Cafarnaún)
Fatxenda (Fantasma, como adjetivo, en el sentido actual del término)
Deliqüescent (Delicuescente)
Indefectible (Indefectible)
Dona (mujer)
Palafrugell
Ateneu
Grip (Gripe)
Noucentisme
Sofregit (Sofrito)
Arròs (Arroz)
Alcohol
Tertúlia
Llum (Luz)
Vent (Viento. Aquí entran todos los vientos que soplan sobre l’Empordà)
Xènius
Resopor (Sin traducción. Cena durante o después de la juerga nocturna)
Joaquim Borralleras
La senyora Maria (La señora María)
Universitat (Universidad)
Baroja
Guerra
Suro (corcho)
Diners (dinero)
Cafè, copa i Fària.
Llit (cama)
Bordell (burdel)
Mar
Pescadors (Pescadores)
Pagessos (Agricultores, granjeros)
Alexandre Plana
Pensió (Pensión)
Empordà
Barcelona
Francòfils (Francófilos)
Germanòfils (Germanòfils)
Literatura
Burgesia
Mas (Masía)
Fum (Humo, mucho humo, todo lleno de humo, a todas horas humo, siempre humo, como una niebla, como el velo de un ojo anciano)

lunes, 20 de agosto de 2012

La maldición de Josep Pla (2)


Ya está, ya he leído “El quadern gris” y lo que en principio parecía una caída vertiginosa hacia el centro de una espiral magnética, ahora, una vez finalizado el libro, se ha convertido en una completa y absoluta liberación.

El mejor remedio contra cualquier mal suele consistir en una dosis milimétrica de la esencia de ese mismo mal inoculada en el organismo. Según algunas interesantísimas entradas publicadas en la imprescindible “Enciclopedia universal de la magia negra”, editada primorosamente en la ciudad de Blowing Town (Baja Sajonia) por la editorial “Alpha-Centauris”, en lo concerniente a maldiciones, males de ojo, hechizos de amor, de luna, artes de brujería, envenenamientos y encantamientos de diversa índole, el método más efectivo funciona de manera similar a una vulgar vacuna. Parecería un insulto a la inteligencia explicar un procedimiento y sus efectos, responsables en gran medida de la escalada sorprendente en la curva demográfica desde el siglo XVIII a esta parte. Yo mismo, y usted, y sus familiares y amigos hubiesen perecido hace ya unos cuantos años a manos, por ejemplo, del tétanos, de la varicela, de las paperas, de la rubeola, del sarampión e incluso a manos de la irrisoria gripe, una enfermedad mortal hasta hace bien poco (a principios del siglo XX) se llevó por delante millones de vidas en toda Europa, sin distinguir clases, edades ni sexos: una gripe absolutamente democrática.

Debido a los estragos, la Universidad de Barcelona cerró las puertas en el invierno de 1918, y no las abrió de nuevo hasta el año siguiente, lo cual permitió a joven Josep Pla volver a su tierra, l’Empordà, e iniciar la redacción de su “Quadern gris”. Pla contaba con 20 años recién cumplidos. Tan solo le restaba uno para licenciarse como abogado, profesión que nunca ejercería y que nunca tuvo intención de ejercer, porque si algo tenía claro era su dedicación profesional a la literatura, a costa de lo que fuese, y ya sabemos lo que opinaba de los fracasos y de los fracasados. Es entonces cuando se fragua la conocida y no por ello menos temida maldición de Josep Pla, planificada fría y calculadamente a lo largo de cuatro décadas por la mano y la mente maestra del faraón catalán.

Un faraón, como todo el mundo sabe, es ese tipo que se pintaba los ojos como Sara Montiel, extremadamente poderoso, eternamente adolescente, responsable de grandes maravillas a costa de colosales sufrimientos ajenos, quien, durante su vida, solía invertir gran parte de su tiempo y el de su súbditos más aventajados en pensar la mejor manera de garantizar la calma y el sosiego de su vida extraterrenal a base de una cuidadosa y meticulosa preparación de la maldición más dañina jamás conocida, la de la momia, la cual, previo estrangulamiento a dos manos, absorbía con el último halo el alma de la víctima -que había destinado su vida a su búsqueda- con el fin de deshacerse del aparatoso e incómodo embalsamamiento y cobrar así la carnalidad exigida con la que acometer las vicisitudes de una nueva vida, es decir, 1000 nuevas páginas, si fuesen menester para con la paz y el restablecimiento del orden y del status quo en caso de que éste hubiese sido conculcado, pervertido o sometido a revolución.

Sin embargo, por mucho que le hubiese parecido una idea de lo más conveniente, Pla no fue enterrado en una pirámide; ni siquiera en una meritoria mastaba. De hecho, tanto en la vida como en la muerte, Hunos y Otros le negaron halagos, homenajes, reconocimientos  y honores. A Pla no le quiso nadie porque él nunca quiso a nadie. Dicho en castizo paladino: a Pla no le quisieron ni las putas, a las que pagaba para que le quisieran. Pla utilizó a las personas que se encontraron en su camino para convertir en realidad sus ambiciones literarias y cosmopolitas, de la misma manera que algunas de ellas le utilizarían a él. Pero cuando Pla escribe, Pla es grande. Porque Josep Pla embellece lo pequeño, lo engrandece, lo convierte en esencial, en objeto admirable. Pla enaltece lo vulgar, sin convertirlo en símbolo, ni siquiera en metáfora. Lo hace por el puro placer estético de describir, de exigirle a la lengua lo que a sus predecesores y a sus coetáneos les había negado. Para ello se devana la sesera a la búsqueda de los adjetivos que vistan más adecuadamente al sustantivo sin perder nunca la norma de la claridad. Creo que su magnetismo literario radica precisamente en su estilo, en su manera de explicar, de narrar, de reflexionar, que quiere acercarse a su admirado Montaigne. Parte siempre de un suceso cotidiano y a partir de él despliega todo lo que le sugiere. A menudo intercala breves aforismos que tienen o no tienen que ver con lo que trata. Todo en su conjunto, chafarderías de pueblo incluidas, teje una red como las que utilizan sus paisanos, que atrapa al lector como a un 'lluç de palangre', o como si hubiese sido invitado a café, copa y puro después de una copiosa comida, en la tertulia de uno de los cafés de Palafrugell, y envueltos en la tamósfera cargada de humo, olores rancios, en el centro más ruidoso de las voces de los parroquianos, se apareciese, como por encantos del lenguaje, la noche encendida de la bahía de Palamós, con los candiles temblones que marcan la pendiente de la colina poblada, desde el punto de vista de un bergantín fondeado frente a la costa.

Aunque en realidad, las tertulias que de verdad le interesaban a Pla, eran las del Ateneo barcelonés, codo con codo junto a Xènius, Sagarra, Pompeu Fabra, Junoy, Trias de Bes, Rahola, Cambó, su valedor Borrallera, etc, etc… la flor y nata de los altavoces, mensajeros y correveidiles de la todopoderosa burguesía catalana, el lugar donde él buscó su hueco con denuedo, sumo interés y hasta, yo diría, con pérdida importante de su dignidad; el lugar donde redimió su procedencia menestral, hijo de un comerciante de tapones de corcho, que no trabajó hasta que le enchufaron en un periódico, a la edad de 22 años.

Probablemente, Pla y su literatura sean el resultado de la suma  de una vocación temprana, del esfuerzo titánico por deshacerse del floripondio engolado, muy en boga en el catalán de la época, y de la alerta permanente para no acabar sometido a los fríos dictados noucentistes. No soy ningún experto, pero me atrevo a seguir a todos los que sí saben, cuando afirman que Josep Pla fue el auténtico renovador de la prosa catalana en el siglo XX. Sin embargo, el lector medianamente sincero no puede dejar de percibir en “El quadern gris”, a un hombre extremadamente contradictorio, huraño, a un fabuloso egoísta, un retrógrado, conservador contumaz y reaccionario hasta la médula, quien se atreve a decir en un intervalo de unas pocas páginas, por ejemplo: “El to general del quadern és crític, i donada la mentalitat imperant, potser de vegades subveresiu “ (El tono general del quadern es crítico, y dada la mentalidad imperante, es posible que a veces subversivo). “Jo no soc un producte del meu temps: soc un producte contra el meu temps” (Yo no soy un producto de mi tiempo: soy un producto contra mi tiempo). Un poco más adelante, y por primera vez en toda la obra, Pla habla de los pobres en Barcelona. Dice lo siguiente: “És literalment depriment veure fins a quin punt HAN arribat a convertir aquest món en la quinta essència del que és desagradable” (Es literalemente deprimente ver hasta qué punto HAN llegado a convertir este mundo en la quinta esencia de lo que es desgradable. Las mayúsculas son mías). Después de escribir estas palabras, sin mediar día, o tema de transición, Pla dedica una página entera a expresar su preocupación por su vestimenta, ya que opina que no es suficientemente elegante como para relacionarse en los círculos en los que alterna. A continuación, suelta la ráfaga siguiente: “L’aigua del mar lliure, és horrible (El agua del mar libre, es horrible). “Socialment parlant, la llibertat ha de tenir un límit. Dubto que aquesta llibertat d’avui pugui durar” (Socialmente hablando, la libertad tiene que tener un límite. Dudo que esta libertad de hoy pueda durar). Y ya, para  desconcierto descacharrante del respetable, ésta última, con la que puse fin a mi Moleskine y casi a mi capacidad de asombro: “Hem de ser progresistes, cada dia més progressistes, encara que aquestes idees ens portin a cada moment a posar totes les nostres succesives esperances en les successives criatures de bolquers” (Tenemos que ser progresistas, cada día más progresistas, aunque estas ideas nos lleven a cada momento a poner todas nuestras sucesivas esperanzas en la sucesivas criaturas de pañales).

En el siguiente y último capítulo dedicado a Pla, intentaré explicar mi teoría al respecto de cómo planificó su calculado asalto a la celebridad. Y quizá, si tengo espacio, cite algunos párrafos maravillosos, de gran belleza, uno de los motivos por los cuales caí en su maldición.

miércoles, 15 de agosto de 2012

La maldición de Josep Pla (1)


Podría haber titulado esta entrada de mil maneras, que corresponderían a las mil caras, todas y cada una de ellas contradictorias entre sí, con las que se definiría a sí mismo su protagonista. Podría haber titulado “Pla, ese hombre” y quedarme tan pancho. Tirando del hilo de mi valentía hacia con el muerto -que difícilmente va a contar con la oportunidad de contradecirme- podría haber llegado a titular “Pla, ese burgués”, “Pla, un Hidalgo del Empordà” o “Pla en el país de las maravillas”, por su más que dudosa atracción hacia la niña del faro de Palafrugell”.

Otro buen título podría haber sido “La cama de Josep Pla”, al que renuncié porque siempre estuvo vacía, y la cosa se hubiese acabado en este párrafo. (Con el fin de ejercitarme malamente en las mañas descriptivas que utilizó magistralmente el mismo autor, podría decir que las camas sobre las que Josep Pla vertió sus ambiciones literarias se podrían definir en términos contemporáneos como camas monoparentales, y en términos clásicos, como los tres o cuatro lechos de Onan. Me refiero a las propias. El tibio y fragante tálamo de los burdeles que frecuentó a ambos lados de la Tramuntana no cuenta. No revelo nada nuevo, y a quien me acuse de arrastrar su insigne nombre por el barro del sensacionalismo pornográfico propio dela telebasura, diré que la frialdad y el desequilibrio de peso y lado en el cincuenta por ciento de la superficie de las sábanas en las que durmió es un hecho fundamental en la vida y en la obra del genial empurdanés, que podría haber sido otra de haber encontrado una mujer que le quisiese como a un hombre en el fuego de los inicios, y después, más tarde, a través de los años de convivencia, como a un hermano. Esa, al menos, es su teoría del amor.)

Y qué se yo, podría haber titulado también “Amigo y traidor”, “Oficial y Caballero; “Donde dije digo, digo diego”. “A mi plin, yo duermo en Pikolín”, “ El espía que jamás amó”… y así hasta llegar a las mil maneras de sinterizar con pocas palaras la figura de un escritor como la copa de un pino del que transporto física, espiritual y mentalmente este verano, allá a donde voy, con gran sufrimiento para mis riñones, su voluminoso “Quadern gris” (Cuaderno gris), pues cuando me dirijo en bicicleta, orillando mi trocito veraniego de Mediterráneo, ya sople el Garbí, el Xaloc o el Mestral, al bar donde suelo leer, las esquinas de las tapas duras se me clavan en los riñones a través del delgadísimo nylon de la mochila. Y es que, incluso en los momentos en los que no lo leo, no hay nada de lo que diga, piense, vea o reflexione durante la canícula de este mes de Agosto que me impida  relacionarlo con lo que escribe el ínclito Pla en esa obra ya clásica de la literatura, digamos, ibérica, aunque a él, por seguir cultivando su falsa humildad y su impostura filopagessa, seguramente hubiese definido como “Una obra humil del meu petit país, de l’Empordà” . (Una obra humilde de mi pequeño país, del Empordà) (el entrecomillado es estrictamente mío)

Por eso, o no sé si por eso, pero en cualquier caso, con “El quadern gris” y con su autor, me siento un poco como los descubridores que desenterraron a los antiguos faraones.

Desde que tengo uso de razón he oído hablar de Josep Pla. Soy de la generación de la tele en blanco y negro unicanal que veía y escuchaba en silencio, sin de decir ni mu, al calor tóxico de la catalítica, las entrevistas de Joaquín Soler Serrano, mientras nuestros padres atendían embobados a dos tipos que hablaban de cosas que tenían pinta de ser importantes, aunque lo que dijesen no les importase medio cuerno. Una de esas veladas en blanco y negro, apareció un tipo con boina, vestido con americana de pana negra, más viejo que mi abuelo, babeando solapas abajo y fumando ideales, al que el entrevistador llamaba “Maestro”, y al que interrogaba con tal devoción y respeto que pensé que era un familiar de Franco sacado del hórreo de servicio del Pazo de Meirás.

A partir de ese día, Josep Pla, se convirtió para mí en algo más que un tipo huraño y excéntrico, disfrazado de agricultor bellotero que va a misa, y que no podía apagar, ni ocultar -por mucho que quisiese seguir cultivando lo único que cultivó en su vida, la impostura vital con la que se cosió su coraza- la chispa de satisfacción de sus ojos, al verse en un plató de televisión consciente el “tímido descomunal” (enésimo posible título), de que le estaba viendo media España. Ese día, Josep Pla se me quedó gravado en mi apenas estrenada memoria como un tipo raro que no hacía lo que reflejaba su aspecto y que escribía cosas interesantes, diferentes, dichas de una manera especial y al que algún día debería de descubrir.

Desde entonces han tenido que pasar cerca de 35 años para que yo afronte una cara a cara con la momia de Pla y sus misteriosos poderes. Estos son, poco más o menos, los mismos años que tenía el “Maestro del adjetivo” (otro buen título) cuando pasó a entrar al servicio de inteligencia franquista en París durante la postguerra española y la Segunda Guerra Mundial.

La edición que leo de “El quadern gris” contiene cerca de 800 páginas con una tipografía más bien pequeña. Es la especial de bolsillo en tapas duras que ha editado “Destino” a un precio más que razonable. No sé si vale la pena decirlo, pero en cualquier caso lo hago: “El quadern gris” es un dietario de juventud, reescrito más tarde por el autor, en el que se suceden sus vicisitudes, impresiones, anécdotas, y reflexiones de todo tipo los días transcurridos durante los años 1918 y 1919.

Hoy, una noche más, lo tengo ante mí. Me  hago fuerte para no escuchar el ulular agudo de sus invocaciones, para dejar de escribir y no volver hacia él. Pensé que un gin tonic generoso de hielo, con una rodajita de limón, servido en copa balón, unido al silencio de la noche y al olor penetrante del jazmín serían los ingredientes adecuados para el antídoto perfecto. Pero todo intento es inútil. No me queda más remedio que reconocer y asumir que he caído en su hechizo, y que soy víctima de la “Maldición de Pla”, el título por el que decido encabezar esta entrada que contendrá, no sé todavía, si uno o dos capítulos más.

La marca de lectura se encuentra ahora en la página 452. No voy a tardar en llegar hasta el final, de manera que en muy pocos días, daré buena cuenta de los síntomas y de mi estado general de salud, aunque viniendo de Josep Pla, y a la vista de como actúa el libro sobre mi pobre cabecita, es posible que, o bien no diga toda la verdad, que la diga a medias, o que una línea sea suficiente para me amen “for ever” y a la siguiente deseen fusilarme.

Para abrir boca dejaré esta perla, extraída del texto con forceps, que en mi opinión dibuja, o mejor, delata, en menos de una docena de palabras, al verdadero Pla. No la comento, solamente la reproduzco, porque me da la sensación de que si después de reescribir toda la obra en su madurez, Josep Pla conservó la aposición, es porque creía en ella.

“-Era un bon home, un fracasat…- digué la dona amb incoherència”

(“-Era un buen hombre, un fracasado…- dijo la mujer con incoherencia”)

Ahora son las 3 de la madrugada, madrugada de Nostra Senyora de la Verge d’Agost.

martes, 7 de agosto de 2012

El mito y la furia XXVI

(Viene de aquí)
Doña Mercedes se había levantado presta a acompañarme a la salida, entendiendo con mi gesto que, efectivamente, tenía la intención de irme. Me dio la sensación de que estaba un tanto incómoda debido a la actitud tan esquiva que exhibía su marido ante mi presencia en la casa. Sin embargo, fue mencionar el descubrimiento de los cuadernos y volvió a sentarse. Sin decir palabra, me invitó a hacer lo propio amablemente, con un gesto de su mano impreciso, entre imperativo y rogativo, y después de simular que bebía café, dándose tiempo así a pensar de qué manera iba a pedirme que me quedase, me preguntó:

-¿Son del chico? ¿Sabe si son del chico?


Por primera vez en todos aquellos minutos Don Augusto cambió de postura. De un respingo inconsciente irguió la espalda y pude comprobar que su cabeza podía sostenerse perfectamente sobre el cuerpo, por sí misma, sin la ayuda del respaldo de la silla. No dijo nada, pero los ojos me inquirían, más bien me exigían, y casi me imploraban, que le diese a su esposa, la madre de su hijo, una respuesta inmediata.

Al observar la inquietud mal disimulada del matrimonio pensé que las tornas habían cambiado, que tenía la oportunidad de recuperar la mano y que si jugaba bien las cartas, la visita podría ser más fructífera de lo que había imaginado. De modo que con pocos remilgos y olvidándome de ciertos sentimientos de mala conciencia que me habían atenazado, me dispuse a desplegar un interrogatorio en toda regla. Digamos que para recuperar la compostura dejé de lado la educación y los miramientos con los sentimientos ajenos. No sé si lo dijo alguien, y si no, yo mismo me la apunto: la ética y la verdad no son buenas compañeras, por mucho que intenten convencernos de lo contrario, lo cual viene a querer decir que si uno pretende averiguar lo que pasa en la vida, no hay que andarse con paños calientes, porque la vida está sembrada de trampas, y las formas y las personas son sus espantapájaros.

De manera que, como por arte de encantamiento, como si hubiese solicitado al diablo que aniquilase de mi carácter el poder de la empatía, en un instante me vi a mi mismo como el mejor y más duro de los detectives, un tipo que no se arruga ante nadie, ni si quiera ante la indefensión de aquella pareja de ancianos con los que en otras circunstancias me hubiese gustado pasar un buen rato hablando de lo que fuese, bebiendo café descafeinado entre geranios de colores mientras sonaba, puntual, como una música ambiental, el pasar de los trenes que vienen y van más allá de una ventana.

-Imagino que se refieren a Adán- les dije, muy serio, casi solemne, arrastrando un poco la última sílaba, por empezar a entrenar mi nueva personalidad.

-Sí, bueno, a nuestro chico…

-Adán, Adán es su nombre, o al menos así es como se refiere a él mismo el narrador de todos esos cuadernos. Mire, hay un momento, que creo que me suena de alguna novela famosa, en el que incluso escribe -lo recuerdo muy bien- escribe “llamadme Adán”. A no ser que mi agente inmobiliario se haya equivocado al apuntar el teléfono desde donde recibió la primera llamada interesándose por el piso, y yo ande tras una pista falsa.

Entonces me entró un escalofrío, un nuevo ataque de vergüenza que delataba mi poca o nula preparación en los menesteres detectivescos. Y es que caí en la cuenta de que me estaba metiendo yo solito en un embolado que ya veríamos a dónde me iba a llevar y de que estaba molestando a terceros, y poniéndome en evidencia sin ninguna necesidad, basándome tan solo en unos pocos indicios que me habían llevado a pensar que Doña Mercedes y Don Augusto eran los padres del susodicho. Y todo porque tenía en mi poder unos cuantos cuadernos, un nombre de tres letras escrito en un contrato de alquiler que coincidía con el narrador de esos mismos cuadernos, un número de teléfono, y la afirmación de Maruja quien certificó ser la esposa de Adán y quien llamó a sus suegros para que me recibiesen sin demasiados reparos.

-Moby Dick- intervino por sorpresa Augusto

-Moby Dick- repitió en un tono indefinible, como si hablase desde dentro pero sin poder evitar que sonase su voz.

-¿Cómo dice?

-Que la novela famosa esa a la que usted se refiere ahora es Moby Dick, señor Lorente. Pero el tipo que cuenta la historia no se llama Adán, se llama Ismael. Adán no es nada, Adán no existe, Adán no es más que el nombre de un cuento chino de los curas.

-¡Augusto, por favor!

- Mercedes, a ti los curas y las sotanas te importan tanto como a mí. Si no se lo dices tú se lo voy a tener que decir yo, porque ahora que podemos saber algo del chico, después de todo este tiempo, no sacaremos nada en claro si a este tipo no le decimos, desde el principio, toda la verdad.

-¿Y que es toda esa verdad, Don Augusto?



-Espera un momento Augusto, no le digas nada todavía. ¿Por qué vamos tener que explicarle a un desconocido nada de nuestro hijo? ¿Quién se ha creído que es? ¿Cree usted que por el hecho de venir de parte de Maruja, por el hecho de haberle abierto mi casa, de habernos comportado con usted con la mínima buena educación, le vamos a regalar, así por las buenas, nuestra intimidad? Se ha equivocado de cabo a rabo, señor. Si necesitamos ayuda ya se la pediremos a la policía, o a un profesional. De hecho, le exijo ahora mismo que me entregue todos esos cuadernos que ha encontrado. No son suyos, son de nuestro hijo. Si no lo hace seré yo quien llame a la comisaría para que le pidan su licencia y tantas explicaciones que lamentará durante unos cuantos días haberse metido a husmear en vidas ajenas.

Me quedé de piedra, o de hielo, o como un pasmarote, tieso como un palo. Aquello había sido un órdago con todas las de la ley; un órdago a la grande a las primeras de cambio, sin descartes, sin señas, y si mirar las cartas. Yo en cambio no hacía más que marearlas, manosearlas, y hasta me puse a sudar. El panorama había cambiado por completo. Los papeles que a priori yo había repartido entre el matrimonio habían resultado errados. Aquella afable anciana con aspecto de sabia india americana, aquella mujer bajita de voz sedosa y ademanes lentos y precisos cuya función en la vida parecía ser la de atenuar en su hombre la rabia de la senectud, la furia inútil ante la decadencia y la cercanía del final de la vida, había resultado ser una guerrera, el contrincante a tener en cuenta. Su estrategia ante mi visita había resultado perfecta. Doña Mercedes había dejado a Don Augusto recitar su parte del guión, le había cedido el protagonismo sin que ni siquiera él mismo lo supiese. Había manejado la situación como una maestra. Solamente había sido preciso dejarle ser como era, y que yo asumiese los roles habituales de una familia al uso. Y cuando la situación lo requiriese, mamá Mercedes enseñaría las garras, como cualquier hembra cuando ve que su cachorro se encuentra amenazado. Pero ¿Lo estaba?. ¿Había puesto yo a su hijo en peligro? ¿Andar sobre sus pasos, conocer su paradero o saber algo de él le podría perjudicar? Porque en realidad ¿Quién era Adán?. Yo podía entender perfectamente la actitud defensiva de la madre. Al fin y al cabo no era más que un desconocido en quien yo le pedía que confiase, por mi cara bonita, por mi aspecto de jubilado respetable. Ellos no sabían nada de mí y yo lo quería saber todo sobre ellos. La ética, la jodida y molesta ética otra vez. 
(Continuará)