martes, 7 de agosto de 2012

El mito y la furia XXVI

(Viene de aquí)
Doña Mercedes se había levantado presta a acompañarme a la salida, entendiendo con mi gesto que, efectivamente, tenía la intención de irme. Me dio la sensación de que estaba un tanto incómoda debido a la actitud tan esquiva que exhibía su marido ante mi presencia en la casa. Sin embargo, fue mencionar el descubrimiento de los cuadernos y volvió a sentarse. Sin decir palabra, me invitó a hacer lo propio amablemente, con un gesto de su mano impreciso, entre imperativo y rogativo, y después de simular que bebía café, dándose tiempo así a pensar de qué manera iba a pedirme que me quedase, me preguntó:

-¿Son del chico? ¿Sabe si son del chico?


Por primera vez en todos aquellos minutos Don Augusto cambió de postura. De un respingo inconsciente irguió la espalda y pude comprobar que su cabeza podía sostenerse perfectamente sobre el cuerpo, por sí misma, sin la ayuda del respaldo de la silla. No dijo nada, pero los ojos me inquirían, más bien me exigían, y casi me imploraban, que le diese a su esposa, la madre de su hijo, una respuesta inmediata.

Al observar la inquietud mal disimulada del matrimonio pensé que las tornas habían cambiado, que tenía la oportunidad de recuperar la mano y que si jugaba bien las cartas, la visita podría ser más fructífera de lo que había imaginado. De modo que con pocos remilgos y olvidándome de ciertos sentimientos de mala conciencia que me habían atenazado, me dispuse a desplegar un interrogatorio en toda regla. Digamos que para recuperar la compostura dejé de lado la educación y los miramientos con los sentimientos ajenos. No sé si lo dijo alguien, y si no, yo mismo me la apunto: la ética y la verdad no son buenas compañeras, por mucho que intenten convencernos de lo contrario, lo cual viene a querer decir que si uno pretende averiguar lo que pasa en la vida, no hay que andarse con paños calientes, porque la vida está sembrada de trampas, y las formas y las personas son sus espantapájaros.

De manera que, como por arte de encantamiento, como si hubiese solicitado al diablo que aniquilase de mi carácter el poder de la empatía, en un instante me vi a mi mismo como el mejor y más duro de los detectives, un tipo que no se arruga ante nadie, ni si quiera ante la indefensión de aquella pareja de ancianos con los que en otras circunstancias me hubiese gustado pasar un buen rato hablando de lo que fuese, bebiendo café descafeinado entre geranios de colores mientras sonaba, puntual, como una música ambiental, el pasar de los trenes que vienen y van más allá de una ventana.

-Imagino que se refieren a Adán- les dije, muy serio, casi solemne, arrastrando un poco la última sílaba, por empezar a entrenar mi nueva personalidad.

-Sí, bueno, a nuestro chico…

-Adán, Adán es su nombre, o al menos así es como se refiere a él mismo el narrador de todos esos cuadernos. Mire, hay un momento, que creo que me suena de alguna novela famosa, en el que incluso escribe -lo recuerdo muy bien- escribe “llamadme Adán”. A no ser que mi agente inmobiliario se haya equivocado al apuntar el teléfono desde donde recibió la primera llamada interesándose por el piso, y yo ande tras una pista falsa.

Entonces me entró un escalofrío, un nuevo ataque de vergüenza que delataba mi poca o nula preparación en los menesteres detectivescos. Y es que caí en la cuenta de que me estaba metiendo yo solito en un embolado que ya veríamos a dónde me iba a llevar y de que estaba molestando a terceros, y poniéndome en evidencia sin ninguna necesidad, basándome tan solo en unos pocos indicios que me habían llevado a pensar que Doña Mercedes y Don Augusto eran los padres del susodicho. Y todo porque tenía en mi poder unos cuantos cuadernos, un nombre de tres letras escrito en un contrato de alquiler que coincidía con el narrador de esos mismos cuadernos, un número de teléfono, y la afirmación de Maruja quien certificó ser la esposa de Adán y quien llamó a sus suegros para que me recibiesen sin demasiados reparos.

-Moby Dick- intervino por sorpresa Augusto

-Moby Dick- repitió en un tono indefinible, como si hablase desde dentro pero sin poder evitar que sonase su voz.

-¿Cómo dice?

-Que la novela famosa esa a la que usted se refiere ahora es Moby Dick, señor Lorente. Pero el tipo que cuenta la historia no se llama Adán, se llama Ismael. Adán no es nada, Adán no existe, Adán no es más que el nombre de un cuento chino de los curas.

-¡Augusto, por favor!

- Mercedes, a ti los curas y las sotanas te importan tanto como a mí. Si no se lo dices tú se lo voy a tener que decir yo, porque ahora que podemos saber algo del chico, después de todo este tiempo, no sacaremos nada en claro si a este tipo no le decimos, desde el principio, toda la verdad.

-¿Y que es toda esa verdad, Don Augusto?



-Espera un momento Augusto, no le digas nada todavía. ¿Por qué vamos tener que explicarle a un desconocido nada de nuestro hijo? ¿Quién se ha creído que es? ¿Cree usted que por el hecho de venir de parte de Maruja, por el hecho de haberle abierto mi casa, de habernos comportado con usted con la mínima buena educación, le vamos a regalar, así por las buenas, nuestra intimidad? Se ha equivocado de cabo a rabo, señor. Si necesitamos ayuda ya se la pediremos a la policía, o a un profesional. De hecho, le exijo ahora mismo que me entregue todos esos cuadernos que ha encontrado. No son suyos, son de nuestro hijo. Si no lo hace seré yo quien llame a la comisaría para que le pidan su licencia y tantas explicaciones que lamentará durante unos cuantos días haberse metido a husmear en vidas ajenas.

Me quedé de piedra, o de hielo, o como un pasmarote, tieso como un palo. Aquello había sido un órdago con todas las de la ley; un órdago a la grande a las primeras de cambio, sin descartes, sin señas, y si mirar las cartas. Yo en cambio no hacía más que marearlas, manosearlas, y hasta me puse a sudar. El panorama había cambiado por completo. Los papeles que a priori yo había repartido entre el matrimonio habían resultado errados. Aquella afable anciana con aspecto de sabia india americana, aquella mujer bajita de voz sedosa y ademanes lentos y precisos cuya función en la vida parecía ser la de atenuar en su hombre la rabia de la senectud, la furia inútil ante la decadencia y la cercanía del final de la vida, había resultado ser una guerrera, el contrincante a tener en cuenta. Su estrategia ante mi visita había resultado perfecta. Doña Mercedes había dejado a Don Augusto recitar su parte del guión, le había cedido el protagonismo sin que ni siquiera él mismo lo supiese. Había manejado la situación como una maestra. Solamente había sido preciso dejarle ser como era, y que yo asumiese los roles habituales de una familia al uso. Y cuando la situación lo requiriese, mamá Mercedes enseñaría las garras, como cualquier hembra cuando ve que su cachorro se encuentra amenazado. Pero ¿Lo estaba?. ¿Había puesto yo a su hijo en peligro? ¿Andar sobre sus pasos, conocer su paradero o saber algo de él le podría perjudicar? Porque en realidad ¿Quién era Adán?. Yo podía entender perfectamente la actitud defensiva de la madre. Al fin y al cabo no era más que un desconocido en quien yo le pedía que confiase, por mi cara bonita, por mi aspecto de jubilado respetable. Ellos no sabían nada de mí y yo lo quería saber todo sobre ellos. La ética, la jodida y molesta ética otra vez. 
(Continuará)

5 comentarios:

Hostal mi loli dijo...

Menos mal que el calor no afecta a la imaginación del escritor para mermar facultades jajajjaj Saludos.

ESTER dijo...

A ver, Maruja, esposa de Adán, Mercedes y Augusto, padres de Adán( o no). Ahora aparece Ismael y resulta que Adán no es nadie.

El lunes me lo explicas.

Un beso, Ester

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Brillante conclusión, aunando los dos discursos. El castizo (por mi cara bonita) y el supra que invoca a la ética.
Aquí estoy en precario y no puedo corresponder comme il fault... pero... estoy!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Loli, yo creo que es el ravés, que, lóogicamente, el calor calienta las ideas y las hace bullir. Otra cosa son las ganas que tenga uno de ponerse a escribirlas. La verdad, aquí, a orillas del Mediterráneo, no me voy a quejar.

Ester, sí, el lunes hablamos. Sobre Ishmael (el narrador de "Moby Dick") y otras historias.

Ana, eres muy amable. Así quiero que sea Lorente, un tirao pa lante pero alguien también criado a la antigua usanza; un tipo que no sea plano, que de él mismo surjan también historias, pasados, obsesiones... no se a donde de va a ir a parar todo esto, pero como éstos no se me van de la cabeza, continuo, y continuo.
Yo también estoy en precario. La conexión que utilizo es la del móvil, así es que, dependo de que los 3MB sean reales cuando me conecto, porque a la mínima se va todo al carajo. Abrazos

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Ya, pero Gregory Peck en plan capitán Agag, en Moby Dick... Kisses!