martes, 15 de mayo de 2012

El mito y la furia (XVIII)




A pesar de que arrastro el sueño de toda una noche me encuentro a gusto aquí, apoyado en la barra lustrada de este bar. Desde que tengo recuerdos -que es tanto como decir desde que existo- siempre me he encontrado cómodo en cualquier lugar donde vendan tabaco, alcohol y café, donde haya gente que se lo beba y se lo fume  y, al mismo tiempo, hable, o mire el techo desconchado, la televisión sin voz, o a su propia alma -que viene a ser lo mismo- o  su corazón destrozado, o ningún sitio en particular; donde hayan personas solas, haciéndose compañía sin necesidad de pedirla; personas bien y mal acompañadas, construyendo futuros inciertos y  derrumbando recuerdos lamentables,  intentando arrojar  un pasado al vertedero que se salva de la quema porque  siempre encuentra una boca invocadora que alienta sus consecuencias. 

Un bar es un territorio protegido por Dios, una Sagrera, un espacio  santificado donde el pecado no existe, donde uno se caga en todo y le invitan a una ronda,  donde se dirime el presente por dentro, por el hígado y del hígado  fluye hacia  sistema circulatorio de la ciudad. El bar es el reducto de los cuerdos, de los mentirosos, de los mansos y de sus enemigos, del depredador y del herbívoro, del pescado frito y de los callos con garbanzos, de la última puta y del galán, de la vieja y de la princesa, del pícaro y del filósofo, del  sacristán y de su querida, del fracasado y del estudiante, del desahuciado y del doctor, hasta del político y también del obispo… Los banqueros, ¡Ay los banqueros: cerdos paradigmáticos.! Los banqueros no entran en los bares. Otro motivo más para sentirse seguro, y a gusto.

Si papá leyese esto diría que me he vuelto un gilipollas. Diría que a mí me gustan los bares porque hay cerveza, porque hay whisky, porque hay  humo (ahora ya no), porque gritar está bien visto,  y porque nada de lo que allí ocurre tiene la más mínima importancia;  lo que acontece en una bar  pocas veces tiene  hilo de continuidad. Ese es el secreto de un bar, que te permite ser quien quieras ser sin comprometerte a nada. No sé si papá me diría eso precisamente, exactamente,  pero   lo que sí que haría sería invitarme a unas cañas y hablar sobre ello, en un bar, claro.

Así que no me queda más remedio que creer que mi querencia por los bares  viene de herencia, o que es una influencia paterna directa. Nunca se lo agradeceré lo suficiente. Ahora el pobre anda un poco sordo, y quizá no entienda lo que le diga, si es que algún día llego a decírselo, porque aunque espero que todo salga como tengo planeado, quizás las cosas se tuerzan y, la verdad, no sé todavía en qué va a  acabar todo esto.   La cuestión es que  siempre que he encontrado a papá en un bar le he visto a gusto y desde pequeñito he pensado que un lugar donde la gente  se habla, juega, escribe, se abraza, piensa, lee, no hace nada,  se convida, se ríe o se enfada pero al instante -ronda de por medio-  ya está otra vez riendo, debe ser un buen lugar. De manera que al crecer y comprobar empíricamente  que eso  era así, concluí que pasaría mucho tiempo en un bar.  A veces he pensado que no son pocas las vidas que se han ido a tomar por el culo gracias a profundas puñaladas, tiros a bocajarro, y  golpes certeros dentro de un tugurio, por no contar cirróticos terminales, ludópatas suicidas, maridos despreciables y padres despreciados, a pulso. Pero ante estas evidencias,  he liquidado el problema, la contradicción, la vertiente más sangrante, o la arrolladora realidad ignorándola soberanamente.

He pedido un bocadillo de tortilla francesa de dos huevos, con tomate y aceite en el pan, una cerveza y un platito de aceitunas aliñadas con ajitos en conserva y pepinillos en vinagre. El camarero ha gritado “¡Niña, marcha una francesa de dos!” Me lo acaban de servir. Al dar el primer bocado una gota de aceite ha manchado la libreta donde estaba escribiendo todo esto. La pequeña zona de papel manchado  se ha convertido en  semitransparente, como si debido  al efecto del aceite la hubiese transformado en papel cebolla.

Ahora mismo, dispongo esa misma hoja en el lugar exacto que le pertoca  dentro del orden de la libreta, en su horizontal natural, descansando sobre todas las que la preceden y mirando a través de esa trasparencia aceitosa, puedo ver tres palabras de la página anterior, y casi adivinarlas. Creo que leo “banqueros: cerdos paradigmáticos”. Como la mancha es irregular puedo intuir también en la parte superior a esas tres palabras el grupo “y del doctor, hasta del” y en la parte inferior la expresión “sentirse seguro”. Le doy otro bocado al bocadillo. Está bueno de verdad. Después escancio la cerveza muy despacio en el vaso de cristal, hasta que surgen dos o tres centímetros de espuma blanca, de espesura efímera, y entonces aprovecho para darle un buen trago porque es justo en ese momento cuando se siente de verdad  que la espuma existe, que me moja el bigote y permanece sobre él durante breves instantes.

Lo mejor, entre bocado al bocadillo y trago de cerveza, es comer una aceituna, o dos, o intercalar una aceituna y un pepinillo, y a veces incluso algún trocito anaranjado de zanahoria avinagrada que se cuela en la ración.

La tortilla está en su punto. Para estar rica una tortilla a la francesa  no puede quedar muy hecha. Más bien debe estar tierna por dentro, conservar cierta blandura mórbida que le confiere la textura del  huevo a medio hacer y, por supuesto, su punto de sal. Cuando termino el último bocado, el de la puntita, el del cuscurro, lo acompaño con el último culín de cerveza. Entonces  me invade   una mezcla de satisfacción material y  tristeza existencial. Por eso, para compensar tamaña e irreparable  pérdida, pido un carajillo de whisky y un purito. Y mientras saboreo el café mezclado con el licor y pienso en el humo del tabaco que en unos minutos, en cuanto salga a la calle, me ocupará el paladar,  vuelvo a la mancha de aceite, y  al mundo que podría construir si ahora mismo cogiese las vinajeras  y me dedicase a lanzar una pequeña gota de aceite de oliva sobre cada una de las página escritas de la libreta, al azar, y montase con toda la cadena de palabras surgidas entre las transparencias oleaginosas una especie de manifiesto dadaísta, algo que no sirviese absolutamente para nada, que es precisamente lo más adecuado cuando se está  en un bar.

Tiene sentido, mucho sentido, aunque no por ello habría de frivolizar ni olvidar  mi misión. Me  vendrán bien unos gramos de creatividad nihilista, un poco de juerga antes de la batalla, el baile de los oficiales que precede a la gran ofensiva. Así  es que me levanto, me acerco a una mesa y cojo una vinajera. Vuelvo a mi asiento y cuidadosamente, ante la mirada pasmada del camarero,   vierto una gotita, paso la página, me espero unos segundos,  vierto otra gotita, paso la página, bebo un traguito de carajillo,  vierto una tercera gota, observo pausadamente sus efectos, y así hasta que el camarero me llama la atención y entonces poso las vinajeras sobre la barra, pido disculpas  y ante su mirada inquisidora y la estupefacción  de la parroquia que ya  me rodea, empiezo la lectura de palabras a través de las pequeñas áreas traslúcidas y,  tal y como las leo, o las intuyo, las escribo en una servilleta de papel. El resultado es una frase azul  de tinta escurridiza, de trazos  gruesos y letras  ilegibles debido a la esponjosidad y las propiedades de la celulosa fabricada para usos hosteleros, que convierte los trazos de mis letras en  ramas secas de un seto, en grietas sobre el asfalto viejo de una calle  o en la expresión recién hallada de una civilización balbuceante. Aun así, más o menos se puede llegar a leer lo siguiente  y, de hecho, leo en voz alta lo siguiente:

los vencejos, la humillación imborrable, ha ladrado largamente en celdas de hormigón abigarrado. La piltrafa humana, Benjamin, Maruja no sabe descansando también se hace la Historia con cara de niña vieja gemido, casi miserable la tonta de Eva sobre mí a horcajadas Amén

Pido la cuenta, pago, y me voy. Con el primer pie en la calle enciendo el purito. El día ya está en marcha.  Las sombras de las cornisas de los edificios me protegen de la luz del sol. Mañana volveré aquí, me servirán solícitos, y nadie me preguntará nada. Ahora sí que  voy a dormir unas horas.

10 comentarios:

ESTER dijo...

Una semana entre la XVII y la XVIII. Se ha hecho larga; tus entradas son como una droga.

Vayamos al tajo: Como diría Gabinete Calighari: “Bares, que lugares, tan gratos para conversar. No hay como el calor de un amor en un bar...”

Para conversar, para comer, beber...A veces, para encontrar el “silencio” que no consigues en tu casa vacía. En ocasiones, la lectura o la escritura en un ambiente con silencio “sepulcral” duele al oído; el murmullo de las voces, de la música, el tintín de los vasos entre ellos, de las tragaperras....ese es el mejor ambiente.

Un beso,
Ester

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Coincides con Adan plenamente Ester, que susbscribe hasta los puntos tu último párrafo.

El silencio de un bar ruidoso es más puro que el de cualquier iglesia vacía

Besos!!

Hostal mi loli dijo...

Lo he disfrutado y me lo llevo para que lo disfruten en el nido. Un abrazo. Genial.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

¡Para allá va!
Gracias Loli

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

¡Para allá va!
Gracias Loli

Ana Rodríguez Fischer dijo...

¡Al fin!
Llevo minutos buscando donde comentar... nada.. residuos, quizás.
Pero así como nos sentimos algunos... quería celebrar tu energía a la hora de rescatar espacios intransferibles (de momento), quién sabe después...
Agradecidísma...

Mariano Sanz Navarro dijo...

Un relato estupendo, agil, original y divertido. Te sigo

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Ana
No sé por qué me das la gracias. La verdad es que no entiendo tu comentario. En todo caso, muchas gracias a ti por el seguimiento

Mariano, muchas gracias, eres muy amable. Bienvenido

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Querido, las gracias son siempre de tan justificado como ineludible rigor... Aparte, ese platillo de aceitunas, que reconforta... y refuerza antes de leer y gozar... Kisses!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Perlas, joyas, las aceitunas. Me gustan todas menos las rellenas. Bueno, las rellenas son las que me gustan menos...
Gracias de nuevo Ana