miércoles, 1 de febrero de 2012

El mito y la furia (IX)


(Viene de aquí)


En El Arenal ocurrió de todo, menos lo que yo esperaba, o deseaba, o preveía. Estuve muy cerca de estrenarme en la noche de San Juan. Nos metimos todos, en tropel, en una discoteca. Serían más o menos, las cuatro de la madrugada. Harto de bailar, de mirar, de beber, de acercarme a feas y a guapas y de no captar la atención de unas ni de otras, opté por sentarme a fumar en una butaca. Sonaba Police, y después Christopher Cross, y después los Dire Straits, y a continuación Pino D'Angio y también los llena-pistas Trio y su Da, Da, Da.

Sorprendentemente, cuando ya empezaba a dudar seriamente sobre mi orientación sexual y la de todas las allí presentes, a los cinco minutos de sentarme se me acercó una muchacha alta, de pelo largo y creo que negro. No estoy seguro, porque a causa de los focos y de los efectos de luminotecnia, a veces parecía verde, otras fucsia y a ratos rojo. Sí que recuerdo perfectamente sus ojos, grandes, oscuros, profusamente pintados, con sombras exageradas, y también que era muy guapa; era, lo que llamábamos una tía buena. Me dijo que me había visto bailar y que le enseñase a hacer un paso que le había gustado. Le pregunté cual. Ella se dio la vuelta y empezó a contonearse de espaldas, rozando su cuerpo con el mío. A mí me parecía que yo no había bailado así en la vida, sin embargo balbucí que lo hacía muy bien y que si practicaba podría llegar a hacerlo igual que yo.

De repente se detuvo, se colocó frente a mí, muy cerca, me rodeó con sus brazos y sin mediar palabra me dio el beso más húmedo que hasta la fecha nadie me había dado. El pelo, suave y largo como un velo, le olía a una mezcla de pachuli y Winston. Me empujó levemente con la mano izquierda en el hombro y caí a la butaca e inmediatamente se sentó sobre mí a horcajadas. Vestía un camiseta de tirantes muy fina, de amplio escote y color indefinido, y una de aquellas faldas blancas ibicencas -el último vestigio de la moda hippy que languidecía- de manera que al sentarse sobre mí pude percibir inmediatamente, en todo su esplendor, la suavidad y la blandura más íntima de aquella musa aparecida como por clemencia divina en la noche insular, porque percibía su sexo sobre el mío como si la tela de mis vaqueros se hubiese unido a mi piel o en realidad fuese mi piel.

El roce, la certeza de saber lo que lo originaba y el peso completo de aquel hermoso cuerpo sobre mí me producía una impaciencia extrema, un placer intenso, reventón, una sensación que en aquel instante no sabía si era más próxima al gusto o estaba más cerca del dolor. A causa de la erección casi insoportable que experimenté tuve la necesidad imperiosa de recolocarme el pene introduciendo subrepticiamente la mano entre el slip hasta dejarlo en la posición vertical que me exigía, a pocos milímetros de asomar desbocado entre mi ombligo y los pantalones. Ella se percató de la maniobra y sonrió débilmente. Me cogió la cara, se abalanzó sobre mi boca y estuvo besándome casi un cuarto de hora sin parar. A veces, yo le tocaba las tetas, y mientras las lenguas iban i venían igual que anguilas dentro de bolsas llenas de agua, yo respiraba por la nariz los gemidos atrapados.

A los diez minutos nos tomamos un respiro y ella me pidió un cigarrillo. Fumamos los dos. Nos dijimos los nombres. Al saber el mío rompió a reír. “Tu y yo poblaremos el mundo querido Adan, y mancillaremos el paraíso prohibido”. Ninguna de mis amigas jamás me había hablado así. Al percatarse de que a consecuencia de su frase me había quedado medio alelado, rió de nuevo, pero esta vez un tanto desdeñosa, con cierto tonito de desprecio. “Es que yo me llamo Eva” y a mi entonces no se me ocurrió más que un ¡ah! y después otro ¡ah! y una carcajada forzada, espasmódica, casi más próxima a un quejido de vergüenza que a la risa. Mientras, ella devoraba el cigarrillo en largas caladas, que expelía sonoramente cerrando los ojos y levantando la cabeza hacia las luces de la discoteca. Eva -según me dijo- también hacía el viaje de fin de curso. Venía de Valencia. Con una voz demasiado rasgada para su edad me estuvo explicando que era hija de L.S., famoso industrial secuestrado por ETA un año antes, fundador y dueño de una famosa fábrica de helados. Yo, tan proclive a la mitomanía, a la admiración de la celebridad, fuese cual fuese su motivo, en esa ocasión no me sentí en absoluto impresionado. Lo que de verdad me tenía impresionado era su maestría para el beso largo, para el auténtico y genuino beso de fondo, y la habilidad para, en el momento del beso, cubrir los rostros de ambos con su larga cabellera camaleónica, y con el aroma fuerte de su cuerpo, un mezcla salvaje de sudor dulce, tabaco rubio americano y colonia silvestre que provocaba un efecto de aislamiento, de espacio reservado y opaco en el que ni la luz ni las miradas de nadie podían entrar: Adan y Eva, solos, en la estridencia loca de un lugar donde se hacinaban cientos de jóvenes, al ritmo del Da, Da, Da.

Cuando terminamos nuestros cigarrillos me dispuse de nuevo a besarla. Pero justo en ese momento apareció por aquel rincón aparentemente discreto de la discoteca una amiga, la famosa amiga inoportuna que pululaba por todas las discotecas del país. Se acercó a ella sin saludarme, le dijo algo al oído y la bella y rica heredera del bombón helado descabalgó. Ya de pie me dijo que, si yo quería, nos veíamos dentro de una media hora en la playa del balneario 8, justo al lado de los patines y de las barcas. “Claro”, le respondí con tono de rompebragas experto. Aquel lugar no estaba demasiado lejos, de manera que así quedamos. Eva me lanzó un beso con la mano y me guiñó. Yo me despedí diciendo “hasta ahora” saludando con la mano abierta, como quien se despide de su tía.

No me lo podía creer. Si Eva me había citado en la playa, de madrugada, después de la sesión de morreos y magreos que habíamos tenido, es que tenía intención de llegar conmigo hasta el final. Aquella era la noche, aquel era mi momento; yo, Adan, comería por vez primera el fruto del árbol prohibido, saborearía las mieles del placer, experimentaría los misteriosos efectos que producen los interiores insondables del cuerpo de una mujer. Así que un par de minutos después, una vez repuesto de la agitación, salí de aquel lugar en dirección a mi cita, directo a mi encuentro con Eva. Allí esperé paciente más de media hora, fumando apoyado contra el tobogán de un patín. Ya no había luna. Faltaba muy poco para el amanecer. Miraba el reloj y miraba hacia el mar. Me hubiese gustado pensar que la oscuridad del mar inmenso me recordaba los ojos de Eva, pero no se me ocurrió, se me ocurre ahora. Cuadrillas de estudiantes borrachos cantaban y gritaban como energúmenos corriendo y mojándose los unos a los otros. A mi espalda, a tres patines de distancia, dos parejas follaban tumbadas sobre la arena al abrigo de las embarcaciones. Frente a mí, sentados en la orilla de la playa, dos tipos fumaban casi sin moverse. Fumaban y miraban hacia dentro del mar. Uno de ellos se levantó, tiró la colilla en una parábola perfecta, cogió una piedra y la lanzó al agua. Aquel estilo me era familiar. También me era familiar su silueta, la complexión de su sombra. ¡Claro que sí! ¡Aquel no era otro que Tito, el mismísimo Tito Gálvez! Y el que estaba con él no podía ser otro que El Largo, Pepe El largo. Me acerqué y les llamé por su nombre. “¡Coño, Pepe, mira quién aparece, si es Adan!. ¿Qué haces aquí? “, me preguntó Tito. “ Pues mira, aguantando el plantón que me han dado”, respondí. “¡Ja!. ¿Has oído Pepe?. ¡Qué pringao!”. “Si, qué pringao”, respondió El Largo, casi sin ganas. “¿Y vosotros?¿Lleváis mucho tiempo aquí?” les pregunté. “Yo poco más de una hora, pero este más. Ya se ha hecho dos pajas. Por lo menos llevará aquí casi hora y media” espetó Tito. “¡Sí señor!. Nosotros también hemos pringao; pringaos a base de bien. ¡Qué jodida valenciana. Con los buena que estaba.!”, añadió Pepe mientras se frotaba la entrepierna.“ Sí, buena, buena, lo que se dice buena de verdad. En mi vida he visto una tía así” dije yo.

Des del final de la madrugada llegaron dos olas a la arena, casi sin fuerza, sin apenas espuma, y durante ese espacio de tiempo nadie dijo nada. Entonces nos miramos los tres y nos pusimos a reír a carcajadas.


Estuvimos en la playa fumando sin parar hasta que despuntó el día. Cuando se acabaron los cigarrillos nos levantamos y nos fuimos al hotel. Cada diez pasos, Pepe carraspeaba, escupía y evocaba en voz alta a nuestra sirena colectiva con expresivos epítetos. Tito y yo no decíamos nada; bastante teníamos con arrastrar por el paseo interminable nuestras gónadas en silencio. Cuando llegamos ya servían el desayuno. Subí directamente a la habitación y me masturbé husmeando como un perro el rastro del aroma transpirado de Eva. Después me quedé dormido. Estuve durmiendo todo el día. No recuerdo si soñé.

(Continua aquí)

7 comentarios:

Hostal mi loli dijo...

Que fiera escribiendo, genial. Me lo llevo al Nido. Abrazos.

ESTER dijo...

Ante todo,escrito fantástico y real como la vida misma.

Para continuar, decirle a Eva que el mundo está lleno de calientabraguetas (supongo que conoce el significado).

Adan, los hombres siempre sucumbís ante una mujer poderosa en físico y en intenciones ocultas; lo que sucede es que, desafortunadamente para vosotros, el falo piensa más veloz que el cerebro.

No le iría mal a Eva leer a Valérie Tasso en "Diario de una ninfómana"; tal vez aprendería a poner en práctica sus deseos y ambiciones sexuales (que seguro que las tiene).

Al final, Adan se lo ha pasado bien.

Sólo existen dos cosas importantes en la vida. La primera es el sexo y la segunda no me acuerdo. (Woody Allen).

Un beso, Ester

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Gracias Loli
Ester, más que una calientabraguetas (que también) Eva es lo inalcanzable, y un nuevo motivo de frutración. Yo casi diría que Adan lo soñó, pero no lo recuerda.
Eva es experta. Mientras que los tres amigos se lamentan en la playa, ella seguro que estaba con el dj, o con un camarero del hotel donde se alojaba, o con uno de los profesores que la acompañaban...
Adan acabó con la cabeza caliente y los pies fríos, nuevamente frustrado. El final es mas un compartir el fracaso y un desahogo fisiológico-higiénico que otra cosa que.

La trayectoria de este tipo no augura nada bueno. Todos sus mitos se deshacen, uno tras otro...

Besos

ESTER dijo...

Bueno, entonces Eva,aparte de ser una experta es una m......p.........


Ester

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Seguramente. Esa habilidad es fundamental para ser una experta

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Bien! Ahora si que puedo corresponder y anotar mi paso por esta.. ¿autoficción, que se dice? Abrazos!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Ja, ja. Sí, creo que así se dice. Manuel Alberca sabe algo de eso.
Aunque ya veremos por los derroteros que llevan a Adán las derivas futuras de la historia. Y de lo que soy capaz