miércoles, 27 de enero de 2021

¡Larga vida a la revolución alfabética!

El 2 de enero de este  prometedor 2021 decidí que se daban las condiciones tanto cuantitativas como cualitativas para hacer la revolución, de manera que sin más armas que mis brazos, la voluntad , la conciencia de clase y una pizca  de insensatez,  me dispuse a enfrentar  heroicamente  el cambio radical de régimen en mi biblioteca.

Al tomar una decisión de este calibre es necesario actuar con audacia, aprovechar la ventaja  del efecto sorpresa y sorprender al enemigo con las defensas relajadas para que, en cuestión de horas, el antiguo régimen dé  paso a una nueva era.

Y es que la situación se había hecho insostenible. Durante décadas, todos los libros que conviven en casa se habían acostumbrado a una distribución que obedecía a la arbitrariedad, atendiendo más a criterios subjetivos influenciados por algunas malas costumbres que, tal y como ocurre en cualquier sociedad o civilización, acabaron por socavar la estabilidad, colocando mi hogar al borde del desgobierno, de una anarquía sin Dios, Estado ni patrón.

Esta tesitura  dio pie -como no podía ser de otro modo- a innumerables vicios o pruebas de auténtica amoralidad  aristocrática, como por ejemplo la ostentación, un positivismo decimonónico demasiado proclive a la taxonomía, y lo que es peor, un nacionalismo que atendía más al lugar de nacimiento que al contenido de las obras, al carácter o pensamiento de sus  autores, o a las circunstancias que acontecieron en el momento creativo; una distribución, en fin, ajena a  toda lógica materialista, perniciosa y deleznable,  se mire como se mire.

De hecho,  a partir del pasado día dos Germinal Nivoso de  mi año nuevo revolucionario sometí a los libros de mi biblioteca a un régimen alfabético, en el que nadie es más que nadie, en el que  la igualdad prevalece frente  la libertad, pero en el  que todos se sienten libres porque  todos ocupan su lugar según un nuevo orden moral emancipador, cuya principal virtud  consiste en la instauración  de un orgullo de pertenencia por encima de cualquier otra consideración.

Atrás quedan ya los anaqueles del privilegio, consentidos y espaciosos, en los que algunos, desde la prerrogativa de  su acomodada altura media,  se jactaban de mis favoritismos, mientras otros debían permanecer amontonados  en un abigarramiento insano,  a todas luces injusto, diría que indigno e  infrahumano.

Pero eso se acabó,  porque Los Marcel Proust, los Iñaki  Uriarte, los Javier Gomá y los Ramiro Pinilla  tendrán que aprender a convivir con sus congéneres, tal y como marca la letra inicial de su primer apellido, ya sean sus vecinos poetas, filósofos o novelistas; advenedizos del mercado editorial, impostores de la novela histórica o mistérica, plumillas bienintencionados o  juntaletras de tres al cuarto, quienes, por mor de su nombre artístico o bautismal percibirán  a partir de este año el contacto permanente de lomos  tan profundamente  amados en el antiguo régimen, pero ahora obligados a aprender -no sólo a comprender, sino también a valorar- las bondades de lo común, y en algunos casos de la medianía.

Tras este golpe de timón no hay vuelta atrás. Debemos hacer todos un esfuerzo por asumir que vivimos en un  tiempo nuevo y, por lo tanto, lo mejor para todos es aceptarlo cuanto antes y sobre todo, resaltar y disfrutar de  sus ventajas, criticar sin compasión aquel sindiós de la caducada y decadente administración que, por ejemplo, mantenía, sin más razón que un absurdo  morbo, la obra de  Antonio Muñoz Molina junto a  la de Javier Marías, todo por ver si se desataban las hostilidades sobre la estantería; todo  por la esperanza vacua de revivir y  asistir al célebre enfrentamiento que mantuvieron ambos en el periódico  'El país' a cuenta del cine de Tarantino. Ahora, aunque Muñoz Molina y Marías comparten inicial en el apellido, gracias al levantamiento alfabético, el gran Juan  Marsé actuará de dique de contención, incluso si se me apura, de nexo de unión.

De este modo, Manolo Reyes se convertirá en insospechado árbitro mediador entre el narrador de Todas las almas y, por ejemplo,  Beltenebros. En el caso de que finalmente el Pijoaparte no se haga con la situación, convocaremos a filas  al mismísimo Karl Marx, que ahora, por supuesto, y de manera ejemplar, a no ser que los cien mil hijos de San Luis lo remedien, deja la compañía de otros filósofos y vive, ya, durante el resto de sus días, acompañado, de Robert Mussil, Herman Melville, Norman Mailer, Gregorio Morán, Luis Martín-Santos, o del poeta sabadellense  Víctor Mañosa,  entre  otros muchos, pues la letra M ha resultado ser superpoblada.

Si bien se piensa, el hecho de que los filósofos abandonen su torre de marfil  y se mezclen entre el populacho gracias a la rebelión alfabética, no trae más que ventajas recíprocas para unos y para otros, pero sobre todo para la humanidad. Así, tenemos todo un Platón viéndoselas con  Pérez Galdós, o todo un Camus junto a Fidel Castro, a Hanna  Arendt acompañando a Paul Auster o al mismísimo Escohotado, codo con codo, junto a Engels, por enumerar algunas de las nuevas compañías que, como se dice ahora, estoy seguro de que generaran ricas y fructíferas sinergias.

Como no podía ser de otro modo, la estantería de autores rusos desaparece. Este es  un hecho de gran alcance que ilustra perfectamente  la radicalidad en la determinación en el  establecimiento de una nueva era en mi biblioteca. Tolstoi, Dostoviesky, Goncharov, Turgeniev, Pushkin, Chejov, Gogol, Bulgákov,  Gorki o Sholojov… abandonan su cómoda dacha de verano en los amplias y verdes repisas que forman los armarios inferiores y han pasado a compartir sus existencias con Ruben Darío, Luigi Pirandello, Rafael Chirbes, Torrente Ballester,  Gramsci o  Roberto Bolaño, por citar algunos de sus nuevos camaradas.

Tampoco tenía mucho sentido mantener aislados a los poetas, dentro de su  propio ombligo. ¿Acaso queremos que en su tendencia al lirismo exacerbado  resuelvan retornar al útero materno? ¿Es que no son humanos? ¿Su reino no es de este mundo? ¿No pueden el resto de mortales ser testigos de sus accesos místicos, de sus levitaciones? ¡Por supuesto! Ha llegado la hora de la caricia prosaica sobre la  poesía. Luis Cernuda vive con Truman Capote, Antonio Machado con Henry Miller, Federico García Lorca acompaña a Graham Green,  Miguel Hernández se hace cargo de Thomas Hobbes, Mario Benedetti caminará de la mano de Thomas Bernhard, Joan Margarit recitará sus versos  a Mujica Laínez,  y así un largo etcétera de  hermanamiento, si no deseado, sí necesario, que  proporcionará al conjunto de la humanidad amplios espacios de encuentro para la concordia entre los géneros.

¡Y qué decir tiene de la Historia y sus narradores! ¿O quizá sea más preciso referirnos a ellos como analistas, o incluso historiadores, exégetas del pasado, siervos de sus dueños o esclavos de sus principios? Allí estaban, junto a los diccionarios, en el norte  occidental de mi biblioteca, Judt, Tuñon de Lara, Hobswan, Fontana, Vilar, Vives, Carr, Livio, Kershaw, Villacañas, Sternhell, Maquiavelo y un escueto etcétera que persiste en recordarme de dónde vengo para ayudarme a decidir a dónde voy. Ahora, en este memorable Germinal Nivoso, esta pléyade de la historia del tiempo alienta a  poetas, filósofos o novelistas como Joyce y Llamazares, Flaubert y Wolf, Carpentier o Kafka, Voltaire y Stendhal, y hasta el mismísimo Homero . Aunque ¿Quién le va a hablar de Historia al pobre Homero si él es la misma Historia? Esta es una cuestión que debo resolver. Quizás deba excluirle  del proceso innovador  revolucionario y crear un paraíso donde habiten, sin responder al fisco, todos los clásicos de la antigüedad. Ya veremos.

Sea como fuere, tal y como se puede comprobar, finalmente he conseguido que el mundo cambie. Tanto es así que en la caso improbable de que  malpensados escépticos  quisiesen poner alguna pega al nuevo régimen, buscando grietas en el terreno de las incoherencias, infiriendo  supuestas y ocultas jerarquías, le mostraría una prueba incontrovertible, concretada en los  primeros volúmenes  de mi biblioteca, “El cantar del Mío Cid“ “El lazarillo de Tormes”, “Las mil y una noches” y “Heike Monogatari” ,un  cuarteto anónimo que representa con la fuerza del ejemplo la humildad de la autoría desconocida, estandarte del  verdadero sentido igualitario de mi política, fuente de justicia libresca, palanca de transformación social y acicate de fecundas relaciones.

Para terminar con esta crónica somera del triunfo de la revolución alfabética, daré cuenta de los rumores que me llegan al respecto de un grupo disidente de quintacolumnistas que,  descontentos con tanto barullo, pretende socavar desde dentro  los logros del movimiento insurreccional. Según mis fuentes, este grupúsculo  intenta difamar el movimiento revolucionario alfabetista con el argumento de que, si no  la mayoría, sí muchos de ellos, los libros continúan amontonados, unos sobre otro, en condiciones poco dignas, o al menos, igual de precarias que los días anteriores a los gloriosos acontecimientos del Germinal. Aducen que ordenados sí que están, sí,  pero amontonados. De manera que ya hay voces que se preguntan ¿Igualdad?¿ para qué?

Mi estrategia pasa por permitir ciertos  desahogos,  con el fin de que ellos mismos, poco a poco, vayan disfrutando de  las ventajas del nuevo régimen. Cuando finalmente  descubran  que en realidad,  el problema es el espacio, el nuevo régimen se habrá consolidado y ya nada, ni nadie, ni siquiera el peligrosísimo Gustavo Bueno, cuestionará con sus preguntas inquisitoriales esta nueva realidad, inmarcesible, fértil y benefactora. ¡Viva la revolución!

FOTO: Es mi altar. Son todos los que estan, pero no están todos los que son.

miércoles, 13 de enero de 2021

Prácticas ingenuas de historia política comparada

 


Fascismo: Movimiento político y social de carácter totalitario y nacionalista fundado en Italia por Benito Mussolini después de la I Guerra Mundial. Doctrina de carácter totalitario y nacionalista de este movimiento y otros similares en otros países. El fascismo se caracteriza por la explotación en su favor de los sentimientos de miedo y frustración de la población para exacerbarlos a través de la violencia, la represión o la propaganda.
Fascista: Que es partidario del fascismo

El próximo año se cumplirá un siglo desde que Benito Mussolini ocupase la jefatura del gobierno italiano. Efectivamente, en 1922 el fascismo se hizo con su lugar en la Historia. Su autoridad  nacionalista, tiránica y dictatorial se prolongaría en Italia durante dos décadas, hasta poco antes de finalizar la II Guerra Mundial. Gracias a la movilización  violenta y permanente de sus seguidores convocados por él mismo bajo el lema “Hagamos grande Italia, un pueblo un Estado”; gracias a la subversión y utilización en su provecho  de  las normas democráticas y, finalmente, gracias al apoyo de la gran burguesía terrateniente e industrial, que temía las consecuencias para sus negocios y sus privilegios ante la pujanza de las fuerzas de izquierda, y a pesar de contar con apenas un puñado de diputados en el parlamento italiano,  Mussolini se hizo con el poder.

Histriónico, maleducado, mesiánico, inculto, incapaz de empatizar, hábil y perverso manipulador de la realidad, antisocial, presuntuoso, delirante, narcisista, grandilocuente, explotador, misógino, arrogante, soberbio, amoral, violento, egoísta, racista y necio. Este podría ser el retrato etopéyico  de Mussolini. Hay quien dice que esta sería la descripción del carácter  propio de un enfermo, víctima de una patología mental. Yo creo que no. Sencillamente  es el dibujo somero  de una mala persona.

Ahora, busquemos un dirigente político contemporáneo  al que podamos vestir con toda esa serie de virtudes. ¡Extacto! ¡Donald Trump! Matizando el contexto histórico y geopolítico en el que ambos actúan, Mussolini y Trump son rostros que surgen del mismo molde. Incluso sus modos, la gestualidad, esa pose arrogante y desafiante con que se dirigen a seguidores y detractores construyen un mismo perfil y una mismo carácter en dos personas diferentes.

Me pregunto quién querría tener por vecino a un tipo con estas mismas características, quién lo querría a su lado como amigo o compañero; quién le confiaría, por ejemplo, ni tan siquiera la presidencia de la comunidad de vecinos durante un solo año… Y sin embargo, más de 70 millones de personas le han votado para que dirija el país más poderoso del mundo. Mussolini entró en Roma con 40.000 camisas negras. Buena parte del pueblo italiano lo adoraba.

Mussolini y Trump son producto del péndulo de la Historia. Ambos se sitúan en el mismo extremo. De ahí que me resulte difícil entender  por qué hemos asumido que Donald Trump ha fundado un nuevo modo de escribir la Historia, de ejercer el poder o de hacer política bautizado como  trumpismo, cuando en realidad es un fascista paradigmático.

Efectivamente, Donald Trump es hijo legítimo de Benito Mussolini. Sus seguidores, que invadieron el pasado día 6 de enero  el capitolio y muchos otros que salen a la calle a diario,  armados,  amenazando a los que no piensan como ellos, son su squadra. No hay nada nuevo bajo el sol. Por mucho que en nuestra estúpida y arrogante posmodernidad nos empeñemos en deconstruir la sopa de ajo y la tortilla a la francesa sin utilizar ni ajo ni huevo, es necesario insistir: no es trumpismo, es fascismo.

Y es que, al igual que Trump, Benito Mussolini -y después Hitler- fueron una amenaza para el mundo y para la  democracia. El fascismo cosecha los peores sentimientos de las personas, los procesa y manipula exhaustivamente en clave nacionalista; señala y amenaza abiertamente al oponente; se arroga la propiedad del pueblo; personaliza la solución a los problemas en un caudillo salvador; utiliza las instituciones democráticas para legitimarse y más tarde destruirlas; manipula la verdad; apela a un pasado mítico de grandeza; su programa se resume en la  recuperación de  esa supuesta grandeza;  demoniza a las élites pero en realidad surge para conservar sus privilegios. Los fascistas se apoderan de los símbolos colectivos de la nación. Para un fascista, el pueblo es el cuerpo del Estado y el Estado es el espíritu del pueblo: la identificación de partido y nación es absoluta e indisoluble, de manera que quien no comulgue con sus postulados se convierte automáticamente en antipatriota, en enemigo del pueblo.

La influencia global de la política norteamericana es tal que ningún lugar del mundo ha escapado a su influjo. La presidencia del Mussolini norteamericano durante estos últimos cuatro años ha reforzado a los movimientos fascistas europeos y sudamericanos. Bolsonaro, Le Pen, Salvini, Orbán, Gilders, Baudet… son algunos ejemplos. Los medios de comunicación, los think tank y  periodistas e intelectuales afines trabajan a diario para posicionar su mensaje.

Por supuesto, España, el único país europeo junto a Portugal donde después de la II Guerra Mundial arraigó y gobernó el fascismo en su peculiar forma franquista durante cuatro décadas, no es una excepción. La llamada foto de Colón  se ha convertido en  un icono o en un lugar común  que muestra en una sola imagen las diferentes gradaciones del fascismo contemporáneo de cuño español. Los tres partidos allí representados comparten gobierno en tres comunidades autónomas, Madrid, Andalucía y Murcia, aunque por su tono, por su estilo, por su retórica y el descaro con que enarbolan simbologías o reivindican nuestra pasada dictadura, quien mejor representa al fascismo español es el VOX  de Santiago Abascal.

Sin embargo, camuflados en una oratoria ampulosa, caramelizada de desobediencia civil revolucionaria; agitando una bandera sectaria junto  al supuesto derecho a una falseada democracia directa y popular; utilizando en su beneficio todo tipo de símbolos,  personajes y movimientos históricos revolucionarios, apoyado por una movilización constante en las calles, con gran protagonismo de  las falanges  de la CUP y la Assemblea Nacional de Catalunya, el fascismo se ha colado también en Cataluña  de la mano del independentismo.

De hecho, desde el intento de Golpe de Estado el  23 de febrero de 1981 no se había producido otro intento de subversión de la legalidad democrática en España hasta el 6 y 7 y de septiembre de 2017, días en los que la mitad de los diputados del parlamento autonómico de Cataluña pergeñaron una legalidad paralela contraviniendo el Estado de Derecho y  toda norma democrática,  con los hechos consecuentes y posteriores de intento de asalto al mismo Parlament, la invasión y ocupación de la Delegación del Gobierno, la ocupación masiva del Aeropuerto internacional del Prat, el corte de la frontera de la Junquera entre Francia y España, y los ulteriores disturbios de Barcelona, bautizados con gozoso orgullo por los grupos CDR como “La Batalla de Urquinaona” tras la sentencia condenatoria a los líderes del procès... por citar los hechos más relevantes.

Toda una lección para los fascistas de Trump. Cualquiera puede invertir unos minutos en encontrar, desde la óptica del Estado de Derecho y de un sistema democrático occidental, las diferencias que existen  entre la actuación de Trump y sus seguidores y los líderes independentistas catalanes y sus acólitos. Más allá de las  peculiaridades obvias, debido a su contexto,  no hallará muchas. Ni siquiera en el modus operandi y mucho menos en la base de su narrativa política y de su discurso. Yo -si se me permite- señalo las coincidencias:  Exacerbación de los sentimientos nacionales; negación y subversión de una legalidad democrática que no les resulta propicia; movilización violenta parapolítica; identificación del partido con el supuesto espíritu del pueblo; negación de la lucha de clases; inefabilidad del líder  y seguimiento incuestionable al caudillo; apelación a una supuesta grandeza pasada; promesa de recuperación de esa grandeza; utilización sectaria y partidista de las instituciones y de los símbolos nacionales; creación de instituciones propias y paralelas que sustituyen a las democráticas votadas en sufragio universal; creación de una fuerza popular de choque que mantenga la tensión política en las calles (los CDR); demonización del oponente; creación de sindicatos verticales afines; entrismo en la red institucional, cultural, cívica y social;  argumentación falseada; irritación sentimentaloide exagerada; autoconvencimiento mesiánico; violencia verbal; xenofobia, racismo y supremacismo.

Tan fascista es este movimiento que el último presidente de la Generalitat, Quim Torra, actualmente inhabilitado, fue nombrado President a sabiendas de que es el autor de nada más y nada menos que de 444 artículos periodísticos de carácter racista, xenófobo y supremacista. Tanto es así que el Presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona, actual candidato número tres de la lista de JxCat  por Barcelona al Parlament de Catalunya, y posible futuro President si este partido gana las elecciones y Laura Borras (la segunda de la lista) es inhabilitada, se ha declarado públicamente, en varias ocasiones, admirador de Donald Trump y de sus políticas. Tanto es así, que Artur Mas, llamado por sus seguidores El timonel, utilizó para la campaña electoral  del 2012 el lema “La voluntad de un pueblo”. Tanto es así que la expresidenta del Parlament, Carme Forcadell, se desgañitó  en actos públicos asegurando que catalán sólo es quien quiere la independencia de Cataluña. Tanto es así que Joan Tardà, en pleno auge del movimiento independentista, gritó a los estudiantes de la Universidad de Barcelona que quien no apoyase la causa era un traidor a la patria. Tanto es así que Carles Puigdemont, responsable de la Declaración Unilateral de Independencia,  mantiene una relación fluida con los líderes de la extrema derecha flamenca, quienes en repetidas ocasiones han expresado públicamente su apoyo al procès. Tanto es así que Mateo Salvini, líder fascista italiano, se apresuró a fotografiarse con una bandera  estelada, la bandera independentista catalana…

Después del intento de ocupación del Capitolio en Washington por parte de los camisas negras de Donald Trump, el futuro de lo que va ocurrir es incierto. Hoy, el Congreso debate su cese con la presencia de un importante contingente de la Guardia Nacional. A pesar de que el apoyo popular al Mussolini estadounidense  es muy grande -mayoritario en algunos Estados- esperemos que los EEUU  aguanten el envite del fascismo, porque la alternativa es apocalíptica y no habría que descartar un enfrentamiento civil.  Los seguidores del Mussolini yanqui están muy bien organizados y terroríficamente bien armados. A estas alturas, ya nadie se cree que el asalto al Capitolio fuese un hecho espontáneo.

En mi opinión, lo importante es que el poder judicial norteamericano pueda procesar a Donald Trump por poner en peligro la democracia norteamericana,  incitar al odio, intentar subvertir las leyes por dirigir y alentar una rebelión en toda regla aprovechando su posición de máximo poder. Si esto sucede así, estoy seguro de que Santiago Abascal, Pablo Casado, Inés Arrimadas, Mateo Salvini, Jair Bolsonaro, Viktor Orban, Joan Canadell y Carles Puigdemont  consideraran a Donald Trump  un preso político y se sumarán a la solicitud de indulto, o mejor, de amnistía, tanto para él como para sus CDR de QAnon.

En coherencia, también deberían apoyar esta solicitud Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Jessica Albiach, Ada Colau, Joan Mena, Jaume Asens y un largo etcétera de políticos e intelectuales de la izquierda divina, acomplejada ente el nacionalismo catalán y vasco, que solo ve la paja del fascismo en el ojo ajeno. Por cierto, por si alguien no lo recuerda, Mussolini acabó sus días colgado de los pies. Un aviso de la Historia a navegantes.

martes, 22 de diciembre de 2020

¿Quién beberá de mi copa?

 

Si lo pensamos bien, nos la jugamos este año por el empeño obsesivo de la redundancia insistente; por la tiranía señalada de la fecha conmemorativa; por el sojuzgamiento al movimiento regular del péndulo en forma de almanaque; por una arbitrariedad milenaria aceptada unánimemente; por una convocatoria sin remitente que vincula a la familia y a los seres queridos invocando y concitando desembolso y dispendio,  buenos deseos, abrazos, cariño exacerbado, reencuentros celebrados, nostalgias incurables y, por supuesto, el dolor de las ausencias, la tristeza mal disimulada en el rostro de  nuestros viejos, que mientras nos miran detenidamente, uno a uno, camuflados tras la euforia colectiva,  intentan vislumbrar en silencio cómo será esa misma mesa, quién  ocupará su sitio el año próximo.

Me gusta estar con los míos. Disfruto de su compañía. Soy un fiel esclavo de las tradiciones, un empecinado de los aniversarios y de todo festejo evocador. Tanto es así que incluso  he llegado a instaurar la celebración de mi besiversario. Sin embargo, este  2020, la vida, en su más preciso sentido biológico,  se impone al calendario, a la potestad de la data, a la adhesión inquebrantable hacia el estribillo anual, de manera que  el deseo de volver a verles el próximo año y de mantenerme fiel a esos días prevalece sobre la imprudencia.

Seremos pocos porque deseamos vernos de nuevo en una nueva Navidad  reiterada, el próximo año, y al otro, y el que viene, hasta que viejo y melancólico me llegue el día en que  los miraré detenidamente a todos  y me preguntaré  quién se sentará  en mi silla y quién beberá de mi copa.

Felices fiestas, amigos.

martes, 15 de diciembre de 2020

Un hilo de vida

 

 A Leonor, la mano que enhebró mi vida

Transcurren los años y es ahora, en estos momentos,  cuando soy consciente de que sigo traspasando fronteras sin pena  ni gloria, prácticamente sin advertirlo, muros de gran calibre,  paredes maestras de la existencia,  muy distintas a aquellas líneas  tan frágiles como hilos, apenas visibles, de los años cumplidos de juventud, tras las cuales soñábamos con atravesar la siguiente, y la subsiguiente  esperanzados por ver consumados nuestros anhelos en el próximo límite, nuestra perfecta y utópica vida fantaseada  y, súbitamente, una tarde de otoño, aunque también podría ser de primavera, se presenta ante nosotros un objeto, el más imprevisto, quizás  el más  insignificante, algo en lo que apenas uno repara a no ser que salte, se pierda en cualquier calle, caiga sobre el suelo de la oficina y se convierta en un vulgar rastro barrido, se desprenda del lugar al que pertenece, del preciso emplazamiento en el que por manos sabias, manos hábiles, manos generosas y  entregadas fue trenzado y engarzado una y diez veces, certeramente,  con el único y concreto fin de  unir dos partes que si bien pueden sobrevivir sueltas, disociadas, despendoladas al viento levante de los agostos, en el esforzado trabajo del andamio, sobre los frutos de la tierra fértil y también, por qué no, en la pasión arrolladora que arrambla en segundos con todos ellos, abriendo la puerta primera de la prenda a los labios ansiosos de la piel que cubre el corazón palpitante, aunque, lógicamente, al cerrarse, la disgregación da paso al nexo, al vínculo o articulación de unidad  que abriga, protege y cubre, nos integra dignamente  sin escándalo en las calles, en los espacios donde desplegamos nuestros encantos, la elegancia, quizás ostentación,  o sencillamente una humildad limpia, a veces confortable y en ocasiones un tanto desaliñada, tal vez coqueta, un descuido muy esmerado que nos permite llamar la atención, asemejarnos a aquellos artistas de tantísimo talento, la bohemia hipnótica,  o realmente el abandono desbaratado propio de quien anda con el peso de la angustia, la desazón, o  en  busca obsesiva de  la idea,  un tormento, un sinvivir, porque no hay modo de hallar la forma que exprese tanta hondura, de ahí que el desbarajuste sea el menor de los problemas, bastante menos grave que la ausencia de uno de ellos durante la revista a la tropa cuya pena supone tres días de arresto menor, la tercera guardia, la consiguiente anulación del permiso y la previsión de una añoranza insoportable que se sobrelleva en soledad, inmerso en el recuerdo, la evocación, imágenes de personas a las que queremos y con las que deseamos estar, incluso con aquellas que ya no hallaremos en lugar alguno más que en la memoria,  aquí, por ejemplo, en estas palabras pespunteadas por la aguja del hilo  enhebrado en un instante de incertidumbre semejante  a la cobra que se alza y tantea el aire a un lado y al otro husmeando el lapso vano, el hueco ínfimo, apenas percibido  más que por el ojo adiestrado en convertir con pericia secular el vacío en materia ensartada, consumada, ejercida en una leve presión dorada, blindada,  a salvo de heridas, que hunde el finísimo aguijón una y otra vez de manera que lo que eran precisos orificios ejecutados en el torno tras el troquel, se transforman en la roldana necesaria  gracias a la cual el botón vive, ya para siempre, en el espacio que le fue asignado con la única y trascendental finalidad de imbricarse en su ojal único y preceptivo, con la fijeza, eficacia, fuerza y tozudez del ballestrinque en el trinquete, porque lo que Dios ha unido que no lo separa el hombre, hasta que acontece un incidente, qué sé yo, un picaporte desalmado, el violento tirón de un enemigo, el arrebato impetuoso de un instante de deseo, la gula incontenible, o el paso hiriente inexorable  de las modas deciden su destino y entonces, ¡ah¡ entonces, la mano cuidadosa que un día lo escogió para tan noble fin lo auxiliará, lo redimirá del infierno del olvido  y lo acogerá en su regazo con el cariño profesado de la modista,  la madre,  la esposa,  la abuela que justo ahora lo observa junto a mí, al calor del hogar donde crecí, formando con otros cientos un hermoso mosaico autobiográfico cuyo contenido reposa en un tarro de reminiscencias nacaradas, brillos de resinas encarnadas, glaucas, añiles, azabache, blancas como el marfil,  cóncavas y convexas, alargados, circulares y trapezoidales, grandes, pequeños, hiperbólicos o irrisorios, barrocos, simples camiseros como un emoticono,  dorados y plateados, incluso apetecibles  como una cereza o un dulce de caramelo, algunos muy funcionales, versátiles en cualquier ojal mundano, otros exclusivos, alguien diría que aristócratas, quizás  intransferibles, de una sola existencia, pero en cualquier caso todos ellos testimonios  de toda una vida enhebrando agujas con el hilo que anudó la mano que cosió el botón y que meció mi cuna.

martes, 8 de diciembre de 2020

Rumores, gritos y silencios


E
n 1985 la editorial Anagrama concedió su XIII premio de ensayo a una obra de la que por entonces el líder del independentismo catalán, Àngel Colom, dijo “este libro es muy peligroso, parece que dice una cosa y en realidad dice otra.” Se trata de “El rumor de los desarraigados, conflicto de lenguas en la península Ibérica” obra del aragonés Ángel López García (1947), catedrático de lingüística General en la Universidad de Valencia.

Cuando se publicó este ensayo, el PSUC abanderaba el lema “Catalunya un solo pueblo”, con el  objetivo de  integrar en la identidad catalana a la gran masa de población trabajadora llegada de otros lugares y de paso, regalar el triunfo electoral a la burguesía nacionalcatalanista;  el gobierno de Pujol metía a Norma en nuestras casas, aquella niña simpática que nos invitaba a hablar siempre en catalán mientras el clan familiar y el partido político que los sustentaba, después del desfalco de Banca Catalana,  se erigía en los valedores de la ética, al tiempo que ponía a funcionar a pleno rendimiento y con plena impunidad la maquinaria de corrupción que esquilmó el país en connivencia, algunas veces, con la casa real.

Mientras tanto, la política cultural se reducía a la promoción publicitaria de los sentimientos patrios, a la banalización del papel intelectual, al endiosamiento de la mediocridad con la coartada de lo popular y al despilfarro generalizado. Hay que volver a leer también el ya mítico artículo que Rafael Sánchez Ferlosio publicó en 1985 en el diario El País titulado “La cultura, ese invento del gobierno”.

Han llovido treinta y cinco años, las ramas van cayendo una tras otra, el rey emérito se ha fugado con nuestro dinero, Pujol descansa y disfruta tranquilo de su botín en la Cerdanya, una parte muy significativa del  independentismo catalán pacta con uno de los partidos firmantes del 155 (monedas de plata) y, a falta de argumentos ya amortizados después de estos últimos diez años, a un lado y otro del Ebro la problemática de la lengua surge con fuerza como único banderín de enganche posible entre el nacionalismo político  y su electorado desencantado, frustrado y traicionado.

Efectivamente, volvemos a cargar a la espalda como Sísifos -un poco hartos ya de nuestro destino- el conflicto de las lenguas peninsulares, sobre todo el conflicto entre catalán y el español. Y es que, por un lado, el nacionalcatalanismo, en su órdago a la grande, ha dejado al descubierto sus dos únicos argumentos con los que ha movilizado a cientos de miles de personas: el 'España nos roba' se ha revelado falso, igual que la apelación al carácter represivo del Estado, no más represivo que cualquier otra democracia occidental, que permite, por ejemplo -curiosa represión- una televisión pública de consumo únicamente independentista y el sueldo más alto que cobra un cargo público en España, el de President de la Generalitat.

En la otra orilla del Ebro, desarbolado ya el independentismo, derrotado el terrorismo nacionalvasquista, y a pesar de que los partidos nacionalcatólicos españoles pretendan convertir los Presupuestos Generales del Estado en los presupuestos de Bildu, la verdad es que los protagonistas de la foto de la Plaza de Colón han agotado su fondo de armario  y una vez más echan mano de las esencias de una españolidad sectaria vinculada a la defensa histriónica de la lengua española para mantener a su electorado en tensión con la excusa, ahora, de la derogación de la ley Wert convertida en agravio grandilocuente de gran utilidad para mantener viva una propuesta política que se aguanta con la ventilación asistida de argumentos ajenos a la política. (Creo que fue el ministro de exteriores del gobierno de Rajoy, José Manuel García-Margallo quien reveló en directo, en la cadena 'La Sexta' de televisión, que un alto dirigente del PP le confesó “sin los muertos de ETA nuestro partido se ha quedado sin proyecto”)

Por eso, el libro de Ángel López contiene más actualidad hoy que en el momento de su publicación. De hecho, la editorial Anagrama debería plantearse su reedición (actualmente se encuentra descatalogado), entre otras razones porque, dado el actual contexto político y social, proyectaría un poco de luz hacia el eterno conflicto de las lenguas peninsulares y proporcionaría argumentos rigurosos y muy consistentes, al menos a quienes prefieren hablar, opinar o defender posiciones desde la razón y no desde el sentimiento o el sectarismo. 

Y es que, en palabras de Ángel López, “Desde la Inquisición, la cultura y los intelectuales se han visto entre nosotros como delincuentes peligrosos, como expresión a veces caricaturesca pero siempre real, de nuestros demonios familiares. Que a nadie sorprenda, pues, la tragedia escondida en la opinión popular, de unos y otros, cuando afirman que los de la orilla contraria hablan como los perros.” Unos son ñordos y otros polacos, según en la orilla del Ebro en la que uno viva o, peor todavía, según la lengua que uno decida libremente hablar y escribir.

El catedrático inicia su ensayo con la actitud más intelectual posible, la del escepticismo, porque a pesar de que extiende por las páginas de su libro abundante argumentación de carácter objetivo que podría atenuar los gritos de unos y otros, sospecha que “es muy improbable que una correcta planificación lingüística sea capaz de resolver por si sola el enrevesado problema de cuatro lenguas en suelo peninsular.”  Pero, ¿Por qué?

La coincidencia entre los mapas lingüísticos y políticos es una de las causas. “Este problema”, dice el lingüista, “se alargó durante ocho siglos. Por tanto no es un problema de Estado, sino de nación. El Estado no tiene nada que ver con los individuos, es un mal necesario. El Estado está fuera, no dentro: la nación, como la lengua, pertenece a lo más íntimo del individuo y del grupo, y resulta indisociable de su conciencia.”

Ya tenemos los dos componentes de una sencilla ecuación con las que la política -la mala política- calcula la ecuación del enfrentamiento, porque lo primero que debe hacer un partido político para construir su propuesta ideológica es identificar al adversario. Sin adversario no hay proyecto, de ahí que la identidad y la religión constituyan dos de los más poderosos ingredientes dentro de la marmita donde se cocinan las ambiciones de poder y la defensa de los privilegios.

Según López García, buena parte de la problemática que hoy día todavía arrastramos surge de nuestras herencias lingüísticas y, significativamente, de una en particular. A pesar de lo que creemos, la huella que nos dejó el árabe fue más cultural que lingüística. Ni el español y ni ninguna de las otras tres lenguas peninsulares contienen más rastro árabe que los que dejó en nuestro léxico. Por tanto, la influencia idiomática es superficial, pues no hay ningún rastro semítico ni en nuestra sintaxis ni en nuestra gramática.

Sin embargo, los árabes nos dejaron un legado más profundo, su concepción de la lengua como vehículo de transmisión de la palabra de dios. Este rasgo sociolingüístico jerarquiza las lenguas y establece una impronta cultural en el colectivo hablante de un territorio determinado que propicia la asunción de una categorización lingüística, una especie de pódium de las lenguas que premia a un de ellas y relega a segundonas al resto. Hoy, cualquiera que visite la iglesia del monasterio de Poblet podrá leer con asombro la placa que lucen los monjes benedictinos junto al altar y que recuerda al creyente y no creyente que el catalán es el idioma que habla Dios.

Pero más allá de este hecho, “El rumor de los desarraigados” prueba una tesis: el español nace como lengua koiné (idioma común) para facilitar el intercambio lingüístico y social de los que no podían entenderse. En la Edad Media, durante la formación de las lenguas romances, en los territorios del norte peninsular se produjo el fenómeno del sequilingüismo, gracias al cual personas que hablan lenguas diferentes se entienden; en el caso de las lenguas de la península ibérica la razón sería su cuna latina.

De algún modo, muchos de aquellas gentes del medievo se entendían hablando cada cual su particular variante del latín, pero los que no se entendían decidieron utilizar a lo largo del Alto Ebro una nueva lengua construida a partir del euskera y un latín ya muy vulgarizado; una lengua que cumplía la función del pidgin chino, gracias al cual oriente pudo comerciar con occidente. En palabras del gran filólogo Emilio Alarcos “El castellano, es en el fondo, un latín vasconizado, una lengua que fueron creando gentes eusquéricas, romanizadas. Fue más tarde cuando se generalizaría una koiné.”

De manera que el español surge como lengua de urgencia creada a partir del latín por los hablantes (euskaldunes o no) del dominio lingüístico vasco, por entonces mucho más amplio que ahora.  Las glosas emilianenses son testigo de excepción, así como los innumerables rastros fonéticos, gramaticales y sintácticos que dejó el euskera en el castellano.

La mal llamada reconquista -una suerte de conquista del oeste- que atrajo a gentes de diversos orígenes tanto peninsulares como europeos a través del camino de Santiago y el descubrimiento y colonización de nuevas tierras al otro lado del Atlántico hicieron posible su expansión.  Por otro lado, es interesante saber que a principios del siglo XIX, cuando empiezan a producirse una tras otra las independencias de los países hispanoamericanos, apenas habla español un 10% de sus habitantes. El uso del español se generalizará cuando los nuevos países soberanos lo introduzcan como lengua normativa en sus constituciones con la finalidad de que todos los habitantes del territorio hispanoamericano puedan entenderse.

Del mismo modo, durante la formación de nuestro país, y ni tan siquiera ya en los inicios de la época imperial, no se hizo nada por anular la diversidad lingüística. De hecho, los poderosos castellanistas interesados en defender sus privilegios dejaron que la norma la dictase un andaluz o que el teatro nacional español naciese en el este peninsular, más concretamente en Valencia, en pleno dominio lingüístico catalán, donde por cierto la castellanización se produce mucha antes de los Reyes Católicos: en pleno siglo de oro de la literatura valenciana (a mediados del siglo XV) , los valencianos ya son completamente bilingües y durante el siglo XIII en Cataluña proliferan los autores bilingües, como Pere Torrella, Joan Berenguel o Romeu Llull.

Antes del siglo XVIII se escribe en castellano tanto en Portugal como en el dominio lingüístico catalán o en la zona gallega del reino de Castilla. “Tenemos abundantes traducciones de obras de Lope de Vega y otros autores al francés o al italiano y de su posterior representación. No existen, en cambio, testimonios de que fueran vertidas al catalán” y obvia añadir que no fue así porque no era necesario, porque los habitantes de todo el dominio lingüístico catalán conocían perfectamente el idioma en el que hablaban tanto los autores del siglo de oro como todos los habitantes de la península ibérica.

Los ejemplos que ofrece el autor sobre el uso generalizado del castellano en toda la península desde la formación de las lenguas romances son numerosos.  La evidencia de que tanto en catalanes, como en valencianos, vascos, gallegos, asturianos, andaluces, leoneses o aragoneses han hablado y se han entendido desde hace siglos en castellano es tan palmaria que tengo la sensación de estar haciendo el ridículo al invertir unas horas con el fin de probarla.

Lo cual no conlleva el menoscabo o la negación de la existencia de las tres lenguas características y también propias de tres territorios peninsulares que desarrollaron su literatura y que afortunadamente perviven hasta nuestros días, alguna de ellas, como el catalán, en franca expansión. Y es que, por mucho que voces interesadas griten y se desgañiten igual que ploracossos bien pagados que el catalán se muere, la verdad es que actualmente vive el mejor momento de toda su historia, con más presencia editorial, más protección pública y administrativa y, lo que es más importante, con más hablantes que nunca.

Pero las lenguas hacen lo que tienen que hacer y por mucho que les asombre a los políticos y a las personas que siguen acríticamente determinados postulados “sólo la vitalidad de las culturas lingüísticamente diferenciadas puede hacer posible la pujanza de la koiné en sus respectivos territorios”, es decir, que cuando más estable y con fuerza se encuentre el catalán, el euskera o el gallego más crecerá también el uso del español en toda la península.

Cuando un independentista catalán grita desde las redes sociales, en una manifestación o le exige a una dependienta que le hable en catalán mientras le grava con teléfono móvil, so pena de denunciarla públicamente (como está ocurriendo) en razón de una supuesta exclusividad del catalán en Catalunya, en realidad está favoreciendo el uso del español, porque “se equivocan quienes creen que todo avance institucional del catalán se traduce en un retroceso del castellano y tienden así a obstaculizarlo. Mientras tanto, el pueblo sufre las consecuencias: de un lado la frustración de sentir que su lengua y su cultura declinan impotentemente; de otro, la frustración del progresivo extrañamiento respecto a la otra lengua y la otra cultura que, le dicen, son las invasoras, cuando él sabe perfectamente que han sido, y no pueden dejar de ser, la de todos los peninsulares. Allá ellos, pero sepan que quien siembra vientos recoge tempestades.”

Han pasado 35 años desde que Ángel López García escribiera este párrafo. Hoy, como ayer, un gallego visita la Sagrada Familia, y al alojarse en su hotel se dirigirá al recepcionista en castellano. Hoy, como ayer, un catalán visita la Catedral de Santiago de Compostela y al pedir un buen pulpo a feria en el restaurante lo hará en castellano. Hoy, como ayer, un andaluz disfruta con la última exposición del Museo Guggenheim y para disfrutar de todas las obras que observa leerá las leyendas adjuntas escritas en castellano. Hoy, como ayer, un guipuzcoano se traslada en primavera la Valle del Jerte y mientras se maravilla con la belleza del paisaje el guía extremeño les explica en castellano los secretos del cultivo de la cereza.

Hoy, como ayer, los tres gozosos turistas, por aquellos azares de la vida, incluso puedan encontrarse cualquier otro día en cualquier otro lugar de la península y al reconocerse como ibéricos entablaran conversación en castellano. Posiblemente incluso establezcan amistad y organicen un viaje a otro país y, aunque posiblemente también hablen inglés, se sentirán aliviados y hasta reconocidos como ibéricos cuando el camarero les entregue el menú y lean su plato preferido en castellano, o el recepcionista del hotel, al escucharlos hablar les diga, ¡Ah! ¡Españoles! ¡Bienvenidos!

Sin embargo, “los mediocres se han dejado engañar […] y han confundido pueblo castellano con las castas gobernantes de Madrid, a menudo oriundas de otras regiones ¿imperialista un labriego burgalés? ¿Imperialista un obrero de Vallecas? Lo malo es que los mediocres son la mayoría”, al menos- añado yo- en las urnas, porque “educar a un niño [exclusivamente] en una lengua minoritaria no tiene nada de progresista […], este tipo de formación de campanario es intrínsecamente reaccionaria. Lo curioso es que quien la promueven alardean de progresistas.

Claro, porque la koiné, esa lengua común a todos nosotros que nació hace siglos de la necesidad de entendimiento de los desarraigados y que adoptaron absolutamente todos los habitantes de la península ibérica “debería ser como el sustento de una cualidad diferente, no una forma de ser, sino más bien “ insiste López García, “ más bien una forma de estar [...] En el estrecho mundo medieval, la idea de España, o mejor, el sentimiento de España era patrimonio de los desarraigados, pues significaba la idea de la no adscripción genealógica o territorial, como siglos más tarde el internacionalismo socialista clamaría al mundo como patria de los proletarios, más allá de diferencias nacionales, lingüísticas  o religiosas.”

Siendo así, los partidos políticos nacionalistas, tanto españolistas como catalanistas, vasquistas o galleguistas se empeñan en enfrentarnos con la finalidad de ocultar intereses y proyectos de carácter reaccionario, a veces en complicidad con determinados sectores de la izquierda bonita, ignorante y bien alimentada, utilizando un arma que no debería ser más que algo “al servicio de algo mucho más difuso, de una manera de entender la vida y el mundo” porque “ la koiné sólo puede simbolizar un estar siendo, un dejar a cada uno, a cada hablante y cada comunidad en la posesión y en el disfrute de sus propias peculiaridades culturales que no se oponen a ella sino que, al contrario, las hacen posible.”

Se entiende ahora por qué Ángel Colom le tenía miedo a este libro, que, insisto, la Editorial Anagrama debería de volver a publicar. Porque alumbra con rigor nuestros orígenes lingüísticos y neutraliza cualquier intento de manipular a los hablantes en beneficio de objetivos espurios que nada tienen que ver ni con la cultura, ni con la lengua, ni siquiera con los legítimos sentimientos de identidad de cada uno de nosotros.

Siempre he sostenido que la sociedad española desperdició una oportunidad de oro, histórica, en la primera década del actual régimen democrático, aquellos gloriosos ochentas. Los sucesivos gobiernos de Felipe González, en connivencia con los nacionalismos catalanes y vascos, evitaron ejecutar una política cultural real y se dedicaron a despilfarrar recursos en movidas tiernogalvanistas, pseudoarte y en publicidad patriótica festiva. Como muy bien afirmó Sánchez Ferlosio en 1984 parafraseando a Machado, nos vendieron una Escuela Superior de Sabiduría Popular pero necesitábamos una Escuela Popular de Sabiduría Superior. Y de aquellos populismos, también lingüísticos, estos lodos políticos, que han llenado las calles, los medios, las redes y la conversación de gritos a costa de silenciar el rumor, sutil, medido, amable y empático con el que todos nos podríamos entender. Veremos.