martes, 16 de junio de 2026

El arquitecto de los dioses

 


No es fácil leer, ver o escuchar afirmaciones o comentarios negativos sobre el arquitecto catalán Antoni Gaudí. Diría que es misión imposible. Es una figura da la historia del arte que concita el aplauso y la admiración de propios y extraños, sin diferencia de ideologías, credos y clases sociales. Gaudí debería ser conversación obligada en las cenas navideñas, reuniones familiares o de amigos, pues no habría discusión posible al respecto de su vida y de su obra.

Si alguien propone el tema de la política: capote Gaudí. Que otro  habla del Barça entre madridistas: digestivo Gaudí. Israel o Palestina: vaselina Gaudí. Broncano o Pablo Motos: píldora Gaudí.  Góngora o Quevedo: paños calientes Gaudí, y así, reunión a reunión, en las mesas de todos los hogares del mundo mundo Gaudí devendría en el pacificador global de nuestra era que suscita la hermandad, el consenso y la concordia entre iguales y desiguales. Y no es para menos, pues alguien al que se le señala como el arquitecto de Dios, alguien que tiene como cliente principal a Dios, malo no puede ser. Aunque, bien pensado, según y cómo.

El modernismo catalán es un movimiento artístico y cultural ineludiblemente ligado tanto al arquitecto reusense como a su clientela mortal (no divina), es decir, a la gran burguesía, que amasó fortunas durante el siglo XIX con el negocio de tráfico de hombres, mujeres y niños gracias al cual en Cataluña surgió una industria pujante de diversos sectores entre los que destacó el textil.

De manera que además de Dios, Gaudí se hizo acreedor de un mercado muy adinerado que pagaba bien el estilo de su locuacidad arquitectónica basada en la novedad de todos sus elementos ornamentales, en un exotismo fantasioso, color, mucho color, una formas sugerentes, rupturistas, colmadas de sinuosidad, una aversión tajante contra de la línea recta y la liviandad mágica de sus componentes constructivos.

Todo rico burgués que se preciase, necesitaba vivir en esos espacios; de hecho, suponía prácticamente un requerimiento de clase la necesidad de ostentar ante la sociedad, bien a través de las fachadas de sus moradas, bien en la intimidad de las estancias de novísimos trazos profusamente decoradas de ninfas, mitologías, nenúfares, mariposas o faunos, el gusto exquisito, la exclusividad de sus posesiones inmobiliarias y la posición, sobre todo la posición social, sinónimo de poder.

Sin embargo, los cimientos de las humildes moradas que diseñó y construyó el modesto y dócil siervo del Señor Antonio Gaudí para las familias Güell, Batlló, Milà, Vicens o Díaz de Quijano, y  que hoy día admiran millones de turistas a diario, se asientan en la especulación monetaria o inmobiliaria y en la muerte y explotación de hombres, mujeres y niños.

Quizás, por esa razón fue que la Asociación Espiritual de Devotos de San José le encargó a Antoni Gaudí la construcción del templo de la Sagrada Familia, después de despedir al arquitecto que inició el proyecto, Francisco de Paula, que ha pasado a la historia sin pena ni gloria, igual que Pete Best, el primer baterista de los Beatles.

Fue el fundador de la asociación espiritual, Josep Maria Bocabella,  a la sazón librero, editor e impresor de temas religiosos, quien compró por la nada despreciable suma de 170.000 pesetas de la época el terreno donde actualmente se erige una de las construcciones más célebres de todo el mundo. Al señor Bocabella el  negocio de los misales le iba viento en popa, porque ese montante es equivalente hoy día a unos 2 millones de euros. Seguro que su generosidad para con Dios se vio recompensada con una su silla a la derecha de Dios padre. Y es que si Dios no disponía de una casa como la de la familia Güell, poco Dios era

Gaudí se hizo con las riendas del proyecto siguiendo el estilo neogótico convencional que proyectó de Paula, pero al poco, muy probablemente Dios inspiraría a su siervo y renovó por completo el concepto. Aplicó a su templo expiatorio las nociones de la nueva arquitectura que había implementado en las casas de los Güell, Milà o Batlló, y a partir de ahí hizo evolucionar sus ideas innovadoras, sobre todo en la geometría de los espacios y de los elementos estructurales, generando así una de las obras arquitectónicas más singulares, fascinantes y asombrosas del mundo.

Así, el Dios que nació en un pesebre, al calor de los animales, pobre entre los pobres, dispone en Barcelona de un espacio acorde con su origen plebeyo, al que cualquier persona puede entrar para contemplar la grandeza de su sencillez, pagando previamente entre 26 y 100 euros de la entrada que engrosarán los 135 millones de euros anuales que su Iglesia, la iglesia de los bienaventurados, de los parias de la tierra, utilizará para seguir con su construcción eterna, como no podía ser de otra manera. La construcción de la humilde morada del Señor, a imagen y semejanza de los esclavistas catalanes que jalonaron el Paseo de Gracia con sus cabañas, para veneración y respeto perpetuo de su pueblo, siempre fiel, lealmente sugestionable hacia la monumentalidad, la riqueza y el lujo.

1 comentario:

JMT dijo...

jajajjajajajjaja, esa mirada que escudriña el interior de las cosas y hechos. A parte mordaz y divertido :

"Y es que si Dios no disponía de una casa como la de la familia Güell, poco Dios era"

jajajaja