lunes, 26 de enero de 2009

Marías, Obama y La Eesperanza


En España no ha proliferado la literatura de espías. Tenemos nuestros Anacletos, Mortadelos, Filemones, Superintendentes y doctores Bacterios. También tuvimos, no hace mucho, a Perote, a Roldán y su manta, a Mr X y al Gran Elefante Blanco, y cómo no, a J. Pedro y su teoría de la conspiración. A mí me parecen más reales los primeros que los segundos, que son más de TBO, como Paco y sus hombres, que persiguen por Madrid, con zapatófono y triciclo, todo lo que se menea.

Y es que para contar este tipo de historias hemos carecido siempre de la sofisticación anglosajona. Ahí están las trepidantes y envolventes historias de Green, Forsyth, Fleming ó Le Carré.

Javier Marías, anglófilo confeso, puede ser la excepción nacional. Marías finalizó el año pasado una de las mejores novelas de la literatura universal contemporánea: “Tu rostro mañana”. Este monumento literario no es una novela de género; no es, ni por asomo, una novela de espías, pero en ella, su narrador y protagonista, Joaquin Daza, es reclutado por una unidad especial del Servicio Secreto Británico que se dedica a perfilar el futuro comportamiento de determinados individuos que, de una manera u otra, en cualquier momento, se pueden convertir en ciudadanos útiles para el estado o en peligrosos elementos a los que, como mínimo, hay que vigilar. En esta fantástica y magnífica historia Marías nos dice, en realidad, que nadie conoce nuestro rostro mañana, ni siquiera nosotros el propio. Nadie sabe, y tampoco nosotros, si nuestra aparente y apacible bondad, un día, se puede convertir en traición, asesinato, difamación, tortura, delación o mentira, en nuestro provecho, para salvar el pellejo o, por venganza o, sencillamente, por pura ambición.

No hace falta trabajar en el MI5 para intuir el rostro futuro de Esperanza. Quizá sí que habría que encargar algún trabajillo para perfilar los rostros futuros de Alberto, que me parece más enigmático, más taimado. De cualquier manera, a mí lo que me gustaría ver es el futuro rostro de Obama. Habría que pedirle a Javier Marías que escriba, a manera de adenda, o como epílogo, una nueva entrega de su obra, para que Mr. Tupra asigne a uno de sus agentes la misión de observar la mirada de Barak Obama, los gestos, los acentos, y sobre todo, esos momentos casi imperceptibles en que todos los rostros se relajan y delatan, durante un instante, de qué somos capaces. Sería tanto como saber qué mundo nos espera.

Vuelvo mañana

domingo, 18 de enero de 2009

Biolingüística


Las palabras y los nombres nombran y crean a las cosas y a los hombres. Las palabras nos ofrecen la imagen de lo que nombran dentro de su hábitat. Una palabra nombra a alguien y describe algo. En su propio contener, la palabra nos muestra para qué sirve, cómo es; si mata o ama, si vive o muere, si odia o quiere. A menudo, las palabras y los nombres contienen en su significado si algo o alguien es o está, sencillamente, sin más. Por eso puede ocurrir que un ciego de nacimiento vea mejor el mundo y lo que lo habita, porque lo mira a través de las palabras, a través de lo que ellas contienen, a través de su destino, ineludible, que se genera desde el momento en que se pronuncian por primera vez.

Por ejemplo, alguien que al nacer fuese bautizado con el nombre de Edgar Allan por su progenitor, el Señor Poe, no puede ser otra cosa que un genio maldito de la literatura. Quiero decir que, por el hecho de llamase así no puede escapar a su destino; por llamarse Edgar Allan Poe deberá escribir, en el trascurrir de su vida, obligatoriamente, “El Escarabajo de Oro”,“La caída de la casa Usher” ó “El cuervo”. Otro ejemplo, para que se entienda. Alguien que se llame Julio Cortázar está predestinado a unir su nombre, quiera o no quiera, durante su vida y después de su muerte, por siempre, a los Cronopios, a la Señorita Cora, al juego de la rayuela o al mismísimo Poe. Y así con quien pensemos. A mí, por ejemplo, al ser bautizado como Mariano José, no se me permitió escribir un buen poema, o un buen drama, alguna obra postrera, grande y maestra que me permitiese pasar a la historia como el único romántico ibérico digno de ser mencionado. Mi nombre estableció mi destino y éste me ofreció, rácano, cruel, un pobre “Vuelva usted mañana”, un disparo en la sien y el desprecio eterno de Dolores.

Con las cosas pasa lo mismo. Algo que se llame árbol tiene que ser bello porque una palabra tan llana, tan bien acentuada, tan sencilla, con sus dos fonemas líquidos tan bien colocados, no puede ser más que algo que se aferre a la tierra y que viva de ella, y nos dé sombra, y se cimbree con el viento y silbe con sus hojas en las noches veraniegas de cierzo.

Y ahora se me ocurre que todo esto ya lo saben los vendedores de humo desde que el hombre es hombre, desde que la palabra se hizo verbo. Los brujos de la historia, creadores de ilusiones, jefes de comunicación, directores de marketing, artistas de las relaciones públicas, aprendices de Maquiavelo, han conseguido cambiar el destino de las palabras, el destino de lo que contiene aquello con lo que se nombra. La técnica es tan sencilla como perversa, tan efectiva como letal. Se trata de averiguar el genoma de los significados originales, para con él, crear un nuevo embrión, con apariencia semántica similar, pero que desarrollará unas funciones totalmente diferentes y opuestas, de tal manera que una vez puesto en la vida, entre el destino de las demás palabras, elimine al original, como una especie depredadora en otro hábitat.

Para probar esta teoría, no hay más que ver los resultados que han conseguido los ingenieros de la biolingüística, los hechiceros de la tribu, con dos palabras y sus hábitats, con estas dos palabras y todo lo que a su alrededor acontece: Israel y Palestina.

Vuelvo mañana

sábado, 10 de enero de 2009

El tiempo


He vivido innumerables inviernos a lo largo de mi eternidad. Duros, crudos, fríos inviernos cubiertos de nieves y de hielo. El cielo se encapotaba y el sol desaparecía de las vidas de las gentes. Por entonces ya existían los medios de comunicación. Yo trabajé en ellos y llegué a crear alguno. Azotados por la ventisca, corríamos de un lado a otro y seguíamos con nuestras vidas y con nuestras muertes. Hablar del tiempo suponía perderlo. Resultaba mejor aprovecharlo en encender un buen fuego y, al abrigo de la chimenea, alumbrados por la luz de las llamas, bien abrigados, escribir sobre lo que de verdad nos helaba la sangre: la hipocresía, la tiranía, la pobreza, la incultura, la manipulación… la sangre derramada en las interminables y estúpidas guerras carlistas. Claro que había otros que preferían enmendarle la plana al político de turno, babear sobre los pies del rey o, sencillamente, llenar las cuatro páginas del pliego con las crónicas de las corridas de toros. Cada cual a lo suyo, nevase o ardiese la tierra de calor. Se trataba de discurrir a través de la mismísima vida, habitada siempre por perdedores y vencedores, listos, listillos, espabilados y tontos de remate, víctimas y verdugos, cabrones e inocentes.

Hoy, acostumbrados a vivir a cubierto, a 23 grados perpetuos, da la sensación de que occidente es un gran ascensor en el que nadie se mira y donde todos repetimos, como loros de pico corto, que en invierno nieva y hace frío y en verano no. No hay más que ver cualquier noticiero televisado por los ascensoristas sociales: 15 minutos de imágenes con personas caminando entre la nieve y la lluvia y otros 15 minutos de imágenes y palabras huecas sobre la última hazaña del futbolista de moda. O las portadas de los principales periódicos, que día si y día también, nos ofrecen cumplida información sobre la estación del año en qué vivimos, por si alguien alberga alguna duda.

Los inviernos de la Palestina ocupada son fríos y los veranos calurosos. La temperatura media del invierno, en el llamado Israel, es de 23 grados, la misma que en verano. En los hospitales de Gaza los heridos por el terrorismo israelí mueren de neumonía porque no hay cristales en las ventanas y la temperatura en su interior es la misma que en el exterior. Los niños palestinos se mueren de hambre, tumbados como perritos famélicos a las faldas de su mamá muerta a causa de la metralla producida por la explosión de misiles lanzados a las órdenes de Olmert, de Busch, de la Union Europea y del lobby judío. Los misiles son lanzados de madrugada, cuando la temperatura es más baja, aunque también al mediodía, cuando las nubes se retiran, se abren importantes claros y algunos chubascos ocasionales mojan los letreros luminosos de los centros comerciales de Jerusalem, Washington y París. Hace pocos días, llovió sobre una mezquita al norte de Gaza. En su interior rezaban los últimos creyentes del barrio. Al escampar, un misil de los terroristas judíos los descuartizó a todos y esparció sus entrañas por el suelo santo. El día de los Reyes Magos, día de la santa epifanía cristiana, tres cadáveres de niños palestinos aparecieron en todas las portadas de los diarios del mundo envueltos en sudarios tejidos en el mismo territorio en donde Jesús de Nazareth nació entre las nieves mediterráneas y el frío oriental. Oro incienso y mirra. Ese mismo día, al despuntar la mañana, caía una fina lluvia romana sobre la cúpula de San Pedro del Vaticano. Benedicto XVI se levantó de la cama adoselada, corrió la cortina púrpura de la ventana santa, miró al cielo y le preguntó a su asistente si las previsiones del tiempo para ese día prometían sol o, por el contrario, auguraban precipitaciones. A continuación bajó en ascensor hasta el despacho y, allí sentado, con la misma ilusión de un niño inocente, abrió su regalo y sonrió con sus dientes de pastor alemán. Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, el anticiclón predominaba en la costa este americana y un cálido viento, apenas perceptible, peinaba la hierba verde sobre la que Barak Obama mejoraba su handicap al introducir con solo dos golpes la bola en el hoyo 9.

Vuelvo mañana

jueves, 18 de diciembre de 2008

Christmas greetings


En pocos días todo habrá finalizado y recordaremos las luces quincalleras con desdén de viejos.

Al ver las cosas cotidianas con la luz natural, todo nos parecerá, en el recuerdo reciente, muy, muy antiguo. Lejano. Tan lejano que ni siquiera creeremos haberlo vivido.

Y al pensar en las próximas, experimentaremos un vértigo de tiempo que borraremos rápido para sobrevivir a los deseos y a las ambiciones que nos alentarán y nos guiarán de nuevo hacia el armario en donde aguarda paciente el espumillón, la pandereta y el buey.

Para entonces habrá pasado un año y, posiblemente, hayamos aprendido todos a ser un poco más justos

Justicia* a partir de 2009

* "Paz" tiene tres letras y es palabra monosílaba; es fácil de escribir y de decir. Unida a las palabras "en el mundo" forma la frase que mejor pronuncian las candidatas a Miss Universo.

"Amor" tiene cuatro. Es tan fácil de pronunciar y de escribir que la utiliza mucho el Vaticano y los guionistas de cine porno.

"Felicidad" es lo que sienten los banqueros y los grandes promotores inmobiliarios en estos tiempos que corren

Vuelvo mañana


lunes, 15 de diciembre de 2008

Quitameriendas

Hace pocos días, un buen amigo me explicaba que en las praderas frías de la sierra castellana, en un pueblecito ubicado bajo las montañas que unen (o separan) las provincias de Burgos, Soria y Logroño, crece una hermosa flor de pétalos independientes y morados que, unidos, forman el tallo colectivo que la sujeta precariamente a la tierra. Me explicaba mi amigo que la flor empieza a salpicar los prados cuando el verano va tocando a su fin, cuando el otoño asoma por las montañas silbando el viento del Norte espantando definitivamente a las cigüeñas que han anidado sobre la torre de la Iglesia desde mediada la primavera.

Quienes mejor conocían esta flor eran los críos del pueblo, o mejor dicho, quienes más la odiaban, porque su aparición era la señal inequívoca, el aviso, de que en pocos días dejarían de disfrutar de los juegos y de las correrías y de las largas tardes del verano al aire libre, que acompañaban de un trozo de pan de hogaza mojado en vino tinto y endulzado de azúcar. Por eso, la flor tiene el nombre de 'Quitameriendas', porque al verla se iniciaba la ineludible cuenta atrás y pronto, antes de lo que los niños se diesen cuenta, se encontraban comiéndose el pan con vino y azúcar al abrigo del fuego de la gloria, viendo como madre desplumaba una gallina en la pica de la fregadera o escuchando toser a padre mientras liaba un cigarrillo.

‘Quitameriendas’ avisaba a los niños de que la mañana se iba a unir a la noche sin tránsito alguno, y de que, más allá de la escuela y de las labores obligadas en el huerto, o con los animales del corral, tan solo les quedaba compartir un mínimo espacio familiar en el silencio del crepitar del fuego, al olor de roble quemado y, al final del día, después de la leche caliente, la cama fría e inhóspita, preludio de un nuevo día exactamente igual al anterior.

‘Quitameriendas’, le decía yo a mi amigo, era, al fin y al cabo, una herramienta pedagógica de primer orden que la naturaleza brindaba, con rigor, a los niños que crecían bajo las montañas de la Sierra de la Demanda.

Vuelvo mañana

sábado, 6 de diciembre de 2008

El tercer día


Mi agente, mi representante en el siglo XXI, JLM, se ha puesto pesado. Me dan ganas de despedirle y de empezar a ir por libre, pero -tengo que confesarlo- le he cogido cariño y, además, el mercado está fatal. JLM ha ganado un premio por escribir cuatro lineas mal puestas y está inaguantable; ya se cree que es como yo, inmortal. Lleva toda la semana pidiéndome, día y noche, que publique su cuento, que publique su cuento, que si viene de mi le harán caso, que quiere que sea su padrino literario... y no sé qué majaderías más. Así es que, con tal de que me deje en paz, he decidido colocar hoy, y sin que sirva de precedente, el cuento de mi agente, mi representante en el siglo XXI. Ahí queda.

Vuelvo mañana

El tercer día
¿Qué tal Ann? Cómo han ido estos días de fiesta. Estupendo. Me alegro. ¿Yo? Yo acabo el turno mañana. Sí, New York. Estoy en el hotel. Ya sabes, me cambié del puente aéreo hace unos años y ahora me arrepiento. Qué le vamos a hacer. No, pocas novedades, lo de siempre. Pero escucha, te llamo a ver si tú averiguas algo. Encontré el otro día un papel, como una carta, sí, antes de despegar. No, no sé de quién es. Por eso te llamo, porque estoy intrigada. Le estuve dando vueltas al tema durante todo el vuelo y ahora no puedo ni dormir. Sí, chica. ¡Claro! quizá no sea nada, quién sabe, pero quería leértela para que juzgues tu misma. No, no será más que un momento. Mira, oye, oye:

Aprovecho ahora que volamos a velocidad de crucero para escribirte, para decirte lo que hace mucho tiempo debí decirte. El ayudante de vuelo duerme a mi lado y el piloto automático se ocupa de todo. Allí adentro las azafatas reparten la comida. Dentro de pocas horas no se oirá más que el zumbido de los motores. Como cada día que llega esa hora, la hora del sueño, me da la sensación de que transporto almas sin cuerpo, vidas entre paréntesis. Es ahora cuando encuentro el momento, porque nos han pasado los años y se ha hecho absolutamente necesario que alguno de los dos sea sincero. O mejor, ya es hora de que yo sea sincero. Me paso la vida a bordo y, sin embargo, me da la sensación de que, excepto la mía, dirijo las del mundo entero.

“Hago despegar este aparato gigantesco una y otra vez, semana a semana, y cada vez que inclino el morro hacia el cielo siento un vértigo que va más allá de la inercia. No sé como explicártelo. ¿Recuerdas el día en que naciste? Si lo recuerdas, entenderás de qué te hablo. Escondo el tren de aterrizaje y poco después estabilizo y sé que me espera por delante la vida entera, un formidable espacio que nunca acaba. Y así siempre, un círculo de muerte y resurrección. Es como si a cada travesía renaciese. ¿Cómo decírtelo? Despegas y naces, vuelas y vives y al aterrizar mueres. Piénsalo bien. Es justo como te lo digo. Es perfecto.

“Vuelo a 30.000 pies. Pronto cambiaré de zona de franja horaria. Está resultando un vuelo plácido. El agua brilla allá abajo y dentro de algunos minutos todo se teñirá de rojo y veré el sol en toda su dimensión, fabuloso, gigante, dorado, y como siempre que no hay nubes, se burlará de mí en el horizonte porque jamás seré tan rápido como él.

“El océano es inmenso. Parece que nunca vaya a cruzarlo. Podría explicarte cada una de las horas, completas, minuto a minuto. Se hace corto. Perdona, me explico muy mal. No puede ser que se haga corto y que al mismo tiempo me parezca imposible cruzarlo. Puede que sea las dos cosas a la vez, porque en cuanto veo tierra me gustaría volver hacia atrás, y empezar de nuevo, pero en el momento de despegar lo que quiero es devorar millas y millas. ¿Lo entiendes ahora? Deberías probar.

“Dentro de poco, en cuanto vislumbre el primer trozo de tierra, deberé decir ‘señores pasajeros, les habla el comandante, abróchense los cinturones porque en breve aterrizaremos. La temperatura en New York es fría’ (como la misma muerte).Y tomaré tierra y pisaré con el pie suelo americano y entonces deberé llamarte y decirte que ya llegué, una vez más, y que te añoro, sí, yo también mi amor, claro, en tres días estoy otra vez contigo. Y al tercer día despegaré de nuevo de vuelta, veré brillar el mar, viviré una nueva vida, hasta que entre en pérdida y aterrice y se hagan eternas las noches que duermo junto a ti ,esperando, ansioso, poder transitar el cielo, al tercer día.

“Amor, te juro que lo intenté, pero mi vida está aquí arriba. Quiero decir toda mi vida, la que he pasado y la que me queda por vivir. Cuando el niño crezca y pregunte por mí dile que estoy en el mismísimo cielo. Él lo entenderá, seguro. Os voy a añorar. No sé"

Y aquí se termina. ¿Cómo? Sí, sí, es una cosa entre triste y loca, como si quien escribe esté un poco ido. La última letra está, no sé cómo explicarte, como temblona. Pues quizá sea eso que dices, como si quisiese escribir más. Sí, exacto, y en un último momento se arrepintiese. ¿Cómo? Estaba en el suelo, arrugada y sucia, bajo el carro de las bebidas de popa. Claro, no limpiaron bien y ahí quedó. Pues chica, quién sabe, igual hace meses, el papel está ya amarillo. ¿Quién podrá ser? ¿Tú también? Es lo que yo pensé. Seguro. No puede ser otro. Vale, vale, te dejo. No te preocupes mujer, lo primero es lo primero chao, chao. ¡Oye! Que tengas buen servicio. Venga, un besote. Hablamos.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Deconstrucción


La paloma es el símbolo de la paz desde que supimos que Noé se encontró a una mordiendo con el pico una rama de olivo. Al comunicar Noé el hallazgo, todo el pasaje del Arca respiró aliviado porque en ese preciso instante se tuvo la certeza de que se podría refundar la civilización. Pablo Picasso la hizo famosa en el siglo XX. Y ahora la paloma es, definitivamente, el logotipo universal de la Paz. No hay inauguración de evento deportivo global en la que no vuelen centenares de palomas. No hay nadie que, al ver una paloma espachurrada por un coche en medio de la calle, no sienta como se espachurra un pedazo de paz, o un ángel, o la esperanza, o sencillamente, siente lástima de ver muerto, sin que nadie haya hecho algo para evitarlo, un pobre animalito que no se mete con nadie.

La rata es la alimaña por excelencia. Nadie ha podido hacer, todavía, un logotipo de ella pero se utiliza a menudo para insultar, para vejar, incluso para torturar. Los nazis comparaban muchas veces a los judíos con ella. Con unos promotores así, quién quiere utilizar una rata para nada que sea bueno. Roberto Bolaño es el único escritor que se atrevió dignificar a las ratas cuando escribió el cuento “Pepe el Rata”. El cine las ha transformado en personajes simpáticos para crear historias infantiles. Micky Mouse o el reciente Ratatouille son buenos ejemplos. Por lo visto, cuando uno es niño, las ratas caen simpáticas. Un misterio más de la semiótica al que Umberto Eco podría meterle mano.

El otro día - y esto que cuento es absolutamente real - fui testigo de una escena estremecedora. El parque de al lado de mi casa, a la salida de la hora del colegio, se llena de mamás y niños que desfogan las horas de encierro. La calle circunda el parque y es fácil ver lo que ocurre, tanto desde un lado como de otro. Algo alarmó a cuatro madres que se acercaron corriendo al asfalto de la calle. Y es que allí mismo yacían, a pocos metros una de otra, una paloma espachurrada y una rata. Una de las madres, la más valiente, se apresuró decidida a propinar una patada al cadáver de la rata, y luego otra patada más, y otra, hasta que la rata muerta quedó escondida bajo el contenedor de basuras ubicado en un chaflán próximo. Las otras tres madres recogieron con sumo cuidado, con un pañuelo, su pañuelo, el cuerpo sin vida de la paloma. La imagen resultaba, en verdad, estremecedora porque el cuello descoyuntado de la paloma colgaba en péndulo mortal hacia la tierra formando una curva frágil y misteriosa. Las tres mamás dispusieron el cuerpo de la paloma bajo una encina del parque y la cubrieron con cuidado con unos papeles de periódico.

Y yo que vi aquello sentí un fuerte sentimiento solidario hacia la rata, aunque la imagen última de la paloma muerta me dejase medio noqueado. Sin embargo paloma y rata son animales muy parecidos. Les diferencia las alas, las patitas, los dientes… o sea la forma, les diferencia cómo se presentan ante el mundo. Por lo demás, ambas se mueven por el mundo repletas de bichos desagradables, son invasivas, se ultra reproducen, y ocasionan en las ciudades un sinfín de problemas sanitarios y de toda índole. Aún así, los papás y las mamás acuden a las plazas provistos de gramíneas variadas, acompañando a sus hijitos, para que pasen unos minutos dando de comer a palomas. Nos parecería totalmente inaudito hacer lo mismo con ratas. Aunque hay quien tiene otro tipo de ratas en casita, pero estas son muy blancas, más burguesitas, no tienen el aspecto lumpen ni la fama de las de cloaca.

A mí me da la sensación de que la diferencia de percepción entre una alimaña y otra estriba en las alas. Una viene del cielo, la otra de las cloacas. Una caga desde el cielo, y te mancha y te enfadas y luego lo explicas divertido. La otra se caga en la tierra, y la odias por ello. Una destroza una catedral gótica con sus excrementos, pero como forma parte de la imagen que tenemos de las catedrales, pues nos parece perfecto. La otra muerde los cables de la luz, y te monta un cortocircuito y te deja sin partido un domingo. La rata contagia la peste y la paloma, tan alada, tan indefensa, tan inocente, transmite peligrosas enfermedades. Una bandada de palomas, cruzando el cielo de la ciudad, nos fascina y nos asombra. Una recua de ratas retozando en cualquier plaza sería motivo de dimisión del alcalde de turno. El cielo marca la diferencia. Las alas son el valor, nos ofrecen la imagen de libertad. Las alas crean el símbolo y las alas son la potencia de la marca, el elemento fuerte a destacar. En realidad estamos ante la dialéctica cielo versus tierra. O mejor, cielo versus infierno. Por eso también nos quedamos embobados con las gaviotas, que al fin al cabo son ratas, pero marineras, mejor dotadas físicamente, más grandes, para poder aguantar los embates del mar. La gaviota arrastra una pesada carga: es para algunos poetas metáfora , símbolo y alegoría de la muerte, pero eso la gran mayoría no lo sabe, y si lo sabe lo obvia, porque prevalece en ella la belleza del vuelo, la silueta blanca de alas angulosas sosteniéndose entre los siete vientos marinos ante el cielo azul.

Son como son, así se muestran, según les dicta y les ha creado la naturaleza, la evolución. Y nosotros las cargamos de significado. Y preferimos a unas y despreciamos a otras en función de abstracciones que se han ido metiendo en nuestras cabezas a lo largo de la Historia. Por eso Bono no me engaña, porque es rata, y qué. Y tampoco Esperanza Aguirre, rata que abandona el barco, y qué. O Jorge Fernández Díaz, rata, y qué. O Aznar, Acebes, Zaplana, reyes de las ratas, y qué (¡Cuánto les añora ZP!). Gallardón va con alas, y no me fío, no sé a qué atenerme. No sé si va de paloma, o de rata que se camufla de paloma, o de paloma que se viste de gaviota . Lo mismo me pasa con la niña de Rajoy, o con la Cospedal o, en estos últimos tiempos, con el mismísimo Rajoy, que se deja morder por el rey de las ratas sin decir este pico es mío. O con los otros nacionalistas, los del PNV y de CiU, que odian que les llamen conservadores pero votan a favor de colgar la plaquita de las Maravillas. Palomas, que son ratas, que son palomas. Las alas, todo el secreto está en las alas, imprescindibles en este siglo para mentir con garantías.

Vuelvo mañana