viernes, 10 de marzo de 2017

Erótica del poder





Esta fotografía es piel y  aliento,  tacto y aroma. 

Esta foto es todo mirada.

Esta foto es gesto húmedo, recuerdo o promesa de erección prospectiva, una condensación hormonal de fragancias prohibitivas  que rezuman,  se expanden  y elevan hacia  el olfato mutuo  por entre las pequeñas  oquedades de la ropa, a través de la cuales podríamos llegar a los más íntimos recovecos del hombre y de   la mujer. 

Ella y él concentran esencialmente en esta imagen, al unísono, en un espacio compartido  de  instantes cómplices, expectativas de pasión  o el recuerdo reciente de una noche inolvidable.

Ella y él se saben aislados, ajenos a las miradas de los hombres, ajenos al mundo, despreocupados, indiferentes ante la hora que marca la esfera blanca, porque para ellos el tiempo, en ese momento, no existe.

Bajo la mano de él, la piel del brazo se eriza, y en un diálogo privado, exclusivamente  sensual, el tacto recibe del roce  la respuesta epidérmica que es  resolución y oferta, asentimiento y adjudicación. 

Los soslayos son centrales. Manifiestan cierta voluntad de coloquio y apuntan su condición soberana. Sin embargo, ese instante congelado revela que  la conversación  se desvincula de los asuntos del  poder,  porque lo que se dicen las miradas entreabiertas trasciende la voluntad humana y se circunscribe al ámbito atávico del instinto primario.

La disposición de las manos blancas sobre los hombros azules augura  el avance inminente hacia las espaldas del hombre  y  vaticinan  un  abrazo incontenible. 

Solo media un suspiro para que la mano de él,  que  acaricia el brazo con reservada delicadeza, descienda y aprehenda primero, suavemente, el costado de la presidenta, para después resbalar rápido hacia el límite de la falda, alzarla súbitamente e introducir sin remilgos toda la mano impaciente, que palpará apasionadamente el centro acuoso de su más inabarcable dominio.

Sin embargo, posiblemente no nos encontremos ante la escena de un presagio, sino ante la evocación de un reciente triunfo; ante la memoria todavía perfumada de una ofrenda inusitadamente  consistente.

Porque es probable que, a la luz de los gestos y de las miradas, a la luz de la proximidad de estos cuerpos preponderantemente  enjalbegados, lo que estemos viendo no sea más que la expresión capturada de un recuerdo reciente; un segundo en sus vidas apresado para siempre  que  pretendió contener, sin éxito, la confesión cómplice  de una  nostalgia voluptuosa.