miércoles, 14 de septiembre de 2016

La bandera de mi patria



De un tiempo a esta parte lo que más me gusta del verano son sus últimos días. Una vez liquidadas las  vacaciones y asumida  como  dócil  vasallo la  imposición  laboral, me aferro a las primeras lluvias y al primer descenso de las temperaturas  para sentir  una reconfortante  sensación de limpieza mental o espiritual, una  impresión de ligereza  o  de futilidad corporal  que cuestiona la materialidad  del sobrepeso adquirido a base de una rigurosa dieta estival, basada principalmente en el gintonic con pepino, el rioja cosechero y la cerveza bien fría. 

Es como acostarte en la medianoche canicular  y ser sorprendido  pocas horas después, en el silencio  tentativo de los sueños, por un soplo de aire fresco que contra todo pronóstico se mantiene constante hasta aniquilar por completo  el bochorno, y que nos obliga a acurrucarnos  bajo  la  sábana olvidada  en un gesto de placer  y de alivio. 

Si en la noche siguiente se produce el mismo fenómeno, yo me siento como el pecador absuelto que regresa  de las llamas del infierno,  como el esclavo liberado del sudor gratuito y, entonces, camino por la vida durante  varios días redimido de la calima, liviano,  mirando despreocupado  el cielo, luciendo una media sonrisa  estúpida  que se enfrenta sin pudor  a la objetiva iniquidad circundante. 

No sé si algo tendrá que ver con todas estas impresiones -tan mías y particulares -con otro tipo de bochorno que me ahoga y me deja tirado sobre al suelo en busca de un poco de frescor. Se trata de la  ya pesada, insoportable y asfixiante humedad tropical que provoca el llamado desafío independentista catalán y que se impregna pegajosa sobre la  piel como ese sudor invisible que no fluye, fruto de la poca higiene y de la climatología canicular,  que hiede insoportablemente  a pedo de mofeta. 

Una de las pocas  virtudes que se le pueden otorgar al franquismo es que nos curó durante unas décadas  del sentimiento patrio. Fuimos tan extraordinariamente tontos, dóciles y al mismo tiempo -y sin saberlo -hábiles, que  tras la muerte de Franco conservamos la bandera  y el himno que representa y recuerda a diario  la ignominia  de  los 40 años de tiranía  fascista. Quizá esa fue una de las causas  por las cuales la  gran mayoría de españoles no hemos desarrollado  el sentimiento patriótico y  nacional y no experimentamos más que repulsa, asco o indiferencia ante la presencia de los  símbolos que nos dejaron en herencia el dictador y sus herederos. Si además, como yo, uno es hijo de emigrantes, la inmunidad  contra las emociones  irracionales y perversas  hacia  todo lo que contagie los síntomas de la conciencia de identidad nacional está asegurada. 

Se podría decir que hemos caminado  durante unos cuantos años  de modo parecido a como yo camino ahora  en estos  últimos días de este verano, etéreos, ingrávidos, casi levitando sobre la tierra que pisamos sin dejar más huella  que  la que nos dirige a los recuerdos de nuestra infancia, nuestra única y verdadera patria. 

Pero eso se acabó porque, años después, cuando todo parecía indicar que los vientos alisios de  la experiencia democrática   nos proporcionarían  un estado de microclima benigno,   resulta que el sofoco del bochorno patriotero y pegajoso  se ha apoderado nuevamente de nuestros días. 

Anticiclones y borrascas   han dejado paso  a una depresión profunda de carácter marcadamente fascistoide  que se forma de la evaporación de las ideas y de los valores,  cuyo producto es una pertinaz sequía intelectual,  el miasma político o el bochorno ético y moral, pruebas irrefutables de que ya padecemos las consecuencias de un cambio climático que parece irreversible.

De ahí que, por momentos, el agobio  debido a  la falta de un poco de aire fresco se hace insufrible. Y lo peor es que a la vista de las  isobaras de la realidad, no se  prevén cambios del tiempo a medio plazo. Nos encontramos, casi  sin darnos cuenta, en una zona de clima extremo, en la misma  latitud en la que se ubican otros países lejanos a los que siempre hemos mirado con desdén.  Porque  solamente hay dos opciones, o el Monzón catastrófico  o la  sequía inmisericorde;  o ser español o ser catalán. Mejor dicho, o ser nacionalcatólico español, o ser nacionalcatólico catalán.

Nadie  propone otras disyuntivas un poco más templadas, algo más acordes con nuestra situación con respecto al Ecuador,  como por ejemplo, o eres honrado o  eres corrupto; o eres justo o eres inmoral; o estás con lo que explotan o estás con los explotados; o la riqueza para unos pocos, o la riqueza distribuida entre todos… 

Y mira, yo ya no puedo más. Por eso me quedo con ese airecito tan rico que esta mañana me ha despertado después de la tormenta  y que ha provocado que mi amor se arropase con la bandera de mi patria  y que envuelta en ella se abrazase a mi espalda  buscando  el calor de mi cuerpo.

9 comentarios:

ESTER dijo...

Mis patrias son mis pensamientos. Mis vidas son mis amores.

Un beso, Ester

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

¿De verdad?
Celebro el cambio

ESTER dijo...

No te confundas...

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

No, Ester, creo que la que estás confudida eres tú ;)

O has escrito esa frase para quedar bien, porque crees que puede resultar poética, o en realidad tienes doble nacionalidad.

Te lo digo porque el nacionalismo o el patriotismo o el sentimiento exacerbado de identidad nacional es absolutamente antagónico con ella

Un abrazo

ESTER dijo...

No escribo para quedar bien. Lo que creo ha sucedido es que estaba inmersa en mis narraciones y no desconecté.

Mi sentimiento patriótico no ha variado.

Otro abrazo.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Ya veo.
Entonces imagino que no te identificarás en absoluto con el texto

ESTER dijo...

Entiendo el texto y respeto lo que en él apuntas pero, hoy en día, he desconectado de esta patria.

Recomiendo la lectura de "Lliures o morts" de Jaume Clotet y David de Montserrat, así como "Victus" de Albert Sánchez Piñol.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

¡Como no ! ¡ Los Leni's Riefenstahl de la literatura catalana patriotera contemporánea !

Perdona, pero no me queda nada claro de qué patria has desconectado, si de esa tan sugerente y hermosa de los pensamientos o de otra igual, equivalente e igualmente perversa a la que cantan esos autores tramposos a los que citas.

Salud !

ESTER dijo...

Lo discutiremos cariñosamente cuando nos veamos. ¿Te parece?

Más salud!