miércoles, 23 de octubre de 2013

Etienne Lantiere



Etienne:  Hace ya un mes que llegó el otoño. Sin embargo, los árboles todavía no dejan caer las hojas, duermo desnudo sobre la cama y no  es necesario el abrigo, ni si quiera  de madrugada. Hoy mismo, mientras  paseaba  para espantar tantas horas de oficina,  me acordaba de ti. Si me hubieses acompañado verías  florecer la hierba en los campos igual que si estuviésemos en primavera. Durante el paseo ha habido un momento en que me he detenido para observar tranquilamente el espectáculo de un prado inundado de pequeños tréboles blancos, abigarrados entre tallos de alfalfa. Parecía nieve, o la campiña en el mes de mayo; un sueño, una mentira,  o el recuerdo de la blancura inclemente con que el frío terrible teñía las vastas llanuras del Norte de Francia  por las que  anduve contigo no hace mucho en busca de trabajo, de un porvenir y del destino. 

Pero ocurrió lo que ocurrió; probablemente lo que tenía que ocurrir, y nuestros caminos se separaron. No he vuelto a saber de ti. Imagino que Plutarch te acogió de mil amores y  te ofrecieron un lugar en la Internacional. Si fue así, me alegro, ya no solamente por ti, sino por  todos los compañeros. Eras de los buenos, de los que no traicionan. Todavía recuerdo los dilemas morales con los que tu conciencia se debatía. Realmente  te mortificabas, porque lo que deseabas era   estar al lado de los tuyos, los más débiles, y al mismo tiempo querías  saber, necesitabas conocer, y ansiabas moverte en espacios donde las personas se relacionasen de otra manera. "Sentías aquella repugnancia, ese malestar del obrero que ha salido de su clase, que se ha refinado con el estudio y que está atormentado por la ambición". al tiempo que  “despreciabas a los buenos oradores, esas gentes que entran en la política como en el foro para ganar rentas a golpes de frases”. 

Sin embargo, tenías algo muy claro. “desde el 89 se habían reído de los trabajadores, declarándolos libres: sí, libres de morir de hambre […] Votar por unos tipos que luego se dedicaban a divertirse, sin pensar más en los miserables que en sus botas viejas […] Había que terminar con aquello, de buenas maneras, mediante leyes y con acuerdos de buena voluntad, o de modo salvaje, quemándolo todo y devorándose unos a otros […] porque ahora es el obrero que quiere comerse al obrero”. 

¡Qué extraña  y desconcertante es la memoria!. Después de tanto tiempo, me llegan los recuerdos  de aquellos años, los recuerdos de la mina Veureux y de Montsou,  mientras disfruto de mi tiempo libre frente a un plácido campo de alfalfa florida: un día como otro cualquiera  finalizamos  nuestro turno de 12 horas; 12 horas comprimidos en las grietas de la veta, respirando hulla y grisú, a 400 metros de profundidad. Salíamos al frío glacial del invierno totalmente  tiznados de negro,  igual que si hubiésemos salido  de un tintero, negros como el carbón y totalmente empapados en sudor. Todavía no me explico cómo no caíamos como insectos,  fulminados por una pulmonía. Una tarde, de camino a casa, nos cruzamos con una calesa en la que viajaban el ingeniero Negrel y las hijas del mayor accionista de la mina, un tipo tranquilo, de aspecto bonachón,  en el que se hacía buena la frase “el dinero que para uno ganan los demás es el que más engorda”. ¿Recuerdas?  Pudimos escuchar perfectamente cómo una de aquellas niñatas decía en tono jocoso “¡Sacad vuestros frasquitos de perfume, pasa el sudor del pueblo!”. No dijimos nada. No teníamos fuerza ni para apretar los puños. Con solo mirarnos supimos lo que pensábamos.  A mí me acudieron “ideas de miseria y de revancha”, y creo que los dos coincidíamos. De hecho la situación de explotación estaba llegando al límite. Cada vez nos pagaban menos y nos obligaban a trabajar más. La familia en cuya casa te alojabas, la familia Maeheu -¿recuerdas?- apenas reunía dinero suficiente para comer, y eso que –exceptuando su hija recién nacida, los dos menores, sin fuerzas apenas  como para empujar vagonetas, y   la pobre jorobada-  allí trabaja todo Dios: el padre, la madre, el hijo mayor, la muchacha ¿cómo se llamaba? Catherine (tu querida  Catherine)  el pequeño bribón  y hasta el abuelo, que a pesar de no tenerse en pie, todavía se veía con fuerzas para  hacer el turno de noche sacando vagonetas con los caballos: soñaba con sus 140 francos de jubilación. ¡Pobre infeliz!      

Era hermosa Catherine. Raquítica, de una blancura grisácea, y sin embargo  hermosa. No me extraña nada que perdieses los estribos por ella, ni que te partieses la cara con aquel  cabrón, el chivato de Chaval. Los tipos como Chaval son lo  peor;  peor que el más ambicioso de los accionistas, porque son  traidores. Y además ni siquiera vale la pena intentar razonar con ellos, decirles, por ejemplo, lo que pensabas un día en la taberna de Rasseneur.  Al verte ensimismado te pregunté y me dijiste medio borracho “Yo, por la justicia, lo daría todo, la bebida y las mujeres”. Nos reímos con ganas de aquella ocurrencia, pero al poco volviste a tu ensimismamiento y me dijiste, en tono reflexivo, mientras mirabas fijamente a Chaval  “Nunca seréis dignos de la felicidad, mientras tengáis algo vuestro, y mientras vuestro odio a los burgueses proceda únicamente de vuestra necesidad rabiosa de ser burgueses en su puesto”. 

Finalmente todo estalló. Más de 10.000 almas hambrientas, famélicas, puestas en pie después de 2 meses de huelga en busca de justicia, o de revancha, o de un destino lejano que ellos no pudieron ver, ni siquiera imaginar:  mi destino. Todavía veo la cara de horror del hijo de puta de Magrait, el dueño del supermercado, que prestaba víveres, petróleo para alumbrar las noches, jabón negro que convertía  el pelo en paja… todo  a cambio de  la carne mísera de  las jóvenes  hijas de los compañeros. Ahora  se me ha olvidado quién fue. ¿Fue la Mouquette? ¡Qué importa!  Le arrancó de cuajo la polla y los testículos y los colgó de una pica, a modo de bandera. Era un triunfo, la gloria de la venganza que la masa iracunda disfrutaría durante unos pocos minutos enfebrecida de rabia, extasiada ante la visión del colgajo sangrante. Llegaron los gendarmes y dispararon, y a los pocos días ya estaban todos bajando otra vez a la mina, derrotados, condenados ya en el vientre de sus madres, antes incluso de  su nacimiento, sin más futuro que la oscuridad  de las galerías, que la muerte en vida, entre carbón y miseria humana. 

Y ahora, mientras camino tranquilo a casa para darme una buena ducha, merendar, tomarme una cerveza con mis amigos y quizá planear lo que haremos este fin de semana, me invade un profundo sentimiento de vergüenza al  recordar todo aquello; aquellos días de lucha feroz por la más mínima dignidad, solamente por el pan.  

Etienne: Pocos años antes, antes incluso de que tu nacieses,  hubo un tipo muy listo, un economista  pagado de sí mismo,  de esa clase de economistas que devienen en poco menos que oráculos, como los que hay hoy.  Consiguió fama  y celebridad  transformando la  apología de  la explotación  en ciencia social. Se llamaba David Ricardo, sus teorías hicieron fortuna a principios del XIX  y fue el autor de la famosa “Ley del cobre”. La  ley del cobre dictaba que en aras de la buena salud de las economías europeas,  al  trabajador había que pagarle lo justo para que pudiese comer,  ni más ni menos, y así asegurar la energía de producción suficientemente  durante toda la semana. De manera  que, en aras de la ley del cobre -hoy en día vigente- en realidad solamente trabajábamos por el pan “¿Pan? ¿Basta con eso, imbéciles?” Así os hablaba el patrón cuando llegasteis a su casa a pedirle que  os incluyese el entibado de las galerías en el sueldo de la jornada diaria. Sabía lo que decía. ¡Ya lo creo que lo sabía!  

Como te explicaba,  la memoria de todo aquello me sonroja, me entristece, me provoca un sentimiento de culpabilidad infinito y profundo.  Tú no lo podías saber, porque tu lucha era la lucha de tu presente. Sin embargo,  tus sacrificios, tu  audacia y tu valentía, el dolor  y las vidas perdidas que dejasteis en el camino  no fueron  en vano. Gracias a ti, a decenas de miles de camaradas que se levantaron contra la avaricia y contra la injusticia, hoy tengo pensión, sanidad pública, y vacaciones pagadas. Firmamos cada año un convenio colectivo, donde pactamos con el empresario las condiciones laborales, y ese convenio es ley. Y, fíjate Etienne,  incluso he podido estudiar en la universidad. Sí, como lo oyes, en la universidad, yo, un hijo de trabajadores, que apenas sabían leer, escribir. ¿Puedes creelo, camarada?. 

Pero ahora, compañero, amigo,  ahora que  podemos votar a nuestros gobernantes, decidimos mayoritariamente, alegremente, en la gran fiesta de la democracia,  regalar el poder al dueño de la mina.  Y  vuelven a reírse en nuestra cara de imbéciles. Todo aquello por lo que luchasteis se está quedando en nada. Han conseguido  nuevamente que  el trabajador se coma al trabajador, mientras ellos, unos pocos, “en el fondo de sus grandes camas […] siguen durmiendo con la cabeza en la pluma de la almohada”.  

Y yo me siento como tú me decías que te sentías  “dominado por el desaliento ante el poder invencible de los grandes capitales, tan fuertes en la batalla que engordan en la derrota, devorando  los cadáveres de los pequeños caídos a su lado”.

Tanto las citas entrecomilladas y en cursiva como los nombres propios que se referencian en este texto pertenecen a la novela "Germinal" (1885), de Emile Zola

4 comentarios:

ESTER dijo...

Magnífica narración, pero me pillas en momentos infantiles...no sé qué decir.

Besos Ester

El Pobrecito Hablador del siglo XXI dijo...

Como Etienn, quien pertenece a la infancia del movimiento obrero, ya muerto

Hostal mi loli dijo...

Siempre son los pobres obreros los que mueren en la mina o en cualquier trabajo, mientras el amo explotador gana dinero fácil. Un abrazo, y estupenda entrada.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Lo peor es que continuamos luchando contra nosotros mismos
¡Salud Loli!