miércoles, 16 de octubre de 2013

La biografía del dinosaurio



Seamos quienes seamos, unas cuantas líneas bastan para explicar toda nuestra vida. Por eso deberíamos ensayar un nuevo género literario, al que podríamos llamar  nanobiografía. 

La nanobiografía de cada cual contendría lo esencial de nuestra existencia y su objetivo sería el mismo que el de  todo artefacto escrito: atraer lectores a los que deleitar, de manera que a la hora de escribirla  habría que esforzarse al máximo para encontrar aquello que nos diferencia de los demás y de ese modo crear un objeto literario bello, compacto, con estilo, significación narrativa, ciertas dosis de poética y sentido completo. 

Una de las ventajas de este nuevo género sería su adaptación a las redes sociales. Utilizando 140 caracteres cualquiera  podría  resumir perfectamente su andadura vital. Aunque, muy probablemente, ante  límite tan exigente, en lugar de escribir una biografía el autor caería en  el error de  escribir un epitafio, que no es más que un último intento desesperado por dejar constancia y  prueba de  nuestro ingenio, como si de ese modo, por el mero hecho de unir de manera aguda unas cuantas palabras, albergásemos la esperanza de que La Parca  nos fuese a recibir con un trago de bienvenida, por nuestra cara bonita, por listos y por graciosos.

¿Cómo si no íbamos a desperdiciar ese escaso número de palabras? ¿Es que, acaso, algún ingenuo puede llegar a imaginar que  lo invertiríamos en explicar nuestros orígenes, nuestros sueños, cómo vivimos, qué hicimos, a quién amamos o  a quién traicionamos? Reconozcámoslo: explotaríamos nuestra vanidad hasta tal extremo que no nos esforzaríamos lo más mínimo en sintetizar aquello por lo cual se nos recordará, el rastro petrificado de nuestra presencia, y nos devanaríamos la sesera por imitar a los personajes más célebres, aquellos a los que admiramos porque hicieron lo que no fuimos capaces de hacer, porque hasta para morir se permitieron el lujo de ser ocurrentes. 

La muerte tiene mucho que ver con el género biográfico. Yo detento la teoría de que las biografías abultadas suelen ser así por el volumen que ocupan los muertos en la vida del protagonista. No hay más que echar mano a las  de cualquier jefe de estado o de cualquier magnate de las finanzas. El envanecimiento y altísimo concepto que tienen de sí mismos, o la admiración desmesurada que les profesan sus hagiógrafos,  les impulsa a lo ampuloso, al mamotreto, sin darse cuenta de que las grandes cantidades  de  prosopopeya con que confeccionan el sudario de sus vidas dejan entrever la siluetas rígidas de las extremidades de sus cadáveres. 

No pongamos límites, pues, al nuevo género, pero pensemos en piezas breves, intensas, sinceras y emotivas, de belleza concisa, redactadas con precisión conceptista; una confesión desinhibida, un espejo diáfano, las palabras sin imágenes con que explicaríamos esos famosos fotogramas que -dicen- vemos cuando morimos. 

Hay escépticos, lo intuyo. Pero debemos reflexionar, porque profundidad no significa forzosamente amplitud, ni brevedad es igual a  simpleza. Todo el mundo sabe que el cuento más corto de la Historia lo escribió Monterroso, aunque en realidad no es un cuento. Es la mismísima Historia de la humanidad, nuestra biografía colectiva narrada en 7 palabras; 7 palabras certeras, precisas, extraordinariamente eficientes que explican lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. Ahora reunamos todas las Historias escritas durante siglos que atañen a la vida de los hombres, desde Herodoto hasta  Fontana, y  después comparemos: constataremos  con gran pasmo y  claridad que el resultado de la historiografía completa de la humanidad nunca será tan explícito como el sueño del dinosaurio eterno. 

Llega  el momento en el que debería comprometerme con mi propuesta y no conozco mejor manera que predicar con el ejemplo. Quería inaugurar el género, pero de repente me he arrugado, toda mi audacia se ha venido abajo. Examinarme ahora, justo en este momento preciso de  mi trayectoria en que  me he propuesto seguir siendo como soy,  me produce vértigo,  y  reproducir el informe preceptivo en unas pocas líneas se me antoja  una temeridad,  para la cual no sé si algún día habré acumulado talento.    Así es que, mientras acopio ingenio  y valor, voy a ver si salgo del paso copiando un párrafo que se parece mucho a lo que yo creo que debería ser una buena nanobiografía. 

Para mí es un honor suficiente pertenecer al universo: a un universo tan grandioso y a un plan tan magno de las cosas. Ni siquiera Dios puede privarme de este honor, pues nada puede modificar el hecho de que he vivido; he sido yo, aunque por tan breve espacio de tiempo. Y cuando  haya muerto, la materia que compone mi cuerpo será indestructible y eterna, y le ocurra lo que le ocurra a mi alma, mi polvo será existiendo siempre y cada átomo de mí continuará desempeñado su función individual, y así participaré de algún modo en el mundo. Cuando esté muerto, podréis hervirme, quemarme, ahogarme, dispersarme, pero no podréis destruirme; mis pequeños átomos no harán sino reírse de tan severa venganza. La muerte solo puede matarnos.”


Bruce Cummings , naturalista inglés, más conocido como Barbellion (1889-1919)
 
Fragmento de sus diarios extraído de la novela “La vida en sordina” de David Lodge

6 comentarios:

Tesa dijo...

¡Hala! primero he pensado, joder que divertido, voy a proponer nanobiografías a los del club de lectura del poble! pero al plantearme qué escribiría casi me caigo redonda al suelo. Deja, deja, hay que tener la tensión muy compensada para hacer esto!! Pero me has encantado hoy también.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Pues oye, me has dado una idea. Igual me curro una serie de nanobiografías, ficticias o tan ficticias...
Sí, sí, creo que lo voy a hacer
Ya verás, ya
¡¡Besos!!

Hostal mi loli dijo...

Como siempre, ha sido un placer leerte. Salud.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

¡Salud, Loli!

Roy dijo...

Lo suscribo. Por favor, que lean esto en mi funeral.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Roy, no podré velar por tus deseos: yo moriré antes
¡Salud!