miércoles, 30 de octubre de 2013

Nanobiografía del ángel caído


Yo le quería.
Le quiero, a pesar de todo.
Me vieron caer del cielo como un rayo*, dejando tras de mí,  sobre el cobalto, un rastro encarnado. Minutos antes había tratado de  besarme en la frente y él mismo me ayudó a arrodillarme, como si yo no supiese hacerlo solo. Tantas y tantas veces postrado en público, frente a su trono,  para mostrarle  humildad, fidelidad, obediencia, y mi amor infinito,  incluso ahora que palpito decapitado en esta cueva ensombrecida de la historia, sobreviviendo gracias a los golpes de corazón que me permiten seguir viendo el mundo, participar de él,  influir en los hombres, obnubilándoles el  entendimiento, y la razón, ayudándoles a ser lo que son.
Le miré impasible, valiente, ausente de rencor.
Surgieron espontáneas las palabras de mis ojos, exentas de insultos o reproches. Palabras de amor, sin solicitud de clemencia.
Al verme, no solo se dio cuenta de que me había enseñado bien, muy bien, concienzudamente, sino que yo había sido un discípulo ejemplar.
Vislumbré una mueca reprimida de constatación (un rey de verdad procura no desvelar los pensamientos de su alma). Fue como si en mi dignidad hubiese descubierto una prueba más de amenaza, como si certificase en la entereza de mi disposición al ofertorio de  mi sacrificio, la acreditación objetiva  de la admonición por mí urdida contra su reinado.
Sintió miedo:  de mi futuro y de su destino, el todopoderoso.  No tenía porqué. En el último instante,  justo antes de  apoyar la cabeza sobre  el cadalso, no pudo luchar contra  la franqueza con que le miraba, y desvió los ojos, simulando entregar su conciencia solitaria  al sufrimiento  de los deberes de Estado.
Me acarició levemente el cabello, a modo de despedida.  Hasta eso le agradezco. El viento helado de  las cumbres hace lo mismo con la  nieves  perpetuas.  He tenido que pasar por el trance de su justicia implacable para disfrutar de un instante de ternura. 

A veces, aquí,  en lo más recóndito de la caverna de los tiempos, inicio el gesto de tocarme  el pelo para recordar aquella sensación, y antes de alzar la mano, un torrente de sangre brota de las arterias del cuello debido al espasmo producido por  la carcajada cínica que ya no puedo  proferir más que con el corazón y con las vísceras.
El verdugo dejó caer el machado, mi cabeza se precipitó sobre el mimbre y mi cuerpo cayó muerto.
El más bello, el más honesto, el mejor preparado para mudar los tiempos, yacía sin rostro,  ajusticiado por su propio maestro a la espera  del  puntapié con que se precipitaría al abismo de los hombres.
Una vez descabezado, apartó de un manotazo al verdugo, agarró la cabeza sin vida y dirigió mi mirada degollada hacia el vacío  del vértigo,  por donde mi cuerpo caía sin fin,  para escarnio y ejemplaridad futura, con destino al castigo eterno.
Yo me vi a mí mismo. Él no lo sabe, pero yo pude verme. Le escuché palabras de sátrapa entre carcajadas de odio.
Y aun así le quiero.
Nadie hizo tanto por mí. El forjó mi leyenda y ahora yo gobierno con los hombres. Yo soy la rebelión que sacude al hombre y que le hace decir  “eso no es posible”, porque en el momento de pronunciar esa frase alberga la certeza, precisamente, de lo que es capaz.**
*Nuevo Testamento. Lucas 10:18
**Esta última frase en cursiva es una adaptación libre de un fragmento de “El mito de Sísifo”, obra del escritor y pensador Albert Camus.
FOTO: El Pobrecito Hablador del Siglo XXI.

2 comentarios:

Hostal mi loli dijo...

Ohhh que genial entrada, y la foto le va a medida. Salud!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Las nubes. A los pocos segundos de tomar la foto eran completamente negras; y antes de anochecer por completo ya se habían disuelto.
¡Salud, Loli!