miércoles, 18 de septiembre de 2013

Botella amontillada

Tolstoi  creía que saber idiomas  nos hacía mejores  porque así  entendíamos  otras maneras de ver el mundo y  porque aproximaba a los habitantes de  pueblos distantes o cercanos. El escritor ruso creía que si los hombres supiesen  hablar varios idiomas, entre otras muchas cosas  se diluirían los sentimientos nacionalistas  y  patrioteros, fuente histórica  de los peores enfrentamientos, una de las principales causas del empobrecimiento de los pueblos, de  muerte y de dolor. Tan convencido estaba de que el desconocimiento de otra lengua que no fuese la propia  levantaba  a  menudo una muralla insalvable entre las personas,  que acabó por hacerse defensor e instigador del Esperanto. Claro que, entender o hablar un idioma, y  que se entiendan dos personas son dos cosas bien diferentes. No hay más que asomarse a cualquier parlamento occidental para comprobar cómo  se producen todos los días  auténticos remakes del ya clásico  "Empanadilla de noche", protagonizado por el dúo 'Martes y Trece'.

La Rusia del XIX que describe Tolstoi a lo largo de toda su obra  es un país de esclavos, en el  que  gobernaban los zares en estricto régimen feudal. Cualquiera que haya leído “Guerra y Paz” y “Anna Karerina”  habrá podido ver que los personajes de la  aristocracia rusa, dueños de tierras y almas,  hablaban francés. En varias escenas,  condesas, marquesas y duquesas  regañan a sus hijos al  sorprenderles hablar en ruso, un idioma propio de mujiks, esclavos y comerciantes.  La aristocracia rusa, por tanto, estaba compuesta por personas que conocían a la perfección  y fomentaban entre sus miembros el idioma del país que guillotinó  el régimen que ellos defendían; el idioma de la Declaración de los Derechos del Hombre, de la  Igualdad, la Fraternidad y la Legalidad; el idioma de un modelo social totalmente antagónico al que ellos disfrutaban. A los nobles rusos, saber francés y cirílico no les convertía en mejores personas. De hecho, el hablarlo suponía la utilización de una herramienta discriminatoria de una elite y una manera más de  desprecio hacia las clases sociales a las que oprimían y explotaban de modo inmisericorde. Paradójicamente, el destino de la historia se cobró su pequeña venganza  porque,  la letra y la música de la “Internacional”, el himno de los  trabajadores del mundo y el himno oficial de  la Unión Soviética hasta mediados del siglo XX, fueron compuestas por dos  franceses: Eugene Poittier  y Pierre Degeyter. Lenin pensó “¿Os gusta  hablar francés? ¡Pues caña con el  francés!”.

Pocos años después  de la muerte de Tolstoi, cuando “La Internacional” resonaba alta y clara  en tierras españolas,  Don Manuel Azaña y Salvador de Madariaga protagonizaron una  conocida anécdota a cuenta de las virtudes y  de las ventajas de saber idiomas. Parece ser que Don Manuel no tenía muy buen concepto del historiador. Un día alguien le arguyó que dejase de despreciarle, porque Don Salvador sabía hablar y escribir a la perfección  ni más ni menos que  siete idiomas. Azaña  contestó “Lo sé.  Ese es tonto en siete idiomas”.

Por si alguien no lo sabe,  Ana Botella, alcaldesa  de Madrid por la gracia de Dios,  no tiene parentesco alguno con Madariaga,  con Manuel Azaña,  Lenin, Tolstoi, o con los cómicos de 'Martes y Trece' y, sin embargo, a mi manera, yo la admiro. Y voy a explicar porqué. Hace ya demasiados años realicé mi primer vuelo internacional. Acompañé a mi amor  en un viaje de trabajo a  Suecia. La enviaron a la sede de la multinacional de la misma manera que el monitor lanza a un niño que no sabe nadar, justo en la zona donde no puede hacer pie. La cuestión es que ninguno de los dos sabíamos prácticamente nada de  inglés. Pero había una diferencia. Mientras ella sufría  las reuniones pertinentes-sin enterarse absolutamente de nada- yo paseaba por la ciudad de  Knorschoping tan tranquilo, a salvo de la vergüenza y de la tensión que la agotaba y que la sumió durante toda la estancia en una profunda depresión. Al finalizar la jornada, cuando nos veíamos en el hotel, yo la intentaba animar y relativizaba el problema restándole importancia, pero solamente obtenía de ella el consabido “¡Tu no sabes por lo que estoy pasando. Tú no sabes lo que es esto!”.  Al tercer día, próximo a las fiestas navideñas,  la empresa organizó una cena para celebrar el final de la convención. Sabían que yo había acompañado a mi amor, de manera que, muy amablemente,  también me invitaron.  Creo que en pocas ocasiones de mi vida  lo he pasado tan mal. Todavía nos reímos cuando recordamos cómo me las tuve que componer, a través de ademanes estrafalarios,  para explicar a los compañeros de mesa la tradición española de los tres reyes magos. Lo peor, sin embargo, todavía no había llegado. En el momento de la partida, la representante de la delegación alemana, gracias a gestos muy eficaces, se hizo entender para proponernos compartir un vehículo de la empresa con el que  llegar hasta el aeropuerto. Por supuesto aceptamos. Nosotros, prudentes, ocupamos los asientos traseros. Nada más arrancar, la alemana pronunció una frase breve y muy educados,  sonreímos abiertamente. A los pocos segundos el chófer repitió  lo mismo, y volvimos a sonreír.  Instantes después, haciendo uso de toda la potencia teutona,  la alemana, por tercera vez,  volvió a decir las mismas palabras. Ante la insistencia,  yo me armé de valor y mirándola a través del retrovisor contesté con mi mejor sonrisa. ¡"Yes, yes!". Ésta se giró sobre el asiento, nos miró igual que se mira a dos presidiarios y de un manotazo ostensible y poco amistoso, arrugando la frente y abriendo mucho los ojos, agarró su cinturón de seguridad y lo estiró casi hasta tocar con él  al chófer. Obedientemente y en milésimas de segundo, nos lo abrochamos. Durante todo lo que quedaba de viaje,  hasta el aeropuerto, y  a pesar de las bajas temperaturas, el calor dentro del vehículo se nos hizo insoportable. La alemana y el chófer, sin embargo, no dejaron de hablar, a veces riendo escandalosamente, otras con  cierto tono de indignación, que acompañaban inclinando ligeramente la cabeza hacia nosotros sin llegar a mirarnos. Yo estaba muerto de miedo, y absolutamente aborchonado: una alemana indignada es mucha alemana.

Desde aquella semana de infausto recuerdo  mi inglés ha mejorado, pero no pasa de cheroki, middle level, tal y como escribe media España en los curriculums. Me avergüenza, y como me avergüenza no dejé de reírme durante un buen rato cuando escuché a Doña Ana decir en Buenos Aires, el pasado día 8, “A relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor”.  A costa de su acento castizo, de la impostura y de los esfuerzos de la poderosa Aznarina por hacerse entender en inglés, medio país hizo lo mismo; un país que invierte la primera quincena de septiembre y de enero de cada año  en decidir  si debe apuntarse a una academia de idiomas o al gimnasio.

La intervención de la Botella ante el COI  nos ha servido para reírnos de nosotros mismos sin fustigarnos.  Nos ha ido de perillas. Aznarina la Grande es nuestro chivo expiatorio,  la víctima propiciatoria a la que hemos encasquetado un capirote colectivo, que deberíamos compartir entre todos para ver si así, de una vez por todas, aprendemos a hablar inglés.

En Catalunya, en la época en que nos  gobernó l’Honorable Montilla,  éstos que ahora van por ahí  confeccionado cortinas de humo con la senyera;  los burguesotes maledicentes  de tota la vida, de RH impoluto, racistas y bien criados,  que ostentan altivos su acento geminado en las iglesias, descendientes de aquellos que recibieron a Franco con el brazo en alto,   acuñaron el término de ‘catalán amontillado’ para referirse a la  forma con que se expresaba el primer President  català de cuna andaluza. Muchos emigrantes, después de años y años  en Catalunya, no se han atrevido a hablar catalán  debido a que, históricamente, gente como esa  se ha reído y ha despreciado a las personas de buena voluntad que hacían esfuerzos por conseguir hacerse entender en una de las dos lenguas originales del país que se hizo próspero con su trabajo.

Con todas las distancias que queramos poner,  igual que  la actitud de cierto sector del  catalanismo para con los emigrantes, así hemos actuado  en relación al 'momento Botella'. Y flaco favor nos vamos a hacer si andamos sometiendo a escarnio al personal por intentar hablar un idioma que no es el suyo.  Otra cosa es que conocerlo nos haga mejores o peores personas. Otra cosa es la exigencia de conocimientos  que queramos establecer para  un político que nos quiera gobernar y representar  en pleno siglo XXI. Y otra cosa es lo que me pone a mí Ana Botella. 

El pasado mes de  agosto estuve en París. Tengo que confesar que dentro del  Panteón me emocioné. Es el templo laico donde reposan y se rinde homenaje a aquellos que han hecho de Francia un gran país. La nave central  del Panteón, bajo la enorme cúpula (el lugar central del edificio),   está presidida por un altar de piedra, flanqueado por el ejército de La República y los representantes del pueblo. En ese altar se puede leer la siguiente inscripción gravada: “Vivir libre o morir”. Ana Botella se formó en una época en la que el idioma que se estudiaba en las escuelas era el francés, por lo cual no es arriesgado sospechar  que, igual que  los aristócratas rusos, lo habla a la perfección. Pero al mismo tiempo también  estoy convencido de que jamás pronunciará esas palabras, auténtica declaración patriótica de intenciones, manifiesto universal de emancipación institucionalizado. Jamás  las escribirá, ni  permitirá que se pronuncien en su presencia. Es más,  si pudiese, haría todo lo que estuviese en sus manos por prohibirlas.

De modo que, a  pesar de la experiencia de Buenos Aires, Botella está orgullosa de sí misma, y con mucha razón, porque es fascista en  tres idiomas. El catalán no podemos contabilizarlo, ya que, de momento, está practicando el nivel ‘O’, el Onomatopéyico, con el que puede gemir en la más estricta intimidad. Superada esta fase, serán cuatro.

6 comentarios:

Ana Rodríguez Fischer dijo...

¡Qué bueno eres!
Es lo mejor que he leído sobre este asunto, y eso que he reído bastante.
¡Imprescindible!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Bueno, gracias Ana.
Yo me reía y me reía, y hacía mis coñas con el 'momento Botella', hasta que alguien próximo me hizo ver otro punto de vista: todos somos Botella.
Seguro que habrá a quienes no les va a gustar nada.
¡salud!

Hostal mi loli dijo...

jajajajajja que divertido, se agradece, es un placer leerte. Salud.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

El placer es mío, Loli
¡salud!

Belén dijo...

¿catalán amontillado dices?... mofas y befas parecidas para los que somos "euskaldunberris" (gente que ha aprendido euskera más o menos de mayor...)... en fin nada nuevo bajo el sol...

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Aquí y en Pernambuco, los nacionalismos/tas son todos lo mismo.
Que por tu tierra se siga adorando al racista de Sabino Arana o aquí a Cambó...
Los primeros alcaldes convergentes de la democracia eran, en gran parte, hijos o descendientes de alcaldes franquistas...
Y así. La cosa es que el nacionalismo ha sido y será siempre una herramienta del poder tradicional para seguir manteniendo los privilegios de clase.
Bueno, que no me enrollo más.
Un abrazo