lunes, 4 de mayo de 2015

La reproducción del kraken



Vivian -sabia y experta,  joven y hermosa meretriz a la que solamente tú te follas- posa las uñas encarnadas sobre tu pecho peludo y te aparta levemente en un gesto casi imperceptible, lo suficiente como para que sepas que debes dejarte hacer. 

Te mira con cara de niña vieja, se levanta lentamente y, una vez en pie, abre el arco de sus piernas sobre tu cabeza calva.  De modo que, antes de que ni siquiera puedas regodearte, decide flexionarlas, muy despacio, para sentarse sobre ti, sobre tu conciencia empalmada.  

Entonces  tú, el amo y señor de todo esto, donde nadie se mueve sin tu consentimiento,  triunfas de nuevo, en un repunte de la deuda, entre gemidos primates y espasmos fingidos porque la amiguita cabalga sobre el poder y tal parece que flotase a horcajadas en la pequeña galerna de espuma y agua burbujeante que ha provocado el vaivén de las caderas, a las que te aferras como si te fuese la vida en ello.

En unos pocos segundos Vivian escuchará  un sollozo miserable amorrado a su oído, minúsculo, inaudible, parecido al chillido de un silbato sin garbanzo, que pondrá fin al coito acuático.

Y de inmediato, tras una breve convulsión, tus manos -manos de banquero- resbalarán entre los costados, arribarán paralelas a la cintura y desde ahí, en peso muerto, caerán y se hundirán exhaustas hasta yacer, arrugadas, en el fondo inseminado de la bañera, donde descansarán igual que un par de poderosos calamares.

lunes, 27 de abril de 2015

Salmones en el ombligo


Este cuento  ha sido publicado en el número 40 de la revista Panenka .Me lo encargó un buen amigo durante un reencuentro, amenizado con priorato a granel, después de casi 30 años sin vernos. Él es uno de los cinco locos que fundaron esta revista, con la que se han propuesto escribir sobre fútbol desde ángulos mucho más sugerentes que los que nos ofrecen los periódicos de siempre. La ilustración es la que publica Panenka, y es obra de Adrià Fruitós.

Nacemos amnésicos. Dicen que así debe ser, que la naturaleza nos otorga el bien del olvido porque, de lo contrario, no podríamos vivir con el recuerdo del profundo dolor que produce  abandonar un mundo amniótico, libre de ruidos, inclemencias y penas; libre de la responsabilidad,  del pensamiento y de la supervivencia,  y, sobre todo, libre de los demás.
Arrojado, sacudido por el temblor de la contracción del cuerpo que durante meses  nos ha acogido en paz, aspiramos por primeva vez la mezcla extraña de gases que compone el aire y emitimos nuestra primera  queja, la vindicación y la súplica de la vuelta atrás suspendidos boca abajo, sujetos como una liebre desnucada en las manos enguantadas de alguien  que nos agrede  para que nuestro grito no se ahogue entre las sangres y los fluidos placenteros que ahora, en la tierra, taponan la nariz y la boca. De manera que, en aras de una hipotética armonía universal, la mente se ocupa de borrar la experiencia de nuestro nacimiento.
Por lo que me han dicho, yo nací en casa. Era el tiempo de los pantanos  y de los salmones mansos. Me expulsaron al mundo en una habitación de la segunda vivienda donde se establecieron mis padres después de mudarse de la primera, en la que se instalaron al llegar desde un lugar lejano, un lugar hambriento donde a ellos les tocó nacer. Anudó mi ombligo una vieja comadrona experimentada, esa trampa de piel que camufla entre arrugas el portal hacia nuestro origen, el acceso al lugar donde probablemente habita la memoria de mi parto.
Parece ser que nací extraordinariamente feo. Tuvieron que azotarme fuerte, como a casi todos,  para que emitiese mi primer sonido, un largo quejido que no se materializó en llanto, ni siquiera en berrido. Pareció más el ronquido de una alimaña enferma, y no lo digo porque lo recuerde. De hecho, ni siquiera  me lo han dicho.
El primer recuerdo que soy capaz de evocar es el suelo de aquella casa. Estaba alicatado a base de  baldosas decoradas con formas geométricas y motivos florales de colores terrosos, pero muy  vivos. Formaban un mosaico muy sugerente. Yo gateaba sobre las líneas y sobre los ángulos a lo largo del pasillo, e intentaba arrancar las flores grabadas, pero únicamente conseguía  herirme, ya que las baldosas se movían formando desniveles en sus bordes, contra los que rozaba la piel de mis rodillas. Por eso mamá optó por protegérmelas con un par de rodilleras caseras, confeccionadas a partir de pequeños pedazos de trapo y borra, sujetos a las corvas con tiras de esparadrapo. Papá y mamá siempre lo arreglaban todo con esparadrapo.
Mis  gateos sobre aquella hermosa geometría floral han abierto, de repente, un espacio  que  permanecía cerrado; un lugar que hacía mucho, mucho tiempo, no recordaba. Las rodilleras o las heridas deben ser la causa. La cosa es que había olvidado por completo que yo nací a cincuenta metros de un campo de fútbol. La bendita casa de mi nacimiento  se ubica en la misma calle de la puerta trasera del viejo campo de fútbol de mi ciudad.  Según me decían, cuando nací el campo todavía tenía hierba, y gradas de hormigón, y mástiles en los que ondeaban  banderas con escudos  los domingos por la tarde, y megafonía, y bar al aire libre sin mesas, una larga barra de madera al cobijo de  una marquesina de uralita donde se servían carajillos, cigarrillos, puros, brandi Veterano y pipas para los niños y las esposas.
Excepto el césped, conocía muy bien todos los demás elementos aunque, en realidad, el campo no era tal, porque se trataba de un terregal polvoriento, delimitado con cal y salpicado de brotes de mala hierba que tiznaban de verdín los ángulos de los corners,  sobre el que rodaba rápido como una piedra  el balón  doloroso, tan hinchado y de cuero tan desgastado que golpearlo con el pie era parecido a golpear con la mano una pelota vasca. O al menos así me lo parecía, porque, ahora que recuerdo,  iba a ver los entrenamientos a menudo y era habitual que algún balón saliese  fuera del terreno de juego.  Tenía que correr más que otros niños  para poder  devolvérselo a los futbolistas pateándolo con todas mis fuerzas, con el estilo de Reina -el portero de moda- y a pesar del dolor que me infringía en el pie al propinar la patada, hacía lo posible por ocupar un lugar estratégico desde donde poder atrapar los chutes desviados.
Durante los descansos nos permitían ocupar el campo e improvisábamos un masivo atacaygol. Un día intenté cabecear un centro; lo hice tan mal que, en lugar de golpear plenamente el balón, solamente lo rocé y causó en mi frente el efecto de un cuchillo. Me inyectaron la vacuna antitetánica y me aplicaron un punto de sutura. Poco después descubrí el baloncesto, murió Franco y los comunistas derruyeron el campo de fútbol para construir en su lugar un colegio. A partir de aquí mis recuerdos son diáfanos, a veces entrañables y en ocasiones, ausentes de dolor. 

viernes, 17 de abril de 2015

Elegía



Para Carmen, César y el pequeño Jon, que me acompañaron
Para MªJesús y Víctor que se quedaron en casa cocinando pastelitos de naranja y chocolate
Para Leonor y Consuelo, que compartieron conmigo el calor del fuego de la gloria


Buscaba la gran sabina fosilizada. También trilobites, estromatolitos, eucariotas y procariotas. No sabía lo que eran, y tampoco cómo se llamaban, pero cuando dije que saldría en busca del gran árbol de piedra me dibujaron sus formas y me escribieron sus nombres. 

Tardé en llegar al yacimiento unas dos horas. El paseo fue legendario. Creo que lo recordaré mientras viva. Solamente se oían mis pasos sobre el sendero  que cruzaba un inmenso campo verde, humedecido todavía por las últimas nieves ya derretidas.  Era de  una infinidad tan imponente que  cuando perdimos el pueblo de vista me detuve y grité con todas mis fuerzas, para que mi voz humana se expendiese hasta las mismas laderas de la sierra azulada, todavía coronada de blanco.

A medida que avanzaba iba dejando atrás árboles que viven en soledad,  separados los unos de los otros  como si hubiesen tenido la voluntad de crecer y vivir así, igual que ermitaños en medio de la vasta pradera. A veces me demoraba y hacía una alto en el camino, porque amo los árboles  sin hojas, sobre todo si son como los que me encontraba, antiguos, inmemoriales,  germinados muchísimos años  antes a mi concepción,  mostrando toda la hermosura de su larga vida en sus ramas vacías, en la belleza  irregular de sus formas que parecen querer imitar seres extraños aún por descubrir. 

El cielo era primaveral, empedrado por nubes voluminosas, redondas y hermosas, blancas y grises, igual que las que dibujábamos cuando éramos  niños. El sol lucía y desaparecía al capricho de ellas y a veces caían algunas gotas, pero esos conatos de lluvia nunca llegaban a materializarse. Cuando parecía que quería arreciar, me detenía y, entonces, en medio del silencio del viento frío de la sierra, podía escuchar nítidamente cada  gota caer sobre el camino, sobre la hierba y sobre alguna peña que salpicaba el campo infinito. 

Finalmente llegué al destino. Efectivamente, allí yacía el gran árbol de piedra, tendido en el fondo de un leve foso, prisionero de los siglos y de  una cárcel fabricada por los hombres a base de barrotes oxidados de encofrado que al mismo tiempo sostenían un tejado metálico. Como la luz llegaba hasta el árbol a través de las barras, su líneas se dibujaban a lo largo de todo el tronco y  conferían al fósil gigante  el aspecto de un reo. De hecho, para poder verlo bien había que aplastar el rostro contra los hierros, de manera que, a pesar de que me encontraba en medio de un gran espacio libre, en realidad  parecía que yo era el preso.

Allí estuve unos minutos, observando aquel gigante del tiempo. Circundé la jaula unas cuantas veces, me senté a contemplar, y a pensar, y entonces me acometió un vértigo extraño, la sensación vívida de un caída hacia el vacío ignoto de  lo antaño, hacia el lugar y la edad de donde todos surgimos, el espacio perdido de nuestra filiación colectiva, el punto de encuentro donde comparten barro  el origen y el fin.

Una leve racha de viento ahuyentó mi ensoñación y entonces recordé mi segunda misión. Si no quería que me sorprendiese la noche, inmediatamente tenía que empezar a buscar  pequeños fósiles.  Próximo a la fosa donde descansa el árbol, fluye un hilo de agua, un pequeño arroyuelo de aguas limpias y frías. Los expertos aconsejan escrutar en las orillas, porque parece ser que es el lugar donde en mayor número se encuentran.

Saltaba de un lado a otro del arroyo, siempre mirando hacia abajo, discriminando piedras, desencajándolas del suelo y limpiando la parte inferior de  insectos que viven en ellas, eliminando el barro y  la humedad del tiempo. Una tras otra las lanzaba al agua, interrumpiendo y modificando su curso, disfrutando del sonido del chapoteo al caer. A veces creía haber logrado algún hallazgo, pero no era más que una confusión, pura especulación de formas, la ilusa alegría del explorador bisoño al confundir pequeñas marcas en las rocas y en las piedras, que no eran más que cicatrices de la erosión con vocación frustrada de espiral o de espiga,  de la vida extinta de pequeños artrópodos prehistóricos que probablemente merodearían las oquedades del árbol cuando todavía regalaba sombras sobre los pastos.

Las nubes empezaban a convertirse en una amenaza. Poco a poco se unían y se compactaban en grandes masas  grises y negras.  El sol declinaba y el cielo se oscurecía, de modo que decidí volver. Desandando el camino tuve que abrigarme porque el viento soplaba del Norte; un viento frío procedente del pulmón helado de la sierra que estaba dejando a mi espalda y que de algún modo me custodiaba, me vigilaba o quién sabe si me  empujaba hacia el lugar de los hombres, donde hay casas, calles  y luces; donde el fuego calienta  los hogares y el humo del roble  brota de las chimeneas.

En un par de horas, cuando ya caía la noche, divisé los primeros tejados y la ermita sobre la colina, y pude escuchar el eco de las campanas de la torre tocando a vísperas. Fue entonces cuando reparé que al día siguiente, en el mediodía del domingo,  le daríamos descanso; que reposaría para siempre en el lugar donde le gustaba estar, junto a las gentes con las que reía, y que de algún modo compartiría la misma tierra bajo el mismo cielo de abril que el árbol de piedra, en la libertad de mis recuerdos, donde no hay cárceles en las que proteger a la muerte.

martes, 14 de abril de 2015

14 de abril

Posiblemente se trate de una sensación mía, quizá muy particular, pero recordar a todos aquellos que lucharon y murieron por la democracia, por el futuro de sus hijos en un país nuevo, libre  y próspero, creo que me hace mejor persona.

¡Viva la República!

jueves, 9 de abril de 2015

La navaja


Fue en Septiembre. El periodista y yo nos explicábamos una cuantas banalidades sobre el calor de Agosto, las vacaciones y el fastidio de la vuelta al trabajo. Me dijo que era autónomo,  y que cobraba por pieza. Había vuelto antes que nadie  para adelantarse a otros compañeros  y poder atrapar así los primeros temas. Sin embargo, pasada la primera quincena, se arrepintió, porque la ciudad seguía  semidesierta y la realidad continuaba ausente. 

Menos mal que  a pocas manzanas de allí -me decía-, a la salida del único bar de la noche,  en la madrugada de ayer dos tipos discutieron. Uno de ellos tiró de navaja y  dejó al otro tendido en la cera, sobre un mortal charco de sangre. 

Esa navaja me  salva el mes- recuerdo que me dijo.

martes, 31 de marzo de 2015

La mierda y las moscas


Dos millones y medio de personas, mayores de edad, y en pleno uso de sus facultades, han votado en Andalucía a dos partidos políticos que durante años -tanto en esa región como en el resto de España- han cometido robo, prevaricación, tráfico de influencias, usurpación de bienes públicos, falsedad documental, financiación ilegal, clientelismo y, a la vista de los resultados, lo que te rondaré, morena.
Dos millones y medio de andaluces y andaluzas, mayores de edad, y en pleno uso de sus facultades, han regalado su confianza, a sabiendas,  a dos organizaciones políticas  que han delinquido repetida e insistentemente, desde la base hasta sus más altas instancias, haciendo de la corrupción su modo de gestión habitual, a costa del erario público y del dinero ajeno.
Dos millones y medio de andaluces y andaluzas, en pleno uso de sus facultades, conocedoras de las más retorcidas, sofisticadas e imaginativas prácticas criminales, cometidas justo hasta antes de ayer por aquellos a  los que han votado al amparo del aforamiento y de la honorabilidad que otorga la representación de la soberanía popular, han vuelto a introducir  en la sacrosanta urna de la democracia una papeleta de voto ilustrada con el logotipo de esas mismas dos organizaciones políticas que, repetida e insistentemente, y a la luz del día, defienden los intereses de quienes les están pagando a día de hoy suculentas comisiones, y de quienes, en el futuro, recibirán  jugosas nóminas por sentarse en los sillones de los consejos de administración de las empresas más poderosas.
Dos millones y medio de andaluces y andaluzas, en pleno uso de su facultades, después de padecer y asistir durante la última legislatura a uno de los periodos de la historia de nuestro país en el que el latrocinio,  la mentira, la miseria, el paro y la desesperación, promovidos y propiciados por el gobierno de los dos partidos políticos mayoritarios, han vuelto a decidir democráticamente, en libertad, en paz, sin condicionante alguno, que quienes ocupen las mayor parte de los escaños del parlamento que legislará su futuro y el de sus hijos serán precisamente esos dos mismos partidos que permiten que les echen de sus casas, que les roben camas de sus hospitales, que despidan a sus maestros, que no puedan encender la calefacción, que tengan que pasar medio año fuera de sus casas malviviendo en habitaciones de servicio a base de latas de conserva, sirviendo cerveza y gambas a la plancha en las costas catalana y mallorquina a los alemanes que nos exigen austeridad.
Muy  probablemente, dentro de muy pocos meses, casi tres millones  de catalanes, en pleno uso de su facultades, votarán a partidos políticos que, igual que Andalucía, han hecho del estupro, del envilecimiento y del saqueo práctica habitual tanto en Cataluña como en el resto de España, alguno de ellos, al amparo de una lengua, una bandera, obteniendo provecho del sentimiento identitario,  mientras legislan a golpe de decreto para destruir camas hospitalarias, cerrar ambulatorios, despedir a maestros, cerrar colegios, robar el sueldo a los funcionarios, y poner en bandeja de plata a las grandes corporaciones empresariales y sus familiares y amigos el suculento bocado de todo aquello que compone el estado del bienestar, el patrimonio de su país, al que tanto dicen amar.
Y muy probablemente, cualquier día del mes de noviembre de este mismo año, asistiremos impertérritos  al asombroso y patético espectáculo que consistirá en  ver como  algo más de diez millones de españoles y españolas  se vestirán, cambiarán sus zapatillas de andar por casa por sus zapatos, saldrán a la calle, pasearán ufanos hasta su colegio electoral, y en un acto incomprensible, de sumisión, miedo y cobardía,  introducirán en la urna de la soberanía popular el mismo voto que durante años y años ha permitido el crimen organizado a su costa y la impunidad de quienes desde los atriles, las plazas y la tertulias les piden su confianza, nuevamente, mientras engordan y hacen engordar el peso de inimaginables cuentas bancarias a salvo de cualquier contingencia.
Votemos sin demora,  moscas compatriotas: el futuro nos aguarda.

lunes, 23 de marzo de 2015

Amor de l’onh




Esta historia estaba destinada a ser, sin más, una historia de fútbol. Sin embargo, alguna cosa se ha debido  desajustar en mi cabeza que súbitamente ha abierto la puerta a nombres y hechos que nada tienen que ver con éste o ningún otro deporte. El asunto no es dramático pero es grave. Estoy un poco preocupado. De hecho he llegado a aconsejarme a mí  mismo frente al espejo circular del afeitado una visita al psicólogo, pero finalmente he rechazado mi propia recomendación por temor a ser otro. 

Yo tuve una profesora en la Facultad que se llama Victoria Cirlot. Victoria Cirlot es una mujer fascinante. La conciencia propia de su belleza andrógina, concretada en su cuerpo estilizado,  un rostro anguloso y una mirada celeste, le permitía aparecer sobre la tarima del aula como si fuese una diosa. Sus clases eran multitudinarias. El anfiteatro de bancos de madera se llenaba. Incluso se ocupaban los escalones que daban acceso a las bancadas porque a sus clases asistían estudiantes de otras asignaturas y especialidades que querían a toda costa escuchar y ver a la  Cirlot. Algunos intentaban registrar su voz en grabadoras de mano, pero ella no lo permitía. Miraba esos artilugios como un monje medieval asustado ante un catalejo. 

Cada día de clase Victoria Cirlot actuaba de la misma manera. Entraba decidida, se sentaba tras la mesa y se atusaba hacia atrás el cabello, levemente; a continuación levantaba la cabeza y nos miraba a todos como si escrutase algún misterio más allá de la última fila y en unos segundos el aula caía a sus pies en un silencio reverencial. Nos hechizaba a todos con su mirada y con su voz, que desvelaba semana a semana las claves de  las historias de Chretien de Troyes, del Ciclo Artúrico; Lancelot (el Caballero de la Carreta) y Ginebra; juglares y trovadores; los venablos y las lanzas; armaduras, caballerías y torneos; las ponzoñas y los sortilegios; Merlín y Morgana, el amor cortés, en definitiva, el maravilloso mundo  de la ficción y del  amor medieval. 

Victoria jamás llevaba papeles. Jamás leía. Sus clases eran una constante evocación apasionada de su conocimiento. Si por alguna circunstancia alguien bisbiseaba algo, o llegaba a sus oídos el más leve rumor, detenía de inmediato su discurso, contrariada. Entonces permanecía en silencio durante unos segundos y a continuación lanzaba una pregunta. Por supuesto allí no había valiente que respondiese, lo cual la contrariaba aún más. Seguía con su silencio hiriente y pasados unos minutos, hundida el aula en la más absoluta de las congojas, tras un gesto ostensible de desdén y de desprecio, iniciaba nuevamente la sesión. ¡Dios, cómo nos cautivaba esa altivez primorosa!. Un día nos pidió una definición del término Lírica. Yo levanté la mano y respondí. Hubo un silencio valorativo. La tragedia se cernía sobre la concurrencia. Finalmente Victoria ordenó desde su altar docente que todos escribiesen la definición que yo había balbuceado. Aquella tarde me sentía igual que un caballero triunfante explicando mis hazañas a los camaradas de la mesa redonda. Tanto fue la cosa que durante algunos días hice algunos amigos, fugaces amistades, que se interesaban sobre  todo por mis apuntes. 

En una de aquellas sesiones inolvidables, Victoria Cirlot nos habló sobre el amor de l’onh, el amor de lejos. En la Edad Media, los juglares y trovadores componían canciones en las que el poeta o el caballero lloraban la imposibilidad de estar con su amada y se regodeaba y disfrutaba con ello. De alguna manera gozaba con una melancólica sensación de tristeza que cultivaba día a día, que   le sumía en un pesar dulce por no poder alcanzar el objeto de su deseo. Aquel era un ejercicio poético platónico que practicaban los caballeros corteses, en el que el placer estribaba en la no consumación del hecho amoroso, en la delectación de lo imposible. De alguna manera, aquellos caballeros y sus trovadores se avanzaban en unos cuantos siglos  a los románticos, hombres y mujeres embelesados frente al espejo ante su propia figura agonizante debido a un mal de amores que ellos mismos propiciaban. 

El pasado miércoles, miércoles de Champions, decidí ir al bar para ver el encuentro que disputaron Barça y Manchester City. Y allí se produjo ese extraño vínculo mental que me tiene tan preocupado. Como iba solo, me quedé acodado en la barra frente a la pantalla. Preceptivamente, comí mi bocadillo y  bebí mis cervezas, de manera que con el cuerpo ya templado me dispuse a disfrutar del encuentro. Gocé viendo a Messi  en la primera parte. Ese chico es un prodigio de la naturaleza. Cuando juega al fútbol da la sensación de que está escribiendo mentalmente una obra cumbre del arte universal. Juega tan absolutamente concentrado que consigue establecer una conexión sobrenatural entre sus piernas y su mente. Parece que es él quien piensa, describe y ejecuta, no solamente cómo va a jugar el balón que le llega, sino  cómo va a ser el partido. Quiero decir que da la sensación de que es él quien decide de un modo misterioso el transcurrir de cada una de las jugadas que van a tener lugar durante los noventa minutos. Nunca había sentido nada parecido viendo deporte alguno. 

Sin embargo, uno de los atractivos o de los puntos de interés de ese partido se encontraba fuera del terreno juego. Josep Gardiola asistió al estadio  acompañado de su amigo Estiarte. Por supuesto, el realizador encargado de la retransmisión televisiva le reservó una cámara para testimoniar con detalle, al mundo entero, cualquier gesto  del antiguo entrenador de Messi, a quien, en el ecuador de la primera parte, en uno de los lances del juego, le llegó el balón un tanto escorado hacia la derecha del centro del campo. Inmediatamente dos defensas se colocaron a su lado y un tercero un tanto más retrasado. Messi inició la carrera con el balón pegado a sus pies y avanzó hacia el terreno contrario por la banda derecha. Los defensas le persiguieron, pero parecían ejercer más la función de escolta  que de rivales. Finalmente intentaron concretar su amenaza y pretendieron robarle el balón, infructuosamente, porque cuando Leo sale lanzado y en estado de gracia  todavía no ha nacido el hombre  capaz de arrebatárselo. 

Si Messi se lo hubiese propuesto  podría haber seguido y seguido hasta la mismísima portería contraria, repitiendo así la famosa jugada que firmó hace algunas temporadas contra el Getafe, cuando todavía sonreía. Sin embargo hizo lo que solamente pueden hacer los genios. En plena carrera y con la presión de tres contrarios robándole el aliento, fue capaz de levantar la mirada y ver a Rakitic ocupando un hermoso espacio  a la derecha de la portería de Hart. De modo que, súbitamente, Messi detuvo su galopada y en esa acción magistral dejó a su perseguidores un metro más adelantados, espacio suficiente como para que, en cuestión de milésimas de segundo, el argentino pudiese levantar el balón en una rosca zurda, pulcra y perfecta, que le  llegó a Rakitic con precisión inverosímil justo en el lugar donde éste podría batir por primera y única vez al guardameta Inglés con una maravillosa vaselina. 

Guardiola, testigo de excepción de todo lo que ocurrió en el Camp Nou aquella noche, aplaudió el gol, pero inmediatamente después de levantó, alzó el cuello de su jersey hacia la boca y con ésta tapada, algo le gritó a su antiguo pupilo. Se ha especulado mucho al respecto de qué es lo que pudo decir Pep en aquel instante de goce. Y aquí lega el motivo de mi preocupación por mi salud mental.    

Porque mi tesis tiene que ver con el amor, con el amor de l'onh, el amor de lejos que practicaban y cantaban los trovadores y los caballeros medievales; el amor de alguien como Guardiola hacia un hombre como Leo Messi, que conocedor de la imposibilidad de tenerlo de nuevo entre sus filas, gozando de su magia, de su virtuosismo, se  recrea en el sueño de poseerlo con la seguridad de lo improbable   añorando en la distancia la singularidad de su excelencia.

Pep Guardiola aulló su deseo, zafados los labios, consciente siempre de ser observado, meticuloso hasta en esos detalles. "¡Leo,  Ich liebe dich!",  proclamó Pep. Tras esa explosión ardorosa y esa expresión de amor hacia el jugador excelso, se esconde en realidad una cálida  melancolía con la que cada día, allí, en aquellas  tierras lejanas donde habitan los dioses bárbaros, se lamenta y se deleita; un sentimiento muy parecido al que expresó el trovador Jaufré Rudel hace nueve siglos, allá por el año 1145 : “Triste y alegre me separaré cuando vea este amor de lejos, pero no sé cuándo lo veré, pues nuestras tierras están demasiado lejos. ¡Hay demasiados puertos y caminos! Y, por esta razón, no soy adivino...¡Pero todo sea como Dios quiera.*
 
En manos de  Dios pongo yo también el futuro de mi salud mental. 

*"El amor de lejos y el valor de la imagen" Victoria Cirlot. Biblioteca Gonzalo de Berceo