miércoles, 16 de diciembre de 2015

Desdén de la muerte



Es el sol al atardecer del invierno. Las convierte en oro. Cuando sopla el aire frío  tremolan,  pero yo sé que están muertas y que indefectiblemente  caerán. Es la ley. Se desprenderán, besarán la tierra y serán  aplastadas, revueltas entre el desperdicio ante la impasibilidad de mis congéneres. Y nadie se detendrá a pensar ni por un momento que  la sombra de su existencia alivió  el bochorno de otros tiempos, o que  el susurro de su canción  apaciguó ansiedades y zozobras.

Una mañana inminente el funcionario  recibirá la  enérgica  protesta de algún distinguido vecino y antes de que  el caso llegue a mayores expedirá, compulsará  y transmitirá la orden. Para entonces las ramas se  habrán desnudado y ya los árboles  no serán más que gavillas de sarmiento, vida erradicada o, en el mejor de los casos,  reiterada y redundante promesa pendiente. Mientras tanto, el barrendero se ha ganado el jornal y todos caminamos como si nada.

8 comentarios:

ESTER dijo...

Y pese a todo, la vida continúa...


Ester

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Pese al barrendero, naceran nuevos brotes a los que tampoco prestaremos atención

Juan Nadie dijo...

Mais, c'est la vie. Tal vez no haya que prestar demasiada atención, simplemente dejar que discurra, porque lo va a hacer de todas maneras...

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Así es Juan, pero me da la sensación de que en el intermedio prestamos atención a cuestiones que no nos aportan nada y desdeñamos otras que de verdad valen la pena. Cuando titulo "desdén de la muerte" en realidad estoy intentando poner de relevancia el desdén de que hacemos gala hacia las cosas importantes de la vida: las hojas de los árboles al final del otoño, por ejemplo
¡Salud, Juan!

loli dijo...

Esto me ha recordado cuando venían los barrenderos y basureros por las casas pidiendo el aguinaldo en Navidad. Me ha gustado mucho lo que escribiste. Salud!!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Sí, es verdad. Y el cartero, y el cobrador del Ocaso, y el butanero, y el guardia urbano...
Era un no parar. Algunos, hasta traían estampita
¡Salud, Loli!

Antonio de Castro Cortizas dijo...

Esas hojas de los árboles que al final del otoño cubren un parque cercano a mi casa son una de las cosas que más me alegran cada mañana cuando vuelvo del trabajo.
Saludos.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Las hojas caidas, o secas ya y todavía en las ramas de los árboles, me ha producido siempre un doble efecto de melancolía y de placer ante su belleza. La visión de las ramas más altas de la copas semi secas sobre el cielo azul de invierno supone un gozo dificilmente comparable a cualquier otra cosa
Gracias por tus comentarios, Antonio
¡Salud!