miércoles, 13 de mayo de 2015

El mejor amigo del hombre



Se produce a diario, en todo el planeta, un esfuerzo anónimo y secreto que consiste en impartir comunión al respetable  a base de una serie de lugares comunes, indiscutibles, asumidos como dogmas de fe incontrovertibles,  como leyes o hechos  incuestionables  tales como la gravedad, la  esfericidad de la Tierra, las fases lunares o la santísima trinidad. 

Los poderes ocultos, los hombres que fuman -seres presumiblemente antropomorfos a los que nunca vemos ni veremos nunca en un telediario- despliegan toda su influencia  y autoridad a lo largo y ancho del mundo  con el fin  de perpetuar el  relevo dado  a los señores de la Inquisición, a los viejos  brujos de las tribus,  para  que fluya, se consolide y continúe  el adocenamiento de las almas, la  aniquilación de  los espíritus críticos y el encaje dentro de  nuestras cabezas de chorlito de verdades universales que, a poco que uno se ponga,  se desmontan y desmienten por sí mismas, tal si fueran  programas electorales. 

Porque, vamos a ver: asumir que Borges era escritor es tanto como decir que Kant, o Marx, o Hegel, eran poetas. Creer que The Rolling  Stones es una de las mejores bandas de rock de la historia es tanto como creer en la voz del chico bailón de Boney M. O tragarse, por las buenas, que París es la ciudad de la luz supone tal ingenuidad e indolencia intelectual como admitir o soñar, sin más, que algún día de nuestra era Madrid será capital olímpica. 

No hay nada como la ficción, es decir, no hay nada como una buena trola, como el puñado de   mentiras, claras, descaradas y conscientes engullidas cómodamente  bajo  la luz del flexo  para caer sobre la pista de alguno de estos tópicos  universales en los que se asienta toda la civilización. Por ejemplo, yo ya  intuía que, ni por asomo,  el perro es el mejor amigo del hombre, pero me fue necesaria y muy útil la lectura de la obra de Thomas Bernarhd  para certificarlo y discutirlo con quien se tercie.  Bernarhd escribió en “Hormigón”, a través de su narrador, que no soportaba a los perros, porque  si  hubiese tenido uno por obligación, debería haber  contratado a un hombre para cuidarlo, y el bueno de Thomas tampoco soportaba a los hombres. 

Como se puede concluir,  Thomas Bernarhd  no  disfrutó ni mucho ni poco de la amistad de nadie. Según sus propias palabras, solamente congeniaba y se avenía con algunos  escritores muertos. Sin embargo, si de lo que se trata es de  discernir sobre el perro y su relación con  el hombre, la de Bernarhd  es una voz tan autorizada como otra cualquiera.

Dice el novelista y dramaturgo  flamenco que “la gente necesita un perro y es dominada por ese perro, e incluso Schopenhauer no fue dominado por su mente, sino por su perro. […] En el fondo, la mente de Schopenhauer no determinaba su pensamiento, sino el perro de Schopenhauer. No era la mente la que odiaba el mundo de Schopenhauer, sino el perro de Schopenhauer. No tengo que estar loco para afirma que Schopenhauer tenía un perro, no una mente. 

Y sigue: “Los que son más innobles  en el fin  de su alma tienen perros y se dejan tiranizar  y, finalmente, destruir por esos perros. Colocan al perro en primer lugar y el más alto de su hipocresía. […]. Prefieren salvar antes a  su perro de la guillotina que a Voltaire.”. 

A Bernarhd -o a su narrador- no le duelen prendas pontificar también  sobre la sociedad, la política y sobre la  Historia  y su relación con los perros, cuando afirma que  “el amor a los animales ha causado ya tantas desgracias que si pensásemos realmente en ello con la mayor intensidad quedaríamos asombrados de espanto.[…] Políticos y dictadores están dominados por su perro y por ello precipitan a millones de personas en la desgracia y la degeneración, aman a un perro y maquinan una guerra mundial en la que, por ese perro, mueren millones”.

Bernarhd continúa  su perorata en contra de los perros hasta límites  hilarantes. A pesar de lo hiperbólico en su argumentación, las palabras del gran escritor holandés me brindan una coartada intelectual de primerísimo orden para poder afirmar, con las espaldas bien cubiertas,  que si en el mundo existe un animal que jamás defrauda al hombre ese animal es el pollo, y no el perro. Es decir, sin ningún tipo de  rubor y asumiendo todas las consecuencias, estoy en condiciones de defender que el pollo es el mejor amigo del hombre. 

Vacunas, razas, babas, rabias, violencias, pelos, vecinos, veterinarios, carteros imprudentes, sarnas, perreras,  injertos extraños, olores, cacas, pises, esquinas, portales y calles de la ciudad… En fin, ¡qué voy a explicar de un perro que nadie sepa!

Por el contrario, le pese a quien le pese, el pollo es un animal que molesta bien poco. Además es comestible, muy rico, sabroso en todas sus formas y, por si fuera poco, su estructura  roza la perfección, igual que un soneto. Dos cuartos y dos pechugas, el tema al final, con el último bocado y ya, terminado, sin más complicación.

Podemos ilustrar la solvencia y la sencillez del pollo cocinado   al ast, muy típico de los domingos en Cataluña, donde se suele comer  acompañado de un poquito de cava rosado bien frío, y en porrón, a ser posible. Todo bien rimado, o bien maridado, como se dice ahora.

Es  tan amplio el abanico de posibilidades que ofrece mi amigo el pollo que aburriría su enumeración completa. Salpicado al final con una picadita verde de aceite de oliva, ajo y perejil,  como si fuese un cuento corto; un plato redondo, saludable,  breve y alimenticio.

En pepitoria, tradicional, como una buena novela decimonónica, elaborado a fuego lento con su introducción, nudo y desenlace, y un final de rompe y rasga, con último trozo de pan crujiente mojado en su justo color y espesor.

Fileteado, empanado y aliñado al final con especias morunas. 

Al ajillo. ¡Qué bueno está el pollo al ajillo! Bien troceadito, con su poquito de vino blanco, sin más problemas, tal si fuera   una buena recopilación de microcuentos, donde de un solo mordisco te llevas  toda una historia.

Y luego tenemos el pollo con gambas, cigalas, o con cualquier otro ingrediente  marino; el plato de Josep Pla, un plato armónico, gustoso, un gran hallazgo popular,  donde se encuentran en la cazuela  el terruño  enclaustrado y el acantilado infinito.

¡O esas  alitas de pollo bien maceradas, tan americanas y al mismo tiempo tan castizas, que lo mismo valen para una de Tenesse Williams  que para una de Carlos Arniches; para Sam Spade que para  Biscúter.!

Y ya no digamos el pollo guisado con su picada de almendras pasadas por la sartén, su trocito de pan tostado al aceite, su poco de puerro, su punto de sal,  a fuego lento, acompañado de unas hermosas ciruelas negras arrugadas, para disfrutar con fruición casi pornográfica  el mismo sabor  final que el que me llegó al estómago cuando finalicé la última novela de José C. Vales, “Cabaret Biarritz”. Una gran historia,  repleta de matices, cocinada con paciencia e inteligencia, aromática, dulce  pero contundente, de salsa clara, espesada en su justa medida,  salpimentada de violentas ironías; pulcra e impecable en su ejecución; una receta clásica, con personajes de carne y hueso,  muertes y ambiciones, rencores e imposturas, perfumada a base de Chanel de la Belle Epoque,  de remembranzas wilkinianas y embocadura contemporánea,  donde casi nada es lo que parece, excepto la belleza excelsa de Beatriz, de una certeza apabullante. Literatura, sin más, o mejor dicho,  sin más añadido que unas inquietantes ciruelas negras presentes en toda la extensión del plato.

El hombre que más he querido y que  más querré en toda mi vida  era de muy buen comer. Tenía, como él decía, un buen saque, y no le hacía ascos a nada. Era feliz con unos buenos callos al punto de picante, o  con una lata de bonito en escabeche para compartir con los amigos, o con una buena cazuelas de patatas con bacalao. Ese hombre, de no haber sido mi padre, hubiese sido mi mejor amigo, a pesar de que no soportaba el pollo. Decía que cuando lo veía troceado en el plato,  su boca se llenaba de plumas. Por eso jamás comía ningún tipo de aves.

En alguna ocasión lo comió, porque el aspecto  aviar se había camuflado bajo el rebozado del pan rallado, o en su forma fileteada,  a la plancha, en finas lonchas. Fueron solamente un par de veces. El pobre  comió sendas raciones, y  tan a gusto. Nunca, nadie, le desveló la verdad. Siempre decía que toda  la comida de los hospitales sabía igual. Este es otro tópico más contra el que pienso luchar,   aunque  mucho me temo que, en este caso, las fuerzas ocultas que gobiernan el mundo tienen  las de ganar.

10 comentarios:

Roy dijo...

jajajaja..... Genial como siempre. me ha encantado tu alarde de pericia culinaria.

Anónimo dijo...

Me confundo o no sé leer.... creí entender que dudabas de que Borges fuera escritor. No. No puede ser. Debe ser una errata....

Juan Nadie dijo...

Yo también estoy seguro de que es una errata. Pero, aparte de esto, el texto genial.

El Pobrecito Hablador del siglo XXI dijo...

Si tu supieras, Roy...Mis platos son conocidos y los trucos de mis recetas perseguidas y admiradas. Fíjate que estoy por reconvertir este blog en un blog para foodies
Salud!!

El Pobrecito Hablador del siglo XXI dijo...

Anónimo, Juan.Habéis leído bien. No es una errata. Borges solamente hizo literatura antes de su famoso golpe en la cabeza. Después se dedicó a la filosofía. Y no lo hacía mal. La mayor parte de sus volúmenes de cuentos a partir de esa segunda época son disquisiciones metafísicas.
Gracias por el piropo.
Salud!!

Juan Nadie dijo...

Aunque no estoy en absoluto de acuerdo en cuanto a la literatura de Borges, insisto en que el artículo es muy bueno. Esperamos tus rectas culinarias, de pollo o de lo que sea.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Muchas gracias Juan

La verdad es que a mí, lo que de verdad se me da bien son los bocatas
;)

Abrazos

Juan Nadie dijo...

Hombre, como a mí. Yo puedo preparar unos bocatas que se te caen las lágrimas. De emoción o de lo que sea, pero se te caen.

Hostal mi loli dijo...

Además de escribir bien también entiendes de cocina, dos artes diferentes pero artes. Un abrazo.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Uy! Mis habilidades culinarias, Loli, tal y como le decía a Roy y a Juan, són conocidísimas. Sobre todo, soy especialista en el emplatado. De hecho, soy más bien un teórico de la cocina: siempre al lado de quien cocina, dándole cháchara, con una copita de vino y avisando por si algo se quema, por si hay que darle vuelta, y así...
¡Salud!