miércoles, 30 de enero de 2013

Caballo viejo





Hay veces que sin atender a la razón, de un modo extraño y azaroso,  una frase  se pega al alma y ya, para siempre, el, libro, el autor y el instante en que se ha leído se recuerda y se identifica con un momento preciso de la vida. Esa unión se produce de una  manera tan  sólida que nada, ni nadie, ni la maestría del autor, o la voluntad de unos personajes, puede  dividir el vínculo  entre el lector, las palabras y la causa que ha propiciado el estado de ánimo de quien lo ha leído, gracias al cual la obra  adquiere, para siempre, un significado dispar y particular. 

Eso  es precisamente  lo que me ha ocurrido esta misma mañana, al iniciar la lectura de “Muchos matrimonios”, del americano Sherwood Anderson.

En los primeros párrafos Anderson escribe:

Un poco más allá había un solar en el que crecía un árbol y bajo el árbol había una viejo caballo de faena”. 

Ya no he podido seguir leyendo porque  la imagen   me ha producido tal desazón, desvalimiento y desesperanza que  durante los restantes 40 minutos de que dispongo a primera hora del día para leer  no hecho más que observar a través de la ventana el paisaje urbano de todos los días, compuesto por las mismas personas que caminan apresuradas, los mismos autobuses repletos; las mismas  persianas abriéndose; los coches detenidos, obedientes,  ante el semáforo; niños cargados caminando hacia el colegio; el frío gris,  el cielo azul, todavía sin luz, y un barrendero.

Estoy casi seguro de que las causas de  mi estado de ánimo se debieron  a lo que viví el día de ayer. Por eso creo que al leer la frase, mis vísceras, aquello de lo que estoy hecho por dentro, se removieron  y propició que mi espíritu,  la percepción que yo tengo ahora mismo del mundo y de todo lo que lo habita,  trasmigrase  y tomase la forma y   la existencia  de  ese viejo caballo de faena abandonado en el solar de la vida sin más ocupación ni otra posibilidad  que ver pasar el tiempo y someter sus días bajo la sombra  pretendidamente aliviadora de un árbol.


Sin embargo, ni soy viejo, ni me siento viejo. Pero hoy, después de la  experiencia de  ayer, he podido constatar, una vez más, hasta qué punto hemos permitido todos juntos que se trastoquen las prioridades, los más elementales valores humanos, aquello por lo que afirmamos, orgullosos y ufanos, que somos algo más que mamíferos . 

Voy a intentar narrarlo muy someramente, sin realizar juicios de valor, destacando sencillamente los hechos, como si estuviese efectivamente en medio de un solar, sin más obligación  que mirar y asumir lo que ocurre delante de mí.

Ayer, en el marco de un  ejercicio académico que forma parte de la evaluación de  un máster en relaciones públicas y comunicación,  los alumnos tenían que organizar una rueda de prensa.  Uno de los grupos  informó sobre  la inminencia del  juicio a 54 campesinos sintierra, víctimas y únicos encausados de la masacre de Curuguaty (Paraguay), en la que fueron asesinados y ejecutados 11 campesinos y 6 policías el pasado 15 de junio en lafinca llamada de Marina kue, cuando se disponían a celebrar que, finalmente,  tras años de juicios, sentencias y recursos,  podrían  labrar en muy pocos días, para ellos y sus familias,  unas 2.000 hectáreas  de las que se había apropiado de modo fraudulento un empresario de  soja transgénica.  

Durante la rueda de prensa, el portavoz explicó en 20 minutos las circunstancias que han precedido  a la inminencia del proceso judicial:  torturas, amenazas, y asesinatos padecidos por los campesinos a manos de sicarios;  el informe forense, que arroja pruebas concluyente sobre la ejecución a quemarropa y con tiro de gracia de algunos de las víctimas; la implicación en los hechos de miembros destacados del Partido Colorado y del Partido Liberal que una semana después derrocaron,en una operación política relámpago, al presidente Fernando Lugo, nombraron a Federico Franco como nuevo presidente  y votaron, 15 días después, el levantamiento de la prohibición del cultivo de transgénicos. 

En el turno de preguntas, una de las estudiantes del máster pidió la palabra y se interesó por una cuestión técnica. Después nadie más preguntó y la rueda de prensa se dio por finalizada.

A continuación, otros cuatro grupos de estudiantes, que rondan edades entre los 25 y los 35 años, presentaron sucesivamente  los  temas de sus respectivas e  hipotéticas ruedas de prensa. A saber:   un portal de internet  para médicos, una empresa de huertos urbanos, una asociación protectora de perros y gatos, la presentación de un disco de música electrónica, y por fin, la sensación de toda la jornada: una empresa de wedding planner que organiza bodas de lo más chic a precios muy competitivos. Los alumnos del máster se interesaron tan vivamente por éste último tema que la coordinadora  tuvo que intervenir debido a lo avanzado de la hora, de tal manera que muchos de ellos se quedaron con ganas de saber más.


Una emotiva y unánime salva de aplausos puso el broche de oro a la participación de la empresa de wedding planner  y la joven empresaria enseguida se vio rodeada de los alumnos que querían saber más sobre su iniciativa comercial. Los profesores, al realizar la valoración global del ejercicio, felicitaron a todos los alumnos por el trabajo realizado y, especialmente, a este último  grupo por la escenografía, la espontaneidad de la portavoz y la originalidad de la convocatoria, que consistió en el envío  por correo postal de una flor plantada en un pequeña maceta, acompañada de un texto adornado con ribetes floreados.


Al salir del plató donde se desarrolló la jornada,  la dirección del máster había preparado un pequeño catering  y todos los participantes pudieron intercambiar impresiones en un ambiente distendido de gran fraternidad y compañerismo,  mientras  se consumía el café   amigablemente  y poco a poco se vaciaban las  bandejas con cromáticos y apetitosos dulces de repostería. 

Acabó todo y me fui a casa, me metí en la cama e intenté dormir.  Hace pocos minutos que he retomado la lectura del libro de Anderson. Después del punto y aparte inmediatamente posterior a la frase que he citado al inicio, el autor escribe: “Si el caballo hubiera descendido hasta la valla para hablar con él, si el árbol hubiera levantado una de sus pesadas ramas inferiores y le hubiera tirado un beso […]su vida en aquel momento no le habría parecido más extraña.”

4 comentarios:

Hostal mi loli dijo...



En este momento una entrada como la tuya es de agradecer para ponernos los pies en la tierra, por lo menos a mi me viene fenomenal para saber cuales son mis prioridades. Abrazos.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Loli, creo que todos tenemos los pies en la tierra, aunque sea por la necesidad de saber a qué nos tenemos que enfrentar cada día en un tiempo como el que vivimos. Lo que a mi me rebela es la ausencia casi absoluta de sensibilidad y de empatía hacia el sufrimiento ajeno en personas jóvenes a las que tendría que hervir la sangre cuando se les pone delante de sus narices según qué realidades.
¡Salud!

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Además de sumarme al comentario de Loli... celebrar la lectura de Sherwood Anderson, un autor que aquí se ha leído poco (creo), pese a que fue muy admirado por Faulkner, que tuvo relaciones de amistad y vecindaje. Sus cuentos (en Lumen) son extraordinarios. Un abrazo fuerte!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

He terminado "Muchos matrimonios" y me ha parecido una novela extraordinaria, tremendamente valiente, y de una fuerza alegórica brutal. Gran escritor Sherwood Anderson, sí señora.
Abrazos