domingo, 20 de enero de 2013

Brevísima Historia de la democracia española


Igual que ocurre en las indigestas historias tolkianas de nibelungos, trolls y poderosos gurús del bien y del mal,  un buen día  el pueblo español se levantó de madrugada  y vio amanecer.  Atrás quedaba la tormenta y el rayo, la niebla y el infierno y se extendía sobre el mar del tiempo un horizonte luminoso de humanidad dichosa.
Muerto el tirano, y una vez domesticados, metabolizados e integrados los elementos más resistentes a las nuevas corrientes de la Historia, España parió al Naranjito,  reconvirtió a un sabio en agente comercial de la peor especie de pseudoartistas,  y quien no estaba al loro, quien no  hacía lo posible por enriquecerse, era un gilipollas.
Felipe González   aniquiló el socialismo obrero, decapitó la memoria de la Historia  y fulminó  la conciencia de clase; en la periferia, la izquierda obrera se dedicó a engordarle el bolsillo a la patronal  nacionalista  y entonces, ¡crash!,   la ilusión colectiva de un mundo diferente quebró como el cristal.  Oportunistas, mediocres, arribistas y revividos se adueñaron de la cultura y de la economía.
Quien quiera saber más sobre esta época que no busque en libros de Historia, porque no leerá más que cifras, indicadores, gráficos al alza, ficciones edulcoradas y cantos y odas al capitalismo de rostro amable, todo ilustrado con las fotografías de los héroes que consiguieron modernizar a España con la entrada en la OTAN y  redimir a los españoles de su destino paleto de  una vez para siempre. Para iluminar convenientemente la verdad es aconsejable, por ejemplo, leer  la novela de Francisco  Casavella,  “El día del Watusi”, la novela  de Francisco Ferrer Lerin, “Familias como la mía”  o la obra del valenciano Rafael Chirbes “La caída de Madrid”.
Ésta época fue clave  porque  en ella se descartaron, o mejor, se quemaron en la hoguera de la posmodernidad -y  ya  para siempre-  aquellos valores  por los que murieron miles personas, cuya  sangre y sufrimiento abonaron el  sueño  de un mundo de hombres y mujeres  libres a la búsqueda de una vida plena, justa y solidaria.
Por eso en los noventa ya no quedaban ni las cenizas de la ilusión, disueltas en el marasmo  de la vanidad y de la ostentación. Entonces el orgullo nacional llegaba al paroxismo. Ahítos de nosotros mismos,  celebramos  fastuosamente el genocidio. El fuego televisivo de  una flecha certera nos alimentó de orgullo durante años y el Sur, a la espera eterna  de una reforma agraria, optó por autovías que no llevaban a ninguna parte, por la suntuosidad de una feria provinciana construida con fachadas de acero y de cristal. Alfredo Pérez Rubalcaba, ministro de eduación, descubrió cómo desprestigiar a los educadores y solamente le bastó un año para privarles de autoridad y ascendente social  for ever and ever.
Después llegó la factura y González dijo que había  entendido  el mensaje, pero ya no había mensaje, porque no había mensajero. Nos lo tragábamos todo.  Y mientras, dinero, creced y enriqueceos, dinero, haced dinero, busca dinero, consigue dinero, trabaja por dinero, estudia y fórmate por dinero, sacrifícate por dinero, dalo todo por el dinero, y solo por el dinero, porque nada eres sin dinero, un fracasado eres sin dinero, a costa de quien sea y de lo que sea, dinero, y más dinero, para comprar, y ser, y soñar mediante el dinero.
El tiempo no se detiene y para crecer se alimenta del pasado. No podía ser de otra manera: la rutina lógica y constante de una dieta ofrece como resultado un cuerpo determinado.  De ahí el triunfo de Aznar. Todos acabamos por concluir (sin escrúpulos ni cargos de conciencia)  que mejor el original antes que un sucedáneo. Ya estábamos maduros. Nosotros sí que  habíamos entendido el mensaje. Un día, hace unas pocas semanas, vi a un albañil por televisión  subido en el andamio  de la quinta planta de un piso en construcción. El tipo aparecía en  el plano de manera casual y,  consciente de ello, llamaba insistentemente al equipo de reporteros. Cuando vio que la cámara le enfocaba, empezó a gritar que ¡a ver cuándo volvía el tío del bigote!, ¡que nunca se había ganado la vida tan bien como con el tío del bigote!. Entonces me di cuenta de las dimensiones de la tragedia, de la imposible vuelta atrás, de lo irremisible de la Historia, porque hasta llegado  ese momento crucial de nuestros tiempos,   los albañiles  le  gritaban piropos, exclusivamente,  a las tías buenas.
Me estoy cansando de tanta elipsis, y no tengo tampoco vocación masoquista como para querer  describir y remover la mierda sucesiva  de cada año. Al fin y al cabo,  todos sabemos lo que ha ocurrido, porque somos jueces y parte de la Historia. Cuando se vino abajo todo un edificio moral, ético, de valores e ilusiones, construido durante siglos sobre luchas y dolor, nos dio exactamente igual, entre otras cosas porque creímos que dejábamos de ser purria y nos convertíamos en próspera y delicada  clase media. Flaubert, con su habitual cinismo y mala leche, ya lo dejó dicho. “El sueño del proletariado consiste en querer elevarse al nivel de la tontería del burgués”.  Seguramente hemos hecho buena la frasecita de Flaubert   porque  hemos cogido  la costumbre de vivir antes de pensar”, tal y como dijo Camus.
Una profesora del curso en el que me he matriculado este año, al ver que media clase se había frustrado porque las notas del último ejercicio no cumplían nuestras expectativas, para animarnos  nos envió por e-mail el enlace de un vídeo en el que el estribillo cantado por una pandilla de jóvenes alegres y combativos  decía, textualmente “no os hagáis preguntas, seguid hacia delante”.
¡Dios mío, en qué siglo me habéis hecho nacer!” se lamentaba San Policarpo, obispo de Esmirna en el I después de Cristo. Esto lo decía pocos días antes de morir martirizado, así es que su clamor tampoco es extraño. Sin embargo la frase la hemos pensado, escrito y expresado muchos a lo largo de toda la Historia. Tenemos la conciencia, a menudo, de que nuestro tiempo es terrible, de que nada se hace bien, de que todo es horrendo, y de que la maldad, la irracionalidad y el egoísmo campan a sus anchas. A fuerza de repetir la salmodia, a veces acertamos, como es el caso de nuestro presente y del suceder de éstos últimos 30 años, que han dado como resultado la vergüenza, la desfachatez y el sinsentido absurdo e indecente con el que nos madrugamos cada día.
Estos meses camino junto a Tolstoi. Me lo llevo a todas partes. Es uno de los grandes maestros universales. En su  siglo XIX ya denunció a la sociedad de su tiempo, y también propuso nuevos caminos, difíciles de recorrer. Nadie como él para respirar un poco de  aire fresco, sentirnos buenos  y ahuyentar el hedor a mierda que flota igual que neblina,  fruto de una voluntad firme y colectiva por desperdiciar los mejores años de los que ha dispuesto esta tierra y esta gente con la que convivo.
Y los mismo que aquella noche carecía de esa oscuridad tranquilizadora que proporciona el descanso a la Tierra, en el alma de Nejliudov no había el descanso de la oscuridad de la ignorancia. Estaba claro que todo lo que ocurría importante y bueno era miserable y malo. Ese brillo, ese lujo, ocultaban viejos crímenes habituales que no sólo quedan impunes, sino que reinaban y adornaban toda esa esplendidez que eran capaces de inventar los hombres.
“Nejliudov hubiera querido olvidar eso, no verlo, pero ya no podía. Aunque vislumbraba la fuente de esa luz que le reveló todo, tampoco veía la que iluminaba San Petersburgo, y aunque le parecía turbia, triste y artificial, no pudo por menos que notar lo que descubría esa luz. Y al mismo tiempo sintió alegría e inquietud”.
De ‘Resurrección’. Lev Tolstoi.


5 comentarios:

Hostal mi loli dijo...


Hay que refrescar la memoria, y tu lo haces muy bien. Abrazos.

Ana Rodríguez Fischer dijo...

¡Soberbia entrada!
Más necesaria que nunca!
Lo frustrante es que en 1999 yo saqué una novela sobre aquel narcisismo (impostado en un personaje; roto en otro), y no tocaba.
Ahora se me ríen por lo de la Guerra Civil, incapaces de ver las correspondencias.
Pero les preparo una actual, no creas.
No sé qué lenguaje emplear.
Yo creo que, en vez de tanto documental sobre el nazismo como nos embuten, deberían irse unos años más atrás... Porque es cuestión de años, creo... Y no me prodigo.
Besos!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Si el "refresh" sirviese de algo..
Gracias Loli

Ana
Estoy de acuerdo. La suma del tiempo es la suma de los años y en cada presente deberíamos cuestionarnos qué es lo que estamos haciendo, porque la Historia es la suma de los presentes.
En cuanto a las modas editoriales, pues otro tanto a añadir a todo el proceso de estupidez, vacío y superficialidad al que nos hemos abocado. Yo trasteo por algunos blogs de literatura en la que suelen aparecer las jóvenes promesas, novelas impulsadas por crítica y editoriales, y da pena, penita pena. Es una merienda de negros, todo está enfocado al consumo. Ya no exite el lector, existe el consumidor y por tanto todo está sujeto a las leyes del mercado y de la publicidad, o sea, a las modas impuestas. Hoy, si en tu novela no sale twitter, diez móviles y las redes socielas, has begut oli

Pero ya sabes, hay que resistir
¡Salud!

Alan dijo...

Enorme, como de costumbre.
P.D.: Permite que sea un poco tocapelotas/repelente: En el quinto párrafo "Ésta época fue clave porque en ella se descartaron...", la tilde de "ésta" está puesta de forma errónea (jijijiji).

Un fuerte abrazo.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Je, je, Alan, si que ere un poco toca tildes sí.

¡Muchas gracias por el aviso!

Lo cambio ahora mismo.
Bueno, mejor lo dejo como está, para que tu comentario siga siendo actual, siempre.

Abrazos