sábado, 21 de julio de 2012

El mito y la furia (XXIV)


(Viene de aquí)
Salí corriendo de nuevo y me dispuse a desandar el trayecto del ambulatorio a mi casa. La sensación de excepción que estaba viviendo se acentuó en la calle porque, una tras otra, las sirenas de las cuatro grandes fábricas instaladas en la ciudad empezaron a aullar el final del primer turno justo en el momento en el que yo había iniciado la segunda carrera, más veloz, más urgente, más inquieta que antes debido, quizás, a que se me agolpaban en la garganta el ritmo endiablado del corazón, dudas más que razonables sobre la efectividad de mi gestión, la imagen incierta de un cadáver-ante la que con toda probabilidad me habría de enfrentar en pocos instantes-, el recuerdo reciente de una rostro trágico como nunca antes había visto y, sobre todo, la incertidumbre agobiante ante un futuro cercano marcado por la muerte primeriza dentro del círculo próximo de la plácida cotidianidad de mis días.

Cuando llegué a casa no había nadie en el rellano. Sin embargo, las cuatro puertas estaban abiertas, y la luz de todos los recibidores encendidas. Me detuve un momento para recuperar el resuello y me dio la sensación de estar en un lugar asolado por un extraño apocalipsis, o por una plaga bíblica enviada y desatada desde las alturas sobre almas pecadoras, de la que me había librado y de la que yo era el máximo responsable, porque había escuchado a todo volumen, mientras un hombre agonizaba, himnos y salmos paganos cuyas letras ofendían los delicados oídos de Dios.

Desde el piso de la vecina surgía un murmullo inquietante, el sonido atenuado de palabras expectantes que desprendía un rumor de respeto temeroso, un calor malsano que envolvía de aromas agrios el aire encerrado. Entré. Al final de pasillo se abría otra puerta, en la que se agolpaban los vecinos que habían acudido a interesarse, a observar, o sencillamente a vivir en primera persona el espectáculo de la muerte en directo. Mamá me vio enseguida y sin hablar, solamente alzando un par de veces las cejas, me preguntó que dónde estaba el médico

-¿Todavía no ha llegado?-respondí extrañado.

Al contestar tan agitado, sin controlar el tono de mi respuesta, todas las miradas se dirigieron hacia mí y al moverse la concurrencia dejó huecos en el semicírculo humano. Entonces fue cuando pude entrever, tirado en el suelo, gordo, con la camisa desabotonada hasta el ombligo, la boca y los ojos abiertos igual que cuevas, al marido de la vecina intentando atrapar el aire que se le negaba; a la vecina postrada de rodillas ante él, gimiendo desconsolada con un continuo ay, ay, ay, ay, y a la hija de la vecina del piso de arriba inclinándose, valiente, introduciendo su mano derecha en la boca del moribundo, retirándole la dentadura postiza, tapándole la nariz y acoplando su boca a la del pobre señor para insuflarle oxígeno una, dos y tres veces, combinado esta acción con presiones acompasadas de sus dos manos sobre el pecho blanco, casi sin vello.

-¡Ay sálvalo, Señor! ¡Ay sálvalo, niña! ¡Por lo que más quieras! ¡Que me quedo solita! ¡Que me quedo solita!.- clamaba la pobre mujer, mientras sujetaba sin darse cuenta, entre sus dos manos cruzadas, los dientes de su marido, al que estaba viendo morir sin ninguna esperanza.

Yo me quedé otra vez quieto, en el sitio, sin saber qué hacer, frustrado y apesadumbrado después de haber constatado que, efectivamente, mis denuedos, mis carreras y mí poder de convicción ante el funcionario sanitario no había servido absolutamente para nada. Mi momento heroico se había desinflado como los pulmones del vecino, que estaba a punto de morir. No es que me sintiese culpable, pero sí un poco idiota.

Al poco, mientras aquella brava muchacha seguía practicándole el boca a boca, oí la puerta del portal cerrarse de golpe y los pasos presurosos de alguien que subía. Era el médico, un tipo enjuto, muy alto, casi sin pelo, quien al llegar al descansillo resopló y con meticulosidad se colocó sobre la nariz las gafas que le colgaban de un cordel negro sobre el blanco impoluto de la camisa. Dejó el maletín en el suelo y como yo fui el único que salió para ver quién se acercaba, me preguntó que donde estaba el paciente. Le indiqué señalando con el dedo el final del pasillo. Cogió nuevamente el maletín, desganado, cansino. Caminó pasillo adelante y al llegar al lugar de los hechos, se abrió paso entre los concurrentes empujando con la mano derecha y solicitando en tono imperativo y solemne, que abandonasen la habitación. Por su puesto, nadie le hizo caso.

-¡Apártese!. -ordenó a la inesperada enfermera- ¿Cuánto hace que está así?

-Pues casi media hora, doctor- contestó medio asustada la muchacha.

A su lado, la eventual viuda se deshacía en lamentos.

-¿No ha reaccionado, verdad?

-Pues no, doctor, he estado con él más de diez minutos y sigue igual, yo diría que incluso peor: ya no mira, ya no ve.

-Bueno, bien…- musitó el médico.

Acto seguido, sin perder en ningún momento ni la compostura, ni los nervios, ni el semblante impreciso, le tomó el pulso. Inmediatamente después, con gesto estudiado, se quitó las gafas y las dejó colgar de nuevo, balanceándose como un péndulo, chocando insensibles contra la conciencia y antes de que le diese tiempo a adecuar la vista, su paciente, aquel hombre expirante condenado ya por el destino, empezó a convulsionar.

Yo pude ver la misma mano que hacía unos segundos había tocado el doctor alzarse y dirigirse espasmódica hacia el pecho, oprimiéndolo desesperadamente. Al mismo tiempo, la cabeza se arqueaba sobre el cuello, en una postura inverosímil, a la caza de un soplo de oxígeno que le pudiese salvar de una final axfisiante. La esposa lo miraba a su lado, chillaba su nombre e imitaba por simpatía los aspavientos exánimes del marido, ejecutando así una macabra coreografía de muecas y expresiones amargas, la danza de los rostros descompuestos que prevén la inminencia inapelable del último suspiro.

-¿No puede hacer nada? ¡Haga algo, hombre de dios, haga algo!- exigía impotente la joven al galeno.

Éste la miró severo, como un juez, como si el mundo entero le debiese la pleitesía del vasallo, el reconocimiento de la autoridad, el respeto, la obediencia y la servidumbre. Sin mirarla, el facultativo esperó a estar en pie y desde las alturas, igual que un dios dirigiéndose a sus criaturas, aseveró:

-Este hombre está muerto. Nada se puede hacer más que rezar.

Desde la audiencia vecinal  surgió un ¡oh! unánime. Alguno cerró los ojos; otro apartó la vista; las dos hermanas del segundo se abrazaron y una de ellas exclamó ¡Pobre Josefa!. Vi a mamá apresurarse hacia la viuda, porque literalmente perdía el sentido. Se había abalanzado sobre su marido, ya cadáver, y llorando amargamente aporreaba su cuerpo a puñetazos, en un ataque de rabia furibunda, sin ni siquiera sentir el daño que le producían los dientes del muerto, porque con la fuerza con que cerró las manos se le clavaban en la palma de la izquierda, y le infligían una llaga que tardaría semanas en curar.

Yo ya no podía más. Pensé que allí ya no pintaba nada, que había demasiada gente, y que si era necesario hacer algo ya habría algún voluntario que gustosamente se prestaría para lo que fuese menester. De manera que me metí en casa, entré en mi habitación y para evadirme de todo aquella tragedia me dispuse a escuchar una vez más “The Wall”, pero al sonar los primeros compases del primer tema no me quedó más remedio que desconectar mi flamante compacto.

Tiempo después, al experimentar los efectos de un coitus interruptus recordé la sensación aciaga de aquel día; la incapacidad para disfrutar plenamente de un placer que se cancela después del momento funesto de la interrupción, porque aquel disco ya no había Dios que lo pudiese levantar, ni entonces, ni tiempo después, ni ahora. Cada vez que escucho a Pink Floyd interpretar las canciones de "The Wall", y cada vez que veo la mítica portada blanca trazada de ladrillos, se me manifiesta una brigada de fantasmas  chafardeando, gritando y agonizando igual que los vivos ya lejanos que me regalaron el primer muerto de mi vida.

(Continua aquí)

5 comentarios:

Hostal mi loli dijo...

La vida de cada uno tiene su propia banda sonora, aunque en esta por interrumpida más recordada todavía. Saludos.

ESTER dijo...

¡Por fin! Un poco de acción que remueva los nervios( a mí se me han removido) Esto toma apariencia de novela, pero no sé de qué tipo, negra, de ficción, fantástica...o quizá sea simplemente la narración de unos hechos. Sea lo que sea,, relato estupendo y con descripción que te mete en la historia.
A ver qué más ocurre...

Un beso, Ester

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Loli, cuando la muerte se pega a la música ya no escuchas más que su letra. Gracias por estar ahí. Saludos

Ester, no sé lo que va salir. Tengo claro lo que quiero decir, y quien lo tiene que decir, y algunas cosas más, pero va a ser difícil encasillar todo esto. Ya veremos a ver. Me alegro de que te haya gustado, Un beso fuerte

Anónimo dijo...

Magnífico final para el inicio de una magnífica historia de fantasmas.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Anónim@, lo que es estupendo es la paradoja de tu comentario.

Historia de fantasmas, sí, pero no los de las sábanas y las cadenas y las pelis de niño asustado: de los que se meten dentro de uno, los recuerdos de Adan, que pasarán factura

Gracias por pasar, y por comentar.