viernes, 7 de octubre de 2011

Y séptimo desmentido


Siempre aire, mucho aire, a todas horas, en cualquier rincón, enmarañando el polvo de las encrucijadas, agitando las aguas en los océanos. Y también aire en nuestras casas, aire en los pulmones, aires de lavanda y aires estancados, pútridos y angelicales, a viejo, a sábana añeja y amor cuajado.

Cada día nos ponemos en pie y, con el primer bostezo, respiramos nuestras propias horas de sueño aspirando el aire que nos protege de la noche en la inconsciencia del ensayo diario de la muerte. Después abrimos la puerta del cuarto y un poco antes de que haya salido el sol respiramos el aire del día de ayer, que todavía flota entre las paredes del pasillo, como si fuese la memoria de momentos inmediatos que ya no vemos y que en unos años emergerá en forma de manchas aplazadas en la ropa, igual que aceite transparente a la deriva flotando sobre el mar. A continuación, a unos pasos de tiempo, el espejo se empaña de aire, del calor del vaho con que se impregna el velo que pretende salvarnos así de la verdad de un nuevo día. Y ya, desayunados y limpios, finalmente salimos a la calle. Entonces, cada cual se conforma con respirar el aire que merece.

Todo el mundo lo cree. El aire, su presencia y sus diferencias de presión mantienen a flote un buque o alienta y permite el vuelo de un avión. Máquinas extraordinarias ingeniadas con el fin de transportar personas, bombas, animales y cosas de un lugar a otro del mundo se elevan hasta que casi se pierden de vista en las cimas frías del cielo. Desde aquí, en tierra, nos parecen el recuerdo de una pluma leve, diminuta y desafiante, que alguien sopló. Gigantescos buques construidos a base de millares de kilos de acero y hormigón flotan deslizándose a través de los océanos del mundo y , triunfantes contra cien galernas, arriban a puertos remotos, cercanos, en donde reposan sus dimensiones colosales, apaciblemente, sobre el agua amansada, entre diques y más barcos que esperan el cepillo y el cuidado, la descarga y la carga, igual que fabulosos cetáceos ciclópeos varados sin más ocupación que la de flotar mientras reposan su tonelaje de acero.

Y si es así, si Newton, Bernoulli y Arquímedes dijeron la verdad; si todo aquello que se mueve a través del aire bajo el principio de la acción y reacción se mantiene en él como un pajarillo, si todo recipiente que contiene aire flota; si en todo lo que hacemos está presente el aire; si los lugares por donde nos movemos están repletos de aire; si nosotros mismos no somos más que aire, ¿por qué nos estamos hundiendo? ¿ por qué caemos en picado?.

Alguien nos está mintiendo

6 comentarios:

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Han viciado mucho el aire. Quizá de ahí proceda el general hundimiento. Abrazos!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Quizá Ana. Quizá andemos todos viciados, a la expectativa, temerosos, no vaya a ser que esto se ponga todavía peor... y aquí nos las den todas

NENA dijo...

Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano.(Newton).

Nos hundimos porque no vemos más allá de nuestras narices...


Un beso, NENA

J. G. dijo...

Nos veremos así arrastrados, buena inversión vital gracias a la imagen. Buena semana.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Pues sí, Nena, esa es quizás una de las razones. Un abrazo

Buena semena para ti también J.G, siempre tan enigmático. Salud

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Lo de viciado más bien lo decía casi en el sentido de tu última entrada, la que acabo de leer aunque no pude dejar comentario.
De todos modos, que no te afecte a tu energía y lucidez.
Abrazos!