miércoles, 21 de diciembre de 2011

Breve historia de un microcuento premiado


El azar y la suerte a veces se acoyuntan, en un lavabo, en el ascensor, o en el probador de alguna tienda tumultuosa, y de ese polvo urgente, breve e intenso, fecundan criaturas, seres, hechos y consecuencias. Gracias a esa proactividad sexual yo he disfrutado de tres instantes de suerte en mi vida.

Si hoy mismo muriese y la reencarnación fuese posible, contaría con un 80% de probabilidades de nacer en algún lugar muy pobre del mundo. Lo digo porque estoy convencido de que nacer en el lugar que nací, en la casa de mis padres, fue mi primer golpe de fortuna.

El segundo fue conocer a mi amor, con quien inicié mi segunda vida.

El tercero consistió en superar las pruebas de acceso a una plaza de contratado laboral de una universidad pública, aunque tal y como están las cosas, en algunos momentos me asaltan dudas.


Yo creía que con estos tres éxitos vitales había agotado todas las existencias de suerte de la libreta de racionamiento que me había provisto el azar para caminar por la existencia. Y mira por donde, hace unas semanas decidí presentar una historia al concurso de microcuentos del Diari de Terrassa; un certamen muy jugoso, con 600€ para el primer premio y un ordenador estratosférico para el segundo, y… ‘voila’, me dan el segundo.


La historia del origen del microcuentocuento es breve, como
debe ser en honor a la lógica. Hace un par de años tomaba café en la terraza de un bar y vi como un papá obligaba a su hijito a subir en uno de esos coches que se balancean a la puerta de los bares. El niño berreaba, no quería estar subido allí de ninguna de las maneras, pero papá erre que erre, hasta que se acabó el euro. Entonces vi claramente la imagen del poderoso obligando al débil a hacer algo en contra de su voluntad. E imaginé la misma situación pero ampliada desde tres puntos de vista diferentes: el del niño, el de la familia y finalmente, el del observador neutral. Y también vi, además, que todos, absolutamente todos, hemos pasado en algún momento de la vida por esos tres ángulos desde los que hemos experimentado la misma situación.

El cuento era un poco más extenso porque en origen pertenecía a este blog. De hecho salió de aquí. Las bases del concurso me obligaron a recortarlo, a releerlo y a reescribirlo treinta veces, hasta que quedé medianamente satisfecho. Hoy, la historia que presenté hace unas semanas y que ha merecido el segundo premio entre 600 obras presentadas, adquiere un nuevo significado, porque los que mandan insisten y persisten en intentar convencernos de que el daño que nos hacen es por nuestro bien, y para demostrarlo, repiten, y giran la tuerca las veces que sean necesarias, siempre con una sonrisa blanca y brillante.


Bueno, ahí va. Es corto,
micro, pero si a las primeras de cambio les resulta insufrible, paren y bájense, que en lo que concierne a la lectura todavía somos soberanos.


Tarde de feria

Al niño no le hacía gracia que le montasen sobre el caballo. Sus padres le colocaban a horcajadas sobre la silla de montar y disponían sus manecitas sujetas a la barra de hierro. Después le daban instrucciones atropelladas sobre no soltarlas de ningún modo, porque se podría caer. Antes de dejarle a su suerte en el carrusel le dieron un beso, le apretujaron entre sus manazas y volvieron con toda la troupe familiar, que observaba la escena con gesto pánfilo y sonrisa lela, sin dejar de gritar su nombre.

Entonces el carrusel arrancaba y sonaba una música monótona de cascabeles enlatados que acentuaba todavía más la congoja del pequeño, quien no dejaba de recordar para sí, como una letanía, que bajo ninguna circunstancia debía de soltar sus manos del hierro que hacía danzar al caballo. Él, por no desairar a la concurrencia, giraba la cabeza y miraba con cara de circunstancias, entumecida por el miedo y la incomodidad del artefacto. A la tercera vuelta saludó esbozando un intento de sonrisa y se sobresaltó porque casi suelta la mano.

El niño se hartó de fingir. Ya no quería estar sobre aquella cosa con aspecto de caballo y, a la quinta vuelta, dejó de sonreír. De hecho, tuvo que acopiar arrestos para contener el aluvión de llanto en la garganta. Inmediatamente allá abajo, en tierra firme, se encendieron las alarmas y mamá le dijo a papá, con gestos de gran urgencia, sube y mira a ver, que ya no ríe. Y papá subía en marcha, trastabillando, intrépido, en su momento heroico.

Mientras, toda la parentela opinaba acerca de la pérdida de la sonrisa. Así pasaron otras cuatro vueltas, sin que pudiesen saber si el niño la había recuperado, si lloraba o qué diablos pasaba, porque la espalda de papá se interponía entre ellos y la criatura.

Finalmente el carrusel se detuvo, el sonsonete cesó y papá bajó con su hijo en brazos. A pesar del barullo, un silencio incómodo tensó al grupo, hasta que alguien gritó: ¡al tren de la bruja!; una nueva ocurrencia feliz para una inolvidable tarde de feria.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Queridísimos hijos




Estos días, entre Stendhal, Balzac y Kafka, se me ha colado un librito que me ha estremecido. Es el diario y las cartas que Eva Forest escribió a sus hijos mientras cumplió prisión y sufrió tortura en la Dirección General de Seguridad y en la cárcel de Yeserías, acusada de formar parte del comando de ETA que colocó una bomba en la cafetería madrileña Rolando en septiembre de 1974 y que mató a 12 personas e hirió a otras 71. Jamás se pudo probar su participación en el atentado, y tampoco la de su marido, el dramaturgo Alfonso Sastre, Premio Nacional de Teatro en 1985 y autor, entre otras muchas obras, de “La taberna fantástica”. Ambos, mientras cumplían prisión y eran torturados, fueron igualmente acusados de matar a Carrero Blanco, quizá porque Eva, bajo el pseudónimo de Julen Agirre, escribió, un año después de la muerte del Almirante el libro “Operación Ogro”, en el que se detalla todas las vicisitudes del atentado.

Yo, coetáneo de todas esta historia que ahora he simplificado, no conocía más que a Alfonso Sastre gracias a un reciente y polémico artículo publicado en el diario Gara y un par de sus obras de teatro que vi en televisión. Recuerdo todavía al gran Rafael Álvarez “El brujo” en una versión para el cine de “La taberna fantástica” dirigida por Julián Marcos en 1991 y, vagamente, escenas difuminadas en la memoria de mis años adolescentes en las que aparecen en la pantalla del televisor en blanco y negro los cinco soldados de “Escuadra hacia la muerte”.

Si de Sastre conocía poco, de Eva Forest menos. No sabía de su existencia. Murió en 2007 a los 70 años de edad. En el momento de su detención ambos eran padres de tres hijos: Juan, Pablo y la pequeña Eva ( “mi evita del culete duro”, como ella la llama). Cuando por fin Eva Forest sale de la Dirección General de Seguridad en la que se la somete a torturas durante 9 días, ingresa en un módulo incomunicado de la Cárcel de Yeserías. Allí pide papel y lápiz y dedica toda una semana a escribir un diario que inicia con la frase “Queridos hijos”. Poco después, mientras continúan los interrogatorios dirigidos por un misterioso “teniente”, éste le retira el permiso para escribir. A las dos semanas la ingresan en el módulo común de Yeserías y aquí vuelve a solicitar papel y lápiz. La dirección de la cárcel le permite un folio por semana. En esa hoja la madre Forest habla con Juan, con Pablo y con su pequeña Eva. Cada una de las cartas está encabezada, siempre, con la frase “queridísimos hijos” y en ellas la autora despliega todo el caudal de cariño, amor y ternura que es capaz de dar una madre que se ve forzada a animar a los suyos, a permanecer y ejercer como madre incluso en la peor de las tesituras, desde una situación límite, de injusticia, dolor y humillación diaria. En esa correspondencia que quiere ser diálogo, abrazo y beso, Eva muestra en todo momento una fortaleza ejemplar y una coherencia ideológica heróica que se filtra a través de opiniones o consejos que da a sus hijos referentes a temas como la familia, la amistad, el amor, la cultura, el trabajo, el estudio, sobre todo el estudio… y todo aquello que tiene que ver con un modelo de sociedad a la que aspira y a la que jamás va a renunciar: una sociedad de hombres y mujeres libres. Así, todas las semanas, hasta que “ya va terminándose el papel, queridos hijos”.

Hay párrafos emotivos, que llegan a conmover. A veces me sorprendía presionando la página del libro. Alguien que ha sufrido torturas, que está encerrado injustamente, que carece de todo derecho, que es capaz de ver en su celda la habitación de un hotel; el rancho carcelario en el más opíparo manjar; la litera en la más confortable de las camas; alguien que les dice a sus hijos “No se necesita más”, también es capaz de escribir, por ejemplo, que “Sólo el que siente y ama mucho puede reír abiertamente, sin temor de nada, sin amargura, porque su alegría es liberadora. Y sólo el que siente alegría puede luego pensar sobre las cosas más tristes y verlas con ojo crítico y contemplarlas a distancia con sentido del humor”.

En una de los párrafos del diario, la prisionera, incomunicada y convaleciente de las torturas, diserta sobre la utilidad de su trabajo como escritora, y reflexiona sobre el lenguaje, y dice que “falla el lenguaje para propagar los horrores a los que estoy asistiendo, cansada de publicar aburridísimos artículos que se repiten sin saber qué estructura dar al ensayo para que obligue a la reflexión, ni qué fórmula impactante aplicar al cuento, y no siendo poeta, no hago más que buscar brechas por las que deslizar la misma denuncia de siempre”. Poco después escribe a sus hijos en una carta, “imaginación es lo posible”.

En este libro que ha reeditado el diario “Público” dentro de su colección ‘Literatura Prohibida’ he hallado tres cosas muy valiosas. La capacidad de amar de una madre, la fortaleza de las ideas y un pedazo muy importante de mi historia contemporánea que intentan birlarme. Porque es curioso, paradójico, y tragicómico descubrir verdades de mi presente gracias a la lectura de “La Cartuja de Parma”, “Eugenie Grandet”, “El Proceso”, “La Metamorfosis” o “Carta al padre” y sin embargo, cuando entre todas esas lecturas se cuela en la calma de mi sillón aquello que más me concierne por proximidad temporal, geográfica e histórica, la primera impresión es la de sorpresa, quizá de incredulidad, y a menudo de rabia, porque al final, uno acaba concluyendo que, interesadamente, en España se ha desplegado un manto opaco de olvido sobre una época en la que se dirimieron, de nuevo, los sueños y la utopía frente al gran poder, con la finalidad de hacer prevalecer una oficialidad que, ya desde buen principio -antes incluso de la muerte del dictador- tenía muy claras qué herramientas utilizar para que en esencia nada cambiase.

Por eso, quizá, cuando descubro y leo una historia como la de Eva Forest, pienso que el estremecimiento que me encrespa es al mismo tiempo, intenso, estéril y tardío, parecido al que uno siente al conocer la historia lejana de una injusticia legendaria de caballeros andantes y dragones feroces. “¡Espantosa condición la del hombre! Todo lo que constituye su felicidad proviene siempre de la ignorancia”. Balzac es quien escribe el final de este homenaje.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Todas las veces





“-Cuando venga por segunda o por tercera vez, apenas sentirá ya el sofoco”




“El Proceso”. Franz Kafka





Todas las veces que he podido gritar y no he gritado.
Todas las veces que no he podido gritar y, aún así, debería haber gritado.

Cada oportunidad que he tenido de expresarme libremente y no lo he hecho.
Cada oportunidad en la que no he podido expresarme libremente y no he reclamado, ni he exigido, ni me he rebelado contra la prohibición de expresarme libremente.

Siempre que supe de una injusticia y di gracias porque no era yo quien la sufría. Siempre que conocí víctimas de injusticias, y cambié de acera o de conversación.

Cada vez que otros salieron a las calles y yo me quedé en casa.
Cada vez que otros salieron a las calles, por mí, y por otros que, como yo, se quedaron en casa, y juzgué, todas esas veces, a los que salieron a las calles por mí.

Todas la huelgas que no he hecho, para que las hagan otros, por si no consiguen el objetivo, y así yo no perdía ni medio euro.
Todas las huelgas que no he hecho, para que las hagan otros, por si consiguen el objetivo. Así, aunque yo no arriesgué nada, también me beneficié.



Todas las ocasiones en las que no he ido a votar.
Todas las ocasiones en la que he ido a votar, y he votado a conciencia, sabiendo que el partido al que voto representa los intereses de quienes van a hacer lo posible para que yo y mis hijos, y los hijos de mis hijos, y los hijos de mis hermanos, vivan peor, porque mi desgracia es su fortuna.
Todas las ocasiones en las que he podido convencer a otros para vayan a votar y no sólo no lo he hecho, sino que les he convencido de que lo realmente provechoso, lo inteligente, lo sofisticado, lo útil, es no votar.

Todos los instantes en los que he encogido los hombros cuando he sabido de alguien a quien han despedido y he dicho “la cosa está así”.
Todos los instantes en los que, además de encogerme de hombros y pensar, o decir “la cosa está así” cuando he sabido de alguien a quien han despedido, además he cruzado los dedos, y después he dicho “de momento, yo tengo trabajo”.

La suma de estas y otras decisiones similares que he tomado a lo largo de mi vida ha propiciado una serie de consecuencias que la van a cambiar, la van a empeorar, para mí y para los míos, para mis hijos, y para los hijos de mis hijos, porque ya nada va a ser lo mismo. La vida de todos va ser más esclava, más pobre, mezquina, sojuzgada, sometida, peligrosa, violenta, insalubre, insostenible, enferma, insolidaria.

Y para entonces -que es mañana- este texto será dos cosas: una profecía sin demasiado mérito y un descargo de conciencia inútil.

jueves, 27 de octubre de 2011

El corresponsal



La actualidad, más que un concepto temporal, es un deber. Pocas cosas pueden marginarnos tanto, separarnos tanto de nuestros semejantes, señalarnos tan violentamente con el dedo como no estar al tanto de ella, desconocer las noticias del día, vivir a contrapelo de las últimas tendencias o decir lo contrario de lo que dicen los líderes de opinión. Sin embargo, a pesar de las obligaciones que nos impone , o quizás precisamente por eso, vivirla plenamente provoca, a menudo, paradojas divertidas, un tanto surreales y a veces hasta un pelín perturbadoras. Por ejemplo, ahora que se acercan elecciones vamos a comprobar de nuevo que por mucho que miremos de buena mañana una y mil veces el calendario, y nos cercioremos del día, del mes y del año en el que hemos despertado, la actualidad está compuesta , hasta el día 20 de noviembre, por un pasado de errores ajenos, de meteduras de pata y de corrupciones que otros han perpetrado; y también por un futuro esplendoroso, un devenir halagüeño; una época próxima, todavía por hacer, en la que vamos a ver, por fin, en cuanto se cierre el escrutinio electoral, a los perros caminando por los parques atados con longanizas. Es decir, que durante estas semanas despertaremos a diario a una actualidad fabricada con algo que ya pasó y al mismo tiempo con algo que está por suceder.

Otrosí. A menudo una efemérides ha ocupado súbitamente nuestro presente; ha surgido potente, magnífica, arrogante, desde un pretérito lejano, a veces camuflada con falsos aires de nostalgia, de tristeza o dolor colectivo, invadiendo todos y cada uno de los rincones de la cotidianidad gracias a la voluntad de los amos de la actualidad -aquellos que dictan qué día es hoy- sin los cuales ésta quizá no existiría, o existiría otra, la nuestra, la que nos ocupa, la que nos ve a diario trabajar, amar, luchar, tomar café, hacer la cama, saludar al vecino, depilarnos o mirar el cielo antes de abrir el paraguas, sin más.

Explico esto porque algo parecido fue lo que ocurrió el pasado 11 de septiembre de este año; una fecha que se vivió universalmente como si fuese de nuevo la de 10 años atrás, y no la que en justicia le correspondía. Es más, no es que se vivió “como si fuese”: se vivió, con todas las consecuencias, el mismísimo 11 de septiembre de 2001, de manera que, paradójicamente, la actualidad volvía a instalarse en el pasado y todas las horas de aquellas 24 se llenaron de saltos al vacío, de fuego, de pavor, estupor, destrucción y dolor.

Ese mismo día yo veía y escuchaba el informativo de la tarde de Televisión Española. La presentadora, después de introducir el sumario, dio paso al corresponsal en Nueva York para que ofreciese a los telespectadores la crónica pertinente. El corresponsal, entonando una voz decorosa en razón a las tristes circunstancias de la coyuntura, empezó a hablar y dijo lo siguiente: “Nueva York, la ciudad que nunca duerme, despertó aquel día a una pesadilla”.

"¡Qué gran inicio!", pensé, y a continuación siguió narrando los sucesos por todos conocidos. Yo permanecí atento al relato emotivo, ilustrado por imágenes de ciudadanos colocando flores en la zona cero, o de personalidades públicas acercándose al monumento memorial con rostro muy pero que muy adecuado. Hasta que al cabo de unos instantes, debido a uno de esos misteriosos procesos mentales, la oración inicial volvió a mí, una y otra vez, como el eco de un disco rayado, igual que el pasado travestido de actualidad, y me di cuenta de que lo que en apariencia era un logro profesional, un hallazgo feliz, una frase extraordinariamente eficaz y sugerente para introducir al espectador en la crónica, en realidad era el grupo de palabras más descacharrantemente contradictorias que nadie podía escribir. Esa unión de sintagmas, en apariencia sólidamente relacionados por un significado inequívoco, propiciado por los tópicos y la potencia semántica de la efemérides era, en realidad, una extraordinaria paradoja temporal, una construcción propia de la arquitectura de lo imposible, en donde hay escaleras que no llevan a ningún sitio, arcos de medio punto que sustentan suelos, y suelos ajedrezados con ventanas al mar.

Porque podemos acordar que Nueva York, en verdad, nunca duerme, para dar a entender que la actividad en la ciudad es frenética, pero si a continuación se escribe que ha despertado, algo empieza a no tener demasiada lógica y el insomnio cosmopolita deja de ser creíble, ya que nada despierta si previamente no ha estado durmiendo. El equívoco, el contrasentido o la juerga gramatical no finaliza aquí. No sólo la ciudad que nunca duerme se despierta sin haber dormido, sino que lo hace hacia una pesadilla. Es decir, que a media proposición sabemos definitivamente que Nueva York no ha despertado, y por lo tanto debemos concluir que no es cierto que nunca duerma, y que en el seguir de sus sueños el objeto, el argumento o el motivo es tan absolutamente terrorífico que el redactor dice que es, efectivamente, una pesadilla. Ahora bien. ¿Alguien ha despertado alguna vez a una? No, nadie, porque nadie despierta a un sueño; nos despertamos a la realidad. Quizá, en algún momento de éxtasis creativo, alguien tocado con la gracia de los superpoderes, como por ejemplo, Mario Levrero, o Edgar Alan Poe, pero el resto de mortales, habitualmente, nos sentimos muy aliviados cuando despertamos de ellas.

Y todo ello se lo debemos al trasiego al que sometemos a la actualidad. Trastear con la genética del tiempo acarrea sus consecuencias. Experimentar con las líneas esenciales de nuestra existencia nos está pasando factura. Sin ir muy lejos, todo el mundo anda soliviantado con las prácticas más que dudosas de los bancos, y se habla y se imprimen y se escriben y se gravan millones de palabras al respecto, para convencernos de que esos hábitos son rabiosamente coetáneos. Sin embargo la verdad de ese hecho está fabricada y empaquetada con la misma metodología con la que se construyó la frase del corresponsal. Por eso cuela.

jueves, 20 de octubre de 2011

Dolce far niente



El domingo viví una erupción de pereza que me dejó tirado en el butacón lector durante toda la tarde. El acceso de vagancia llegó a tal extremo que las gafas de cerca, que siempre me cuelgo al cuello, se acomodaron por si solas en el costado derecho mientras todo mi cuerpo permanecía yaciente del costado izquierdo, apoyado casi en su totalidad por la cadera, de manera que era el cuello y no la espalda la que se apoyaba contra el respaldo y todo lo largo de mi existencia se asentaba sobre el lugar donde debería estar apoyado el culo. En ese estado leía ‘Bomarzo’, del argentino Manuel Mujica Láinez, una historia extraordinaria de ponzoñas, sortilegios, asesinatos, concubinas, parricidios, y noblezas renacentistas italianas narrada de la mano de un duque giboso, inmortal, con rostro de púber virgen y una maldad refinada propia del mismísimo diablo. Un libro que hay que leer, escrito primorosamente, con prosa exuberante y florida: una especie de avalancha léxica enredada en subordinaciones frondosas que nos muestra todas y cada una de las ambiciones e inquietudes que mueven a cualquier ser humano desde la perspectiva del incipiente siglo XVI, una época en la que la creatividad artística e intelectual surgió como río de lava deslizándose sobre una absoluta amoralidad social.

Decidí abandonar la lectura de ‘Bomarzo’ justo en el momento en que el narrador asesina a su hermano. En el estado de semi catatonia dominguera en el que me encontraba no me pareció de recibo pasar más páginas, de manera que, por respeto a la obra, dejé el libro abierto sobre la alfombra, en tendido prono, y opté por dar un respiro a los Orsini, a los Farnesse, a los Médici, a los Colonna y a sus luctuosas relaciones. Imbuido de apellidos italianos y sufriendo como estaba mi conciencia debido a mi estado de desidia casi paranormal , opté por destinar un poco de tiempo a encontrar la manera de descargarme de unos gramos de culpa y no tardé demasiado en hallar la expresión que le conferiría algo de clase a la galbana más indecente que nunca haya padecido. Dolce far niente, eso era, dolce far niente, el placer de no hacer nada; la sensación que se experimenta a cada segundo que pasa, tirado en un sillón, un domingo por la tarde. La certeza de que ése es el estado en el que uno quiere estar, si no de por vida, sí en esos instantes, bostezando; y a cada bostezo, oscuro, largo, y sonoro, una lágrima perezosa que no se decide a emanciparse del lacrimal, a deslizarse sobre la mejilla casi descoyuntada por el esfuerzo, como una excreción erótica surgida del acto justo de no hacer nada. Dolce far niente, la coartada léxica perfecta que convierte a un holgazán en un sabio, en alguien que sabe de verdad cómo disfrutar de las cosas buenas que nos ofrece la vida; tres palabras que transforman a un gandul en un sibarita, al haragán en filósofo hedonista … "Estos italianos -me decía a mi mismo en el momento culminante de mi ya dulce desidia- saben de verdad vender el valor del diseño, ya sea en la moda o en el lenguaje."

En esta coyuntura vital se produce el encefalograma plano, un dolor de cuello insufrible por el que no tenía la más mínima intención de hacer algo y cierto resquemor en las vértebras superiores y medias. El dibujo de un despojo de carne inerte era toda mi presencia en el mundo, a cuyos pies, igual que el viejo perro fiel, descansaba un libro que encerraba una historia a medio hacer porque yo había detenido el devenir de sus criaturas. Pasaron unos cuantos minutos, muchos minutos. Creo que hacía ya horas que el atardecer había dado paso a la noche, y entonces una señal débil, pero real, me sobresaltó el cerebro. Debió ser el bombardeo de noticias de toda la semana, o que de verdad el tema me interesaba. La cuestión es que vino a mí, como un eco arrinconado, la hipótesis difundida a través de todos los medios de comunicación de que la erupción volcánica que tenía lugar a poca distancia de la Isla de Hierro podría dar lugar a una nueva isla. Que la lava, si surgía con fuerza y en la suficientemente cantidad podría acabar formando un atolón, un islote o un arrecife en medio del océano; un parto telúrico que daría a luz a una nueva presencia terrenal, susceptible de cobijar bajo su superficie corales multicolores, multitud de peces devorándose los unos a los otros, como príncipes florentinos, entre grietas y cavidades submarinas. En la superficie de la nueva isla, sobre sus poco más de un centenar de metros cuadrados emergidos de lava fosilizada, también habría lugar para unas cuantas cabras nacionales que marcarían la propiedad del nuevo espacio territorial patrio.

Pero parece ser que las esperanzas de vulcanólogos y de periodistas se han abortado, porque el volcán canario submarino no está por labor. Bosteza, se mueve, prorrumpe en quejidos de placer y expresa su dolce far niente al mundo de la manera que sabe. De ahí a formar una isla va un abismo, porque se necesita una voluntad y un impulso titánico, colosal, propio de los días remotos, perdidos ya en el tiempo, en que se formaron los Montes Albanos sobre los que se construyó Roma. O la Toba Volcánica, sobre la que siglos y siglos después surgirían las creaciones humanas más rutilantes y bellas que haya podido contemplar el hombre en las ciudades renacentistas de la campiña Toscana, en donde los Orsini, los Pitigliano, los Farnesse, los Médici y los Colonna que dirimen sus vidas y ambiciones en ‘Bomarzo’ verterían la sangre de sus castas, el veneno en sus copas doradas y el semen corruptor sobre decenas de vientres y espaldas inocentes.

Y ya, hasta aquí mi dulce y sosegado domingo, mis horas perdidas de vida; pensamientos que surgen igual que el aire de un bostezo, o que el vapor de un volcán desganado: toda una potencia transformadora que se queda en una mancha en el océano, en falsas perspectivas mediáticas, en memoria de hemeroteca.

Curiosamente, todo esto me recuerda a algo, pero me da pereza empezar de nuevo.

jueves, 13 de octubre de 2011

Los siete desmentidos capitales


Asmodeo, Belcebú, Mammon, Belfegor, Amon, Leviatan y Lucífer están en guardia y protegen a los científicos contra escépticos, herejes, supersticiosos y heterodoxos. Los científicos no lo saben, pero las sábanas de sus lechos se hacen y se deshacen a diario sobre una estrella de cinco puntas encerrada en un círculo que esconde la cama en donde reposan sus ideas. Para las mujeres de ciencia, además, hay premio, porque de su seguridad se encargan los íncubos, entes muy bien dotados que asaltan las alcobas femeninas para debatir en lo más profundo de la noche y de sus húmedas inconsciencias aspectos oscuros y siempre turbios relacionados con sus teorías. Los hombres tendrán que conformarse con la soledad del microscopio, con melancólicas manipulaciones o con la archiexperimentada ecuación de Onán, porque, como todo el mundo sabe, el diablo siempre ha presumido de ser muy pero que muy macho.

De ese modo, poco a poco, El Maligno se ha apoderado del mundo. Antes, estos demonios eran los encargados de velar, urbi et orbi, por la expansión y consolidación de los Siete Pecados Capitales. Pero desde que El Vaticano los transformó en faltas medioambientales, financieras, genéticas y de equivalente índole moral, el infierno perdió el norte y ante tal ofuscación decidió ofrecer su cobertura a la ciencia. Y así fue como como la historia de la humanidad ha ido evolucionando en estas últimas décadas a base de teoremas, leyes y nombres ilustres que, consciente o inconscientemente, han puesto sus vidas y su talento en el regazo de toda la cohorte infernal para poder pastorear a sus semejantes, a su antojo, a través del pretendido sendero de la verdad, por el camino de baldosas amarillas, por la cañada real que nos ha de llevar al último abismo en el que, entonces sí, de repente, sin pretenderlo, hallaremos las certezas que andamos buscando de bruces frente a nuestra propia naturaleza, tal y como corresponde a insignificantes criaturas desorientadas.

Por concretar el sentido de estas palabras de una manera franca: mi intención era desvelar 10 falacias científicas y promulgar a partir de entonces las nuevas Tablas de la Ley, el nuevo contrato entre Dios y los hombres que facilitase la comunión
espiritual universal y la convivencia social. De hecho, tenía la intención próxima de desarrollar un octavo desmentido, pero esos seres bermejos, verdosos y cartilaginosos son tremendamente eficaces y su labor -no me cabe la menor duda- me ha impedido acceder a los secretos, a la bases, a las fuentes del conocimiento gracias a las cuales la teoría, un buen día, se convirtió en ley indiscutible, santo y seña de la humanidad, guía de todo ser vivo, expresión racional de la naturaleza dibujada, como siempre, a través de signos de incomprensible lectura e interpretación. De modo y manera que he tenido que renunciar a desmentir la famosa Ley del Mercado, aquella que dicta que todo en nuestro mundo dependió, depende y dependerá (para eso es una ley) de la cantidad de cosas que se ofrecen y de la cantidad de personas que desean poseerlas.

Y así ha sido como he podido llegar a la conclusión de que, por muchos
riesgos que asuma, por más que ponga en juego la salud de mi alma, la integridad de mis carnes, el honor y la credibilidad ante mis semejantes; por más denuedos, noches sin dormir, viajes, libros y reflexiones a la luz de las velas, jamás podré vencer a la milicia de Satán, entrenada y concebida para la eficacia absoluta. En consecuencia, no me queda otra alternativa que renunciar al octavo, así como a los dos últimos.

Porque, sinceramente: no doy para más. Ya solamente auspicio la vana esperanza de que al leer el titulo de esta serie ('Los siete desmentidos capitales') las huestes del averno recuerden tiempos mejores y en honor a esa memoria o en agradecimiento al autor exhausto que esto escribe, decidan cambiar de bando, acogerme en su seno, protegerme, promocionarme, difundir al fin mi verdad y, si es posible, negociar para refutar y cantar de una vez por todas a la cuatros vientos el enredo en el que nos han metido unos cuantos sabios con sus explicaciones académicas y científicas sobre el origen, causas, consecuencias y azares de la riqueza y de la pobreza. Que nadie lo espere, aunque templos más grandes (y más sagrados) han caído.

viernes, 7 de octubre de 2011

Y séptimo desmentido


Siempre aire, mucho aire, a todas horas, en cualquier rincón, enmarañando el polvo de las encrucijadas, agitando las aguas en los océanos. Y también aire en nuestras casas, aire en los pulmones, aires de lavanda y aires estancados, pútridos y angelicales, a viejo, a sábana añeja y amor cuajado.

Cada día nos ponemos en pie y, con el primer bostezo, respiramos nuestras propias horas de sueño aspirando el aire que nos protege de la noche en la inconsciencia del ensayo diario de la muerte. Después abrimos la puerta del cuarto y un poco antes de que haya salido el sol respiramos el aire del día de ayer, que todavía flota entre las paredes del pasillo, como si fuese la memoria de momentos inmediatos que ya no vemos y que en unos años emergerá en forma de manchas aplazadas en la ropa, igual que aceite transparente a la deriva flotando sobre el mar. A continuación, a unos pasos de tiempo, el espejo se empaña de aire, del calor del vaho con que se impregna el velo que pretende salvarnos así de la verdad de un nuevo día. Y ya, desayunados y limpios, finalmente salimos a la calle. Entonces, cada cual se conforma con respirar el aire que merece.

Todo el mundo lo cree. El aire, su presencia y sus diferencias de presión mantienen a flote un buque o alienta y permite el vuelo de un avión. Máquinas extraordinarias ingeniadas con el fin de transportar personas, bombas, animales y cosas de un lugar a otro del mundo se elevan hasta que casi se pierden de vista en las cimas frías del cielo. Desde aquí, en tierra, nos parecen el recuerdo de una pluma leve, diminuta y desafiante, que alguien sopló. Gigantescos buques construidos a base de millares de kilos de acero y hormigón flotan deslizándose a través de los océanos del mundo y , triunfantes contra cien galernas, arriban a puertos remotos, cercanos, en donde reposan sus dimensiones colosales, apaciblemente, sobre el agua amansada, entre diques y más barcos que esperan el cepillo y el cuidado, la descarga y la carga, igual que fabulosos cetáceos ciclópeos varados sin más ocupación que la de flotar mientras reposan su tonelaje de acero.

Y si es así, si Newton, Bernoulli y Arquímedes dijeron la verdad; si todo aquello que se mueve a través del aire bajo el principio de la acción y reacción se mantiene en él como un pajarillo, si todo recipiente que contiene aire flota; si en todo lo que hacemos está presente el aire; si los lugares por donde nos movemos están repletos de aire; si nosotros mismos no somos más que aire, ¿por qué nos estamos hundiendo? ¿ por qué caemos en picado?.

Alguien nos está mintiendo