miércoles, 25 de agosto de 2010

Crisis con limón


He perdido la voz. Ya hace días, semanas tal vez, que me siento más vivo que muerto. Quizá sea por eso por lo que mis palabras me suenan mortales, fugaces, y las leo como si tuviesen una fecha de caducidad impresa en el justo momento de teclear el punto y final del texto. Si me apuro, lo que voy a decir, de la manera que lo voy a decir, deja de tener interés, incluso para mi, en el instante inmediatamente anterior a teclear delante de la barrita intermintente de la pantalla la primera letra que precederá a las dos o tres parrafadas que sea capaz de redactar sobre temas y asuntos que no le interesan a nadie, y mucho menos a mi. No sé si es que no me oigo, o no sé si es que se me ha olvidado escuchar, o no sé si ya no sé hablar. La cosa es que (¡Ah!.Esta es la prueba: después de "no sé si ya no sé hablar" estaba cantado que iba a escribir "la cosa es que": previsible, manido, sin recursos, mortal de necesidad), la cosa es que por muchas horas que ande detras de mis frases, al final me aburren. O bien el mundo se ha vuelto mudo o bien ha apredendido a disimular. Y lo hace tan bien, que soy incapaz de cazar nada que llevarme a este espacio (me niego a escribir 'blog'). Claro, todo podría ser que el mundo mortal me esté insinuando sutilmente, o me esté gritando descaradamente, cantándome a ritmo de ranchera, aquella sentencia bíblica de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, "y para que aprendas a no andar enredando, ahora mismo te dejo sordomudo. Cuando te cures de humildad" (que qué será una cura de humildad: debería decirse "de vanidad"), "pues en ese momento se dispondrá a tu vera una buena cuadrilla de frikis, tres políticos sin escrúpulos, la universidad, una par de obras maestras para que las parafrasees y te luzcas, el mar en invierno, cuatro conflictos sociales y sobre todo y ante todo, una Dolores como Dios manda, con su carácter, su pedazo de cuerpo, sus circunstancias maritales y su última palabra dada antes de estampar el último portazo para que después descerrajes el disparo que te llevará directo a la fama".

Ayer me pellizqué con una silla plegable y me dolió. Anteayer me pillé el pulgar del pie derecho con la puerta del jardín y grité de dolor. Esta noche veraniega, dulce, tibia, eterna noche de agosto, decidí, a la misma hora que todas las noches, prepararme un gin-tonic. Cogí del frigórifico un limón -amarillo y aromático limón con forma de amargo limón- y al cortar una rodaja deslicé el dedo índice de la mano izquierda delante del cuchillo, y me corté. He sangrado profusamente, escandalosamente. He sentido escozor intenso. He tapado el tajo con un pedazo de papel de cocina y el rojo de la sangre se ha expandido por toda la superficie en una mancha húmeda que desmintió en un par de segundos la capacidad absorvente de la celulosa. Como he visto que aquel trozo de papel es un cauterizador inútil, he corrido al baño con el dedo en alto, gimiendo, a saltitos, igual que pájaro bobo. Una vez allí he rociado la herida con agua oxigenada, me he secado el dedo y lo he rodeado con una Tirita. He salido del baño, me he sentado en el porche y mientras miraba el extremo de mi índice, resoplaba como si solamente existiese ese dolor en el mundo: mi dolor. Sin embargo, al poco he pensado que había que ser valiente, y que por un gin-tonic bien valía la pena un poco de riesgo. Así es que he dado unos pasos hasta la cocina, he cortado con sumo cuidado, minusválidamente, una nueva rodaja de limón (la otra estaba ensangrentada, tirada en toda su circunferencia criminal sobre el mármol blanco), y la he dispuesto dentro del vaso de cristal ancho y alargado junto a dos hermosos y fríos hielos. He precipitado generosamente la ginebra, después la tónica, he revuelto sin agitar con el mismo cuchillo con el había cortado el limón. A continuación he lamido la punta del acero dentado con la lengua y he vuelto a mi sillón del porche, a contemplar la noche en la calle, las farolas de luz amarilla y la ausencia de luna en el cielo oscuro. Después del cuarto trago, cuando ya casi no se distingue el sabor dulzón de la ginebra y todo en el paladar es quinina efervescente, me he puesto a pensar en la silla plegable, en la puerta, en el pellizco, en el vértice afilado del cuchillo, en mi voz, y en mí. Y poco a poco, haciendo balance, he ido percibiendo cómo me invadía la sensación de volver a la vida.

Vuelvo mañana

17 comentarios:

Carlos dijo...

Sabía de las propiedades benéficas del limón, pero ahora descubro que también revive. No te preocupes, tu escribes bien hasta de la página en blanco.

Ataúlfa Braun dijo...

Ese fantástico cuadro de Magritte, el limón ensangrentado y el filo del cuchillo goteando crean un lugar imaginario sorprendente. Con tantas imágenes juntas, hoy sobran las palabras.
Me alegro de tu resurrección.
¡Salud!

Ataúlfa Braun dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Mercedes Thepinkant dijo...

A veces yo también tengo esa sensación de no poder decir todo lo que quiero en mi blog. Es como si sobrase, como si estuviera ya todo dicho. Pero se me pasa enseguida.

Otra cosa,
tus "accidentes" pueden ser avisos... será que debes dejar la bebida?? jaja, es broma. Me ha encantado la descripción.

Curita sana para tu maltrecho dedo.

Un saludo

Rocigalgo dijo...

Profusión de colores y de texturas. Limones, aceros, sangre. Química orgánica y del más allá. Placer y dolor en gotas ácidas amarillas y rojas. Espadañadas de vida.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Carlos
El limón nunca debe faltar. Es amargo y dulce. Da luz, acompaña perfectamente a cualquier bebida y como bien dices, nos salva de vez en cuando del vértigo.
¡Salud amigo!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Ataúlfa
Yo no sé si me alegro. Muerto estaba tan ricamente, aunque todavía no sé si estoy en tránsito o ya vivo. Habrá que esperar... Un abrazo Ataúlfa
¡Salud!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Mercedes
A mí, lo que pasa últimamamente es que me da la sensación de que que no me dejo llevar; que hay algo que me fuerza y tira de mi y me quita la voz, le pone sordina y no sueno como me gusta. Cosas que decir si hay: allá donde mires hay un tema, pero cómo se canta, esa es otra historia.

Y la bebida, pues si, tendré que ir reprimiéndome un poco, que me estoy poniendo cebón.

¡Salud Mercedes! (tecleado con el dedo accidentado)

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Rocigalgo
Gracias por tu comentario poético y bienvenido. Prometo visitar tu blog.
Por cierto, ¿Afganistán? ¿andas por ahí?
¡Salud!

Anónimo dijo...

El que tengas esos pequeños accidentes tiene un significado: incapacidad de hablar en defensa propia, rebeldía a la autoridad y también que tienes fé en la violencia.L.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

L. Me tienes que pasar ese curso acelerado de psicologia de bar, seguramente basado en las estrellas...
Como comprenderás, un inmortal como yo no necesita ni defensa,y mucho menos acudir a la violencia (excepto en momentos de absoluta necesidad). Lo tenemos ya todo hecho. Rebelde lo fui de nacimiento y así me quedé

¡Salud!

Anónimo dijo...

Te cortaste el indice de la mano izquierda,el indice es el dedo que representa a Júpiter , dios símbolo de la justicia,representa asuntos de abogados ,jueces,moralidad,y la izquierda ya sabemos lo que significa,asi qué cuando te cortaste en ese sitio ,de alguna manera tu inconsciente te estaba lanzando un mensaje que tu debes entender.Hay algo que te duele en la izquierda y relacionado con la justicia,o tal vez sea algo más personal.L.

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Más coincidencias, Hablador.
Yo también me pillé la yema del pulgar accionando ese horrible tendedero portátil. Menos mal que el limonero resistió todos los embates y...
¡Cuídate!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

L.
Ja, ja, ja, y rejá, muy bueno.
¡Salud!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Ana
Si no fuese por los limones y lo que les acompaña, este mundo se haría insoportable (bueno, casi insoportable...)
Lo más doméstico es lo que nos hace más humanos (buf, menuda frase: para los anales)
¡Salud!

NENA dijo...

La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa.(Einstein)


Está muy bien que quieras volver a la vida, pero guarda siempre el cuchillo bien afilado.



Un abrazo

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Nena
Einstein es un manantial de sabios aforismos. Este que escribes es muy oportuno para los tiempos que corren.

Y en cuanto al cuchillo, pues quizas tengas razon: hay que estar prevenidos, aunque me gustaría creer (me gustaría) que no hay mejor arma que la difusión de ausencia.

¡Salud!