viernes, 4 de diciembre de 2009

En el bar


Qué gustito tomar una copa en un bar lleno de humo, y de ruido, de gente que sale y que entra, que se busca, toma cerveza, se habla y, en un momento, por una palabra mal dicha, por una frase mal entendida ya nunca más se dirán nada y nunca entrarán ni se volverán a encontrar en el mismo bar a no ser que el destino les coincida nuevamente y entonces se mirarán de soslayo, se evitaran, simularan no haberse visto y mientras apuran los vasos y fuman -no porque les apetezca fumar, sino solamente para mirar por dónde se cuela o cómo se disuelve en niebla el humo que expiran y evitar así mirar hacia el lugar prohibido- rememoran el momento de la ruptura y entonces uno de los dos, o quizá los dos, se dan cuenta, en los rincones respectivos de sus memorias que, en realidad, todo fue una tontería porque apenas pueden cada uno de ellos recordar el contenido de la palabra dicha, maldita, la frase disparada con odio, irónica, cínica, a gritos o golpeando con el puño y la mano sobre la barra, aporreando la lanza del paraguas sobre el suelo al mismo tiempo que profirieron insultos hirientes, reproches guardados como cartas viejas que contienen debilidades, errores, cuentas pendientes depositadas a plazo fijo hasta que llega el momento de cobrar en metálico los intereses del rencor justo cuando el camarero vacía el cenicero, porque no dejaban de fumar en el mismo probable cenicero en el que ahora cae la ceniza como tiempo quemado, estéril, y aunque se saben cerca, casi mesa con mesa, siguen sin mirarse y sin recordar si en verdad aquella discusión tuvo razón de ser o hay un tercero, o tercera que nunca aparecerá por el bar, el cual, la cual, habló con ambos, en privado, por separado, y les explicó versiones diferentes y encontradas del mismo asunto para congraciarse, para sentirse el centro de algo en lo que ni siquiera intervino, para ser cómplice, cerciorarse de que su palabra vale algo, significa algo, genera consecuencias, para ser querido, o querida, y en el momento del gesto de dolor, de la expresión amarga, de la mirada baja, humedecida por la rabia y la tristeza, él o ella posaría la mano sobre el hombro y prometería afecto, compañía, ayuda, llámame cuando lo necesites, a la hora que quieras salgo y voy a verte, lo mismo, exactamente lo mismo que hizo con el otro o con la otra, aunque es probable que el tercero, que jamás entrará en el bar donde ahora me tomo tan a gustito el segundo whisky mientras leo, o leía, sencillamente el tercero es malo o mala, perverso, y disfruta en el juego efectivo de la cizaña y la difamación en el que hay perdedores perpetuos porque jamás recuperan la inocencia o el honor, los cuales, por mucho que digan tertulianos y sabihondos no son previos a nada y para defenderlos hacemos lo que sea, dar la razón, reconocer veracidad en palabras que nos brindan, agravios sin contrastar a los que damos pábulo porque -y sólo porque- tenemos unas ganas tremendas de creer, de confiar en terceros (Yagos eficaces, eficientes) de caer en el conflicto que les separó, que les mantiene meses después separados a tres metros de distancia en el mismo bar en el que rompieron, cada uno con su copa, jugando con el extremo ardiente del cigarrillo sobre el cenicero a la manera de un bolígrafo con el que trazan extraños polígonos, estrellas mágicas, signos esotéricos entre la ceniza, como grabados efímeros deshechos en el instante en el que un amago de lucidez les ha empujado a levantarse, caminar tres pasos e invitarle a la próxima copa, qué bebes, me siento, siéntate si quieres, cómo andas, bien, podría ser el inicio de la conversación, de la reconciliación, que acabaría con tres o cuatro botellas sobre la mesa, unas risotadas, quizá una cena rápida, o bien opípara, el camino de vuelta a casa, aliviados, ligeros, sin el peso del resentimiento y la certeza de que todo aquello seguramente fue una tontería, una soberana estupidez, aunque lo que hacen ambos es dar un trago, encender el décimo cigarrillo y grabar otro extraño signo en el cenicero justo cuando ya no quiero beber más, recojo los bártulos, le pago a la camarera y salgo con la congoja de su futuro a cuestas, que me empuja a volver después de haber caminado unos metros, suficientes como para darles tiempo a desaparecer y no saber nada más de ellos, porque ya no podré estar a gustito en ese bar, leyendo, escribiendo, bebiendo y fumando mientras la gente sale, y entra, se habla y en un momento, por una palabra mal dicha, por una frase mal entendida nunca más se dirán nada.

Vuelvo mañana

La imagen es un dibujo a tinta que se titula Var-paraiso. Procede de http://pescador72.blogspot.com propiedad de un artista chileno del cual, lo único que sé es la dirección de su blog. Con su permiso

21 comentarios:

Anónimo dijo...

Has escrito muy bien nuestra historia. Enhorabuena.

Eastriver dijo...

Soledad al principio, soledad al final... un universo de ruidos y de símbolos dibujados en ceniza. Me gusta mucho. Literaria y vitalmente. Estuviste inspirado, nen, incorporando voces al relato, imágenes, detalles, creando un tapiz, un collage. Entre tanta gente que entra y sale lo que pervive es el humo y los vasos. Y la puerta de entrada y salida. (Y la camarera... ¿a quién imaginaste? Frente al gris de la escena la camarera no está envuelta de niebla, la percibí con absoluta nitidez.. . Vuelve al bar y mándalos a la porra, créeme, ni que sea por la camarera.) Molt bo.

Isabel Martínez dijo...

Camuflado entre el humo y el murmullo de las conversaciones, la “soledad sonora” que campea entre los otros evidencia desencuentros y agravios soterrados, malentendidos estúpidos que distancian, palabras que conducen al mutismo. Y “unas ganas tremendas de creer, de confiar en terceros”. ¿Deseos de que impere la lucidez y la tolerancia sobre el amor propio? No somos sin los otros, sin el espejo de los otros, que nos confirma en nuestra identidad. Y ahí está la paradoja, porque, como sabes, “el infierno son los otros”.
¡Salud, Mariano José!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Ramon, no imaginé a nadie, pero es verdad lo que dices, la única que se define es la camarera, y chico, me salió así. Empecé a rememorar una tarde que estuve tan a gustito en un bar, tomando un par de copas, escribiendo, leyendo como los pollos (ya sabes, levantar la cabeza de vez en cuando) y chafardeando, y he ido tirando de lo que le podría suceder a dos amigos o dos amantes cuando se malentienden, o si hubiese un tercero que hubiese propiciado el desencuentro... un poco como experiemento, como un apunte a carboncillo, y salió esto. Ya sabes: el azar poético, el dejarse llevar...
¡Salud!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Isabel, efectivamente, eso es lo que he intentado expresar, lo mucho que nos interesa a veces que las cosas no salgan, lo mucho que nos empeñamos en vivir en el mal rollo cuando las cosas en realidad son muy, muy sencillas. De manera inconsciente esperamos a que alguien nos anime a empezar el conflicto porque no somos valientes para hacerlo por nosotors mismos. No somos valientes, o ahí anda el angel bueno en la oreja que nos lo quiere impedir. Pero nosotros, dale que dale a lo negativo...
Y como bien dices, el infierno son los otros, per porque en nosotros ya habita la semilla que espera. y nosotros, a menudo, representamos también el papel del "tercero".

Como has visto en la hiatoria, lo de menos es la causs del conflicto, porque los personajes ni siquiera la recuerdan. Lo que importa es nuestra esencia, el cómo somos cuando nos relacionamos...
Gracias Isabel
¡Salud!

Anónimo dijo...

Hay que ver como te inspira Dolores.¿Nos tomamos algo? Pero pagas tú.

Isabel Martínez dijo...

Efectivamente, Mariano José (¡qué nombre de telenovelón tienen estos románticos!), a veces basta con cambiar la mirada, la percepción, dar cuerda, ser transigentes; incluso, con nosotros mismos. La vida se aclara y nuestros sentimientos se desemponzoñan.
¡Salud, amigo Mariano!

Jorge dijo...

bonita estampa de bar y humo, en peligro de extinción, si llega a su fin la obligación de "espacio sin humos". aunque la clandestinidad tiene sus ventajas.

El Pobrectio Hablador del Siglo XXI dijo...

Anónimo, no, aquí no interviene Dolores. Pero si se trata de tomar una copa, hecho, pide lo que quieras.
¡Salud!

El Pobrectio Hablador del Siglo XXI dijo...

Isabel, creo que con olvidarnos de que somo humanos sería suficiente (ni más ni menos)
¡Salud!
Me gustaría llamarme Kevin Kostner de Jesús (je, je)

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Jorge, bienvenido. Estamos de acuerdo: los bares sin humos suponen otra hipocresía más. ¿te imaginas una bar sin Whisky, sin cerveza, sin bebidas? Pronto, muy pronto...

¡Ah! y recordad todos/as a los que os apetezca participar de esta iniciativa:
EL DIA 13 DE DICIEMBRE ANTONIO MACHADO RECITA Y HABLA EN LA RED.
Copia un poema o un texto de Antonio Machado, o escribe sobre él en tu blog, el día 13 de diciembre. Consigamos una jornada machadiana masiva en la red. PASADLO

Marcelino dijo...

Lo casual siempre me ha fascinado. El "qué habría pasado si en vez de hubiese decidido otra cosa". Estos azares que unasa veces traen encuentros, alegrías y otras desencuentros y dolor, los retrata de maravilla Auster ( sobre todo el primero). Enhorabuena por la entrada Pobrecito. Perfecta adecuación de forma y fondo. Por cierto, muy buena la iniciativa del día 13. Gracias a todos los que la hareis posible.

Salut!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Marcelino, qué bueno que hayas pensado en Auster. Es rizar el rizo, pero no puedo dejar de decirte que es austeriano (¿austerista?, no, mejor austeriano) que al escribir yo también me he acordado de él.

Por cierto Marcelino, creo que tengo pruebas más que suficientes para adivinar tu identidad. A ti el cuello alto de lana tejida en casa no te quedaría demasiado bien... No sé si me entiendes.
Un abrazo muy fuerte. (que no es lo mismo que un fuerte abrazo)
¡Salud!

Anónimo dijo...

Pobrecito Kevin Kosner de los Dolores,que nos podemos pedir para beber? Pídelo tú,y otra copa igual para mí.

Culturajos dijo...

Me gusta, esos bares, esas vidas cruzadas, esos instantes de humo. Creo que al fin de cuentas la vida es eso, instantes, vidas cruzadas y humo. Aplausos por tu texto hablador. Voy a pedirme una cerveza.
Saludos.
Fumador.

Anónimo dijo...

Soy Dolores, la camarera del bar,resulta que me pagaste con un billete falso y me tocó pagar tu cuenta de mi sueldo,y no entiendo porque te fuiste acongojado ,por el futuro ¿de quién?.Cuando vuelvas asegurate de no pagarme con moneda falsa .

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Tomatela bien fresquita Culturajos, y disfrutala: está pagada
¡salud!

viu i llegeix dijo...

no sé que és millor, l'entrada del post o la tertulia del darrera... em posaré una copa per meditar-ho

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Viva lectora. L'altra dia passava al costat d'una botiga de licors i vaig veure a l'aparador una ampolla d'absenta. L'absenta ajuda a la meditació. Al meu segle XIX anava que volava.
Gràcies i salut!

Julia F. Rondán Flores dijo...

Me gusta tu manera de escribir, y espero encontrar inspiración en tus reflexiones cuando yo no la tengo..Te felicito!...
Una joven nueva seguidora.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Bienvenida Julia y gracias por el cumplido. A tu disposición.
¡Salud!