miércoles, 8 de julio de 2009

Entre paréntesis


Cuando llega el verano ocurre como cuando hacemos un viaje, que nuestras vidas se trasladan a otro plano, independientemente de que gocemos de unas vacaciones, de que sigamos trabajando, o de que se nos pasen los días bochornosos en casa, sudando la nómina canicular del paro sobre la polipiel del sofá. Con el verano la realidad se transforma, o quizá desaparece. Un demiurgo desconocido, travieso, ubica nuestra vida cotidiana entre dos paréntesis y nos secuestra en el centro del espacio que delimitan a derecha e izquierda sus dos párpados cerrados. Como no puede ver lo que de verdad somos, lo que hace es soñarnos de Junio a Septiembre, que es cuando despierta. En ese momento, al abrir los ojos y vernos quietecitos, débiles, acurrucados en nuestro espacio de tránsito, nos devuelve a las vicisitudes de cada cual que quedaron en suspenso durante esos meses. Nos ocurre que, a pesar de tener que jugar por fuerza el papel de criaturas soñadas, llevamos a rebalaje todo nuestro currículo y por mucho que nos desplacemos y vivamos durante unos días fuera de nuestro entorno habitual, el extraño ser que nos sueña nos ve exactamente igual a como somos dentro de sus dos párpados cerrados. De manera que, en realidad, lo que queda entre paréntesis es la ciudad vacía y es otro el que sueña nuestra ausencia; un sueño, por otro lado, menos edificante, más aburrido porque, en este caso, el paréntesis solamente alberga olores aprisionados, humedades, muebles catatónicos, macetas con flores muertas, cortinas calientes, suciedad de mascota, un periódico que amarillea junto a la ventana, y el ruido persistente de una gota, la misma gota, al caer al fregadero. Así es que hay alguien por ahí cuya existencia es un fabuloso engaño, porque cree que nos sueña, pero su función, realmente, es mucho más importante, de ahí que casi nunca entendamos lo que hace, porque actúa sin conciencia de ser lo que es.

Creo que leer a Mario Levrero me ha afectado más de lo que se advierte en la cubierta de su "Trilogía involuntaria". Lo que quería explicar es que el sábado pasado, a la sombra de una obra abandonada de un pueblecito de la costa, disfrutaba de una cerveza muy, muy fría, con sus dos preceptivos dedos de espuma coronando la copa, acompañada por unas deliciosas aceitunas arbequinas. Saboreaba el doble de malta y a mi lado dos señoras hablaban. Una de ellas era muy mayor y la otra no tanto. Eran, sin duda, madre e hija, porque la que estaba alrededor de los sesenta finalizaba cada frase con “¿sabes mamá?”, como intentando, a través de la interrogación retórica, no romper el hilo de la conversación y provocar la proactividad de la madre. Mamá vestía impecable, sin la ostentación lacada típica de las mujeres de pretendido abolengo, pero con una gran dignidad de blusa blanca inmaculada y elegancia gris en el traje; los labios, finos labios, discretamente pintados con carmín rojo; sobre las uñas viejas se distinguía un leve brillo rosado; peinaba su pelo lacio, blanco y corto, con una sencilla raya al lado, lo cual destacaba su carita arrugada y ya en exceso angulosa. Pensé en las dos horas largas que, seguro, la hija había estado con su mamá, antes de salir, para acicalarla, vistiéndola prenda a prenda, con paciencia. Calzándola después los zapatos planos, para poder andar más cómoda, y al final, los últimos retoques amantísimos de la pintura en los labios, el discreto esmalte en las uñas y unas gotitas de colonia, de su propia colonia que ha dejado siempre, por todos los rincones de la casa, un aroma inconfundible de hogar. “Bebe un poquito, mamá” le animaba la mujer más joven, y mamá, después de dar un sorbo a su aperitivo decía, con voz casi inaudible “Está muy rico, niña, este vermouth” . La hija entonces se disponía de nuevo a sacar tema de conversación, pero antes de que pudiese abrir la boca, mamá, por una vez, tomó la iniciativa y preguntó por Celia, su amiga Celia, y le propuso a la hija ir a visitarla. “No está en casa mamá, Celia ya no vive aquí”. Mamá esbozó un gesto de contrariedad, como de no entender lo que la hija le había dicho y cuando intentó de nuevo volver sobre el tema, la hija inmediatamente distrajo su atención señalándo a dos niños que montaban en bicicleta por la misma calle. “Mira, así de guapos están tus nietos, hoy les vas a ver”. Luego ya no pude escuchar más, porque llegaron unos amigos y ya la conversación giró hacia la crisis y el estallido de la burbuja inmobiliaria. Todo esto ocurrió entre paréntesis, en un pueblo costero, vacacional, en donde la principal actividad consiste en engañar a la verdad. Lo dicho, hay alguien que ronda por ahí un tanto desorientado sobre su cometido cósmico.

Vuelvo mañana

14 comentarios:

Belén dijo...

¿Tú ya estas de vacaciones pobrecito hablador?... te lo digo porque YO NO!!... ya me queda poco para el paréntesis en la sierra de la demanda... es en ese cosmos donde sabes que me "aletargo" cada año... en fin, disfruta de lo tuyo.

Belén dijo...

¿Tú ya estas de vacaciones pobrecito hablador?... te lo digo porque YO NO!!... ya me queda poco para el paréntesis en la sierra de la demanda... es en ese cosmos donde sabes que me "aletargo" cada año... en fin, disfruta de lo tuyo.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Belen, como todo el mundo sabe, los muertos yacemos nuestras vacaciones eternamente. Aún así siempre queremos más y para ese más me falta muy poquito. !qué ganas tengo de cogerlas, joder!

NENA dijo...

Yo,al no trabajar (pero sí estudiar), podría decir que estoy de vacaciones todo el año...pero no sé qué es peor...hace 3 años que he vuelto a la etapa estudiantil de la adolescencia: evaluación,exámenes y codos(que ahora se han convertido en dedos, ya que el estudio virtual así lo pide).

Anónimo dijo...

Habrá veranos, seguro, en que el demiurgo travieso quede pasmado al descubrir al final de septiembre que aquella almita (tal vez la Celia huida, cansada de oler la envejecida colonia de su amiga siempre fresca en el frasco) que soñó en junio se haya transformado en lo que sólo parecerá un milagro, porqué, soñando a otras almas, no habrá registrado la imperceptible evolución diaria de ésta hacia el mejor absurdo. ¿Será esto avanzar hacia alguna parte?

ana dijo...

Suerte, Mariano, que puedas sorprender esos diálogos. Yo, y pese a mi paraíso, hace años que desconecto de todo, enla playa, habitada por marujaas que trituran a sus hijos (ayer escuché una conversación espeluznante9 mientras melosamnete les preguntan a sus siervos (porel móvil) que qué les ponen para comer...
El paraíso existe, per hay que adentrarse n élcon tampones de cera y.........

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Nena: Me produce envidia sana que puedas dedicar todo el día al estudio. Esos sí que estar entre paréntesis

Anónimo: Perdona chico/a, pero no te pillo.

Ana: Es verdad, el paraiso está en nosotros. La sabana veraniega, a rebosar de marujas adineradas que descansan sus lorzas en las arenas calientes, es un paraiso para los grandes depredadores. !!vaya festín!!, yo no dejo ni el tuétano de los huesos para las hienas.

¡¡Salud, gracias por aguantarme y abrazos a todos!! Todavía apareceré un par de veces más antes de ponerme entre paréntesis

Ramon dijo...

Querido Mariano, pues fíjate que me he quedado con la sonrisa helada al leer el relato de mamá tomando vermouth. Es un corto espeluznante, es un cuento dolorosísimo, mamá tomando vermouth pensando en su amiga Celia que ya no vive aquí, y la hija ¿sabes mamá?, y mama´ya no sabe nada. La vida misma... el lado triste de la vida. ¿Sospecharon acaso que tú, sombra del pasado, estabas con tu cerveza a dos pasos de ellas? Sigue contando lo que ves porque leido adquiere todo un nuevo sentido.

Ramon dijo...

Por Dios, Mariano, me acabo de convertir en tu fan más tremendo. Entro en el blog de FV, por morbo (intelectual, aclaro, que no me pone nada...) y me encuentro con tu aclaración absolutamente necesaria. Una lanza, dos lanzas, tres lanzas, las que sean, por ti y por tu pseudónimo. Ay, estas izquierdas tan civilizadas de algunos, cómo me recuerdan las derechas más casposas... ¡Salud siempre!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Ramon, a mi me ponen tus comentarios. ¡Muchas gracias!
Yo creo que la hija si que sospechaba que ponía la oreja en la conversación, pero le daba igual. Estaba frente a ella su mamá, a la que quería hacer pasar una mañana agradable; lo demás no importaba.
Y sí, es verdad, los intelectuales presumidamente de izquierdas, cuando se han querido dar cuenta, ya están en nómina. Quizás ni lo saben: es fácil dejarse llevar por la vida, los años,el tráfago de las compañías, los cócteles... y creer que uno no ha cambiado. ¡Salud, Ramon!

Anónimo dijo...

No importa, hay ratos en que no me pillo a mi misma, pero gracias por intentarlo. Saludos

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

¡Gracias a ti por estar aquí!

Eva dijo...

Gracias a la profesora y su blog vengo a parar aquí y me río mucho de ti, con tus ficciones y tus realidades. Cuando uno pasa un momento afectivamente duro es tan de agradecer palabras amenas como la tuyas, me queda mucho por descubrir, pero creo que he dado con un filon de gente muy culta que es lo que siempre he querido y necesitado.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Gracias por venir Eva. El filón es la red, que nos permite establecer contacto y expresarnos. Un abrazo