jueves, 2 de julio de 2009

Kazmierczac, Moosbrugger y Chantal Maillard


Steve Kazmierczac no publicó una sola letra en su vida. Tampoco pasó a la historia por su filmografía, ni por su obra pictórica. Por no pintar, ni siquiera decoró paredes con grafitis. No diseñó ningún edificio emblemático en ninguna gran ciudad del mundo y no compuso pieza musical alguna. Sin embargo, Steve Kazmierczac dejó para siempre su legado en la postmodernidad norteamericana, es decir, en la postmodernidad global. El pasado 15 de febrero se cumplió un año de la muerte de Steve Kazmierczac. El día en que murió el cielo no tenía nada de especial y, como es habitual en el invierno de Illinois, hacía frío. Ese día nadie le vio salir de casa. Poco antes de su muerte los que le conocían se extrañaron por cambios en su comportamiento. Steve Kazcmierczac se suicidó, se pegó un tiro en la cabeza después de matar a cinco personas y de herir a otras 24. Disparó 30 veces. Vestido completamente de negro, y parapetado tras una cortina, disparó a discreción un rifle y un revólver sobre los alumnos de geología de la universidad de Illinois. Al suceso se le llamó la matanza de San Valentín. Según cuentan las crónicas, Steve Kazmierczac tenía por delante una prometedora carrera como sociólogo y fue elegido, en la misma universidad en donde murió, vicepresidente de la Asociación Académica de justicia criminal.

Antes de cometer el asesinato, Steve Kazmierczac escribió en su blog: “Cada jodido día estoy más jodidamente aburrido, aunque no tengo tiempo para nada. Mierda”. Si la policía no hubiese rastreado en sus cosas, el asesinato y el suicidio de Steve hubiese pasado a los anales de la historia criminológica americana y universal como un suceso más, protagonizado por un loco en el país de las armas libres. Durante semanas todos hubiésemos seguido con nuestro camino diario mirando de una lado a otro y desconfiando de todo, con la salvaguarda de la integridad física como principal inquietud, pero con nuestra conciencia y nuestra racionalidad a salvo, sin necesidad de reflexión alguna, más allá del lugar común que nos obliga a recordar el polvo que amagamos debajo de alfombra, y que aceptamos como mal menor: el precio que tenemos que pagar por ser tan civilizadamente civilizados. Y así es como en realidad fue, porque los días inmediatos que siguieron al suceso, todo el debate giró alrededor de la seguridad y a los tópicos de siempre sobre la sociedad enferma que produce sujetos enfermos.

Recuerdo ahora a Thug Berham, el jefe de una secta hindú que estranguló en mis tiempos, entre 1790 y 1830, a más de 900 personas y que consiguió tanta notoriedad que incluso se llegaron a escribir algunas novelas sobre él. Este tipo y sus secuaces eran seguidores de la diosa Kali. Parece ser que sus horrorosos rituales se remontan al siglo XIV. Se calculaba por aquel mi entonces que, desde su fundación, habrían sido asesinadas más de millones de personas a manos de los llamados Thugs. Ni Thug Berham ni ninguno de sus sádicos seguidores eran gente enferma, ni siquiera un producto social propio de una sociedad enferma. Probablemente Steve Kazmierczac sí que era un hombre enfermo, y seguramente por eso asesinó a 5 personas y después se pegó un tiro, pero la declaración pre mortem que dejó para la posteridad nos interroga de otra manera, y convierte la pérdida irreparable de vidas humanas (incluida la suya propia) en alguna cosa más que otro capítulo de la historia de le criminología social contemporánea. Steve Kazmierczac nos involucra en su muerte y en la de sus víctimas, nos señala y nos define. Con la frase que dejó escrita, el asesino de la universidad de Illinois nos remite a nosotros mismos, occidentales desorientados, hartos de todo y satisfechos con nada. Sus 15 palabras valen por toda una obra. Son el legado intelectual, espontáneo, producido en los estertores de la locura que remonta el tiempo con su contenido y lo vuelca sobre cada unos de los días que se han sucedido durante todo el siglo XX y más allá, hasta ahora.

Quienes hayan leído “El Hombre sin atributos” de Robert Musil conocerán a Moosbrugger, “un carpintero, un hombre alto, ancho de espaldas, magro, de pelo castaño como el vello de un cordero montés, y bonachón como un toro manso [… ] Moosbrugger había matado a una prostituta de ínfima calidad de una manera macabra.” Musil pone en la boca y en la mente de Moosbrugger y de quienes hablan de él, un parte muy importante de todo el pensamiento que el autor nos ofrece en párrafos magistrales y frases antológicas con las que nos legó en clave literaria todo lo que hemos sido y lo que somos . Moosbrugger es, entre otras cosas, el contrapunto, la conciencia, un corifeo singular de la Europa agradecida, aburridamente burguesa y decadente que cae, sin enterarse, en la locura colectiva de la guerra. En un pasaje de la obra, Moosbrugger reflexiona en prisión y el narrador nos explica que ”la idea de que su condena pudiera ser reducida a cadena perpetua o a ser recluido otra vez en un manicomio le fomentaba esa rebeldía que nosotros sentimos cuando todos los esfuerzos por escapar de la vida nos conducen al mismo estado de aborrecimiento”. Creo que Moosbrugger y Kazmierczac tienen mucho en común. Ejercen la misma función, en paralelo, en la realidad y en la ficción. Al menos a mí, que no respondo ante nadie, me lo parece.

Hace un par de años leí una frase de Chantal Maillard. Escribí sobre ella en este blog. Siempre que me preocupo por alguna nimiedad la recito mentalmente, como una letanía. La utilizo de amuleto oral que me coloca en la vida y en el mundo. “La tristeza es el pecado de Europa”. Amén

Vuelvo mañana
El cuadro es de Egon Schiele (1890-1918)

12 comentarios:

NENA dijo...

Qué quieres que te diga....me acuerdo de la noticia de Illinois y lo primero que piensas es que este individuo estaba loco. Lo cierto es que ante estas noticias típicas de EEUU no pierdo ni un minuto de mi vida en analizarlas ni en discutir sobre ellas.....lo siento por las pobres víctimas, pero es la típica hipocresía de los USA: "Te dejamos que tengas pistola, pero sé bueno y no la uses porque puedes hacer daño...". En fín,quizás el padre de alguno de los que murieron también tenía una arma en casa.
En cuanto a tu letanía, para mí la tristeza no es pecado, lo es la locura.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

La locura es un estado que, a veces, nos permite ver y hacer cosas que nuestra racionalidad, convenciones, etc... no nos permiten. la locura es... Erasmo lo explicó bien hace siglos. Hay personas enfermas que cometen pecados (sería necesario definir pecado. Caminar sin velo por las calles de Iran es pecado) pero no pecan por estar enfermas.

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Tedio (que no tristeza),Hastío,Abulia, Ennui, Mal du siècle, Weltschmerz... Conceptos todos que los europeos conocemos (y nos familiarizamos con ellos) porque los hemos visto encarnados en la mejor literatura del XIX, que respetamos, cómo no. Digamos que Nietzsche (Musil abreva en él)fue víctima y verdugo... El problema lo tienen los de USA. Leo unos magníficos relatos de Sherwood Anderson para Babelia (aunque allí no podré prodigarme porque... ya lo entenderás en agosto, y constato cómo aquella generación de americanos que indagaba en la extrañeza (o en la inadecuación, que decían ellos) fueron automáticamente suplantados por los que se instalaron en New York o viajaron a París (con carta de presentación del propio Sherwood para la gran señora, Gertrude Stein), como Hemingway, que se burlaría de su protector por mor de fabricarse su retrato como campeón de la "self-realization".

El PObrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Leeré a Shrerwood Anderson...después de cumplir mi compromiso con Musil. Otro más a lista de espera. Hace meses que no compro El Pais (Babelia es lo único que hecho de menos.Por Babelia, a veces, apunto estoy de echar a perder la terapia a la que me someto.) Así es que la leeré por Internet.

USA es el hijo golfo que tuvo Europa y que a veces vuelve al origen para hacer ostentación de su osadía.

Belén dijo...

Acabo de venir de unas jornadas de la universidad de verano, sobre narración oral ("vivir para contarlo y contar para vivir")... no tengo palabras. Además de disfrutar, y aprender, ha habido momentos para muchas emociones. Entre las muchísimas perlas que he escuchado estos días, te dejo ésta, pobrecito hablador (de hablar se trata, pues) porque creo que viene al hilo de la "hiperactividad enfermiza" que nos caracteriza como occidentales. Un "cuentero" de los que nos visitó nos dio la respuesta a la tan manida frase de "tengo mucho que hacer como para andar perdiendo el tiempo...", ¿sí? "pues yo tengo mucho tiempo como para perderlo haciendo cosas"... Que tengas un buen día

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Es una de esas frases tópicas que, a la que le de das una vuelta, la desmontas. Creo que unos de los grandes secretos (difícil de desantrañar, eso es lo malo) es saber acertar con qué cosas perdemos el tiempo. Quien da pronto con ello , tiene mucho ganado en la vida: jamás se aburrirá y la tristeza le acometerá cuando sea estricatemente nacesario estar triste.
Salud Belen

Belén dijo...

Nada que objetar, lo comentaba porque en el contexto de esa "oralidad primaria" de la que nos hablaba el cuentacuentos africano, el concepto de AGENDA deja de existir, incluso la de los fines de semana, que es contra la que ahora basicamente me rebelo. Empiezo a estar cansada de tener, eso, agenda para los fines de semana, sobre todo porque no haciendo "nada", nada social, ningún sarao, ninguna cena, nada, no encuentro que "pierdo el tiempo", sentada o tumbada en mi casa,leyendo, mirando al techo, no se, repensándome... no se si me entiendes. Un beso

Ramon dijo...

Me dejaste helado al leer este relato que, opiniones ideológicas al margen, me encantó. Las últimas 14 palabras de Steve Kazmierczac en su blog, esas palabras que valen por toda una obra, valen también para toda una época como muchos comentaristas de tu blog han apuntado. De todas formas esa realidad es una de las varias que persisten y conviven ignorándose. Quiero decir, hay otras formas de vida, pero están en ésta. Uno más de los universos paralelos que habitamos.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Belen, yo también creo que, a veces, la mejor manera de aprovechar el tiempo es perderlo.Salud... y aire limpio en la Sierra de la Demanda

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Ramon, sí, sí... de hecho lo que intentamos día a día en nuestro occidente es inventarnos esas vidas para tirar hacia adelante. Yo, cada mañana, hago un ejercicio: disfrutar de la ducha a conciencia, o sea, ducharme cada día como si fuese el primer día que la disfruto. Después, mientras me seco, pienso qué sería de mi si no me la pudiese dar a diario.Salud, Ramon

Anónimo dijo...

Hola, amigo, me ha interesado mucho este texto y estoy de acuerdo contigo. Traté el tema en mi ensayo sobre el deseo y tendería a matizar más: la enfermedad de Occidente es, más que la tristeza, la melancolía o depresión, que es algo así como la tristeza coagulada. ¿Por qué? Hay muchas razones.
Un abrazo,
Jesús Ferrero

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Gracias por pasearte por aquí Jesús. El adjetivo "coagulado" ya lo he leido dos veces en dos días en referencia a cosas similares. Melalcolía de qué, por qué. ¿De un tiempo lejano de purezas que ununca existió?. Intuyo que para darle vueltas a estas cuaestiones se necesita valentía, porque igual llegamos enseguida a la esencia de todo: nuestra naturaleza, y puede que no nos guste. En fin, no sé, no soy más que un amateur resucitado. Prometo leer tu ensayo. ¡Salud!