domingo, 19 de abril de 2009

Mio Che

Dolores Oliver, veterana doctora en Filología Hispánica, afirma que el Cantar del Mio Cid lo escribió un poeta árabe. En su libro recien publicado “El Cantral del Mío Cid, génesis y autoría árabe” la estudiosa arabista se ha atrevido a apuntar como autor del famoso cantar de gesta al poeta y jurista Abu al-Waqqashi, quien lo escribiría allá por el año 1095, y no en 1207 como hasta ahora se dicta en todas las universidades y colegios de España. Dolores Oliver afirma que las virtudes del coraje, la generosidad, la mesura y la inteligencia de que hace gala el Cid eran propias de los héroes de una sociedad avanzada como la árabe que se instaló en la península, y no de los guerreros castellanos. Y que el cantar no lo pudo componer un juglar europeo, porque eran analfabetos. Aunque Don Ramón Menéndez Pidal contaba con menos medios y menos pruebas de las que cuenta ahora la doctora Oliver, gran parte de la comunidad académica ha desdeñado la tesis de esta última. El legado de Don Ramón Menéndez Pidal impera. Desde que el poder le utilizó para la Santa Cruzada del siglo XX, Don Ramon mantiene a salvo su herencia iconográficia imperial a través de la Historia. Es lo que se llama crear una marca de larga vida, bien posicionada, y a salvo de interferencias subversivas.

Hoy no quería hablar del Mio Cid, ni de las polémicas que suscita 1.000 años después de su creación. Yo quería hablar de otro héroe. Pero se me atravesó por medio la noticia sobre este intento (mucho me temo que vano) de desenmascarar una de las trampas históricas del marketing patrio, y no pude resistir la tentación de dejarme llevar. Y ya que me dejo llevar, lo hago con todas las consecuencias, siguiendo la estela y el precepto musulmán, sin la ayuda de la imagen, de la fotografía de rigor; tan sólo con el peso y la fuerza que sea capaz de darle a la palabra. Sin el soporte de la escayola, del santo, de la imagen, de la efigie. Sin Coca Cola, ni espejos labrados, ni Camarón, ni camisetas, pegatinas, ni macizos colgantes de oro, ni llaveros de feria. Escapando de Warhol, del pop, de Marilyn, de Kenedy, de las noticas de Agosto, de efemérides repetitivas. Lejos de las viejas paredes ilustradas con posters del 68 en las que ahora se cobijan, hacinados, quienes más le necesitan, bajo las que follaron como conejos, sin amor, en busca del orgasmo libertario, los que ocupan ahora consejerías delegadas, direcciones financieras, oeneges verdes, cátedras universitarias, ministerios, consejerías, tertulias radiofónicas, columnas globales y andropausias postmodernas.

Dijo el poeta José Ángel Valente que las sociedades totalitarias no son sociedades creadoras, sino sociedades reproductoras que intentan perpetuarse indefinidamente. Dice también el poeta que toda palabra es [en las sociedades totalitarias], por su propia naturaleza, voz de la subversión, palabra clandestina. Para poder aplicarnos el cuento, falta saber si sabemos, o queremos saber, en qué tipo de sociedad vivimos, totalitaria o creadora. Y falta saber si aceptamos que la realidad surge de la palabra o, si por el contario, nos creemos que es con la realidad con la que se construyen las palabras. Porque el truco a través del siglo pasado siglo ha consistido en escoger los signos más energéticos, los símbolos con más potencia expansiva para vehicularlos, desactivarlos, o neutralizarlos, y adaptarlos a esa función reproductora de la que hablaba el poeta, de manera que se nos ofrecen realidades impuestas, digeribles y sabrosas.

El otro día veía en el silencio de la noche primaveral la película “Diarios de una motocicleta”, en la que se recrea el viaje que realizó con solo 22 años, y justo cuando el siglo XX llegaba a su ecuador, Ernesto Guevara Serna, en compañía de su amigo Alberto Granados. Guevara y Granados recorrieron durante dos años toda América Latina viendo y viviendo con los más humildes todo tipo de injusticias y calamidades. Su viaje no es el de dos universitarios Erasmus, con tarjeta inter raíl. Este es un viaje iniciático vital, en el que los dos argentinos son protagonistas, por propia voluntad, de la misma experiencia de la supervivencia con que día a día se enfrentan los desheredados de la tierra. El suyo es un recorrido hacia el compromiso, hacia la aventura por la vida, lejos de las aulas universitarias que ocuparon como miembros privilegiados de cierta clase media pudiente. La película contiene un sinfín de virtudes, pero a mi parecer, hay una por encima de todas: muestra, enseña, explica, cómo germinó y se construyó una de las almas más generosas, valientes y luminosas que en el mundo han sido; la fertilidad de un espíritu inquieto, puro, irrepetible en el que cayó, como el grano en la tierra, el grito ensordecedor de la injusticia.

Al finalizar la película pensé en los más jóvenes, y en los no tan jóvenes. Nos cuesta creer en la existencia de un hombre llamado Che Guevara que actuó como actuó a lo largo de su vida. Y no soy nada original si digo que, más allá de la figura histórica, hemos aceptado su imagen y la consumimos como un producto, como una de las más rentables creaciones, o transformaciones de los hechiceros de la tribu, que lo han convertido en el cachivache de la tómbola global, en el icono de la rebeldía plastificada que se compra en Carrefour. Lo que nos esconden, lo que nos amagan, lo que no queremos ver detrás del icono mendaz ,se puede resumir con esta frase que pronunció quien en buen ora cinxió espada: “Una revolución es el más sublime acto de amor que un hombre puede realizar. Sin amor no puede haber revolución”. Ernesto Guevara Serna, el de la barba florida, es el nombre del hombre que nos hace cobardes, nos señala y nos envejece.

Vuelvo mañana

3 comentarios:

PACO dijo...

Querido amigo, aunque ya he entrado varias veces en tus textos, es la primera que me aventuro a escribirte. Espero seguir haciéndolo a los largo de mucho tiempo, señal de que no defalleces y sigues en la brecha. "Enhorabuena".
Paco

El pobrecito hablador del siglo XXI dijo...

Gracias Paco. Te sigo desde que di en la red con el blog de Ana Rodríguez-Fisher, aunque nos conocimos fugazmente en la facultad a través de mi hermano. No te acordarás, pero es igual. Es un placer encontrar tus poemas en tu blog. También he podido ver tu trabajo con estudiantes de secundaria: ¡fantástico!. Un saludo afectuoso, amigo.

Anónimo dijo...
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