viernes, 3 de abril de 2020

Luz en la pandemia (I)


Hay días que, sea cual sea la razón, resultan especiales, al menos mientras los vivimos, mientras somos conscientes de que los vivimos debido a cualquier detalle o circunstancia, a una nimiedad  o, por el contrario, a causa de algún suceso trascendente que, de no ser por una  capacidad súbita de apreciación, hubiesen pasado desapercibidos, olvidados en cualquier rincón revuelto entre las múltiples filfas que nos requieren un tiempo y un interés inmerecido de nuestras existencias.

Sin embargo, los días señalados ya nos encuentran alerta y hacemos todo lo posible por cumplir debidamente exigencia social, familiar o particular acorde con la marca diferenciada en el calendario. Elaboramos y consumimos comidas opíparas, convocamos reuniones etílicas, cantamos, reímos, también discutimos  y , en definitiva, hacemos todo lo humanamente posible para disponernos a vivir esas jornadas de un modo extraordinario, año tras año, cumpliendo así nuestro deber para con nuestros afectos, nuestros compromisos y para con nosotros mismos.

Después existen las fechas circunstancialmente sobrevenidas, aquellos números del calendario en los que ha acaecido un hecho trágico. Entonces, todo lo que rodea ese día y posteriores se envuelve en un halo de tristeza, pesadumbre y  melancolía, nuestro gesto es de estupor, o de incredulidad, las miradas se tornan abrazos  y  los abrazos en  desesperanza compartida, nos precipitamos a una súbita depresión, surge de los más profundo una vieja y eterna incomprensión, la maldita rabia hacia la muerte.

El día de hoy, 29 de marzo del año 2020, no debería cumplir ninguna de esas características. De hecho, para muchos no deja de ser una molestia, una hora menos , la adaptación a un nuevo cambio horario, la distorsión fisiológica que trastoca las costumbres; una perturbación temporal que según cuenta la leyenda, parece afectar a los funciones vitales de determinadas personas, a los ancianos y a los niños (la infancia siempre es argumento ganador). De modo que no, el día de hoy no es una fecha señalada ni digna de celebración, excepto para mí.

No se hace  preciso recordar que a partir de hoy  vivimos algo más, porque la luz, poco a poco, le gana espacios a la noche. Hoy deberíamos recordar que a nuestros hijos les brillan los ojos como no brillaban desde más o menos las mismas fechas del pasado año; que los atardeceres se alargan, se estiran, el cielo derrama generosidad y esparce sus luces rescatando los matices de todas  las cosas, el carácter benévolo del universo completo sobre la especie humana en crepúsculos tardíos, en una invitación a soñar  con la noche ausente o, en el peor de los casos, con unas horas de descanso arrebujados en el recuerdo del horizonte grana.

Porque a partir de hoy, incluso la noche cobra luminosidad, independientemente de si hay superluna, del alumbrado urbano, o del minúsculo punto incandescente del cigarrillo en la penumbra hogareña de los balcones.

Lo confieso. Espero con cierta expectación cada año el día de mi cumpleaños como una especie de prueba hacia los míos. ¿Se acordarán? ¿Habrán pensado en algún regalo? ¿Qué tipo de regalo? ¿Seré merecedor de una  fiesta sorpresa? ¿Me quieren? ¿Me quieren lo suficiente? ¿Me quieren como a mí me gustaría que me quisiesen? ¿Les habré decepcionado en algo? ¿Les decepcionaría si supiesen  que me hago todas estas preguntas? Y toda una serie de cuestiones que no pienso enumerar en su totalidad por no poner más en evidencia mi inseguridad, y que prefiero no explorar, aunque bien sé que habitan el nicho  de innumerables páginas que, por el momento, me resisto a escribir.

Pero sí, espero un día imaginario en el que pueda reunir en un mismo espacio a todas las personas a las que quiero. Y espero que ese día llegue para institucionalizarlo  y marcarlo en mi calendario y, lo más importante,  en calendario ajenos,  como un compromiso futuro ineludible que deberán tomar todos los que asistan y los que, conocedores de tan importante evento, deseen añadirse. Llegado ese momento daría por proclamada mi particular República de la Amistad, de la que su fundador, el filósofo Javier Gomá, me nombró su presidente, aunque yo declinase modesta e hipócritamente tal nombramiento arguyendo que entre amigos no existe ni el poder ni poderes, tan solo las leyes de la lealtad, de la sinceridad, de la generosidad y de la tolerancia, todas ellas de recíproco cumplimiento.

Ese tampoco es el día de hoy, que ha amanecido tal y como indican los pasos medidos del baile cósmico que danzan la tierra y el sol. Sin embargo, la especie humana, insatisfecha ante la mera contemplación, goce y vivencia de la fenomenología física , ha creído conveniente modificar esa relación íntima y eterna y someterla a la arbitrariedad del tiempo, y la ha convertido en los prosaicos usos horarios, concepto exclusivo que ningún otro ser sobre la tierra conoce, utiliza o tiene el más mínimo interés en controlar y modificar porque las existencias de todas las especies vivas son tan puras, carentes de ambiciones y esperanzas, carentes hasta de conciencia de ser, que tan solo la tierra los mares o los vientos son objeto de sus afanes, de sus disposiciones y de sus vidas.

A partir de hoy, día 29 de marzo, a la hora que salimos todos a los balcones, hermanados en una hermosa República de Amigos, ya no distinguiremos entre el ascua de los cigarrillos del brillo de nuestros ojos; porque a partir de hoy nos vamos a ver, nos vamos a mirar, frente a frente, y nos abrazaremos con el nuevo lenguaje de los aplausos que en estos de días de pandemia  dejan de ser objeto de regalo para deportistas, plumíferos, divos, divas y mocatrices  y adquieren todo el sentido de  homenaje sincero y catarsis colectiva, iluminados por la nueva luz del año.

Hasta ayer todo era sonido, un unánime grito de ánimo, estímulo y ofrenda en la oscuridad hacia quienes se esfuerzan a riesgo de sus vidas por mantenernos a nosotros vivos, quienes forman la primera línea de combate  contra una amenaza que nos iguala desde que somos conscientes del tiempo y de nuestro destino. Hasta ayer éramos clamor, y hoy somos carne y ojos y  manos. Ayer éramos sombras, y hoy somos materia. Hasta ayer nuestra voz era una sospecha; hoy somos presencia, voluntad de existencia, piel palpable, esperanza tangible.

Efectivamente, hoy día 29 de marzo, en el año de la pandemia, el gesto insignificante de mover un centímetro la manecilla pequeña del artefacto que gobierna nuestras rutinas, nos alumbra y sustancia el sonido. Hoy nos vemos. Todavía no es la luz que esperamos, la que dicen que veremos, más pronto que tarde, al final del túnel, pero es la luz que nos muestra y nos adopta, la luz que nos comprende y con la que nos comprendemos.

(La música que escucho ahora me eleva, me lleva hacia el gris oscuros de las nubes que se ciernen sobre la tarde, iluminadas por el sol que se retira al extremo opuesto de la brújula. Se da, además, la hermosa coincidencia del campanear de la torre, que coloca el justo y necesario  colofón a los últimos acordes de la canción.)

Sí, hay luz. Donde había noche ahora hay luz. Es por eso que hoy, a estas horas,  puedo ver un hombre fumando paseando a su perro. No hay nadie más en la calle que un hombre fumando paseando a su perro. Camina mirando al suelo, sujetando descuidadamente a su mascota, que olisquea todas y cada de las esquinas de la plaza, el pie del tronco y la tierra donde crecen los árboles, el rastro oscuro que otro congénere  dejó ayer. Y pienso que ese señor no puede pasear con su niño de la mano, ni con su amor de la mano, ni con su madre de la mano,  pero su perro le permite la libertad de respirar durante unos minutos este aire tan limpio, tan puro y tan silencioso que nos trae un mundo liberado de hombres.

Tras  la lluvia caída a mediodía el suelo de la plaza se ve ligeramente húmedo. Ahora una mujer  cruza apresurada de un extremo a otro cubierto su rostro con mascarilla, bufanda y gafas de sol. Los últimos restos de sol restallan sobre los balcones del Este y los rayos de luz que se estrellan contra los cristales de las ventanas vivifican los perfiles  arquitectónicos, desvelando colores insospechados en las fachadas y descubriendo el afán rutinario de algún vecino que recoge la ropa tendida.

No puede ser verdad, me digo. No puede ser verdad. Y sin embargo lo estoy viendo. En un extremo del tejado del bloque de pisos  que hay frente a donde yo vivo  surge,  tímido, el brazo de un arcoíris que poco a poco  va tomando consistencia y conciencia de su hermosura  para  trazar en el cielo su curva completa y abrir una puerta multicolor sobre las nubes oscuras que amenazan de nuevo tormenta.

El arcoíris es objeto de especulaciones religiosas, supersticiones  y designios de todo tipo. Para el pueblo escogido de Yahveh  es el sello de  lacre que cierra el pacto de su dios con los hombres en la tierra  “Pongo mi arco en las nubes y servirá de señal de la alianza entre yo y la tierra. Cuando el mundo esté enfermo y muera, la gente se elevará como guerreros del arcoiris” Homero en la Ilíada dice que “Como un arcoíris espeluznante, Zeus envía arqueros a los hombres mortales desde los cielos altos, un signo de guerra o ventisca para congelar el calor del verano.” No menos halagüeño resulta Juan, el apocalíptico, quien vio “también a otro ángel poderoso, que bajaba del cielo envuelto en una nube, con el arcoíris en su cabeza, su rostro como el sol y sus piernas como columnas de fuego”.

A la vista de las posibilidades, hoy me convierto al judaísmo. Nada tan esperanzador como la curva amplia y acogedora de un bello arcoíris, tan próximo, que podría cabalgarlo por el centro y experimentar qué se siente en una entrada triunfal, como la de Moisés campeando con paso seguro las profundidades del Mar Rojo. Y más, si cabe, en  un día como hoy, en el que las calles, igual que ayer y que anteayer, y que hace ya trece días, rebosan  ausencias y de un silencio tan puro como el aire que respiran ahora los perros y sus mascotas.

Confinados en casa, a la espera agobiante de noticias, a la expectativa de un bocado de cifras con las que cenar, intentando ponernos a salvo de un ser vivo que no sabe que lo es, ni siquiera que existe, aunque con la mínima energía y los mínimos recursos precisos cumple a la perfección el cometido de todo ser vivo, que no es otro que sobrevivir y perpetuarse. El Covid19 tampoco es consciente de la insignificancia de su tamaño. De hecho en su tamaño estriba su poder. Sin embargo,  lo ignora todo sobre sí mismo. Es posible que esa característica, común a todos los animales, suponga otra de sus  fortalezas.

De manera que es a través de la ignorancia de su naturaleza y de su destino  como el virus  se aferra a la vida. Ni siquiera puede llegar a comprender que para seguir en el mundo necesita de otros seres de los que alimentarse.  Serpientes, murciélagos, cerdos y humanos. Hace lo que tiene que hacer según su programación genética y ha cumplido tan exitosamente con su naturaleza  y está desarrollando tan eficazmente sus poderes que está viviendo la edad de oro de su especie. Con grasa. El Covid19 está recubierto de grasa, se protege con grasa.

Y es que ante esa inconsciencia ganadora, letal e inimisericorde, aparece desvelada en toda su esencia nuestra vulnerabilidad, nuestra fragilidad de seres humanos. De poco nos sirve la conciencia de ser. Luchamos por nuestras vidas por la misma razón que el virus lucha por la suya. Frente a esa amenaza, nuestra única arma es la inteligencia, la misma que nos permite ser conscientes de nuestra muerte. La inteligencia que cura.La inteligencia que accede a los secretos microscópicos y mortíferos del virus. 

Pero también la inteligencia de la unidad al rededor de quienes ejercen la alta responsabilidad de las decisiones. La inteligencia en distinguir entre quienes trabajan por nuestra seguridad de los que únicamente velan por sus intereses sectarios, aprovechando cualquier oportunidad para ocupar espacios de confianza colectiva sin haberlos ganado.

La inteligencia de la propia responsabilidad de nuestros actos en beneficio colectivo; del llanto por los que se han ido; del aplauso a los que nos curan y arriesgan su vida por nosotros; del compromiso futuro por escoger gobernantes que no desmantelen nuestra sanidad pública. La inteligencia del convencimiento en la esperanza que podemos regalar con solo una mirada a nuestros vecinos, familiares y amigos. La inteligencia del deseo de abrazo a nuestros seres queridos, y hasta la inteligencia en el placer de la contemplación de una plaza desierta bajo el silencio de un hermoso arcoíris, el mismo día en que la luz le ha ganado una hora a la noche.

viernes, 13 de marzo de 2020

Las universidades regalan su patrimonio a Google



Alphabetic  Inc.  es el nombre de la empresa multinacional nacida de Google, junto con Amazon, Apple, AT&T , ComCast, Facebook, IBM, Microsoft, Oracle y Verizon,  una de las diez empresas de Internet más poderosas del mundo. Cada una de ellas está  valorada en 100.000 millones de dólares y en conjunto suman un valor de casi tres billones de dólares.  El negocio de estas empresas se fundamenta en transformar información en datos con los que obtiene grandes beneficios gracias a su tratamiento y venta a otras empresas, que buscan ampliar márgenes y destruir a la competencia. Su objetivo final es hacerse con el control de la economía mundial. 

Tal y como ha escrito Soshana Zuboff, profesora  de la Harward Bussines School, “la mayoría de las empresas de internet intentan convertirse en nuestra puerta de acceso a cualquiera que sea el segmento de una vida social que pretenden dominar. Si son capaces de controlar un sector consiguen acceder a más datos de los usuarios”. Y añade Zuboff: “las empresas de Internet están en el negocio de la realidad. La clave es que su poder es invisible”.

Por eso, Mikkel Flyverbon, director y profesor agregado de la Escuela de Administración de Empresas de Copenhagen, opina que “las infraestructura digitales pronto serán tan naturales y consabidas que nadie preguntará cómo funcionan. Esto constituye una dimensión importante del poder de las compañías de Internet y muestra el papel pasado por alto que desempeñan en modelar nuestra manera de ver el mundo”. 

Cuando pensamos que nuestros datos flotan en una nube, etérea, sutil y casi metafísica, en realidad residen en los complejos físicos más aparatosos que existen en el mundo. El 70% de todo el tráfico de internet circula a través de  más de 40 grandes centros  ubicados en Ashburrn, a 50KM de Washington, un lugar donde se han instalado millones de kilómetros de hilos, cables y fibra, miles de toneladas de chips componentes electrónicos. Para intentar visualizar “la nube” podemos imaginar grandes hangares repletos de millones de  ordenadores, sin resquicios,  uno sobre otros.  Toda esta infraestructura, hasta el último pedacito,  tiene dueño. 

Es decir, que aunque nos parezca todo sutil, ligero y tan cotidiano como conversar, comer o dormir,  la realidad es que Internet es un gran negocio y que los grandes servidores, si sirven a alguien es, exclusivamente, a  sus dueños. Anna Bernansek y D.T Mongan, dos conocidos periodistas especializados en el negocio de Internet, afirman que  las grandes compañías de internet siguen luchando  titánicamente para acumular más información y equipamientos y adueñarse de porciones vitales de Internet. El objetivo final es controlar la economía global. Por eso no es casualidad que Google haya desarrollado páginas web en redes sociales como Google+, Groups, Ortcut, Blogger y Hangouts. Si sabe usted todo o casi todo sobre todas las personas de mundo, entonces lo que posee tiene un valor incalculable. Para los gigantes de la información, cada nuevo centro de datos es un fin en sí mismo y un arma competitiva. El camino de Google conduce a una omniscencia casi divina.” 

Tal es el  afán de expansión, de negocio y de beneficios de estas grandes empresas que ya forman parte del complejo militar-industrial norteamericano actuando de manera totalmente desconocida hasta ahora.  Según información aportada por Adam Jay Harrison, investigador en Seguridad Nacional de la Universidad de Nueva York, las compañías Boston Dynamics i Robot, Plantir, SpaceX y Dowave System  sustentadas y promovidas con capital de Google, son la punta de lanza de futuro del moderno armamento que se desplegará en el siglo XXI.

Google difunde en sus páginas web la misión de la compañía, consistente en organizar la información del mundo y hacer que sea útil y accesible para todos. Por su puesto, esto es difícil de discutir. Sin embargo, no dice que como empresa con vocación global su objetivo es ganar mucho dinero ejerciendo su misión obteniendo datos de sus usuarios. Y no lo hace mal del todo. Del total de 16.000 millones de dólares de beneficios en publicidad en Estados Unidos, Google obtiene  el 60%  según datos ofrecidos por Damian Tambini, de la London School of Economics.

Manuel Castells, actual ministro de universidades y catedrático emérito de Sociología de la Universidad de California-Berkley, afirma que el 91% de los ingresos de Google provienen de la publicidad, y del marketing focalizado a través  del tratamiento de datos agregados resultantes de la información recogida a partir de las búsquedas de los usuarios. Es más, tal y como advierte este experto mundial en tecnologías de la Información y la Comunicación “Google se reserva siempre el derecho de obtener de sus usuarios y procesar sus datos o los contenidos seleccionados de sus correos electrónicos”.

Esta revelación, aunque  nos parezca tremenda,  a día de hoy ya no sorprende a nadie. Todos, de manera individual, lo sabemos, y cuando utilizamos Google, en el fondo, somos conscientes de ello.  De hecho, en Silicon Valley es recurrente una frase que dice “ Si no pagas por tu servicio es que estás pagando con tus datos”. 

Y es que las empresas de internet transforman  el valor de nuestros datos desde que  fueron generados y reunidos, desde su utilización superficial hacia  usos posteriores, invisibles para nosotros. Esa transformación es el núcleo del negocio de Google debido a su incalculable valor. Keneth Cokier, editor jefe de The Economist y coautor de “Big Data, a revolutions that will transform how we life, work and think” nos anima a hacernos estas dos preguntas ¿quién posee los datos? ¿La empresa que los reunió o quien los produjo? 

Probablemente, si las direcciones de 8 universidades públicas españolas*  que han decidido la migración de sus  servicios de correo electrónico y repositorios de ficheros a Google, se hubiesen interrogado en este sentido, ahora mismo no estaríamos trabajando oficialmente con esta plataforma. Si hubiesen tenido la voluntad de recabar  información y opinión con el fin de tomar una decisión consciente y responsable, habrían trasladado las dos preguntas al conjunto de la comunidad universitaria para generar un debate abierto y transparente al respecto. 

Sin embargo, entre los responsables que han tomado  esta decisión -en mi opinión una de las críticas que ha tomado parte de  nuestro sistema universitario en los últimos 30 años- tan sólo ha primado el criterio  económico, que se traduce ni más ni menos que en el chocolate del loro.

Porque, atención, a pesar de que quienes han decidido este cambio crítico arguyen y ostentan la gratuidad del servicio (recordemos. “ Si no pagas por tu servicio es que estás pagando con tus datos”), el ahorro total aproximado en cada universidad se cifra entre los ridículos 100.000€ y los 2000.000 € en presupuestos que pueden llegar a los 400 millones €. Es decir, en realidad hemos vendido a precio de ganga un patrimonio público  de valor incalculable, compuesto de millones de  datos en conocimiento, gestión, investigación y transferencia de tecnología  que Google sabrá rentabilizar  y utilizar muy lucrativamente con fines poco transparentes, encaminados únicamente  a engordar su cuenta de resultados.

Y es que, en realidad las universidades  han vendido (o regalado) a Google por unos cientos de miles de euros los datos generados por cerca de cientos de miles de estudiantes universitarios, decenas de miles de investigadores y de  gestores,  centenares de facultades y centros docentes, y  miles de  grupos de investigación. 

Por otro lado, nuestro sistema universitario es europeo. Sin embargo, estas universidades han puesto todo ese patrimonio público en manos de una empresa norteamericana  que participa activamente en el entramado industrial  militar y que, dada su filiación y origen estadounidense, hace todo lo posible para que  las empresas tecnológicas  europeas no avancen ni compitan con los gigantes del  entramado de Silicon Valley; una empresa  cuya política  fiscal pasa por escaquear al máximo sus obligaciones impositivas. Tanto es así que de presentarse Google a un concurso público convocado por cualquiera de estas universidades, su participación en dicho concurso  o su oferta hubiese sido rechazada en primera fase. Estamos dando un gran ejemplo a los proveedores y a los estudiantes. 

En definitiva, y para ir concluyendo, las universidades como instituciones y usuarios  ya forman parte del llamado panóptico digital, ese  gigantesco hipertexto global construido con  datos cuyo control es un instrumento esencial de poder, un poder que detenta quien los obtiene. Tal y como consta en el documento de la Agencia Española de protección de datos respecto a Google G-suite, el cliente actúa como responsable del tratamiento de datos y Google es el encargado del tratamiento. Dicho documento, igualmente, exige y establece  el respeto y la custodia de la confidencialidad de los datos a la empresa proveedora, que es Google… 

…No sonrían, por favor, porque recuerden: Para los gigantes de la información, cada nuevo centro de datos es un fin en sí mismo y un arma competitiva.  Los datos que genera la universidad pública no son de quienes gobiernan las universidades, ni siquiera son de quienes los generan, porque  sus propietarios son  los ciudadanos, porque forman parte de nuestro patrimonio colectivo. Ahora son de Alphabetic  Inc , ahora son de Google,  por unos cientos de miles de euros. Efectivamente, la migración de los sistemas de información y comunicación y de los repositorios de la universidad española a Google nos resulta cara, exorbitantemente cara. 

* Universitat Pompeu Frabra. Universitat de Girona. Universitat Jaume I. Universidad Carlos III. UNED. Universidad de Jaen. Universidad de Almería. Universitat Politècnica de Catalunya.

miércoles, 11 de marzo de 2020

Inventario de antimetáforas


El mar es la vida. Óxido en los cabellos. Carbón en los labios. Alquitrán en la mirada. Valentía de avestruz. Banquero de Cristo. Hércules enhebrando una aguja. El Papa. Las banderas.  Lágrimas de monja. Rojo que te quiero rojo. Borges empuñando  una navaja. Un ciprés en el patio de un colegio. La muerte son los ríos. La meta es el camino. El viaje es el tiempo. El tiempo es el sueño. Los sueños. Michelle  Pfeiffer mordiendo el cuello de Christopher Lee. Diamantes de orina. La oveja balando a medianoche. El lobo aullando bajo un sol de justicia. Nieve sin sangre. La cruz. La paloma de Picasso. El Guernica de Picasso. Versos a la venta. El puño alzado de un político. Un caballo estabulado. El canto enjaulado.  La horca sumergida. La huella en la Luna. Caperucita sin abuela. La rosa.  Eva sin manzana. “El origen del mundo”. Un plátano pelado. Los tres monosabios mancos. La cobardía torera. Adán sólo. La masturbación de Adán. Cualquier escultura de Miguel Ángel. Las patatas bravas.  Cualquier escultura de Miguel Ángel, excepto los cuatro  esclavos. La cárcel.  En general, el arte religioso. Un tiburón con complejo de  delfín.  El pene de Rocco Sigfredi. Una Harley en un semáforo. El ojo hueco de Millán Astray. Los números, especialmente el diez. La ópera. Pompeya. Cualquier himno nacional. El Valle de los Caídos.  La publicidad sincera. La luz de un fluorescente. Una prostituta y su cliente coincidiendo en la caja del Mercadona.  Cualquier cosa o ser vivo bajo la luz de un fluorescente. Un anciano en cama hospitalaria. Los Juegos Olímpicos, y en general, los deportistas profesionales.  La lechuza analfabeta. El león vasallo. “El cordero carnívoro”. El perro infiel. Larra viejo. La margarita indubitable. Sócrates absuelto. Aquiles leyendo. La siesta de Mr.Hyde. Las Meninas feministas. Un loco. El telediario. El zoológico.  Un diccionario sin palabras. El silencio, el más absoluto de los silencios. Un pentagrama, solamente un pentagrama. La Catedral de Burgos. Ortega Smith. De hecho, todas y cada una de las catedrales. Alfonsina Storni tomando el sol en la playa. El Che en un despacho. Xavi pidiendo llibertat desde Qatar. La monarquía. Un abogado con toga. Un obrero en el casino. Las metamorfosis de Zeus. Cualquier subsecretario. Una entrevista de trabajo. Un libro retractilado. Ratas sin flautista. Vargas Llosa jugando a la Play. Aznar arrodillado frente a un confesionario. Aznar y Ana Botella haciendo el amor una noche de invierno. Un obispo pidiendo perdón. Yoko Ono, Isabel Pantoja y Olvido Gara, juntas,  de vinos en los bares del Tubo. La momia desnuda. Un niño maleducado. Y déjame que te diga  que soy yo sin decir tu nombre  la más grande antimetáfora que vaga sin norte por los caminos.

martes, 25 de febrero de 2020

Machado de tu mano



El día se presentó realmente inclemente. El  viento del norte soplaba con fuerza, el frío era intenso, y el cielo amenazaba  lluvia. Aunque  Colliure se iba  asomando ya a la hora del mediodía, las calles permanecían tan desiertas como la noche anterior. El mar rompía contra el malecón y contra los muros del Château  Royal provocando nubes de espuma que el viento desbarataba, y a quien osaba hacerle frente tan solo con la contemplación,  le devolvía  su color de plomo, que invitaba al recogimiento  y a la melancolía. Desde luego, aquel lunes de diciembre nadie diría que la vida del pueblecito  francés bulle  durante los meses de  verano gracias al trajín de  los turistas que lo visitan.

Sin embargo, a pesar del cielo, del viento y del mar, nosotros perseveramos. Cogidos de la mano, recorrimos todo el perímetro costero de la villa  sin decir palabra, escuchando el silbido de la tramontana acometiendo con fiereza contra los aleros de las casas, los cabos golpeando los mástiles de las embarcaciones  y el fragor de las olas envolviéndolo  todo  en una sonoridad constante imposible de apaciguar.

Al llegar junto  al castillo nos dispusimos a caminar  en dirección sur, dejando el mar a nuestras espaldas, remontando un centenar de metros la Avenida de la República hasta dar con la calle que lleva a los Jardines del Doctor Navarro. Ahora el viento nos azotaba la espalda como si pretendiese expulsarnos de sus dominios, como si quisiese borrar de las calles  toda presencia humana.

Doblamos la esquina y a los pocos metros nos encontramos con la entrada al cementerio. En su interior, lejos de aquietarse, la nortada se enfurecía de tal manera que la natural flexibilidad de los cipreses difícilmente  soportaba sus embates. Caminamos unos pasos hasta que, muy cerca de la puerta, mal abrigada, junto a una verja próxima a uno de los muros del camposanto, distinguimos entre todas, la tumba, el pequeño hueco en la tierra reservado para el descanso eterno de los restos del poeta Antonio Machado.

No hay modo de que pase desapercibida  porque en aquel recinto  que acoge la muerte exiliada de tantos compatriotas  destaca la luz  morada, amarilla y  roja  de  la bandera de la II República Española que  cubre la lápida. Los hombres y las mujeres que se acercan allí para rendir homenaje a la bondad, suelen dejar   flores  y mensajes en  pedacitos de  papel efímero o versos del poeta  que intentan sujetar bajo el peso de pequeñas piedras.

Aquella mañana desapacible de Diciembre sólo aguantaban, sufridas, las piedras sobre la sepultura junto a dos o tres ramos de flores viejas, marchitas, dispersos y deslavazados.  Me preguntaba, en silencio, cogido de la mano de mi amor, qué versos habrá escrito  Machado  observando desde su morada eterna el aspecto de su último reposo. Me preguntaba, en silencio, sacudido por el viento, estremecidos por el furor agitado de los cipreses, qué  frase habrá escrito mi maestro Juan de Mairena desde la cima del monte Parnaso ante a  la perspectiva descorazonada de su último destino.
 
Y en esas  nos hallábamos, entristecidos, abrumados por la  melancolía, indignados ante la dejadez, el desagradecimiento, la incultura y la desidia colectiva del pueblo español, de las que formamos  parte, cuando aparecieron en el cementerio de Colliure  dos muchachas jóvenes, tan solitarias como nosotros, abrigadas, cogidas del brazo,  protegiéndose como buenamente podían  contra el rigor del temporal. Ninguna de las dos superaría los  18 años. Se ubicaron  en el otro extremo de la sepultura. Una de ellas cogió uno de los ramos secos que yacían sobre el suelo y lo recolocó frente a la lápida. Por supuesto, las flores no recuperaron el color, y tampoco la vida, pero de algún modo, gracias a ese  gesto, rebrotó un poco de dignidad. Después, la compañera introdujo la mano en su bolso y extrajo  un pequeño  libro. Con suma  ternura se inclinó y lo depositó sobre la losa, tomó dos piedrecitas y las colocó sobre el libro. Era un ejemplar de “Campos de Castilla”. 

Mi amor y yo contemplamos la escena en completo silencio,  emocionados. Seguíamos cogidos de  las manos y a través de ellas, apretándonos mutuamente  los dedos, nos comunicábamos sin palabras las sensaciones ante la presencia, el respeto y la admiración que  aquellas dos muchachas mostraban ante la sepultura de Antonio Machado: un lunes gélido, realmente  ingrato, nada  propicio para el paseo, dos jóvenes adolescentes  destinan  unas horas de su vida a visitar un cementerio en el que reposa el cuerpo de un poeta que escribió versos en las lejanías  del siglo pasado, símbolo de tantas cosas importantes que transitan desde hace unos años el camino del olvido. 

Ellas nunca lo sabrán, pero aquellas dos jóvenes  enfrentándose al frío, a la inclemencia  y a los dictados de los tópicos de nuestro tiempo  que se esfuerza en situarlas muy lejos de allí, nos redimieron, nos liberaron de la vergüenza y de la desazón, nos proporcionaron en medio de la tempestad y del frío un poco de luz y mucho calor para seguir.

Nosotros salimos y ellas permanecieron en el cementerio, recomponiendo la bandera, aderezando inútilmente todos y cada uno de los elementos que cubrían la tumba del poeta, porque la furia del viento hacía imposible cualquier intento.

Nuestro  próximo destino era la última casa donde Machado vivió sus últimos días y donde, ahogado por la tristeza y la enfermedad, el 22 de febrero de 1939 finalmente expiró.  Para llegar, solamente hay que seguir unos pocos metros  la calle de los Jardines del Doctor Navarro, cruzar un pequeño arroyo y doblar a la derecha para tomar la Calle de Antonio Machado, larga y sinuosa. Pero todo lo que allí vimos y sentimos forma parte de otra historia.

martes, 18 de febrero de 2020

Inventario de la desolación


Un colchón desnudo sobre la cama. La pelota deshinchada abandonada en el patio. Una colilla flotando sobre el último sorbo. Una escombrera junto a un campo de trigo verde. Los restos de una hoguera. Una mujer tumbada en postura fetal sobre el colchón desnudo. El olor de un bar de madrugada. Un campo de fútbol de tierra. El esqueleto de una barca varada en la playa. Los cartones deshabitados de un cajero automático. Una estantería desvencijada. Un borracho ondeando una bandera. Una puerta agotada. La postguerra. El tañido de las campanas a muerto.  El costillar de un caballo famélico. Un libro deslomado. La viuda de un guardia civil. Un plato desportillado. Los ojos de una vaca enferma. Un solar encharcado. El rechinar de una cancela. Cualquier museo. Un manojo de llaves oxidadas. Un torero viejo. La garita desierta del vigilante. La sombra de un faro. El Cortijo del Fraile. Un cochecito de bebé abandonado junto al contenedor de basura.  Un vagón de metro. Un hombre en la ventisca.  El vientre embutido de un torero viejo. Una nevera nueva. Un parque solar en la noche. El hedor de un matadero cancelado. Versos tachados. Un paso subterráneo. Un pintor ciego. Las aspas detenidas del molino. Un campo cuarteado. Una sartén mugrienta. Belchite viejo. La vacilación  del neón. El entierro de Mozart. La madre enajenada frente al tiovivo solitario. El pedregal de un cauce seco. La dentadura postiza en un vaso.  El cristal quebrado de una ventana. El alma de un ciego en Granada.  Una vía muerta. La diva anciana frente al espejo. Una jaula.  El viento sin árboles. Enero en las calles de un pueblo costero. La carta de ajuste. El áurea del retrato que colgaba en la pared. La tiza en el suelo de un aula vacía. La mirada de Edward Hopper. Un actor tras la función. Una persiana destartalada. Una mujer violada. Un tintero mugroso. Una muñeca desnuda. Un nicho vacante.  Cebollas podridas. El sendero sin huellas. Un soldado. La sala de espera de la estación. Un disco olvidado. La memoria.  Los posos del vino. El páramo envuelto en la niebla. Un pueblo sin biblioteca. Una guitarra sin cuerdas. La luz concluyente del día. Y mis días sin ti.