jueves, 21 de junio de 2018

Jugando a las cartas con el barón Ashler



Los grandes barcos de vapor que surcaban el río Mississippi  a mediados del siglo XIX fueron el principal centro difusor del póquer, un juego de naipes de origen multicultural (oriental,  francés y británico)  cuyos principales lances son la apuesta y el farol. Gracias al cine y a la literatura y a la colonización  cultural norteamericana, todos hemos visto en un momento u otro de nuestras vidas, partidas  de póquer en los saloones del lejano Oeste, en esos mismos barcos, en los casinos de Las Vegas, y en antros y tugurios  de muy diversa estofa. 

De manera que, sepamos o no  jugar al póquer, cualquiera puede tener claras dos o tres cosas. Con cierto sentido de la oportunidad  y buenas cartas es difícil perder una mano. Siempre se descubre al tramposo; el que hace trampas sale mal parado; es necesario saber administrar los fondos con los que uno cuenta para apostar; una retirada a tiempo es una victoria; y, finalmente, hay que saber gestionar el farol. 

El faroleo o la astucia como estrategia habitual no es aconsejable. Y menos en ciertos casos, como por ejemplo cuando uno juega contra el que ha escrito las reglas del juego, contra el  propietario de la baraja, del garito, o  del casino. De cualquier modo, el momento idóneo para un farol es aquel que no espera el adversario. Es decir, cuando después de unas manos afortunadas, con buenas cartas, el contrincante constata que estás en racha y que hoy  es tu día, pero en un instante ves que la tendencia puede cambiar porque empieza a llegarte a la mano la basurilla de la baraja, y no ligas nada, ni una triste pareja de doses,  y observas en tu oponente una chispa de ilusión tras unas horas ruinosas, debida, quizá, a un vulgar trío que intenta disimular  y que se delata con un tic, una gota de sudor en la patilla, fumar con ansia, beber dos tragos seguidos… Y tú con tu triste pareja, pero con unos antecedentes inmediatos repletos de ases, fulls y escaleras, y con una gran disposición de líquido con la que ir, pujar y ver… 

Entonces es el momento, poco a poco, dólar a dólar, él solito va ir  entrando en tu redil con su pobre y esperanzador trío de cincos que se van a batir el cobre  con tu nada, solo con tu mentira, con tu seguridad, con tu pasado reciente y tu disposición altiva, serena, sutilmente amenazadora, hasta que llegado el momento, cuando ya se vea ganador, subirá de manera significativa la apuesta, y entonces tú debes posar tu mano sobre todo tu dinero, arrastrarlo despacio hacia el centro de la mesa y mirándole muy fijamente a los ojos, decir aquello de, ¡subo diez mil! Y el otro no tiene diez mil, se mira el reloj y recuerda que lo compró en el bazar Chino, y aunque fuese de oro… no va, se arruga, porque tiene en la memoria tus ases, tus fulls, tus escaleras de color, y se retira, derrotado, impotente, sin llegar a saber nunca si perdió contra cartas ridículas  o si realmente había ases entre tus dedos. 

Es decir, para farolear es fundamental  una faltriquera bien provista. Por el contrario, si lo único que puedes apostar para ganar no es tuyo y te enfrentas a un jugador experimentado y  consistente, es muy probable que pierdas y que tengas que salir por piernas de la partida y que, además,  se difunda tu fama de insolvente, mentiroso y tahúr barato, y a partir de entonces solo puedas jugarte en partidas de provincias  el café, la copa y el Farias. 

Vivir una buena temporada en los Estados Unidos de América y además ser una reconocida experta en la teoría de juegos, puede ayudarte a entender estas nociones básicas de póquer, como es el caso de la economista y exconsellera d’Ensenyament de la Generalitat de Catalunya,  Clara Ponsatí, que trabajó durante años en diversas universidades norteamericanas.

Sin embargo, a pesar de todo, y a la vista de los acontecimientos,  parece que Ponsatí era una persona demasiado ocupada como para andar leyendo una manual de naipes y mucho menos sentarse a una mesa tapizada de verde, encenderse un puro y echar unas manitas. Anduvo demasiado atareada en difundir las excelencias del capitalismo más salvaje desde las universidades americanas en las que ejerció la docencia y la investigación. O quizás la mantuvo absorta la dirección del españolísimo Instituto de Análisis Económico del CSIC hasta poco antes del inicio del procès; o quizás la mantuvieron enfrascada sus protestas ante el Estado debido a su cese como profesora visitante de la españolísima y muy monárquica Cátedra Príncipe de Asturias en la Universidad de George Town, contra el que interpuso la correspondiente denuncia, porque ambicionaba fundar una república catalana sin renunciar al sueldo monárquico que cobraba  procedente de las arcas invasoras de su país, cuyos fondos se obtienen de los impuestos que pagan los españoles “esas bestias carroñeras, víboras, hienas” que juegan al mus, al guiñote y al subastao.

Sea como fuere, Clara Ponsatí,  durante los últimos días de esta primavera mediterránea, nos ha regalado momentos que pasaran a la historia del póquer y de los hombres, o bien porque los olvidaremos pronto, o bien porque quedaran registrados en las últimas páginas dentro del capítulo de la desvergüenza. 

Cuando escuché a  Ponsatí afirmar con todo descaro y tranquilidad de espíritu que todo el mundo sabía que jugaban un partida al póquer y que iban de farol*,  pensé en las personas próximas a mí que durante estos últimos seis años han confiado ciegamente en  las consignas de los líderes políticos, que les aseguraban que otros territorios de España les robaba 16.000 millones de euros al año; que una Catalunya independiente  establecería de manera inmediata una pensión mínima en 1.200 € al mes para todos sus jubilados;  que la independencia sería pacífica, negociada y reconocida ipso facto por España, la Unión Europea y toda la comunidad internacional; que el referéndum del 1 de Octubre era legal y nos interpelaba a todos, y que sus resultados se transformarían en un mandato democrático en virtud del cual se proclamaría la república catalana como nuevo estado miembro de la Unión Europea; y, sobre todo,  que los catalanes son mucho mejores que los españoles; que Catalunya no progresa y no está al nivel de los países escandinavos por culpa de España y que la sangre de las personas que sufrieron la violencia de la policía ese mismo 1 de Octubre eran la semilla de la que germinaría, como amapola entre el trigo, la independencia de Catalunya.

No puede haber ninguna duda. Ponsatí y los líderes independentistas jugaron una partida de póquer a sabiendas de que no tenían  cartas; que tenían enfrente a un todopoderoso oponente que contaba con toda la infraestructura del Casino (con mayúscula), con un vigoroso y enérgico servicio de seguridad que salvaguardaría las reglas del juego, garantía de su credibilidad antes los demás jugadores.

Lo único con lo que contaban Ponsatí y los suyos para sacar adelante la partida era la voluntad  y la ilusión de cientos de miles de personas, a las que mantuvieron movilizados a través de medios de comunicación afines y subvencionados,  gracias a la manipulación sistematizada, a la exaltación de los sentimientos identirarios más primarios, y a la difusión diaria de mentiras y falsas promesas. No tenían nada más. Y nada menos. 

Nada es unívoco en los políticos. Sus acciones y sus declaraciones contienen siempre un segundo sentido, otra lectura, la astucia del camuflaje, el maquillaje con que se esconde su doble identidad de Barón Ashler. A veces la ambigüedad de sus palabras  es premeditada, porque resulta rentable, o porque es útil para cubrir la retirada. Otras, la equivalencia entre lo que dicen y lo que hacen es más que dudosa y,  en ocasiones, es el subconsciente quien juega en su contra, porque desvela en el mejor de los casos sus contradicciones, y en el peor, el material del que están construidos los cimientos de su ideología. En las democracias occidentales, todo esto forma parte del juego de la política, y quien entra en él tiene que asumirlo y salir llorado de casa. Pero hay un abismo entre esas prácticas y utilizar descaradamente  como valor de apuesta la piel y las espaldas de las personas que confían en ti, a sabiendas de que la partida está perdida de antemano; la misma distancia que hay entre la honradez y la bellaquería, el juego limpio y la trampa fullera. 

Quizás Ponsatí y los suyos debieron haber pensado  en otro tipo de juego más próximo, cercano y conocido para desafiar al Estado, como por ejemplo el mus, el guiñote, el subastao  o la botifarra.  El inconveniente es que todos se juegan con baraja española: oros, copas, espadas y bastos; sota, caballo y rey. Quizá ese sea el motivo por el que la exconsellera tirase de subsconsciente,  y a  la hora de establecer una imagen ilustrativa de lo que en realidad ha supuesto el procés, escogió la baraja francesa y no la española. 

Si después de un tiempo prudencial de balance y reflexión les apetece echar la segunda mano del desquite, le aconsejo a la Sra. Ponsatí  y a los suyos que reconsideren la elección de la baraja y  del juego. Que nos les duelan prendas por jugar con la baraja española, porque tal y como hoy día la conocemos, fue diseñada a mediados del siglo XIX por el catalán Augusto Ríus, cuyas primera planchas se grabaron en su Barcelona natal. Hasta entonces, la baraja española se imprimía según tres patrones, el castellano, el gaditano, y ¡oh sorpresa!, el catalán. 

De manera que lo más provecho sería dejar a un lado los prejuicios y practicar cada día  un poco el mus, otro juego de postura, envite y farol que a buen seguro les encantará. Se juega con la baraja de Cataluña, la baraja española. Si les sirve de estímulo, sus colegas del PNV son unos virtuosos. Hablen y practiquen con ellos. Ustedes, como buenos pardillos, a  lo sumo  ganarán o perderán unos cuantos amarracos. Aunque  en realidad nadie pierde y todos ganamos, porque mantenemos a salvo la integridad física de sus seguidores, la legitimidad de sus ideas y la honestidad de sus representantes. 

*En catalán, la voz 'farol' es incorrecta, es un barbarismo. Pueden ustedes decir farola, catxa, bluf o faró.
De nada; no hay porqué darlas

viernes, 15 de junio de 2018

Por los pelos



Muy poca gente sabe que soy un genio de la pintura. Mi secreto, más que una vocación precoz, radica en la práctica bien temprana, pues me inicié siendo apenas un jovencito. A lo largo de los años he desarrollado tal destreza en la utilización de todo tipo de técnicas, que mi última obra roza la perfección. Y no es que lo diga yo. Lo dicen familiares y amigos pues, en coherencia con mi carácter discreto y humilde y mi rechazo a cualquier forma de comercialización del arte,  el disfrute de  mi obra se reduce a mi círculo más íntimo. 

El reto no era nada sencillo. Se trataba de intervenir en un espacio previamente pintado con colores fríos e intensos. La pareja que lo habitó anteriormente probablemente sufría de un pánico estrambótico al vacío y quizás por ese motivo pintó el comedor de un fucsia brillante, el dormitorio de morado y las dos habitaciones restantes  con un estucado veneciano de tonos verdosos, imitando el mármol. Todos los techos eran beige, un beige desierto. 

No es difícil imaginar la dimensión del desafío ante el que me encontraba. Sin embargo, gracias a mi pericia, al control absoluto del rodillo perfilador y de todos los procedimientos pictóricos de brocha gorda, las paredes del piso en el que ahora vivo son lo más parecido a un lienzo virgen, porque he conseguido eliminar para siempre los vestigios de su historia barroca. 

En cuanto al otro tipo de pintura, la que se vende, la que genera fama y dinero,  la que se enmarca, se cuelga y se expone, debo confesar que soy un absoluto desastre. En este ámbito mi gran triunfo consiste en un dibujo pintado con lápices Alpino que perpetré por encargo del colegio, hace ya demasiados años, y que los hermanos de La Salle valoraron tan positivamente que decidieron exponerlo en las paredes del pasillo junto con los mejores. El tema era la Semana Santa, la pasión,  muerte y resurrección de Jesucristo; un tema clásico que ha regalado grandes alegrías a la historia del arte. 

Mamá había comprado una Biblia para jóvenes profusamente ilustrada. Me impactó la doble página con la ilustración que representaba a Jesús arrastrando la Cruz entre la muchedumbre, camino del Calvario, y decidí copiarla. Tras varios intentos fallidos, casi estuve a punto de rendirme, pero algo había que hacer, porque la obra contaba para nota. De manera que se me ocurrió un recurso cinematográfico, sólo al alcance de mi talento: encuadrar exclusivamente  la parte inferior de la escena, que era la más fácil de copiar. Gracias a esta ingeniosa solución, únicamente tenía que mostrar y reproducir  una multitud de pies alineados, túnicas de colores, piernas, espadas y lanzas de soldados romanos y, en el centro, los extremos del travesaño y del madero vertical que compone la cruz, más la parte inferior de la sotana blanca del nazareno. Y a triunfar. 

Después de esta experiencia artística, nunca, jamás he pintado o dibujado nada que se parezca o sugiera, ni siquiera mirándolo de  lejos, a nada. Cuando intento esbozar una figura antropomórfica no llego más allá del monigote con el que se juega al ahorcado. A lo sumo, soy capaz de perfilar un rostro humano utilizando el viejo truco del seis y el cuatro. Después le planto tres pelos en la coronilla y así doy a la luz a un Filemón muy particular, con nariz griega. 

Ayer supe que los tres pelos no eran un recurso mío en exclusiva, y tampoco del gran Ibáñez. Me lo explicó el guía que me tocó en suerte en la visita que hice a la fundación Joan Miró de Barcelona, gracias al cual he podido entender las claves y los secretos de este pintor catalán universal. En cualquier obra de Miró, allí donde veamos tres trazos verticales juntos es que son  pelos, y como son pelos significa  que lo que hay debajo, a un lado o al otro, es un hombre, o su representación. Si por el contrario vemos la forma más o menos perfilada de una almendra y tres pelos a cada lado de sus curvas es que estamos ante una vagina, una mujer, o su representación. 

Miró empezó a pintar como yo, bien jovencito, pero los paisajes de su Montroig natal o los retratos  de su primera época cosecharon malas críticas. Como tantos otros genios, después de pasar una larga enfermedad, vio la luz, y decidió que dedicaría toda su vida a la pintura. De modo que en 1919 se trasladó a París y allí contactó con lo mejorcito de la vanguardia europea, y se dio cuenta de que lo importante no era pintar bien, ni siquiera pintar. Lo importante era crear un relato suficientemente intelectual, alegórico, simbólico y sugerente que sostuviese la obra pictórica. Es decir, colocar artefactos pseudoartísticos y sus preceptivas digresiones místicas, filosóficas o estéticas  a personas influyentes y adineradas con el suficiente poder como para que su opinión se amplifique a los cuatro vientos y permita al artista construir una marca propia personal universal, gracias a la cual, pueda ser reconocido, requerido, convocado, expuesto y bien pagado, muy bien pagado. Y a fe que lo consiguió. 

Según nos explicaba el guía, Miró siempre expresó públicamente su rechazo a la mercantilización del arte. Debe ser ese el motivo por el cual uno de bancos más poderosos del país y de Europa se identifique con un logotipo de su creación o que,  gracias a la cuenta de resultados que generaba su obra, pudo encargar y pagar al gran arquitecto Josep Lluís Sert la construcción en un lugar privilegiado de la montaña de Montjuïc (Barcelona), su propio museo en el que exponer lo más significativo de su propia obra. En este templo mironiano se encuentran las esencias del pintor. 

No voy a ocupar mucho espacio explicando las sensaciones que me asaltaron durante todo el recorrido, al menos, no tanto espacio como ocupa, por ejemplo, el famoso tríptico “La esperanza del condenado a muerte”, ubicado en la sala central del museo, llamada la capilla, y compuesto por tres enormes lienzos de 267x351  pintados en acrílico. La obra, de una simpleza  vergonzosa, pintada muy probablemente en poco más de media hora,  está datada en 1974 y según ha explicado siempre el autor, la dedicó al malogrado Salvador Puig Antich, el último ajusticiado por Franco a garrote vil. 

Sin embargo, y según el propio Miró, los tres lienzos fueron el resultado de dos años de trabajo (¡!), de manera que, en el caso de que ese dato sea cierto, debemos concluir que Miró pintó las  tres telas mucho antes de que detuviesen al joven anarquista, y después, al finalizarlas (Oh! casualidad, el mismo día de la ejecución de Puig Antich! ) las bautizó con el título que hoy conocemos.

Y la verdad, no me sorprende, porque este es  el común denominador de la mayor parte de su obra, su descarado sentido del oportunismo y una ausencia de honestidad intelectual y artística difícilmente comparables, que se ríe de nosotros, tristes mortales semianalfabetos, cuando nos acercamos a sus creaciones e intentamos descifrar sin conseguirlo las motivaciones pseudomísticas de un artista valorado y admirado en el mundo entero. 

Pero en la visita a la Fundación hay un momento que supera con creces todo lo que uno puede llegar a experimentar contemplando arte. Se trata de un lienzo totalmente blanco manchado en el extremo inferior derecho con un leve brochazo de color azul. “Poesía y silencio”, se llama. Para explicar el sentido y la significación de este cuadro, Miró decía que “El silencio es una negación de ruido, pero resulta que el menor ruido, en el silencio, se hace enorme”. ¡No me digan que no es fascinante! Con semejante verborrea publicitaria  e ingenio para la argumentación, solamente es necesario un apellido célebre para  llenar el mundo de mamarrachadas con la que además  ganarse estupendamente la vida. 

Justificación por justificación, prefiero la que se desprende de la  anécdota que explica el guía del museo. Yo creo que la explica siempre para apaciguar a los visitantes y transformar su mueca escéptica en una sonrisa amable. Según nos explicó, un niño se plantó frente al lienzo y al verlo dijo que se trataba de otro niño con sombrero azul en un campo nevado. Ese niño prometía. Probablemente ya tenga algún cuadro expuesto en la colección permanente del  MOMA. 

Mi sobrino el mayor se ha comprado un piso. Dentro de unos pocos días firmará la hipoteca y, ahora sí,  ya podremos decir que es todo un hombre. Le he ofrecido mi talento, mi experiencia y mi inspiración para pintar las paredes y el techo de su futura vivienda. Le voy a proponer colores calientes, pero suaves, atenuados,  contrastados con el blanco inmaculado del techo. Todo dependerá del estado de las paredes. En cualquier caso, pienso ser muy creativo. Quiero que mi sobrino tenga lo mejor, que se sienta a gusto con su compañera en su nuevo hogar y que, de vez en cuando, pueda dejar volar la imaginación. Por eso, cuando lo tenga todo sellado y la pintura luzca en todo su esplendor, voy a trazar una línea irregular con un rotulador negro de punta supergruesa sobre la diagonal de la pared principal del comedor y le voy a proponer que les diga a sus amigos cuando les visiten que el salón se llama, “Salón Miró”. Van a quedar como una pareja muy leída y además revalorizarán significativamente la vivienda casi de manera inmediata. ¡Estoy impaciente por coger el rodillo!.

lunes, 21 de mayo de 2018

Desencadenada



Fui a Oviedo para encontrarme con  Ana Ozores.  Callejeé  atento y despacio, circundando  la catedral, deteniéndome durante unos segundos en  los ángulos más retirados. Permanecí largos minutos a la sombra del palacio del Conde de Toreno, sin otro entretenimiento más que la  contemplación un tanto apenada de  Willians B. Arrensberg, detenido para siempre con sus maletas y su paradoja de viajero inmóvil. 

Busqué en las puertas de los palacios, en los pórticos de las iglesias. Pensé que si sorprendía a don Fermín saliendo del palacio Episcopal,  solamente tendría que seguirle y así daría con Ana, pero únicamente  vi algún estudiante apresurado corriendo hacia el conservatorio con su instrumento enfundado mientras  huían por alguna de las ventanas las notas esforzadas de un violín desafinado. 

Vueltas y vueltas por aquellas calles  ya no  tan vetustas: conservan las piedras,  el señorío y la solera de antaño, pero por fortuna apenas  son  un recuerdo de la ciudad clariniana de  redingote, chistera, mantilla negra y aromas de  puchero. 

Me senté junto al edificio que albergó el casino; junto a la puerta donde, hace tiempo, los señorones y los  oportunistas de medio pelo fumaban grandes puros, bebían brandy añejo  y arreglaban el país despellejando  insidiosos a  enemigos y amigos.

Buscaba alguna figura que me resultase familiar, pero no reconocí  en ningún transeúnte el porte atildado, canalla y un tanto snob de  Don Álvaro Mesía. Y fue una lástima, porque tenía la certeza de que siguiéndole, me llevaría también a  La Regenta. 

Opté por subir  Cimadevilla, cruzar por  la calle Magdalena y escrutar los comercios y las cafeterías, preguntar precios, fisgar, entretener a los dependientes mientras soslayaba la calle por si advertía la sombra  de Ana caminando acuciante y discreta, con el rostro velando   miradas y murmuraciones,  el misal y el rosario entre las manos enguantadas, dejando a su paso el sonido de su tacones y  un leve  aroma  a incienso y perfume caro. Pero nada. Ni rastro. 

Llegué a la plaza de Trascorrales, donde Vetusta hace honor a su nombre. Quizá  Ana visitase alguna de aquellas casas en busca de consejo. Quizás alguna modista confidente le tomase medidas mientras ella se  sinceraba y desahogaba su desdicha. O quizás se encontrase el algún saloncito recogido y oscuro con alguna mujer desconocida con la que poder charlar sin reservas y compartir abiertamente  sus deseos, sus tormentos y  la hipocresía  provinciana de sus verdugos. Aunque la plaza preservaba las arquitecturas  de la ciudad vieja, finalmente concluí que no, que aquel no me parecía un lugar donde hoy Ana pasearía su estampa  hermosa de  mujer abrumada. 

De modo que enfilé hacia la plaza  del Ayuntamiento, y tampoco: sólo el trajín de algún funcionario, turistas con paloselfie  y las campanas de San Isidoro  dando el mediodía.  El momento de respirar, de sentarse, beber y aprovechar para escrutar la gente  que pasea desde la lglesia  hacia el Fontán, despreocupada, dejando a un lado el hermoso mercado como si no estuviese, de tanto verlo, cada día, y observando a quienes  observan, porque  se pasea para observar y ser observado.

Y yo sentado en mi atalaya, preguntándome quién de todas las mujeres que pasen delante de mí durante esta hora larga de descanso podría ser Anita Ozores, ahora, en nuestro tiempo. Qué hermosa mujer de hoy podría relevar  a La Regenta. En Oviedo, en Madrid, en Barcelona, en cualquier ciudad, grande o pequeña, cosmopolita o provinciana, que a veces hay más provincia en una gran metrópoli que en la aldea más insignificante. ¿Cómo será? ¿Recatada, discreta, casi transparente?¿ O por el contrario,  excesiva, desinhibida, exuberantemente libre,  con cierto aire de descaro vengador? 

También es posible que si encuentro a La Regenta de hoy resulte  demodé, anacrónica,  ya vieja, enlutada, decadente, caminando sola entre el gentío, encorvada, apoyada a cada paso que da en el bastón de puño nacarado que sujeta con dificultad las manos artríticas, casi transparentes, sin ganas de observar a nadie, ni siquiera de saludar, digna  y resentida ante la ciudad que la destruyó.

La Regenta únicamente sigue  caminando, empecinada, para seguir existiendo; para imponer su presencia entre las ventanas que la maltrataron. Allí la veo. Tarda unos segundos en traspasar el lugar desde donde yo la observo y por un momento parece que se da cuenta de que la miro, porque alza levemente la cabeza y me dedica un leve  soslayo inquisitivo,  y entonces distingo  su rostro de marfil, anciano, aunque sin una sola  arruga;  rasgos angulosos, cincelados por  las miradas y la apariencia, por  la represión y el  desengaño. Un semblante  eterno, que paseó las calles de Vetusta antes de que lo viese Clarín y que verán otros visitantes igual que yo, mientras estas piedras se mantengan en pie.

Porque La Regenta que yo buscaba no se puede esculpir. Uno la puede tocar, sentir un frío negro, una suavidad extraña, como encantada, parecida a la piel viva de los muertos que todavía respiran. Puedes circundarla, mirar fijamente las cuencas negras de sus ojos de bronce, y por un momento creer que es ella; intentar besar la carne oscura de sus labios y susurrarle palabras apenas insinuadas para que abandone el castigo de su lugar, porque Víctor y Don Álvaro han muerto, y tú, querida Ana, ya eres libre.

martes, 8 de mayo de 2018

Prevalencias crónicas



Me pongo enfermo. Cada vez que leo o escucho datos sobre la prevalencia de algún tipo de enfermedad en España me pongo enfermo. Después de realizar una exhaustiva tarea de investigación y recopilación de datos entre asociaciones de pacientes,  plataformas médicas, y farmacéuticas, he llegado a la conclusión de que más de la mitad  de la población española sufre una enfermedad grave, crónica o difícil de curar. Veamos si no.

En nuestro país 250.000 personas padecen hepatitis; 5.3 millones,  diabetes; 4 millones, artrosis; 1 millón, alguna enfermedad mental; 2,4 millones, depresión; 145.000, SIDA. Un millón de jóvenes padece alguna alteración mental. Se producen 5 millones de hospitalizaciones anuales por enfermedades coronarias. 4 millones de personas padecen alguna dolencia renal. Cada año se diagnostican 250.000 tumores cancerosos y más de 3 millones de españoles padecen una enfermedad rara...

Insisto, estos datos no me los he inventado. Deben ser ciertos. De modo y manera que realizando una sencilla suma, concluimos  que cerca de 22 millones  de españoles están enfermos.

Ahora bien, si contabilizásemos también los casos de gripes, anginas, resfriados, conjuntivitis, presbicia, miopía, otitis, afecciones alérgicas, fascitis plantar (el espolón me tiene harto), eccemas, hongos, disfunciones  eréctiles, sequedades vaginales y otras, obtendríamos el alarmante y sorprendente porcentaje de un 80% de españoles padeciendo alguna enfermedad, y a la luz de las cifras, algunos pobres desdichados dos, o incluso tres. 

Habría que añadir a este sucinto informe  -no por ello carente de rigor- los cerca de 8 millones de personas enfermas que votan al PP sabiendo que  es una organización mafiosa; los casi 2 millones de catalanes enfermos que votaron a un partido que les mintió y que  les robó, o el 30% del electorado enfermo, que cree que Ciudadanos y el cuñado Albert Rivera solucionarás sus problemas.

De manera que, añadiendo estas cifras de enfermos a la lista, alcanzaríamos la bonita cifra de 40 millones de españoles padeciendo dolencias graves, crónicas o difíciles de curar.

Efectivamente, tenemos un país enfermo.