martes, 23 de diciembre de 2025

Regia Continua

 


Siempre cunde el asombro el revelar mi edad a quien quiere saber que el verano pasado cumplí noventa y cuatro años. Hay una extraña curiosidad insidiosa, o quizás sólo se trate de un poco de morbo inocente, consistente en el deseo de conocer los años cumplidos de las ancianas que caminamos sin tacatá, nos hacemos la compra, comemos y cocinamos cuatro comidas diarias y, en definitiva, nos desenvolvemos en nuestra vida sin depender de ayudas externas.

Lo más extraño es que, una vez desvelado el misterio, no contraataquemos con la misma curiosidad. A mí qué más me da la edad de cada cual. Pues los que tengas, bien está, porque hay en el interrogante algo más que curiosidad o admiración sincera, qué sé yo; por ejemplo la aspiración inconfesada de llegar al mismo límite, o una recóndita y malsana perspectiva de verme en poco tiempo babeando la papilla de manzana elaborada en un geriátrico con todo el cariño.

Eso sí, al poco de charlar conmigo, esa admiración o perversa prospección se matiza, pues todos advierten que mi memoria reciente flojea. Yo soy consciente. En ocasiones hasta me resulta divertido porque, aunque a veces me da rabia no poder nombrar con su nombre propio, por ejemplo, a la dueña de la panadería donde compro mi barra de cuarto desde hace ya cincuenta años, sé que al repetir una pregunta o cualquier observación, al insistir en la misma frase o en la misma cuestión una tercera vez, no recuerdo que antes ya lo había intentado, y al cabo reconozco mi torpeza. No sé si me explico.

Repito insistentemente, soy consciente, pero también incapaz de evitarlo, y eso provoca en mis interlocutores un gesto disimulado de conmiseración que agradezco y que por dentro me produce sonrisas, porque me lleva a la infancia, o a mi primera juventud, cuando escuchaba una y otra vez las historias de mi abuela de antes de la guerra de Cuba; cuando madre me pedía que hiciese siempre como si fuera la primera vez que las escuchase.

Fíjate que yo creo que Dios neutraliza a los mayores la memoria reciente para ahorrarnos poner atención a nuestro presente avejentado y, al mismo tiempo, nos preserva los recuerdos antiguos ofreciéndonos cobijo en un espacio protegido, personal, donde somos soberanas de nuestras arrugas, achaques y degradación física como fin de una lozanía orgullosa e ilusionada que, a pesar de las calamidades y del dolor de la época que nos tocó, nunca nos permitió el lujo de pensar filosóficamente en la muerte, tan solo aceptarla como el único hecho cierto, porque la teníamos tan cerca y a diario que hasta la olisqueábamos.

Si algo es cotidiano, es así, sin más. Y quien se empeñe en buscar sus motivos no encontrará más que la locura, o un vacío infinito, sordo y opaco. La muerte es el vacío. Lo digo yo, que la veo cerca. Pero no me quita el sueño. Tras casi un siglo me apetece un poco de nada.

Para mí, la existencia, o el tiempo, era una extensa campa recortada a lo lejos en la silueta azul de las cumbres nevadas, telón de fondo de cosecha y de trilla, esquilas mansas meciendo su son en el vaivén de los los animales, el zumbido de los tábanos, las voces rudas de los paisanos  atareados junto a la veldadora, atando la mies en sacos de a fanega, aliviados un año más porque de nuevo la tierra y su esfuerzo les había salvado la vida, o el rasgar afilado, sabio y preciso del cepillo carpintero en el taller de padre con la que pulía la madera, que como por arte de magia se convertía días después en rueda de carro.

Todo eso lo recuerdo muy bien, pero no me preguntéis qué he comido este mediodía. He comido, estoy segura, porque veo mi plato, la sartén y los cubiertos escurridos sobre el paño que cubre el mármol de la cocina. Además, todavía permanece el aroma del calabacín hervido con una cebolla dulce que he triturado después para hacerme un puré -o una crema, como se dice ahora- mezclado con el olor a fritura en aceite de girasol de dos filetes de pechuga de pollo rebozados con huevo batido y pan rallado.

Creo que también he troceado un par de hojas de lechuga, unos gajos de tomate y un poco de cebolla. La ensalada ya no huele a nada; ni siquiera la cebolla pica, pero como siempre he tenido la costumbre del tomate, la lechuga y la cebolla, todo aliñado con su sal, un chorro de aceite y vinagre, doy por hecho que la he comido. Como decía Luis, mi marido, tengo buen saque.

Pierdo la memoria de ayer pero el apetito nunca, ni siquiera cuando he enfermado. Probablemente mi madre también puso cada día esa misma ensalada en la mesa, aunque era otro sabor aquel, porque sabía a huerto. La cebolla no es que ya no pique, es que no hace llorar. Llorar porque lagrimean los ojos, pero eso no es llorar. Llorar es otra cosa.

No he sido yo muy llorona. Me resulta muy difícil verme a mí misma llorando. Cuando murió mi madre -quizás- o cuando Luis se derrumbó ante mí en la escalera, herido de muerte, herido de corazón, de corazón grande, sobre el rellano delante de la puerta de nuestra casa con aquella mueca de dolor, llevándose la mano a la espalda, igual que si le hubiesen clavado un puñal, que nunca se me ha ido de la cabeza. De eso sí me acuerdo, y no hace tanto.

Con la muerte de padre no lloré, creo. O sí, lloré, pero seguramente el llanto en realidad era por mi hermana. Lo estuvo cuidando durante años, postrado en la cama, el pobre. Como un vegetal quedó. Padeció la enfermedad de Alzheimer , igual que mi abuela. Al verlos consumirse y quedarse con el cuerpo de un pajarito una lo que desea es que se muera cuanto antes, la criatura, y no cuando Dios quiera, y que Nuestro Señor me perdone.

Mis hijos se ríen de mí porque siempre les he dicho que estoy destinada a quedarme como su abuelo. No sé si se ríen para atenuar la importancia de mi pronóstico o porque con la edad que tengo parece que me frustre no haber acabado mis días como padre. No lo niego, la cosa tiene su gracia, pero estoy a tiempo. Dicen con cachaza castellana que todavía mantengo la esperanza. Lo que sé es que cerca de cumplir el siglo todo lo que me puede ocurrir tiene un solo nombre, y es la vejez, o la muerte, como se quiera; sinónimos deberían ser, sin dramas, ni lágrimas. Y es que no es algo que me quite el sueño.

Cuando vienen a verme les digo que cualquier día me encuentran aquí, recostada en el sofá, con la televisión encendida. He pensado mucho en esa imagen y me he sorprendido riendo aquí, sola, como una tonta, sentada, viendo a toda esa gente guapa que se cree tan lista pero que no dice más estupideces y sinsentidos. Me río porque me veo muerta ante la pantalla iluminada de rostros maquillados,  tiesa y fría, sorda y ciega ya para siempre, frente a la pantomima diaria con que nos invaden la existencia para apartarnos de lo importante, o para contarnos cómo son o cómo fueron nuestras vidas, como si no lo supiéramos. Nos tienen por lerdos.

Se diga lo que se diga, es que es así: hemos permitido que otros nos digan cómo vivir y cómo vivimos, y así ya nadie sabe quién es en realidad, ni lo que le conviene ni lo que no le conviene. Lo supe la semana después de comprar el primer televisor, poco después de que el hombre llegase a la Luna, creo. Fue Jesús Hermida -creo recordar- el primer hombre que pisó la Luna. Madre nunca lo creyó. No que fuese o no fuese Jesús Hermida, sino que hombre alguno pisase la Luna.

Además, como no me acuerdo ni de lo que he comido, lo mismo me da que salga presidente Sánchez o Núñez, porque una ya no sabe lo que dijo uno ni lo que dijo el otro. El que no me gusta nada es el de la barbita. Es un mal cristiano, un maleducado, y un poco macarra, ese caballerete de la barbita. Tiene mucha mala baba. Quiera Dios que no salga, porque traerá el infierno, otra vez. Mis nietos no saben lo que fue aquello. Mis hijos creo que algo sí, porque escucharon de nuestras voces aquella historia, pero a mis nietos ni siquiera se lo han explicado en el colegio.

Cuando me harto de tanto guaperío en la televisión echo mano al periódico, o a la revista que publican un par de veces al año en mi pueblo, o bien releo un par de libros que ha escrito mi hijo el del medio, uno con las tapas rojas y otro con las tapas verdes.

De esos dos me gusta más el de las tapas verdes porque trata sobre cosas de allí, de mi tierra. Claro, él también conoce mi pueblo porque en verano me los llevaba allí, a pasar las vacaciones, aunque me da que mucho de lo que dice se lo inventa, pero me gusta leerlo, por mucho que haya episodios o anécdotas que no sucedieron como los cuenta. Como olvido al día siguiente lo que leí, pues vuelvo de nuevo a las misma página y así me parece que leo un libro nuevo y arrugo de nuevo el hocico, escéptica, preguntándome de dónde habrá sacado mi hijo todo eso que escribe.

Me da la sensación de que mi hijo lo ha escrito para no olvidar, aunque no entiendo qué gracia puede tener empeñarse en recordar lo que nunca sucedió. En cualquier caso, no me parece mal que intente preservar sus invenciones. Así, cuando sea tan mayor igual que yo ahora, podrá leer una y otra vez lo que creía que vivió.

En el libro verde todo sucede allí, en mi casa, en la casa de madre y de padre, la casa donde nací y crecí, que dejé para después venirme aquí, un lugar extraño en el que no conocía a nadie, en el que parí a mis hijos, este lugar en el que convivo con mis recuerdo y mis olvidos,  en el que no pasa un día sin que me arrepienta de haber vuelto después de la muerte de mi Luis, el padre de mis tres hijos.

De todos modos ¿Qué hubiese hecho allí, yo sola, en esos inviernos fríos, ásperos, sin nadie con quien hablar? Mi casa un refugio de fantasmas, voces familiares, imágenes evocadoras reencarnándose gracias a la memoria cotidiana de los trajines de tantos hombres y mujeres llenos de vida, a los que quise con todo mi corazón cuando los tuve lejos; gente que llenó de vivencias, de risas y de aspiraciones inciertas esos espacios. Me hubiese vuelto loca.

No me fui. Sigo aquí, en el mismo lugar donde he construido mi familia. El otro día uno de ellos, no sé si la mayor o alguno de los dos chicos – ¡Hay que ver, qué rabia, lo que me cuesta hasta recordar sus nombres! – me trajo una hoja de papel que reproducía una carta manuscrita, y con ese desparpajo que Dios les ha dado me retó a que reconociese la letra o la autoría de la misteriosa epístola.

Deben creer que estoy peor de lo que estoy, pero todavía soy capaz de reconocer mi propia caligrafía. Además, la carta en cuestión luce en su parte superior izquierda el membrete de padre. “Vicente Andrés Lacalle. Taller de carretería”, para los amigos, el tío Carretas, carpintero, fabricante y reparador de carros. Si no la hubiese reconocido como mía yo misma hubiese pedido que me encerrasen.

Me extrañó mucho, porque no conservo la correspondencia que mantuve a lo largo de los años, ni con mis padres ni con mi hermana ni con mi hermano, ni con nadie. Lo tiré todo ¿De qué sirven los recuerdos de los muertos? Los atesoro aquí adentro, donde nadie llega, hasta que mi último aliento los disuelva y ya no sean más que almas.

Y claro, de ninguna manera podía yo conservarla porque, a la sazón, la susodicha carta la remití yo misma a una prima hermana mía, más joven que yo, a la que siempre quise mucho.  La Chata tenía toda la gracia, la simpatía y la frescura que Dios no me dio a mí. Hace ya un año que murió, la pobre.

Encontró la carta una de sus hijas haciendo limpieza en la casa donde vivió y me ha llegada a través de mi hija la mayor, con quien mantiene relación. He tenido aquí a mis hijos intentando descifrar lo que yo le decía a mi queridísima prima. Se han reído de algunas faltas de ortografía, pero no se lo voy a tener en cuenta; he estado siempre tan encima de ellos para que escriban correctamente, que ahora que están ya a punto de jubilarse, no les voy a reprochar que me pidan lo que antes yo les exigía.

La carta no tiene ningún misterio, es incluso algo prosaica, pero mira, les ha hecho gracia, sobre todo al del medio. Debe ser la fascinación por lo antiguo. No creo que mi vida pasada les resulte interesante, porque, en verdad, no tiene ningún interés. Es como cualquier otra vida, sin importancia ninguna. Por eso no voy a transcribirla. Si no hubiese sido por su insistencia sobre ese papel, creo que ni siquiera hubiese escrito esto que ahora escribo.

Pero como resulta que está sin datar, mi hijo el mediano ya está especulando sobre el año. Sería, creo yo, hacia 1950 porque por entonces ya enseñaba a coser a las mozas del pueblo, que se reunían en la gloria de mi casa dos o tres veces por semana para que las enseñase a tomar medidas, dibujar un patrón con tiza y cartabón, a hilvanar y coser y, en definitiva, a hacerse un vestido.

A mi hijo le hace mucha gracia la frase final de la misiva. Dice él que prueba que siempre he sido un poco marimandona. La transcribo para que se vea que no tengo por qué esconderme de nada.  “Bueno, haber (sic) si me lo haces bien pues ya sabes que me gustan las cosas bien hechitas”. Con los jóvenes hay que ser expeditiva, porque si no es así se les va el santo al cielo y es la manera de que aprendan a hacer bien las cosas. No sé qué puede tener de malo. Pero nada, él dale que dale, y se ríe, se ríe mucho.

Después, a la semana siguiente del descubrimiento, vino otra tarde con otra de sus obsesiones. Este hijo mío no sé a quién habrá salido. Le dan unos arranques por cosas de lo más tonto que no sé yo. Quería saber si en casa de mi padre teníamos pluma estilográfica. ¿Cómo íbamos a tener estilográfica? Yo creo que en todo el pueblo no habría ninguna. Quizás en el Ayuntamiento, porque había una máquina de escribir, que no sé si habría alguien que la supiese utilizar. El alcalde, desde luego, seguro que no.

Escribíamos con lapicero o con plumín, que mojábamos en un tintero. A él le extraña mucho que hubiese escrito la carta con plumín, porque al no ver ninguna mancha de tinta corrida y observar el texto impoluto, sin errores de caligrafía, y el grosor regular de las comas y de los puntos, sospecha de que podría tratarse de una estilográfica. Pero yo le aseguro que no, que en el colegio, otra cosa no, pero aprender a utilizar el plumín era lo principal.

Como es muy testarudo empezó a buscar en su teléfono móvil y me enseñó la fotografía de una especie de bolígrafo que parecía una pluma, o a la inversa, una pluma que parecía un bolígrafo. Es imposible, le dije, porque yo no utilicé nunca un bolígrafo hasta que me vine aquí. Allí nadie los tenía. Creo que no había en ningún sitio, porque no existían.

En realidad, me decía mi hijo, no es un bolígrafo. Se llamaban Regia Continua. Fue el precursor del bolígrafo. Les llamaban plumas de bolas, o estilógrafos. Algunos incluso “la atómica”. Nunca vi ninguna en casa -le aseguro a mi hijo- y jamás vi a nadie utilizar esas atómicas, o como se llamen. Entonces mi hijo me acerca la pantalla de su teléfono para que la vea con todo detalle, muy de cerca y muy ampliada, la forma, el caperucho plateado y la punta de bola por donde salía la tinta. Le insisto en no reconocerlo, pero él parece empecinarse en lo contrario.

"Mira hijo, estoy mal de la azotea, pero recuerdo con mucha claridad todo lo que viví hace ya algunos milenios, y te aseguro que jamás he escrito yo con una Regia Continua de esas." No acabó de convencerse del todo. Me daba la sensación de que no podía permitir que cuestionase o contradijese con la verdad de mis recuerdos la imagen que sostenía él en la pantalla del dichoso teléfono móvil.

Después intenté hacerle comprender que ya me hubiese gustado a mí. Teniendo en cuenta el lugar de donde vengo y del tiempo del que soy, no se me hubiese olvidado nunca la experiencia de haber cogido por primera vez un Regia y garabatear con él unas palabras. Me hubiese parecido mágico.

La gente de ahora no es consciente de los años de asombro continuo que hemos vivido durante toda nuestra existencia los que ya estamos entre las década octava y novena de nuestras vidas. Más que eso. Son incapaces de detenerse un instante a pensar en todo aquellos a lo que nos hemos tenido que adaptar sin remedio, a la fuerza, si queríamos sacar adelante a nuestras familias.

No lo niego, todo o casi todo bueno, porque es verdad que vivimos mejor, pero detrás de todos esos avances vienen los cambios de costumbres, de manera de vivir, de pensar según qué cuestiones, de las que antes ni se podía hablar, y eso sí que se hacía complicado, porque me costaba discusiones con mis padres y también con mis hijos. Yo hay cosas que todavía no entiendo, que no me entran en la cabeza. Tendrá que ser así.

Y es que veníamos del arado, de la oscuridad, de calles sin asfalto donde discurrían a diario y a todas horas animales a sus establos dejando por doquier sus bostas que nadie limpiaba. Vivimos en casas sin agua corriente, literalmente sobre la cuadra donde resguardábamos a los animales, el lugar donde hacíamos nuestras necesidades. Apenas una bombilla colgando del techo para iluminar las noches. Si alguien enfermaba, no podíamos llamar al médico por teléfono. La gente moría de apendicitis, o de la triquinosis porcina, o de la fiebre de malta, o  del sarampión, o de cólera.

Ese fue el tiempo y el espacio en el que yo nací y crecí. Por eso, nadie puede imaginarse lo que supuso para madre o para mí ver a Jesús Hermida poner el pie en la Luna en la pantalla del televisor de la vecina, donde estaba medio pueblo viendo el acontecimiento, todos apretujados allí, como podíamos.

Y ahora viene mi hijo a casa y todo lo que se nos pasa por la cabeza y que no sabemos, lo escribe en su teléfono y en tres segundos obtiene  no una, sino cientos de respuestas, que el problema está con cual quedarte, decidir cuál es la buena. Podría ser igual que consultar el diccionario enciclopédico que todavía conservo, pero no es lo mismo, se mire como se mire. Un teléfono lo contiene todo; todo es todo. Ya no nos va a hacer falta pensar. 

La cuestión es que no estoy segura de qué es mejor, si pensar o no pensar. A mi un teléfono móvil no me va a devolver la memoria de lo que comí ayer. Tampoco de lo que yo he vivido. Eso me lo llevo allá adonde vaya a ir, si Dios quiere. Me lo imagino como un sitio donde no es necesario recordar ni olvidar, porque allí el tiempo no existe. Por eso dicen que es El Paraíso.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Transición no es revolución

 


Hacía tiempo que no escribía aquí. Si vuelvo hoy es porque hace ya unas cuantas semanas que me interpela en ese extraño rincón de mi cerebro donde residen mis obsesiones, un artículo de mi querido amigo Javier Gomá que publicó el día 23 de noviembre en el diario El Mundo dentro de su sección “Mayoría selecta”.

Gomá publicó el artículo tres días después del cincuenta aniversario de la muerte del dictador Francisco Franco. Lo tituló “Revolución española”, un título sin duda llamativo con el que pretendió glosar y ponderar “el momento más carismático de nuestra historia”, es decir, la llamada Transición Española

Los artículos de Javier Gomá en “Mayoría Selecta” suponen todo un reto, pues lo que el autor desea expresar está sometido a otra tiranía, la del espacio, ya que no deben sobrepasar las 150 palabras. Esa condicionante exige al autor vasco una gran capacidad de síntesis y sin duda le impide explayarse en los matices y en argumentaciones, muy necesarias cuando se trata de temas espinosos o que provocan pasiones y debates encendidos.

La cuestión es que con la idea de obedecer de una vez por todas a las insistentes reclamaciones  de mi cerebro, tengo que opinar sobre lo que escribió Javier Gomá al resperto de lo que ocurrió en España después de la muerte de Franco. De manera que, para ser justos, yo escribiré hoy una reflexión sobre “Revolución española” sin sobrepasar tampoco los barrotes tiranos del espacio, o asumiendo el dolor que produce ese instrumento de tortura de la dirección general de periodismo que obliga a las 150 palabras.

 

Este es el artículo de Javier Gomá

Revolución  española

"Hace medio siglo murió el dictador y lo sucedió un rey absoluto. Tres años después, se aprobó una constitución que declaraba soberano al pueblo y hacía de la corona, vaciada de potestades, un símbolo. Si se define la revolución como el desplazamiento súbito de soberanía, entonces en ese trienio de oro, el momento más carismático de nuestra historia, tuvo lugar entre nosotros una revolución total, por mucho que sus promotores prescindieran de la violencia y observaran el procedimiento de la ley a la ley. No se levantó una mitad social contra la otra, como tantas veces antes, sino el presente contra el pasado, haciendo prevalecer con admirable inteligencia social una imperfección pacífica sobre un perfeccionismo conflictivo. El resultado fue la mayoría de edad de España como país moderno y un regalo para el mundo: el ejemplo de una revolución política más civilizada que la americana, la francesa o la rusa."

 

Aquí mi artículo

Transición no es revolución

El sustantivo de una revolución es el derrocamiento; el predicado, el cambio radical en la estructura social, la economía y los valores culturales. Por muy orgullosos que estemos de ser un país democrático sin padecer otra guerra civil, lo que ocurrió en España tras la muerte de Franco no fue una revolución. Sí fue un proceso cruento, que costó, según algunos autores, cerca de 800 muertos, dirigido efectivamente por el criterio de la ley a la ley, gracias al cual permanecieron en sus lugares de privilegio quienes ostentaron el poder de las estructuras franquistas, todavía hoy vivas, indecentemente visibles sobre todo dentro de la judicatura. Dos intentos de Golpe de Estado mediante, el resultado fue una soberanía intermediada por partidos, en ocasiones corruptos: gigantescas estructuras verticales que pretenden representar a los ciudadanos. Por eso, ciertamente nuestra democracia es mejor que una dictadura, pero no es el fruto de ninguna revolución.

jueves, 6 de noviembre de 2025

La guerra de Leslie

 

La de Marcos Llorente, futbolista del Atlético de Madrid,  es la penúltima actuación científica estelar, ampliamente difundida, de un personaje de referencia para millones de personas a raíz de la entrevista que le realizó el periodista  Juanma Castaño en el programa “El desmarque” de la emisora COPE.

Este deportista de 30 años de edad -considerado el cerebro de su equipo por el ínclito Cholo Simeone- criado en familia de futbolistas afamados, que ha gozado desde su más tierna infancia de inmejorable posición económica, educado en los mejores colegios de Madrid, confesó a Castaño que utiliza unas gafas de filtros amarillos gracias a las cuales, según cree, duerme mejor. Ante las críticas a causa de semejante simpleza, Llorente ha respondido, contrariado, a través del diario Sport que “el conocimiento del cuerpo humano no necesita estudios”

Además, Llorente le reveló sin tapujos su preocupación por las estelas blancas que trazan  en el cielo los aviones, porque alberga sospechas más que ciertas de que (ellos, anónimos, desconoce quiénes son) están fumigando a la población para no sabe bien qué fines, aunque seguramente el objetivo consiste en cambiar, entre otras cosas,  el clima a voluntad.

“Yo nunca había visto cielos así”, afirmó el centrocampista rojiblanco. De todo lo cual se deduce que la verdadera vocación de Marcos Llorente no es el fútbol, ni siquiera la preocupación por la causa humana, sino la poesía. Ya hay quien incluso ha registrado el título de su primer libro de poemas: “Los cielos que nunca vi”.

El suceso protagonizado por este deportista de élite es el enésimo ejemplo de una tendencia global que consiste en utilizar las redes sociales y pseudomedios de comunicación para  promocionar teorías conspiranoicas, sembrar el miedo y la desconfianza, negar la evidencia científica y, finalmente, aunque no menos importante, promocionar la ignorancia gracias a la cual estrambotes com Trump, Milei, Orban o Abascal acceden a dirigir los destinos de centenares de millones de ciudadanos a base de millones de votos cocidos en el idiotismo.

Todavía resuenan los ecos gangosos y delirantes de las palabras del cantante Miguel Bosé en las dos entrevistas (dos) emitidas en plena pandemia del COVID19 que produjo, dirigió y presentó Jordi Évole con la finalidad, según el periodista, de evidenciar la estulticia y la estupidez de su invitado -como si esa demostración se tradujese en alguna utilidad informativa- pero que finalmente resultó ser, como era más que previsible,  el mejor altavoz del negacionismo, del terraplanismo y del movimiento antivacuna y un claro ejemplo de irresponsabilidad periodística.

Afirmar que ignorancia y tiranía son aliados que han caminado siempre de la mano ni es osado ni descubre novedad alguna. La humanidad lo ha comprobado a lo largo de toda su historia. Por eso ver y oír hoy a Marcos Llorente es una derrota social, un retroceso a los tiempos de la quema de brujas, al fuego destructor de la hoguera donde ardió Giordano Bruno, o al suelo ensangrentado de Alejandría sobre el que fue descuartizada Hipatia.

Hace pocas semanas la Universidad de Barcelona (UB) celebró con un acto académico solemne, en el Paraninfo de su edificio histórico, la inauguración del curso 2025-2026. En el guion de este tipo de acontecimientos, que se repiten años tras año, los universitarios incluyen siempre algún hecho académico relevante y vinculable de algún modo con el presente social o científico. Este curso, en mi opinión, quienes dirigen una de las universidades más importantes de España han estado realmente acertados.

Y es que por obra y gracia de la Doctora Alejandra Guzmán Almagro, profesora del Departamento de Filología Clásica, Románica y Semítica de la UB, ha despertado un documento único, inédito, datado en el siglo XVII, redactado íntegramente en un perfecto latín, que dormía palpitante un sueño de cuatro siglos en la biblioteca de la UB.

Se trata ni más ni menos que de la “Sophomachia lacónica, o guerra de la Ciencia contra la Ignorancia”, discurso inaugural del curso 1612-1613 escrito e impartido por el humanista escocés John Leslie. Guzmán nos advierte de que no hay que confundir al autor de la Sophomachia  con el John Leslie más célebre, obispo de Ross y embajador de María Estuardo. El nuestro es un Leslie del que poco sabemos.

De hecho, gracias al excelente y minucioso trabajo editorial y traductor de la latinista catalana sobre el texto –publicado en un opúsculo por Edicions de la UB- conocemos algunos pasos y podemos trazar la trayectoria, vital, eclesial e intelectual de este humanista europeo, que tras recorrer los principales centros culturales de la época en Suiza, Francia, Italia y España,  recaló en Barcelona el año 1612 y fue invitado por el Consell de Cent a impartir el curso inaugural de la Universidad.

Leslie fue el primogénito de familia noble nacido el 14 de octubre de 1571 en Crichie (Aberdeen). Desde bien joven muestra una gran inteligencia y elocuencia. Tal y como nos hace saber la Doctora Guzmán, su conocimiento del latín es prodigioso y causa gran admiración sobre todo en España, en la universidad de Alcalá y Salamanca, donde impartió clases después de haber ejercido docencia también en Padua y Leipzig.  Tanto es así que, tras su paso por las dos capitales nacionales del conocimiento, entre los intelectuales se acuña la frase “Solus Lesleius latinus loqus” (sólo Leslie sabe hablar latín).

La trayectoria intelectual de John Leslie se detiene a sus cincuenta años, en 1628, cuando es ordenado obispo anglicano, en primer lugar de Londres y más tarde de Escocia. Toda su vida posterior está marcada por su cargo eclesial, que ejerce en diferentes ciudades inglesas, escocesas o irlandesas, lo cual no le impidió formar una familia numerosa con su esposa, Katherine Cunningam, con la que tuvo diez hijos

Alejandra Guzmán nos da noticia también de que la biblioteca del humanista se perdió al poco de morir.  Se sabe que Leslie escribió unas memorias, un tratado de métrica para memorizar mejor la biblia y un tratado teológico, actualmente perdidos. De manera que “Sophomachia lacónica”, del cual se conserva únicamente el ejemplar de la UB, “es una publicación excepcional, ya que da a conocer un texto ligado a un dato biográfico que había pasado desapercibido a los estudiosos de Leslie”, asegura Guzmán.

John Leslie leyó en la Universidad de Barcelona su “Sophomachia lacónica” el 15 de noviembre de 1612 ante las autoridades del Consell de Cent, el rector Jaume Betrolà, estudiantes y público en general. El discurso es una alegoría en la que la Ciencia y la Inteligencia declaran la guerra a la Ignorancia y utilizan para ello todo su arsenal.

En este sentido, Alejandra Guzmán nos informa de que “Leslie dirige finalmente su discurso a los más jóvenes. Les advierte de la importancia de la guerra constante en la que el conocimiento se enfrenta a la oscuridad, estimula las virtudes y une a los pueblos por encima de sus diferencias”. Se podría decir, pues, que la de Leslie es la única guerra productiva; la única que paradójicamente nos puede traer paz duradera y el progreso.

En su captatio benevolentiae Leslie ya nos ofrece algunas perlas como declaración de principios: “No tengo patria. Mi patria es todo lo que el Señor ha creado […] Mi resolución es hacerme experto en saber de donde vengo, hacia donde voy y el sentido de todas las cosas”. Es decir, su vocación y su determinación es la de ir en busca de la verdad, el objetivo primero y último del filósofo y del científico, la guía de su vida.

Y continua, como insinuando un ruego o un aviso prospectivo hacia el futuro que está por venir, es decir, hacia nuestro presente: “No me esfuerzo en complacer a aquellos a quien ya desagrado. Pero la envidia, la muerte vengadora de la ignorancia  - que es igual en todos los tiempos- me asedia en vano.” Porque hay cosas que nunca cambian, por muchos siglos por los que discurra la historia.

Y a continuación remata: “Los que me acosan, no sólo muerden con los dientes, sino que también  retuercen venenos terribles con lengua tóxica, con brebajes cocinados  durante todo el invierno y aliento putrefacto de un alma podrida de inmundicia remueven la boca repugnante abierta y con más arrogancia todavía sus calumnias.” Eso es lo que hoy llamamos quedarse a gusto.

Tras este último desahogo, Leslie declara solemnemente la guerra a la ignorancia: “Nosotros, con la fuerza juvenil, intentaremos oponer el coraje y el pecho a los enemigos ¡Que se abran las puertas de la guerra, y quien desee aprender que se aliste! La tenebrosa Ingnorancia está presente y con ella, a muchos arrastra a la batalla. El ejército enemigo no es visible, y de nada te servirá una espada de hierro. El combate es intelectual”

Siglos más tarde, en Octubre de 1936, en otro Paraninfo, el de la Universidad de Salamanca, Miguel de Unamuno se enfrentó personal y públicamente al general golpista Millan Astray,  atrabiliario defensor de la ignorancia, con la consabida y célebre frase que ha quedado grabada en nuestra historia para siempre. El rector vasco no conocía el discurso del humanista escocés, pero no me cabe duda  que de conocerlo, como buen latinista que fue, lo hubiese declamado de memoria aquel día aciago en el que otra guerra, cruel, devastadora y desgarradora, consecuencia en gran medida de la ignorancia, se llevaba por delante vidas y futuro.

John Leslie siguió leyendo su breve pero revelador discurso aquella mañana otoñal en la Barcelona de 1612, en el Paraninfo de la Universidad. Ya están dispuestos los ejércitos. La ignorancia cuenta con no pocos efectivos, por lo demás muy eficaces tanto en campo abierto como en el cuerpo a cuerpo: ella  misma ocupa el centro, el cetro de mando. Sus huestes se disponen a su alrededor: la vanagloria, la ociosidad, la desidia, la envidia, la presunción y las seducciones del placer en el flanco izquierdo. En el derecho la imprudencia, la impiedad, la injusticia, la incompetencia médica, la estupidez y la barbarie del lenguaje.

La Ciencia, por su parte, presenta batalla con ella misma también en el centro de la formación, eso sí, escoltada por la conciencia, la humildad, la admiración, la imitación del bien (o el ejemplo) la diligencia, el sentido y la experiencia. En el flanco izquierdo se baten la física, la medicina, la ética, la jurisprudencia, la lógica, la retórica y la gramática. A la derecha ya levantan sus alabardas la teosofía, la matemática, la agudeza mental y la memoria guardiana. Y al final, en una discreta y estratégica retaguardia, el arma secreta: “la Enciclopedia, a la que ningún mortal puede someter con la espada” (¡Ojo! Estamos en 1612)

Observando desde una colina próxima el campo de batalla podríamos pronosticar con alegría un triunfo claro de los ejércitos de la Ciencia y de la Inteligencia. ¿Sí? ¿De verdad? ¿Daríamos hoy por ganada la batalla? ¿No tienen más predicamento y fuerza hoy los los Bosé, los Iker Jimenez y los sanadores de la lejía que la virtud intelectual? ¿Por qué, si no, ganan cada día más espacio social los líderes políticos que alardean de su estupidez y con ello aumentan su cuenta de seguidores y de votantes? ¿Por qué un señor que dice ser periodista no deja en evidencia en directo al futbolista Marcos Llorente en lugar de darle más minutos para que continúe explicando estupideces y así ganar audiencia mientras se ríe de él?

Pero más allá del espectáculo mediático ¿Por qué no recogen carrete nuestros gobernantes, desechan de una vez por todas el pedagogismo vacuo y nefasto que está dando al traste con la educación y el futuro de cuatro generaciones? ¿Por qué no retoman como metodología y guía la agudeza mental, la disciplina y la memoria guardiana? ¿No es con esas armas con las que los humildes prosperaron y se libraron de la miseria, o con las que la humanidad se erigió frente a la tiranía, se emancipó de reyes y dioses y tomó las riendas de su propio destino?

A los ingenuos y gente de buen convencer no nos cabe ninguna duda de que el ejército de la Ciencia vence al de la Ignorancia. Estoy seguro de que Leslie provocó el aplauso cerrado y enardecido de quienes le escucharon en Barcelona aquella mañana de noviembre del año 1612 en el que, paradojas del destino, Felipe III autorizó en Valencia la primera corrida de toros en un recinto cerrado. Hoy, como ayer, las espadas siguen en alto, o al menos eso espero.  

Podéis obtener el opúsculo de la UB completo, en formato PDF, con la edición y la traducción catalana de “Sophomachia lacónica o guerra de la Ciencia contra la Ignorancia”, a cargo de Alejandra Guzmán Almagro, en este enlace de  creative commons


Imagen: “El triunfo de la ciencia y el trabajo sobre la envidia y la ignorancia (Juan de Mata Pacheco. 1906)

viernes, 10 de octubre de 2025

Elias Canetti y la otra masa

 

Elias Canetti estudió exhaustivamente la masa. No me refiero a ese personaje iracundo, destructivo y ciclópeo de la editorial Marvel, bautizado como Hulk  por Stan Lee y Jack Kyrby, que surgió tras la reacción radiactiva que padece Bruce Banner: un bioquímico pacífico, sosegado, que a causa del accidente se convierte en un monstruo de fuerza descomunal, prácticamente indestructible, eso sí, sólo cuando, por cualquier contingencia, llega al límite su capacidad para aguantar injusticias o contrariedades.

Hulk vendría a ser un Mr.Hyde de la modernidad, pero sin moralismo victoriano. Digamos que Hulk (En España,“La masa”) es el Hyde de causas nobles.

Devoré en mi juventud todo lo que llegaba de la Marvel gracias a la mexicana Editorial Novaro, que aquí publicaba y distribuía en blanco y negro, en libros de media cuartilla encuadernados a la americana, las aventuras de sus héroes y villanos.  Pero yo me estaba referiendo, claro está, a la magna obra del escritor alemán titulada “Masa y poder” publicada en 1960, un par de años antes del primer ejemplar de “Hulk”. 

Canetti invirtió 35 años de su vida en estudiar con denuedo y persistencia intelectual el fenómeno de la masa humana relacionándola, además, con el poder social, político o religioso, de modo que si queremos entender lo que nos dice es necesaria una complicidad esforzada hacia el trabajo honesto del autor.

Mi experiencia lectora con este libro ha sido como pedalear en un camino de constantes desniveles, con puertos de categoría especial, desniveles vertiginosos y plácidos llanos. 

No estamos ante una redacción compleja, oscura, casi escatológica que algunos intelectuales gustan utilizar tan solo por epatar. Canetti escribe limpio y claro, y su sintaxis es inmaculada. Sin duda, la excelente traducción de Horst Vogel habrá captado perfectamente ese estilo elegante, contenido, pulcro y sin alharacas del que hace gala el premio Nobel de literatura alemán.

Quiero decir que es tal el interés del autor por mostrar sus hallazgos y llegar al fondo del asunto, que en ocasiones, en aras de la exposición de sus ideas, la infinidad de datos antropológicos recopilados en las fuentes eruditas de investigadores de las más lejanas culturas, redundan y el lector –este que ahora escribe- debe cambiar de plato y de piñón hasta culminar algunos capítulos, aunque después se agradece el viento en el rostro en los primeros metros del descenso a tumba abierta.

Descuiden, que no voy a desgranar el libro. Siempre he pensado que la tierra es para el que le trabaja, de manera que quien quiera cosecha que se ponga al tajo. Aunque les parezca de mala educación,  traje a Elias Canetti a este espacio para reprocharle un vacío imperdonable en "Masa y poder"

Para el alemán la masa es la cohesión humana hacia un objetivo concreto que proporciona entre sus miembros una sensación de igualdad, valentía y arrojo con los que superar límites que de manera individual ni tan siquiera se plantearían. Quienes forman parte de la masa se reconocen iguales en una voluntad compartida libre de jerarquías.

Cuando un sujeto se integra en una masa se desinhibe, se torna impulsivo, sus emociones prevalecen sobre la razón y hace todo lo posible por aportar su incondicional activismo para con la supervivencia del grupo. Igualmente, Canetti establece varios tipos de masa según su estructura, contenido o metas o incluso según la rapidez con la que son capaces de formarse.

 Pero a pesar de que el abanico que despliega es amplio y se detiene en analizar minuciosamente todas y cada una de las variantes, Elias Canetti somete al olvido a una tipología de masa que pervive desde hace décadas, a diario, en todas y cada una de las grandes ciudades del mundo occidental. Esa masa protagonizó en su momento grandes transformaciones en la Historia moderna y contemporánea, pero la posmodernidad tras las dos grandes guerras la ha convertido en algo muy diferente.

Por eso, en su descargo, podríamos argüir que debido al contexto temporal en el que Canetti investigó y publicó su libro, no pudo observar con claridad la metamorfosis social que se nos venía encima. Quizás la intuyó, pero eso nunca lo sabremos.

Y es que las masas compuestas por los trabajadores del mundo civilizado que protagonizaron en su momento dos grandes revoluciones y pusieron en jaque la explotación del libre mercado ha devenido en ríos ingentes de seres humanos alienados que discurren sobre el asfalto desde antes del amanecer, a diario, conduciendo sus propios vehículos hacia sus puestos de trabajo, dóciles, con la paciente amargura de quien se ve obligado para subsistir destinar los primeros y los últimos momentos del día entre sus congéneres, iguales en la enajenación brutal y despiadada del tumulto esclerotizado que forma la gran masa de los embotellamientos proletarios, eternos en su cotidianidad esclavizada, inconscientes del poder que contiene esa grandiosa cantidad de hombres y mujeres de la que forman parte que, embutidos en sus automóviles, alivian sus pesares y sus tribulaciones con la radio, el Spotify o el horizonte del próximo fin de semana frente a la última serie de Netflix.

En este sentido, si sobre el asfalto de las conurbaciones de los grandes núcleos urbanos discurren como hormigas cientos de miles de trabajadores en fatal coincidencia horaria, no es menos asombroso el ejército proletario que comparte un centímetro cuadrado de espacio en los vagones de los trenes de cercanías, del metro o de los autobuses.

Miles de obreros son hacinados por las autoridades a diario en medios de transporte infames que son transportados hacia sus lugares de trabajo como si fueran animales, sin el más mínimo rastro de voluntad hacia su comodidad, sin respeto hacia sus personas, sin pensar ni medio segundo en el confort razonable que requieren y merecen quienes ponen en marcha el país a diario a cambio de salarios míseros, gracias a los cuales se pegan la gran vida unos cuantos mientras pontifican como sumo sacerdotes de la verdad social que el trabajo dignifica.

Pero no hay ni un ápice de dignidad en someter a millones de trabajadores a esas condiciones. Sólo hay interés en subordinar o en rendir; en domar, humillar y anular la voluntad de la mayoría de la población desde primera hora del día y hasta el final de la jornada, cuando al salir del trabajo, aparentemente libre de obligaciones, aliviado tras las horas de esfuerzo mal pagado, vuelve uno a la pesadilla del vagón abarrotado, sin lugar donde sentarse, soportando olores e incomodidades mientras se refugia en  sus  dispositivos celulares con tal de no observar en los semejantes la mueca propia de bestia domada.

Algún día, en alguno de esos vagones abyectos, o en el cuarto carril de alguna autopista urbana, se producirá una reacción radioactiva encadenada, y la masa amorfa, mansa y sumisa que soporta sin decir nada esa vida de mierda, resurgirá con toda la fuerza que contiene. Y yo espero formar parte, como un igual, liberado de inhibiciones, alentado por el propósito de la emancipación, y que así sea.

viernes, 3 de octubre de 2025

Política Dory

 

La memoria política colectiva de nuestro presente se ha ido empequeñeciendo tanto que a día de hoy el recuerdo de lo que sucedió hace un mes se podría embutir perfectamente en el calcetín de un recién nacido. En el tiempo en que internet nos ha puesto al alcance de la mano una hemeroteca universal es el tiempo en que más y mejor se engaña a los ciudadanos.

En cuestión de dos días, alguien que negaba con rotundidad por enésima vez la amnistía a los secesionistas catalanes anunció que los amnistiaba; alguien que cultivó la amistad de mafiosos de la droga, se postula para presidir el gobierno de la octava economía del mundo, sin impedimento ni rubor; alguien que no ha dado palo al agua en su vida, que ha vivido a cuerpo de rey gracias a los Presupuestos Generales del Estado, interpela a la España que madruga y amenaza a media España con retirarle la “paguita”, y consigue de ese modo aumentar la intención de voto en las encuestas; alguien muy cristiano, de misa semanal, que pidió formalmente la creación de un estado palestino, hoy confiesa que sueña con que Israel arrase Gaza.

Estos son sólo algunos ejemplos diversos y plurales, como gusta en decir la izquierda en la actualidad. En Cataluña, en España, entre sus dirigentes y algunos militantes, la jivarización de su capacidad nemotécnica también ha ido evolucionando de un modo sorprendente hasta conseguir que ese rincón de su cerebro donde se almacenan los souvenirs de sus experiencias haya menguado tanto que llevan camino de competir con Dory.

De hecho, cuando se desencadenó el llamado procès, ningún dirigente político catalán o del resto de España recordaba que su principal instigador, a la sazón Artur Mas, les había desalojado de las calles del movimiento 15M a porrazos y con balas de goma, tanto a ellos mismos como a la gente harta ya de degeneración política y de recortes; o que ese sujeto convergente, falso, taimado, infame y gris que es Jordi Turull, solicitó desalojar a patadas a los indignados, que para el convergente eran “esa gentuza que ensucia nuestras plazas”; o que el partido que puso la maquinaria propagandística secesionista en marcha con el dinero de todos estaba condenado por corrupción sistemática organizada, que perpetró durante décadas con total impunidad; o que la legislación autonómica a lo largo de los años convergentes benefició siempre a las clases privilegiadas y perjudicó a los más humildes; o que Jordi Pujol –indecente ladrón de lo común, tanto de día como de noche- se sentó a fumar un puro con José María Aznar en el Hotel Majestic; o que Convergencia i Unió, principal impulsor del procès, fue un instrumento político con el que se  integraron masivamente las élites franquistas catalanas al nuevo marco constitucional…

Aun así, a excepción de los políticos de la generación que sufrió el franquismo, o que vivieron la transición, como Joan Coscubiela o LluísRabell,  tanto dirigentes de los partidos de izquierda, como muchos de sus militantes y simpatizantes o periodistas y tertulianos en la órbita roja catalana y del resto de España, a priori mantuvieron una equidistancia prudente y  al poco solicitaban sin reparos el cacareado derecho a decidir y apoyaron la celebración de un referéndum pactado. Con el suceder de los acontecimientos, muchos terminaron por acudir a votar al referéndum ilegal del 1 de Octubre -también llamado referéndum fake-  con el argumento infantil e irrisorio de que en realidad era un voto contra Mariano Rajoy el PP.

Fueron muy difundidas las imágenes de Xavier Domènech, cabeza de lista de En Comú Podem - la lista electoral heredera de Iniciativa per Catalunya els Verds y del PSUC- llorando a lágrima viva en una manifestación la detención de los llamados Jordis (Jordi Cuixart y Jordi Sánchez, dos dirigentes secesionistas en la órbita convergente ) acusados de sedición por promover el asedio a la Consejería de economía el 20 de septiembre de 2017.

Al hilo del rastro seco de las lágrimas soberanistas, el celebérrimo Pablo Iglesias, por aquel entonces líder de Podemos, partido considerado la vanguardia de la izquierda española, declaró públicamente en un tweet: La dignidad y la coherencia se demuestran en los momentos difíciles. Orgulloso de caminar a tu lado.” Poco después ambos sellarían públicamente, en sede parlamentaria, su recíproca estima con un beso en los labios.

Por su parte Irene Montero, exmilitante de Juventudes Comunistas de España, y por aquel entonces diputada rasa por Podemos en el Parlamento español, sensible ante el llanto de solidario del diputado catalán, declaró igualmente en un tweet que “Xavier Domenech 
nos recuerda hoy por qué estamos aquí. Firmes defendiendo la democracia con brillo en los ojos y todo corazón”

La cercanía de Podemos con el secesionismo convergente no conoció límites.  Unidas Podemos, a través del dirigente Jaume Asens pidió "perdón" en rueda de prensa celebrada en el Congreso de los Diputados a los nueve condenados por el 'procés' ante el retraso en la concesión de los indultos y reivindicó que la medida de gracia no implica "debilidad" sino la "fortaleza democrática".

Asens también apeló a la política de la empatía y a desterrar la venganza. Incluso se  atrevió a afirmar que “estamos ante los indultos con más legitimidad democrática de la historia”, ni más ni menos, aunque “no son la solución al conflicto catalán”. Algo así como “el frotar se va acabar”

Agustín Santos Maraver, diplomático de carrera, actualmente diputado electo de SUMAR, considerado número de 2 de la ministra de Trabajo y Vicepresidenta segunda del Gobierno, Yolanda Díaz, afirmó en el blog “Sin Permiso” con el pseudónimo Gustavo Buster que “El referéndum del 1 de octubre, pase lo que pase en los próximos días y semanas, será recordado, y no sólo en Cataluña, como una de las jornadas más espectaculares de lucha pacífica de la población por el derecho a la autodeterminación, y en contrapartida, también como una de las más contundentes represiones de las fuerzas policiales contra los derechos de reunión, expresión y voto". Ahí queda eso.

Al llegar Octubre, unos pocos nostálgicos catalanes de los sucesos que tuvieron lugar en el otoño de 2017 intentan llamar de nuevo a filas para retomar aquellos momentos de gloria y batalla, de jaque al Estado. Otros pocos sencillamente lo evocan, y la gran mayoría de aquellas miles de personas que se movilizaron, o bien expresa su enfado con los dirigentes que les engañaron o siguen con sus vidas arrastrando en silencio el peso de haber sido utilizados para la mayor campaña de marketing político nunca vista en Europa desde el ascenso de Hitler al poder.

La política hoy día es vertiginosa. La lucha encarnizada entre los partidos por ganar la iniciativa y establecer el marco de debate provoca un vaivén constante y un cambio acelerado del contexto, y por tanto de la actualidad. Todo es susceptible de utilización propagandística; todo es apto como arma arrojadiza que lanzar al adversario. Y cuando cambian las circunstancias, los socios se convierten en enemigos y los enemigos pasan a sentarse en el sofá de casa. Por eso la memoria no cotiza. Ya lo decía la pequeña Dory: “Ríndete viejo, esto es evolución, nací para ser veloz”

En los últimos meses Convergencia Democrática de Catalunya, ahora llamada Junts per Catalunya, han pasado de ser considerada vanguardia revolucionaria y aliada de la izquierda, al  partido conservador que siempre fue, corrupto, cutre, filofascista, xenófobo, nacionalcatólico y supremacista por obra y gracia del partido en el que militan quienes lloraban a lágrima batiente la detención de algunos de sus líderes.

El guindo es un árbol que suele crecer en el margen izquierdo de la política. Todavía hay quienes se están cayendo igual que cerezas rojas maduras al observar, pasmados, como los convergentes, otrora poco menos que trotskistas, votan una y otra vez junto al PP y VOX en contra de leyes fundamentales para el desarrollo y consolidación de los derechos de los trabajadores y del estado del bienestar.

Convergencia, la misma que luchó por la secesión y que mantiene como líder a quien proclamó la República Catalana de los ocho segundos,  ha impedido con sus siete votos la revalorización de las pensiones, las ayudas al transporte, una ley de extranjería justa, subir el impuesto a las empresas energéticas, todos los decretos anticrisis, el aumento del 9% del ingreso mínimo vital, la jornada de 37,5 horas, el paquete de ayudas por la DANA, la deducción del IRPF por compra de vehículos, ayudas a la compra de bicicletas eléctricas, el impuesto a los cigarrillos electrónicos, la regulación del precio de los alquileres de vivienda, la suspensión de los desahucios en hogares vulnerables, la prórroga de las deducciones por obras de eficiencia energética, prórroga de la prohibición de corte de suministro eléctrico a los hogares vulnerables … y lo que te rondaré hasta que finalice la legislatura.

Todavía se escucha el rechinar de dientes, el rasga rasga de camisetas moradas y del algodón de las camisas blancas que visten los tertulianos afines tras comprobar en Cataluña y en Madrid que, ¡Oh, sorpresa! Convergencia JuntsxCat  es y ha sido siempre un partido conservador, de base burguesa nacionalcatólica, racista y xenófobo que, tras engañar a sus fieles más hiperventilados, ha dado a luz a la Aliança Catalana de Silvia Orriols, quien no tardará en ocupar su espacio político gracias a los mismo votos que cosechó Pujol, Artur Mas y Puigdemont.

Retengan si pueden, por favor, en su memoria, esto que pronostico, porque las últimas encuestas ya muestran un trasvase masivo de votos de Junts y la CUP -¡otra chorprecha!- al partido de la pujante Orriols. Ya veremos lo que ocurre. Yo, por mi parte, voy a seguir el consejo de la pequeña Dory.  
Cuando la vida te supera, ¿sabes qué hay que hacer? ¡Hay que seguir nadando!"