martes, 28 de septiembre de 2021

Aramburu, Gomá y "Los vencejos"

 


Nadie con la necesidad acuciante de un jornal mensual y la amenaza diaria del despido se puede permitir el lujo del existencialismo. Nadie cuyo patrimonio consiste en  el sueldo mínimo interprofesional o una paupérrima pensión tiene tiempo o ganas de reflexionar sobre los dilemas vivenciales del ser humano.  Nadie con una familia a su cargo que haya visitado alguna vez  un local de Cáritas para poder alimentarla  se pregunta por el absurdo de la existencia, por la libertad del individuo o por la verdadera esencia de la vida. La angustia diaria que experimentan estas personas no fue objeto de la obra de Kierkegard, Nietzsche, Shopenhauer o Sartre, algunos de los existencialistas más célebres. Los humildes no pueden permitirse ni el lujo de la presunción ni el de la desesperación. La gente corriente domina como ninguna otra el arte de administrar sus expectativas porque a diario se topa con la robustez de los límites impuestos.

El existencialismo es esa  corriente de la filosofía en virtud de la cual los  humanos somos  seres libres y responsables de nuestros actos. Un existencialista se define por lo que hace y responde de sus acciones en función de un código ético supuestamente universal opuesto a  prejuicios  morales. El existencialista se pregunta a menudo por el significado de la vida y, tras sus reflexiones, suele llegar a la conclusión de lo absurdo del mundo, lo cual le provoca la náusea de la angustia vital. Un existencialista no ceja en darle vueltas a la condición humana, al ser, al tiempo, a la libertad, a la relación con Dios, a la ausencia de Dios , a  la vida y a la muerte. El existencialista busca, desea y  ambiciona  fervientemente  justificar su propia existencia y la de la especie humana y sobre esa inquietud construye  su vida.

La vida del vencejo es extremadamente exigente pues, excepto los tres meses de incubación y cría de sus polluelos,  todo su tiempo sucede en el aire. El vencejo vuela ininterrumpidamente. Come y copula  mientras vuela.  Incluso duerme cada noche volando, arropado por el cielo y la intemperie, a gran altura. Es bien conocido que si el vencejo  cayese a tierra difícilmente podría reiniciar el vuelo porque la envergadura de sus alas triplica el tamaño de su cuerpo. De hecho, los griegos le llamaban apous, que significa sin pies. Es posible que dadas sus circunstancias vitales y la proximidad de sus sueños con las alturas, el vencejo reflexione  bajo el cielo oscuro de la noche  sobre el sentido  de su existencia, o incluso sobre la auténtica naturaleza de los hombres, a quienes tiene la oportunidad de observar desde una posición privilegiada.

Al menos eso nos parece al conocer a Toni y Patachula,  dos vencejos existencialistas muy especiales,  creados por el escritor donostiarra Fernando Aramburu, protagonistas de su novela homónima. Agotados y desencantados de la vida, víctimas de la náusea existencial, sin respuestas a sus preguntas, ideológicamente huérfanos,  hastiados y exhaustos de hacerse preguntas, sin alicientes, dan por agotada su presencia en este mundo y, extinguida ya toda voluntad  de levantar el vuelo, sin ánimos para pedirle a nadie un mínimo empujón, deciden poner fin a su vida.

Toni es profesor de filosofía. Su amigo Patachula  es una de las víctimas de los atentados ocurridos el 11 de marzo de 2004 en Madrid, en los que perdió una pierna;  una especie de  tío Iturrioz  postbarojiano,  el compañero de tertulia tabernaria con quien mantiene largas conversaciones políticas, filosóficas y vivenciales, siempre con tono descreído, cierto cinismo escéptico y una acidez que aligera de trascendencia y de relevancia las ideas que uno y otro comparten de la vida.

Este tono avinagrado, en ocasiones mordiente y aromatizado de insolencia, no sólo mitiga la solemnidad y la envergadura de los temas que ambos abordan, sino que caracteriza a los dos personajes de tal modo que permite al autor cruzar esa peligrosa línea contemporánea de  la incorrección política, para plantear sin paños calientes determinados  aspectos sociales y políticos de la vida actual. En mi opinión, la modulación mordiente en el discurso y el rechazo categórico de veleidades  hipócritas  son dos de  los grandes aciertos de la novela, que aíslan de la tragedia sentimentaloide  el suceso dramático del suicidio.

Los vencejos” es un diario, el  diario de Toni,  gracias al cual sabemos que él y Patachula  han llegado al acuerdo de suicidarse en un plazo no superior a un año; un diario que lógicamente opera siempre en primera persona, aunque el narrador vierta en él no solo su presente, sino también materiales del pasado con los que conocemos las vicisitudes de su vida. Todos esos recuerdos,  más su evaluación inmisericorde  y los momentos de los que da cuenta en el momento actual, proyectan la historia  hacia un futuro  que sólo conoceremos al final del libro.

A esa composición  íntima, libre de ficciones y asentada en la realidad del narrador,  únicamente accede el lector,  un privilegiado que a las pocas páginas sabrá de la querencia de Toni por los vencejos,  tótems inspiradores a quienes envidia,  emancipados de las exigencias mundanas que conducen a los hombres al absurdo de un existencialismo destructor. Además, conocemos a su perra Pepa,  el único motivo amable  que  encuentra en su cotidianidad   y, cómo no,  a Tina, una sofisticada muñeca sexual con la que mantiene una apasionada relación. También sabemos de  los momentos importantes de su vida, recuerdos de infancia, la brutalidad del padre, la mujer junto a la que se unió en un matrimonio fracasado, la relación con su hijo Nicolás, la vida docente en el instituto y el hábito de anotar en una libreta Moleskine  citas de autores leídos, pues aunque  esté abandonando  los libros de su biblioteca en los bancos y las esquinas de  Madrid, la lectura es su pasión.

Y, atención, un buen día reaparece en su vida Águeda, la primera mujer con quien hace ya muchos años mantuvo una relación seria. Águeda es un personaje  muy importante de la novela, pues actúa de contrapunto de la pareja suicida. Aramburu la  ha bautizado muy conscientemente, en honor a la Santa del mismo nombre, virgen y mártir, patrona de las enfermeras. Águeda pasa sus días al cuidado de su madre enferma y de su viejo perro, que la dueña bautiza con el mismo nombre que a su antiguo novio Toni, una venganza íntima que le permite  nombrar a diario a quien le dejó por otra y contar así con su fiel, leal y devota compañía.

Águeda se planta ante Patachula y Toni con una actitud radicalmente opuesta frente a la vida. A pesar de ( o a gracias a ) una existencia dedicada a los otros  y en el ejercicio de  una bondad que en ocasiones  se presenta un tanto tontuna,  el papel de la santa se antoja como un antídoto contra la náusea del absurdo, aunque el lector la pueda ver  en un principio como víctima propiciatoria del desencanto insolente de la pareja existencialista. Y es que,  a medida que transcurren las páginas del diario, Águeda crece y se fortalece de modo y manera que esa tendencia a propiciar su propia humillación se transforma en el único modo de  atenuar el fatalismo amargo de sus compañeros gracias, nuevamente, al poder de la ironía, que domina magistralmente el autor.

Este trébol de personajes permanece  todavía en  mi recuerdo después de casi dos meses  desde que cerré la última página de “Los vencejos”, porque Fernando Aramburu ha conseguido con su novela el milagro de la literatura, que consiste en que el lector materialice en su mente, hasta dotarles de vida, los personajes que pueblan una obra del mismo modo que dota de carnalidad a sus semejantes en la  realidad. Y esa es la razón por la cual busco en los bares y en los parques de mi ciudad a Toni y Patachula, para ofrecerles un poco de lucidez ajena,  la de algún sabio que pueda redimirles de su cinismo, de la angustia vital y  del unaminiano sentimiento trágico de la vida que les embarga.

Para semejante  labor, nadie mejor que Javier Gomá, quien en el ya lejano año de 2011 (¡Madre mía, cuánto ha llovido desde entonces!)  escribió para el diario “El País” un hermoso artículo titulado “Lo quiero todo”, en el que enfrenta al presuntuoso, que anhela lo que nunca podrá tener, y al desesperado, que ante la imposibilidad de tenerlo todo desea la llegada de  la muerte y cae en el nihilismo.

El desesperado insiste con lúgubre acento en la vanidad de toda empresa humana", afirma Gomá. Entonces ¿Hay remedio que resuelva semejante dicotomía? Ni más menos que adaptarse a los imponderables de la existencia,  en palabras del filósofo vasco, “desarrollar un genuino arte para administrar las expectativas humanas mientras se envejece manteniéndolas en su punto justo de estabilidad, sin ceder a la presunción ni a la desesperación, y arreglándolas permanentemente a los límites dados [...];  hallar ese equilibrio entre el  ya y el todavía no en el que discurre el cauce de la vida de los mortales.”

Continúa Javier Gomá  diciendo que, llevada esta afirmación al extremo práctico de la prudencia, se corre el riesgo de que, finalmente, acabemos por renunciar a todo, de manera que  no más dilemas, aporías,  antagonismos kierkegaardianos, alternativas insuperables. Lo quiero absolutamente todo. Lo grande y lo menudo, la ebriedad y la rutina, la pasión y la felicidad, el placer y la virtud, la vulgaridad y la ejemplaridad, la vocación y la profesión, esta vida y la otra, la altura y el peso, la gravedad y la gracia, la ingenuidad y  la lucidez, la experiencia  y la esperanza, la altura y la profundidad, el norte, el sur, el este y el oeste, incluyendo, como leí en algún sitio, el "cuerpo" y el "arma" eso sí,  aceptando deportivamente los sufrimientos, porque “si los gozos infinitos demandan penas infinitas, procuraré vivir estas últimas sin desesperación.

De haber frecuentado Javier Gomá el bar donde los vencejos existencialistas elucubraban sin solución sobre el absurdo de la vida, posiblemente el diario de Toni contendría un sentido bien diferente y, por tanto, Fernando Aramuburu hubiese escrito  otra novela.  Menos mal que, por el momento, el fenómeno material del teletransporte a las páginas de un libro  no es posible, porque de ser así, nos habríamos quedado sin el placer de leer “Los vencejos” de Fernando Aramburu. ¡Larga vida a Toni, Patachula y Águeda!

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Desde la cafetería, pub con chimenea, "simposium", ubicada casi a la altura del frente da la fundación March, (digo casi, porque frente a ella no hay bares, solo la embajada irlandesa y el centro de la Universidad de Deusto en Madrid), hasta los bares que frecuenta patachula y sus amigos hay una distancia insalvable.
Gomá, jamas será capaz de entender las confidencias, en una noche interminable, vertidas por Rasca o por Batallas (son solo dos ejemplos).
Muy buen comentario a la novela del vasco berlinés.
Gracias otra vez por tu prosa.
Un abrazo.
J.C.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Sí, es muy difícil que un intelectual criado en un entorno social, digamos, más que solvente, empatice con la realidad de la gente corriente. Si embargo, los dos vascos que protagonizan el título de mi entrada han dado buenas pruebas de su talento para extraer algunas de las inquietudes que mueven la vida del ser humano contemporáneo, sea de la clase social que sea. Al menos así los veo yo y así los leo. Aprendo mucho de ellos y, como bien sabes, admiro su obra.
Impone y perturba la experiencia de las personas que han quedado en los márgenes, y escuchar su testonio también enseña, pero de otro modo. Nos enseña, por ejemplo, que el paso por la vida no es un paseo, sino más bien todo lo contrario. Nos enseña la fuerza de las circunstancias, la tiranía del determinismo, pero también que la dejación, el victimismo pruducto de un existencialismo inconsciente y la renuncia a luchar por uno mismo, en ocasiones, son las verdaderas causas de la marginalidad.
Una brazo fuerte, J.C
¡Salud!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

J.C, perdona por las faltas.
Testimonio en lugar de testonio