miércoles, 13 de enero de 2021

Prácticas ingenuas de historia política comparada

 


Fascismo: Movimiento político y social de carácter totalitario y nacionalista fundado en Italia por Benito Mussolini después de la I Guerra Mundial. Doctrina de carácter totalitario y nacionalista de este movimiento y otros similares en otros países. El fascismo se caracteriza por la explotación en su favor de los sentimientos de miedo y frustración de la población para exacerbarlos a través de la violencia, la represión o la propaganda.
Fascista: Que es partidario del fascismo

El próximo año se cumplirá un siglo desde que Benito Mussolini ocupase la jefatura del gobierno italiano. Efectivamente, en 1922 el fascismo se hizo con su lugar en la Historia. Su autoridad  nacionalista, tiránica y dictatorial se prolongaría en Italia durante dos décadas, hasta poco antes de finalizar la II Guerra Mundial. Gracias a la movilización  violenta y permanente de sus seguidores convocados por él mismo bajo el lema “Hagamos grande Italia, un pueblo un Estado”; gracias a la subversión y utilización en su provecho  de  las normas democráticas y, finalmente, gracias al apoyo de la gran burguesía terrateniente e industrial, que temía las consecuencias para sus negocios y sus privilegios ante la pujanza de las fuerzas de izquierda, y a pesar de contar con apenas un puñado de diputados en el parlamento italiano,  Mussolini se hizo con el poder.

Histriónico, maleducado, mesiánico, inculto, incapaz de empatizar, hábil y perverso manipulador de la realidad, antisocial, presuntuoso, delirante, narcisista, grandilocuente, explotador, misógino, arrogante, soberbio, amoral, violento, egoísta, racista y necio. Este podría ser el retrato etopéyico  de Mussolini. Hay quien dice que esta sería la descripción del carácter  propio de un enfermo, víctima de una patología mental. Yo creo que no. Sencillamente  es el dibujo somero  de una mala persona.

Ahora, busquemos un dirigente político contemporáneo  al que podamos vestir con toda esa serie de virtudes. ¡Extacto! ¡Donald Trump! Matizando el contexto histórico y geopolítico en el que ambos actúan, Mussolini y Trump son rostros que surgen del mismo molde. Incluso sus modos, la gestualidad, esa pose arrogante y desafiante con que se dirigen a seguidores y detractores construyen un mismo perfil y una mismo carácter en dos personas diferentes.

Me pregunto quién querría tener por vecino a un tipo con estas mismas características, quién lo querría a su lado como amigo o compañero; quién le confiaría, por ejemplo, ni tan siquiera la presidencia de la comunidad de vecinos durante un solo año… Y sin embargo, más de 70 millones de personas le han votado para que dirija el país más poderoso del mundo. Mussolini entró en Roma con 40.000 camisas negras. Buena parte del pueblo italiano lo adoraba.

Mussolini y Trump son producto del péndulo de la Historia. Ambos se sitúan en el mismo extremo. De ahí que me resulte difícil entender  por qué hemos asumido que Donald Trump ha fundado un nuevo modo de escribir la Historia, de ejercer el poder o de hacer política bautizado como  trumpismo, cuando en realidad es un fascista paradigmático.

Efectivamente, Donald Trump es hijo legítimo de Benito Mussolini. Sus seguidores, que invadieron el pasado día 6 de enero  el capitolio y muchos otros que salen a la calle a diario,  armados,  amenazando a los que no piensan como ellos, son su squadra. No hay nada nuevo bajo el sol. Por mucho que en nuestra estúpida y arrogante posmodernidad nos empeñemos en deconstruir la sopa de ajo y la tortilla a la francesa sin utilizar ni ajo ni huevo, es necesario insistir: no es trumpismo, es fascismo.

Y es que, al igual que Trump, Benito Mussolini -y después Hitler- fueron una amenaza para el mundo y para la  democracia. El fascismo cosecha los peores sentimientos de las personas, los procesa y manipula exhaustivamente en clave nacionalista; señala y amenaza abiertamente al oponente; se arroga la propiedad del pueblo; personaliza la solución a los problemas en un caudillo salvador; utiliza las instituciones democráticas para legitimarse y más tarde destruirlas; manipula la verdad; apela a un pasado mítico de grandeza; su programa se resume en la  recuperación de  esa supuesta grandeza;  demoniza a las élites pero en realidad surge para conservar sus privilegios. Los fascistas se apoderan de los símbolos colectivos de la nación. Para un fascista, el pueblo es el cuerpo del Estado y el Estado es el espíritu del pueblo: la identificación de partido y nación es absoluta e indisoluble, de manera que quien no comulgue con sus postulados se convierte automáticamente en antipatriota, en enemigo del pueblo.

La influencia global de la política norteamericana es tal que ningún lugar del mundo ha escapado a su influjo. La presidencia del Mussolini norteamericano durante estos últimos cuatro años ha reforzado a los movimientos fascistas europeos y sudamericanos. Bolsonaro, Le Pen, Salvini, Orbán, Gilders, Baudet… son algunos ejemplos. Los medios de comunicación, los think tank y  periodistas e intelectuales afines trabajan a diario para posicionar su mensaje.

Por supuesto, España, el único país europeo junto a Portugal donde después de la II Guerra Mundial arraigó y gobernó el fascismo en su peculiar forma franquista durante cuatro décadas, no es una excepción. La llamada foto de Colón  se ha convertido en  un icono o en un lugar común  que muestra en una sola imagen las diferentes gradaciones del fascismo contemporáneo de cuño español. Los tres partidos allí representados comparten gobierno en tres comunidades autónomas, Madrid, Andalucía y Murcia, aunque por su tono, por su estilo, por su retórica y el descaro con que enarbolan simbologías o reivindican nuestra pasada dictadura, quien mejor representa al fascismo español es el VOX  de Santiago Abascal.

Sin embargo, camuflados en una oratoria ampulosa, caramelizada de desobediencia civil revolucionaria; agitando una bandera sectaria junto  al supuesto derecho a una falseada democracia directa y popular; utilizando en su beneficio todo tipo de símbolos,  personajes y movimientos históricos revolucionarios, apoyado por una movilización constante en las calles, con gran protagonismo de  las falanges  de la CUP y la Assemblea Nacional de Catalunya, el fascismo se ha colado también en Cataluña  de la mano del independentismo.

De hecho, desde el intento de Golpe de Estado el  23 de febrero de 1981 no se había producido otro intento de subversión de la legalidad democrática en España hasta el 6 y 7 y de septiembre de 2017, días en los que la mitad de los diputados del parlamento autonómico de Cataluña pergeñaron una legalidad paralela contraviniendo el Estado de Derecho y  toda norma democrática,  con los hechos consecuentes y posteriores de intento de asalto al mismo Parlament, la invasión y ocupación de la Delegación del Gobierno, la ocupación masiva del Aeropuerto internacional del Prat, el corte de la frontera de la Junquera entre Francia y España, y los ulteriores disturbios de Barcelona, bautizados con gozoso orgullo por los grupos CDR como “La Batalla de Urquinaona” tras la sentencia condenatoria a los líderes del procès... por citar los hechos más relevantes.

Toda una lección para los fascistas de Trump. Cualquiera puede invertir unos minutos en encontrar, desde la óptica del Estado de Derecho y de un sistema democrático occidental, las diferencias que existen  entre la actuación de Trump y sus seguidores y los líderes independentistas catalanes y sus acólitos. Más allá de las  peculiaridades obvias, debido a su contexto,  no hallará muchas. Ni siquiera en el modus operandi y mucho menos en la base de su narrativa política y de su discurso. Yo -si se me permite- señalo las coincidencias:  Exacerbación de los sentimientos nacionales; negación y subversión de una legalidad democrática que no les resulta propicia; movilización violenta parapolítica; identificación del partido con el supuesto espíritu del pueblo; negación de la lucha de clases; inefabilidad del líder  y seguimiento incuestionable al caudillo; apelación a una supuesta grandeza pasada; promesa de recuperación de esa grandeza; utilización sectaria y partidista de las instituciones y de los símbolos nacionales; creación de instituciones propias y paralelas que sustituyen a las democráticas votadas en sufragio universal; creación de una fuerza popular de choque que mantenga la tensión política en las calles (los CDR); demonización del oponente; creación de sindicatos verticales afines; entrismo en la red institucional, cultural, cívica y social;  argumentación falseada; irritación sentimentaloide exagerada; autoconvencimiento mesiánico; violencia verbal; xenofobia, racismo y supremacismo.

Tan fascista es este movimiento que el último presidente de la Generalitat, Quim Torra, actualmente inhabilitado, fue nombrado President a sabiendas de que es el autor de nada más y nada menos que de 444 artículos periodísticos de carácter racista, xenófobo y supremacista. Tanto es así que el Presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona, actual candidato número tres de la lista de JxCat  por Barcelona al Parlament de Catalunya, y posible futuro President si este partido gana las elecciones y Laura Borras (la segunda de la lista) es inhabilitada, se ha declarado públicamente, en varias ocasiones, admirador de Donald Trump y de sus políticas. Tanto es así, que Artur Mas, llamado por sus seguidores El timonel, utilizó para la campaña electoral  del 2012 el lema “La voluntad de un pueblo”. Tanto es así que la expresidenta del Parlament, Carme Forcadell, se desgañitó  en actos públicos asegurando que catalán sólo es quien quiere la independencia de Cataluña. Tanto es así que Joan Tardà, en pleno auge del movimiento independentista, gritó a los estudiantes de la Universidad de Barcelona que quien no apoyase la causa era un traidor a la patria. Tanto es así que Carles Puigdemont, responsable de la Declaración Unilateral de Independencia,  mantiene una relación fluida con los líderes de la extrema derecha flamenca, quienes en repetidas ocasiones han expresado públicamente su apoyo al procès. Tanto es así que Mateo Salvini, líder fascista italiano, se apresuró a fotografiarse con una bandera  estelada, la bandera independentista catalana…

Después del intento de ocupación del Capitolio en Washington por parte de los camisas negras de Donald Trump, el futuro de lo que va ocurrir es incierto. Hoy, el Congreso debate su cese con la presencia de un importante contingente de la Guardia Nacional. A pesar de que el apoyo popular al Mussolini estadounidense  es muy grande -mayoritario en algunos Estados- esperemos que los EEUU  aguanten el envite del fascismo, porque la alternativa es apocalíptica y no habría que descartar un enfrentamiento civil.  Los seguidores del Mussolini yanqui están muy bien organizados y terroríficamente bien armados. A estas alturas, ya nadie se cree que el asalto al Capitolio fuese un hecho espontáneo.

En mi opinión, lo importante es que el poder judicial norteamericano pueda procesar a Donald Trump por poner en peligro la democracia norteamericana,  incitar al odio, intentar subvertir las leyes por dirigir y alentar una rebelión en toda regla aprovechando su posición de máximo poder. Si esto sucede así, estoy seguro de que Santiago Abascal, Pablo Casado, Inés Arrimadas, Mateo Salvini, Jair Bolsonaro, Viktor Orban, Joan Canadell y Carles Puigdemont  consideraran a Donald Trump  un preso político y se sumarán a la solicitud de indulto, o mejor, de amnistía, tanto para él como para sus CDR de QAnon.

En coherencia, también deberían apoyar esta solicitud Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Jessica Albiach, Ada Colau, Joan Mena, Jaume Asens y un largo etcétera de políticos e intelectuales de la izquierda divina, acomplejada ente el nacionalismo catalán y vasco, que solo ve la paja del fascismo en el ojo ajeno. Por cierto, por si alguien no lo recuerda, Mussolini acabó sus días colgado de los pies. Un aviso de la Historia a navegantes.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Nadie se atreve a llamar por su nombre a toda esta gente, ni a los nacionalistas del estado ni a los de Cataluña. Yo veo la batalla perdida. Mira donde está ahora el otrora potente PSUC que tiene que añadir a sus siglas lo de "VIU" para que sus propios y por otra parte, ínfimos en número, militantes se lo crean. Y todavía el voluntarista Eduard sigue manteniendo el discurso de la República Federal que a los nacionalistas les trae al pairo.
Desde Comorera, siempre ha pasado lo mismo. Esa hipócrita pátina de izquierdismo que tienen los nacionalistas arrastra a mucha gente.
En cuanto a la otra versión del fascismo te diré que estoy asustado: Siendo militante comunista, lo que condiciona mis relaciones personales, casi cada día conozco a mas posibles votantes de VOX y también a mas votantes de las coaliciones de izquierdas que desencantados, van a pasarse a la abstención o directamente a VOX.
Menos mal que queda ese aire fresco de tus reflexiones que me dan ánimos. Sigue así porque como dice el GRAN WYOMING, tal vez tus reflexiones no vayan a cambiar nada pero me dan consuelo.
Un abrazo.
J.C.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Hola J.C
De la mano de la gran burguesía, el nacionalismo vasco y catalán fueron dos de las cuestiones que, sumadas al contexto internacional, a la presión de la Iglesia, el poder económico, los grandes latifundistas y a la estrecha visión estratégica de los extremismos de izquierdas, acabarían con la II República. El nacionalismo siempre muestra su lado más reaccionario cuando la izquierda ocupa el poder.
Me resulta muy difícil entender por qué los dirigentes de izquierda han regalado siempre el marco político a los nacionalistas en Catalunya y Euskadi. No alcanzo a ver ni las razones, ni los objetivos ni logro traducir el análisis que hacen.

Ayer, Pablo Iglesias en "Salvados" dijo que Puigdemont es un exiliado igual que los exiliados republicanos de la Guerra Civil. Así, pierde votos por la izquierda, no los gana del lado nacionalista y además ofende. No es muy difícil hacer esa valoración. Pero ellos, erre que erre. Pues que les den.

Yo no voy a votar nunca a un partido nacionalista, se llame, VOX, CiU, ERC o PNV. Pero tampoco a un partido que es condescendiente con el nacionalismo, con unos dirigenetes que representan a los poderes que han despreciado y explotado siempre a los trabajadores en Catalunya.

Bueno, JC, la opción electoral que ahora me queda en Catalunya la tengo clara. A escala nacional ya veremos...
Lo que ha ocurrido en EE.UU creo que actuará, ni que sea provisiolnalmente, como una vacuna política. Es un espejo en el que se ven reflejados muy nítidamente los indepentiastas y los fascismos europeos y españoles. Algo así como el atentado del 11M para ETA. Yo espero que asì sea y que recuperemos el espacio que nosotros mismos nos hemos dejado ocupar gracias a dirigentes que no escuchan la calle en el día a día
Un abrazo, compañero
¡Salud!