viernes, 11 de octubre de 2019

Sobrenatural



Para Carmen, con quien compartí esta experiencia.

Los aficionados a lo paranormal conocen muy bien los efectos que produce en determinados individuos la sanación de sus semejantes enfermos mediante la imposición  de manos. 

Parece ser -según afirman los mismos practicantes del reiki -  que estos sanadores sufren las secuelas de su generosidad  durante toda la  vida porque en el momento en el que sus manos divinas tocan la piel  del enfermo, la energía de uno y de otro se intercambia como si se tratase de vasos comunicantes, de tal manera que el paciente consigna a su benefactor toda la ponzoña que le mantiene postrado y éste, a su vez,  le inocula el vigor, la potencia y la energía positiva, que de modo casi instantáneo, le libra de todo mal. 

Tanto es así  que un sanador que fuese muy activo y de larga trayectoria curativa podría llegar a morir a consecuencia de acarrear las miserias, las dolencias, el dolor i las afecciones de todos los hombres y mujeres a quienes les ha devuelto la alegría de vivir. 

Escribo esto en caliente, apenas doce horas después de salir del cine porque, tras 40 años de películas, tanto en las salas como en casa,  no he visto nunca lo que vi en la tarde de ayer. Efectivamente, fue sobrenatural. 

Vi lo que somos. Vi lo que quieren hacer de nosotros.  Vi un hombre afligido. Vi la victoria de la muerte, la impotencia de la bondad frente al cinismo, el egoísmo y la ambición. Vi la fealdad, el horror, un futuro posible, quizás la infamia presente. Vi el arcángel de las sombras batir sus alas tenebrosas sobre la candidez. 

Vi una denuncia sin paliativos. O más que una denuncia, quizás la expresión cinematográfica y artística de la tiniebla  hacia la que nos encaminamos, con una sonrisa, la sonrisa aséptica de un emoji, la ganga de un like, la mueca cínica de un presentador de late show seguido y admirado por millones de personas; o mejor, el maquillaje atribulado de la risa de un payaso con el que intenta camuflar una tragedia  de dimensiones olímpicas, una tragedia griega.

Presencié el designio del destino que señaló a un  hombre perseguido por el infortunio desde su nacimiento, víctima  desarmada de una sociedad depravada en el límite de la hecatombe moral. 

Y vi -sobre todo vi- la interpretación más impresionante, sublime, perturbadora, emocionante y admirable de toda la historia del cine. 

Sí, es sobrenatural. Dudo mucho que en los próximos cincuenta años alguien sea capaz de componer y de interpretar un personaje (cualquier personaje) como lo ha hecho el actor Joaquin Phoenix en “Joker”. Es definitivo. 

Su presencia en la pantalla es constante. Toda la película descansa sobre sus espaldas esqueléticas. Admirable es la expresividad de su rostro, de todo su cuerpo, de todas y cada una de las  partes de su cuerpo, porque los monólogos de Phoenix en “Joker” son gestuales, no son verbales; en su danza, en  el movimiento lento, medido, armonioso e inquietante  de sus extremidades pude advertir  toda la desazón, la miseria y el dolor que puede derrotar a un hombre y  los momentos de revelación culminantes en caídas y hallazgos,  que le van transformado y  le transportan hacia su destino. 

Joaquin Phoenix no es Joaquin Phoenix, es Arthur Fleck, y de eso no nos cabe ninguna duda. Existe.  Es la piel que recoge toda nuestra mierda; un buen hombre, sometido a la tiranía de la determinación social,  centrifugadora inmisericorde de vidas  humildes. 

Hasta que llegado el momento, Artur Fleck , tras descubrir y comprobar en primera persona  la inclemencia y la animadversión de todo lo que rodea más allá de lo humanamente tolerable, decide trasformar su existencia, tomar la iniciativa y constituirse en el mal paradigmático que actúa en nombre de todos aquellos que le destruyeron, superándolos con mucho en perversidad. Incluso llega a convertirse de modo insospechado, y sin pretenderlo, en un líder de masas. ¡Absolutamente demencial! ¡Un héroe maligno surgido de la inocencia! Por eso tenemos que descubrirnos ante Todd Philips, el director de la película, y ante Scott Silver, el autor del guion. 

Una última advertencia. Si quieren pasar un buen rato NO vayan a ver “Joker” porque -se lo aseguro- empatizarán hasta tal punto con Arthur Fleck que probablemente salgan de la sala  llevando a cuestas  unos cuantos gramos de su dolor. 

Por el contrario, si desean asistir  al más alto grado de perfección y de entrega artística que se conoce en la historia de la interpretación, entonces vayan a verla. Si están dispuestos a contemplar durante algo más de dos horas el lado oscuro de lo que somos y en lo que somos capaces de convertirnos, entonces vayan a verla. Si desean ser testigos de un suceso  artístico sobrenatural, no se pierdan “Joker”. 

Avisados quedan.  

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