lunes, 2 de marzo de 2015

Guerreros de la luz

De nuevo, una vez más, he dejado la política. ¡A mi edad! Me reintegré con ganas, ilusionado, porque todo estaba por hacer. Ni si quiera teníamos  local. Las primeras reuniones las celebrábamos en un bar, pero después de la tercera tuvimos que cambiar, porque el dueño no estaba dispuesto a que calentásemos el asiento durante horas, solamente  con un cortadito en la mesa, a lo sumo dos.

Celebramos la cuarta al lado de la competencia. Fue un buen cambio; jamás nos dijeron nada, y no nos ponían mala cara. Además, allí apareció un compañero nuevo. Era ya mayor, pasada la madurez, cercano a la jubilación. Se presentó diciendo “Hola, buenas tardes. Me llamo  A. Carmona. Soy  anarquista y soy roquero”.

Era un buen tipo. Lucía una barbita de chivo, un triángulo perfecto siempre bien peinado, de color pajizo, que recogía en el vértice  con un cordelito de colores. Todo el conjunto era un entrañable  vestigio de juventud. Vestía  siempre una vieja cazadora de piel marrón que nunca se quitaba. Conducía un SEAT Toledo, de color blanco, de los primeros que salieron, ahora ya medio desvencijado, en el que solía llevar de un lugar a otro a su mujer, una cubana que limpiaba escaleras.

Un día nos explicó que le perseguían, que lo había denunciado al Ayuntamiento pero que no sirvió de nada. Incluso  se habían reído de él.  Parece ser que al pobre  lo arruinaron. El mismo Ayuntamiento le multó porque no respetó las normas urbanísticas en la construcción de tres casas de su propiedad, de manera que en la multa perdió, antes de intentar venderlas, todos sus ahorros invertidos. Decía cada cinco minutos que en cuanto su costilla reuniese un poco de dinero se volvía  a su Andalucía, que en Catalunya no hay más que ladrones y que son de los peores, porque son los que mandan.

A. Carmona se quejaba de que le habían tomado el pelo porque quien de verdad incumplió las normas fue un restaurante anejo a su obra, cuyo propietario es amigo de la alcaldesa. Según contaba, fue el propietario del negocio quien en realidad  estableció la anchura ilegal  de la acera debida a  una ampliación una tanto opaca para la que no había solicitado permiso ninguno, gracias a la cual pudo levantar  una carpa muy vistosa,  lucrativa, ideal para bodas, bautizos y comuniones.

Por eso A. Carmona nos cedía una de esas casas para celebrar nuestras reuniones, que construyó invirtiendo todos sus ahorros; una casa deshabitada, sin muebles, solamente las paredes, el ladrillo y el yeso. En los rincones asomaban, todavía colgando, los tubos coarrugados de color rojo que protegen el cableado, a la espera de  que algún electricista instalase los enchufes.

A pesar de todo, celebramos unas cuantas reuniones en aquel lugar que estaba todavía por hacer. Cada vez que se convocaban  teníamos que llevar cada uno nuestra silla, como  en los cines antiguos de pueblo. A mí me gustaba. Me hacía sentir bien. Pasábamos mucho frío, mucho. Nadie se quitaba el abrigo y todos permanecíamos sentados, encogidos, con las manos enguantadas  metidas en los bolsillos de los abrigos, exhalando vaho o protegiendo la cara y el cuello con una bufanda, bajo la luz exangüe de la  única bombilla viva, alrededor de dos tablas sucias que habían utilizado los albañiles como andamios,  y que cumplían las funciones de mesa gracias a dos caballetes.

En los meses de mi militancia llegamos a ser poco más de una docena  de afiliados, compuesta por  un sindicalista jubilado,  jubilados en general, licenciados en paro, un ingeniero municipal despechado, un guardia urbano con la baja permanente, dos estudiantes de máster, la madre de uno de esos estudiantes, escritora de fines de semana y tertuliana en la radio municipal; una modista que trabajaba para productoras de cine, un graduado medio en farmacia, analfabeto funcional pero que había desarrollado  una gran vocación de político al uso;   un diseñador, y un tipo de mediana edad que llamaba la atención porque lucía una melena extraordinariamente larga y blanca, de un blanco nebuloso, y una barba matusalénica, igualmente blanca,  que le confería una imagen de viejo hippie, de gurú de las montañas o  de ermitaño brahamánico.

Este compañero casi nunca hablaba, y cuando lo hacía siempre decía que no le gustaban los líderes, ni si quiera los que elegía la asamblea. Una noche salíamos todos de la casa y vimos cómo abría con su llave electrónica la puerta de un estupendo Audi TT de color rojo pintalabios. Un compañero le dijo, riendo a carcajadas  “¡Joder, vaya carro que llevamos, eh!”. El otro no dijo nada. Arrancó y desapareció, muy prudente, calle abajo.

Se sucedieron reuniones cada semana y poco a poco, de manera natural, se formaron tres grupitos, cada uno de ellos con diferentes ambiciones secretas, jamás compartidas ni confesadas en público. Unos querían presentarse a toda costa para joder a la actual alcaldesa. Otros querían entrar a gobernar el Ayuntamiento, porque estaban parados, o porque algún familiar lo estaba. Y otros querían trabajar  para transformar y cambiar la sociedad. No sabíamos ni cómo ni por qué, ni siquiera si parte de la población lo necesitaba o aspiraba a ello. La cuestión era transformar. Así lo veía yo. Yo pertenecía al tercer grupo  y abogaba por no presentarnos este año y trabajarnos a fondo el municipio. Por eso los miembros de los otros dos grupitos  entorpecían nuestra estrategia de las maneras más variadas e imaginativas. Perdían las actas de reuniones anteriores en las que ganábamos votaciones; nos negaban el censo de militantes; cambiaban de orden del día, y cosas así.

Uno de mis aliados era precisamente  el de las carcajadas, quien constantemente asentía todas y cada una de mis intervenciones. Él decía que era diseñador y que trabajaba en el mismo negocio que su mujer. Según nos explicaba, él mismo se encargaba de buscar clientes y ella les procuraba el  servicio que contrataban. También tenía el pelo largo, pero no tanto como el gurú y se lo recogía con una coleta. Era un poco mayor que yo, aunque no mucho. Como ya he dicho, reía siempre, con gran escándalo, muy forzado. Creo que todo el mundo se daba cuenta de que sus risas se gestaban  más en su voluntad que en su espontaneidad. Cuando yo hablaba nunca reía. Asentía, solamente asentía.

Una noche fría, una de las más frías, llevé a la reunión  una propuesta muy trabajada. Estuve elaborándola durante toda la semana.  La fotocopié en mi lugar de trabajo, a riesgo de que me sorprendiesen, pero "¡qué diablos!", pensé, "la revolución implica  riesgo".

El día señalado repartí las copias entre mis compañeros y expuse todo el plan. Triunfé. Nadie podía negar que era lo mejor que hasta ahora se había presentado como plan de organizativo y de acción . Al salir, mi alegre y fiel camarada  me cogió del brazo y me llevó unos metros más allá de la puerta, apartándome de todos los demás. (Al finalizaban las reuniones solíamos  permanecer unos minutos a la puerta de la casa, bromeando  y comentando cualquier cosa). Esa noche  me dijo en privado, mientras los dos zapateábamos el asfalto muertos de frío,  que yo era un líder nato, que en su vida había visto una cosa igual, y que ya le había hablado de mi a su mujer, la cual quería, a toda costa, a la mayor urgencia posible, conocerme, ya.

Y así fue. Cursó, via whatsapp, una invitación en toda regla para tomar café  en su casa, porque su mujer estaba delicada de salud y no podía salir. Por supuesto, yo acepté, encantado. No todos los días aparecen admiradores tan apasionados e incondicionales.

Y allí me presenté. Era una gran vivienda, un chalet de tres plantas, rematado por un  tejado de pizarra a dos aguas. Formaba parte de una urbanización a las afueras del pueblo y lindaba con un tupido  bosque de pinos.  El jardín era amplio, pero lo encontré muy dejado. Sobre la mala hierba se podían ver  hierros esparcidos, restos de columpios de plástico, una gran piscina hinchable deshinchada, arrugada sobre el suelo mordido. Me pareció la piel seca de un animal muerto. También vi  unas cajas de madera que podrían haber sido panales, pero que ahora parecían palomares sucios. El muro estaba sin pintar, construido con mahones grises de los que su utilizan para levantar  naves industriales. Palas, rastrillos, una carretilla metálica de una rueda -pinchada-, y herramientas de diferente clase  y  tamaño  ocupaban, esparcidas por toda la superficie, lo que hace algún tiempo, seguramente, fue un hermoso jardín.

Salió a recibirme y alabó mi puntualidad inglesa. La habitación donde nos metimos era muy luminosa y espaciosa, presidida por una gran chimenea en el centro. Alrededor de la chimenea había  dos grandes mesas de escritorio sobre las que reposaban dos ordenadores con sus pantallas. Otra mesa más, separada del resto,  hacía las veces de comedor. Todo estaba patas por hombro, sumido en un gran desorden. Pensé que hacía semanas que nadie limpiaba. “Bonita casa”, le dije. Me contestó que no era suya, que era de alquiler de renta baja. Entonces se abrió la puerta y entró una mujer obesa, de una obesidad mórbida.

Apenas podía caminar. Cada paso que conseguía dar le provocaba un resuello de fuelle. Se acercó a mí y me dio dos besos. Olía a sudor. Toda ella olía a sudor. Apenas tenía pelo. Le caían unas pocas greñas grises y lacias sobre las mejillas  pero su cabello no lograba cubrir la piel del cráneo. Era mucho mayor que él.  Me sonrió y me invitó a sentarme y a tomar un té que cultivaba y recolectaba  ella misma. Mientras tomábamos el té, ambos se hicieron bromas procaces, de un modo muy ostentoso, relacionadas con los pechos de ella y con lo bien que se lo pasaban “haciendo cositas en la cama”. Creo que lo decían para  aleccionarme de que el aspecto y la edad no importan si la llama se mantiene encendida.

Al poco, gracias a uno de los múltiples cambios de tercio en  la conversación,  la mujer cerró muy fuerte los ojos, colocó las manos sobre la mesa y un par de segundos después me miró muy fijamente. Sonrió y me dijo : “Tu eres un ser de luz. Eres como Pablo, un guerrero de la luz. El mundo necesita de vuestra luz y de vuestra fuerza para echar del poder  a esa cuadrilla de delincuentes que nos asola”.  No supe qué decir. Creo que sonreí estúpidamente, o que esbocé una mueca  acobardada, lo contrario que mi compañero, su marido, que soltó otra de sus carcajadas. “¡Te lo dije nena! ¡Pocas veces me equivoco!¡ Es un guerrero de la luz!”.

Permanecí en la casa cerca de dos horas. Durante ese tiempo la mujer, de la que he olvidado  el nombre por completo, me explicó que yo era el último de todos los que formábamos el grupo que había  pasado  por su casa, que estaba expectante porque ya había identificado a tres ángeles de luz más y que, sin duda, después de conocerme a mí, estaba absolutamente convencida de que con nosotros todo iba a cambiar. Sobre todo, gracias a una de las licenciadas en paro que integraban el partido -ni más ni menos que mi enemiga acérrima, parte fundamental del grupito que buscaba trabajo público a  toda costa. En relación a  ella,  la mujer  afirmó que era un ser celestial, una auténtico ángel luminoso y que todos los demás debíamos seguirla. Sin embargo, de repente se puso muy seria;  volvió a cerrar los ojos muy  fuerte y sin abrirlos me dijo que entre todos los miembros del grupo había algunos guerreros de los oscuro, y que con urgencia debíamos de librarnos de ellos, pues de lo contrario contaminarían con su sombra perversa la pureza de nuestra alma y, por tanto, constituirían un verdadero inconveniente para nuestros objetivos revolucionarios y de transformación social.

Asentí, miré el reloj y les dije que tenía que marcharme con urgencia, que se había hecho tarde y me esperaban. Al llegar a mi casa me di una buena ducha. Después me serví un whisky de los caros; creo que fueron cuatro, no estoy seguro, porque me desperté ya por la mañana, tumbado sobre el sofá, escuchando la voz en off de la Teletienda. La decisión estaba tomada. Bajaría al garaje, abriría el maletero y recuperaría la silla de las reuniones para colocarla de nuevo en el comedor de mi casa. Echaré de menos a A. Carmona, anarquista y roquero.

8 comentarios:

ESTER dijo...

Al inicio del texto, éste se asemejaba a la lucha estudiantil en sus reuniones clandestinas con sindicalistas revolucionarios.
Craso error, la familia Monster aparece en escena para desgracia de un lector ansioso por conocer el desenlace de tamaña historia.

Besos, Ester

Hostal mi loli dijo...

Que gente más rarita jajajaja. Un abrazo.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

¿Para desgracia dices,Ester? ¡¡Si son irrepetibles!!
¡salud!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Loli, este tipo de gente, tan rara como dices, es la que finalmente gobierna nuestros ayuntamientos...
¡Salud!

Ana Rodríguez Fischer dijo...

¡Ay, ay, ay....!
¡Qué bien lo cuentas!
Si yo tuviera paciencia para narrar tantas horas así. Y sin embargo.... Abrazos resistentes!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Si hay en este texto algún mérito le pertenece por completo a sus protagonistas y a la realidad...
¡salud!

Babe dijo...

¡Vaya tela!, un relato escalofriante. Y como dirían Les Luthiers, verídico además de cierto.
Un saludo; :)

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Babe, la pena y lo realmente escalofriante del asunto es que todo es cierto, efectivamente
¡Salud!