viernes, 12 de abril de 2013

Agua dulce



Será bueno o malo, perjudicial o beneficioso, pero la cosa es que por más que tomo conciencia de mí mismo, me veo como un niño. Rozo los cincuenta, el  vientre se me derrama equitativamente a ambos lados de la cadera, hace ya tiempo que no puedo  solazarme observando  la parábola de mi orina y mis hermosas posaderas-célebres hace algún tiempo, más allá de la comarca- son incapaces de llenar con dignidad la culera de los pantalones. 

Pero insisto,  yo me siento como un niño. No se trata de una vuelta al pasado, de hacerle trampas al tiempo,  al estilo Carpentier, o de una rareza congénita, como la que sufrió Benjamin Button. Pura y simplemente,  me siento como un niño. Incluso diría que es algo más que una sensación: es una certeza, la evidencia, el convencimiento diario de hablar, ver, pensar, proceder, y elaborar la realidad que me rodea igual que lo hacía  cuando tenía 13 años. 

De hecho, si soy sincero,  lo único que he dejado de hacer es mirar debajo de la cama antes de acostarme, taparme con la frazada hasta el cuello si oigo las 12 campanadas de la media noche, o rizarme el flequillo constantemente con el dedo índice cuando veo la tele. Por lo demás, exceptuando alguna que otra actividad íntima - recurrente en el pasado y exclusivamente solitaria- todo sigue igual. 

De los deberes no me libra nadie, refunfuño si me veo obligado a hacer algo que me quita tiempo de juego, fumo a escondidas, veo películas porno de madrugada, lloro desconsolado si pierde el Barça, me emborracho porque sí con los amigos, no bajo la tapa del retrete  y cuando suena el despertador cada mañana  me tienen que tirar de la cama. 

Sin embargo, éstas no son más que nimiedades costumbristas, retazos, rasgos de la intrahistoria particular de mi día a día  que en mayor o menor  medida  puede repetirse en otros ejemplares  adultos de la especie. Quiero decir que lo que me ocurre va más allá de lo puramente instrumental, de lo físico y hasta de los hábitos; es una cuestión esencial, de fondo, una corriente submarina que fluye a medio mar y de la que con pericia y paciencia se puede sacar agua dulce. 

Si camino oigo mis pasos, largos, pesados, pero  misteriosamente los percibo cortos e inquietos. Si hablo, oigo mi voz, ronca y grave, aunque dentro, en mi pecho, donde nadie llega,  resuena un timbre nasal, aniñado e insolente. Si me hablan no escucho.  Si duermo sueño, o no sueño, recuerdo o no recuerdo lo que sueño, pero en el preciso instante del despertar me asalta una alegría despreocupada, emergencias intrascendentes, la necesidad atropellada de saber si llueve o hace sol. Me tomo el trabajo como juego, y cuando juego pongo en todo momento mis cinco sentidos. Ante los mayores me agrando y antes los jóvenes me achico… y así, definitivamente, día tras día, de sol a sol, todos y cada uno de los detalles de mi vida que me construyen van moldeando un niño envuelto en piel reseca cuyas ambiciones se reducen a un beso cada mañana y el deseo impertinente de la inocencia eterna.

6 comentarios:

ESTER dijo...

Te felicito; cuántos como tú no viven, vegetan; saberse niño a los 50 no es fácil. Lo de tener el deseo impertinente de la inocencia eterna es fabuloso.

Besos, Ester

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Es fácil porque me sale espontáneo, de verdad. No tengo conciencia de adulto, y no sé si ésto es bueno, malo o todo lo contrario. En todo caso, lo disfruto y lo padezco.
Un beso Ester

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Esa regresión, con o sin posaderas de por medio -ni mucho menos la necesidad de verificar/palpar-, la sentims todos. De modo que estás autorizado/legitimado a largar lo que sientas, percibas, temas, veas...
Besos!

Hostal mi loli dijo...

Dentro de ti hay un niño maravilloso que espero te acompañe hasta los cien o más jajjajaj. Besos.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Ana, no sé si es una regresión o siempre ha sido así,como si ciertamente la vida evolucionase hacia la madurez y después hacia la vejez pero sin dejar de ser lo que fuimos/ somos antes. Es algo muy extraño
¡salud!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Loli, no sé si es buena idea llegar hasta los cien... porque entonces sí que de verdad vuelve uno a la infancia, por las dependencias y... bueno, es un topicazo, pero el niño particular de cada cual no nos abandona nunca.
¡Salud!