jueves, 23 de octubre de 2014
Eternamente
Maestro, hoy lloro tu ausencia.
Tus criaturas y el mundo que habitan siempre van conmigo
Eternamente Ramiro Pinilla.
jueves, 9 de octubre de 2014
Leer a Proust con Vila-Matas (II)
Porque finalmente todo se desencadenó gracias a una de esas extrañas decisiones que tomamos
sin más, sin ser conscientes de su
trascendencia. Lo que me libró de
la ansiedad que me producía no poder explicar mi experiencia lectora de
“En busca del tiempo perdido” fue el azar concretado en algo
insustancial, cotidiano, algo que prácticamente hago cada día, como abrir un periódico o salir un momento al balcón para ver como transcurren unos minutos de vida allí afuera, en la calle.
Las horas que suelo dedicar a escribir pasaban estériles
semana a semana. Me levantaba continuamente; una mosca que volase me distraía por
completo; abría la nevera y la volvía a cerrar porque en realidad no me apetecía nada; emborronaba estrellas de cinco puntas y las
convertía en cruces gamadas; cambiaba el disco; me rizaba el flequillo;
limpiaba la mesa de mis huellas digitales con mis propios dedos y me reía de mí
mismo durante un buen rato ante tal estupidez. Entonces decidía que cambiaba de
tema, que ya no escribiría sobre Proust, y peroraba acerca de eliminar mis huellas con las mismas huellas … en fin, toda ese serie de memeces y
sinsentidos que hacemos los que pretendemos escribir, a sabiendas de que no vamos
hacer otra cosa más que el ridículo.
En esa tesitura me encontraba cuando una de esas tardes del demonio decidí invertir mi tiempo en navegar por internet, visitando los lugares que frecuento, hasta que le llegó el turno a la página web de Enrique Vila-Matas.
Enrique Vila-Matas posiblemente sea al mismo tiempo el escritor y
la persona más alejada de Marcel Proust que nadie pueda llegar a encontrar.
Hace unos años, en vísperas de Sant Jordi, Vila-Matas visitó mi ciudad natal y
mantuvo en público una charla con el crítico y también escritor Juan Antonio
Massoliver Rodenas. Por entonces yo ya había leído “El mal de Montano”, “Doctor
Pasavento”, “París no se acaba nunca”,” Lejos de Veracruz” y “Suicidios
Ejemplares”, y ya me había percatado de que si alguna cosa no era susceptible
de convertirse en materia literaria para Vila-Matas esa cosa era la memoria o
los recuerdos, materia novelesca muy recurrente en la obra de una gran mayoría de autores.
Por eso mismo quería yo meter el dedo en la llaga y aprovechar que el Maestro
visitaba mi ciudad para preguntarle directamente sobre el asunto. Me respondió a
la defensiva; le noté un tanto preocupado porque quizá pensó que estaba allí
para reventarle el acto, pero como volví a preguntarle de otra forma, con toda
la asertividad de que fui capaz, finalmente me dio la respuesta que ya le había
oído dar otras veces: “mi infancia fue muy aburrida, muy vulgar y no recuerdo
gran cosa porque en mi casa no sucedía
nunca nada digno de evocación”. Entonces
todavía no se había publicado ese mamotreto tan útil y fascinante titulado “Ideas”, del historiador Peter Watson. De
haberlo tenido a mano, podría haberle contestado, a la manera vilamatiana, con
una cita de esas que te dejan en el sito: “La escritura [querido maestro] la
escritura es un sistema de memoria artificial”.
Pocos días después di con su primera antología personal de cuentos que publicó
Anagrama en la colección Compactos y me hice con ella porque el título me
llamó la atención: “Recuerdos inventados”. Efectivamente, es poco probable que lo que se
cuenta en ese libro esté basado en la memoria real del autor. Dudo mucho que
Vila-Matas mantuviese conversaciones tan hilarantes y absurdas con su padre como las que se
pueden leer en el cuento “El paseo repentino”.
Por eso, todavía hoy
no deja de asombrarme, o de sorprenderme -y casi de inquietarme- que la
aparición azarosa y virtual de Enrique
Vila-Matas haya supuesto a la postre el salvavidas de mi ineptitud.
Curiosamente, gracias a Vila-Matas -el escritor de la no memoria- puedo escribir sobre la experiencia personal lectora de la obra del autor paradigmático de los
recuerdos, o del tiempo perdido, cuyas criaturas cobran vida para desvelar verdades eternas gracias, precisamente, a la literatura.
Ese salvavidas no fue
otro que “Los escritores de antes (Bolaño en Blanes 1996-199)”, texto que debería
leer todo aquel que crea que leer o escribir son, sencillamente, meros entretenimientos, o una manera como
cualquier otra de ganarse la vida.
“Los escritores de antes” (¡oh, casualidad!) es una evocación que compone Vila-Matas para traer al presente los momentos que vivió junto a Roberto Bolaño cuando todavía no era conocido y no había editorial que quisiese publicarle nada. Recuerdos y memoria al servicio de un tema que, como no podía ser de otra manera en Vila-Matas, es la literatura misma. “¡Pero si esto es más proustiano que la mismísima magdalena!, exclamé mientras lo leía.
“Los escritores de antes” (¡oh, casualidad!) es una evocación que compone Vila-Matas para traer al presente los momentos que vivió junto a Roberto Bolaño cuando todavía no era conocido y no había editorial que quisiese publicarle nada. Recuerdos y memoria al servicio de un tema que, como no podía ser de otra manera en Vila-Matas, es la literatura misma. “¡Pero si esto es más proustiano que la mismísima magdalena!, exclamé mientras lo leía.
Tuve que detener la
lectura durante unos segundos para
sosegarme y analizar con calma mi descubrimiento. Llegué a la conclusión
de que estaba ante un texto proustiano metaliterario y me hizo mucha gracia porque en cada párrafo encontraba algo que me
recordaba a Proust y que me introducía en un divertido y sugerente juego de
evocaciones contrapuestas, de recuerdos propios que habitaban el interior de recuerdos ajenos que al final formaban parte
de una misma cosa, por mucho que estuviesen alejados en el tiempo y en el
espacio. Era -qué sé yo- como estar al mismo tiempo ante Proust y Vila-Matas y
ninguno de los dos se pudiesen ver, pero yo les veía a los dos, y yo les podía explicar a cada uno lo que el otro
decía.
Enrique Vila-Matas
escribe en “Los escritores de antes” que
“La poesía (la verdadera poesía) es así:
se deja presentir, se anuncia en el aire, como los terremotos que según dicen
presienten algunos animales especialmente aptos para tal propósito”. Vila Matas
continúa hablando de “ese tipo de escritor que jamás olvida que la
literatura, por encima de todo, es un oficio peligroso; alguien que no solo es
valiente y no pacta ni un ápice con la vulgaridad reinante, sino que muestra
una contundente autenticidad y que une vida y literatura con una naturalidad
absoluta […] Tipos obstinados, muy obstinados, que saben ya que todo es falso y
que, además, todo absolutamente se acabó”.
Después, reafirmándose
en sus palabras anteriores, el creador del Doctor Pasavento afirma rotundo que “no es pecado ni error
alguno mezclar vida y literatura, y encima es algo que se puede ensamblar con
una naturalidad asombrosa”.
“¡Claro!” empecé a exclamar a gritos en el pasillo “!Claro,
eso es, eso es. Ahí está Proust. Ese es Proust! ¿De quién está hablando sino de
Proust”. Recuerdo (yo también recuerdo) que mientras leía la obra del autor
francés, en algún momento descansaba y entraba en You Tube y veía el excelente
documental dramatizado que produjo hace
ya unos cuantos años el canal Arte de la televisión francesa. El parecido del actor que encarna a Marcel Proust en esta producción es tan asombroso que inquieta. Verlo es como viajar
en el tiempo y experimentar la sensación de
estar con él; una sensación mágica, producto, seguramente, de leer
durante horas y horas sus palabras con admiración y esfuerzo y, en un instante,
estar dentro de su habitación viéndole
escribir metido en la cama, entre
papeles, con el tintero sobre las rodillas, sin más luz que una
palmatoria, totalmente absorto en las
imágenes que discurrían en su mente y que transformaba en literatura enfebrecido
por la pasión y el asma.
Gracias a este documental uno puede hacerse una idea de hasta qué punto Marcel Proust había comprometido
su vida por la literatura; hasta qué
punto vida y literatura eran para él, de manera natural, algo intrínseco al
mismo hecho de existir. Tanto fue así que los últimos días de su vida
supusieron toda una tortura, más allá de la creciente dificultad que tenía para
respirar, porque lo que realmente le angustiaba era no poder finalizar su obra,
no poder escribir con sus propias manos 'FIN' para cerrar una de las más grandes
obras que haya podido escribir nadie. A los pocos días de dar por finalizada “En
busca del tiempo perdido” Marcel Proust murió y no pudo ver publicado el último tomo “El tiempo
recobrado”.
Proust era un tipo que podría haber vivido de rentas, sin
hacer absolutamente nada,durante toda su vida. También
podría haber dedicado su tiempo y su bienestar
a escribir como divertimento, por pura vanidad, para pavonearse entre lo
más exquisito de la alta sociedad francesa que tan bien conocía. Sin embargo,
escogió otro camino, el camino del
gladiador del que nos hablaba Bolaño, que sale a la arena a sabiendas de
que va a perder, porque entre otras razones, no le queda más remedio que
hacerlo, y porque en ese acto suicida paradójicamente le va la vida.
Proust decide “meter
la cabeza en lo oscuro y saltar al vacío“, como dice Vila-Matas al respecto de los escritores, escritores: los clásicos, aquellos a los que define Jules Renard (citado por el mismo Vila-Matas) como "los que aún no hacían de la literatura un oficio".
En mi opinión -auspiciada sin duda por Don Enrique- Marcel Proust trasciende incluso una dedicación monástica o romántica, porque invierte su último aliento en completar la misión que le ha sido dada; porque su voluntad de vivir se extingue con el final de su obra.
En mi opinión -auspiciada sin duda por Don Enrique- Marcel Proust trasciende incluso una dedicación monástica o romántica, porque invierte su último aliento en completar la misión que le ha sido dada; porque su voluntad de vivir se extingue con el final de su obra.
viernes, 3 de octubre de 2014
Leer a Proust con Vila-Matas (I)
Escribir podría ser algo así como tener la capacidad de hallar el lugar exacto donde horadar para que ese pequeño orificio se transforme en el manantial del que brotará durante siglos toda el agua contenida misteriosamente en algún lugar invisible, subterráneo, y que, por supuesto, acabará por formar un río que alimentará el mar. Es decir, el acto de la creación literaria se concentraría en un único momento, espontáneo y maravilloso que nos empuja a derramar una cantidad ingente de energía acumulada durante mucho tiempo, quizá toda una vida.
Eso es lo que me ha ocurrido con este texto,
con la salvedad de que lo que diga y como lo diga no posee suficiente entidad- digamos caudal- como
para desembocar en océano alguno porque la poca cantidad de agua que de él pueda fluir tiene muchas
probabilidades de perderse en alguna
barrancada o de encharcarse en los
recovecos de algún valle, entre matojos.
A mediados de Agosto finalicé la lectura de
“En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust. Desde entonces, la necesidad de
explicar la experiencia que he vivido leyendo las siete novelas que componen esta obra ha sido tan intensa
que creía que me provocaba el célebre y
temido bloqueo, del que además ya nunca podría librarme.
Casi llegué al convencimiento de que entre la inquietud por hallar el
mejor modo de escribir sobre Proust y el estado en el que se encuentra mi red
neuronal ante la machacona insistencia -casi
de tortura china- con el monotema catalán, nunca jamás podría ponerme frente al
teclado con un mínimo de dignidad.
De
manera que día a día, desde el ya lejano Agosto, las
ideas, imágenes, evocaciones y sensaciones relacionadas con la lectura
de la obra de Proust se iban acumulando y temía que con el paso de tiempo se
diluyesen en nada, y que finalmente cobraría triste fama por convertirme en el primer espécimen que pone contra las cuerdas la teoría de la transformación de la energía.
En un momento de desesperación había pensado
en empezar con un par de frases que estampé
en la última página del último volumen,
“El tiempo recobrado”, a modo de
celebración íntima, pero
lo descarté. (Desde que Francisco Casavella escribió que lo peor de lo peor es
iniciar cualquier texto con una cita, no he vuelto a hacerlo, porque en lo que
concierne a mí, lo que decía Casavella
va a misa.)
Las poco más de cuatro palabras con las que celebré el final
de mi singladura proustiana dicen así:
“El 20 de agosto del año dos mil catorce
finalicé la lectura de ‘En busca del tiempo perdido’. El día estaba nublado. Lo
primero que vi cuando levanté la vista fue un arco de piedra rojiza
enmarcando el mar y algún barco cerca
del horizonte. Marcel Proust vivirá dentro de mí siempre, a pesar de que alguna de sus
criaturas se pierda en el tiempo.
Firmado en Altafulla (Tarragona), el día 20 de agosto de 2014”
Firmado en Altafulla (Tarragona), el día 20 de agosto de 2014”
Trancurrían las semanas y las figuras
de Albertine, del Barón de Charlus, de Morel, de los Duques de Guermantes,
Swann, Odette, Gilberte, y el largo etcétera de criaturas maravillosas y
despreciables de las que nos da cuenta la inolvidable voz del narrador, se iban
difuminando en mi memoria hasta perder la carnalidad que de ellos había formado
mi imaginación mientras leía.
Lo mismo me
ocurría con los espacios en los que estos personajes desarrollaban lo peor
y lo mejor que se puede llegar a hacer
en la vida. Grandes y lujosos salones, océanos y playas, balnearios, bulevares,
caminos y senderos, arquitecturas, alcobas, tienduchas, cuarteles y hasta sórdidos
tugurios donde se citaba la
doble moral aristócrata van filtrando sus geografías, su mobiliario y sus
aromas entre los resquicios de mi memoria hasta que ya no quedan más que percepciones, cierta
noción de lo que Proust escribió, luces filtradas que emborronan contornos
hasta convertirlos en simples y confusas sensaciones a las que no me
queda más remedio que acudir si
persevero en mi empeño.
Acudí a la desesperada a mi libreta donde, mientras leo, anoto párrafos, frase e ideas. La última oportunidad. Quizá el lugar desde el que poder resucitar cientos de horas de placer, momentos de fascinada y a menudo esforzada lectura. De todos modos, yo sabía que dentro de mí habitaba todo ese tiempo, todos los escenarios, con los hombres y mujeres que los poblaron, y estaba convencido de que en lo hondo de mis certidumbres, todo eso no se malograría. Quizá ya nunca podría volver a verlos con la nitidez de aquellos instantes antes de cerrar la última página frente al arco que enmarcaba el mar. Sin embargo, algo permanecía; algo diferente más allá de la concreción de las palabras. Me quedaba la experiencia.
Acudí a la desesperada a mi libreta donde, mientras leo, anoto párrafos, frase e ideas. La última oportunidad. Quizá el lugar desde el que poder resucitar cientos de horas de placer, momentos de fascinada y a menudo esforzada lectura. De todos modos, yo sabía que dentro de mí habitaba todo ese tiempo, todos los escenarios, con los hombres y mujeres que los poblaron, y estaba convencido de que en lo hondo de mis certidumbres, todo eso no se malograría. Quizá ya nunca podría volver a verlos con la nitidez de aquellos instantes antes de cerrar la última página frente al arco que enmarcaba el mar. Sin embargo, algo permanecía; algo diferente más allá de la concreción de las palabras. Me quedaba la experiencia.
Por fortuna, al abrir mi libreta buscando ese
primer hilo de agua leí que “el
pasado no sólo es tan fugaz, sino que, además, permanece en su lugar”. De
manera que decidí apaciguar mi ansiedad
y en aquel mismo momento me exoneré a mí mismo de la obligación que me había impuesto;
porque después de tantos y tantos días devanándome la sesera en busca del motivo que me permitiese dar
rienda suelta a la necesidad de escribir
sobre la obra de Proust, esa necesidad se convirtió en imposición, casi en una
responsabilidad conmigo mismo, un compromiso del que no me podría zafar, so
pena de no poder escribir ya, nunca, una sola línea más.
Hasta que un buen día, trasteando en internet,
visité, una vez más, la página web de Enrique Vila-Matas.
viernes, 19 de septiembre de 2014
El martillo pilón
Y dale que dale
con el martillo pilón
Dale a la cabeza una y otra vez, sin parar, hasta aplastarla
Y dale que dale con el martillo pilón
Un día, y otro día, mañana tarde y noche
Dale que dale con el martillo pilón
Dale a la cabeza una y otra vez, sin parar, hasta aplastarla
Y dale que dale con el martillo pilón
Un día, y otro día, mañana tarde y noche
Dale que dale con el martillo pilón
Hablemos a todas horas, en todo momento de
banderas, y de patrias, y de donde he nacido, de dónde he venido y de quién me
parió. De la sangre, la raza, los linajes,
y de nuevo las banderas, la cuna o la genética y del tiempo que se
marchó
Y dale que dale
con el martillo pilón
Hablemos a todas horas, en todo momento, de
idiomas, con quién hablo, dónde hablo lo que hablo, qué hablo, de qué hablo,
por qué hablo lo que hablo
Y dale que dale
con el martillo pilón
Hablemos a todas horas, en todo momento de
historia, desde qué punto de la historia, la historia que me conviene, la que
te conviene, la historia que no está escrita, la que queremos escribir,
leyendas, fábulas y mitos
Y dale que dale
con el martillo pilón
Hablemos a todas horas, en todo momento de
reyes, de reyes en guerra, y convirtamos
al rey vencido en un republicano por la
gracia de dios
Y dale que dale con el martillo pilón
Hablemos a todas horas, en todo momento de la libertad de los pueblos. Siempre en la boca la libertad
de los pueblos. Pues ¡ea!, vamos a ello ¿De
qué lado estaremos? ¿Palestina o Israel ? ¿Marruecos o el Sahara? ¿Y hoy, de qué lado estáis? ¿Cuba o USA?
Y dale que dale con el martillo pilón
Y dale que dale con el martillo pilón
Hablemos a todas horas, en todo momento, de decidir lo que quiero decidir, del derecho copulativo a decidir si quiero o no quiero ser, a decidir dónde quiero estar; decidir lo que soy o de dónde soy, pero lo que quiero, lo que anhelo, lo que necesito, mis derechos transitivos... ¡ay! esos no me los dejan decidir
Y dale que dale
con el martillo pilón
Hablemos a todas horas, en todo momento, también
del pueblo. En la boca siempre el pueblo. El pueblo convertido en bandera. El
pueblo es un idioma, una geografía, una cifra. El pueblo estúpido porque al pueblo se le nombra cuando yo quiero que se le nombre.
El pueblo existe cuando yo lo ordeno. El
pueblo no sufre, el pueblo no muere, el pueblo vota cuando yo digo que vote por aquello que
yo quiero que vote. Al pueblo me lo paso por los huevos cuando es el pueblo -y
no yo- quien dice ¡nosotros somos el pueblo.!
Y dale que dale
con el martillo pilón
Dale a la cabeza una y otra vez, sin parar, hasta aplastarla
Y dale que dale con el martillo pilón.
Un día, y otro día, mañana tarde y noche
Dale que dale con el martillo pilón
Y dale que dale con el martillo pilón.
Un día, y otro día, mañana tarde y noche
Dale que dale con el martillo pilón
(¡Cuándo callarán
los golpes de este insoportable martillo
pilón!)
miércoles, 3 de septiembre de 2014
Tan simple como el agua
He vuelto a casa después del mar y me he encontrado con los
cristales de las ventanas del salón
sucios, moteados de gotas de polvo, o de barro. Al salir hace un mes no
cerré conveniente la persiana. La dejaría unos centímetros
abierta, probablemente por
seguridad, por simular ante posibles delincuentes estivales, amigos de la
miseria ajena, que en casa sí que había alguien, que la casa seguía viva, que
mucho ojito con intentar apalancar la puerta porque se iban a encontrar alguien que -valiente y protector de lo suyo- les hubiese
dado hasta los buenos días.
Siempre me ha
sorprendido el rastro turbio que el agua de la lluvia deja en los
cristales. No solo supone una molestia, porque un día u otro tiene uno que limpiarlos, sino, por añadidura, todo un misterio. Puedo entender que un
determinado tipo de precipitación rica en polvos saharianos sedimente sobre
todo aquella superficie sobre la que cae, y pinte sobre el capó de nuestros
automóviles una especie de lienzo impresionista que nos evoca la realidad venida de lejos, más allá de nuestro sur, como si
se tratase de un mensaje en clave, un telegrama atmosférico, metafórico, que
reclama nuestra atención -a pesar de que no escuchemos- sobre las desigualdades que se producen por el solo
hecho de nacer a un lado u otro de un paralelo determinado.
Esa es la única explicación que hallo, porque de todos es sabido que la principal característica que posee el agua de lluvia es la ausencia de
cualquier aditamento; la pureza, la limpieza de cada una de las gotas que se
precipita desde del cielo y llena los lagos, los embalses o vuelve al mar, y discurre por las calles,
arrastrando a su paso nuestras huellas en forma de basura y desperdicios.
Quien desee comprobar las virtudes del agua de lluvia no tiene
más que salir a descubierto en plena tormenta y dejarse empapar. Si al
tiempo que disfruta de la gozosa
sensación de un reconfortante renacer también desea comprobar su inocuidad, deberá recoger un poco en el interior de un recipiente cualquiera. Tras el chaparrón no
hay más que colocarse frente a la ventana y lanzar el contenido contra el
cristal. Mientras respiramos el olor de
la tierra, o vemos como se retiran las última nubes negras hacia otros lugares,
nos daremos cuenta de que la superficie no solo no se ha ensuciado, sino que,
allí donde ha chocado el agua, la luz del día se refleja con tal solidez que la
ventana nos devuelve nítidamente el pasmo de nuestro rostro sorprendido como si en lugar
de estar ante una ventana estuviésemos
ante un espejo.
Ya pueden venir científicos
y apóstoles de lo empírico a explicarme el fenómeno. No les va resultar nada fácil
hacerme entender por qué en ausencia de cornisa o de cualquier otro elemento arquitectónico
que pueda provocar la percusión de las gotas de lluvia contra el cristal, éste,
tras mi ausencia veraniega, ha aparecido
jaspeado por diminutas marcas circulares en su mayor parte, otras en forma de
lágrima, y las menos totalmente
irregulares, pero todas ellas con la particularidad de lucir un ligero rastro amarronado en su contorno,
lo cual les confiere un carácter de boñiga de campo, minúscula defecación y en el mejor de los casos, el indicio de un
estornudo imposible.
Dada la amplitud de la ventana del salón no resulta
demasiado difícil imaginar una estrecha faja punteada de lado a lado de la zona
inferior del cristal con innumerables huellas que podrían ser, en un mundo de
insectos, los cráteres provocados por un bombardeo mortal, un campo minado,
descubierto y desactivado a tiempo por el enemigo, o el paisaje desolado de un
planeta destruido.
Sin embargo, ante la imposibilidad de dar con una explicación
convincente, mucho me temo que nada de
eso tiene más sentido que el afán por extraer del misterio un par de frases presuntuosas, por lo demás,
exentas de toda lógica y vacías de contenido. De modo que, a falta de razones y
vencido por el enigma, lo mejor es
dejarse de especulaciones y borrar para siempre la señal de mi ausencia durante la
que los días de agosto han traído hacia mi ventana vientos, agua y barros; los
vestigios de un escándalo, los
restos miserables de una degradación, o sencillamente -tan simple como el agua-
la evidencia de la realidad obcecada que cada año vuelve y salpica el cristal con la única finalidad de disolver espejismos.
lunes, 4 de agosto de 2014
Vocaciones
De ser otro hubiese querido ser ángel del infierno; recorrer
carreteras enfundado en cuero sucio;
hacer del camino el mundo; rodar, fumar y beber, quizás amar, solamente durante
unas horas, y convertir el amor en cuerpo. Partir cada día con la certeza de haber
dejado un recuerdo imborrable en alguien que esperará en vano; que ya espera desde el mismo instante de mi partida mientras ve tras una cortina opaca cómo me voy
haciendo pequeño en busca del horizonte encarnado.
De ser otro hubiese querido ser poeta; recorrer sueños despierto;
transformar la palabra en verdad, o al
revés; escribir, fumar y beber, quizás amar, solamente durante unas horas y
convertir el cuerpo en amor. Enclaustrarme cada día en mi cuarto con la certeza
de haber dejado un recuerdo imborrable en alguien que leerá en vano; que ya
espera desde el último verso la encarnación de la palabra mientras tecleo el
punto y final y pienso en las críticas o
en otro libro.
De ser otro hubiese querido ser reportero; recorrer calles,
ciudades y alcantarillas; hacer de la
noticia denuncia; investigar, fumar y beber, quizás amar, solamente durante
unas horas, y convertir la fuente en amor. Partir cada día con la certeza
de haber dejado un recuerdo imborrable en alguien que se creía inmune en vano; que ya espera en el quiosco el fin de
sus fechorías mientras doblo la esquina y
suena otra vez en mi teléfono una
nueva llamada anónima.
De ser otro hubiese querido ser maestro; recorrer aulas y
pueblos; enseñar, fumar y beber, quizás amar, solamente durante unas horas, y convertir en amor la
maternidad. Partir cada curso con la certeza de haber dejado en alguien un recuerdo
imborrable que ansía crecer desde el mismo instante de mi partida, mientras escucho a lo lejos el eco blanco de
otro campanario y un griterío que vuela hacia mí en alas de vencejo.
De ser otro hubiese querido ser yo; recorrer el tiempo; vivir, fumar y
beber, y por fin amar, solamente, durante todas las horas y convertir tu amor en mi vida. Partir hacia la muerte con la certeza
de haber dejado en ti un recuerdo imborrable desde donde bebo en vano las lágrimas que me añoran y atestiguan
transparentes que finalmente hallé mi
vocación.
lunes, 28 de julio de 2014
Uno de los nuestros
El pasado sábado leía la noticia que constataba de una vez por
todas lo que muchos ya intuíamos, y
otros tantos sabían: la naturaleza mafiosa de Jordi Pujol, de CiU y de su
proyecto nacional de país. Tras cerrar el periódico le dije al camarero que el
cortado me lo cobrase sin IVA. Se lo dije en catalán, por si de ese modo mi
petición resultaba más convincente, pero no coló. El camarero estuvo muy fino y
me contestó que si me lo cobraba sin IVA, él se llevaba el 4%.
Jordi Pujol, ese hombre, esa nación. Fundador de
CDC, CiU e ideólogo del nacionalismo catalán
contemporáneo; encarnación de la santísima trinidad del
catalanismo; arquitecto moral y político del proyecto nacional catalanista;
modelo cristiano, ético, moral, humano y político a seguir durante lustros para
gran parte de la población; origen
indiscutible del actual proceso soberanista; faro y timón; imagen y
semejanza de lo peorcito de la burguesía
y de la payesía catalana. Jordi Pujol,quien durante décadas ha
impartido a diestro y siniestro, frente a la mismísima Historia, lecciones de moralidad y patriotismo, escribía
lo siguiente el año 1976 en las páginas 65, 67 y 68 de su libro “La inmigració, problema i esperança
de Catalunya. Editorial Nova Terra. Barcelona:
“… el hombre andaluz no
es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) es,
generalmente, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa
hambre y que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y
espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido un poco
amplio de comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero
de entrada constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España.
Ya lo he dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza del
número llegase a dominar, sin haber superado su propia su propia perplejidad,
destruiría Catalunya. E introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es
decir, su falta de mentalidad. “
El año en que Jordi Pujol
publicó estas palabras, Carmen tenía 11 años. Hacía 5 que había llegado a
Catalunya, junto a su familia,
procedente de un pueblecito de El Temple granadino. Con el dinero que el padre
pudo reunir durante los cuatro años que trabajó en Alemania, la familia pudo ubicarse en un
piso del Instituto Nacional de la
Vivienda, en vecindad con otras tantas
familias de trabajadores andaluces.
Carmen se educó en los
llamados Colegios Nacionales. Fue una alumna aplicada. Ella, igual que la
mayoría de sus compañeras, aguantaban pacientemente y sin inmutarse las innumerables discriminaciones de las que eran
objeto por parte de algunos de sus profesores
y de compañeras nativas. El censo del pueblo donde fue a recalar estaba compuesto
en su mayor parte por población autóctona. Allí no solo no estaba prohibido
hablar la lengua propia de Catalunya, sino que se enseñaba en el colegio. De
hecho, el hijo del alcalde franquista,
al morir el dictador, se reconvirtió a la nueva democracia y encontró en CiU la
organización idónea desde donde continuar con su labor política y medrar con
sus negocios sin cambiar de idioma.
Un 23 de abril de finales
de los 70 Carmen redactó la mejor redacción
del concurso de literatura convocado por el colegio. La redacción fue premiada, pero la muchacha que
recibió el premio y que apareció como la autora del trabajo que escribió
Carmen era otra , hija del pueblo, perteneciente a una larga
estirpe catalana de amplia tradición caciquil cuyo cabeza de familia acabaría
por detentar durante ocho años algunas
concejalías con CiU.
En aquellos años de
transición, un día Carmen fue invitada a
una fiesta de cumpleaños en casa de una niña catalana. La mamá anfitriona la
presentó a las mamás de las otras niñas diciendo que era andalussa, pero que
era 'bona nena'.
Llegada a la edad de
recibir por primera vez el sacramento de la Eucaristía, Carmen asistía semanalmente a la catequesis obligatoria después de la cual
tomaría la primera comunión. El mossen, un tipo de barriga pantagruélica y de
rancio abolengo catalán, se enfadaba si alguna niña erraba en las respuestas a
las preguntas sobre el catecismo. Cuando el cura estaba especialmente motivado
y quería ser efectivo con su apostolado, amenazaba a las niñas con enviarlas a la
ceremonia de primera comunión especial para castellanoparlantes si la semana siguiente
no se sabían todas las preguntas.
A pesar de todo, Carmen
fue formándose y creciendo. Al cumplir los 16 años tuvo su primer trabajo. Lavaba
cabezas en una peluquería a las señoronas que la despreciaban por su origen y compaginaba el trabajo con los estudios de
Formación Profesional en la especialidad de administrativa. Al poco, fue
contratada por el propietario del horno del pueblo de 'tota la vida', donde
despachaba pan hasta la tarde. Cuando acababa su turno asistía al
Instituto para cursar el bachillerato y
el COU en horario nocturno. Pasaron los años y Carmen siguió trabajando en varias
empresas y al mismo tiempo formándose, hasta que consiguió licenciarse en la
universidad. Un año después obtuvo un
postgrado y finalmente un máster. Ahora, a
sus 49 años, esta andaluza desarrolla un trabajo de cierta
responsabilidad en una empresa multinacional ubicada en Catalunya. Desde que
cumplió su edad laboral, Carmen nunca ha
estado en paro; siempre ha pagado sus impuestos; nunca le ha robado nada a
nadie. Lo que tiene lo tiene, única y exclusivamente, gracias a su esfuerzo.
Las historias de Carmen y
de Jordi Pujol son paralelas. Mientras ella y sus padres trabajaban con
denuedo, honradamente, por forjarse un futuro, cumpliendo religiosamente con
sus obligaciones ciudadanas, el creador
del proyecto nacional catalán iniciaba
la reconstrucción de su Catalunya, inspirada,
como en las mejores leyendas filofascistas, en un instante de
iluminación místico y, de paso, sentaba las bases para acumular una gran
fortuna producto del latrocinio, de la rapiña, del robo colectivo, propios de
la más asquerosa delincuencia de la que,
a día de hoy, todavía no conocemos el verdadero alcance.
El catalanismo que diseñó
Pujol y su herramienta de ejecución -Convergencia
Democràtica de Catalunya- están fundamentados en el texto que aquí referencio.
No podía ser de otra manera. El proyecto nacional catalanista de Jordi Pujol y CiU están regados con aguas fecales que manan de la codicia, de la xenofobia, del racismo y del fascismo más pestilentes,
y a menudo sus orígenes se remontan a
algunos de los elementos más reaccionarios
del franquismo. De este texto de 1976 -que hoy día firmarían en la intimidad la mayor parte de dirigentes, votantes y militantes de CiU y de ERC- solamente hay
que permutar el gentilicio del inmigrante y escribir gitanos o judíos en lugar de andaluces para vislumbrar entre las palabras, muy
nítidamente, el rostro de los peores monstruos de la historia europea del siglo
XX.
El de Jordi Pujol y toda
su casta es un pensamiento similar al de
Sabino Arana, o al de Primo de Rivera,
que en Catalunya arraigó en la
burguesía y en la payesía desde los
tiempos de Valentí Almirall, del Dr. Robert y Enric Prat de la Riba para
neutralizar el incontenible movimiento obrero que estuvo a punto de hacerles
perder sus privilegios de clase. No hay más repasar algunas de las glosas de
Eugeni d’Ors. (Vale la pena echarle un vistazo a algunos libros del historiador Joan Lluis Marfany para
conocer a fondo las raíces profundamente racistas del nacionalismo catalán. Por ejemplo “La cultura del catalanisme.
El nacionalisme català en els seus inicis, Ed. Empúries, Barcelona, 1995.)
Sin embargo, la Historia a veces se alía con la
vertiente más poética de la justicia y nos revela que los grandes hombres,
aquellos que imparten desde sus trajes barrigudos cortados a medida lecciones de
patriotismo, moralidad y ciudadanía, no son más que unos vulgares chorizos que
han utilizado del modo más torticero que se pueda llegar a imaginar todos los elementos
que construyen el sentimiento identitario
de un pueblo.
Ante este lodazal humano,
político y social en el que nos ha revolcado
Jordi Pujol y su nacionalismo,
ERC se mantiene equidistante,
como no podía ser de otro modo. De
hecho, Alfred Bosch ha declarado que la infamia que se ha dado a conocer recientemente no tiene porqué influir en los
pactos de gobierno ni en el proyecto común hacia la independencia. A pesar de que ERC es un partido fundado en
1931 y que cuenta con más solera que el
tinglado mafioso que pergeñó Pujol a
partir del año 1978, su ideología y su esencia es a día de hoy hija política de CiU. Y es que ERC
es heredera de ese nacionalismo rancio, racista y
pernicioso que castiga con la discriminación a quien no pague su 4% o a quien no gemine la “L” adecuadamente y que, a costa de
la clase trabajadora, ha engordado el bolsillo a un centenar de familias, amén de al propio Pujol, valedores de grandes privilegios a lo largo de todos estos años de democracia.
No en vano, uno de los
padres fundadores de ERC, Heribert Barrera, al que ningún dirigente de este
partido desautorizó, decía hace apenas 13 años que “el
coeficiente intelectual de los negros de los Estados Unidos es inferior al de
los blancos”, o también que "Si no hemos llegado a integrar a los inmigrantes
del sur de España cuando nos encontrábamos en una proporción de uno a uno, ¿cómo
podemos esperar que, con una proporción de dos o tres contra uno, podremos
integrar una gente más alejada de nosotros en cuanto a cultura, religión o patrimonio genético…? [!!]. Hay una dimisión ante lo que parece inevitable
o una cobardía por miedo a ser acusado de racista o poco progresista que ha
silenciado unas verdades que a mi me parecen indiscutibles. (…) si continúa
viniendo gente de fuera, desde el punto de vista de la identidad catalana, no
habrá nada que hacer” (Qué pensa
Heribert Barrera, d’Enric Vila. Deria Editors. Barcelona. 2001)
Por eso, a
pesar de aparentar ser un partido progresista y de izquierdas, la mierda de Pujol y de su familia de
delincuentes parece no importar a ERC, perquè,
al cap i a la fi, Pujol es de casa nostra. Porque al fin y al cabo Pujol es de
aquí. Per què Pujol es un dels nostres. Porque
Pujol es uno de los nuestros.
De modo que con toda la ira, acritud y la mala leche que pueda llegar a reunir, grito ahíto, como si fuese un disparo, que me cago en la familia Pujol, me cago en la Catalunya de CiU, me cago en toda su estirpe, me cago en ERC, me cago en el proceso independentista y me cago en la puta codicia que lo cagó y que los cagó a todos ellos. Estos tipejos no son catalanes. Estos tipejos son, en palabras del propio Pujol, la "muestra de menor valor social y espiritual" de Catalunya, y de cualquier otro lugar donde hubiesen nacido.
De modo que con toda la ira, acritud y la mala leche que pueda llegar a reunir, grito ahíto, como si fuese un disparo, que me cago en la familia Pujol, me cago en la Catalunya de CiU, me cago en toda su estirpe, me cago en ERC, me cago en el proceso independentista y me cago en la puta codicia que lo cagó y que los cagó a todos ellos. Estos tipejos no son catalanes. Estos tipejos son, en palabras del propio Pujol, la "muestra de menor valor social y espiritual" de Catalunya, y de cualquier otro lugar donde hubiesen nacido.
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