jueves, 5 de abril de 2018

Política bautismal






(tiempo de lectura aproximado, 5 minutos )

Nuestro nombre dice poco de nosotros y al mismo tiempo nos identifica. Nuestro nombre es nuestro rostro frente a un espejo porque lo escuchamos y nos reconocemos. Sin embargo, por mucho que me hubiesen bautizado ‘Gabriel’ habría escrito las mismas insulsas palabras que he sido de capaz de escribir hasta la fecha o, a lo sumo, el acta de la asamblea anual de mi comunidad de vecinos. 

Deberíamos  darles la  razón  a los gurús del marketing  cuando dicen que todo lo que somos conforma nuestra marca personal. Nuestra estatura y nuestro peso; el  timbre de voz; el grado de blancura dental; el peinado; el  modo de vestir; el garbo al  caminar; la mesura o desmesura de los gestos, o incluso  la armonía o la arritmia espasmódica al bailar...

Para estos profetas del capital  nuestras acciones no tienen la más mínima importancia mientras sepamos preservar nuestra marca, sea  o no consecuente y coherente  con nuestros actos realizados o con los que tenemos previsto perpetrar.  El hábito hace al monje. Lo demás son majaderías morales para pobres ingenuos. 

A pesar de que nos reconozcamos en él, nuestro  nombre es una imposición  fruto del santoral arbitrario, de la herencia de una saga que se pierde en el tiempo, o del grado de mala hostia, estulticia, alcohol , drogas en sangre y mal gusto que poseyó a nuestros progenitores en el momento de nuestra  inscripción registral. Lo demás depende de nuestras decisiones, de nuestra soberana voluntad, o de la voluntad de otros con suficiente poder de influencia  como para provocar nuestra cándida y rentabilísima  imitación. 

Invertimos  toda una vida intentando encajar  nuestro carácter y nuestro aspecto  al nombre de pila para  formar un todo armonioso y coherente con  el que  presentarnos con cierta solvencia en las múltiples situaciones que nos exige vivir en sociedad.  De manera que hoy día, si  te llamas Ecesidio, Prisciliano, Sinforosa o Celsa,  es muy  difícil triunfar, por ejemplo,  en el sector de  las nuevas tecnologías o en el showbusiness,  por  muchos softwares o castings que estos cuatro pobres ciudadanos hayan mamado, a no ser que uno se gaste una ingente cantidad de dinero en colocar su nombre para conseguir que todo el mundo lo perciba como algo consustancial y necesario, tal y como hace a diario ‘El Corte Inglés’ o ‘Coca Cola’, que pasan por ser dos de las marcas mas valiosas y que contienen  las palabras  menos comerciales del planeta;  tan comerciales como puede serlo Sinforosa. 

Desde que la publicidad y los gabinetes de comunicación  se  apoderaron de  la política, esta fenomenología no le es ajena. Más bien todo lo contrario. Hace décadas, los grupos de personas que fundaban un partido político lo bautizaban en función de su ideología, y no engañaban a nadie. Así por ejemplo, los miembros de un partido comunista eran comunistas, y trabajan políticamente por una sociedad comunista. Coherencia equivalente mostraban  socialistas, anarquistas, liberales, monárquicos,  conservadores, republicanos,  fascistas, falangistas, nacionalsocialista, etc… Con la llegada de la postmodernidad, muchos de estos ismos se evacuaron, igual que vino rancio,  por los sumideros de la historia. Gracias a la acción del contrincante,  o por méritos propios, (lo que hoy llaman la zona oscura del  background)  se impregnaron de valores muy poco recomendables como para acudir con garantías a una cita electoral en un sistema democrático occidental bajo su original término bautismal. 

De modo y manera  que los partidos políticos que hoy nos piden la confianza para distribuir nuestros impuestos, garantizar nuestro futuro, cuidar de nuestro bienestar, y legislar las normas que configuran un modelo determinado de convivencia y de sociedad, se han puesto en manos de gabinetes de comunicación y relaciones públicas que piensan  única y exclusivamente en vender, es decir, en captar nuestra atención y nuestra voluntad para que votemos a los partidos que les han contratado sin atender a  ninguna otra apreciación. Todo vale. Y como  se trata de vender, lo primera que hay que decidir es el nombre, la marca, cómo presentarse en sociedad, qué color definirá a su cliente, qué palabras son las sustantivas y diferenciales para obtener un lugar propio y bien definido en el mercado electoral. 

En España, el resultado  de este proceso es un gran espacio de intersección en el que todos los grandes partidos estatales aportan con sus siglas una absoluta disparidad entre el concepto ideológico que las define y la realidad de sus acciones políticas. Es decir, que sus nombres mienten más que  los líderes que los representan, con lo cual obtenemos una extraña y sarcástica coherencia. 

Así, por ejemplo, uno de los más hábiles ha sido el Partido Popular (PP) Utiliza en su nombre un sencillo adjetivo que apela a la gran masa de votantes. Nos llama a usted  y a mí, que vivimos en los pueblos de España, que trabajamos y pagamos impuestos y cuidamos a los nuestros.  Un adjetivo familiar, próximo,  que se ha hecho con la ambicionada transversalidad electoral y con el que se puede identificar todo el mundo. PP es un nombre de éxito. Gobierna para un porcentaje privilegiado y muy reducido de personas (de las cuales muchas de ellas ni se molestan en ir a votar) gracias al voto popular de millones de personas que han visto cómo sus dirigentes roban a manos llenas, recuperan gestos, costumbres y actitudes propias del franquismo, ondean con beligerancia y chulería legionaria la bandera de la patria y legislan en contra de los intereses de quienes les votan. Son populares gobernando para los privilegiados. Y al paso que vamos, por muchos años. 

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) es de los pocos que mantiene su nombre histórico. Su tarjeta de presentación son tres atributos. De estos tres, el único  sincero es el último. Hace ya tanto tiempo que no es socialista que la S se han convertido en  la consonante muleta  que encontramos en palabras incómodas de pronunciar, tales como como psicología, psicofonía, psiquiatría o pseudo.  Lo único que hay de obrero en este partido es buena parte de su militancia, que desde el apoyo de a la dictadura de Primo de Rivera ha aguantado y aguanta traiciones al ideario de sus fundadores con la falsa coartada de la vocación de gobierno, la responsabilidad de Estado y blablabla.  Boyer, Solbes, Solchaga, González,  Bono, Rubalcaba… son ejemplos del gusto por lo caro, por el lujo; personajes altivos, representantes aventajados del neoliberalismo más recalcitrante. Este partido, gracias a su nombre, desclasó a los trabajadores españoles que confiaron en él  y enterró en una fosa común  las ilusiones de medio país cuando todo estaba por hacer. Aun así, unos cuantos millones de españoles todavía compran el color rojo de su rosa, y el falso socialismo obrero de su nombre. Es lo que se llama una marca longeva, de pusilánime clientela fiel. Una última cuestión ¿Por qué muchos evitan pronunciar la P de partido cuando nombran al PSOE y le llaman SOE? 

Izquierda Unida (IU) no es el nombre y el apellido de un partido. Es una frase, una súplica   clamorosa,  una  ambición nunca conseguida, un sueño histórico, la panacea de generaciones y generaciones de políticos que desde la revolución francesa aspiraron a una unanimidad de criterios, de estrategias y de objetivos entre  todas y cada una de las facciones que surgían de un mismo tronco ideológico, que pretendió y todavía pretende transformar la sociedad. Por eso, este nombre, lejos de definir ni siquiera un objetivo, o una utopía, delata  una nefasta y crónica carencia. Tras ese adjetivo que apela al acuerdo, al consenso o a la unanimidad, aparece burlona la realidad atrabiliaria del enfrentamiento entre iguales, del sectarismo, del  quítate tu para que me ponga yo. Esa es una de las razones por las que a esta federación de partidos, que intentan camuflar con su nombre su origen y naturaleza comunista, no venda  tan bien como los dos anteriores. Es cierto que el nombre es  tan tramposo como el del PP o el del PSOE, pero una cosa es mentir y otra muy distinta promover y difundir en el seno de tu organización, con las puertas abiertas, la algarabía y el desbarajuste de un constante rifirrafe  para después presentar a esa misma organización como Unida. En su favor podríamos decir que, en comparación a los partidos anteriores, cuando tiene oportunidad de gobernar cumple en mayor grado sus compromisos con los votantes a quienes solicita la confianza. 

Emulsionando el rojo y el amarillo  se obtiene el color naranja con que se presenta Ciudadanos (C's); un color secundario llamado a protagonizar nuestra historia durante los próximos años si no ocurre algo o alguien no lo remedia. Este partido nació en pelotas con la virtud de un buen bautismo, al más puro estilo evangelista. Igual que el PP, su nombre nos apela a todos sin definir qué tipo de ideología transporta en el maletín. Por eso las expectativas de venta son altísimas, porque el segmento de su voto es transversal. Además, se ha hecho con la escritura de  propiedad  de la palabra que mejor identifica una democracia occidental, cuyo origen se remonta a la antigua Grecia. Aristóteles ya la define. Y es que, a lo largo de la historia, el término ciudadano ha expresado  la facultad de los individuos de una sociedad para gobernarse a través de las leyes que ellos mismos han establecido y corresponsabilizarse  colectivamente de sus destinos. Cuando apuestas por un nombre así hay que ser extremadamente escrupuloso y ejemplar, y procurar evitar el divorcio entre las palabras y los hechos. Por lo que parece, el Rivera que nos ha tocado en suerte este siglo no está  por la labor, y a pesar de que ya hace ya tiempo que descubrimos la lata bajo el falso baño de oro  -su naturaleza filofascista y neocon-  millones de ciudadanos españoles les van a votar.  Al menos  eso es lo que augura insistentemente el grupo PRISA. 

El 15M nos trajo a los enviados de la nueva política; un grupo de profesores universitarios de ascendencia filocomunista que pretendían asaltar los cielos al rebufo de un estallido  de  indignación masiva. Leyeron “La educación sentimental” de Flaubert y se organizaron en Círculos, emulando a la Comuna de París. Al poco,  se organizaron como partido político capitalizando lo que ocurrió en las plazas de España y se  presentaron a las elecciones con el nombre de Podemos, a pelo, sin  un triste signo de admiración con el que enfatizar su deseo. Porque el verbo en primera persona del plural que  nombra el partido de Pablo de Iglesias  en realidad es una frase unicelular plagiada del Yes We Can Obamiano, con la diferencia de que Barak Obama tenía todas las garantías para ganar y la victoria de San Pablo y los suyos era menos probable. Esta es una cuestión crucial, porque si Podemos no alcanzaba el poder no hacía honor a su nombre. El resultado electoral estaba  íntimamente ligado a su denominación y, desgraciadamente,  los hechos la desmintieron, de manera que  dadas las circunstancias,  la marca se va al garete. Porque, efectivamente, no pudieron, y el partido de la nueva política se convirtió en otra fuerza parlamentaria al uso, que ahora vive sus contradicciones y sus carencias organizativas como vivo yo mis almorranas, en silencio. Por cierto ¿Alguien recuerda ya los Círculos? ¡Qué lejos queda todo! 

Tan lejos como el día de mi bautismo. Fui yo quien escogió mi propio nombre, hace ahora 11 años y cada día que pasa, con cada pieza que escribo,  lo deshonro y lo refuto, igual que estos cinco  partidos políticos.

(En una próxima entrega intentaré desmentir el significado de los nombres de otras fuerzas políticas, sobre todo las llamadas nacionalistas, soberanistas, territoriales, o como quiera que se llamen, tan cargados de mentiras como los estatales.)

martes, 20 de marzo de 2018

Ya me lo decían mis padres


Un buen día te encuentras  en casa, todos a la vez y sin avisar, a Platón, Aristóteles, Kant, Rousseau, Goethe, Weber, Nietzsche, P. Berger, Tocqueville, Bonhoeffer, Jung, Freud, Horkheimer,  Ortega y Gasset, Bergson, Hegel, Durkheim, Arendt  y un largo etcétera  que completaría una lista de invitados  formada por  los nombres más brillantes del pensamiento occidental. 

Quien les  abre la puerta es un  servidor, alguien apabullado por las contradicciones, acostumbrado a llevarle la contraria a todo el mundo y a perder a diario la poca credibilidad sembrada el día anterior, porque suelo practicar el desconcertante ejercicio de pensar ayer A, y hoy decir B.

Esto es lo que les  suele ocurrir a quienes, como yo, no saben pensar metódicamente. Miramos a nuestro  alrededor,  buscamos respuestas  que alumbren un atisbo de verdad al respecto de nuestra naturaleza, de la sociedad en la que vivimos,  y terminamos perdiéndonos en un laberinto de reflexiones inconsistentes, sin saber siquiera si nos hemos movido del punto de partida o nos encontramos ante una trampa sin salida.

Quizá ese sea uno de los motivos por los que casi siempre he leído ficción, porque en las novelas también hallo verdades  como puños y no es demasiado difícil identificarse con  modelos o prototipos humanos que  viven, trabajan, aman, luchan  y mueren igual que yo.

Por eso, aunque parezca paradójico, leer buena literatura me proporciona conocimiento,  placer estético  y al mismo tiempo inseguridad, porque el dios creador de esas  criaturas noveladas me lleva de un lado a otro de mis principios, no sé si buenos o malos, perjudiciales o beneficiosos para mí y para mis semejantes, pero en cualquier caso, mis principios; aquellos que adquirí sin darme cuenta  con el ejemplo de mis padres: honradez, bondad, generosidad, solidaridad, justicia, sinceridad  y esfuerzo.

Papá y mamá son dos personas de origen humilde,  la consecuencia personificada de determinadas circunstancias históricas marcadas por un régimen tiránico y despótico que impuso el miedo como principal herramienta de gobierno y de control político y social;  que sumió en la miseria y la explotación  a buena parte de la población durante décadas, desarraigándola de su  tierra natal. Sacar adelante una familia en esas condiciones y proporcionar  un futuro a unos hijos supone toda una heroicidad. Si además sus descendientes  se indignan antes las injusticias y educan en esos mismos valores a los suyos, el resultado de su paso por el mundo no es que resulte inmejorable, es que es  ejemplar.

Papá y mamá jamás leyeron a Aristóteles, a Kant o a Nietzsche. Es más, ni siquiera sabían de su existencia.  A lo sumo oirían alguna que otra vez sus nombres cuando mis hermanos y yo recitábamos de memoria, sin saber lo que decíamos, por ejemplo, los fundamentos de la "Crítica de la razón pura",  transcritos y descontextualizados  sin clemencia en el manual al uso del bachillerato que teníamos el deber de  vomitar el día del examen. De manera que para mí,  esos pensadores no eran más que nombres tortuosos, en el sentido literal de la palabra, y ahora sé que en ningún caso me podían enseñar más de lo que mis padres me enseñaron.

Papá murió hace tres años  y no hay día que no piense en lo injusto de su muerte, que no recuerde su presencia, su aspecto, su voz y su bonhomía. Mamá, afortunadamente, vive su vejez con buena salud. Disfruta viendo crecer a  sus nietos y de vez en cuando, en las reuniones familiares,  nos regala sonriente alguna nostalgia de su pueblo natal. Es en esas comidas o cenas  donde, en ocasiones -en contadas ocasiones-  sus hijos reconocemos  públicamente  su legado de valores,  su ejemplaridad. Entonces mamá nos mira y sin pronunciar una sola palabra nos pide con un gesto casi imperceptible que recordemos las decenas de veces que predijo que algún día diríamos lo que en ese momento de espontánea confesión familiar estamos reconociendo.

De manera que,  inconscientemente, a pesar de nuestra racanería para las revelaciones comprometedoras, mis hermanos y yo en realidad constatamos que  somos imitadores de una experiencia ejemplar  que nos ha permitido caminar por la vida intentando no hacer daño a nadie,  practicando el respeto a los demás, y procurando aportar con el trabajo y la honradez nuestro grano de arena a la sociedad. No es que nos hayamos ganado nuestro derecho a la beatificación, una calle con nuestro nombre, o a un busto esculpido y expuesto en la plaza del pueblo. Quien más y quien menos ha dejado de pagar las multas, ha  hecho trampas al mus  o ha robado un libro  en el Corte Inglés. Quiero decir que nuestra honestidad normal, exenta de inciensos y santidad, secularizada, practicada por hombres y mujeres corrientes, es la clave para que convivamos con cierta armonía en una sociedad democrática.

Todo esto que explico lo he experimentado,  y  lo vivo, pero no lo sabía. Mi mamá y mi papá también lo vivieron, aunque también lo desconocían, por razones diferentes a las mías, porque a pesar de que el ejemplo de quienes gobernaban era el no-ejemplo, la corrupción,  el miedo y la opresión, ellos hallaron el modo de criar a sus vástagos en unos valores que nada tenían que ver con lo que la tiranía proponía. La razón probable  es que mis abuelos también lo vivieron, aunque tampoco lo sabían.

Es decir,  una amplia red  de influencia se extiende en mi estirpe  que ha provocado, generación tras generación, la imitación de la experiencia ejemplar  y  la emulación espontánea vital de unas costumbres morales practicadas por individuos con los que comparto mis genes,  cuya consecuencia final  es la  armonía social, siempre y cuando otras muchas redes  similares confluyan, se crucen y se multipliquen a lo largo del tiempo en espacios geográficos concretos. 

Yo  ahora lo sé  porque resultó ser  Javier Gomá Lanzón quien invitó a mi casa a esa recua excelsa de sabios. Lo conocí por azar después de traicionar por enésima vez  la ejemplaridad de papá y mamá.

Una mañana de sábado robé en la cafetería el suplemento cultural de La Vanguardia y allí estaba: Javier Gomá Lanzón, autor de “Tetralogía de la ejemplaridad”. Tardé solamente  tres días en obtener los cuatro volúmenes y casi dos meses en leer con mucho esfuerzo “Imitación y experiencia”, “Aquiles en el gineceo”, Ejemplaridad pública” y “Necesario pero imposible”, publicados en edición de bolsillo por la editorial Taurus. 

No voy a cometer la insensatez de redactar una recensión de la obra. Ni siquiera una aproximación, y mucho menos una reseña crítica. Me tiemblan las piernas solo de pensarlo. Cualquiera puede entender que abrir la puerta un buen día y ver con pasmo como entran en tu casa, uno tras otro, los grandes filósofos de la historia occidental, provoca  vértigos y  sudor al constatar en un instante fatal que no tienes nada en la despensa con qué agasajarles, que no hay hielo en el congelador y que la bodega de la esquina ya está cerrada. 

Pero para eso está Gomá, que entra el último  tranquila y sosegadamente, cerrando la puerta con delicadeza,  para obtener de ellos  todo lo que sea de provecho sin que se ofendan, aunque en ocasiones se enfrente a sus ideas sin demasiadas contemplaciones.

Porque Javier Gomá construye su teoría de la ejemplaridad sobre la base  de una pléyade de filósofos que elaboraron su pensamiento desde la Grecia  arcaica hasta nuestros tiempos, analizando, criticando y extrayendo de todos ellos  aquello que le resulta útil para construir  un sistema inédito de pensamiento que ofrezca a la humanidad una posibilidad rigurosa de convivencia. Su crítica fundamental se dirige hacia  el egotismo adolescente romántico y postmoderno; es inflexible con las ansias desmedidas  por resultar diferentes, que convierte en copias exactas a quienes dedican sus esfuerzos por intentarlo. Reivindica la aceptación de nuestra mortalidad y la finitud de todo lo que existe; no desprecia la vulgaridad y propone transformarla con el ejemplo; cree en una individualidad consorciada,  corresponsable con una colectividad secularizada; anima a la participación social  del individuo; cifra la esperanza en el legado de la experiencia  de cada cual  y se lamenta de la inexistencia de un más allá, necesario pero imposible; propone al héroe Aquiles como metáfora de la transformación desde una adolescencia estética hacia la madurez ética,  y al profeta resucitado Jesús de Galilea como modelo de ejemplaridad perfecta. Insiste una y otra vez  en la propuesta de una doble especialización con la que llegar a ser realmente individuales: casa y trabajo, corazón y oficio.Y sobre todo y ante todo, proclama a los cuatro vientos, sin complejos, la estructura ejemplar del ser: todos somos ejemplos de algo y para alguien. 

Si intentase leer este largo párrafo a papá y a mamá probablemente me escucharían pacientes por no hacerme un feo, aunque no entendiesen nada. Sin embargo, estoy seguro de que ellos saben sobre todo esto bastante más de lo que pueda llegar a leer, porque lo han practicado durante toda su vida. Por mi parte, solamente lo intento, y espero que cuando muera, gracias al ejemplo de mi experiencia y de mi paso por el mundo, alguien llegue a ser una buena persona y un buen ciudadano, y de ese modo yo pueda merecer una modesta  y esperanzadora  mortalidad.

miércoles, 14 de febrero de 2018

San Valentín desencadenado



Me cité  con un amigo porque necesitaba desahogarse, o consolarse, o quizá pensó que yo podría, por fin,  ofrecerle alguna solución. Los problemas  de amor tienen siempre mal pronóstico. Al final, cada cual se busca la vida como puede y suele ocurrir que  cuando intentamos hallar remedio a lo irremediable no hacemos más que hollar la rueda sobre el barro y hundirnos. 

Pero es difícil decirle a alguien a quien aprecias, angustiado y herido por  el desamor,  mira, escucha, si no te quiere no te quiere y no te va a querer nunca, así es que asúmelo y a otra cosa. De manera que escogemos la cafetería más concurrida, le invitamos a café y junto al ventanal que da a la calle, mientras él o ella miran embobados  los coches pasar,  empezamos a asesorarle  con consejos que un día nos dieron a nosotros y no obtuvieron más resultado que el desengaño, el dolor y la desilusión.

Sin embargo, en este caso concreto los hechos no sucedieron como suelen suceder. Sospechosamente, se presentó con gran energía, ufano, mostrando cierta voluntad de aparentar seguridad y entereza, nada que ver con alguien a quien acaban de abandonar,  nada que ver con alguien que ve cómo la persona con quien había imaginado toda una vida juntos, emancipados, no sólo se niega a compartir su destino sino que además le desprecia. 

A priori, yo tenía primero la obligación de escucharle, más que nada para poder hacerme una idea de la situación real y después ofrecerle mi apoyo y mis consejos que, como todos los consejos que se dan en estas situaciones, suelen resultar inútiles. Pero, qué se yo, hay que darlos.

¡Y ya lo creo que le escuché!. Estuvo hablándome durante dos horas largas. En la mesa ya no cabían más tazas de café y salimos un par de veces a fumar a la calle, con un frío de mil demonios  que no parecía hacer mella en él, porque fumaba compulsivamente, gesticulando,  arguyendo y fundamentando incesantemente sus consideraciones, mirándome muy fijamente a los ojos, a veces dirigiéndose al cielo, como buscando del altísimo la voz definitiva que le ungiese de una razón incontestable. 

Yo no veía en él a un hombre roto, afligido, torturado por la pena inconsolable de la desafección, atormentado por la impotencia de no encontrar la manera de recuperar a su amor. Más bien lo contrario. Su actitud era altiva. Cada una de sus palabras expresaba una seguridad en sí mismo un tanto extraña para alguien a quien han dado calabazas. Decía de sí mismo  que era lo mejor que nadie podía encontrar. Sus virtudes, sus orígenes,  su sabiduría y el resultado de su experiencia le posicionaban como el compañero ideal, ante el que nadie en su sano juicio puede resistirse y ante el que nadie podría llegarle a la suela de los zapatos, porque no va encontrar a nadie como yo, eso que se lo vaya quitando de la cabeza. 

Quizás fue por esas razones por las que en ningún momento percibí en su mirada o en su expresión pesadumbre, angustia o inquietud, el dibujo delator de los gestos que imprimen en nuestro semblante los efectos devastadores del desamor. Al contrario. Incluso en algún momento llegué a alarmarme porque pensé que mi amigo había  entrado en la espiral peligrosa de la irrealidad, ese proceso a través del cual uno redime los defectos propios en base a una acción combinada de excesiva autoestima, sueños de grandeza  y desprecio por lo ajeno. 

Y, para qué engañarnos,  algo de eso advertí. Quizás no había razón alguna para la alarma, y solamente  trataba de construir con su obcecación irracional  un arma con la que  protegerse  emocionalmente de la tristeza y del dolor, de una realidad adversa. Tanto era así que finalmente interrumpí  su discurso y le pregunté a bocajarro ¿Pero tú la quieres?  Me respondió arrugando las cejas, como diciendo,  ¡Y eso qué más da!  

Él supo en seguida que yo había traducido correctamente su gesto y, efectivamente, acabó por constatar mis sospechas. La aclaración que le había pedido le desconcertó porque en realidad, la cuestión de fondo no era qué podía hacer él por recuperarla a ella. Para mi amigo, la cuestión importante era que ella tenía la obligación de quererle, porque era más guapo, más listo, más inteligente; porque quien había tenido la gran fortuna de conocerle y no apreciaba  todo lo que podía ofrecerle en un futuro es que era tonta. 

Claro, llegados a este punto  de nuestro encuentro yo preví que la conversación se acercaba a su fin. De hecho, hacía ya unos minutos que me había arrepentido de no haberle dado una buena excusa para no presentarme  a la cita. Le aconsejé como buenamente supe sobre la necesidad de decidir entre dos únicas alternativas: o bien aceptaba que lo suyo era imposible y recomponía su vida estableciendo otros horizontes,   o bien la seducía, para lo cual le aconsejaba que no renunciase a su identidad, pero sí  un poco de humildad.

Y efectivamente, sucedió que lo que hacía unos segundos había pronosticado.  Se levantó súbitamente de la mesa con cierto ademán de perplejidad,  contrariado, como si yo no hubiese entendido nada de lo que él me había explicado. Se enfundó el abrigo, me dijo que los cafés corrían de mi cuenta y antes de darse media vuelta y salir definitivamente por la puerta se acercó a mí y me susurró  “Eres como ella, como todos los demás, un botifler”. No le he vuelto a ver.

lunes, 12 de febrero de 2018

Un invierno de otros tiempos



Cuando el sol ilumina la lluvia se produce el arcoíris. Para observarlo hay que mirar hacia el horizonte. Las leyes de la física así lo dictan. Si la física no fuese gobernada por sus leyes, yo elegiría ver el arcoíris más de cerca, asomado a  la ventana, mientras me fumo un cigarrillo enriquecido y veo a un palmo de mis narices el detalle de la luz descomponiéndose en colores, atravesando libremente cada gota de agua sin la necesidad de construir un semicírculo perfecto, tal y como establece la ley de la descomposición refractiva a lo largo de su articulado. 

Entonces, si yo fuese capaz de desobedecer la ley,   en el aire de las calles mojadas flotarían infinitos alfileres de color que se precipitarían incesantes al asfalto, o sobre  los paraguas transeúntes, salpicando en sus cúpulas negras, minúsculas chiribitas pigmentadas.  Si fuese así, en el momento del chubasco psicodélico, la ciudad se transformaría en un paraíso hippie invadido por miles de centellas caleidoscópicas y las gentes no dudaríamos ni un instante en  aparcar nuestros deberes para disfrutar durante unos minutos de semejante espectáculo.

Alguna vez he imaginado que me convierto en un superhéroe sin trabajo y que en una noche de orvallo puedo volar igual que Batman. Imagino que sobrevuelo los tejados y las azoteas de la ciudad a altas horas, bajo el agua, en un momento en que hasta los delincuentes duermen, de manera que,  libre de obligaciones,  me dedico a buscar contra el reflejo de la lluvia en las farolas avenidas flotantes de colores, un bulevar de ensueño coronado por las líneas horizontales del arcoíris que dibujan en el aire la curvatura de las calles sinuosas. 

Sin embargo, la realidad es la que es, y por más que fumemos o soñemos  jamás podremos caminar bajo el arco formidable que construyen  la luz y  la  lluvia. Yo estoy seguro de que cada gota de lluvia iluminada por el sol contiene los siete colores de Newton, pero no lo puedo ver, ni tocar, porque cuando el agua cae sobre mi mano, la luz se evapora  y solo puedo ver transparentadas las arrugas de mi piel encarnada.

Ayer nevó. No suele nevar por aquí. Para colmo de la excepción, nevaba y al mismo tiempo lucía el sol. Frágiles copos de nieve se precipitaban sobre el suelo frío de un modo misterioso, porque no había nubes en el cielo. Nadie sabía si el viento del norte había transportado la nieve desde las montañas o si tras el cielo azul se escondía el nublado  negro que la precipitaba. 

Había quien decía que eso era un mal presagio, que cuando nieva sin nubes significa que algo no anda bien. Todo era muy extraño, pero así ocurrió. Yo busqué un resquicio de horizonte entre los bloques de viviendas, más allá de los límites de la calle, y oteé perseverante el arcoíris. Al fin y al cabo, me dije, la nieve no es más que agua y si el sol atraviesa sus copos, en algún lugar evacuará la luz de su descomposición.

Nada. El resultado fue nada. Finalmente se nubló y al ocupar el cielo las nubes negras, dejó de nevar. Al poco, el frío se recrudeció y el orvallo helado e insistente sumió a la ciudad en un invierno gris durante días. Parecía un invierno de otros tiempos.

lunes, 5 de febrero de 2018

Besiversario




"Y el beso se hizo carne, y habitó entre nosotros" Juan 1:14 (bis)

Siento contradecir a nihilistas, punkis epígonos  y demás impostores de la nada,  pero sólo el futuro es real. 

Es verdad: lo que quedó atrás ocurrió,  pero ha extraviado su materialidad.   

Quizá solamente podamos percibir  la consecuencia de su acontecer, que reclama presencia hoy y jura promesa mañana.

Porque  el  consuelo de la historia es  el vestigio de su protagonismo, la  impronta grabada del tiempo que pervive más allá de lo que le fue reservado  gracias a  la trascendencia  de sus actos.

Y es que el recuerdo no  alivia. Es más, la memoria y las imágenes que alimentan nuestra  nostalgia  no consiguen más que hurgar  en la impotencia de una restauración  y constatar la caducidad  de  lo  acaecido, la imposibilidad de una reencarnación de los espacios, las palabras y los gestos de aquellos días gloriosos; el sabor,  el aroma y el tacto conjugados en la ternura de un primer beso.

Uno persiste, invoca y evoca; ruega una vuelta al ayer, la restitución  de la materia, el viaje  milagroso que le transfiera a los lugares donde sucedieron aquellos segundos cruciales para comprobar que nada ha cambiado. 

Y es cierto, nada ha cambiado, excepto que los árboles son más frondosos y más viejos, la piedra es más oscura y el invierno ya no respira  la niebla que velaba los bancos.

Así que quedan pocas opciones.

Una es hallar el verbo que insinúe la levedad exquisita de aquel instante, fundador de tanta  vicisitud.

Otra es confiar en el futuro como única posibilidad creadora, encomendar y disponer en el altar de lo porvenir nuestras ilusiones y nuestro amor, el único lugar donde día tras día se reproduce con plenas garantías el milagro restablecido de nuestro primer beso.