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sábado, 10 de julio de 2010

El dilema


Estos últimos días he averiguado, gracias a la experiencia, el significado de lo que es un dilema. Si en un dilema se plantean dos disyuntivas extremas, máximas y excluyentes, es un dilema supremo, de verdad, uno de los bretes más duros a los que un humano se enfrenta a lo largo de la vida. El dilema por antonomasia es el que Shakespeare le prepara al príncipe Hamlet, quien ante la podredumbre y la corrupción que invade el reino de Dinamarca, ante la traición al trono y el asesinato de su padre, no sabía si ser o no ser. Los fascistas sublevados hicieron famoso al general Moscardó, quien tuvo que decidir entre rendir el Alcázar de Toledo o perder a su hijo: la cosa acabó como en los chistes de Gila: “me habréis matado al hijo, pero lo que me he reído ”. Yo mismo, el primer día que fui a comprar a una gran superficie en esta mi tercera vida, volví a casa sin nada. El paisaje de estanterías y más estanterías llenas de productos me bloqueó y no supe decidir, y durante cinco días cinco, pasé un hambre de mil demonios. Pero este es un dilema, digamos, de tres al cuarto, doméstico, sin marca existencial, sin consecuencias futuras, sin recuerdo, mácula o trauma. El dilema serio, el que me tiene en un sin vivir y que no sé si he solucionado bien, es el que me aconteció en Sudáfrica hace un par de días.

Viajé al país africano para vivir en primera persona la pasión del fútbol en su máxima expresión, dentro del acontecimiento deportivo del año, en el mundial. Quería experimentar y sentir en propia piel lo que hasta ahora sólo he visto por televisión, la excitación del aficionado, los nervios en el lugar del enfrentamiento, formar parte del espectáculo de un partido, pintarme la cara con colores de guerra, gritar junto a la muchedumbre el grito unánime y ensordecedor que surge del interior del estadio, como si fuese la voz de una enorme garganta , levantar los brazos y ser parte de una ola humana, beberme unas cuantas cervezas, insultar al árbitro, morderme las uñas, comer pipas, esperar a que la cámara del estadio me saque por la pantalla gigante y saludar sonriente con la mano, celebrar los goles, lamentar los errores con gestos exagerados de tragedia griega, y todo lo que se suele hacer durante un partido de fútbol. Y resulta que la selección española, encuentro a encuentro, cumple los pronósticos -esta vez sí- y llega a la gran final, final histórica, que se celebrará el domingo día 11 en Johannesburgo, justo pasado mañana ( no, ya mañana. Ahora son las 00,01h del dia 10). Horas después de la semifinal frente a Alemania, preparaba el viaje desde Durham hacia la capital sudafricana y, ya en el hotel, se me ocurrió conectarme a internet, por ver si alguien había dejado algún comentario en la entrada anterior, y navegando, navegando fui a dar con las páginas digitales de los periódicos catalanes y ya todo dejó de ser lo mismo, porque en aquel momento, una de las grandes disyuntivas de mi vida se me agarró al estómago igual que el bicho de Alien se aferraba con sus tentáculos de pulpo a la cara de su primer huésped. Catalanes, Catalunya ha sido herida, Catalunya ha sido vilipendiada, humillada. El pueblo habló y ahora se le calla. Como catalanes no podemos permitir que se nos insulte, que desprecien nuestra decisión soberana, que digan lo que tenemos que ser, ni mucho menos cómo tiene que ser el estatuto que tiene que solucionar todos nuestros problemas, incluido el de nuestra identidad, que es el más apremiante. Todos a la manifestación del día 10… Así se expresaban editoriales, columnas de opinión, artículos, entrevistas, y todo tipo de piezas dentro del amplio abanico de los géneros periodísticos. Entonces pensé “mi país me necesita, pero mi nación también” o al revés, “mi nación primero, después mi país, o será mi Estado, pero mi selección es lo que importa, porque en ella juegan los jugadores de mi patria, pobres patriotas que se sacrifican y visten una camiseta que no es la suya, un escudo que ni les va ni les viene, que oyen un himno como quien oye llover, pero que acuden a la convocatoria de la selección, porque pueden tener represalias. Se les ve en la cara, en los gestos, en la expresión, en la actitud, que acuden y juegan con la pistola en la espalda.

Con este panorama ¿Qué debía hacer? ¿Viajar desde Durham hacia Johannesburgo, como tenía planeado, para animar a mis compatriotas?¿ O viajar hacia Barcelona, inmediatamente, y participar en la manifestación? Lo haría por ellos, por los jugadores catalanes de la selección, porque no pueden ir, y está en juego su futuro si l’Estatut no conserva todas sus cositas. Y también lo haría por unos cuantos catalanes de pro que verán desfilar a miles trabajadores encabezados por un advenedizo útil, por alguien que no es de los suyos, a través de las calles de la capital, otra vez, desde detrás de las persianas de los balcones de sus salones, al fresquito del aire acondicionado, mientras toman un Dry Martini bien agitado y recuerdan a Millet, y Macià Alavedra, y Montull, y los del 3%, patriotas de tota la vida entrando y saliendo de chirona como quien sale del Liceu, con la sonrisa abierta y mesurada de la gente de bien ?. Me preguntaba ¿Qué diablos hago? ¿Disfrutar de la final y sentirme español? ¿O manifestarme y sentirme catalán? ¿O las dos cosas? Manifestarme el sábado y el domingo plantarme con mi bandera española delante de la gran pantalla del paseo MªCristina, con una Vuvuzela original, la bota de vino y la garganta y los nervios bien templados? ¿Y si gana la selección? Otro dilema más. ¿Grito España, España, como Manolo el del Bombo? ¿O grito solo el nombre de los jugadores catalanes? ¿O mejor, grito olé, olé en una ciudad antitaurina cuando bailemos (¿o bailen?) con el tiqui taca al equipo holandés?. Pocas veces lo he pasado tan mal en mi vida. Aquí me gustaría a mí ver al príncipe danés o al General Moscardó.

Tomé el primer vuelo desde Sudáfrica, y aquí estoy, a unas horas de la manifestación y a un día vista de la final del mundial, lleno de dudas y remordimientos, porque todavía no sé si he hecho bien. Y por si fuera poco, ahora que releo estas líneas, me invade otro dilema, el de Warnock. Mejor no explico en qué consiste.

Vuelvo mañana

Tantas vueltas para explicar algo que se puede decir en tres palabras: “Vuvuzela o Estatut”. De todos modos, si el señor me lo permite, yo que usted, me hubiese quedado en África, pero para no volver. Entonces iba usted a saber lo que es un dilema, amigo, en cada amanecer de sus días.

C.