La universidad era esa institución de gran relevancia social, política e histórica, que surge a principios del pasado milenio a imitación de la academia griega. Fue trascendental hasta prácticamente tocar la posmodernidad. Los últimos coletazos de envergadura los dio a finales de los años 60 de pasado siglo. Hasta entonces, lo que ocurría en la universidad provocaba cambios, debate colectivo, rechazos, filias y fobias, progreso, evoluciones, revoluciones y también involuciones.
La universidad fue esa creación humana occidental en la que se dirimieron, ni más ni menos, que asuntos tan cruciales y decisivos para nuestra historia como por ejemplo el error del heliocentrismo, la esfericidad de la Tierra, la humanidad de los indios, el antropocentrismo, la evolución de las especies, la gravedad y la relatividad, el derecho internacional, los derechos humanos, la economía de mercado, la razón, los límites entre los poderes religiosos y políticos, el carácter material de la historia, Dios, la muerte de Dios, las gramáticas, las leyes del lenguaje, el urbanismo, la injusticia de la pobreza, el valor del conocimiento … y así un sinfín de cuestiones tan significativas que han ido construyendo nuestro presente.
Es decir, fue en la universidad europea donde surgieron los principales rasgos de nuestra identidad, cosa nada baladí, porque es a través de ella que reconocemos lo que está bien y lo que está mal. Así, hasta ahora. Es curioso cómo los grandes nombres que en las últimas décadas han cambiado por completo el mundo, no finalizaron sus estudios universitarios.
Ni Steve Jobs, ni Mark Zuckerberg ni Bill Gates vieron la necesidad de continuar en la universidad. Ellos lo que querían era hacerse ricos, inmensamente ricos. La postura y el modo de hacer de estos individuos generó una ola de admiración tan grande como el ejército de jóvenes que se disponían a imitarlos. Todos empezaban sus proyectos con grandes pretensiones morales y de transformación social, que desde el momento que triunfaban inmediatamente se traducían por el número de ceros en sus cuentas de resultados.
Tal es la influencia de los magnates de Silicon Valley en el mundo empresarial que la camiseta y las zapatillas deportivas han sustituido al traje y la corbata en el outfit empresarial, e incluso institucional.
Otros nombres célebres como Elon Musk, Sergey Brin, Larry Page o Jeff Bezos, que con su acción emprendedora han provocado en tres décadas más cambios sociales e históricos que la Universidad de Bolonia en 900 años, sí que cuentan con formación universitaria, pero a estas alturas, que dispongan o no de un título universitario es un hecho del todo intrascendente.
Y es que la universidad ha devenido en una suerte de academia utilitaria de conocimiento que garantiza a la sociedad de libre mercado la provisión de profesionales convenientemente adiestrados, de algún que otro descubrimiento relevante en el ámbito de las ciencias de la salud, o de innovaciones tecnológicas al servicio de empresas con el objetivo de hacerlas más competitivas en sus respectivos mercados, eso sí, bajo el membrete edificante del progreso social y la mejora de nuestra calidad de vida.
Las investigaciones o hallazgos en el ámbito de las humanidades forman parte también de los logros del sistema, pero como no revierten a la universidad dinero en concepto de overhead, sencillamente son ignorados tanto por el mercado como por la sociedad, pues no aportan avances tecnológicos ni mejoras en la productividad, de modo que son considerados como un gasto a fondo perdido, un lujo que, quizás -pensarán algunos- no podemos permitirnos
Los responsables de la gestión universitaria, que en España pasa por ser autónoma, nos convencen de que cumplen fiel y escrupulosamente con las tres misiones de las instituciones que dirigen, a saber, la formación, la generación y la transmisión de conocimiento, y que además rinden cuentas de su actividad a la sociedad. No seré yo quien lo ponga en duda. Faltaría más. De hecho, estoy convencido de que es así. En Cataluña, por ejemplo, según el Centre d’Estudis d’Opinió, la universidad es la institución mejor valorada por los ciudadanos.
Sin embargo, tanto los equipos rectorales como la comunidad docente universitaria, han convertido la universidad en una institución de carácter administrativo preocupada por aparecer en puestos no demasiado deshonrosos en los famosos ránquines, en mantener una oferta de grados y masters que permita la actividad docente de su profesorado, en preservar determinados espacios de poder e influencia, y en ofrecer a sus comunidades autónomas los indicadores óptimos para conseguir al curso siguiente mejor financiación. En definitiva, el principal objetivo de la universidad pública en España es mantenerse en pie.
Cualesquiera de sus órganos de gobierno andan siempre atareados con cuestiones relacionadas con la financiación, la gestión de personal, o la intermediación entre enemigos que reclaman para sí más horas de docencia, nuevos grados y masters, y hasta más metros cuadrados de espacio donde ubicar nuevos equipamientos para sus proyectos de investigación.
De manera que nos hemos dado una universidad que, atareada como está en los despachos, ha optado, en el mejor de los casos, por asumir un cometido meramente utilitario en nuestra sociedad, y en el peor, por adoptar acríticamente y disciplinadamente los valores del libre mercado, hasta el punto de trabajar codo con codo con empresas o instituciones cuyo principal objetivo consiste, única y exclusivamente en el lucro.
La labor transformadora, en algunos momentos de la historia disruptiva, o de faro y guía intelectual y moral que la universidad realizó en el pasado se ha disuelto. Ante los grandes desafíos que a los que se enfrenta la sociedad, la universidad, como institución, ni está ni se la espera. Podrán sus profesores escribir virtuosos y trabajados artículos, o realizar descubrimientos importantes, pero ante el presente y el futuro la institución ha dimitido, se ha convertido en toda una experta en abrir y cerrar la boca detrás de una pecera intentando escurrir su responsabilidad que en el pasado le otorgó el rol de la vanguardia, de exploradora en el desfiladero.
A lo sumo, hace suyo el discurso de esas mujeres despampanantemente bien esculpidas que se presentan a los concursos de belleza, y coloca en las fachadas de sus facultades, o publica en sus páginas web, bienintencionados lemas y manifiestos en contra de la guerra, a favor de la paz, de la igualdad y de los derechos humanos. De vez en cuando, si la ocasión lo exige, los rectores y decanos convocan un minuto de silencio por alguna causa de las que consideramos justas. Y ya. Ahí termina el compromiso universitario institucional. No pida usted más, porque no conviene, porque no estamos para eso. No estamos ni para transformar, ni reorientar, ni criticar, ni siquiera educar. Estamos para lo que estamos, y déjeme en paz, que tenemos mucho trabajo.


1 comentario:
Tal cual, nos pusieron a todos a producir articulos en revistas científicas y el fordismo académico nos hizo dejar de pensar. Y se hizo a sabiendas para anular a la Universidad como actor crítico en la sociedad. En España a través de la ANECA y la LOU 2001 y sucesivas. Nuestras consciencias e intelectos se perdieron en el afán de publicar.
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