Siempre cunde el asombro el revelar mi edad a quien quiere saber que el verano pasado cumplí noventa y cuatro años. Hay una
extraña curiosidad insidiosa, o quizás sólo se trate de un poco de morbo
inocente, consistente en el deseo de conocer los años cumplidos de las ancianas
que caminamos sin tacatá, nos hacemos la compra, comemos y cocinamos cuatro
comidas diarias y, en definitiva, nos desenvolvemos en nuestra vida sin
depender de ayudas externas.
Lo más extraño es que, una vez desvelado el misterio, no
contraataquemos con la misma curiosidad. A mí qué más me da la edad de cada
cual. Pues los que tengas, bien está, porque hay en el interrogante algo más
que curiosidad o admiración sincera, qué sé yo; por ejemplo la aspiración
inconfesada de llegar al mismo límite, o una recóndita y malsana perspectiva de
verme en poco tiempo babeando la papilla de manzana elaborada en un geriátrico
con todo el cariño.
Eso sí, al poco de charlar conmigo, esa admiración o
perversa prospección se matiza, pues todos advierten que mi memoria reciente
flojea. Yo soy consciente. En ocasiones hasta me resulta divertido porque,
aunque a veces me da rabia no poder nombrar con su nombre propio, por ejemplo, a
la dueña de la panadería donde compro mi barra de cuarto desde hace ya
cincuenta años, sé que al repetir una pregunta o cualquier observación, al
insistir en la misma frase o en la misma cuestión una tercera vez, no recuerdo
que antes ya lo había intentado, y al cabo reconozco mi torpeza. No sé si me
explico.
Repito insistentemente, soy consciente, pero también incapaz
de evitarlo, y eso provoca en mis interlocutores un gesto disimulado de
conmiseración que agradezco y que por dentro me produce sonrisas, porque me
lleva a la infancia, o a mi primera juventud, cuando escuchaba una y otra vez
las historias de mi abuela de antes de la guerra de Cuba; cuando madre me pedía
que hiciese siempre como si fuera la primera vez que las escuchase.
Fíjate que yo creo que Dios neutraliza a los mayores la
memoria reciente para ahorrarnos poner atención a nuestro presente avejentado y,
al mismo tiempo, nos preserva los recuerdos antiguos ofreciéndonos cobijo en un
espacio protegido, personal, donde somos soberanas de nuestras arrugas,
achaques y degradación física como fin de una lozanía orgullosa e ilusionada
que, a pesar de las calamidades y del dolor de la época que nos tocó, nunca nos
permitió el lujo de pensar filosóficamente en la muerte, tan solo aceptarla
como el único hecho cierto, porque la teníamos tan cerca y a diario que hasta la
olisqueábamos.
Si algo es cotidiano, es así, sin más. Y quien se empeñe en
buscar sus motivos no encontrará más que la locura, o un vacío infinito, sordo
y opaco. La muerte es el vacío. Lo digo yo, que la veo cerca. Pero no me quita
el sueño. Tras casi un siglo me apetece un poco de nada.
Para mí, la existencia, o el tiempo, era una extensa campa
recortada a lo lejos en la silueta azul de las cumbres nevadas, telón de fondo de cosecha y de trilla, esquilas mansas meciendo su son en el vaivén de
los los animales, el zumbido de los tábanos, las voces rudas de los paisanos atareados junto a la veldadora, atando la mies
en sacos de a fanega, aliviados un año más porque de nuevo la tierra y su
esfuerzo les había salvado la vida, o el rasgar afilado, sabio y preciso del
cepillo carpintero en el taller de padre con la que pulía la madera, que como
por arte de magia se convertía días después en rueda de carro.
Todo eso lo recuerdo muy bien, pero no me preguntéis qué he
comido este mediodía. He comido, estoy segura, porque veo mi plato, la sartén y
los cubiertos escurridos sobre el paño que cubre el mármol de la cocina.
Además, todavía permanece el aroma del calabacín hervido con una cebolla dulce
que he triturado después para hacerme un puré -o una crema, como se dice ahora-
mezclado con el olor a fritura en aceite de girasol de dos filetes de pechuga
de pollo rebozados con huevo batido y pan rallado.
Creo que también he troceado un par de hojas de lechuga,
unos gajos de tomate y un poco de cebolla. La ensalada ya no huele a nada; ni
siquiera la cebolla pica, pero como siempre he tenido la costumbre del tomate,
la lechuga y la cebolla, todo aliñado con su sal, un chorro de aceite y
vinagre, doy por hecho que la he comido. Como decía Luis, mi marido, tengo buen
saque.
Pierdo la memoria de ayer pero el apetito nunca, ni siquiera
cuando he enfermado. Probablemente mi madre también puso cada día esa misma
ensalada en la mesa, aunque era otro sabor aquel, porque sabía a huerto. La
cebolla no es que ya no pique, es que no hace llorar. Llorar porque lagrimean
los ojos, pero eso no es llorar. Llorar es otra cosa.
No he sido yo muy llorona. Me resulta muy difícil verme a mí
misma llorando. Cuando murió mi madre -quizás- o cuando Luis se derrumbó ante
mí en la escalera, herido de muerte, herido de corazón, de corazón grande,
sobre el rellano delante de la puerta de nuestra casa con aquella mueca de
dolor, llevándose la mano a la espalda, igual que si le hubiesen clavado un
puñal, que nunca se me ha ido de la cabeza. De eso sí me acuerdo, y no hace
tanto.
Con la muerte de padre no lloré, creo. O sí, lloré, pero
seguramente el llanto en realidad era por mi hermana. Lo estuvo
cuidando durante años, postrado en la cama, el pobre. Como un vegetal quedó.
Padeció la enfermedad de Alzheimer , igual que mi abuela. Al verlos consumirse
y quedarse con el cuerpo de un pajarito una lo que desea es que se muera cuanto
antes, la criatura, y no cuando Dios quiera, y que Nuestro Señor me perdone.
Mis hijos se ríen de mí porque siempre les he dicho que
estoy destinada a quedarme como su abuelo. No sé si se ríen para atenuar la
importancia de mi pronóstico o porque con la edad que tengo parece que me
frustre no haber acabado mis días como padre. No lo niego, la cosa tiene su
gracia, pero estoy a tiempo. Dicen con cachaza castellana que todavía mantengo
la esperanza. Lo que sé es que cerca de cumplir el siglo todo lo que me puede
ocurrir tiene un solo nombre, y es la vejez, o la muerte, como se quiera; sinónimos
deberían ser, sin dramas, ni lágrimas. Y es que no es algo que me quite el
sueño.
Cuando vienen a verme les digo que cualquier día me
encuentran aquí, recostada en el sofá, con la televisión encendida. He pensado
mucho en esa imagen y me he sorprendido riendo aquí, sola, como una tonta,
sentada, viendo a toda esa gente guapa que se cree tan lista pero que no dice
más estupideces y sinsentidos. Me río porque me veo muerta ante la pantalla iluminada de rostros
maquillados, tiesa y fría, sorda y ciega
ya para siempre, frente a la pantomima
diaria con que nos invaden la existencia para apartarnos de lo importante, o
para contarnos cómo son o cómo fueron nuestras vidas, como si no lo supiéramos.
Nos tienen por lerdos.
Se diga lo que se diga, es que es así: hemos permitido que
otros nos digan cómo vivir y cómo vivimos, y así ya nadie sabe quién es en
realidad, ni lo que le conviene ni lo que no le conviene. Lo supe la semana
después de comprar el primer televisor, poco después de que el hombre llegase a
la Luna, creo. Fue Jesús Hermida -creo recordar- el primer hombre que pisó la
Luna. Madre nunca lo creyó. No que fuese o no fuese Jesús Hermida, sino que
hombre alguno pisase la Luna.
Además, como no me acuerdo ni de lo que he comido, lo mismo
me da que salga presidente Sánchez o Núñez, porque una ya no sabe lo que dijo
uno ni lo que dijo el otro. El que no me gusta nada es el de la barbita. Es un
mal cristiano, un maleducado, y un poco macarra, ese caballerete de la barbita.
Tiene mucha mala baba. Quiera Dios que no salga, porque traerá el infierno,
otra vez. Mis nietos no saben lo que fue aquello. Mis hijos creo que algo sí,
porque escucharon de nuestras voces aquella historia, pero a mis nietos ni
siquiera se lo han explicado en el colegio.
Cuando me harto de tanto guaperío en la televisión echo mano
al periódico, o a la revista que publican un par de veces al año en mi pueblo, o
bien releo un par de libros que ha escrito mi hijo el del medio, uno con las
tapas rojas y otro con las tapas verdes.
De esos dos me gusta más el de las tapas verdes porque trata
sobre cosas de allí, de mi tierra. Claro, él también conoce mi pueblo porque en
verano me los llevaba allí, a pasar las vacaciones, aunque me da que mucho de
lo que dice se lo inventa, pero me gusta leerlo, por mucho que haya episodios o
anécdotas que no sucedieron como los cuenta. Como olvido al día siguiente lo
que leí, pues vuelvo de nuevo a las misma página y así me parece que leo un
libro nuevo y arrugo de nuevo el hocico, escéptica, preguntándome de dónde
habrá sacado mi hijo todo eso que escribe.
Me da la sensación de que mi hijo lo ha escrito para no
olvidar, aunque no entiendo qué gracia puede tener empeñarse en recordar lo que
nunca sucedió. En cualquier caso, no me parece mal que intente preservar sus
invenciones. Así, cuando sea tan mayor igual que yo ahora, podrá leer una y
otra vez lo que creía que vivió.
En el libro verde todo sucede allí, en mi casa, en la casa
de madre y de padre, la casa donde nací y crecí, que dejé para después
venirme aquí, un lugar extraño en el que no conocía a nadie, en el que parí a
mis hijos, este lugar en el que convivo con mis recuerdo y mis olvidos, en el que no pasa un día sin que me arrepienta
de haber vuelto después de la muerte de mi Luis, el padre de mis tres hijos.
De todos modos ¿Qué hubiese hecho allí, yo sola, en esos
inviernos fríos, ásperos, sin nadie con quien hablar? Mi casa un refugio de fantasmas,
voces familiares, imágenes evocadoras reencarnándose gracias a la memoria cotidiana
de los trajines de tantos hombres y mujeres llenos de vida, a los que quise con
todo mi corazón cuando los tuve lejos; gente que llenó de vivencias, de risas y
de aspiraciones inciertas esos espacios. Me hubiese vuelto loca.
No me fui. Sigo aquí, en el mismo lugar donde he construido mi
familia. El otro día uno de ellos, no sé si la mayor o alguno de los dos chicos
– ¡Hay que ver, qué rabia, lo que me cuesta hasta recordar sus nombres! – me
trajo una hoja de papel que reproducía una carta manuscrita, y con ese
desparpajo que Dios les ha dado me retó a que reconociese la letra o la autoría
de la misteriosa epístola.
Deben creer que estoy peor de lo que estoy, pero todavía soy
capaz de reconocer mi propia caligrafía. Además, la carta en cuestión luce en
su parte superior izquierda el membrete de padre. “Vicente Andrés Lacalle.
Taller de carretería”, para los amigos, el tío Carretas, carpintero, fabricante
y reparador de carros. Si no la hubiese reconocido como mía yo misma hubiese
pedido que me encerrasen.
Me extrañó mucho, porque no conservo la correspondencia que
mantuve a lo largo de los años, ni con mis padres ni con mi hermana ni con mi
hermano, ni con nadie. Lo tiré todo ¿De qué sirven los recuerdos de los muertos?
Los atesoro aquí adentro, donde nadie llega, hasta que mi último aliento los
disuelva y ya no sean más que almas.
Y claro, de ninguna manera podía yo conservarla porque, a la
sazón, la susodicha carta la remití yo misma a una prima hermana mía, más joven que
yo, a la que siempre quise mucho. La
Chata tenía toda la gracia, la simpatía y la frescura que Dios no me dio a mí. Hace
ya un año que murió, la pobre.
Encontró la carta una de sus hijas haciendo limpieza en la casa donde vivió y me ha llegada a través de mi hija la mayor, con quien
mantiene relación. He tenido aquí a mis hijos intentando
descifrar lo que yo le decía a mi queridísima prima. Se han reído de algunas
faltas de ortografía, pero no se lo voy a tener en cuenta; he estado siempre
tan encima de ellos para que escriban correctamente, que ahora que están ya a
punto de jubilarse, no les voy a reprochar que me pidan lo que antes yo les
exigía.
La carta no tiene ningún misterio, es incluso algo prosaica,
pero mira, les ha hecho gracia, sobre todo al del medio. Debe ser la
fascinación por lo antiguo. No creo que mi vida pasada les resulte interesante,
porque, en verdad, no tiene ningún interés. Es como cualquier otra vida, sin importancia
ninguna. Por eso no voy a transcribirla. Si no hubiese sido por su insistencia sobre
ese papel, creo que ni siquiera hubiese escrito esto que ahora escribo.
Pero como resulta que está sin datar, mi hijo el mediano ya
está especulando sobre el año. Sería, creo yo, hacia 1950 porque por entonces
ya enseñaba a coser a las mozas del pueblo, que se reunían en la gloria de mi
casa dos o tres veces por semana para que las enseñase a tomar medidas, dibujar
un patrón con tiza y cartabón, a hilvanar y coser y, en definitiva, a hacerse
un vestido.
A mi hijo le hace mucha gracia la frase final de la misiva.
Dice él que prueba que siempre he sido un poco marimandona. La transcribo para
que se vea que no tengo por qué esconderme de nada. “Bueno, haber (sic) si me lo haces bien pues
ya sabes que me gustan las cosas bien hechitas”. Con los jóvenes hay que ser expeditiva, porque si no es así se les va el santo al cielo y es la manera
de que aprendan a hacer bien las cosas. No sé qué puede tener de malo. Pero
nada, él dale que dale, y se ríe, se ríe mucho.
Después, a la semana siguiente del descubrimiento, vino otra
tarde con otra de sus obsesiones. Este hijo mío no sé a quién habrá salido. Le
dan unos arranques por cosas de lo más tonto que no sé yo. Quería saber si en
casa de mi padre teníamos pluma estilográfica. ¿Cómo íbamos a tener
estilográfica? Yo creo que en todo el pueblo no habría ninguna. Quizás en el
Ayuntamiento, porque había una máquina de escribir, que no sé si habría alguien
que la supiese utilizar. El alcalde, desde luego, seguro que no.
Escribíamos con lapicero o con plumín, que mojábamos en un
tintero. A él le extraña mucho que hubiese escrito la carta con plumín, porque
al no ver ninguna mancha de tinta corrida y observar el texto impoluto, sin
errores de caligrafía, y el grosor regular de las comas y de los puntos, sospecha
de que podría tratarse de una estilográfica. Pero yo le aseguro que no, que en el
colegio, otra cosa no, pero aprender a utilizar el plumín era lo principal.
Como es muy testarudo empezó a buscar en su teléfono móvil y
me enseñó la fotografía de una especie de bolígrafo que parecía una pluma, o a
la inversa, una pluma que parecía un bolígrafo. Es imposible, le dije, porque
yo no utilicé nunca un bolígrafo hasta que me vine aquí. Allí nadie los tenía.
Creo que no había en ningún sitio, porque no existían.
En realidad, me decía mi hijo, no es un bolígrafo. Se
llamaban Regia Continua. Fue el precursor del bolígrafo. Les llamaban plumas de
bolas, o estilógrafos. Algunos incluso “la atómica”. Nunca vi ninguna en casa -le
aseguro a mi hijo- y jamás vi a nadie utilizar esas atómicas, o como se llamen.
Entonces mi hijo me acerca la pantalla de su teléfono para que la vea con todo
detalle, muy de cerca y muy ampliada, la forma, el caperucho plateado y la punta
de bola por donde salía la tinta. Le insisto en no reconocerlo, pero él parece
empecinarse en lo contrario.
"Mira hijo, estoy mal de la azotea, pero recuerdo con mucha
claridad todo lo que viví hace ya algunos milenios, y te aseguro que jamás he
escrito yo con una Regia Continua de esas." No acabó de convencerse del todo. Me
daba la sensación de que no podía permitir que cuestionase o contradijese con
la verdad de mis recuerdos la imagen que sostenía él en la pantalla del dichoso
teléfono móvil.
Después intenté hacerle comprender que ya me hubiese gustado
a mí. Teniendo en cuenta el lugar de donde vengo y del tiempo del que soy, no se
me hubiese olvidado nunca la experiencia de haber cogido por primera vez un
Regia y garabatear con él unas palabras. Me hubiese parecido mágico.
La gente de ahora no es consciente de los años de asombro
continuo que hemos vivido durante toda nuestra existencia los que ya estamos entre
las década octava y novena de nuestras vidas. Más que eso. Son incapaces de detenerse
un instante a pensar en todo aquellos a lo que nos hemos tenido que adaptar sin
remedio, a la fuerza, si queríamos sacar adelante a nuestras familias.
No lo niego, todo o casi todo bueno, porque es verdad que
vivimos mejor, pero detrás de todos esos avances vienen los cambios de costumbres,
de manera de vivir, de pensar según qué cuestiones, de las que antes ni se podía hablar, y eso sí que se hacía complicado, porque me costaba discusiones
con mis padres y también con mis hijos. Yo hay cosas que todavía no entiendo,
que no me entran en la cabeza. Tendrá que ser así.
Y es que veníamos del arado, de la oscuridad, de calles sin
asfalto donde discurrían a diario y a todas horas animales a sus establos dejando
por doquier sus bostas que nadie limpiaba. Vivimos en casas sin agua corriente,
literalmente sobre la cuadra donde resguardábamos a los animales, el lugar
donde hacíamos nuestras necesidades. Apenas una bombilla colgando del techo
para iluminar las noches. Si alguien enfermaba, no podíamos llamar al médico
por teléfono. La gente moría de apendicitis, o de la triquinosis porcina, o de
la fiebre de malta, o del sarampión, o de
cólera.
Ese fue el tiempo y el espacio en el que yo nací y crecí. Por
eso, nadie puede imaginarse lo que supuso para madre o para mí ver a Jesús Hermida
poner el pie en la Luna en la pantalla del televisor de la vecina, donde estaba
medio pueblo viendo el acontecimiento, todos apretujados allí, como podíamos.
Y ahora viene mi hijo a casa y todo lo que se nos pasa por la cabeza y que no sabemos, lo escribe en su teléfono y en tres segundos obtiene no una, sino cientos de respuestas, que el problema está con cual quedarte, decidir cuál es la buena. Podría ser igual que consultar el diccionario enciclopédico que todavía conservo, pero no es lo mismo, se mire como se mire. Un teléfono lo contiene todo; todo es todo. Ya no nos va a hacer falta pensar.
La cuestión es que no estoy segura de qué es
mejor, si pensar o no pensar. A mi un teléfono móvil no me va a devolver la
memoria de lo que comí ayer. Tampoco de lo que yo he vivido. Eso me lo llevo allá
adonde vaya a ir, si Dios quiere. Me lo imagino como un sitio donde no es
necesario recordar ni olvidar, porque allí el tiempo no existe. Por eso dicen
que es El Paraíso.


