jueves, 30 de enero de 2020

El perfil bueno de Julio Iglesias



La Historia, según Walter Benjamin,  es ese ángel de fealdad inquietante que pintó Paul  Klee y que el pensador alemán colgó en la pared de su habitación porque  le sugería una  criatura huyendo de algo horrible, aterrorizada ante semejante horror.

Angelus novus  se caracteriza por un  rostro de grandes ojos que mira fijamente hacia el pasado, en el que tuvieron lugar tal número de catástrofes que han llegado a formar una gran montaña de ruinas a sus pies,  producto del movimiento de sus alas. El ángel –pobre diablo- desearía detenerlas, pero no puede porque desde el  paraíso del que procede sopla  el incontenible  huracán  del progreso que le empuja inexorablemente hacia el futuro generando esa monumental escombrera, tan alta,  que llega al cielo.

Como vemos, Benjamin no era precisamente un pensador optimista. Su alegoría es tan terrible como el rostro del ángel.  Entiendo que el contexto histórico de guerras  y muerte masiva en el que escribió le influyó poderosamente. Sin embargo,  afirmar que la humanidad debe pagar el precio de la muerte, del dolor y de la destrucción para progresar, contiene algo del cristianismo o del islamismo más recalcitrantes, que ofrecen el paraíso después del martirio,  o si se me apura, de algunos de los personajes de Dostoievski, que necesitan vivir en el  infierno para ganarse la redención y  el consuelo.

De cualquier modo, sea como fuere,  en mi opinión, la metáfora del ángel de la Historia contiene una gran belleza, precisamente porque es trágica, de un dramatismo sobrecogedor; porque a pesar de que su voluntad es la contraria, el ángel no puede dejar de extender sus alas y agitarlas, dejando tras de sí infamias, atrocidades y devastación. De ahí su rostro desfigurado en una espeluznante mueca que expresa en toda su esencia el calvario y la desdicha de su cometido. Parece rogar a su creador: “¡Señor, aparta de mi este cáliz, o destrúyeme!”.

Yo no voy a dar a nadie ni lecciones de Historia ni de  filosofía de la Historia, entre otras cosas porque estoy seguro de que  mi admirado ángel volaría sin pensárselo desde Oriente Próximo -que allí es donde probablemente se halla estos días- hasta el mismo portal de mi casa para acabar conmigo y con mi ignorancia.  Pero como mi atrevimiento no respeta  la más mínima compostura, no me resisto a  decir que los protagonistas del pasado jamás pensaron en sus vicisitudes cotidianas como objeto de interés prospectivo.

Quiero decir que a pesar de que creamos  que  la Historia es la recolección, evocación  e interpretación de sucesos y acontecimientos fundamentada en documentos, imágenes o testimonios que acaecieron a nuestros antecesores,  los protagonistas de ese pretérito jamás vivieron sintiéndose futuros objetos de estudio, a excepción, claro está, de todos aquellos megalómanos que en el ejercicio de su actividad artística, científica, empresarial, política o militar, actuaron frente al espejo con la finalidad de  alimentar sus vanidades presentes y póstumas.

Y es que la posteridad  para la mayoría de los mortales  a lo sumo resultó ser la inscripción grabada en una lápida que sus allegados leerían durante un par de generaciones, no para recodar los momentos de su existencia, sino  el día y el año en los que recibió tierra.

Es decir, que la Historia, en realidad, es una construcción humana del  presente, con mirada de presente, creada e interpretada por hombres del presente. Al ser esto así, nada de lo que un sujeto experimentó el año pasado o hace siglos es susceptible de considerarse  Historia, porque su vivencia surge siempre en la inmediatez de sus pasos sobre el tiempo de manera intransferible, sin conciencia de huella en el porvenir. De modo que por mucho que se empeñen las cátedras universitarias  o Tito Livio, el pasado no reside en la Historia. Ésta es una mera abstracción sumarísima gracias a la cual fabricamos el recipiente en el que apretujar  sin ninguna clemencia ni sensibilidad las vidas de los miles de millones de seres humanos que en el mundo han sido.

Y si el pasado no reside en la Historia, ¿Dónde encontramos a nuestros padres muertos? ¿Dónde las señales que dejó su experiencia? En las tumbas, en las cenizas que se diluyeron sobre las olas del mar o que durante breves segundos se dejaron llevar por el viento hasta precipitarse sobre la piedra, sobre la tierra mojada de lluvia.

El pasado es vida muerta, existencia extinguida, experiencia exhausta, y tan solo tenemos posibilidad de evocarlo  con la transmisión de la voz y la palabra  a través de los siglos y de la memoria. En la Historia no hay memoria, ni la memoria puede ser de ningún modo histórica.

De hecho, la  célebre expresión, lejos de parecer un vulgar pleonasmo es un oxímoron radical, producto, una vez más, de malos entendidos, lugares comunes y ante todo, la consecuencia de pretender birlar a la gente su horas de vida para poder retractilarla y cargarla como fardos de borra sobre plataformas  ideológicas y académicas. Así, una vez transformada en mercancía, es susceptible de transportarse a través del tiempo, lista para su posterior consumo, según los criterios del mercado, de la actualidad y de algunas voluntades perversas.

La memoria es la vida dentro del alma. La memoria es aquel que recibe de boca de alguien la narración de sus antepasados con el compromiso de transmitirla a sus descendientes en una cadena solidaria que en la misma acción transmisora vela por su pervivencia.  La memoria se vincula a lo privado, a la biografía de los próximos. La memoria es la subsistencia de nuestros seres queridos, de nuestros amigos que dejaron el camino, y también supervivencia  de los desconocidos a los que adeudamos un homenaje y nuestro reconocimiento por recordarnos con su sacrificio quiénes fueron o son nuestros enemigos.

Si eso es la memoria, entonces la memoria  es la Historia. Estos días se conmemora la liberación de Auschwitz y Mathausen.  Cualquiera que desee saber cómo se sufría, se sobrevivía y finalmente se moría allí debería leer los libros de Primo Levi. Los libros de Primo Levi son Historia porque son memoria transmitida. Pero para poder abarcar la Historia de la mayor barbarie humana de la que tenemos noticia, para descifrar la verdad  del sinsentido, del dolor y del horror de ese sacrificio en el tiempo, deberíamos leer  con los ojos del alma un libro escrito por cada uno de los seis millones de mujeres, hombres y niños  que fueron deshumanizados, sometidos y  asesinados en campos de exterminio nazis.

Esa lectura de seis millones de libros sería la Historia.

Desde un tiempo a esta parte, determinados personajes de demostrada mediocridad,  a quienes de un modo insensato les hemos regalado la responsabilidad sobre nuestros destinos, pretenden hacernos creer que  la Historia es una criatura binaria, una competición, un dilema shakesperiano, un boleto de la lotería, un partido de fútbol,  una escritura notarial que permite a su dueño ostentarla como si fuese de  su propiedad. La Historia  vendría a ser un ente de doble rostro que cuenta con dos perfiles muy definidos; algo así como la cara de Julio Iglesias, que exige siempre a los realizadores de televisión planos de su perfil bueno.

“Nosotros estamos del lado bueno de la Historia”; “Ellos han escogido el lado malo de la Historia”, afirman sin sonrojarse algunos contendientes de la cosa política nacionalista española y catalana.  Siglos y siglos de  enseñanzas  han resultado inútiles para aprender que, a pesar de rezar y albergar la certeza de que en el  campo de batalla Dios nos protegerá y nos facilitará  la victoria, mira tú por donde  el enemigo también reza…  al  mismo Dios. Así es que, para estos tipos, la Historia ni siquiera es objeto de  disyuntiva, sino de soborno, o en el mejor de los casos, de seducción.

En un alarde de ejemplar  arrogancia  traducen  la Historia como el cumplimiento de sus objetivos políticos, de tal manera que  nosotros, los ciudadanos, quedamos reducidos a  peones o actores pasivos de sus decisiones y sus ambiciones, en contraposición a los objetivos políticos del contrario, que utilizará para su cumplimiento la acción, la confianza y la esperanza de otros tantos cientos de miles de ciudadanos a través de un mensaje igualmente sectario, con la promesa para ellos, sus hijos, y  los hijos de sus hijos, de colocarles, efectivamente,  en el lado bueno de la Historia.

Me van a llamar alarmista, o alguna cosa peor, pero plantear en estos términos los ideales políticos y el modelo de sociedad, de convivencia y de progreso con el que se identifican miles de ciudadanos, supone tanto como conformar las condiciones meteorológicas adecuadas con las que se forme el viento huracanado  que agitará las alas del pobre ángel de Paul Klee, aumentando así  el tamaño de la ciclópea montaña de escombros.

Después vendrán los historiadores, escribirán la crónica de lo que sucedió, las voces de los muertos enmudecerán y ni el miedo ni la impotencia de quienes vivimos los hechos tendrán un lugar en sus libros ciegos, porque nunca les interesamos nosotros, nunca les interesó la memoria.

4 comentarios:

José A. García dijo...

Las formas de hacer historia han cambiado mucho en las últimas décadas, y la memoria de los testigos, de las víctimas, de los participantes, de los hecho analizados, tiene mucho peso en las investigaciones actuales.
Claro que esto sólo para aquellos casos en los que aún quedan sobrevivientes. Dudo que pueda hacerse algo similar en otras cuestiones.

Saludos,

J.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Por supuesto, Jose. A. Sin duda.

Lo que prentendo expresar va más allá del cometido historiográfico. Pretendo, pensando en alto y especulando con mis propios pensamientos, poner en cuestión la validez de los llamados estudios históricos des del punto de vista de la vida particular y cotidiana de la gente. Por ejemplo, a menudo, desde la política o desde determinados poderes se nos quiere hacer partícipes de movimientos y proyectos apelando a nuestro sentido de la historia, cuando en realidad, quienes lo alientan, solo pretenden seguir manteniendo sus privilegios gracias a la nuestra implicación, ingénua, y gratuita implicación.

Y por mucho que hoy día buena parte de los historiadores ejerzan honestamente su profesión obviando los grandes nombres y bajando a la calle, lo que debería cambiar es nuestra percepción de lo pasado, proponiendo o exigiendo una historia de la memoria de lo cotidiano, de los presentes que fueron y que ya no son.

En fin, no sé si consigo explicarme

Un saludo J. y muchas gracias por participar
¡Salud!

José A. García dijo...

Si, estás en contra de la vieja historia biográfica, donde los "grandes hombres" regían la vida de los pueblos.
Es cierto que todavía quedan quienes piensen de esa manera, pero son los menos. Aunque los que más llegada tienen a la divulgación.

Saludos!

J.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

No es que esté a favor o en contra de nadie ni de nada. Por su puesto, me parece mucho más interesente el enfoque intrahistórico para averiguar e interpretar el pasado.

Lo que me fascina o me obsesiona es nuestra manera despreocupada de extender nuestra vida cotidiana, día a día, sin conciencia de que en realidad estamos construyendo la Historia, y, al mismo tiempo, lo irrelevente que nos parece este hecho a la hora mirar hacia atrás para entender lo que sucedió y preguntarnos por qué hoy somos lo que somos.

Nos afanamos por preservar nuestra identidad particular, individual en el presente de nuestra vidas, pero concebimos la historia de un modo sumario, por mucho que intentemos el enfoque intrahistórico.

Sería maravilloso que cada uno de nosotros se ocupase de escribir los recuerdos de una sola persona allegada a nostros de la generación inmediatamente anterior, y que la siguiente hiciese lo mismo con respecto a nosotros. El conjunto de todo lo escrito en todo el mundo, conformaría la Historia, en mi opinión, la historia verdadera de la humanidad.
¡Salud, J!