miércoles, 6 de febrero de 2019

El péndulo de los sueños


Jornadas laborales estajanovistas, la hora exageradamente temprana de un vuelo, noches de juerga  hasta el amanecer, una enfermedad, o sencillamente nuestro propio ritmo circadiano nos produce sueño. Si no dormimos, nuestra salud se resiente.

Afirman los expertos que cuando dormimos soñamos, siempre, indefectiblemente. Otra cosa es que no recordemos lo que hemos soñado. Según Freud, padecemos amnesia de los sueños porque éstos son producidos por  nuestro subconsciente, ese espacio oscuro de nuestra alma que nunca damos a conocer porque nuestra naturaleza, nuestro instinto y nuestra voluntad racional está sometida a la dictadura de una educación represiva  y de las convenciones culturales y sociales. 

Cuando recordamos los sueños nos gusta compartirlos, porque son extraños, de ahí que la literatura y el arte acudan a menudo a las fuentes de lo onírico. Nos vemos a nosotros mismos en situaciones inauditas, inconexas, anacrónicas, en fantasiosos espacios inexistentes, conversando o protagonizando sucesos improbables junto a personas que no hemos visto en nuestra vida, que están muertas, o a las que conocemos muy superficialmente. Si el sueño es maligno y dentro de él sufrimos, entonces decimos que hemos tenido una pesadilla. Es tal el realismo con que experimentamos algunos sueños que los antiguos los interpretaban como premoniciones, o profecías de cumplimiento cierto. 

Nuestros padres  romanos utilizaban el verbo somniare para señalar  el delirio, o en el mejor de los casos, la imaginación. También, por supuesto, el somnus, o la acción necesaria y vivificantemente  reparadora  del dormir. De ahí surge  toda una familia léxico semántica que forma sustantivos como sopor, soporífero, ensoñación, sonámbulo o somnífero y si vamos a los diccionarios, casi todas la definiciones relacionan el verbo soñar con la representación mental de lo irreal. 

La vía griega del término parte de la raíz indoeuropea swep y por eso  los helenos construyen hypnos, origen de toda una serie de palabras relacionadas con la hipnosis, ese estado de inconsciencia semejante al sueño que se logra mediante sugestión y que  tiene como objetivo la sumisión de la voluntad de la persona para que realice todo aquello que le dicte quien se lo ha provocado. 

De manera que tenemos dos formas de soñar: por una lado la que nos ofrece descanso, conversación y filones de creatividad, y por otro la que nos mantiene sonámbulos, caminando hacia ningún sitio, delirantes, ensoñados, igual que si estuviésemos hipnotizados y obedeciésemos sin rechistar la gravedad de la voz seductora que nos mantiene inconscientes, alejados de la realidad, mientras añadimos ceros, de seis en seis,  en cuentas de resultados ajenas, a costa de nuestra existencia frustrada. 

Sin embargo, estoy convencido que si acopiamos valentía, quizás podamos llegar a  despertar. Para lo cual, lo primero que tenemos que hacer es discernir  sobre el gran mantra de la época, que en su múltiples modalidades nos grita o nos susurra imperativo, cara a cara, péndulo en mano ¡Cumple tus sueños! ¡No hay nada imposible! ¡Soñar es gratis! ¡Sueña! ¿Quién te lo impide?, porque  sin pensarlo, nos apresuramos a imaginar el coche de nuestra vida, una tumbona en el Caribe o  la casa de Pablo Iglesias, o exigimos furibundos y enrabiados la independencia de Cataluña, el regreso a una España Grande y Libre, que el Alcoyano gane la Champions  o, en el límite de nuestros deseos, la adquisición de todos aquellos bienes a los que nuestros sueños tienen derecho. 

La publicidad se ha apropiado de nuestras vidas  del mismo modo que se ha apropiado de nuestras aspiraciones. Y como la publicidad no es más que una estrategia humana destinada a vender productos o servicios elaborados por humanos, podemos concluir que, tras décadas de intensa experiencia publicitaria, finalmente hemos conseguido instalarnos en el centro de un bucle donde giramos centrifugados hasta alcanzar la mitosis celular,  transformándonos en extraños  seres duales  que comerciamos con ambiciones inalcanzables, al tiempo que invertimos la energía que no disponemos en satisfacerlas, abocándonos a todos hacia un abismo de desengaños y frustraciones en el que nos despeñamos. 

No solo no somos conscientes de vivir en ese bucle perverso del consumo y de los sueños rotos, sino que aplicamos la misma estrategia para convivir y construir el entramado social que de modo colectivo proyecta modelos de convivencia actuales y horizontes de expectativas futuros. Y es que la política, la actividad que debe encauzar nuestra aspiraciones colectivas, ha acogido con pasión y gran energía creativa  los mismos métodos de seducción que utiliza ahora cualquier pequeña empresa para vender  y facturar cuanto más mejor.

Imitando el modelo norteamericano, los partidos políticos se han puesto en manos de mercenarios de las relaciones públicas y la comunicación que un día hacen alcalde a Xavier García Albiol o secretario general del PP vasco a Carlos Iturgaiz,  y a la semana siguiente secretario general del PSOE y presidente del gobierno a Pedro Sánchez, como el afamado spindoctor Iván Redondo, artífice de la campaña de xenofobia y racismo que llevó al PP a gobernar a Badalona y al mismo tiempo, dibujante del perfil de Sánchez como el Kennedy peninsular. Y todo sin despeinarse. 

Pero más allá de ejemplos concretos y de la anécdota, lo realmente inquietante  es que, efectivamente, como misteriosos gurús de las esperanzas viables, el aspirante al poder se sienta antes nosotros y oscila el péndulo de izquierda a derecha mientras nos obsequia el oído con promesas y utopías a las que tenemos derecho por el simple hecho de haber nacido, y nos despierta con una última frase con la que  nos señala al causante de nuestras desgracias, aquellas personas y aquellas organizaciones contra las que tenemos que  luchar porque son el impedimento para que nuestros sueños se cumplan. 

Y así, gracias a  las persistente e infalibles  publicidades empresariales y políticas hemos llegado al convencimiento de que el nacimiento y nuestra mera existencia sobre la tierra  nos deberían  haber proporcionado el trabajo que merecemos, el sueldo que merecemos,  la casa que merecemos, el barrio que merecemos, el país que merecemos, el mundo que merecemos, y hasta el político que merecemos. ¡Querer es poder! Nos dicen. ¡Somos imparables! Nos dicen. ¡Cumple tus sueños! como una obligación, en imperativo, la imposición de anhelar o de vivir  irrealidades que  ni quiera vemos cuando dormimos. 

De modo que a  pesar de que vivimos a diario sus consecuencias, la realidad ya no cuenta,  y el trabajo, el esfuerzo y las incontables dificultades  que la hacen  posible ha perdido todo valor. No queremos la verdad, y por tanto, no nos queremos a nosotros mismos  tal y como somos. Hemos instalado nuestra cotidianidad en el autoengaño, porque aunque nos paguen cada mes 1000 euros de mierda por una jornada draconiana, nos autoconvencemos  de que es una situación temporal inmerecida, independientemente de que hayamos hecho algo  para evitarlo, y entonces nos ponemos en manos de mercaderes  de sueños que nos ofrecen en cómodos plazos la ilusión futura de una vida de ensueño, porque yo lo valgo. 

Así, las apetencias que circulan en nuestra sangre son de tal densidad  que hemos tenido que evacuar nuestras ambiciones personales ya que, aunque a menudo  las circunstancias las condenan y se hace imposible su realización, son reales porque son propias y singulares; son proyectos y anhelos que nacen, viven y mueren con nosotros. 

De esta manera, condenando al sumidero  nuestras quimeras intransferibles,  le damos rienda suelta a los deseos impuestos por ajenos a través del engaño de la publicidad,  construyendo día a día una sociedad altamente peligrosa, porque sus ciudadanos conforman una masa explosiva de frustrados dispuestos a todo con tal de acceder a lo inaccesible.  

Y hablando de sueños, el mío  es muy prosaico. Consiste en ser escritor. Pero como todos los sueños, tengo la certeza de que no se cumplirá, no por nada, sino porque se necesita un coraje y una valentía que yo no poseo. 

Aun así, de tanto en tanto, con el único objetivo de satisfacer mi vanidad, emborrono cuatro páginas que vuelco aquí, y por eso tengo a mi lado el Diccionario Ideológico Casares, un magnífico  invento lexicográfico, realmente  útil, porque   permite rastrear todo el campo semántico de una palabra o grupo de palabras. Yo manejo la edición de 1959. (La última actualización es de 2013). Por eso, cuando he buscado “Sueño”, me ha sorprendido que  entre las más de 200 palabras relacionadas con esta idea no hay ninguna conectada a ambición, aspiración o deseo. Todo es sopor y siesta, noche y descanso; irrealidad y ensoñación.

Tengo que hacerme con la nueva edición  y comprobar si la RALE ha incorporado la ilusión y el anhelo. Lo que está claro es que a finales de los 50, en España, sueño era descanso, y a lo sumo evasión. Y como dijo el sabio, ahí lo dejo. Ya es medianoche y estoy cansado.¡A dormir!

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