lunes, 16 de febrero de 2015

Jerry y Johnny


Yo vi la lágrima, estoy completamente seguro. Se precipitaba, como todas, hacia la boca, y hacia la tierra. Aunque, en honor a la verdad, cualquiera desmontaría mi testimonio, porque  la luz era tenue, azulada, de ese azul que oscurece; el azul que  aniquila las sombras, entre las que suelen moverse, como si fuese de día, los noctámbulos empedernidos, los melómanos exquisitos, los  snobs de trago largo, y toda la fauna  que frecuenta, al fin, garitos donde se interpreta y se escucha jazz.
En favor de mi credibilidad puedo referir que  yo estaba muy cerca, en primera  fila; tan cerca que casi me salpicaba la saliva de Jerry. Jerry  intentaba, infructuosamente, instantes de música. Jerry se batía denodadamente contra sí mismo por  respirar  alguna  una nota a través de su vieja  trompeta de plata, que absorbía en la atmósfera cerrada la tonalidad cobriza del metal oxidado, la misma que confiere el paso del tiempo a todos los instrumentos de viento.
Queríamos un buen sitio donde poder verle cerca, por eso llegamos tan pronto que pudimos  verlo  sentado sobre los escalones de la entrada, junto al contrabajista y el baterista. Aparentemente relajado, fumaba y levantaba ligeramente la cabeza para exhalar  el humo y mirar -o no mirar- a sus compañeros  a través de sus grandes gafas oscuras, bajo el sombrero plano, camuflando la vejez en su atuendo de siempre, y sin embargo un rostro liso,  de piel infantil, rematado en el mentón por una perilla casi inapreciable  que le otorgaba cierto aire de adolescente avejentado, quizás disfrazado con el  barniz de los años que  se va depositando sobre el rostro  en cada  viaje, en cada concierto y en cada una de las  largas noches  que empezaban justo al finalizar cada actuación.
A medida que nos íbamos acercando atenuamos el paso y el tono de voz, hasta quedarnos en absoluto silencio. A unas decenas de metros de ellos, poco antes de verles, caminábamos y hablábamos animadamente  al respecto de si se congregaría mucho público, de si  hay mucha o poca  gente que conoce la música de Jerry. Nos preguntábamos, por ejemplo, si  tocaría como a nosotros nos gustaba, con ese tono brillante de los grandes músicos latinos que han crecido en los iuesey  y que, aunque proceden de la luminosidad  tropical, no se pueden desprender  de la niebla underground, del  sabor sucio del asfalto neoyorquino.
Justo antes de abrir la puerta  estuvimos a punto de detenernos, y saludarle, y decirle que le admirábamos. Pero finalmente entramos sin hacerlo. Solamente fuimos capaces de pronunciar  un tímido saludo que no obtuvo respuesta. Y ahora me arrepiento, porque creí ver cómo Jerry giraba levemente la cabeza, en un gesto quizá de cierta frustración. Seguramente él  hubiese querido que nos hubiésemos detenido un instante, saludarle con la ilusión de dos admiradores y quizá haberle pedido una fotografía con el teléfono móvil. Al fin y al cabo él era Jerry, el gran trompetista.
Se cumplió nuestro deseo y no solamente no tuvimos problemas para encontrar un buen sitio, sino que  fuimos los primeros en entrar. Por eso pudimos sentarnos en primera fila y gozar de la soledad de un lugar que en poco tiempo se abarrotaría y se llenaría de voces, del sonido del hielo y el cristal de los vasos, de ese rumor flexible que se amolda al espacio como una gran tela de goma, cubriendo  con una especie de  licra los cuerpos del público, convirtiéndonos de esa manera  en una masa, en un solo ser.
Desde nuestro asiento podíamos contemplar  un hermoso cuadro; nos sentíamos privilegiados porque  nadie más disfrutaba de aquella visión: el descanso del contrabajo, recostado sobre el suelo ajedrezado, como un fabuloso animal  estirado que  espera dócil y pacientemente  a su dueño. A su derecha, en un extremo del escenario,  la batería, sencilla,  dormida, en completa oscuridad.
Pero si algo exigió por completo de nuestra atención fue la trompeta de Jerry. Nunca sabremos si alguien la dejó sobre el piano de cola de manera premeditada, si fue algo sencillamente casual o si fue el mismo Jerry quien decidió colocarla sobre la tapa negra. Sea como fuere, el destino, la casualidad o un deliberado sentido escenográfico, la cuestión es que la trompeta yacía junto a  un  globo de luz en forma de luna colocado en el extremo de la curva que forma la cola del piano, de manera que la silueta del instrumento de viento absorbía la claridad cerúlea de la lámpara esférica y la proyectaba muy débilmente hacia a fuera, como si emitiese notas de luz, como si no necesitase más que unos cuantos destellos blancos para producir  rumores de notas  a través del metal plateado que la reflejaba.
Era hermoso y al mismo tiempo conmovedor contemplar aquel efecto de claroscuros, de sombras y resplandores que se proyectaban no solo sobre la trompeta de Jerry, sino sobre los demás instrumentos. Era  como si allí, sobre el piano de cola negro, se dirimiese la vida personificada en el metal, que manifiesta su voluntad de sobrevivir frente a  la muerte oscura; como si en el refulgir plateado expresase el deseo de un  último hálito de vida para declarar la belleza y la constatación de su talento y de su arte. Por eso  creo que, de alguna manera,  Jerry  ya estaba  interpretando su música  antes de subir al escenario, como Johnny Carter, la criatura de Julio Cortázar, cuando le decía a Bruno “esta música la he tocado mañana”.
Saqué mi teléfono móvil  y fotografié aquel  hermoso bodegón de naturalezas muertas  que aguardaban el tacto,  los labios y la sabiduría de tres artistas que  en pocos minutos les conferirían el sentido de su existencia y las transformarían  en seres vivos, en parte integrante de sus cuerpos, como si fuesen apéndices extraordinarios, formas de su anatomía exclusivas y esenciales, ya no unidas o fusionadas, sino gestadas  dentro de su propio ser, igual que una uña, que un cabello, el lunar que adorna un rostro, o una lágrima de tristeza que mana y se precipita.
Poco a poco iba llegando la gente. La primera fila se completó enseguida y paulatinamente todo el aforo del local se abarrotó. Jóvenes y no tan jóvenes; matrimonios maduros; solitarios, melómanos, músicos y aficionados; noctámbulos y frecuentadores; tipos transparentes, serios, indiferentes, jugadores de ajedrez, fumadores de pipa,  algún que otro moderno y media docena de fotógrafos que buscaban  los mejores ángulos desde donde retener o detener el tiempo y la luz, otra vez la luz. Me llamó la atención que ninguno de ellos reparase en la escena que yo acabada de guardar para siempre en el teléfono móvil y en mi memoria.
El rumor de hielo, de cristal y de  licra nos iba envolviendo a  todos. Por fin se encendieron  dos focos encarnados y un tipo gordo, calvo, de escandalosas patillas irlandesas, apareció en el escenario. Descolgó el micrófono, le dio tres golpecitos y poco a poco la sala atendió, expectante. Todavía se escuchaba el tintineo de las copas, y alguna carcajada aislada. Alguien hizo shhh . El gordo guiñó un ojo de agradecimiento. A continuación dio amablemente las buenas noches. Inmediatamente aumentó el tono de voz, impostó el timbre y empezó a hablar como su fuese uno de aquellos  excéntricos presentadores de combates de boxeo . Desde luego no era la primera vez que lo hacía.  Con una maestría propia del más experimentado showman, perfiló brevemente la trayectoria de Jerry y de sus acompañantes en el trío. Las últimas palabras las pronunció en el inglés más americano de que fue capaz, casi cantándolas, como si las columpiase en un balancín, acompañándolas de su brazo  extendido  en dirección al lugar donde en un instante aparecerían los músicos . “From New York, just here, for Spain, ¡Jerry! ¡the great Jerry!
Y todos rompimos a aplaudir.
Allí estaba, apenas separado de nosotros por unos pocos centímetros. Si hubiese querido, sin el menor esfuerzo, le hubiese tocado con mi mano. Javier  puso en pie el contrabajo y Marc se sentó tras la batería. Jerry saludó con un hilo de voz, apenas audible, y a continuación tomó de encima del piano su vieja trompeta plateada. Luces de diferentes colores  iluminaban tenuemente a los músicos, de manera que las siluetas de los tres músicos y su expresión  se transformaron sobre el escenario. Parecían seres irreales, una proyección ilusoria. Por mucho que yo estuviese a menos de un  par de metros de ellos, la realidad que discurría sobre las tablas era lejana, casi ficticia, de un extraño  tono azulado.  Por efecto de la luminotecnia, los músicos habían quedado sumergidos, o secuestrados, en una aureola fantástica, como de fábula.
Jerry se acercó nuevamente al micrófono. Al andar parecía que le costase trabajo. Cada paso le ocasionaba dolor, una leve mueca  de súplica, o de fastidio; el gesto de un pesar crónico,  acentuado por el peso de la responsabilidad, de someterse a la observación inmisericorde de centenares de ojos que más allá de la cortina de luz analizaban e interpretaban con atención todo lo que acontecía a su lado del espectáculo. Incluso encorvaba ligeramente la espalda, como si así evitase los efectos de  una  tortura.
Quizá, por todo ello, y a pesar de los focos, la realidad estaba en su lado, y no del nuestro. Porque estoy seguro de que lo que Jerry veía desde el escenario  eran sombras difusas, siluetas expectantes, sin personalidad  ni expresión;  una masa informe arropada por un gran manto   que había acudido para escuchar su música pero que en ese momento se había convertido al mismo tiempo en jurado y verdugo. Instante después de que Jerry pisase el  escenario, los que allí habíamos acudido ya no éramos su público; éramos su sentencia.
Javier empezó con algunos acordes graves. Le siguió la batería, y al poco, sobre esa ola rítmica, Jerry emitió las tres primeras notas, brillantes, y al mismo tiempo añejas, como si fuese un experimentado bañista, ajado por los años,  que moja sus pies en la arena antes de ofrecer su cuerpo al mar. Después de esa tercera nota, el bajo y la percusión continuaron citando al viento, insistentemente, durante toda la velada. Sin embargo,  un tema tras otro, los labios de Jerry no hallaban encaje en la boquilla. Constantemente abría la válvula y desechaba al suelo  la saliva estéril. Lo intentaba de nuevo, una y otra vez, pero del instrumento solamente surgía un soplido mudo; el sonido sucio del  aire humillado que  apenas rozaba el metal de la embocadura. Ni siquiera las cuerdas graves del contrabajo o  las escobillas rasgando la caja del baterista podían camuflarlo. Jerry entonces dejaba la trompeta sobre el suelo, se sentaba sobre un cajón de ritmos y empezaba a tocar siguiendo los compases que le marcaba Javier, mirando hacia la tierra y  hacia sus manos artríticas que aporreaban certeras la piel, como si reconociese en ellas  la fidelidad y la lealtad que le habían negado los pulmones y los labios. Lo que se había anunciado como un concierto en exclusiva del gran trompetista  de jazz se había convertido en un trío para cajón, contrabajo y batería.
No hay ultraje mayor para un trompetista solista  que tener que sentarse para actuar. Mientras Jerry intentaba  infructuosamente  emitir una sencilla nota de su trompeta, a duras penas se mantenía  en pie. Las piernas parecían no responderle. Doblaba las rodillas y se balanceaba a ambos lados. Por eso, a  cada nuevo fracaso en los fraseos, Jerry se sentaba sobre el cajón y parecía, así, no solo desahogar su impotencia, sino tomar un respiro y descansar todo su ser  maltrecho.
Transcurrida casi media hora del concierto, Javier pulsó  los primeros acordes de una versión de “Bésame mucho”. Jerry se levantó, frotó sus labios, escupió su trompeta, y se dispuso a tocar, y una vez más, no nació ni sonó ni se escuchó otra cosa que el mismo murmullo embarrado, el vacío armónico, un silencio exasperante solamente tiznado  por el ruido que produce el aire inútil cuando surge del  cuerpo y choca contra cualquier cosa. A partir de ese instante, algunas personas del público se levantaron y abandonaron el local. Miré hacia atrás y una mueca entre compasiva, afligida y avergonzada se había instalado en  los rostros de la mayor parte de los que asistíamos aquel triste espectáculo de la degradación física de un ser humano, del final, en vivo y en directo de un gran artista.
Nuevamente me acordé de Johnny Carter, el saxofonista de “El Perseguidor”. “Cualquiera puede ser como Johnny, siempre que acepte ser un pobre diablo enfermo y vicioso y sin voluntad y lleno de poesía y de talento”, decía Bruno. Durante unos breves momentos cerré los ojos ( o miré hacia el suelo cerrando los ojos), y recordé  a  Johnny  intentando tocar la canción del Leopardo. Por eso, cuando miré hacia el escenario y escuché a Jerry corrompiendo  una nota por enésima vez,  me pareció que gritaba el lamento de Johnny:  ¡Yo no soy nada más que un pobre caballo amarillo, y nadie, nadie, limpiará las lágrimas de mis ojos !”.
Sin embargo,  las lágrimas no fluyeron de los ojos de Jerry. La lágrima surgió de los ojos de Javier, que seguía y seguía pulsando las cuerdas, sin descanso, porque había que dar un concierto, y había que arropar al maestro, y había que amarle, y quererle, y protegerle, y defenderle,  y no dejarle solo  en la última actuación. Toda una vida rompiendo con  su arte y su talento ese manto  invisible que envuelve los escenarios de medio mundo.  Así es. Yo vi la lágrima. Se precipitaba como todas, hacia la boca y hacia la tierra, por mucho que fuese  una lágrima de profunda tristeza, una lágrima de músico, de muerte y  nostalgia.

Nosotros decidimos quedarnos hasta el final. De vuelta a casa no nos dijimos nada. Ni siquiera conectamos la radio en el coche. Dormí inquieto, sumido en una extraña desolación. Quizás fue porque en aquella madrugada de octubre encontré fría la cama, o por los rumores quebrados, más allá de la ventana, que producían las ramas secas de los árboles.
Fotos: El Pobrecito Hablador del Siglo XXI

14 comentarios:

Hostal mi loli dijo...

Que buena narración sobre los juguetes rotos, juguetes humanos rotos por el desgaste de la vida, de la mala vida. Un abrazo.

Carmen dijo...

nadie debió abandonar la sala. por respeto. por todo lo bueno, buenisimo que nos ha dado. por respeto. por todas las notas que han quedado suspendidas en la atmósfera de la historia. por respeto. de la misma forma que peregrinamos hacia las tumbas de aquellos que admiramos. simplemente por respeto.

fue una noche agónica y ni aquella noche, ni todas las otras que la han seguido, han podido poner palabras a los sentimientos.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Loli, creo que la decadencia que toda persona experimenta es especialmente dolorosa en un artista, que depende de sus facultades para poder seguir expresándose, porque a menudo no conoce otro modo de hacerlo.
¡Salud!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Carmen, vivimos juntos esos momentos. Aquellos que abandonaron la sala son los mismos que evitan cualquier tipo de responsabilidad cuando son ellos los que fallan. Se creen perfectos, y con el derecho de indignarse por el solo hecho de haber pagado una entrada. No ven más allá de su bolsillo y de su presunta dignidad.

Es verdad, nada puede explicar un hecho como aquel. Nada, todavía, ni el mismísimo Manrique, ha podido explicar la muerte. Sin embargo, como muy bien dices, y aunque suene a lugar común, un artista nunca muere, porque queda su obra, y los momentos de arte que dejó a su paso por el mundo.

Un beso, Carmen

ESTER dijo...

Uf, supongo que no hay nada que te haga erizar más la piel, ni que enerve más, ni que te empuje hacia el artista que ver como éste se va degradando ante tus ojos. No lo he vivido nunca físicamente pero sí virtualmente. Ahora. A medida que iba leyendo, la piel se me ponía de gallina, los ojos tristes pensando: "pobre".
Mi reacción a esta lectura no hubiera sido la misma si no hubiera estado vestida de sentimiento, emoción y tristeza. La que tú y Carmen vivisteis.

Un beso a los dos.

Ester

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Fue una experiencia inolvidable, te lo aseguro, Ester.
Besos

Francis Black dijo...

Es duro esto que cuentas, Jerry González es uno de mis músicos preferidos. Veo en su web que sigue tocando. Yo lo vi hace meses y bien. Se agradece que no os quedarais.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Francis, fue una experiencia dura, porque más allá de quién la protagonizó, la decadencia nos atañe a todos, y creo que fue un puñetazo de realidad colectivo que nos golpeó fuerte a todos los que estábamos allí.
Gracias por pasar por aquí
¡Salud!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Por cierto Francus, sí que nos quedamos, hasta el final, por puro respeto

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Francis quería decir. Perdona. Se me ha movido la u hacia la izquierda

Francis Black dijo...

Se me ha colado el No, era "se agradece que os quedarais". El día antes de su actuación en el jamboree presentó un documental

https://www.youtube.com/watch?v=nrKQNqO_5Nw

en un cine y minutos antes en la calle pude hablar con él. Al día siguiente después del concierto me reconoció y me saludó.

Poeta per un dia dijo...

Genial crónica de tristeza y humo, de luz demasiado azul, demasiado incisiva, de las que no perdonan... Gracias por haberme recordado pasar por aquí... Un abrazo!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Francis, gracias por el enlace.
Un tipo majo, el buen Jerry

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Poeta
Es curioso, porque aunque ya no hay humo en estos locales, da la sensación de que todo está cubierto por una densa neblina, como antaño, cuando jazz, alcohol y cigarrillos formabana parte de la misma atmósfera
Gracias a ti por el adjetivo tan generoso
¡Salud!