miércoles, 2 de abril de 2014

"El poeta y el pintor"


Desde que tengo memoria literaria hasta  justo la semana pasada he sentido siempre  una animadversión especial hacia Góngora. Nunca le he aguantado. Me ha resultado un tipo antipático, engolado, y presuntuoso. Una especie de pavo real del Siglo de Oro que ha mirado por encima de la capa a sus contemporáneos y  a los lectores que se han acercado a él a lo largo de la Historia.
Alguna mañana ya perdida de hace ahora 35 años  leí unos cuantos sonetos suyos. Al día siguiente leí algunos otros de Don Francisco de Quevedo, y enseguida me posicioné a favor de un de los dos en esa guerra que  ha sobrevivido a su existencia y que se ha venido manteniendo a lo largo de los siglos. Todo se debió a P.,  el  profesor de literatura de mi adolescencia,  un conceptista en ciernes de última hornada,  verdugo contemporáneo de culteranos, a quien se le atragantó tanto rubí, tanta hipérbaton y tanta belleza hiperbólica que surgía incontenible de la pluma del  poeta cordobés. Más tarde leí otras obras  de estos  dos monumentos de las letras hispanas, y esa lectura, algo más madura,  me reafirmó en mi preferencia por el autor de “El Buscón” en contra del compositor del “Polifemo”.
He de reconocer que las preferencias de mi guía espiritual  no se fundamentaban en argumentos literarios. P.  prefería a Don Francisco porque era un poco más cabrón que Don Luis; porque era más procaz; porque veía en su ingenio y en su maestría la misma acidez, el mismo cinismo, entre divertido, desapegado y canalla  con que él veía la vida. Sin embargo, la realidad de su predilección y de su tirria  era algo más mundana, porque a P., lo que de verdad le gustaba, además de la literatura, eran las mujeres, el vino, el juego, y todo lo que representase vicio, actividades todas muy del gusto de Don Francisco. Por si fuera poco, los poetas del 27, a los que se les metió en la cabeza deshumanizar el arte y huir de la cochambrosa realidad que tanto les necesitaba, escogieron a Góngora como oráculo y faro de sus caminos estéticos.
De modo que influenciado por ese punto de vista, en mí caló la representación mental de un  Quevedo rebelde, contracultural o contestatario. Por el contrario,  Góngora  sería ya para siempre el escritor del establishment, cortesano, chupalevitas, afín   al poder. Para explicarlo mejor: Quevedo era a  García Márquez lo que Góngora a  Vargas Llosa, y esta idea maniquea, tan poco fundamentada,  pero con la que he ido tirando tan ricamente, ha sobrevivido en mí hasta hace justo siete días, hasta que he leído “El poeta y el pintor”, la última novela de Ana Rodríguez Fischer, publicada nuevamente en la editorial Alfabia.
Al hilo del cuarto centenario de la muerte  de El Greco, Ana Rodríguez Fischer recrea un hipotético encuentro entre Luis de Góngora y Domenico Theotokopoulos en casa de éste último, en el Toledo de principios de siglo XVII, pocos años antes de su defunción. Ese es el planteamiento argumental de la novela, aunque hay que advertir que no estamos ante una novela histórica. Ni siquiera es una novela metaliteraria o  mera escusa para hablar sobre la obra de El Griego a rebufo de la conmemoración del 1614.
Lo primero que me ha llamado la atención de “El poeta y el pintor” es la figura del narrador, porque, aunque a primera vista parece que una sola voz omnisciente en tercera persona nos cuenta toda  la historia,  a medida que uno avanza en la lectura observa que esa voz se desdobla, como si produjese ecos que resuenan con el matiz adecuado para cada uno de los espacios y de los temas que se desarrollan: El sonido propio  de   la autora,  que parece haber sido testigo secreto del acontecimiento. La voz del poeta cordobés, que se desliza algunas veces dentro de la propia narración y se hace patente en los textos introductorios de cada capítulo.  Y , finalmente, la expresión de una suerte de cronista coetáneo, reportero de la actualidad toledana, rescatado  para la construcción de la novela, a quien ARF le asigna la tarea de atraer la atención del lector, dando cuenta de la atmósfera de la época, evocándonos  de manera prodigiosa anécdotas intercaladas,  el trasiego en los caminos, el ambiente de  las posadas; objetos domésticos, cachivaches, animales, herramientas, muebles y ropajes;  la vida en la calles y en las casas, habitadas y transitadas por personajes velazqueños, o cervantinos... El entramado social, en definitiva, de la España barroca a través de  deliciosos pasajes  narrados con una exuberante riqueza léxica y un conocimiento erudito y exhaustivo de los usos de la época.
Estas descripciones, además,  se mecen con un ritmo interno sumamente sugerente que nos traslada con su música al centro mismo del siglo XVII y a menudo adquieren un tono más lírico, en algún momento casi diría que romántico, como si la autora intercediese ante el narrador para no caer en el puro costumbrismo.
Y es que a veces, en momentos muy medidos,  ARF parece querer establecer equivalencias cromáticas y sensitivas con la paleta del pintor y al mismo tiempo encajar en ellas de un modo sutil la tonalidad o el carácter de toda una época: “Edificada sobre un cerro de granito que el Tajo abraza casi por completo, Toledo produce en el viajero una primera impresión extraña y oscura. […] Después los viajeros extienden su mirada más allá, donde se dibujan unas cimas azul oscuro entre las brumas del horizonte. [y…] vuelven a toparse con montes aún más elevados y ásperos que aquel en que se asienta la ciudad y que parecen oprimirla hasta el ahogo”.
Para disfrutar de otro de los atractivos de “El poeta y el pintor” tenemos que  estar dispuestos a   leer entre líneas, a dejarnos llevar noblemente, bravamente, por sutilezas críticas que nos tiende la autora asturiana  igual que el  torero le tiende el trapo al animal. La inercia de esa embestida  nos transporta de nuevo a nuestro siglo presente a través de escenas o anécdotas muy escogidas en las  que se dirimen a veces hechos de escandalosa actualidad. “Los puercos y el engaño siempre se llevan la mejor parte, y por eso se ve lo que se ve”, asevera El Greco  en conversación  con Góngora. “Crecen como las sombras a las declinaciones del sol”, responde Góngora. O también “Mas ¿do vuelas pluma mía?; / ¡tente, que vas desmandada; que haces mal en condenar / invencibles ignorancias”.
El corazón del libro se halla en los capítulos en los que se da cuenta de los instantes previos a  ese encuentro ucrónico que rige toda la obra  y  de  los minutos que pasan juntos los dos artistas.  ARF ha conseguido trasladarme  la inquietud de Góngora ante la expectativa cierta de hallarse ante  su admirado pintor, de manera que  un servidor y el  poeta  hemos compartido esa incertidumbre, la ilusión de un fan ante el encuentro inminente de su ídolo. Es aquí, en estas páginas, donde me da la sensación que la autora se deja ver tras la sombra de Góngora, detrás de su pasión por los libros,  y de la admiración rendida y sin concesiones hacia la obra de Doménico Thetokopoulos. Porque solo, o en compañía de El Greco, Góngora no pierde detalle de todo lo que halla en su estancia. Su curiosidad es irrefrenable y la avidez con que ausculta, revisa y revuelve pliegos, volúmenes y lienzos es propia de letraheridos desahuciados, de  alguien que ha renunciado a ocuparse del mundo para dedicar lo que le resta de vida al conocimiento, al cultivo de la mente y al disfrute de la belleza.
Por eso, por más que esas páginas inolvidables  contengan  todas las claves para poder entender la pintura de El Greco y lo que llegaron a significar sus osadías estéticas, “El poeta y el pintor” no es un libro que  solamente nos habla de arte, o de su función,  ni tan siquiera de dos figuras históricas de nuestra cultura. En “El poeta y el pintor” planea desde el principio hasta el final la nostalgia, la decadencia, el escepticismo, el oscurantismo,  la vileza del poder, y la incapacidad del pensamiento y de las artes para no provocar cambio alguno en el marasmo humano, sino más bien todo lo contrario, envidias, corruptelas y ambiciones. En definitiva,  el arte, la belleza y el conocimiento son, tan solo, y al final,  un refugio personal donde habitar lejos de ruidos y de mezquindad  porque “retirado en mi aldea […]  gozaré en dulce libertad, ajeno a embustes, envidias, pompas, pullas y soberbias. Con mis libros, haré cortos los días de mayo, y breves las noches de enero. Desde mis soledades, encararé una realidad de la que solo la poesía, con su fuerza, puede apoderarse, para hacerla más rica, más claras, más pura”.
¿Quién no se apunta a semejante plan? Yo el primero, aunque sea en compañía de Góngora.

15 comentarios:

Babe dijo...

Libro a tener en cuenta. Y en cuanto a la reflexión final no puedo estar más de acuerdo. Creo que para seguir adelante en este arduo camino es necesario caer en los brazos del arte, la belleza y el conocimiento, y aunque a veces la vida real se mezcle con relatos inventados como si todo fuera una única historia y nos convirtamos en una mezcla de realidad y ficción, ello nos enriquece y nos da perspectiva.

Babe dijo...

Saludos Pobrecito :)

ESTER dijo...

Sentada frente al teclado y con la lluvia de fondo, me preparo para hacer algún comentario como respuesta a tu entrada...¡Es que tus relatos tienen tela!

A ver, he de reconocer que a Góngora no le he leído, así como tampoco a Quevedo. Aunque sólo sea por la sonoridad de los apellidos, el primero me recuerda a un tipo gangoso altivo y presumido; Quevedo me suena como aquél que no ha roto nunca un plato y siempre carga con las culpas de los otros.

De Ana Rodríguez Fischer tengo "El pulso del azar", lectura interesante,constructiva y por finalizar.

Continua lloviendo...

Besos.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Estamos muy de acuerdo Babe. La ficción nos ayuda entender mejor la realidad.
Sobre el libro de ARF, lo recomiendo encarecidamente. Es muy difícil encontrar literatura contemporánea escrita con tanto amor, honestidad y delicadeza
¡¡Abrazos!!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Bueno, Ester, este es a mitad y mitad un relato y uan reseña.
Tanto Góngora como Quevedo son dos figuras máximas de nuestra historia literaria. Su rivalidad fue sonada y todavía hoy genera algún que otro enfrentamiento. En mi adolescencia me incliné hacia Quevedo porque era más gamberrete, aunque finalmente fue aun más cortesano y trepa que Góngora. En aquel tiempo, si querías vivir de las letras tenías que chupar mucha alfombra.
Este nuevo libro de ARF está escrito con un registro completamente opuesto al anterior, lo cual le confiere más valor porque demuestra solvencia, imaginación y una buena reserva de recursos
Disfrutarás
¡Besos!

Lansky dijo...

Condonumbilical lee mucho y no entiende nada. Me explico. La literatura, cuando lo es de veras, cuando es buena, un arte, es una forma de conocimiento y de aproximación a la realidad. No como la ciencia claro, que es acumulativa (a hombros de gigantes nos aupamos para entender la realidad, dijo Newton), pero que nos permite entender otras vidas y otros mundos de alguna forma, con intuición, metáfora y lenguaje que nos sería si no imposible. Soy doctor en ciencias duras (biología), pero siempre me tropiezo con gente que no entiende que la literatura es otro lenguaje y otra forma de conocer.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Hola Lansky. Un placer tenerte por aquí. Estoy totalmente de acuerdo contigo. No puedes acometer la lectura de ningún texto literario si antes no dejas a un lado el punto de vista habitual con el que vemos todo lo que acontece en el mundo. A la literatura hay que acercarse con ojos literarios. Ni si quiera hay que acercarse para entender lo que nos dice el autor.

¡Salud, Lansky!

Lansky dijo...

Yo siempre he creído que Góngora y Quevedo formaban equipo, como Tip y Coll, como Faemino y Cansado, como Tom y Jerry, un odio impostado cara a la galería de la posteridad, pero eso sí, ambos eran unos pedazos de cabrones, más en brabucón Quevedo, más soterradamente cortés Góngora, el que era buena gente, y mejor artista, mucho mejor que ambos (aunque tiene cada plasta...) era don Miguel, pero a ese no le reían en vida los pedos, al revés

(Te enlazo en mi blog, crack, como dicen ahora)

Hostal mi loli dijo...

Debe ser un gran libro. Me lo llevo jajjaja. Un abrazo.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Están muy traídos esos dúos Lansky.
Faltaría Pimpinela. Esos sí que se daban caña mutuamente.

De todos modos el odio que sentían esos dos monstruos era real, muy real. Creo que la cosa acabó muy pero que muy mal: Góngora se hizo de malas maneras con el patrimonio inmobiliario de Quevedo. Eso sí: ambos unos cortesanos lamebotas. Y Cervantes, el pobre, las pasó magras, entre la familia, la guerra... estaba echo un pupas. Pero ahí nos dejó lo más grande.
Gracias por el enlace Lansky. ¡Salud!

Loli, en serio, además de llevártelo al nido, léelo. Su lectura es sumamente placentera
Abrazos

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Gracias a todos por vuestros comentarios: Hablador e interlocutores. ésta sí es una experiencia interesante pata un@ autor@...
Abrazos!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Gracias a ti, Ana, por tu estupenda novela.

¡Salud!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

He visto ahor que en la respuesta al último comentario de Lansky me ha desaparecido la h en "echo"
Mil disculpas

Ana Rodríguez Fischer dijo...

o.K....
Elpróximo evento esen Lssie, aunwue meestán llamando de provincias, lo que es estimulante porque..

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Allí estaré, el jueves 10 en Laie (Casi conviertes el nombre de la liberería en el famoso perrito ;)

Me alegro de que te reclamen

Nos vemos