jueves, 13 de marzo de 2014

Campanadas a perdido




A la memoria de mi bisabuelo Eusebio, a quien no conocí. Emprendedor avant la lettre.


Hasta poco después de que llegase, afuera  no había más luz  que la del día. Al caer la noche,   pasábamos el tiempo fumando bajo el techo de tablas, esperando a que el fuego  se consumiese, viendo tiritar  nuestras sombras sobre las paredes de piedra. Cuando  el frío nos vencía, nos  acostábamos sobre los jergones de paja,  y nos arrebujábamos en las frazadas ásperas que olían a humo, animal y yerba. 

No dormíamos. Más bien calentábamos el cansancio y el sueño,  porque entre nosotros y las bestias solamente  nos separaba  un tabique de maderas carcomidas y  mal clavadas  a través del cual  escuchábamos rezongar a la vaca, al macho y a las cuatro cabras. A veces, en la obsesión del insomnio frío,   me parecía que aquellas bestias mansas  murmuraban pesadillas en voz alta, acompañadas  por el tintineo ocasional de las esquilas. 

Por eso  me levantaba a menudo, me echaba la manta sobre los hombros y salía a fumar. En noches de luna llena distinguía el brillo de la escarcha perfilando los tejados; destellos flotando sobre los charcos, igual que luciérnagas enfermas; algún reflejo de luz  sobre las ventanas confiadas sin portillos  y las sombras de los árboles  cimbreándose  sobre las ondulaciones del monte, más allá de las eras dormidas y de los huertos exhaustos. Pero en noches de oscuridad plena, solamente distinguía el humo salir de mi boca y la brasa alumbrando  las grietas de mi mano  gruesa. Más allá no había nada. Negrura  infinita. Silencio. El aullido  de algún perro celoso, el eco del cárabo y el olor a tomillo y  pavesa de estepa. Pasada la media noche, los pueblos limítrofes  se turnaban para tocar a perdido. Dos veces sonaban las campanas que orientaban como un faro a los caminantes en  el mar de pastos y alimañas sombrías.

Un día llegó él, montado en su bicicleta de hierro. No trajo más equipaje que su mirada viva y  un hatillo de  herramientas envuelto entre trapos dentro de una capacha de esparto. Convenció con unos cuantos  reales a una cuadrilla de hombres, buscó en los arrabales un molino de agua y a los pocos meses, desde la profunda oscuridad del páramo,  se divisaban puntos de luz eléctrica surgiendo de las calles de la aldea. Durante aquella semana,   en cuanto oscurecía,  salíamos todos en procesión, caminando hacia la primera loma.  Allí nos congregábamos,  muy callados, como almas en un purgatorio, observando fascinados el destello de las bombillas que brillaban donde hacía unos pocos días no había nada.  Ahora, en la noche, solo el tiempo hace sonar la campana y temo perderme en los campos, el día que yo muera.

7 comentarios:

Hostal mi loli dijo...

Que escritura tan rica en imágenes y palabras, muy buena esta entrada tan bien hecha que parece que la he vivido. Un abrazo.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

¡Gracias Loli!
Abrazos

ESTER dijo...

La noche es el espacio abierto en el que aparecen las almas perdidas con destino incierto.

¡Bravo!


Besos, Ester

ESTER dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Decía Thelonius Monk que hay luz porque siempre es de noche. En la vida y, también más allá.

Besos, Ester

ESTER dijo...

¡Feliz día de Santo!

Ester

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

¿San Pobrecito, o San Hablador? ;)