jueves, 16 de enero de 2014

Carta abierta a Iñaki Uriarte



La primera decisión que tengo que tomar al escribir esta carta es  al respecto  de la conveniencia   de utilizar el tuteo o, por el contrario,  mantener la  distancia y  ejercer un respeto apriorístico hacia mis mayores. Resuelvo la duda pronto: Iñaki, si no te importa, voy a tutearte. La razón reside en tus “Diarios”. Me han acercado  a ti de tal manera que no podría verte sino como alguien muy próximo, como ese amigo con el que uno se puede tomar unas cañas  de vez en cuando, charlando de lo que sea, de la Real,  del nacionalismo, de libros, de filosofía,  de gatos o de Borges… Yo no aguanto a Borges, qué le vamos a hacer, pero tomando unas cañas contigo probablemente acabe por entender algo de lo que escribió después de su famoso y no menos sospechoso  golpe en la cabeza. Los gatos tampoco me gustan. Como podrás comprender, el hecho de que el tuyo  se llame Borges me lo pone todavía más difícil: nunca le haría daño a un gato, ni a ningún otro animal, pero los bichos y yo  no nos llevamos nada bien. 

Ya ves  que la cosa no podía empezar peor.  Creo que, a pesar de mi predisposición positiva, lo nuestro no tiene futuro. Podría  convencerte sobre la bondad de mis intenciones  si te dijese que he leído a Montaigne, algo, un poco,  y que me parece un tipo de mucho sentido común, un excelente maestro para caminar por la vida. También estaríamos muy de acuerdo sobre una de las ideas que más se repiten en  los dos volúmenes sobre tus andanzas: que trabaje Rita, o San Pedro, o el cabo furriel; que trabaje quienes nos dicen que el trabajo dignifica; que trabaje el que quiera trabajar; que continúen animando al personal  a ser algo en la vida, a ser competitivos, a ser mejores que el vecino para acaparar más oportunidades, más recursos… pero a los que no queremos, que nos dejen en paz. “Trabajar es como estar enfermo. En cuanto se te pasa te pones contento” […] Sin embargo  “ no  seas perezoso. Algo hay de bueno en el consejo. La actividad es a veces  un lenitivo para el dolor. Como una aspirina. Pero en esa recomendación hay sobre todo un imperativo: domestícate”:  ¡Sí señor! ¡Alguien lo tenía que decir!.

Debo confesar que me produces una envidia casi malsana que se aproxima peligrosamente a lo patológico. Tanto es así que a veces he levantado la vista del libro, he respirado hondo  y  he pensado, “¡Joder! Pues claro, viniendo de donde viene se lo puede permitir; no como yo, que tengo que cumplir con mi jornada laboral diaria igual que todo hijo de vecino”. Pero luego me atempero, y antes de recuperar el hilo de tus palabras convengo con mi conciencia en que si yo me hubiese encontrado  en tu misma situación hubiese hecho algo parecido. ¡A qué lamentarme!. Mis orígenes son obreros  y siempre he oído a mis mayores que nadie se hace rico trabajando. De modo que no me ha tocado otra que dar el callo para hacer bueno el corrido: “Mi padre fue peón de hacienda y yo un revolucionario, mis hijos tuvieron tierra y mi nieto es funcionario” Ése, el último de la saga, el nieto, soy yo.  Y como tú, me he plantado.  Yo tampoco tendré descendencia. En mi caso, descendencia proletaria.
 
Y es que,  según cuentas en las entradas correspondientes a 2007 (segundo volumen), tus orígenes familiares son de lo más atractivo. A mí me parecen fascinantes:  Sobrino nieto de los fundadores de la Universidad de Deusto, “La Comercial”. ¡Ahí es nada!. Uno de los centros de formación de la elites de este país. Además de licenciarte allí mismo para no ejercer jamás,  te permites el lujo de escribir que “la esencia del pensamiento conservador es creer en las élites, creer que hay personas mejores que otras y que se merecen más. Y lo que suele ser risible: creer que  tu eres una de ellas”. No está nada mal para alguien al que educaron para pensar y provocar todo lo contrario. Lo bueno es que  creo en tus palabras, porque si algo hay en tus diarios es sinceridad. Por eso no puedo dejar de pensar en ellos una semana después de haber terminado su lectura. 

Porque, Iñaki, a las pocas páginas del primero de tus libros yo me olvidé hasta del suelo que pisaba. Si por algún motivo banal me veía obligado a dejar de leer, respondía de malos modos.    Te puedo asegurar que durante los dos días de lectura  he estado ausente. No me ocurre a menudo. Me tengo como un lector prolífico y pocas veces, contadas veces,  he experimentado lo que con “Diarios”.  Mi pensamiento levitaba sobre tu narración. Era como flotar sobre una especie de nube de humo, el mismo humo que aparece en la portada,  que se ha ido  formando  calada tras calada del  mismo cigarrillo que tú fumas,   y  que se mantenía  en el aire como si fuera  un  retal  vaporoso   sobre el que vas presentándonos, de un modo aparentemente espontáneo -exento de afectación-  algunas de las vicisitudes de tu vida, a las personas que la han jalonado, María -tu María, siempre presente-; pensamientos y reflexiones cargados de inteligencia y de ironía, encuentros y desencuentros con amigos y no tan amigos, opiniones al respecto de la actualidad política, personajes de cierta celebridad:  tus  dos maestros, Borges y Montaigne; y  también Savater, Atxaga,  Juaristi, Vila-Matas… y un número indeterminado de X  anónimas que alientan la vertiente más cotilla de mi curiosidad y al mismo tiempo cierta frustración, por ser incapaz de  identificar a alguno de los personajes de los que desvelas jugosas anécdotas y confesiones sorprendentes. 

Mientras leía tus “Diarios”, mi amor -la mujer con la que vivo desde hace más de un cuarto de siglo- me ha llegado a preguntar si me pasaba algo, y le he tenido que jurar y perjurar que “no es nada, cielo,  solamente son los Diarios de Iñaki Uriarte, que me tienen absorto”. Ante mi respuesta un tanto dispersa, y muy parecida a un quite en los medios sin viento en la plaza, esbozó ese ademán de incredulidad -exclusivamente femenino-  cuando no acaba de fiarse de lo que le digo, de manera que tuve que ampliarle los argumentos. Le tuve que decir, con el gesto más creíble de que fui capaz que, sin saber cómo, leyéndote, me he encontrado pensando honda y profundamente sobre las cuestiones esenciales de la vida. Por mucho que me esfuerzo no logro recordar un  libro, de los miles que he leído, que haya sido capaz de producirme una necesidad imperiosa, casi agobiante, de hacerme preguntas tan  comprometedoras para conmigo mismo como tus “Diarios”.  Quizá me ocurre como a ti. “Para asustarme de mi ignorancia no tengo más que echar un vistazo a mi biblioteca. Miles de libros leídos de los que no recuerdo nada”. 

Ahora mismo, si estás leyendo esta carta, estarás pensando que lo mejor que puedo hacer es dejar de fumar droga, o moderar el consumo de alcohol. Yo también. Porque me resulta  mágico que ante tanta sencillez, ante una narración personal , liberada de imposturas estilísticas, de retórica, que describe una supuesta sucesión elemental  de acontecimientos más o menos íntimos o personales, yo pueda  llegar a elucubrar sobre las cuestiones más trascendentales como jamás ningún filósofo, intelectual de postín o equivalente  haya  propiciado en un servidor. Por eso creo, querido Iñaki -como ves, ya empiezo a ponerme cariñoso-  creo que tu obra no es fruto de un par de sentadas, o del disfrute de tu holganza, de  tu bendita y envidiable  indolencia diletante. En mi humilde opinión, “Diarios” es una obra de alta literatura, mal que te pese, porque has trabajado para que así sea.  He leído alguna entrevista de las que te han hecho y cuentas que, para ti, escribir es como limpiar un cristal. Esa es una imagen que me gusta. Como sabes bien –porque habrás visto a alguien hacerlo- para esa tarea se necesita una constancia esforzada, casi mecánica  y, a ser por posible,  poca luz,  la justa, la que  pervive durante  muy poco espacio de tiempo en la sombra de la tarde, la claridad efímera que  matiza las formas  y facilita la identificación de los  defectos.

Tu editorial “Pepitas de Calabaza” -”la editorial que tiene menos proyección que un Cinexín”- ha  escogido como reclamo en la contracubierta  tu referencia a una frase de  Josep Pla. De hecho tú mismo inicias los “Diarios” con ese consejo, quizá como declaración de intenciones  y aviso a navegantes. Sin embargo, para definir tu libro y tu modo de enfrentarte a tu propia vida, yo prefiero lo que dice  Nietzsche, y que consignas inmediatamente después: “Se aprende antes a escribir con grandilocuencia que con sencillez.  Ello incumbe a la moral”. Porque tú no solamente  cuentas, narras o relatas. Tus cuentos, tus vicisitudes, las escenas de tu vida que describes, están dispuestas de tal manera que iban tejiendo  en éste lector que te escribe una colcha  afectiva y al mismo tiempo ética y moral bajo la cual se sentía  reconfortado, en paz, como si lejos, allí  en el norte,  en la distancia, sin necesidad de verle, oírle o tocarle, pudiese siempre contar con la guía de un sabio que ha aprovechado bien, pero que muy bien, las facilidades que le ha otorgado la vida para pensar con calma y tranquilidad, sin las urgencias ni los condicionantes  a los que la gran mayoría estamos sometidos.

Ya acabo. Con un reproche, o mejor, un desacuerdo.  No se trata del gato, ni de Borges, ni siquiera de que no te guste “El bucle melancólico”.  Se trata de ¡Benidorm! ¡Por Dios santo! Mira que hay lugares en la costa en los que pasar las horas y las horas  a gusto, entre gente alegre, abandonada al disfrute del sol, del mar y de las cosas buenas de la vida, como a ti te gusta… A ti no solamente se te ocurre pasar allí muchos días,  sino que además vas y los disfrutas como si estuvieras en el paraíso y, para colmo, le compones a la ciudad una especie de oda para regocijo de los amantes del hormigón playero y del tumulto  veraniego.

En fin, Iñaki,  que en Benidorm no nos vamos a ver y que espero, expectante,  saber lo que ha sido de tu vida desde 2007 hasta ahora (también en “Pepitas de Calabaza”, supongo). Donde sí nos podríamos ver  sería en un bar, en el que más te guste, para tomarnos unas Coca-Colas  (me sacrificaré). De ese modo  haremos  buena la frase de Johnson, que nos regalas en tus “Diarios”: “Nada ha inventado el hombre que haya proporcionado a la humanidad tanta cantidad de alegrías como las tabernas”.

Un abrazo

PD:  Entre  todas las fotos que he encontrado en Internet para ilustrar esta carta, buscaba alguna  en la que se distinguiese ese aire árabe-sudamericano que dices tener, pero yo no lo veo por ningún lado. Me pareces el típico vasco nacido  en New York que ha “estado en la cárcel, ha hecho una huelga de hambre, ha sufrido un divorcio, ha asistido a un moribundo”. El típico vasco nacido en New York que “una vez fabricó una bomba, negoció con drogas, le dejó su mujer, dejó a otra […] , que fue amigo de alguien que murió asesinado y fue enterrado por los asesinos en su propio jardín.” El típico vasco nacido en New York que “conoce a un hombre que mata a otro hombre, y a uno que se ahorcó”.[…].  En definitiva, eres la viva imagen del típico vasco nacido en New York que” ha llevado, en general, una vida muy tranquila, pacífica, sin grandes sobresaltos”. La foto lo atestigua. 

10 comentarios:

Juan Nadie dijo...

Resumiendo, un libro que no hay que leer.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

¡Todo lo contrario! En mi opinión, en mi humilde opinión, dos libros recomendabilísimos.
(Qué mal tengo a que haber escrito esta entrada...)
¡Salud!

Ana Rodríguez Fischer dijo...

A<"Pepitas de calabaza" algunos la seguimos. Sólo que esd difícil, y conviene apostar, porque no abarcamos.............

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Su catálogo llama la atención, sí, y me produce mucha curiosidad. No conozco a la mayor parte de los autores que tiene pero, a primera vista, los títulos pintan muy bien. El de Uriarte no será el último libro que compre de esta editorial, seguro.
¡Salud!

Hostal mi loli dijo...

Que post más interesante, dan ganas de saber más jajjaja. salud.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Si te has quedado con ganas de más, te aconsejo que leas los dos libros Loli, no te vas a arrepentir.
¡Salud!!

vicente trasobares dijo...

Dos libros que te hacen cortos.Querrías que tuvieran cien o doscientas páginas más. Como los diarios de Andrés Trapiello.
Nada que los voy a releer sin perder tiempo.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Me parece una gran idea Vicente
A disfrutarlos

Carlos Yuste dijo...

Genial la entrada,y salvo que estés bajo los efectos de algún psicotrópico(como posiblemente la persona del primer comentario)se vislumbra claramente tu admiración por los dos libros,thanks!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Gracias a ti por pasar por aquí Carlos
¡Salud!