viernes, 27 de diciembre de 2013

Cuento de nochevieja


Aquellos 12 muchachos eran extraordinariamente torpes. Botaban la pelota con la mano abierta. De hecho, en lugar de botarla o de controlarla, la  golpeaban como si se tratase de una manta llena de pulgas. Habían pasado toda su infancia entrenando casi a  diario y  batiéndose el cobre frente a decenas de equipos rivales en centenares de partidos pero, aun así, los chicos no sabían ni correr. Los pies planos les impedían saltar con soltura y cada vez que miraban al aro para realizar un lanzamiento, el encargado del polideportivo cerraba los ojos y  rogaba a Dios  para que el balón no tocase tablero, porque se podía producir un auténtico estropicio. Eran tan malos que, aquel año, el año bueno para cualquier joven deportista en el que se encuentran en la mejor de las condiciones para explotar al límite el cuerpo, nadie quería dirigirles. No encontraban a nadie que quisiese entrenarles; nadie estaba dispuesto a pasar por la vergüenza de arrastrarse por las pistas  con una cuadrilla de paquetes proverbiales a los que cualquier equipo de desarrapados les propinaba palizas por diferencias superiores a los 40 puntos.
Para ser sincero, en el club no se encontraba explicación al empeño casi cerril y obsesivo de los padres de aquella docena de deportistas atolondrados empeñados a lo largo de tantos años en mantener el equipo en competición. Eran muy disciplinados, no faltaban a un entrenamiento, se dejaban el sudor en la pista, pero tras las dos horas de esfuerzo, los muchachos no evolucionaban en fundamentos técnicos, defendían igual que el primer día, lanzaban la bola peor que al inicio de la sesión y su forma física no era significativamente mejor,  pues no habían aprendido a regular el esfuerzo. Por no saber, no sabían ni  respirar.
De entre todos lo del grupo, solamente dos eran vocacionales, los dos jugadores que se salvaban de la quema; dos adolescentes mínimamente capaces de  expresar en su evoluciones cierta pasión por lo que hacían. El  base titular y uno de los aleros eran  los únicos que  apuntaban maneras, cierta agilidad, atrevimiento y  estilo. Curiosamente, esos dos jugadores eran los que más problemas tenían para poder asistir a los entrenamientos porque sus progenitores hacían todo  lo posible por impedírselo. Sin embargo, para la mayor parte de los componentes del equipo, entrenar formaba parte de sus deberes semanales, es decir, era algo que tenía que hacer, quisiesen o no quisiesen. Para ellos, practicar deporte federado de competición en equipo era una prerrogativa paterna y estaban obligados a cumplirla. De algún modo, entrenar  tres veces por semana y jugar el preceptivo partido los domingos era  algo muy parecido a asistir a  clase de matemáticas. Mens sana in corpore sano. Tenían que ser hombres completos, física e intelectualmente. Hombres competitivos, forjados en los valores del esfuerzo y de la voluntad, moldeados a fuego lento  en el sacrificio, preparados  y acostumbrados para  la derrota  con el único y trascendente fin de  provocar en su madurez, precisamente, todo lo contrario: las ansias de victoria a toda  costa y la ausencia de compasión para con el contrincante. En definitiva,  el objetivo final de tanto despropósito deportivo, de tanta frustración propiciada, no era otro que hacer todo lo posible por  hacerles formar parte del reducido número de hombres que lideran  la dirección moral y económica del país.
De hecho,  aquel colectivo humano de padres e hijos conformaba en realidad  una estructura perfectamente organizada con fines muy  distintos a los deportivos. Pero de eso me di cuenta más tarde, meses después de que aceptase, finalmente, la petición de entrenarles sin más pago que el disfrute de vivir el reto de convertir aquella bandada de  pingüinos insulsos e inexpresivos  en jugadores de baloncesto.
La verdad es que todavía no comprendo cómo pude decir que sí. Les había visto jugar y entrenar y no había por donde cogerlos. Quizá fue  la afición, el empeño y la sinceridad con que el base y el alero mejor dispuestos se empleaban en cada encuentro. Me llegaba al corazón la expresión ofendida, humillada y de impotencia con que se dirigían a los vestuarios al finalizar el partido, como si entre los dos cargasen con la responsabilidad de sobrellevar  cada derrota humillante con  la rabia propia de cualquiera que albergase  un mínimo de amor propio, porque al finalizar cada encuentro, y a pesar de las palizas que padecían,  en el resto del equipo nunca, nadie, hubiese encontrado el menor gesto de vergüenza, tristeza o contrariedad; solamente apatía, indiferencia y una frialdad que -por qué no decirlo-incluso me  resultaba inquietante.
Sin embargo, debo confesar que el principal  motivo por el que asumí el reto de dirigir al peor equipo de baloncesto de la historia  fue la vanidad, la confianza no bien ponderada  en mis habilidades, reafirmada, sobre todo,  debido a algunos éxitos anteriores que coseché  en otros clubs. Eso fue lo que en realidad  me  animó a dar el paso y a decir sí, no se preocupen, yo voy a hacer de sus vástagos unos guerreros, voy a transformar a esos pazguatos imberbes en todos unos hombres,  en un equipo campeón.
Recuerdo perfectamente la tarde de niebla  húmeda en que informé de  mi decisión a los diez padres. Me rodeaban en un semicírculo en el centro de la pista y me miraban atentos, igual que jueces ante un opositor. No hubo algarabías. Solamente uno de ellos, el más alto, el que ocupaba el centro de la medialuna, avanzó marcialmente tres pasos al frente, me tendió una mano muy poco trabajada, suave, extraordinariamente suave y  cálida,  y mientras me estrechaba firmemente la mía y el resto de los padres observaban impertérritos la escena, exhalando rítmicamente a través de los orificios nasales delgados chorros de vaho, me dijo: gracias, sinceramente, tendrás todo nuestro apoyo. Y a partir de aquel día me convertí en el hombre de la fe inquebrantable, en el santo Job de las pistas de la liga juvenil comarcal a costa de despilfarrar todo el prestigio acumulado de los últimos años. Durante esa semana, en el club todos me daban palmadas en la espalda. Otros me soslayaban y sonreían y yo y mi autoestima pretenciosa  nos empeñábamos en convencer  y pontificar  a propios y extraños de que los malos jugadores no existían; existen los malos entrenadores...
Ha pasado tanto tiempo desde esos días que los rostros de aquellos doce muchachos se habían perdido en mi memoria. Pero ayer me topé con uno de ellos y viéndole a él los vi a todos de nuevo, disciplinados, serios, casi  tristes, tristemente esforzados, tristemente apáticos, obedientes y  derrotados día a día, siguiendo escrupulosamente un plan trazado para su bien que permitía  la continuidad generacional de un modo de ser y estar sobre el mundo. Yo tomaba una cerveza sobre la barra del bar y hojeaba descuidadamente  el periódico del día anterior, haciendo  tiempo  mientras esperaba a unos amigos. Nos vimos y nos reconocimos  en un primer cruce de miradas inadvertidas, pero los dos evitamos mantenerlas, como negándonos a nosotros mismos el tiempo pasado  en que uno y otro cumplimos con una misión de reciprocidad inevitable. Yo disimulo muy mal y  me violenté un poco, pero en él no observé nada, ni un gesto, ni una leve mueca, ni un apresuramiento en los ademanes o una voluntad artificiosa por llevar los ojos fuera del alcance de los míos. A medida que se dirigía al punto de la barra en el que yo me encontraba  empecé a notar el efecto calórico de  las ondas invisibles que causa  esa extraña  energía  producida  ante los encuentros insospechados no deseados.  Mi ex pupilo se acercaba y los dos esperábamos el cruce inevitable. Tan inevitable como que al llegar a mí  nuestros hombros se rozarían. Ya casi estábamos a la par, prácticamente  uno al lado del otro, y entonces  reparé en que no iba solo. De su mano caminaba una niña, su hija, de unos siete años de edad, vestida impecable, peinada con dos coletas atadas con sendos lacitos de tela escocesa.  La banqueta en  que me sentaba se había desplazado un poco hacia el pasillo de modo que él se agachó levemente para ayudar a la niña a pasar y fue gracias a esa maniobra que se produjo el encuentro, el fortuito encuentro anunciado, el saludo insoslayable, el apretón de manos y los dos rostros frente a frente, observando el uno sobre el otro el paso del tiempo. Sonreí y él lo intentó, pero su cara no produjo más que un imperceptible destello de alegría, un sentimiento incierto y voluntarioso   que quería  expresar  amable y sencillamente nostalgia y que sin embargo no evocaba más que cierto rencor atenuado, un complejo resentimiento sin densidad, sin cuerpo,  perdido en el recuerdo y, ciertamente, nunca confesado.
Sin preguntárselo, me dijo de un modo inquietantemente mecánico  que era ingeniero, que viajaba constantemente, que los seis últimos meses había estado en México y que después de fiestas salía de viaje hacia  Canadá, donde se responsabilizaría de la construcción de una nueva planta de producción de la multinacional para la que trabajaba. Yo intenté decirle que ya no era entrenador de baloncesto y que ahora  era funcionario, pero no pude. La niña le tiraba de la manga y le acuciaba para salir del bar. Antes de que saliese, le puse la mano en el hombro y le pregunté con la mejor de mis sonrisas y del modo más sincero que pude ¿Eres feliz?. Entonces, él, por fin, sonrió, con la misma sonrisa boba  con la que excusaba todos y cada uno de los innumerables errores que cometía  en todos  los partidos de baloncesto que le dirigí. Después, sin volverse  ni por un momento hacia mí, salió del bar con su niña erguido  y seguro de sus pasos,  y ya no le volví a ver.

11 comentarios:

Juan Nadie dijo...

Similares encuentros (sin ser entrenadores de baloncesto) nos han ocurrido unas pocas veces a quienes ya tenemos una cierta edad, pero... ¿qué pensará de nosotros la gente con la que nos encontramos?

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Esa es una buena pregunta, Juan. Sin embargo, a veces no hace falta ni hablar. Aquí, en esta historia, como puedes ver, el narrador percibe perfectamente lo que su expupilo piensa de él. (Vaya, o eso he intentado...)

Un abrazo y que 2014 te sea propicio

Juan Nadie dijo...

Sí, es verdad.

Lo mismo te deseo.

Hostal mi loli dijo...

Yo la verdad que no sé lo que pensará de tí, pero creo que él si quería que supieras que había triunfado en la vida aunque para tí hubiera sido un pingüino patoso mientras le entrenabas jajjaaj. Un abrazo, y me ha encantado el post, porque congelamos la imagen de alguien en el pasado y de repente la vida nos trae otra imagen diferente.

Tesa dijo...

me pregunto si con esa sonrisa bobalicona el ex pupilo daba por buenos los sacrificios y humillaciones baloncestísticos del pasado... mal rollito, entonces, no? y habitual, por otro lado.
Un beso muy fuerte, pero mucho!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Loli, es verdad, aunque nuestro punto de vista cambia, evoluciona o involuciona. La cosa es que el concepto de progreso personal a menudo se identifica con progreso profesional y no siempre somos mejores cuanto mejores profesionales somos. La cuestión es decidir por cual de las dos opciones apostamos. Si las dos son simultáneas, miel sobre hojuelas, pero creo que pocas veces nos paramos a reflexionar y por eso hacemos que prevalezca la cuestión monetaria y de prestigio sobre la de ser felices.
¡Salud!

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Tesa, creo que sí, creo que la pregunta le cogió a contrapelo. Y ceo que jamás se cuestionaron si los sacricificios servirían para algo. Ellos obedecían, sobre todo obedecían y seguramente todavía no saben que ahora, muchos años después, están viviendo la vida que alguien les diseñó, que alguien pensó para ellos. Es decir, que por muchas decisiones que hoy en día tomen, son producto de un plan perfectamente diseñado para continuar con un modelo de vida concreto que consolida día a día un modelo social.
¡¡Besaaaazooooosss!!

fiorella dijo...

Que tengas un buen año!!!. Te sigo siempre, aunque fue un año un tanto alborotado,trabajo,etcc y no aparecí por acá. Leí posts anteriores y me encanta como escribís. Sobre destinos fabricados de antemano, como el caso del este post, creo que todos, de alguna manera u otra, sabemos que nos condiciona. Unas veces no nos dejamos condicionar,o solo parcialmente, otras nos dejamos hacer...la vida misma. Un beso enorme desde el paisito.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

¡¡Fiorella!! ¡Cuánto placer ver de nuevo tus palabras por aquí!
El destino fabrica nuestras vidas, lo que creemos que decidim. os y lo que creemos que deciden por nosotros. Sin embargo, por eso mismo debemos ser rebeldes con todo lo que sucede a nuestro alrededor. Para vivir, crecer y avanzar tenemos que creer que nos aliamos o que luchamos contra él, aunque sepamos que todo está decidido de antemano. Queremos tener la certeza de que nosotros formamos parte de nuestra propia historia.
Un beso fuerte Fiorella

Belén dijo...

Feliz año, Mariano... ¡Que curioso!, siempre decimos FELIZ navidad, FELIZ año nuevo, que seas FELIZ..., Creo que la felicidad nos atrapa pocas veces, o quizá es que nosotros OPTAMOS por buscar otras cosas... Un beso.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Belén, yo creo que la felicidad no se encuentra donde nos dicen que está porque quien nos lo dice quiere mantener la exclusividad y nos tiende caminos falsos repletos de pistas falsas. Pero todo llegará.
Que 2014 te sea propicio.
¡Besos!